domingo, 11 de noviembre de 2007

Los progres no ven dibujos animados


Por una vez que tenía una peli para recomendar a mi amiga Enriqueta, me quedé con tres palmos de narices. Ella, tan concienciada con las injusticias sufridas en el mundo por las mujeres, se conoce toda la filmografía existente sobre mujeres maltratadas kurdas, agricultoras lesbianas de Azerbaiyán, ablación del clítoris en Burkina Faso y la lucha por el derecho al voto femenino en Papúa-Nueva Guinea. Sin embargo, le aconsejé que viera “Persépolis” y me respondió que no le llamaba la atención.

Me pareció raro: “Persépolis” no sólo es un documento de primer orden sobre un tema tan poco tratado en el cine como las interioridades del Irán de los ayatolás, sino que además es un retrato autobiográfico de una mujer entre dos mundos, haciendo gala de un mordaz humor no muy lejano al de Maitena como respuesta a la opresión teocrática, primero, y a los prejuicios y lacras del mundo occidental, después, resultando en última instancia tan desolador como divertido y entrañable.

¿Por qué Enriqueta no picó en el anzuelo? ¿No será que “Persépolis” es una película de dibujos animados?

Si uno hace un poco de historia del catecismo progre, una de sus biblias, que no estaría mal desempolvar una tarde para echarse unas risas, era “Para leer al pato Donald”, de Ariel Dorfman y Armand Mattelart, libro de cabecera para todos los que piensan que la cultura popular infantil, y los dibujos animados en concreto, son una poderosísima arma de lavado de cerebro capitalista dirigida a víctimas indefensas que aún carecen de sentido crítico. Siempre encontré antológica una frase referida al retrato asexuado de la unidad familiar difundido en las aventuras de Donald y Mickey Mouse: Disney masturba a los niños”.

De ahí quizá derive una inquina hacia la animación que aún colea en algunos círculos: recuérdese por ejemplo una crónica festivalera de nuestro querido Carlos Boyero, donde se aludía a una obra maestra del calibre de “El castillo ambulante” con un calificativo, “dibujitos”, que no se esforzaba nada por disimular su desdén. Es una batalla que veo perdida de antemano, como las reivindicaciones de los tebeos o la ciencia ficción: si preguntáramos por la calle, no dudo que más de un 80% de la población catalogaría “Los Simpson” como una serie infantil, como el resto de producciones de dibujos animados, con las posibles excepciones de “South Park” o el “hentai” japonés.

La sombra de Disney sigue siendo alargada en muchos juicios que se leen y oyen: lo mismo que, desde “Blancanieves”, las pelis del mago de Burbank abundan en las mismas gamas cromáticas que adornan los muros carcelarios con fines relajantes, también se cree que abordar temas “serios” y “graves” como la falta de libertades en Irán desde el prisma ingenuista y “mono” de los dibujos de Marjane Satrapi supone domesticar y hacer tolerable para consumo burgués temáticas que sólo serían válidas si se mostraban con el realismo bronco y cutre que sólo puede aportar la imagen real.

Argumento capcioso a mi entender: en primer lugar, la mirada inocente es la que puede hacer resaltar las verdades violentas de una manera más devastadora (véase “Maus” de Spiegelman: el holocausto nazi escenificado por ratones y gatos); en segundo lugar, el propio cine iraní, tan de moda hasta hace poco, nunca habría podido contar esta historia por razones de censura, e ir a rodarla al propio país o a otro parecido habría sido harto difícil.

No olvidemos el certificado que encabeza la mayoría de las películas iraníes que hemos visto, leyendo algo así como “A la gloria de Dios”. No puedo hablar de las películas de Abbas Kiarostami, que por ahora no me han despertado grandes pasiones, pero sí de las de Majid Majidi, que me parece mejor cineasta, pero ha de plegarse, por narices, a los dictados de la teocracia. Así, vemos en “Baran” un falso alegato por la convivencia, puesto que la chica afgana que trabaja en Irán bajo un disfraz masculino ha de abandonar el país de todas maneras y no pensar ni siquiera en iniciar relaciones con el protagonista; se trata más de un gesto de buena voluntad hacia los aliados afganos que de otra cosa, en plan “os queremos, pero en vuestra casa”.

