jueves, 30 de abril de 2020

521: XVII Muestra SyFy X: El principio


Ni siquiera han pasado dos meses, pero lo miro con nostalgia. Pese a haber madrugado a las 6 como todos los días y pese a no tener tiempo para descansar antes de irme otra vez,no quise dejar pasar la oportunidad de ver en el Doré “La gran prueba” de William Wyler (una de las películas, junto a “Cómo robar un millón”, “No se compra el silencio” y alguna más, ausentes de la retrospectiva filmotequera anterior de este cineasta, allá por 2003 o 2004). En vista de que, cuando escribo esto, llevo 49 días sin ver una película en pantalla grande, creo que hice bien, aunque tuviese que enlazar con la sesión inaugural de la Muestra. No dejéis que os convenzan de que la tele de casa, el streaming en tu ordenador o cosas así son modos ideales de visionado: son reemplazos más o menos buenos cuando no tienes la opción de ver la peli en una sala. Es una de las moralejas de todo esto: si dejas pasar la oportunidad de un pase en cine, luego puede venir una pandemia y dejarte metido en casa un par de trimestres.

En todo caso, la fábula sobre los cuáqueros y el pacifismo, con Gary Cooper, Anthony Perkins cuando aún hacía de chico bueno y una oca amaestrada llamada algo así como Gertrude o Hortense, fue mi preludio de la primera vez que una peli de animación, y en concreto de Pixar, inauguraba la Muestra. “Onward” aborda el subgénero “fantasía contemporánea” de una manera distinta a como lo concibo yo, a saber “las fuerzas sobrenaturales inmemoriales siguen activas en nuestra realidad urbana de todos los días” (otra de mis “premisas irresistibles”, que me hacen valorar incluso títulos como “El último cazador de brujas” con Vin Diesel). “Onward” es más bien “las criaturas de la fantasía son reales y viven en una realidad prosaica como la nuestra, pero la magia sigue viva si sabes cómo usarla”, algo que da juego para los animadores y creadores de personajes (aunque he de decir que los diseños me parecieron del montón tirando a feos) y entronca con las tramas de superación sin las cuales no habría blockbuster que se respetara a sí mismo (sin olvidar la importancia de la familia, con ese hermano jevorro y rolero del que se avergüenza el protagonista, un poquita cosa impopular en el insti y traumatizado por no haber casi conocido a su padre… en fin, creo que no hace falta que siga). Es una película con un ritmo muy bien logrado y muy concisa en duración para lo que es Pixar, bastante divertida (aunque todo ese slapstick a base de las piernas separadas del pobre papá me pareció un poco lastimoso) y más apropiada para abrir boca que otras aperturas más aparatosas que nos han caído (supongo que porque siempre se busca la coincidencia con algún preestreno de peli muy mediática que llega a salas el día siguiente, con la única excepción de “The invitation”, que por eso sigue siendo mi peli de apertura favorita por inusual). Lo único malo es que Pixar no es muy santa de mi devoción: son productos muy bien concebidos, con un grado muy alto de corrección política (lo del “primer personaje LGBT no me lo podía creer, esa agente de policía machorra era puro estereotipo) y una excelencia técnica orientada fundamentalmente a la creación de materiales y algoritmos que recreen con fidelidad elementos que cualquier cámara barata de imagen real puede captar sin problemas, más que a crear formas o modos narrativos que aprovechen las posibilidades de la animación para construir otras realidades. A mí me hubiese encantado que, a medida que la magia iba reapareciendo, pasáramos de una animación 3D generada por ordenador a un 2D dibujado, que para mí sigue siendo lo verdaderamente capaz de representar mitos, lo más intemporal y lo menos dependiente de las innovaciones tecnológicas del momento.

La peli que realmente habría sido chulísima para inaugurar la Muestra habría sido algo estilo “El faro” de Robert Eggers, con todo su estilo “antiguo” que retrotrae a épocas como el cine mudo. Ahora mismo me viene el sueño de un evento similar a la Muestra que programara 15 pelis de nuestros géneros, realizadas en décadas pasadas, con la condición de que fuesen inéditas desde siempre en salas, televisión o formatos domésticos. Quiero recuperar la ilusión de estar a las puertas de un cine, a punto de ver por primera vez el sueño que un grupo de personas insensatas tuvieron juntas para gente como yo, y quiero huir de lo coyuntural, de este mundo actual que todos veían tan sólido y que ha bastado un microbio no especialmente virulento para resquebrajar en unos cuantos pedazos. Resumiendo, me hace falta el fantástico, que no es otra cosa que un realismo flexible, que se dobla sin romperse.


520: XVII Muestra SyFy IX: Francisco Bizarro el Conquistador (os regalo el título si lo queréis)


Aunque no he sido nunca muy partidario de utilizar el adjetivo “bizarro” a la anglosajona, en plan “raro, extraño”, prefiriendo su acepción castellana de toda la vida en plan “fuerte y valeroso”, la idea de un conquistador que extiende por el mundo el credo de la bizarrada me viene bien para dos de las tres películas que me faltaban por tratar, ambas bastante fuera de lo normal y ambas de países ni de habla hispana ni anglosajona.

