domingo, 31 de agosto de 2014

Desnudos ante la red


Uno llevaba años replanteándose la fama de “maldito” de Terry Gilliam, argumentando que malditos eran, por ejemplo, Iván Zulueta, que después de revelarse como autor en “Arrebato”, se hundió durante los 30 años siguientes en los limbos de la heroína sin regresar jamás al cine, o, a otra escala, Gilles Mimouni, que, tras haber firmado uno de los debuts más prometedores del cine francés de los 90, “L’appartement”, parece confinado en telefilms sin repercusión. En cambio, Gilliam, pese a sus azarosos rodajes, sus peleas con los estudios, su cancelación del “Quijote” y la repentina muerte, en pleno rodaje, de Heath Ledger, puede presumir de una ya larga filmografía con actores estelares de Hollywood, edición de casi todas sus películas en los más modernos soportes audiovisuales y distribución de sus nuevas creaciones en todo el mundo.


Pero estoy empezando a cambiar de opinión a causa de este último punto: parece ser que “The Zero Theorem” no se verá en cines españoles, lo cual marca una primera vez en toda su carrera: productos tan difíciles de vender como “Miedo y asco en Las Vegas” o “Tideland” se vieron sin problemas en la cartelera madrileña, mientras que parece que ya no hay hueco para esta última creación, a lo cual no ayuda el rechazo visceral hacia ella de algún que otro espectador profesional a quien aparentemente los distribuidores hacen caso (lean ustedes un reciente artículo de “Fotogramas” sobre la distribución de “Érase una vez en Anatolia” y saquen sus conclusiones).  De lo que yo llamo la pudibundez del sector distribuidor (relacionada estrechamente con la pudibundez del sector espectador) ya hablaré otro día, lo importante ahora es por qué “The Zero Theorem” se ha convertido exclusivamente en forraje para gente que cree ver películas cuando las mira de vez en cuando por el rabillo del ojo mientras chatea por WhatsApp, juega en red y se pone al día de las últimas sensaciones virales de Twitter y YouTube.


Uno puede argumentar que Gilliam, como buen veterano superviviente inadaptado a los tiempos que corren, es un cascarrabias que muerde la mano que da de comer a muchos: arremeter hoy en día contra la cultura de lo virtual, el culto a Internet y la descorporización de las relaciones personales puede parecer a muchos tan reaccionario y cerrado como cuando Fellini, en su postrera “La voz de la luna”, quería presentar como un pequeño infierno lo que para muchos hoy por hoy sería un paraíso: una discoteca de jóvenes guapos y bien educados bailando al ritmo de un temazo como “The way you make me feel” de Michael Jackson. Como revisión de “Brazil”, “The Zero Theorem” ha subido en puntos de desesperación: Sam Lowry, aunque atrapado en una intriga kafkiana, parecía un héroe del Hollywood de los 40, con aplomo y recursos, calándose a la perfección el sombrero. Qohen Leth, su descendiente espiritual, ya bajó en la escala evolutiva: es un calvo cuyas cejas afeitadas producen cierta repulsión física, que ni siquiera comprende su trabajo y que se calza un ridículo traje rojo de captura de movimientos para tener sexo irreal con una guarrilla que se exhibe por la red sin pudor alguno (comparen con la bonita camionera que escondía su lado insinuante tras una irónica inversión de los roles sexuales y constatarán cómo la opinión de Terry sobre las mujeres también parece haber ido a peor).


Los colores chillones y la falta de gusto estético del mundo futuro de la película suponen un comentario social no muy sutil, pero pertinente, sobre el mundo de hoy. El departamento de dirección artística parece haberse recorrido la red completa de tiendas de todo a 100 de Rumanía en busca de los objetos más feos, para contrastar mejor con el santuario donde vive Qohen, que es, literalmente, una iglesia, con el ordenador colocado prácticamente en el altar. Qohen pasa su vida ante la pantalla persiguiendo una entelequia sin sentido. Incluso su psiquiatra (una Tilda Swinton sin sentido del ridículo, como debe ser) es un programa informático cuyo avatar parece tener tantos más problemas mentales, o más, que su paciente.


Como ya es habitual en Terry, hay toda una poética de la descompensación: no se puede reflejar un mundo caótico y sin referencias adoptando una forma armoniosa. La película es fea e irritante a propósito, y supongo que eso sentará mal a los que van al cine para sentirse seducidos. En cierta manera, se la puede entender como el reverso, a muchos niveles, de “Her” de Spike Jonze: no hay nada de minimalismo “cool” (a veces llegué a pensarque los pantalones de franela de Joaquin Phoenix eran tan primordiales en la película como toda su problemática personal) , se evitan casi a propósito los tropos que puedan caer en gracia a cierto tipo de crítica, se entra a saco en una visión de las relaciones sexuales que a alguno le parecerá sexista y troglodita, en lugar de conformarse, como parece sintomático en estas épocas en que las ficciones tienen miedo a la carne, con las entonaciones aterciopeladas de Scarlett Johansson, y se comete el pecado mortal de ser simbólico y alegórico en una cultura hambrienta de satisfacciones literales y en la que la riqueza de informaciones disponibles por línea telefónica parece haber creado un espíritu de los tiempos en el que absolutamente todo se tiene que explicar y detallar y en el que todos los enlaces tienen que funcionar si se hace clic en ellos.


Encuentro significativo que en algún país se haya censurado del cartel el culo desnudo de Christoph Waltz flotando en el espacio ante un agujero negro. “The Zero Theorem” enseña lo que muchos no quieren ver,  con un nihilismo irónico que no me parece muy lejano de algunas ficciones de Houellebecq, y un uso de los elementos fantacientíficos lejano de las reflexiones fáciles sobre la crisis económica que unen a títulos tan dispares como “Take shelter", la saga de “Los juegos del hambre” o "Snowpiercer". Mientras que Jonze parece ser moderadamente optimista, preconizando la vuelta a las relaciones personales tras el paréntesis de adicción a los dispositivos que estamos viviendo, para Gilliam estamos abocados a la playa de acero, que diría John Varley, presenciando, completamente solos, un eterno crepúsculo artificial.