1 – Crecí con él. Viví el final de la época en que el cine era aún una porción relevante del ocio, en la que había cines de barrio, cinestudios de programa doble o triple, antes no ya de Internet sino casi del VHS, en la que uno se sentía afortunado por pillar, en el límite de su contrato de exhibición, una copia hecha jirones y llena de rayas de tal o cual película de culto en, por ejemplo, el cine Covadonga.
2 – La luz no es igual. Ya pudo Emmanuel Lubezki capturar
todos los matices del atardecer suburbano en “El árbol de la vida”, que en una
copia digital solo veremos el mismo y monocorde ambiente de día nublado.
3 – Si se rueda una película en 35 y luego se transfiere a
digital para explotarla en salas, en realidad no estamos viendo lo que se rodó,
sino un escaneo de ello. Es como si uno va al Prado a ver “Las Meninas”
y en vez del cuadro se encuentra una foto digital de una resolución cojonuda.
4 – El grano cinematográfico digitalizado es lo más feo del
mundo. El verano pasado, en París, se presentaba como gran acontecimiento la
exhibición en digital de “La bahía de los ángeles” de Jacques Demy, y llegué a
la conclusión de que los cinéfilos jóvenes ya se perderán gran parte de la
gracia estética de la nouvelle vague.
5 – Confío en que la tecnología progrese, pero todavía tengo
que ver un color negro que me convenza en una copia digital. En una película
como “Solo Dios perdona”, lo que tendrían que haber sido sombras insondables no
pasaban, en salas, de un gris sucio.
6 – La limpieza de las imágenes digitales plantea el
interrogante de por qué las mil y un partículas, rayitas e imperfecciones del
fotograma de 35 mm nunca me molestaron lo más mínimo. Vamos a ver,
objetivamente eran un defecto, pero daban una impresión de algo orgánico y vivo,
que palpitaba, que respiraba. El digital es fiel y perfecto pero no hace sentir
nada. La imagen del 35 parpadeaba. Igual que nosotros.
7 – Si les vale a los fans de vinilo, por qué no a los del
35: la proyección en película tiene una mística particular porque no podemos
reproducir ni el soporte ni la experiencia en un ámbito doméstico. Con un buen
proyector y una fuente de alta definición, podemos aproximarnos algo en casa a
la experiencia del cine digital, con lo cual el cine se vulgariza en el mal
sentido. Muchos se preguntarán para qué hace falta pagar la admisión a una sala
para ver lo mismo que en casa pero con un público peor educado.
8 – Cuando se proyectaba todo en 35, a nadie se le ocurría,
ni en cines, ni en festivales ni en filmotecas, organizar proyecciones en VHS o
en Cinexín. Ahora que se da al 35 por fenecido, es bastante corriente
encontrarte en muestras cinematográficas o en salas especializadas con DVDs
escalados o formatos “avi” con todo el morro del mundo, sobre todo si se trata
de títulos un poco difíciles de encontrar (o no: la propia Filmoteca Española
nos coló hace poco, en el ciclo Nagisa Oshima, dos pelis cruciales suyas en
Betacam Digital).
9 – El calibrado de los proyectores digitales tiene mucho
peligro. Un colega me dice que vamos a ir ver oscurecerse poco a poco las
películas a medida que las bombillas de los proyectores se vayan desgastando, y
va a ser verdad: en la sala de los Cinesa Manoteras donde vi “August: Osage
County”, en lugar de en Oklahoma parecía que estábamos en los páramos de
Yorkshire.
10 – La idea de que detrás de la imagen en pantalla habia
una máquina infernal y complicada, con sus cambios de bobinas, la posibilidad
de fallos por parte del proyeccionista, aquel ruido del motor que se hacía
necesario camuflar, daba una aureola épica, un aura ritual, al acto de visionar
una película. En esto, como en muchas otras cosas, el digital es un gran
desacralizador: cuanto más fácil es descargar, cuanto más fácil es proyectar,
más se convierte el cine en un entretenimiento desechable. Revelar, etalonar,
enlazar bobinas, eran procesos físicos casi artesanales. Para el cuarentón
reaccionario que soy, solo se puede amar lo que se puede tocar con las manos.