First love” de Takashi Miike (su ya ¡cuarta! peli en la Muestra) fue una gran decepción para los que, viéndola empezar, se encontraban con lo que tomaban por una historia clásica de yakuzas (sin reparar en que, en el fondo, una historia clásica de yakuzas es básicamente Ken Takakura debatiéndose durante hora y quince minutos entre el honor y el deber y dedicando solo el último rollo a cargarse a todo Cristo, ni en que eso ya lo dinamitó Seijun Suzuki en clave “pop” antes de empezar los 70, con lo que sospecho que lo que entienden muchos por peli de yakuzas canónica es a partir de Fukasaku, lo cual siempre me ha dolido un poco). La historia del joven boxeador diagnosticado precozmente con una enfermedad mortal, de la chica prostituida contra su voluntad y de los policías corruptos jugando a dos bandas comienza bastante en serio, en la línea del Miike más en plan “Shield of straw” (o sea, medido, sólido e impersonal), y muchos se frotaban las manos viendo al niño terrible de antaño sentando la cabeza y abandonando las locuras. Por suerte o por desgracia, escena a escena la cota de histrionismo, de situaciones estrambóticas y narración despendolada, convirtió lo que se anunciaba como una película “correcta” (término, ya se sabe, siempre despectivo) en un guateque festivalero con el cual los que supimos o quisimos entrar nos lo pasamos de maravilla pero que los que buscan cine serio (y aun asi vienen a la Muestra SyFy) encontraron una payasada insoportable. A mí qué queréis que os diga: ni me convence el Miike “extremo” de los “Ichi the killer” y compañía ni el artesano adocenado de la ya citada “Los protectores”, así que yo sí veo un apetecible término medio en películas como esta, en la que la acción y un humor sin complejos se dan la mano y en la que cada secuencia se propone y a veces consigue liarla más gorda que la anterior, parodiando el discurso melodramático habitual (mi momento más recordado es el baile en calzoncillos del padre acosador) y convirtiendo a cada secundario en una momentánea estrella hasta el punto de casi hacer desaparecer el argumento principal (de ahí el relativo bajón del final, que cierra la historia del chico y la chica con unos códigos de historia romántica casi de anime o dorama, cuando está bien claro que el director no estaba muy interesado en el guión principal y se lo saltó siempre que pudo). Pero la película, para ser un desmadre de Miike, se ve con agrado si la comparamos con sobradas estomagantes en plan “Yakuza Apocalypse”: se conoce que el bueno de Takashi, para desmadrarse mejor, necesita rebelarse contra la película, porque, si no tiene película y se trata de un desmadre directo y semi-improvisado desde el principio, no mantiene el interés más allá de 30 minutos.



Le daim” (conocida en Movistar como “La chaqueta de piel de ciervo”) demostró que la Muestra hizo mal en no incluir en su programación, allá por 2010 o 2011, la ínclita “Rubber”, la única película de la historia protagonizada por un neumático asesino. De hecho, Quentin Dupieux tampoco habría quedado en mal lugar con su comedia surrealista “Reality”, dentro de esa línea entre cachonda y gafapastil que la Muestra, salvo quizá en la época del Callao, siempre ha sabido caminar con éxito. La gracia de Dupieux es que sabe encontrar ideas a priori cutres pero que están lo suficientemente bien concebidas para resonar de mil maneras diferentes en su público. La odisea del personaje de Jean Dujardin (gustándose un poquitín menos que de costumbre o al menos sabiendo reorientar ese autogustarse hacia la parodia), capaz de gastar todo su dinero en su chaqueta de gamo y de aplicar todas sus energías, tras haberlo perdido todo, a un plan de dominación mundial que deja en zapatillas al de cualquier villano de James Bond, va arrastrando poco a poco al espectador desde unos ambientes prosaicos y aburridos al verdadero corazón de la locura (asociándola a la propia creación cinematográfica para que los fans de lo metafílmico se pongan cachondetes), vista con una normalidad y falta de énfasis que los más predispuestos verán desternillante. Esas lecturas en plan “un retrato de la crisis de la masculinidad en la edad madura” tendrían su aquel de no ser porque el personaje de la chica participa en la locura con un entusiasmo si cabe superior. En todo caso, veo admirable que una peli de medios pobretones, que se propone deliberadamente ser cutre y fea, sin un ritmo percutante ni actuaciones con pretensiones de brillantez, sepa enganchar, entretener y sorprender de un modo que revela la confianza en sí mismo y el talento de un cineasta. No creo que la peli se mantenga demasiado bien una vez desaparecido el efecto sorpresa, pero como título festivalero la veo muy reivindicable.

519: XVII Muestra SyFy VIII: El gran Nicolas


En oposición al “pequeño”, por supuesto. Estoy tentado de emprender una ambiciosa semblanza sobre el que quizá sea el astro más fascinante de la galaxia de Hollywood, un señor que tiene un Óscar y estuvo en la “A list”, sobrino de uno de los grandes directores de todos los tiempos, que sustituyo su apellido de alcurnia cinéfila por la conjunción contra natura de un compositor de vanguardia norteamericano que ponía tuercas y objetos raros entre las cuerdas de un piano y un superhéroe negro de la Marvel que llevaba camisa amarilla y una diadema metálica, que llegó a pagar una millonada por un cráneo fósil de dinosaurio que al final tuvo que devolver por tratarse de mercancía robada (y que le disputó hasta el final en la subasta nada menos que Leonardo di Caprio) y que prefiere ser cabeza de ratón en seis o siete series B al año que cola de león de la gran industria de los blockbusters, que aportan sustanciosa recompensa económica pero te roban la libertad. Y que, sin ser en absoluto un mal actor, hace ya bastante tiempo que se pasa por el forro el concepto tradicional de lo que es “una buena actuación”, no dándosele un ardite el qué dirán.

Y es que, bueno, si consideramos que lo hemos visto, por primera vez en la Muestra fuera de las autopromociones del canal SyFy donde se le vitorea al más mínimo fotograma, en “The color out of space”, que acepta el desafío de adaptar al “inadaptableH.P. Lovecraft, uno recuerda aquello que decía China Miéville de que el estilo hipertrofiado, altisonante y “antes muerto que sencillo” de mucha literatura fantástica “pulp” era la única manera de estar a la altura de argumentos y situaciones ultraterrenos. Uno trata de imaginarse un relato sobre dioses primordiales alienígenas insinuándose en nuestra realidad escrito en las frases desnatadas y concisas de Raymond Carver revisado por Gordon Lish y la verdad es que la tortilla no cuaja. El bueno de Nicolas encuentra siempre una manera inusual de interpretar hasta la situación y el diálogo más anodino, pero ¿os dais cuenta de lo demás que está sucediendo en pantalla? Y más importante aún, ¿no supone la expectativa de “por dónde va a salir Nicolas una fuente de entretenimiento en sí misma, incluso al margen de la propia peli?

