sábado, 12 de julio de 2008

Return to Forever en el Conde Duque


Yo de jovencito quería ser guitarrista de jazz-rock. Encontraba un atractivo irresistible a aquellas armonías, melodías y ritmos más variados, más desarrollados, que las del rock al uso, pero no estaba dispuesto a renunciar a la chulería adolescente de lucirme con interminables solos, de atronar a la audiencia con macarradas varias, de impresionar con proezas circenses. Luego fui derivando hacia posturas intermedias, hacia bandas polivalentes como las de Zappa, o, ya demasiado tarde en mi vida, las jam bands llenas de improvisaciones greñudas y una filosofía del buen rollito, de pasarlo bien con las canciones, mucho más importante que la exactitud técnica o la velocidad.

Pero aquellas primeras bandas fusioneras que aún sonaban demasiado a rock para un hilo musical de ascensor siguen teniendo un lugar en mi corazón, como la Mahavishnu Orchestra (a la cual, por cierto, jamás encontré rasgo alguno de jazz, para mí era rock instrumental puro y duro) o los que nos visitaron el jueves pasado, Return to Forever, que cumplieron tanto mis mejores expectativas como mis peores presagios.

El batería Lenny White resumió todo bastante bien en su intervención hablada: primero, insistió en que, aunque hubiésemos visto todos aquellos vídeos antiguos de ellos que hay colgados en YouTube, lo importante, lo mágico, era tenerlos allí en persona. Ahí estamos, Lenny: no se puede estar a la altura de aquella época de él mismo y Stanley Clarke con enormes pelambreras afro junto al bigotón interminable de Chick Corea, sobre todo cuando el regreso cincuentón parece el de cuatro personas que llevaban años sin hablarse hasta que empezasen a ensayar un poco antes de ayer.

Después, Lenny hizo una broma sobre las “boy bands” y, traduciendo mal pero en el fondo bien, afirmó que ellos cuatro también eran “una banda de machos”. Y es que, ¿qué es este tipo de música instrumental virtuosa sino una demostración de testosterona tan definitiva como el heavy metal o una final de la Champions League? Por eso las mujeres del público, arrastradas en su mayoría al recinto por sus amigos, novios, maridos o padres, estaban un poco a dos velas. El jazz-rock es cosa de hombres, como las motos y el fútbol.

Sinceramente, a mí me hizo ilusión escuchar temas como “Hymn of the seventh galaxy”, “Vulcan worlds”, “Sorceress”, “Song to the pharaoh kings”, “No mystery”, “Romantic warrior” y “Duel of the jester and the tyrant”. Que por cierto fue la set list completa de un concierto de dos horas y cuarto, lo cual dejó la duración media de las versiones en 19 minutos. Ya daba pistas el inicio con una pausada improvisación del cuarteto, antes del primer tema: no eran jóvenes arrogantes saliendo a matar, como sonaban en aquellos tremendos discos de los 70, sino una colección de egos de gran tamaño que no están dispuestos a tocar sin que se les conceda su amplia ocasión de lucimiento individual.

El caso más claro fue Stanley Clarke, que cumplió el expediente, dio todas las notas correctas si lo exigía la composición y otorgó su momento cumbre en el solo de contrabajo, mientras su labor como acompañante del grupo apenas pudo distinguirse en la mezcla. Yo, que recordaba unas líneas de bajo espectaculares en la última sección de “Pharaoh kings”, me lo encontré en plan económico, sin preocuparse mucho en interactuar ni en espolear al resto de sus compañeros para salirse del tiesto. Si parecía no estar allí, el amigo Stanley, de quien esperaba algo más extrovertido y dicharachero vista su ya larga carrera como artista funky en discos como mi estimado “Find out”.

Es curioso, pero, frente a la irregular prestación de los demás, al final parecíamos haber ido a ver a Al di Meola, que, incluso si sus pasajes de virtuosismo tienden a ser francamente parecidos, demostró un buen gusto, una elegancia y una versatilidad que no siempre se le reconocen (incluso llegó a cantar en su disco “Splendido Hotel”, todo un error de juicio que yo guardo como oro en paño). En cambio, Chick Corea tuvo de todo: sus solos de piano en “Sorceress” parecían entrar en una tonalidad distinta a la del tema, mientras que sus excursiones sonoras a sintetizadores sin el genuino timbre pipero que define al grupo estuvieron un poco fuera de lugar. En cambio, paradójicamente, su intervención individual me resultó curiosa, casi mejor que su épica solista de jazz-rock, con una especie de estudio aflamencado de Ligeti en fácil, cruzado con resonancias del “Jardins sous la pluie” de Debussy. Al final va a resultar que esas criticadas ínfulas de compositor clásico van a ser lo mejor de Chick. O será que a un servidor, en esta época en la que enlazar oraciones subordinadas se antoja a muchos tarea imposible, le cuesta ver la grandilocuencia como un defecto.

Por lo demás, me dolieron algunas soluciones facilonas, esos cambios a blues para introducir solos cuando en el disco había algún pasaje de rítmica densa, ese relajamiento en un grupo que en su época siempre sonó agresivo, esa atomización del discurso musical en digresiones, homenajes, momentos solistas, guiños al jazz ortodoxo, que ya en su momento hicieron del “Live” de RTF el canto de cisne, cenit o nadir, de la época dorada del jazz-rock, ocho caras de vinilo para reproducir casi el mismo repertorio del disco anterior, “Musicmagic”, que era un LP sencillo. Eché en falta riesgo, cohesión, energía, algo más de lo que tuvimos: un agradable bolo nostálgico. Y ni siquiera tocaron “Captain señor mouse”, que tal vez sea mi preferida de todo su repertorio. Pero al menos no me quedé sin haberlos visto, como sí me sucedió, desgraciadamente, con Zawinul.

2 comentarios:

La navaja en el ojo dijo...

El jazz-rock no es lo mío. Veré a Battiato en el Conde Duque.

Abuelo Igor dijo...

Me llamarán simplista por generalizar sobre lo que les gusta a los hombres y a las mujeres, pero en este caso no me equivoqué...;)