domingo, 25 de octubre de 2009

Ascendiendo al Parnaso


Esto no puede ser una reseña en condiciones de “El Imaginario del doctor Parnassus”.

Hablar ahora de la película, a las pocas horas de haberla visto por primera vez, se nos antoja precipitado habida cuenta del bombardeo de ideas y sensaciones que nos ofrece Terry Gilliam, cuyo cine, por definición, necesita un mínimo de dos o tres visionados para empezar a revelar la coherencia que tiene escondida en el fondo. Esa es la razón por la cual sus películas no suelen funcionar en taquilla y el boca a oreja suele ser malo: los espectadores no saben qué hacer de buenas a primeras ante semejantes exhibiciones de locura creativa y barroquismo.

Quizá se haya hablado más de “Parnassus” que de otras películas recientes de Terry, pues su rodaje se vio afectado por la muerte súbita de uno de sus actores principales, Heath Ledger, lo cual vino a alimentar esa exagerada leyenda que quiere ver al director de “Brazil” como el maldito por excelencia del cine actual, perseguido por el infortunio y las calamidades. Se me permitirá no estar de acuerdo: un cineasta maldito no llega nunca a rodar diez largometrajes, y, si llega a rodarlos, no los estrena. Admito que se trata de una carrera accidentada, repleta de proyectos nunca realizados, pero ya quisieran muchos cineastas ser igual de “malditos” en lo que a filmografía se refiere.

El problema que me surge ahora, al añadir este epílogo de actualidad a mi ciclo veraniego, es por un lado mi escaso conocimiento de la película (habrá detalles que no se me hagan evidentes hasta la tercera o cuarta vez) y por otro el hecho de que la película está en cartel y no hay que destripársela a los posibles lectores. Así pues, se hará necesario repasarla a vuelapluma. Llama la atención que estemos ante el primer guión original de Gilliam desde la debacle del “Barón Munchausen”, y que en cierto modo se retomen temas y motivos de ésta filtrados por la experiencia de casi 22 años. Un anciano casi inmortal que encarna el poder mágico de la narrativa, pero que ahora aparece ajado y alcohólico, una niña vivaracha que ahora es una apetecible jovencita hija del anciano, y el diablo reemplazando a la muerte. Sin embargo, el tratamiento de la historia es más complejo y adulto en prácticamente cualquier nivel, con unas capas adicionales de significado que abarcan el sórdido mundo real como no se hacía en la película anterior.

En una película sobre la imaginación como el campo de batalla donde se define el destino de las personas, no está de más incluir la manera en que la ilusión puede ser utilizada para ganar influencia y poder. El personaje de Tony es, pues, una novedad significativa en el cine de Gilliam, que no ha solido favorecer lecturas sociopolíticas más allá de trazos en ocasiones un poco gruesos. El contrapunto entre esta misteriosa figura, antiheroica y arribista, el drama fáustico de Parnassus, obligado a ceder su hija a Satán, y un despliegue de imaginación más desmadrado que de costumbre, da a la peli un sabor único, una textura abigarrada que, mal que les pese a los neocahieristas, seguirá ofreciendo atractivos cuando ya nadie recuerde quiénes eran Nobuhiro Suwa o Apichatpong Weerasethakul.

Como siempre, Gilliam va a la contra: mientras la mayoría de cineastas que utilizan los efectos 3-D lo hacen para ofrecer un sucedáneo fiel de la realidad, él se lanza a un concepto no realista de la imagen informática que los ignorantes desdeñarán como “malos efectos” pero que no hace sino regresar a la estética y la intencionalidad de aquellas animaciones salvajes con que nuestro amigo solía realzar el universo caótico del “Monty Python’s Flying Circus” (de hecho, creo que estamos ante la obra más pythoniana de Gilliam en mucho tiempo, como atestiguan el número musical sobre los policías violentos o Andrew Garfield caracterizado como señora gorda; y sin embargo la seriedad subyacente está a años luz del espíritu juguetón de Python: no sé muy bien qué es exactamente “Parnassus”, pero una comedia, no lo es).