Creo (no estoy en Internet, así que no puedo recurrir a Wikipedia) que “The color out of space” es el regreso al cine tras larguísimos años de ostracismo de Richard Stanley, quien a día de hoy sigue pensando que utilizar la brujería para que Marlon Brando aceptara hacer “La isla del doctor Moreau” fue buena idea, sin imaginar que hacer que las potencias superiores, o inferiores, se fijen en ti puede tener su precio. Stanley, de quien vi de estreno “Hardware, programado para matar”, en el cine Imperial, el mismo que vio nacer la Muestra (entonces “Calle 13” y no “SyFy”) en 2004, es un encantador excéntrico inglés, un William Beckford del frikismo, accidentalmente nacido en Sudáfrica, que iba camino de ser una especie de ser una especie de Víctor Erice del fantástico, con solo tres películas, hasta que le surgió la oportunidad de rodar esta resultona película lovecraftiana que suple sus medios discretos con bastante locura desde su comienzo con una jovencita dedicada a sus rituales Wicca hasta que un tal “Howard Phillips”, de raza negra (ya he manifestado alguna vez por aquí la opinión que me merece la etiqueta de fascista y racista que hoy por hoy se le pega tan alegremente, incluyendo a mi admirado Joann Sfar, al pobre Lovecraft) se acerca a pedirle información sobre la situación de un pantano. Aquí no hice mis deberes, como con Osamu Dazai: no volví al relato original y por tanto no puedo valorar la película como adaptación, pero sí la veo consecuente con un concepto serio del fantástico, que no interpone distancias ni ironías entre el espectador y las otras realidades, y que logra transmitir un verdadero mal rollo ante la inevitabilidad de la enfermedad y la muerte, en este caso ayudadas (otra peli profética) por un visitante externo cuya verdadera agenda no nos será dado comprender. La dureza de algunos momentos tiene su contraste en lo visionario de otros (estamos ante otra de las Películas Psicodélicas de Nicolas Cage, subgénero iniciado, quién lo iba a decir, por ¡Paul Schrader! en “Dog eat dog” cuando el estilo trascendental de Dreyer, Bresson y Ozu se le quedó pequeño para lo que quería contar), en la entrega inicial de una proyectada serie de películas Lovecraft-Stanley-Cage que podría y debería ser la respuesta de un desquiciado siglo XXI a aquella de Poe-Corman-Price. Esperemos que “The Dunwich horror” llegue a ser una realidad y tengamos otra bizarrada memorable, no apta para los más pusilánimes, que celebre desde el exceso el legado de un escritor tan legendario como incomprendido.

518: XVII Muestra SyFy VII: Locura de medianoche


Las sesiones golfas, tras el paréntesis afortunado del año anterior (aquella delirante entrega de “Puppet Master” y “One cut of the dead”, volvieron a su prosaica realidad de siempre, incluyendo incluso la mítica figura del Agujero de Memoria, es decir, la película de la que apenas puedo decir nada porque no me enteré de ella (“Vulcania” fue una, pero el fenómeno suele producirse al final de una tarde-noche llena de emociones). Parece ser que la sección “Midnight X-Treme” de Sitges no tiene las suficientes candidatas para entresacar de ellas títulos que, simplemente por lo cafre y gamberro, mantengan la atención de un público que lleva desde la sobremesa ante la pantalla. Para colmo, el hecho de que las dos pelis de sesión golfa de este año tuvieran un título chistoso en forma de rima ya suponía un mal presagio: para ser un buen humorista, uno de los requisitos fundamentales es no creerse gracioso.

Hablar de “Shed of the dead” me hace sentirme como uno de estos críticos festivaleros en plan Boyero que alardean de abandonar las proyecciones y escriben sobre lo que no han visto o no han querido ver, o no han querido mirar, o no han querido entender. Yo al menos tengo la excusa de no haberlo hecho aposta: el cuerpo no me daba para más, el toro rojo me traicionó, probablemente por ser de marca blanca. Eso sí, mis impresiones incompletas registraron un hecho inquietante: a pesar de que los zombis ya estaban empezando a hacer de las suyas mientras yo estaba como Joseph Cotten en el capítulo inicial de “Alfred Hitchcock presenta”, me daba cuenta de que nadie se reía, lo cual, en un subgénero de comedia con muertos vivientes que aspira a seguir la estela del hito de Edgar Wright, no suponía un buen presagio sobre su calidad o efectividad. Mis retazos de memoria no son tampoco halagüeños: Michael Berryman, el feo de “Las colinas tienen ojos”, aceptando salir en la peli para así poder rodar una escena sadomasoquista humorística con una MILF vestida de cuero, y una especie de parodia intermitente de los juegos de rol que el público recibía con exclamaciones de disgusto y abucheos cada vez que llegaba el momento. Que este pase fuese el siguiente al de “Bacurau” espero que convenciera a muchos de que a veces es mejor dar una oportunidad al cine de autor brasileño que a la enésima comedia friki que se apunta de manera oportunista al bombardeo de las cintas de muertos vivientes e infectados (en ese sentido es sintomática la broma metalingüística inicial de la peli, un raro lapsus freudiano de sinceridad, cuando se dice que el apocalipsis zombi sucedió más o menos por inevitabilidad, al insistir tanto en él los medios y en las artes; es un poco una manera rebuscada de decir, “si todo el mundo está haciendo esta mierda, ¿por qué no nosotros?”) De todas maneras, estoy convencido de que terminaré viendo la peli: plataformas como Movistar y compañía dejan en la estacada títulos de renombre como “Starry eyes” o “The eyes of my mother” (por mencionar solo dos títulos que contienen la palabra “eyes”) pero una chorradilla de zombis casposos ingleses seguro que la compran. 