Pero peor aún en ese sentido me parece otra peli de Majidi, que no está mal: “El color del paraíso”. Las vicisitudes del niño ciego están contadas con sensibilidad y con una riqueza de ideas audiovisuales que nunca imaginaríamos en una cinematografía teóricamente tercermundista, pero la moraleja final tras la muerte accidental del niño, que viene a decir que donde mejor están estos seres discapacitados es en brazos de Dios, indigna un poco tras tanto lirismo.

En este contexto, no me imagino muy bien la historia de una niña influenciada por las ideas comunistas de su tío, admiradora del “punk rock” y de Iron Maiden, que es enviada a vivir a Europa debido al agobiante clima social, y que tras fracasar en su integración allí vuelve para ser una digna mujer iraní, esposa y ama de casa... para terminar también fracasando e intentando una nueva aventura en Occidente, esta vez en Francia.

Yo ya veo un poco venir a todos estos fanáticos de las conspiraciones judeo-masónico-estadounidenses (en las cuales Francia ya puede encajar perfectamente, ahora que, con Sarkozy, el Hexágono entra a formar parte del “eje del mal” progre): “Persépolis” se habría producido para aleccionar al mundo sobre el intolerable recorte de las libertades individuales por los ayatolás y así hacer más justificable una operación militar contra Ahmadineyad y sus adláteres.

No será ni la primera ni la última vez que se esgrimen argumentos semejantes para desprestigiar obras culturales. Es indudable que “Persépolis”, pese a los dardos envenenados de las secuencias vienesas, es una obra pro-Occidente, que arropa su mensaje en la exquisita dicción francesa de Catherine Deneuve, su hija Chiara y ese monumento vivo de la Francia eterna que es Danielle Darrieux, pero también es cierto que, sin esa especie de colonialismo asimilador tan propio de nuestros vecinos de arriba, jamás hubiésemos accedido a lo que Marjane tiene que contarnos. Nunca aceptaré que haya que hacer oídos sordos a mensajes de protesta como el de Satrapi en aras de un relativismo cultural de buen rollito dispuesto a dejar a medio mundo en la Edad de Piedra para salvarlo de la perversa influencia occidental.

Sobre todo porque “Persépolis” tampoco es un panfleto, sino un relato sentido, cercano, duro y enternecedor, donde los niños juegan a torturar como oyen contar que hace la policía revolucionaria, los singles de Julio Iglesias o Abba se venden en el mercado negro como mercancías prohibidísimas, las facultades de arte islámicas contratan a modelos de dibujo casi vestidas de burka, los chicos caen de tejados y mueren escapando para que los guardianes de la revolución no los pillen con chicas en fiestas, y se sale de la más negra depresión al son de “Eye of the tiger” de Survivor.

Sería mucho pedir que “Persépolis” consiguiera el Oscar, pero yo me daría por satisfecho si hiciera por el cine de animación lo que los panfletos (esos sí) de Michael Moore han hecho por el documental. Que, si mi amiga Enriqueta es representativa de algo, será que tampoco.

2 comentarios:

Jaime Lorite dijo...

¡Qué bien se expresa, caramba! Yo no habría sabido decirlo mejor ni en tres vidas.
Completamente de acuerdo con el 'post'. A mí ya me ha tocado discutir con amigos y familiares por películas de dibujos animados... ¡y también de acción y de terror! El hecho de que, generalmente, no estén considerados géneros serios (cosa bastante ridícula, pero así están vistos), no significa que no puedan aportar al cine tanto o más que cualquier drama de rigor.
Pero lo peor no es la ignorancia, sino lo que deriva de ella, como la negligencia de unos padres que, conozco, ¡llevaron a su hijo al cine a ver "Team America" por ser de marionetas!
Y, la verdad, prefiero una película de Pixar al 90% de producciones estadounidenses que se estrenan anualmente.
Tengo unas ganas terribles de ver "Persépolis", pero ya sabe lo de la distribución y tal. De todos modos, esta no la dejo pasar. Además de sus seguros valores artísticos, no conviene dejar de lado el factor Iron Maiden. ¡Cielo santo, si es casi el grupo de mi infancia!
"El castillo ambulante" es otra de mis eternas pendientes. Desde que vi "El viaje de Chihiro", admiro a Miyazaki. Sigo la pista también a "Cuentos de Terramar", dirigida por su hijo, de inminente estreno por estas tierras.

¡Un saludo!

Abuelo Igor dijo...

Me consta que Ursula K. Le Guin, autora de las novelas de Terramar, se llevó un considerable rebote al enterarse de que no sería el propio Miyazaki, sino su hijo, nuevo en estas lides, quien adaptara su obra...