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lunes, 4 de abril de 2022

524: De la página a la pantalla: "El acontecimiento" (Annie Ernaux vs. Audrey Diwan)

La comparación entre las películas y las novelas en que se basan me suele dejar un gusto amargo, en especial cuando las películas se empeñan en ser novelas y conciben la puesta en imágenes y sonidos como el vehículo de transmisión de una historia, de esa entidad inmaterial que es un cúmulo de incidentes, de palabras, de sensaciones. Incluso si el cúmulo se transmite de manera exitosa de un medio a otro, el hecho de que se condense antes para el destinatario entre páginas o entre fotogramas plantea el riesgo serio de hacer redundante la otra versión, de convertirla en un segundo camino para llegar al mismo sitio a lo largo de paisajes parecidos.

De ahí lo llamativo de la adaptación que la cineasta Audrey Diwan ha realizado de la novela autobiográfica de Annie Ernaux, “El acontecimiento”, puesto que, tratándose el libro de un relato que indaga en la memoria de la autora, que revisita e interpreta sucesos ya plasmados en un diario íntimo, la versión fílmica decide prescindir de la típica narración en “off” que algunos consideran elemento indispensable para dar a una película el tono de una evocación del pasado, e incluso prescinde, si no me equivoco, de cualquier frase textual de la novela.

Las razones para esto pueden ser múltiples. Quizá se apuesta no por hacer un relato histórico de las dificultades que encontraban las mujeres para abortar cuando se trataba de un acto penado por la ley, sino de presentarlo como si se tratara de una realidad contemporánea, palpable, vista sin distancias, tal como debe presentarse a aquellas que viven situaciones parecidas en lugares del mundo donde los derechos femeninos no conocen el mismo desarrollo que en ese Occidente al que algunos ven gratuitamente como la cuna de todos los males. Sin ir más lejos, el propio país del que procede la familia de la realizadora, Líbano, donde, si mis fuentes son correctas, solo se permite el aborto legalmente si la vida de la madre está amenazada.

Otras razones posibles tienen que ver con el vínculo entre los hechos narrados y el acto de escribir tal como lo ve Ernaux o al como lo ve la propia película, que hace de él un elemento argumental, incluso uno de los objetivos de la trama. Ernaux dio a la recopilación de varias de sus obras principales el título conjunto de “Escribir la vida”, difuminando los límites entre cosa vivida y cosa escrita. O todo es vida o todo es escritura. Los libros son escritura, las películas pueden aspirar a ser reflejos o iluminaciones de la vida, de ahí que Diwan y sus colaboradoras hayan pensado que las frases de la escritora son demasiado íntimas para ser leídas como fondo de una imagen y hayan optado por el ambicioso desafío de no adaptar la obra literaria sino recrear los hechos que le dieron origen, reconstruyendo lo no dicho de tal manera que se advierta al final una relación de identidad con un texto que en realidad no se le parece.

(Este divorcio, incluso incompatibilidad entre texto e imágenes, queda patente en el cierre de la película, en el que, sobre un fondo de pantalla negra, oímos el garrapateo de un lápiz sobre una hoja de papel, poniendo en marcha la carrera literaria que desembocaría en “El acontecimiento”, unos 36 años después. La escritura, pues, comenzaría donde acaban los hechos tangibles y representables, y sería su propia realidad, no trasvasable a otros medios. Diwan se las arregla para hacer una adaptación que en cierto modo es una “anti-adaptación”.)

Desde el inicio, el libro y la película parten de presupuestos y objetivos muy diferentes. Ernaux comienza “El acontecimiento” hablando de cómo acudió a la consulta de una doctora, en el barrio parisino de Barbès, para obtener los resultados de una prueba del VIH que realizó después de una relación sexual con un antiguo amante venido de Italia. El ambiente de la sala de espera evoca a la autora de manera natural la relación entre sexo y muerte y su angustia cuando, en un contexto similar pero unos treinta y pico años antes, se le comunicó su embarazo. Ernaux rememora, bucea en el pasado, busca un sentido, no sabe muy bien qué va a encontrar, y llega a una conclusión: que toda su odisea de incertidumbre y sufrimientos le ha sucedido para que ella deje constancia de ello.

La película de Diwan, en cierta manera, comienza donde termina el libro de Ernaux, pues desde el principio se propone dejar un documento retrospectivo de cómo una mujer joven, en tiempos poco propicios, lo arriesgó todo para conquistar una serie de libertades, de ahí que, junto a la historia sórdida y dolorosa, se incluyan una serie de elementos, como por ejemplo la reivindicación del placer sexual femenino, que no están entre las prioridades del original literario. En la película, una de las amigas de la protagonista le demuestra un método para masturbarse, y la propia protagonista, justo antes de acudir por primera vez al pasaje Cardinet para visitar a la “fabricante de ángeles” decide acostarse con el atractivo desconocido que sus amigos de extracción más acomodada despreciaban por su condición de bombero, todo un gesto de solidaridad con las clases obreras que la joven Ernaux, en la vida real, no habría suscrito.

De hecho, las motivaciones aducidas por Ernaux para desear un aborto poseen una sinceridad a la que no le importa el qué dirán: tal como ya describió en su primer libro, “Los armarios vacíos”, para ella los estudios superiores suponían un modo de escapar a unos ambientes obreros y trabajadores que la horrorizaban, y la condición de “madre soltera”, al igual que la de "alcohólico", constituía uno de los emblemas de la pobreza. Con el embarazo, en cierta manera, lo que crecía en ella no era tanto un hijo como el fracaso social. El guion de la película intenta “arreglar” esto dotando a la protagonista de un deseo de expresarse mediante la literatura que no podría realizarse en caso de que una maternidad y un matrimonio acaparasen todo su tiempo, de ahí la importancia otorgada a los exámenes finales y a la subtrama con el profesor, que dan a todo lo ocurrido una finalidad consciente desde el principio, en contraste con las palabras de Ernaux, para quien esto solo se convirtió en evidente durante la redacción del libro, en 1999. De hecho, incluso el personaje de la película niega ante el profesor toda vocación docente, cuando la Ernaux del presente habla a menudo de los ejercicios que tiene para corregir. Si lo pensamos bien, no hay nada terriblemente contradictorio en estos contrastes, son los mismos elementos vueltos a colocar, en lo que supone no ya una película que readapta un libro, sino un personaje que readapta a su creadora.

(Volviendo a la dimensión social de la película y a las motivaciones clasistas de la escritora en su juventud, encuentro injusto no mencionar un episodio que la película no recoge, en el que, durante el internamiento hospitalario de la protagonista después de abortar, del cual Diwan hace una gran elipsis, un enfermero la trata de manera brusca y sarcástica, para, con posterioridad, expresar pesar por su comportamiento, pero no porque estuviera mal de cara a una mujer en esa delicada situación, sino porque se trataba de una distinguida estudiante de letras y no, por ejemplo, de una dependienta de supermercado o una sirvienta. El correctivo a los sueños de movilidad social mediante la cultura, cuando desnudos bajo una sábana de hospital todos pertenecemos a la misma clase, fue severo).

Es efectivo, si no muy innovador, cómo se trata de trasladar el enfoque radicalmente personal del libro a términos visuales, colocando la cámara a una distancia muy corta de la actriz principal y recurriendo a la “steadicam”, lo cual da un resultado muy diferente al que podía obtener, por ejemplo, el cámara Raoul Coutard en las películas, coetáneas a los hechos, de la “nouvelle vague”, a la cual, en aras de esa contemporaneización a la que aludí antes, no se hace ni un solo guiño cinéfilo o estético. En ocasiones, pero sin que se abuse de ello, se recurre a la cámara en mano, que parece ser el comodín de mucho cine y televisión de ahora para transmitir inestabilidad o incertidumbre.

También se utiliza mucho el cambio de foco para aislar a la protagonista del resto de elementos del cuadro. Pienso por ejemplo en la escena del aborto, en la que Diwan no quiere dejar de mirar, en consonancia con el deseo de “ir hasta el final en el relato de la experiencia y no oscurecer la realidad de las mujeres”, como escribe Ernaux, a pesar de que la escritora, en la misma escena del libro, hace una especie de “montaje paralelo” con las imágenes de otras chicas estudiando, su madre planchando ropa, o el padre del niño caminando por Burdeos. Encuentro muy sugestivo que determinadas ideas del libro inspiren una puesta en imágenes muy distinta, cuando no opuesta, a la que el propio texto original sugiere.