Satanic panic” al menos la vi de principio a fin, con solo algún breve desfallecimiento. Es una producción de Fangoria que trata en clave de comedia el familiar motivo de que las clases altas deben su preeminencia a su práctica del culto al diablo, y dando el protagonismo a una animosa pizzera que resultó ser, debido a su pobre vida amorosa, justo la virgen que los brujos de zona residencial necesitaban para su ritual. Me doy cuenta de que, pese a que tengo constancia de que la peli me entretuvo, mi recuerdo a apenas mes y medio de verla no es muy detallado. Sé que como bruja mayor estaba Rebecca Romijn, que fue Mística en la saga “X-Men”, en plan MILF con todas las mayúsculas; que había una criatura monstruosa creada mediante originales efectos prácticos y no CGI, pero que, cuando se la enviaba a la búsqueda de la protagonista y hacía falta que se moviera, se prefería cubrirla con una sábana; que la pizzera, cuando se encontraba en una situación difícil o estresante, se relajaba pensando en “dos conejitos peludos” y que al final los conejitos peludos aparecían y se iban con ella en moto; y que al final el demonio más poderoso resultaba tener la forma de una niña que habíamos visto al principio jugando a la rayuela en la calle. Me doy cuenta mientras mi reseña va tocando a su fin de una paradoja familiar para todos los que escriben o leen sobre cine. “Satanic panic” la vi y me resultó distraída sin entusiasmar, en cambio “Shed of the dead” la vi menos de la mitad y lo que vi fue más bien horroroso, y sin embargo el artículo sobre la segunda es más extenso que el de la primera. Parece que hablar mal de lo que no se ha visto siempre da más juego.

En el fondo, me da la impresión de que el espíritu “película loca de medianoche” se encontró mucho más en “The cleansing hour”, que se proyectó en la sesión inicial del sábado y en la que, oh cielos qué horror Leoncio, también tuve cierto desvanecimiento. La idea inicial de la película me cae un poco mal en el fondo, pues es un guiño a las cosas que están de moda ahora y que en menos tiempo del que pensáis nadie sabrá lo que eran: un exorcista “youtuber” que retransmite en directo sus ceremonias, por supuesto falsas y amañadas, con actores y efectos especiales, se las tendrá que ver con un verdadero demonio que le pondrá una serie de retos extremos que le permitirán, amén de salvar la vida de su novia, ir aumentando el número de seguidores en la enésima crítica de boquilla a la cultura de los “LOLs” que llevamos vista en una Muestra en la que me apuesto a que tener cientos de miles de seguidores arreglaría la vida de más de la mitad del público (me acuerdo ahora mismo de “The good neighbor”, con James Caan puteado por unos niñatos tecnologizados, o “Nación salvaje”, en la que aparentemente podías ser un idiota y un justiciero a la vez sin ningún tipo de contradicción). La peli tendré que verla otra vez para saber si las partes que me perdí arreglan mi impresión, pero creo que el público fue tan favorable con una peli un tanto embrollada, planificada con bastante poca claridad, que no sabe qué hacer con muchas de sus ideas guays (para muestra, la gratuita aparición y desaparición de un travesti apodado Scarlett von Kock, la típica gracia epatante que pocos habrían echado en falta de haberse descartado) porque estaba planteada con un gran descaro y desparpajo, sin tomarse mucho en serio y con un ritmo lo suficientemente rápido para no pararte en pensar en lo que estás viendo. Todo lo cual, para mucha parte del público que disfruta conmigo de estos eventos, son virtudes sagradas. Para mí no tanto, pero lo respeto. A veces pienso así. Sea como sea, de las pequeñas subtramas protagonizadas por el público que, a lo largo y ancho del mundo, como si no existieran las diferencias horarias, sigue las retransmisiones del reverendo coletitas (y de “Drew”, no se nos olvide Drew, uno de los personajes más jaleados por el púbico de 2020 junto al coronavirus), termina surgiendo un gag final bastante memorable protagonizado por un personaje que nos considera un país destrozado. Y hasta aquí puedo leer, como decía Mayra (y supongo que también el no tan recordado Jordi Estadella).


517: XVII Muestra SyFy VI: Lo que no veo por ningún lado es la "SyFy"


Es un poco la queja habitual, que en una muestra fílmica patrocinada por un canal que hace de la ciencia ficción el nombre de su marca, no se encuentren demasiados títulos de naturaleza especulativa (bueno, “Bacurau”, de la que acabamos de hablar, supuestamente es CF, lo que sucede es que el subgénero “futuro cercano”, para cuando las películas llegan a las pantallas, se convierte en el telediario de ayer…) Pero, quitando “Color out of space”, que, por su crossover con el terror, con Lovecraft, con la trayectoria de un director maldito, y por Nicolas Cage, merece casi un capítulo para ella solita, hubo al menos dos títulos que hicieron honor al membrete “SyFy”: “Synchronic” y “Human lost”.

Synchronic” es ya la tercera película en la Muestra del tándem Justin Benson / Aaron Moorhead, después de “Spring”, que se va reivindicando poco a poco como una rareza estimulante, y “The endless”, de la que no hablamos demasiado bien por aquí y a la que no hemos dado aún otra oportunidad. “Synchronic”, el producto que da nombre a la peli, es más o menos lo mismo que “Chronax”, sobre la que cantaba Donald Fagen en su tema “Brite nightgown”: una droga para viajar en el tiempo. En otra muestra de la inquietante capacidad de la Muestra para predecir el futuro, los héroes de la película son dos sanitarios, un negro follarín pero solitario (los tópicos de la caracterización son tozudos) y un blanco con problemas tanto en su matrimonio como en su relación con su hija adolescente (lo mismo digo). El modo en que la película se abre con una secuencia desconcertante (los extraños “viajes” de una pareja que se droga en un hotel), prosigue con lo que parece un “thriller” de escenas del crimen, enlaza con una fase de experimentos espaciotemporales y termina uniendo la historia familiar con la historia con mayúsculas de un país, revela una ambición considerable a nivel de concepción y escritura que no llega a corresponderse con una habilidad plástica o narrativa comparable (es el viejo lamento de Barry Malzberg en “Galaxies”: ¿qué escritor puede estar a la altura de asuntos inimaginables como viajes en el espacio sideral o en el tiempo?). Tanto es así, que la película sufrió un remontaje entre su pase en el festival de Sitges y el de la Muestra, con el consiguiente desfase en los subtítulos, que desembocó en una intervención de Dolera a mi modo de ver desafortunada: lanzar una soflama en mitad de la peli (cuando se suponía que se le dejó el micro abierto para intentar traducir) sobre “así es como el cine nos trata a las mujeres”, cuando lo único que se buscaba era mostrar la perspectiva de un padre divorciado al que tampoco se idealiza mucho, hizo realidad conmigo esa frase que tanto odio, “me sacó de la película”, haciendo un poco difícil para mí el reconectar con la trama. En todo caso, la peli tiene su aquel, es una serie B con ciertas, aunque no muchas, pretensiones, y continúa una trayectoria fílmica peculiar que nos puede deparar alguna que otra sorpresa.