No es fácil dar una visión resumida de esta película, cuyos 120 minutos están bastante bien aprovechados: este cruce entre el Gilliam fantasioso de la primera época y el Gilliam más decadente y sórdido de la segunda hierve casi literalmente con ideas a veces contrapuestas. El poder de imaginar y narrar, aun con su facultad de mantener el mundo en existencia (ya se sabe que las primeras historias fueron los mitos de la creación) parece ser también una actividad de alto riesgo capaz de hacerte caer en los abismos; el bien parece estar más cerca del mal de lo que parece (Parnassus es un mercachifle de feria, pero también lo es el diablo, Tom Waits en su mejor papel fílmico hasta el momento y cuya caracterización remite por momentos al Doctor Diabolo que interpretó Burgess Meredith en la producción Amicus “Torture garden” de Freddie Francis); lo etéreo y casi cómico de los paraísos estilizados visitados por quienes usan el Imaginario contrasta con una Inglaterra deleznable de borrachuzos sin modales, policía brutal, mafias del Este campando a sus anchas, pijas cursis y frustradas y pícaros de siete suelas medrando gracias a un despliegue de falsa solidaridad; la evocación de las filosofías orientales convive codo a codo con el music hall decimonónico, con una parodia de la modernidad estética cuyo resultado es bastante ochentero y con los ecos inmemoriales de la mitología clásica, de Fausto o el Flautista de Hamelín. Gilliam es el sincretismo en persona, y supongo que a alguno esto le seguirá pareciendo el mismo batiburrillo de siempre, pero la adición de los sentimientos filiales de Parnassus hacia su hija, puesta en peligro una y otra vez en cada empresa descabellada (¿tal vez una alusión al gusanillo irrefrenable de un cineasta por lanzarse de nuevo a la aventura insentata, y financieramente arriesgada, de un rodaje?) dota, como de costumbre, de un corazón, de una base arraigada en la tierra, a lo que de otro modo sería una centrifugadora de delirios y extravagancias.

Gilliam, por fortuna, no conoce la moderación, ni narrativa ni visual (aunque esta vez no se ven tantos grandes angulares como suele ser su norma), y nos sirve una película desconcertante y trepidante, pero su destino es seguir manteniéndose en una tierra de nadie, a igual distancia del frenesí palomitero de los Michael Bay y compañía (demasiadas pretensiones, demasiada complicación y ambigüedad) y el cine serio “de autor” (demasiado gusto por el exceso, demasiadas pocas ganas de serenarse en plan “viejo maestro”). Gilliam, como decía Ortega y Gasset de Debussy, seguirá siendo “radicalmente impopular”, pero debemos sentirnos contentos de tener todavía entre nosotros a un cineasta tan inclasificable, tan loco, tan creativo, tan versátil, capaz de hacer llegar a las pantallas, cada tres o cuatro años, unas raciones de arte tan densas y a la vez tan entretenidas. Próxima estación, cruzando los dedos: “El hombre que mató a don Quijote”, ahora sí.

Pero, de todas maneras, esta no fue una reseña en condiciones de “El Imaginario del doctor Parnassus”. Para eso, habrá que esperar, verla otra vez, otras dos, otras tres...

4 comentarios:

Stiletto dijo...

Estoy de acuerdo con todo lo que comentas. Vi la pelicula hace dos semanas y aún estoy sacándole matices.

Me gustó mucho como resolvió el tema de los tres actores. Quedó muy bien.

Tanto Waits como Plummer lo bordan inerpretativamente. Pero me parecio muy crítica socialmente, y a ti?

Un saludo,
S.

Arturo dijo...

Para mi la clave de la historia son las marcas que tiene Tony en la frente. Y más en concreto el comentario de Mr.Nick sobre las mismas. Eso me dio la clave de que hay una segunda lectura de la historia

Abuelo Igor dijo...

Aunque "Parnassus" no está teniendo reseñas muy negativas (huelga decir que no he visto aún el "Cahiers" español, que es un reducto amurallado del "anti-gilliamismo"), creo aun así que el enfoque de la mayoría de críticos no es el correcto: tienden a decir que es una película desigual, con una tendencia al desmadre, y que es esencialmente un capricho hedonista de su director, para no tomar muy en serio, cuando yo tengo claro, sólo con verla una vez, que aquí Gilliam se ha esforzado en transmitir mensajes más que en otras películas suyas más renombradas, y que en el fondo, aunque ahora no soy capaz de ver la "imagen completa", lo hace con una notable coherencia.

No sólo hay, como bien dices, Stiletto, una lectura social muy obvia, con una mala baba sobre el Reino Unido que ríete de Ken Loach, sino que, bajo la superficie, acechan múltiples detalles y múltiples lecturas, entre ellos el que apuntas, Arturo, sobre las enigmáticas marcas en la frente de Tony. Me parece que Gilliam, con todo lo que me ha gustado siempre, no solía ser tan denso en significados, y esto me gusta.

Gilliam afirma que le gusta incluir en todas sus películas un detalle que no se puede explicar, o que permanece semioculto. En "Tideland", se jugaba con la idea de que tanto Jeliza Rose como Dickens fueran hijos del personaje de Jeff Bridges, pero aquí, basándose en un argumento original y presa de este neobarroquismo conceptual, los disparos pueden surgir en todas direcciones.

Ahora mismo se me ocurre lanzar un interrogante al vuelo: ¿es Parnassus en realidad Dios?

Abuelo Igor dijo...
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