Bien es verdad que en esa dura escena se desenfoca casi todo lo que no es el rostro. Esto se corresponde de manera exacta con el libro (salvando que Ernaux da a entender que emitió más gritos de dolor durante el suceso), donde ni siquiera encontramos una descripción precisa del procedimiento para abortar. En ese sentido, estamos en el polo opuesto de películas como “Nymphomaniac” de Lars von Trier (la versión íntegra, pues no recuerdo ninguna escena de aborto en la versión para cines) o “The tribe” de Miroslav Slaboshpitsky, donde se explota todo el potencial del aborto como una agresión al cuerpo y los paralelismos con una violación se buscan a propósito (dejo fuera otra de las referencias, “Cuatro meses, tres semanas y dos días” de Cristian Mungiu, al no haberla visto). Si esta diferencia en enfoque se debe a sensacionalismo dramático, a opiniones contrarias a la interrupción del embarazo o al hecho de que los directores son hombres y quizá están menos sensibilizados sobre qué y cómo mostrar de la intimidad de un personaje femenino, se lo dejo al criterio de quienes me lean.

(A propósito de esto, no puedo evitar mencionar el momento en el que Ernaux, un tanto molesta, menciona la fascinación que solían despertar en los hombres los relatos que les hacía de su aborto, y pone como ejemplo de ella la novela de John Irving “Príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra”, en la que al parecer, bajo la máscara del personaje del doctor Larch, abortista clandestino y gerente de un orfanato para niños no deseados, Irving sería presa de “un sueño de matriz y de sangre donde se arroga y reglamenta el poder de vida y muerte de las mujeres”. La justificación que en principio le puedo encontrar a esta cita es que a Ernaux le molesta que un escritor hombre alcance fama y reconocimiento tratando un asunto que les pertenecería a las mujeres, pues de hecho, en otra parte del libro, ataca de modo bastante radical a los médicos de la época, afirmando que “habrían preferido morir antes que infringir una ley que dejaba morir a mujeres”, actitud que, en la ficción, Wilbur Larch estaba lejos de compartir. Aunque esto no deja de ser un aparte, sí creo que es digno de considerar a la hora de marcar las diferencias en la manera de representar “el acontecimiento” según sea un hombre o una mujer quien lo rueda, y de paso me sirve para observar que el contenido reivindicativo y radical es más explícito en Ernaux, que llega a decir que no relatar detalles como el intento de auto-aborto con las agujas de hacer punto sería “colocarse del lado de la dominación masculina del mundo”, aunque la curiosidad morbosa que esos mismos detalles podrían despertar en los hombres, porque supongo que la empatía hombre-mujer es algo en lo que Ernaux no cree, ya escapa al control de la escritora).

Otro rasgo muy característico de Ernaux desaparece en la película de Diwan, a saber la cantidad de referencias culturales, a películas o música, que anclan la historia en un momento histórico concreto o establecen un tipo de gustos musicales o fílmicos típicos del ambiente cultural en el que la protagonista deseaba moverse. En el primer caso, el libro nos habla de la asistencia a pases de “Charada” de Stanley Donen y “La estafadora” de Marcel Ophüls, con lo que podemos inferir que la acción sucede en 1963, e incluso hay una referencia fílmica aún más interesante, el hecho de que va a ver una película titulada “Mein Kampf”, que con toda probabilidad es un documental de 1960 dirigido por Erwin Leiser, y que sirve, llamativamente, de consuelo a la protagonista antes de su aborto en el pasaje Cardinet pues cualquier sufrimiento que ella pudiera arrostrar allí no podía compararse con nada sucedido en los campos de exterminio nazis. Nada de esto aparece en la adaptación al cine.

En cuanto a la música, Ernaux menciona los “Conciertos de Brandemburgo”  y “La pasión según san Juan” de Johann Sebastian Bach, la última de las cuales, afirma, le sonaba como “sus tribulaciones desde octubre a enero contadas en una lengua desconocida”. La película, como tantas veces en el cine de ahora, opta por un comentario musical minimalista, una puntuación ocasional con notas aisladas de piano que van desarrollándose hasta crear un tejido de melodías simples en ritmos complejos entrelazados, donde los hermanos Evgueni y Sacha Galperine siguen un poco la estela de Steve Reich o del pianista suizo Nik Bärtsch. Sustituir dramatismo barroco por sonidos contemporáneos “fríos” es coherente con el acercamiento sobrio y poco sentimental de Diwan, que se nota también en la gama cromática y en el protagonismo de Anamaria Vartolomei, quien pese a su juventud no es extraña en su filmografía a temáticas fuertes relacionadas con la condición femenina (con apenas 11 años interpretó “My little princess”, película autobiográfica de Eva Ionesco en la que esta contaba cómo su propia madre la retrató en fotos eróticas que sexualizaban su infancia) y cuya fisonomía de pelo oscuro y semblante enigmático se prefirió a cualquier opción parecida físicamente a Ernaux, que en aquellos años era una princesita rubia con cara de “niña buena”.

La ausencia más llamativa para mí en la banda sonora, pues estoy seguro de que cualquier cineasta francés la habría incluido, es la canción “Dominique” de Soeur Sourire, religiosa belga de la orden dominica que cantaba acompañada por su guitarra y que era tan popular en aquellos años que Ernaux, en mitad de su odisea, no se podía quitar el estribillo de la cabeza. La ironía de que “Dominique” en su estribillo, por ritmo, incluía las palabras “nique nique”, cuando el verbo “niquer” es un sinónimo argótico de “follar”, algo muy lejos de las intenciones iniciales de una monja cantante, viene amplificada por la revelación posterior de que Soeur Sourire era lesbiana, terminó expulsada de su orden y, tras años de alcoholismo, depresión y fuertes deudas económicas, terminó suicidándose en compañía de la mujer con quien convivía. En el libro, la historia de Soeur Sourire sirve de manera muy efectiva a Ernaux para hacer un canto a su identificación personal con una cadena invisible de otras mujeres que han compartido sus objetivos y experiencias, es decir, todo lo que se viene llamando la “sororidad”. De cara a la película, entiendo que es difícil integrar esto en un discurso simple y compacto y sobre todo sin explicaciones en “off”, y que, al igual que otro tipo de referencias pictográficas y cinéfilas, habría supuesto una distracción del tema principal, aunque en un principio no me resulte imposible imaginar un discurso hecho de digresiones visuales y estética llamativa, un poco al estilo Jean-Pierre Jeunet, pero centrado en unas tesis reivindicativas. Si “El acontecimiento” la hubiese dirigido por ejemplo Marjane Satrapi, procedente del mundo de la historieta, dad por hecho que ahí habría estado Soeur Sourire.

(Me entero por los comentarios del video adjunto de que “Dominique” fue utilizada en una de las temporadas de la serie “American Horror Story”, ambientada en un hospital psiquiátrico, abundando un poco en la identificación monjas-catolicismo-terror que ya es un pequeño lugar común en la cultura popular. Por lo cual se me añade un nuevo motivo para excluirla de la adaptación de un libro donde figura como elemento argumental: no sería para evitar que la canción aliviara el “mal rollo” de la película, sino para que la canción en sí misma no aportara demasiado mal rollo por asociación, aunque esto sería dar por supuesto que la mayoría de los espectadores ha visto “American Horror Story”, lo cual, dada la atomización progresiva del público de un producto audiovisual, quizá sea demasiado aventurado)

Otras decisiones a la hora de hacer cambios tienen más que ver con la logística de una producción. Ernaux cuenta que su última reunión con el padre del niño tuvo lugar durante unas breves vacaciones de esquí en el Mont Dore, del Macizo Central, y que intentó abortar espontáneamente a base de practicar el deporte de invierno al límite de sus fuerzas. En la película, a donde acuden es a una localidad costera, y la protagonista nada todo lo lejos que puede desde la playa, añadiendo una capa más de dramatismo que supera lo que es el desprendimiento de un feto para adentrarse en el intento de suicidio, y, a la par de más asequible de poner en escena, también es más impactante visualmente, con la actriz en primer término, rodeada por todos lados de agua, y la costa con los demás personajes muy al fondo. Tan rodeada de agua como el proyecto humano que flota en su útero.

Quizá me defraude un poco que el personaje que Ernaux llama “señora P.-R.”, a saber, la abortista clandestina, se aparte tanto en pantalla de la descripción que nos da el libro: “Corta y rellena, con gafas, un moño gris y vestimenta oscura”. En la película, se trata de una mujer más joven, en la cuarentena o cincuentena, de pelo corto, y una voz grave y ronca, es decir, una persona más convencionalmente amenazadora que el personaje del libro, que incluso hace chistes con lo que va a hacer y muestra unos temblores de nerviosismo y una incesante verborrea para cubrirlos que la humanizan. Se da a entender también que se trata de una enfermera o asistente sanitaria que se trae de la clínica sus utensilios médicos y que tal vez, aparte de las ganancias monetarias, esté motivada por ser útil a las mujeres. La señora de la película es más seca y da más miedo, como si se tratara de una funcionaria impersonal al servicio de un orden opresor.