Human lost”, largometraje de animación japonesa, fue una de mis decepciones personales de la Muestra, pues me planteaba a priori un interrogante de difícil respuesta: ¿realmente se podía realizar una traslación a la CF del clásico de la literatura japonesa “Indigno de ser humano”, de Osamu Dazai, que en principio está en las antípodas de la fantasía colorista a la que nos tiene acostumbrado el anime? (Aunque sí existe una adaptación más o menos fiel en una serie animada cuya edición francesa tengo en casa) La respuesta parece ser que no: hacer del protagonista un rebelde contra el sistema está tanto más cogido por los pelos como que el personaje de Dazai se reía de las aspiraciones de la célula comunista a la que sus amigos se apuntaban por ganas de epatar, y convertir a su amigo Masao Horiki en una especie de villano de James Bond no casa muy bien con el rol que Dazai le reserva en la historia. El paralelismo entre la sociedad próspera fundamentada en el imperialismo y el belicismo del Japón de los años 30 y una distopía futura que promete la inmortalidad a un terrible precio no está demasiado bien buscado, y todo el tiempo me da la impresión de que se juega con la cierta familiaridad de muchos japoneses con el texto de Dazai, que por lo que tengo entendido se suele estudiar en la asignatura de Literatura Japonesa (supongo que todos tienen cierta idea de que se trata de la historia de un pintor frustrado, que sobrevive a un doble suicidio con su pareja, que es un drogadicto, etc.) para insertar sus elementos en una suerte de remake de “Akira”, con sus mismas veloces persecuciones y escenas de destrucción cataclísmica, todo ello dándole al guión una apariencia de enorme complejidad que en el fondo no es tal pero hace la película difícil de seguir, especialmente para el público de las 4 de la tarde que se había acostado después de las 4 de la madrugada del mismo día. Lo único que para mí captura cierto decadentismo canalla y cierto romanticismo sórdido es el retrato que el protagonista hace de la dueña del bar que le acoge, un desnudo sin idealizar de una mujer rotunda, alejada de su mejor momento físico pero aún así atrayente, que luego se trata de recuperar en el clímax de la aventura. Pero es poco lo que soy capaz de rescatar ahora del que creo que es el primer largometraje anime de la Muestra que no me ha dejado satisfecho (es que miren ustedes los precedentes: “Steamboy”, “Paprika”, “Summer wars”, “Wolf children” o “Your name”) y que querría rescatar en su estreno previsto para octubre o noviembre de 2020 (si es que la red de salas cinematográficas subsiste para entonces y el Covid no ha ayudado a instaurar el imperio maligno del streaming) para ver si con la cabeza más clara y mis fuerzas completas soy capaz de ver el vaso medio lleno en lo que en su momento solo supe ver como un trago amargo.



516: XVII Muestra SyFy V. El "western" al revés


Blood quantum” (título referido, al parecer, a una especie de “RH vasco” que te define o no como americano nativo) plantea una epidemia de zombis ultraviolentos que solo deja indemnes a los pobladores originales de Norteamérica, lo cual plantea la divertida paradoja de que terminan siendo los pieles rojas quienes cazan a tiros a los blancos, subvirtiendo los precedentes históricos. Lo malo es que el guión no apuesta por ese tipo de malicia, sino que acumula las secuencias de acción sin un hilo argumental fuerte por debajo que vaya más allá del contraste entre los dos hijos del sheriff, de diferentes madres: uno que lucha por integrarse y ser buen miembro de la sociedad, y otro que es un macarra irredento. Mientras escribo esto no tengo puesto Internet para no hacer trampa con Wikipedia, pero, a un mes y siete días del visionado, no retengo muchas cosas amén del ya mítico “abuelo ninja” (un ex combatiente de la II Guerra Mundial que por alguna razón es un maestro indio de la katana): una broma consistente en cagar sobre los coches desde lo alto de un puente, unos peces zombis, una inquietante chica de ojos claros que arranca su “hombría” al macarra y que luego es vislumbrada brevemente como zombi para no aparecer nunca más, y unos peculiares insertos animados, recurso que, como veremos luego, no fue la única vez que apareció en esta Muestra. Pero en general recuerdo “Blood quantum” con bastante desdén, me dio la impresión de que era el típico título de relleno, con disponibilidad fácil, que dentro de muy poco veremos programado hasta la saciedad en el canal Dark.

Bacurau”, por su lado, me planteaba la misteriosa cuestión de qué hacía en la Muestra. Había visto una de las pelis anteriores de su co-director, Kleber Mendonça filho, “Doña Clara”, y, si bien la encontré interesante, no la vi muy afín a los mundos del fantástico, ni hacía prever una visión del mundo lo bastante divergente para hacer del cine de autor un subgénero afín a la fantasía o incluso a la ciencia ficción (por ejemplo, lo que pasaba en “Canino” de Lanthimos). Luego, una vez vista, ya queda claro el porqué, aunque habría que “spoilear” a fondo para explicarlo del todo. Baste decir que la película transcurre en un futuro más o menos cercano y que en ella unos gringos que utilizan un dron espía en forma de platillo volante se proponen exterminar a los habitantes de un pueblo brasilero cercano a Pernambuco para hacerse con su agua, un bien convertido en escaso. Y hasta ahí puedo leer, como decían en el “Un, dos, tres”. La peli en general gustó más al público de lo que yo pudiese haber anticipado (excepto a los más acérrimos del cine de género, que practican con el “mainstream” el tipo de desprecio que ellos creen sufrir por parte de la cultura más oficial), con un inicio costumbrista que va incorporando insinuaciones de un substrato más salvaje que terminará estallando, llegando al “gore”, al final, ante la invasión gringa, y algún que otro guiño inesperado (la escuela del pueblo se llama “Joao Carpenteiro”, y ahora sí que he ido a Wikipedia: no hay ningún Joao Carpenteiro célebre en Brasil que haya podido dar nombre a una escuela, lo cual no demuestra de por sí que la peli sea un homenaje a John Carpenter, pero sí que los que la han hecho han querido dejar constancia de que para ellos John Carpenter ha sido una fuente de aprendizaje). También hizo mucha sensación que el personaje de Sonia Braga se llamara “Domingas”, y también subió la moral que uno de los graciosos fuese silenciado de manera contundente durante una escena en la que un lugareño gordo aparecía desnudo, con la frase “es ver un pito y ya os ponéis nerviositos”. Nos hubiera hecho falta ese héroe anónimo durante la proyección de “The lodge”.

515: XVII Muestra SyFy IV: Coronavirus Superstar


Los virus a veces están en el cuerpo, otras están en la mente. A veces se curan, otras veces vivirás en una especie de simbiosis con ellos. Como espectador de la Muestra SyFy, tengo una especie de relación amor-odio con ese ambiente festivo “mandanguero”, del que varios tuiteros han visto este año una exacerbación irritante. Es cierto, por ejemplo que en películas como “The lodge”, los graciosos se habrían ido callando a medida que el meollo comenzaba (así sucedió por ejemplo en pases históricos como el de “Déjame entrar”), pero en 2020 las retransmisiones y reinterpretaciones jocosas de lo acontecido en pantalla duraron TODA LA PELÍCULA durante la proyección en la Sala 1, hasta el punto que me pregunto de qué se enteraron realmente la mayoría de los “graciosos”.


The lodge”, creada por los mismos responsables de “Ich seh, ich seh” (aka “Goodnight Mommy”), Veronika Franz y Severin Fiala, y distribuida, esto no lo sabía yo antes de verla, bajo la bandera de la renovada Hammer, es un relato de suspense psicológico ambientado en una casa de campo aislada en mitad de la nieve y en la que dos niños y su nueva madrastra tienen una difícil relación que lleva la historia por terrenos muy malrolleros en los que lo sobrenatural y la religión tendrán un protagonismo inquietante. Pues bien, la película es de las que se toman muy en serio, con una lentitud deliberada y una austeridad que pretende (para mí lo consigue, pero ya vi que para muchos otros no) resultar hipnótica, jugando a ser previsible para dar el gran puñetazo a traición al final. Lo cierto es que mi situación en la sala (siempre lo más delante posible) hizo que los daños fuesen menores, pero comprendo que los sentados más hacia la mitad debieron de sentirse como en un avión secuestrado. Ya dije en 2019 que me molestó cuánto se tomó a chacota “Quiero comerme tu páncreas”, pero por varias razones creo que la Sala 2 no es opción, porque un poco de cachondeo puede ser sano dentro de un orden y ver las peliculas en solitario silencio ya es lo que voy a hacer en mi casa casi siempre a partir de ahora. Nos van a hacer falta en la Sala 1 algunos Paul Kersey o Harry Callahan de verbo afilado que impongan su propia ley cuando la peli es buena. Vamos, seguirse tomando a broma la historia cuando sucede lo que sucede con Alicia Silverstone (¡la puñetera Alicia Silverstone en versión “cougar”!) y siendo testigos de la brutal interpretación de la nietísima (de Elvis) Riley Keough, y ser tan insensible a la avalancha de entrañables “tics” de autor que dan su sabor a la obra (incluyendo un uso de las casas de muñecas similar al de “Hereditary”) es prueba de que, si no había coronavirus en el aire de la sala, sí había cierto tipo de síndrome mental entre los espectadores que se contagiaba e iba a más.

Y hablando del coronavirus, que es lo que nos mantiene encerrados ahora y posibilita que yo esté redactando esta crónica, me hace gracia pensar que Dolera afirmaba en una de sus presentaciones haber recibido la consigna de no sacar el tema, poco después de que el público coreara con palmas el nombre de la pandemia, en una muestra de humor gamberro que, qué queréis que os diga, a mí sí me hace cierta gracia por lo que tiene, vista retrospectivamente, de desafío a lo que parecía entonces un montaje informativo pero se ha convertido en un impedimento vital para todos los que no tuviesen, como un servidor, un cierto corazón de “hikikomori”, amén del verdugo de padres y abuelos varios que en muchos casos eran los precursores de nuestro frikismo. Tomar a coña marinera algo que los cincuentones apocalípticos que no han triunfado en la vida se complacen en mirar como una especie de punto final para la especie humana me resulta de una irreverencia sana, y más todavía porque nadie sabía si el virus estaba realmente allí. ¿Hubo contagios en la Muestra? No he visto nada en el Twitter de SyFy, aunque, claro, ¿cómo va a retuitear SyFy ningún mensaje en plan “me contagié en el pase de “Rabid”?”. Porque, de hecho, parte de la guasa reside en el hecho de que las pandemias antes de ayer eran ciencia ficción, de ahí que siempre tengamos aspirantes ficticios a coronavirus entre las películas de la Muestra, y este año no fue excepción.