El libro termina, no tras el aborto, ni tras ese examen que para la película es la consecución feliz de un objetivo (y que hace pensar en las dificultades de las mujeres para acceder a la formación académica en un mundo árabe que Diwan a buen seguro tiene siempre presente), sino con el cierre del círculo, cuando Ernaux, tras ser informada de su resultado negativo en VIH, vuelve al pasaje Cardinet para reencontrarse con los escenarios de la experiencia que acaba de revivir literariamente. Entre los cambios, encuentra nada menos que el local de una asociación de supervivientes de los campos nazis (que quizá ya estaba en el 63 pero nunca lo advirtió) y la iglesia donde definitivamente perdió la fe (otra escena que la película no recoge). La visita es extraña y distante, centrada en detalles sórdidos como los servicios de la cafetería, de estilo “turco”, es decir, requiriendo que uno abra las piernas y se acuclille por encima de un agujero, lo cual nos recuerda que ella finalmente expulsó el feto en un servicio de la residencia de estudiantes, y termina con la frase inquietante de que probablemente ella acudió de nuevo al pasaje Cardinet “creyendo que le iba a ocurrir algo”.

Si la película hace intemporales luchas del pasado, queriendo darles una dimensión contemporánea en alusión a luchas que las mujeres aún tendrían pendientes, el libro va más allá, insinuando o casi advirtiendo de que a las mujeres aún les pueden “pasar cosas”, incluso en tiempos teóricamente más avanzados e ilustrados. Los escenarios siguen estando allí, las amenazas son reales. Puesto a elegir, prefiero la luminosidad del final de la película, con ese examen aprobado, ese porvenir con cielos despejados por delante, a la conclusión sombría del libro, que ve nubes de tormenta agazapadas tras el azul y que pone a la lucidez el precio elevado de vivir en el miedo.

domingo, 12 de diciembre de 2021

523: Muestra Syfy Especial Halloween (2021)

 


De todos los eventos culturales que sigo, parece que la Muestra SyFy tiene una extraña resistencia a morir. Desde los tiempos oscuros de finales de los “noughties”, en los que fuentes internas al estilo “Garganta Profunda” hablan de ediciones que estuvieron a punto de no celebrarse, existe un arraigo profundo que ha sido favorecido ahora por los caprichos del calendario: hubo edición del 2020 porque se celebró justo antes del confinamiento, pero el suspense sobre si habría Muestra en 2021 duró casi hasta el final.

Yo estaba convencido de que la Muestra del 2021 tendría lugar sin que yo me enterara: los rumores según los cuales esto sucedería a partir de septiembre eran contumaces, pero mis comprobaciones ocasionales en la red no arrojaban fruto, y mi falta de asiduidad en ellas me insinuaba que tal vez el evento se produciría fuera de mi radar. Por fortuna, las marquesinas del transporte en la plaza de Antón Martín me pusieron sobre aviso de que habría un “Especial Halloween” de la Muestra a apenas una semana de distancia.

Esto fue para mí una buena noticia, pero un poco a medias. El 31 de octubre iba a ser una de las jornadas más interesantes de la programación del cine Doré, incluyendo rarezas como el “Pulgarcito” de Marina de Van, con Denis Lavant en el rol del ogro, la infrecuente “tv movie” de Alex de la Iglesia, “La habitación del niño” (curiosamente programada en la III Muestra SyFy, allá por 2006, cuando yo aún no era un habitual del evento) y la primera versión de “La Llorona”, realizada en 1932 por Ramón Peón. Todas ellas películas que podrían no verse nunca más en pantalla grande, mientras que, de los títulos de la “Muestra Halloween”, al menos uno iba a ser estrenado en salas por todo lo alto unas pocas semanas después, otro quizá se vea en cines también, y los otros dos serán clásicos del subgénero “películas que nos hartamos de ver disponibles cuando miramos qué ver en las plataformas, pero que en ese preciso instante nunca nos apetece ver y que cuando nos apetezca ya no estarán”. Al final, claro está, la lealtad se impone al sentido común y eliges la peor opción porque se inscribe en un acontecimiento al que no puedes faltar.

Aunque no muchos pensaron lo mismo, pues luego en el Palacio de la Prensa no se vio a muchos de los habituales, no sabemos si por miedo al virus (como Selecta Visión en el Japan Weekend madrileño de septiembre 2021, desplante que tuvo cero eco mediático incluso en el mundillo del manga y el anime) o porque la propuesta no era lo suficientemente atractiva para los afortunados que sí pueden estar en todos los festivales y tenían demasiado recientes sus visionados allí.

Sea como fuere, sí hubo como mínimo una circunstancia que hizo que esta versión reducida de la Muestra mereciera la pena y que supuso uno de los muy contados beneficios que nos ha aportado hasta la fecha la pandemia de Covid-19. Y además se trató de algo que llevábamos pidiendo algunos desde hace muchos años pero chocaba con un impenetrable muro de silencio: el hecho de que las entradas fuesen numeradas.

Supongo que hay quienes disfrutan con la presión y el estrés, pero lo cierto es que tener que salir catapultado de tu butaca al final de cada sesión para salir corriendo hacia el exterior del cine, donde, en violación flagrante de las leyes de la física, ya había una cola suficiente para llenar una sala a pesar de que los ocupantes de la sala llena estaban aún dentro y de que prácticamente todos ellos iban a repetir en la sesión siguiente; tener que buscar desesperadamente rostros conocidos para arañar metros que te acercaran un poquito a la posibilidad de volver a sentarte en tu asiento preferido, y engolfarte en un comportamiento tramposo y mafioso en el que las camarillas de colegas (que luego no se van a ver en todo el resto del año, pero son muy eficaces en esos fines de semana concretos) pisotean toda la integridad ética del hecho de guardar cola, no son circunstancias que eches de menos en el momento en que ya no se producen. El mero espectáculo de ver al público quedarse hasta el final de las proyecciones y viendo todo el rollo de créditos es para dejar patidifuso (amén de que el tipo de películas que se proyectan en la Muestra es muy dado a escenas post-créditos, huevos de pascua y todas esas chorraditas, que nos hemos perdido durante 17 años por salir corriendo para colarnos como bellacos). Por mí, que mantengan este “protocolo Covid” para siempre (no como el interesado “protocolo Covid” de las Noches del Botánico, que directamente prohibía comprar entradas sueltas: supongo que el virus de la soledad debe de ser mil veces más contagioso que el “corona”)


Las películas en sí tuvieron sus momentos, y algún que otro hito.
“Beyond the infinite two minutes” es una de esas frikadas niponas cuyo ínfimo presupuesto es compensado con una premisa compleja y desarrollada hasta límites obsesivos y en la que la conquista del público se desarrolla en el doble frente de la comedia extrovertida y autoparódica y el sentido de la maravilla de seguir con sorpresa estupefacta y divertida las ramificaciones ultra-barrocas de una idea que en principio parecía sencilla. Lo cual quiere decir que la peli, que cae muy simpática, no tiene futuro fuera de un festival de estas características, como tampoco lo tenía, y me duele decirlo, “One cut of the dead”. Es bien sabido que una película de viajes y paradojas temporales nunca va a tener una buena crítica por parte de la crítica convencional, pues ya sabemos que decir “nunca he entendido las historias de viajes en el tiempo” en realidad se traduce por “si no lo he entendido yo, esto carece de valor” (me remito a la incomprensión universal de la prensa no friki, que entonces era toda la prensa, ante “Regreso al futuro 2”), pero, siendo abogados del diablo, no siempre se tiene la cabeza dispuesta para resolver ecuaciones en tiempo real, lo que supone un pequeño obstáculo para apreciar la gracia de la película, a saber, que las situaciones surrealistas producidas por colocar frente a frente dos monitores de imagen, uno de los cuales muestra la imagen de dentro de dos minutos, creando una galería de reflejos infinitos que van enseñando poco a poco, y progresivamente, el futuro, en el fondo siguen una lógica implacable (en los “making of” de los créditos vemos unos complejísimos diagramas, aunque este alarde de imaginación lógica olvida justificar por qué es posible subir y bajar de un piso a otro una pantalla televisiva que necesita alimentación eléctrica, o será que en Japón es habitual que los electrodomésticos vengan de serie con un cable de 10 metros y por tanto no es necesario hacer hincapié en ello). Unamos a esto unos “yakuza” paródicos como nos los enseñó a reconocer Takeshi Kitano, y unos policías del tiempo dispuestos a restablecer orden, y tenemos un título nacido para ser “cult movie”, si no fuera porque el estatus de “cult movie” es el público el que debe otorgarlo, no los cineastas, y una prueba de ello es lo poco que se recuerdan películas como “Hunger of the dead” o “Dead sushi”, que todavía jugaban la carta de la estupidez deliberada y no la de la inteligencia, como aquí. Son las distintas estrategias para paliar la escasez de infraestructura o de interés por parte de la gran industria. Otros, como Ryusuke Hamaguchi, desdeñan toda la tradición formalista del cine japonés y se creen Éric Rohmer, pero en más “woke”. Puestos así, dadme más paradojas temporales “low cost”. (Por cierto, los que soñamos con la exclusividad de ver determinadas películas por haber asistido físicamente al evento nos sentimos descorazonados al enterarnos de que “Más allá de los dos minutos infinitos” estuvo disponible en la plataforma Movistar a la semana siguiente, lo que confirma la teoría de los que dicen que los programadores no se herniaron a la hora de buscar títulos).

Después llegó “The medium”, dirigida por uno de los artífices de “Shutter” (y esperadme que me voy a buscarlo porque el nombre es “inrecordable”), Banjong Pisanthanakun, coproducción entre Tailandia y Corea del Sur que nos hace soñar con un panasiatismo que plantara cara al decadente imperio hollywoodense, aunque ya hemos disco por aquí que la barrera étnica para muchos sería infranqueable. Adoptando un formato semidocumental que nos trajo a la mente la despedida de las proyecciones de la Muestra en el Palafox con “El último exorcismo”, y trayendo a la mesa ingredientes de “Paranormal activity”, “The ring” y muchos otros títulos señeros de los últimos años, “The medium” aporta al subgénero “found footage” una sofisticación que no solía ser una de sus cualidades: aquí estamos lejos del modelo “15 minutos con el cámara corriendo sin que se vea nada bien mientras todos gritan”, incluyendo incluso temas dramáticos de fondo que reflexionan, de una forma un tanto heterodoxa para lo que tenemos acostumbrado en Occidente, sobre los determinados roles que la sociedad, o la biología, imponen a las mujeres. El horror no sabemos si está en un cuerpo fuera de control o en las consecuencias de querer imponer a un cuerpo una narrativa que no es la suya, o incluso, en una tangente que nuestro progresismo va descuidando a favor de la transversalidad, en la explotación laboral de otros cuerpos. Todo lo cual desemboca en un poderoso clímax de metraje multicámara que, como también pasaba en “El último exorcismo”, nos hace preguntarnos por qué los creadores de un documental deciden al final de su obra montarlo como si fuese una película de terror. La anécdota de que en algunos cines surcoreanos se proyectaba la película con las luces encendidas para atenuar sus efectos escalofriantes supongo que será una exageración con fines promocionales: lo más parecido que viví a eso fue una enorme sala de un complejo tipo Kinépolis en la que un espectador dejó la puerta abierta para poder salir y entrar con comodidad hablando en el móvil, y el fuerte rayo de luz que entraba me fastidió el pase de “Django desencadenado”, en lo que es uno de mis peores recuerdos como espectador de cine.



A continuación llegó lo que está comenzando a ser una tradición en la Muestra, y creo que debería mantenerse: la inclusión de una película protagonizada por Nicolas Cage. Los extraños derroteros que ha tomado la carrera de quien podría perfectamente ser haber sido una institución del cine “mainstream” pero prefirió ser el rey de la serie B contemporánea, lo llevan a protagonizar cada año seis o siete películas de las cuales fácilmente dos o tres, o más, pueden encajar en el perfil de nuestra Muestra. El año pasado lo tuvimos en “The color out of space”, prometedor inicio de una lunática trilogía Lovecraft de Richard Stanley que se fue al garete debido a la demanda por maltrato contra el realizador, y este año está en “Prisoners of the ghostland”, relato post-apocalíptico de otro excéntrico, Sion Sono, de quien ya vimos en una edición anterior la peculiar “Tokyo tribe”. Dolera (a quien, me voy dando cuenta con desazón, critico tanto porque tiene ese “no sé qué” pijo que me da morbo) alude en su presentación a problemas de salud de Sono durante el rodaje que hicieron descartar las localizaciones en Estados Unidos, y no sé si estos problemas han desembocado en que se trate de la película de su director que menos convincente he visto, por debajo del demencial musical “hip hop” ya mencionado y desde luego de su epopeya mística de tres horas sobre fotógrafos clandestinos de braguitas, “Love exposure”, o su entrañable relato de jóvenes cineastas cutres que desemboca en un sangriento tiroteo entre “yakuzas”, “Why don’t you play in hell”. La cosa dolería menos si no hubiera una buena cantidad de buenas ideas desperdigadas por esa especie de requisitoria simbólica contra Trump simbolizado en una especie de “cowboy” dictatorial: ese reloj gigantesco cuyas agujas no deben correr, aguantadas con cuerdas de las que tira un ejército de esclavos; esos prisioneros convertidos en maniquíes humanos ataviados con máscaras; esos fantasmas que se aparecen a los que quieren abandonar el territorio maldito, impidiéndoles el paso. Con esos mimbres y con Cage como una especie de Serpiente Plissken al que se le impone una misión de rescate imposible que llegará a amenazarle con la voladura de sus testículos si se le ocurre querer violar a Sofia Boutella, uno se pregunta qué pudo salir tan mal para que, como es habitual en el cine protagonizado por Cage, su interpretación totalmente “over the top”, que siguiendo las reglas normales del cine debería haber sido lo peor de la película, termine siendo lo mejor, por encima de una avalancha visual, creada sin demasiada escasez de medios para lo que pretende ser, que termina viéndose con parecida indiferencia a la de la enésima peli de Marvel. O será que uno buscaba entretenimiento de serie B y en realidad no era esto lo que deseaba darnos Sono, sino cine de autor camuflado. Esta la tendré que revisar en plataformas, tengo curiosidad por ver cómo aguanta un revisionado, porque es posible que en un revisionado no pueda empeorar. En todo caso, los que decían en la cola que esta era la peor película que nunca habían visto evidenciaron lo habitual en quienes pronuncian este tipo de frases: el poco cine que han visto.



El evento se clausuró (al menos para mí, pues lamenté que la peli “golfa” se reemplazara por el piloto de una serie del canal SyFy, y preferí embarcarme en la interminable búsqueda de un taxi bajo fuertes lluvias) con la peli estrella del evento, “Última noche en el Soho” de Edgar Wright. La carrera de este director está en una interesante encrucijada: hasta hace poco, mientras era un talentoso y virtuoso realizador de comedias frikis que solo veían los cuatro gatos de siempre, era una figura a la que solo se admiraba. Ahora que se está abriendo a otros géneros y comienza a crear películas de estilo llamativo y brillante que seducen a espectadores variados que buscan entretenimiento, es como si se hubiera puesto el Anillo Único y se volviera hacia él el ojo de Sauron. La historia de “Última noche”, con su joven diseñadora de moda que queda deslumbrada por el “glamour” del Londres de otros años y se va viendo arrastrada por una trama más oscura con ribetes terroríficos, está orquestada y planificada con tanto brillo y lucimiento que uno casi ve aumentar el contador de “haters” de su director, como si en un tiempo de cine comercial adocenado y tópico lo único todavía peor que ser adocenado y tópico fuese hacer un despliegue arrogante de creatividad y de barroquismo visual y narrativo, en definitiva un caramelo fílmico destinado a espíritus simples y no un minimalismo para sensibilidades profundas. A mí sinceramente es un cine que me hace disfrutar y me gusta dejarme arrastrar por él. Aunque no comparto esta tendencia reciente a considerar “giallo” toda película que tiene un asesinato rebuscado con arma blanca (concretamente en “Maligno” de James Wan jamás hubiese hecho esta conexión de no existir Internet, y mi colección doméstica de “giallo” se acerca a los 100 títulos), sí que me viene bien esta comparación en el caso de Wright, pues esa intriga “tramposilla” que tanto molesta a algunos espectadores “hipsters” haría imposible que apreciaran el más mínimo “thriller” italiano, donde la trampa argumental es casi el estilo por defecto. En todo caso, es una delicia todo el homenaje a los 60, con el concurso de los supervivientes Diana Rigg y Terence Stamp, y el peculiar protagonismo conjunto de Thomasin McKenzie y Anya Taylor-Joy, que nunca llegan a interactuar y construyen un pequeño tratado sobre la evolución del papel de la mujer interesante precisamente por no estar exento de sus aspectos polémicos (es bastante significativo que las figuras masculinas negativas sean todas blancos de edad madura o superior, mientras que la positiva sea un negro joven, y que se plantee con seriedad la idea de que los consumidores de un determinado servicio merecen la muerte). Si el cine “basura” de hoy, como parecen proclamar algunos listos, son gente como Nolan, Villeneuve o Wright, solo puedo concluir que el cine basura ha subido drásticamente el nivel de calidad frente a décadas pasadas, y que no me avergüenza disfrutar de esta “basura” tanto como de la de D’Amato, Jess Franco, el Cannon Group y demás estajanovistas del bajo presupuesto, que no se le parece ni en el blanco de los ojos pero relativiza  el concepto de un modo sugestivo. Aunque todos sabemos que, si Nolan, Villeneuve y Wright fuesen unos mindundis, de repente los “happy few” los considerarían unos genios. Incluso si solo son cineastas con mucho talento y no exentos de sus tropezones.