Un ejemplo, que he preferido dejar para otro capítulo, es “Blood quantum”, la enésima epopeya de infectados a la que se pretende dar un giro étnico y social, o ya la referida “Rabid”, segunda presencia diferida en la Muestra del gran David Cronenberg, de quien se vio “La mosca” en una de aquellas sesiones “Phenomena” de la etapa en el cine Callao y que nos ha visitado en forma de su hijo Brandon en “Antiviral” y ahora en el remake de su segunda peli profesional pergeñado por las hermanas Soska. Estuve revisando la original para cotejarla con la nueva y creo que se parecen solamente en el plano cenital de la protagonista retorcida de dolor en el suelo, lo cual siempre he visto como una metáfora de la dismenorrea. Algo en principio positivo, porque, para hacer la misma película otra vez, no se pone uno a armar un proyecto fílmico y arriesgar capitales propios y ajenos. Creo no obstante que los temas de la primera versión eran menos obvios que los de esta segunda, que me recuerdan a cuando me gustaba el feminismo radical porque planteaba una versión paranoide de la sociedad, la psicología y la biología que daba un juego excelente para relatos de horror y ciencia ficción. Lo único que se trata de atenuar un poco es el concepto del apéndice fálico que, saliendo del hombre, hacía que, en el original, la mujer fuera la penetradora, pero, por lo demás, el virus salva a la protagonista de ser Betty la fea” para el resto de sus días, la coloca en primera fila del “prêt à porter” de la mano de un sosias casposo de Karl Lagerfeld, la convierte en una vengadora superpoderosa que acaba con las fechorías de un superviolador con demasiada pluma para ser un ejemplo convincente de masculinidad tóxica, y convierte en una ceremonia dantesca uno de esos desfiles de moda que al parecer convierten a las mujeres en objetos. Las Soska, de manera evidente, son seguidoras y conocedoras de Cronenberg, pues insertan múltiples referencias y homenajes no solo al original de “Rabia” (ese Papá Noel tiroteado), sino también a otros títulos del canadiense, desde los uniformes quirúrgicos de “Inseparables” a la posibilidad nunca descartada, al estilo “Videodrome” de que mucho de lo que vemos se trate en realidad de alucinaciones de la protagonista. Pero a mí, con todo el “gore” salvaje de esta revisión, me sigue hablando más la original, la sigo encontrando más desasosegante por su manera de retratar una soledad extrema que la sexualidad exacerbada no cura, y por su modo de sugerir, en uno de los finales más desoladores del cine, que el individuo es definitivamente desechable. La nueva versión, apelando a la represión y el encierro, o bien quiere sugerir que existe un patriarcado que mantiene a las mujeres sin voz ni movimientos, lo cual, a la vista de la cantidad de creadoras y personalidades femeninas desenvolviéndose con éxito en los medios, no parece ir más allá de la metáfora, o bien advierte sobre la reacción futura de un poder masculino amenazado. En todo caso, el final original tiene mucha mayor fuerza, como la película en general.

514: XVII Muestra SyFy III: Si eres perro, ¡huye!



La película tailandesa “The pool”, la misma que nos descubrió que en el idioma de aquel país “¡Socorro!” suena algo así como “¡Cthulhu oe!”, nos reveló también, aparte de que mucho público siempre va a decir que una película que saca un aprovechamiento máximo de medios mínimos es mala, el recurso universalmente efectivo para impresionar y conmocionar a un público del 2020 nacido y crecido entre algodones: basta con que un perro que aparece en la historia muera o sufra un horrible destino. La mascota del protagonista de “The pool”, para más recochineo, llevaba el nombre “Lucky”, pero cuando apareció por primera vez en pantalla solo nos llamaba la atención el cocodrilo con el que nuestro héroe se veía obligado a compartir el fondo de una enorme piscina vacía sin escaleras para salir de ella (norma rigurosa cuya razón a nadie se le ocurre explicar). Parece todo una tontería pero considero que mantener la atención del espectador con una premisa así durante 90 minutos es un mérito en sí mismo, independientemente de la calidad del CGI del cocodrilo, de si hay unos huevos que cambian de tamaño de un plano a otro, de si es posible que haya túneles subterráneos que llevan a donde parecen llevar, o, mi eterno favorito, si los personajes toman las decisiones correctas en cada momento (un clásico de las malas críticas de los terrores y slashers: supongo que todo el mundo, en situaciones de vida o muerte con el Jason o Michael Myers de turno en los talones, se convierte en todo un von Clausewitz de la estrategia, viendo con claridad cristalina todas las mejores opciones ante ti). Sabes que estás en este tipo de festival cuando tienes delante una peli tan insensata, y de hecho gran parte de la diversión reside en lo insensata que es. Pero lo de Lucky la verdad es que dolió. No contaré lo que le pasa porque es spoiler y si sois un poco moñas respeto vuestro derecho a traumatizaros vosotros mismos.



Pero no es que fuera solo Lucky. Veamos, si Lucky es 1), 2) es el perro zombi de “Blood quantum”, 3) el perro del negro de “Synchronic” que termina atrapado en el tiempo con el Ku Klux Klan, 4) es uno de los perros de “Bacurau”, al cual, cuando preguntan a Udo Kier si lo mató de un disparo, contesta “Hell, no”, 5) es una especie de engendro infernal de “The cleansing hour”, 6) es el perrito de los niños de “The lodge”, incapaz de aguantar los rigores del invierno, 7) es el perro lobo de Nicolas Cage en “The color out of space”, 8) son los sabuesos robóticos que atacan al protagonista de “Human lost” y 9) es el perro del guardabosques en “The boy II”. Y tal vez se me olvide alguno, pero lo que está claro es que los guionistas de las pelis de esta Muestra, tal vez la última antes del apocalipsis humano, no se cortaron mucho a la hora de hacer una apelación barata a las emociones de un público que se ríe y aplaude si despanzurran a humanos en pantalla, pero llora amargamente si a un pequeño amigo a cuatro patas le pisan el rabo.