 

jueves, 30 de abril de 2020

515: XVII Muestra SyFy IV: Coronavirus Superstar


Los virus a veces están en el cuerpo, otras están en la mente. A veces se curan, otras veces vivirás en una especie de simbiosis con ellos. Como espectador de la Muestra SyFy, tengo una especie de relación amor-odio con ese ambiente festivo “mandanguero”, del que varios tuiteros han visto este año una exacerbación irritante. Es cierto, por ejemplo que en películas como “The lodge”, los graciosos se habrían ido callando a medida que el meollo comenzaba (así sucedió por ejemplo en pases históricos como el de “Déjame entrar”), pero en 2020 las retransmisiones y reinterpretaciones jocosas de lo acontecido en pantalla duraron TODA LA PELÍCULA durante la proyección en la Sala 1, hasta el punto que me pregunto de qué se enteraron realmente la mayoría de los “graciosos”.


The lodge”, creada por los mismos responsables de “Ich seh, ich seh” (aka “Goodnight Mommy”), Veronika Franz y Severin Fiala, y distribuida, esto no lo sabía yo antes de verla, bajo la bandera de la renovada Hammer, es un relato de suspense psicológico ambientado en una casa de campo aislada en mitad de la nieve y en la que dos niños y su nueva madrastra tienen una difícil relación que lleva la historia por terrenos muy malrolleros en los que lo sobrenatural y la religión tendrán un protagonismo inquietante. Pues bien, la película es de las que se toman muy en serio, con una lentitud deliberada y una austeridad que pretende (para mí lo consigue, pero ya vi que para muchos otros no) resultar hipnótica, jugando a ser previsible para dar el gran puñetazo a traición al final. Lo cierto es que mi situación en la sala (siempre lo más delante posible) hizo que los daños fuesen menores, pero comprendo que los sentados más hacia la mitad debieron de sentirse como en un avión secuestrado. Ya dije en 2019 que me molestó cuánto se tomó a chacota “Quiero comerme tu páncreas”, pero por varias razones creo que la Sala 2 no es opción, porque un poco de cachondeo puede ser sano dentro de un orden y ver las peliculas en solitario silencio ya es lo que voy a hacer en mi casa casi siempre a partir de ahora. Nos van a hacer falta en la Sala 1 algunos Paul Kersey o Harry Callahan de verbo afilado que impongan su propia ley cuando la peli es buena. Vamos, seguirse tomando a broma la historia cuando sucede lo que sucede con Alicia Silverstone (¡la puñetera Alicia Silverstone en versión “cougar”!) y siendo testigos de la brutal interpretación de la nietísima (de Elvis) Riley Keough, y ser tan insensible a la avalancha de entrañables “tics” de autor que dan su sabor a la obra (incluyendo un uso de las casas de muñecas similar al de “Hereditary”) es prueba de que, si no había coronavirus en el aire de la sala, sí había cierto tipo de síndrome mental entre los espectadores que se contagiaba e iba a más.

Y hablando del coronavirus, que es lo que nos mantiene encerrados ahora y posibilita que yo esté redactando esta crónica, me hace gracia pensar que Dolera afirmaba en una de sus presentaciones haber recibido la consigna de no sacar el tema, poco después de que el público coreara con palmas el nombre de la pandemia, en una muestra de humor gamberro que, qué queréis que os diga, a mí sí me hace cierta gracia por lo que tiene, vista retrospectivamente, de desafío a lo que parecía entonces un montaje informativo pero se ha convertido en un impedimento vital para todos los que no tuviesen, como un servidor, un cierto corazón de “hikikomori”, amén del verdugo de padres y abuelos varios que en muchos casos eran los precursores de nuestro frikismo. Tomar a coña marinera algo que los cincuentones apocalípticos que no han triunfado en la vida se complacen en mirar como una especie de punto final para la especie humana me resulta de una irreverencia sana, y más todavía porque nadie sabía si el virus estaba realmente allí. ¿Hubo contagios en la Muestra? No he visto nada en el Twitter de SyFy, aunque, claro, ¿cómo va a retuitear SyFy ningún mensaje en plan “me contagié en el pase de “Rabid”?”. Porque, de hecho, parte de la guasa reside en el hecho de que las pandemias antes de ayer eran ciencia ficción, de ahí que siempre tengamos aspirantes ficticios a coronavirus entre las películas de la Muestra, y este año no fue excepción.

Un ejemplo, que he preferido dejar para otro capítulo, es “Blood quantum”, la enésima epopeya de infectados a la que se pretende dar un giro étnico y social, o ya la referida “Rabid”, segunda presencia diferida en la Muestra del gran David Cronenberg, de quien se vio “La mosca” en una de aquellas sesiones “Phenomena” de la etapa en el cine Callao y que nos ha visitado en forma de su hijo Brandon en “Antiviral” y ahora en el remake de su segunda peli profesional pergeñado por las hermanas Soska. Estuve revisando la original para cotejarla con la nueva y creo que se parecen solamente en el plano cenital de la protagonista retorcida de dolor en el suelo, lo cual siempre he visto como una metáfora de la dismenorrea. Algo en principio positivo, porque, para hacer la misma película otra vez, no se pone uno a armar un proyecto fílmico y arriesgar capitales propios y ajenos. Creo no obstante que los temas de la primera versión eran menos obvios que los de esta segunda, que me recuerdan a cuando me gustaba el feminismo radical porque planteaba una versión paranoide de la sociedad, la psicología y la biología que daba un juego excelente para relatos de horror y ciencia ficción. Lo único que se trata de atenuar un poco es el concepto del apéndice fálico que, saliendo del hombre, hacía que, en el original, la mujer fuera la penetradora, pero, por lo demás, el virus salva a la protagonista de ser Betty la fea” para el resto de sus días, la coloca en primera fila del “prêt à porter” de la mano de un sosias casposo de Karl Lagerfeld, la convierte en una vengadora superpoderosa que acaba con las fechorías de un superviolador con demasiada pluma para ser un ejemplo convincente de masculinidad tóxica, y convierte en una ceremonia dantesca uno de esos desfiles de moda que al parecer convierten a las mujeres en objetos. Las Soska, de manera evidente, son seguidoras y conocedoras de Cronenberg, pues insertan múltiples referencias y homenajes no solo al original de “Rabia” (ese Papá Noel tiroteado), sino también a otros títulos del canadiense, desde los uniformes quirúrgicos de “Inseparables” a la posibilidad nunca descartada, al estilo “Videodrome” de que mucho de lo que vemos se trate en realidad de alucinaciones de la protagonista. Pero a mí, con todo el “gore” salvaje de esta revisión, me sigue hablando más la original, la sigo encontrando más desasosegante por su manera de retratar una soledad extrema que la sexualidad exacerbada no cura, y por su modo de sugerir, en uno de los finales más desoladores del cine, que el individuo es definitivamente desechable. La nueva versión, apelando a la represión y el encierro, o bien quiere sugerir que existe un patriarcado que mantiene a las mujeres sin voz ni movimientos, lo cual, a la vista de la cantidad de creadoras y personalidades femeninas desenvolviéndose con éxito en los medios, no parece ir más allá de la metáfora, o bien advierte sobre la reacción futura de un poder masculino amenazado. En todo caso, el final original tiene mucha mayor fuerza, como la película en general.

domingo, 28 de abril de 2019

511: XVI Muestra SyFy



Tras mis intentos fracasados por salir de mi burbuja el año pasado, la Muestra SyFy, para bien o para mal, se consolida como mi “polder” por excelencia, algo así como el recinto cerrado donde las reglas de la magia son válidas, en oposición con un mundo exterior prosaico y sórdido. Da igual que a uno le guste o no ser lo que los amantes de las etiquetas llaman un “friki”, lo importante es disfrutarlo. Da igual que te haya pervertido un cura abusador o que un “mad doctor” vengativo te haya cambiado de sexo, lo importante es que lo pases bien en tu mundillo hortera y festivo de azafato mariquita. Son las lecciones incomprendidas de Almodóvar.

Pero creo también que ser público de la Muestra SyFy no entraña en exclusivo encerrarse en una zona de confort y no querer saber nada de lo que debería importarte en la vida: me va siendo también posible ser más comprensivo con opiniones contrapuestas a la mía, aunque me reservo juzgar si esto se debe a una mayor apertura mental o simplemente a una aceptación fatalista de que los “lemmings” se despeñarán por el acantilado, te guste o no, y ello forma parte de levantarse por la mañana, oír cantar a los mirlos, desayunar tu café con las magdalenas mantecadas del martes, y todo lo demás.


 Que a la mayoría de los asistentes la inauguración con “Capitana Marvel” les haya resultado previsible y aburrida, lo veo respetable pero injusto en función de la mayoría de blockbusters que hemos tenido como títulos de apertura. Imagino que algunos quieren hacer pagar a los estudios Marvel su aparente explotación comercial de la ola feminista que nos invade, pero a mí me cuesta ver en esta correcta peli de aventuras espaciales algo mucho más ideologizado que el chiste sobre el nombre inglés de la cabina del piloto que ya le hacía George Kennedy a Sylvia Kristel en “Aeropuerto 79” o que animar a las niñas pequeñas a elegir profesiones tradicionalmente poco femeninas, con lo cual estoy de acuerdo al noventa y pico por cien (no vaya a ser que la profesión elegida sea por ejemplo la del toreo, que encuentro rechazable sea cual sea el sexo que la practique). La película no reinventa la pólvora, pero Brie Larson es carismática, está bien secundada por un Samuel L. rejuvenecido a base de CGI y por Ben Mendelsohn (quien ha pasado, en extraña metamorfosis, de ser uno de mis más detestados a uno de mis más reivindicados) y pone a prueba las dimensiones metafóricas del Universo Marvel a base de hacer de los Skrull una especie de pobre minoría oprimida. Otra cosa es que posteriores secuelas vayan erosionando, como pasó con “Ant-Man”, la relativa frescura de una nueva franquicia, pero al menos a un servidor le pareció que no es tan frecuente que este impulso no vaya flaqueando a lo largo de la propia película. Lo peor, en un plano personal, va a ser el intento de crear una nostalgia de los años 90, que básicamente es la etapa en la que quise enfrentarme a la vida y no supe ganar. Amén de que querer hacer remontar el vinilismo a aquella década, en la que el disco compacto fue el rey supremo, es revisionismo cultural de la peor laya.

 La entrada en escena de Leticia Dolera para presentar la película se inició en una atmósfera indecisa, como corresponde a un personaje que se ha visto envuelto en una tormenta mediática y que vuelve a un elemento donde el público siempre lo ha aceptado y querido. Yo no quiero hablar mal de Dolera porque sí, debido a que mis años asistiendo a la Muestra me han llevado a tomarle cierto cariño a esta mujer, al estilo de una conocida que está en las mismas fiestas a las que vas, y a quien, aunque ni es tu amiga ni te saluda, asocias con momentos de diversión y gozo. Ni siquiera quiero atacar el movimiento feminista contemporáneo a pesar de que se haya utilizado su argumentario por algunas personas para tratarme como lo que no soy. Pero creo que Dolera, en cierto modo, se ha ganado el ser vista con cierta suspicacia después del asunto de Aina Clotet. Me ahorro la disquisición semántica sobre si no contratar es lo mismo que despedir, amén de que, como pequeño conocedor del mundillo audiovisual, puedo llegar a entender los argumentos de que, artística y logísticamente, para un personaje con determinadas características no valen actores en cualquier situación. Lo malo es que Dolera debe su notoriedad mediática, más allá de los pocos cientos de personas que acuden cada mes de marzo a un cine de Madrid, a su defensa a ultranza de los agravios a las mujeres implícitos en la sociedad de hoy, entre los cuales se encuentra la lógica empresarial de que las trabajadoras pueden hacer perder mucho dinero a sus empleadores por el mero hecho biológico, nada aberrante y que encima contribuye a multiplicar la especie, de tener un hijo. A mi entender, habría sido un increíble tanto a favor el hecho de hacer de la serie televisiva en cuestión todo un estandarte, en hechos mejor que en palabras, del comportamiento correcto hacia una trabajadora del mundo audiovisual, muy por encima de mantener la integridad artística de un concepto que, si miramos con atención las palabras de la actriz y directora, consistía parcialmente en que la intérprete debía mantener un cuerpo estilizado y atrayente que diera el pego en una serie de escenas eróticas en el curso de las cuales su personaje aprendía a liberar su sexualidad. Entiendo que se trata de una decisión difícil y que no todo el mundo puede acertar en todo lo que hace, y que un error no invalida todo lo demás que ha hecho una persona, y que resulta un tanto injusto que los demás sigan restregándote ese error, que puede o no puede ser el único que hayas cometido, a lo mínimo que digas o hagas, pero también es verdad que cuando alguien entra en el juego de sumarse a las turbas de lugareños que se arman de horcas y antorchas para atacar el molino, e incluso disfruta en ocasiones de situarse a la cabecera de las turbas para que se le vea mejor, va a tener que aceptar, por mucho que no le guste, que ese tipo de sentimientos negativos de gente frustrada que alimentan los peores aspectos de las redes sociales terminen fluyendo en su dirección. Sobre todo cuando, simplemente cambiando el sexo de quien tomó esa decisión difícil, la ahora denunciada se habría calzado sin problemas la máscara de denunciadora, pidiendo tolerancia cero y tal vez consiguiendo que el proyecto controvertido no se llevara a cabo o que encontrar financiación para proyectos nuevos se convirtiera en una búsqueda difícil, si no imposible. Parece que la serie de Dolera no ha tenido dificultades para completarse e incluso ha llegado a ganar el premio gordo en la división para series del festival de Cannes. Una muestra más de que la capacidad para tropezar, común a ambos sexos, tiene más posibilidad de ser perdonada en un sexo que en otro, lo cual conculca en cierto modo el ideal de igualdad que enarbola un movimiento social tan importante como el feminista. No olvidemos que conculcar no equivale a desmentir o invalidar, pero creo que tengo tanto derecho a desconfiar de Dolera por sus políticas cambiantes como ella de censurarme por “micromachista” que reutilice el viejo chiste del anuncio televisivo del juego “Scattergories” sobre el pulpo como “animal de compañía”. Me sigue pareciendo una eficaz animadora de fiestas, valoro su papel en “Rec 3” y encuentro potable dentro de unos límites la comedia indie que dirigió, pero al César lo que es del César y a Julia Domna lo que es de Julia Domna.


 Esta XVI Muestra ha tenido la cierta desventaja de comenzar demasiado fuerte en la sesión de sobremesa del viernes. Peter Strickland, director británico del que ya conocíamos dos títulos, “Berberian Sound Studio” y “The Duke of Burgundy”, que aprovechaban ciertas tropos del “cinéma bis” de los 60 y 70 para armar curiosos artefactos de autor, se suelta la melena (metafóricamente, pues Strickland es un calvorota) con “In fabric”, que es su versión de una comedia alocada. Una versión que a buen seguro no coincidirá con la de muchos otros, pero que ha ofrecido tal vez los momentos más creativos, estrambóticos y abracadabrantes de todo el fin de semana, hasta el extremo de casi ensombrecer todo lo demás. La iconografía sesentera y el sentido del delirio de este extraño cuento sobre un vestido rojo embrujado, desde un anuncio del gran almacén en VHS que da bastante miedito hasta una escena erótica voyeurista con un maniquí, que habría firmado orgulloso Jess Franco, o las miradas de éxtasis de algunos personajes ante las explicaciones técnicas del protagonista sobre el funcionamiento de una lavadora, todo ello desembocando en un peculiar descenso a los infiernos, fueron tal vez demasiado para parte del público, que desea ser sorprendido pero no tanto, pero a un servidor le resultaron reconfortantes. Poder reír con sinceridad y genuino sentido de la diversión con una obra tan recalcitrantemente extraña y que reclama un espacio artístico equidistante del experimentalismo de autor y de la serie B más casposa, de la que termina con el infaltable incendio del castillo, a la vez que pone en solfa la Inglaterra sórdida con una leche bastante agria, fue como enseñar las mejores cartas ya en la primera jugada, pero supongo que, en la sesión “prime time”, “In fabric” habría sido un escándalo. Aún mayor.


Uno de los aspectos chulos de la Muestra, y que cuestiona el modelo individualista y burbujero de visionado audiovisual que desean imponer Netflix y compañía, es el modo en que el mismo público que ha visto las mismas películas va creando asociaciones iconográficas y bromas recurrentes ante ellas que resultan imposibles de captar si no se ha estado en todas las proyecciones. Así, el vestido rojo maldito de “In fabric” reapareció en varias películas que por mera casualidad contenían un vestido rojo, como pasaba en el guardarropa que Ciarán Hinds destinaba a su joven esposa Abbey Lee en “Elizabeth Harvest”, película de Sebastián Gutiérrez, director de origen venezolano casi desconocido entre nosotros pese a una trayectoria que incluye 7 largometrajes y guiones como el de “Gothika” de Kassovitz. Las ganas de construir un producto de cámara, estiloso, envolvente y con ganas de sorprender cada cierto tiempo con giros argumentales, no cayeron bien entre gran parte del público, poco amigo de alardes culturales. Irritaron especialmente las disquisiciones del protagonista sobre Érik Satie y sus parodias de la religión organizada después de romper con los Rosacruces del Sâr Péladan, y tal vez con cierta razón: Gutiérrez es guionista y director, y ello en ocasiones le traiciona. Uno de sus propios personajes valora admirativamente una frase que acaba de pronunciar, y se nota un amor a la propia creación que la deja un poco ir a donde ella quiere: el paralelismo con el cuento de “Barba Azul”, supongo que estupendo a la hora de vender el proyecto, no queda del todo integrado en el desarrollo del relato, del mismo modo que no se saben mantener las distancias con “Ex machina”, película que constituye una referencia obvia en lo visual y en lo temático. No obstante, también creo que jugó en su contra venir justo después del país de la locura de Strickland: el edificio que sabe armar Gutiérrez, aunque tenga habitaciones un poco vacías, está concebido con mimo y posee cierta elegancia en la puesta en escena, y, para machistas recalcitrantes como un servidor que osan aún expresar tendencias heterosexuales, la abundancia de desnudos artísticos de la protagonista y de Carla Gugino supuso un pequeño aliciente y una reivindicación de la belleza humana que no debería ser enterrada en nombre de una teórica dignidad.