513: XVII Muestra SyFy II: Memorias del subsuelo


Resulta raro, en la presente situación de confinamiento, imaginar instantes en los que compartíamos un mismo recinto con cientos de personas, y en los que los virus con pinchitos tenían la posibilidad de volar libremente de una persona a otra e invadirnos a fuerza de la famosa “carga viral”, toda vez que el público festivalero grita digamos que un poquito y que en los servicios todos compartíamos los mismos grifos, pomos de puertas, etc. No creo haber sido el único en preguntarme si me habré pasado cuatro semanas incubando, o si estaré incubando aún, el inefable microorganismo "chino", incorporado a mi cuerpo durante un evento no tan multitudinario como las manifestaciones del 8-M pero que, si hubiese estado programado solo para una semana más tarde, ni siquiera habría tenido lugar, y por tanto este blog se habría pasado sin actualizar como mínimo dos años.

Pero al parecer me encuentro bien, únicamente sorprendido por el anuncio de mis jefes de que comenzaban las vacaciones de Semana Santa (porque un encierro involuntario no puede considerarse vacaciones por mucho que no te dejen ir al trabajo) y con algún miembro de la familia menos, viviendo una realidad apocalíptica que una vez más pone en ridículo el extendido empleo de la expresión “ciencia ficción” como sinónimo de algo inverosímil y nada plausible, y preguntándome por qué cada vez más las pantallas de vídeo parecen ventanas y las ventanas parecen pantallas de vídeo. Y por qué hace frío uno de cada dos días para no dejarme celebrar mi vieja decisión de tener un salón más pequeño a cambio de un acceso al exterior en forma de balcón.

Y entonces me dedico a hojear viejos diarios y álbumes de fotos, descubro paleolíticos cigarrillos Camel en lo alto de novelas de Pérez-Reverte que hay alguien que ya nunca va a leer, y, tropezando con mi vieja y destrozada mochila de los años 2014 a 2016, vislumbro la correa negra que suspendía en torno a mi cuello el abono de la Muestra SyFy. Imagino aquel viejo fundido encadenado que simulaba ondas de agua y el flashback comienza.


512: XVII Muestra SyFy I: El final


El karma es tozudo: como mucho público de la sala 1 ha terminado confundiendo la “mandanga” doleriana (nunca me ha gustado la palabra, lo siento, para mí eso siempre será la manera que tenía El Fary de referirse a la marihuana) con el sabotaje, suena a justicia poética que fuese el público de la sala 2 el único que pudiese disfrutar de la clausura tal como fue concebida inicialmente (con la escena en primicia de la suspendida “sine die” “Un lugar tranquilo 2” y no sé qué más) y en cambio los sanos juerguistas de la sala 1 (y de la sala 3, donde dice Twitter que varios se despacharon a gusto contra la ínclita maestra de ceremonias) tuvieron que esperar una hora larga para ver la peli de despedida, “The boy 2”.

La espera obligó a más de uno con mal horario a marcharse sin ver nada, pero no fue del todo aburrida dada la iniciativa espontánea de los creadores de un juego, “Spoilers”, basado en adivinar películas a partir de una serie de pistas (algo un poco menos currado de lo que parece, pues las pistas son líneas de diálogo textuales que aparecen en el tráiler doblado, con lo cual los que no se saben los guiones palabra a palabra y se lo ven todo en original no tienen esperanza alguna de ganar). He de decir que este “extra” de la Muestra contuvo el que fue mi momento favorito de humor negro en todo el fin de semana, cuando, después de una pista que rezaba “Son muy dificiles de matar”, alguien exclamó “¡”La lista de Schindler”! Eso en Twitter te valdría crucifixión en la plaza pública, pero a mí en aquel momento me hizo gracia, por lo estúpido y por lo inesperado, porque sabíamos que probablemente sería algún blockbuster tipo “Aliens” o así (ni siquiera recuerdo qué peli era en verdad) y el salto conceptual de los típicos héroes de acción a lo Schwarzenegger o Vin Diesel a un nazi creyendo que es el mismo tipo de héroe resulta de una mala leche considerable. A esto que acabo de hacer podría llamársele “explicar un chiste tonto que se entiende a la primera”, pero en los tiempos que corren, ay de ti como sobrevalores la capacidad de comprensión de según qué público.



En todo caso, nos desalojaron de la sala 1, donde tenía mi asiento ideal, y terminé en primera fila y casi a un extremo en la sala 3, que ya estaba bien ocupada antes de llegar nosotros. Y todo para ver “The boy 2: la maldición de Brahms”. Estoy estrujándome un poco los sesos para expresar por qué esta secuela no me convenció sin destripar la primera película a los que no la hayan visto. Me tendré que conformar con decir que el film original se basa en una de esas premisas que a mí me funcionan siempre (por ejemplo, “analizando una foto se ve un detalle extraño y se pone en marcha una investigación para saber qué es” o “todo sucede a bordo de un tren en marcha y la situación se tiene que solucionar durante el trayecto sin que nada pueda suceder en tierra”; es que veré y me gustará cualquier película que tenga esas bases, estoy convencido), y que en la segunda parte se busca marear la perdiz para convencerte que lo que estuviste toda la primera parte preguntándote si era o no era resulte que ahora sí es cuando antes no, con lo cual toda la lógica narrativa apunta a que sí tiene que ser porque entonces para qué han hecho la película, así que adiós a esa incertidumbre que era la gracia de la entrega inicial. Y no resumo de que iba porque entonces sumáis dos y dos y ya os lo he contado todo. En fin, no creo que este tipo de continuaciones sean la mejor opción para clausurar la Muestra, en especial cuando (modo cincuentón apocalíptico “on”) quién sabe si esta 17 Muestra SyFy habrá sido la última de todas. Acordaos si no de “El último exorcismo 2”: nos cayó bien la primera en la última proyección de la etapa del Palafox, pero en la segunda Damien Chazelle, como guionista, prefiguraba todas las decepciones que me tenía reservadas como director después de su toque de atención con “Whiplash”.