 A continuación, una película que me dicen que no se distribuirá en formato físico entre nosotros, como prueba de una evolución del mercado que amenaza con hacer imposible el tipo de cinefilia con el que crecimos. “Upgrade”, ejemplo de que Leigh Whannell es algo más que el Robin de James Wan, es una ingeniosa serie B de CF y acción futurista en la que una inteligencia artificial implantada en la médula de un hombre tetrapléjico tras un ataque violento toma el control de su cuerpo con fines de venganza. La ambientación tira mucho de retocar digitalmente escenarios baratos, con el conveniente recurso a la sordidez, que es una buena proveedora de barroquismo visual a bajo coste, y el aspecto visual, tonalidades azules incluidas, recuerda al de muchos títulos discretos de acción de los 80 y 90, pero el desparpajo a la hora de dosificar una historia casi comiquera, la colocación estratégica de las sorpresas, lo contundente y casi gore de las escenas de acción, y lo imaginativo de varias ideas, levantan la película mientras la ves muy por encima de lo que es realmente, y no hubiese sido de extrañar un pequeño fenómeno con esta película al estilo “John Wick”, toda vez que, a la brutalidad directa de una trama de justiciero,s Whannell añade un marco cienciaficcional que podría desarrollar ramificaciones sugestivas si se diera luz verde a hipotéticas continuaciones. Estrategia que al bueno de Jason Blum, a quien se debería reivindicar como rey del “high concept” a bajo coste, ya le ha dado buenos réditos en el pasado, aunque todo apunta a que esta vez no tendremos saga.


 A continuación sucedió algo curioso que no dudo en denominar un intento de “Nocturnización” de la Muestra, en referencia al festival Nocturna, la otra “cita ineludible” madrileña, que, salvo en la apertura y clausura, SIEMPRE obliga a “mojarse” entre una película y otra. En un principio, se programaba a la sesión de las 10 la película española “El año de la plaga”, pero causas desconocidas motivaron que se pudiera escoger entre ella y “Gintama”, adaptación live-action del manga y anime homónimo. Ahí se dio en mi interior un pulso entre mis ganas de sostener al “underdog”, ese cine español alternativo que siempre va a tener en contra a públicos como el de la Muestra, y mi japonesismo a ultranza que a veces me lleva a defender productos que me son un poco ajenos. Ganó Japón, y por tanto me tocó darme cuenta una vez más de que una cosa es que seas seguidor de la animación japonesa y otra que la veas a través de una lente “otaku” autorreferencial y tu respiración consista en tomar aire con “Dragon Ball” y expulsarlo con “One Piece”. Pero al menos salen vindicadas varias de mis ideas recurrentes: 1) que la idea de una cultura japonesa intrínsecamente mesurada y elegante es una idealización de Occidente. 2) que parte de la cultura popular del Sol Naciente se concentra en dinamitar los conceptos de buen gusto e urbanidad que constriñen socialmente a los ciudadanos, y 3) que, en cuestiones de humor absurdo y ridículo deliberado, los creadores del archipiélago nunca consideran que se pueda ir demasiado lejos. No tengo nada en sí contra este tipo de guasa frenética e irreverente, pero me cuesta mantener la complicidad durante más de veinte minutos, amén de que los hallazgos se pierden en una hojarasca de dos horas once, pero también he de decir que entendí la mayor parte de coñas que no eran estrictamente locales (¿quién sería ese cocinero televisivo nipón acusado de abuso sexual?) y que, aun sabiendo que la película plantearía desafíos a mi paciencia (quizá afectada por la fatiga de un largo día), volvería a elegir ver “Gintama” sobre “El año de la plaga”, la cual prometo ver si aterriza en la programación de Movistar (si es que no va a Netflix, claro, porque ahora si no vas al cine en su día te vas a ver abocado a suscribirte a todas las plataformas).


Odio hacer publicidad, pero gracias a una conocida bebida energética con nombre de bestia brava y colorada he conseguido este año mantenerme en plena posesión de mis facultades durante todas las sesiones de sobremesa y todas las de madrugada. “Puppet Master: The Littlest Reich”, nada menos que la ¡decimotercera! entrega de una saga iniciada por la Full Moon de Charles Band allá en 1989 con “La venganza de los muñecos” de David Schmoeller, nos dio todo lo que nos puede dar este tipo de películas superada la una de la madrugada, después de haber iniciado una tradición más en la lunática historia de la Muestra, a saber, el coreo de los nombres en los títulos de crédito por una nutrida sección de la audiencia. El concurso como guionista de S. Craig Zahler, hasta ahora el único cineasta con cierta trayectoria de quien la Muestra ha proyectado la obra completa como director, resulta irónico considerando su estilo narrativo al ralentí, pues esta “Puppet Master” si es algo es veloz, directa y al grano, con profusión de muertes tan ridículas como horrorosas a cargo de las diferentes creaciones del juguetero André Toulon y una falta de dobles lecturas e intenciones serias casi descarada, salvando una ironía tirando a amable sobre la cultura del coleccionismo (aunque me entero de que Zahler contradice el espíritu del personaje, haciendo de él un nazi cuando Toulon siempre se distinguió por su oposición a Hitler. La línea oficial es que este capítulo se desarrolla en un universo alternativo, pero no recuerdo que haya ningún elemento al principio que nos sitúe de forma clara en otra realidad). Tener en la fila posterior a la mía a dos espectadores duchos en la sabiduría de la saga comentando todos los aspectos novedosos me confirmó en que no hay aspecto de la sabiduría humana demasiado irrelevante o indigno de ser estudiado a fondo si a uno le proporciona inocente gratificación. Primera aparición de Udo Kier en esta Muestra, bajo un par de kilos de maquillaje, en los primeros dos minutos.


El segundo día, en su inicio, me confirmó en los valores positivos de lo que Dolera llama “mandanga”, una constante de la Muestra casi desde sus inicios, aunque me consta que es un fenómeno que se ha ido animando explícitamente en los últimos tiempos, sobre todo desde que los pases se doblan en la sala 2 del Cine de la Prensa, lugar a donde se emplaza a todos aquellos que deseen durante sus pases un silencio catedralicio. Puesto que la mandanga da un carácter festivo a los pases a base de intervenciones “creativas” del público, esto convierte la experiencia en algo que jamás se podría duplicar en el domicilio, pero, por otro lado, en esencia se trata de “reventar” pases de películas que no gustan o aburren. Con lo cual, pues, bueno, “Compulsión”, la película española que inició las sesiones del sábado 9, fue un producto humilde, voluntarioso y flojo que tal vez no hubiese soportado una atención seria, pero mis lectores de gustos más pretenciosos deberían reflexionar que su Antonioni favorito habría sido lapidado exactamente igual desde la platea (menos mal que ningún director tipo Antonioni haría pelis de terror o fantástico… ¿o sí?). La historia de una mujer que, siguiendo la estela de sus sospechas y sus celos, descubre que su novio es un psycho-killer que lleva a sus víctimas a un chalet de la sierra madrileña al estilo de los que aparecen en las películas de Carlos Saura para disfrutar asesinándolas y no escondiéndolas demasiado bien, fue el objeto de un análisis fílmico en vivo no muy amable: cada vez que se alargaba en exceso el plano de un personaje caminando, el público puntuaba cada paso con palmas; la tendencia a sobreutilizar el zoom era celebrada en voz alta; momentos como aquel en el que la prostituta universitaria se pone un vestido rojo (guiño correspondiente a “In fabric”) y celebra su serrana anatomía dando una vuelta y exclamando “eepe”, se convirtieron en grito de guerra durante el resto del fin de semana. Pero bueno, el final, sin ser bueno tampoco, tenía su gracia: primero, porque utilizar un test de embarazo positivo como arma homicida contra un asesino de mujeres se podría considerar más feminista que todos los canales de las youtubers moradas juntas, después porque algún malintencionado lo podría relacionar con el contubernio Dolera-Clotet, y por último gracias a la coda final con niño maligno que no por previsible es menos gratificante. Pero, poniéndonos un poco más serios, a mí me gustaría que por una vez cayera en la Muestra una peli española que callara la boca a todo el mundo, pero supongo que los jóvenes talentos nacionales carecen de contactos útiles…


A continuación me falló el astado escarlata: “Prospect”, otro título fantacientífico de medios modestos, contaba con una buena localización, muy atmosférica: ese bosque recorrido continuamente por hilillos blancos de polen, o esporas, o algún otro fenómeno vegetal que tropieza con mi ignorancia botánica. Allí se desarrollaba una peripecia aventurera sobre una chica adolescente que se queda huérfana y el mercenario de buen corazón que decide protegerla, que tratan de sobrevivir en un entorno hostil mientras resisten la amenaza de unos prospectores sin escrúpulos. No voy a caer en el lugar común de decir “este argumento podría ser de cualquier género y aquí la ciencia ficción solo es decorado”, porque esta frase sería aplicable a un buen número de películas que los hipotéticos lectores de estas líneas a buen seguro adoran. La peli es voluntariosa y tiene ese mérito y valentía de querer hacer mucho con poco que tan poco valoran los que solo respetan las películas “bien hechas” de alto presupuesto, tipo Marvel. Un compañero de Muestras que estuvo más despierto que yo me habló bien de “Prospect”, me dijo que le recordaba a un western, cosa nada rara puesto que, ya sabéis que el espacio es la última frontera y todo eso, pero yo eché en falta mayor fuerza en la historia y de hecho desconecté, creo que las series B tendrían que ser más provocativas para competir en un paisaje audiovisual saturado. Pero al menos me gustó ver otra vez a André Royo, el “Bubbles” de “The Wire”, otro excelente actor a quien el cine no ha dado las oportunidades que sí le dio la televisión.


A continuación, el pase polémico sin el cual una Muestra carecería de su salsa. “Dragged across concrete”, a mi juicio, no tiene mucho sitio en un evento de cine fantástico, salvo por el hecho de que los programadores le han tomado cariño a S. Craig Zahler porque metió caníbales y gore en un neowestern y se han propuesto seguir toda su carrera como director, aprovechando además el rumor de que esta tercera obra suya no tendrá distribución española (lo cual dudo). Puesto que no tuve en mucha estima “Brawl in cell block 99” el año pasado, mi actitud ante este relato sobre polis corruptos y apartados del servicio que se disponen a beneficiarse del botín de un atraco que controlan y vigilan, todo ello con una filosofía narrativa que ignora la elipsis y yendo en plan machote y políticamente incorrecto, no era demasiado favorable, pero el mandangueo sobre su lentitud, la desesperación cada vez que los actores se dirigían a un coche donde transcurrirían los siguientes 10 minutos de metraje en plano fijo, las coñas en torno a frases clave como “anchoas”, terminaron despertando mi espíritu de contradicción, aunque reconozco que muchas de las críticas eran justificadas, pero lo cortés no quita lo valiente: ahora que todo relato tiene que ser rápido, veloz y “adictivo” por decreto, y que ya se está perdiendo la capacidad para seguir una historia “paso a paso” (me pregunto cuántas personas nacidas a partir de, digamos, 1990, serán capaces de llegar, no hasta el final de un novelón decimonónico, sino hasta el segundo capítulo), hay que defender el valor de la paciencia, que en casos como este resulta deliberadamente paradójico porque no estamos ante un poema visual de Tarkovski sino ante un thriller de polis corruptos y atracos, con lo cual la aportación de Zahler, no muy novedosa pero defendible, parece ser desfrivolizar la violencia a base de dotar a sus circunstancias de un pulso mineral que no se propone entretener a toda costa (de hecho el título, “Arrastrados por cemento”, parece sacado de una reseña tuitera de cáustico espíritu millennial) y que se propone dotar de una especie de anti-épica, de un sentido del trayecto y el viaje, a un argumento que en otras manos daría apenas para un episodio de 40 minutos de serie policiaca setentera. Un servidor al final logró entrar en el juego y encontró satisfactoria la propuesta, y la cosa tuvo cierto mérito viniendo de la película anterior, que en teoría era más entretenida pero no tenía las santas gónadas de llevar la contraria a su público objetivo. No sabemos si a Zahler le dejarán dirigir muchas más después de esta, pero bueno, siempre podrá recurrir a su segunda carrera como guionista de dislates gore como la “Puppet Master” de la noche anterior.


Curiosamente, la película siguiente, “Assassination nation” (cacofónico título que, por una vez y sin que sirva de precedente, es superado por nuestra versión, “Nación salvaje”), también me reafirmó en los valores de la cinta de Zahler, a pesar de, o mejor debido a, todo su ruido y furia. Hay que reconocer que la película del hijo de Barry Levinson es un órdago en toda regla, que aspira a convertirse en una referencia generacional a base de reunir una serie de elementos candentes como el impacto de las redes sociales o el feminismo contestatario, apelando directamente al espíritu rebelde juvenil y adoptando una forma audiovisual agresiva, con una cámara y montaje llenos de virtuosismo y una retórica provocativa por momentos prestada del primer Jean-Luc Godard, para desembocar en un clímax pirotécnico de acción violenta inspirado tanto en la saga “The purge” como en el subgénero de “chicas con armas” inaugurado por Ted V. Mikels en “The Doll Squad”. El guiso no sabe mal, pero cabe preguntarse un poco por la calidad individual de los ingredientes, o por la coherencia de un discurso que celebra o deplora los linchamientos públicos cuando le conviene y pone en cuestión la cultura de lo guay y de la busca de “likes” cuando básicamente la película entera es un monumento a ser guay y a conseguir “likes” en busca de seguidores, entradas, visionados repetidos, etc. Cuando una película pasa por ser muy política a base de apuntarse a un feminismo radical de salón a base de frases polémicas (pronunciadas por una pandilla de niñas pijas divinas de la muerte) como aquella de “los hombres que no quieren hacer sexo oral a las mujeres son unos sociópatas” (“retuiteada” por Dolera, que no en balde llevaba una camiseta de su serie “Déjate llevar” donde aparecía un dibujo de una chica a la que hacen un cunnilingus) cabe preguntarse por el extraño destino del cine político, que hoy por hoy necesita explosiones y tiroteos para evitar el cuestionamiento de un mensaje que, con todos los guiños posibles a las ideologías identitarias, busca convertir la vida privada en un campo de batalla mientras los grandes complejos económicos y los monopolios incipientes campan a sus anchas y empresas online estilo Glovo redefinen el concepto de esclavitud para la generación 3.0.


No es muy frecuente que una de las grandes películas de la edición nos llegue en la sesión “golfa”. “One cut of the dead” (que, agárrense los machos, en argot fílmico anglo-nipón se traduciría como “Plano secuencia de los muertos”) comienza como una cutrez de muertos vivientes sin complejos al estilo de las ya vistas en la Muestra “Dead sushi” o “Hunger of the dead”, aunque, bueno, escama un poco que la película vaya tan al grano desde el principio. Y escama aún más que el final llegue a los 30 minutos. Bueno, estoy “spoileando” demasiado. Baste decir que se trata de una de las pelis más sorprendentes y divertidas vistas en los 16 años de Muestra, con una idea que resulta extraño que nadie haya tenido antes (de hecho, sí la tuvieron, en una compañía teatral, de ahí que los créditos rectificados la incluyan, aunque Shinichiro Ueda, el director, jure y perjure que no conocía su espectáculo) y que da un nuevo e ingenioso giro al concepto de “cine dentro del cine”, reivindicando el gozo de rodar y crear de una manera entrañable, pero que, en cambio, no resonará tanto entre los que no sean tan amantes de la serie B y a quienes no les interese tanto el proceso de realización de una película (en este sentido he de recordar cómo a mi madre la única película de Truffaut que no le gustó fue “La noche americana”, ya que en su opinión aquello no era una película sino una especie de reportaje). Quizá por eso sea improbable que esta pieza maestra de buenrollismo, que termina sus créditos con tomas falsas al son de una imitación nipona de “I want you back” de los Jackson 5, dé el salto a un público más “mainstream”. Algo poco importante para los que nos resignamos a vivir felices en nuestra cámara de eco.


En la primera sesión del domingo me tocó lamentar lo que celebré en la misma sesión del sábado, hasta el punto de que, cuando caiga otra película similar, me voy a la sala 2. “Quiero comerme tu páncreas”, pese a su llamativo y salvaje título, es el último hito del anime “para llorar”, una historia de amor y amistad entre un jovencito asocial y soberbio y una vitalista muchacha desahuciada por la medicina y a quien le da igual. Tratándose de animación japonesa, no sorprende que haya mucho melodramatismo, mucho sentimentalismo, una dosis concentrada y en vena de ingenuidad, dulzura, recreo en una estética que algunos podrían considerar cursi, y un sentido de la mesura inexistente (aunque también hay más acidez y humor sarcástico de lo que los detractores pretenden). Todo lo cual a mí me encanta, pero motivó que los jovenzuelos mandangueros de turno prácticamente reventaran el pase con sus ocurrencias y comentarios cínicos, lo cual, claro está, destruyó desde el principio toda la atmósfera, pues, para que la peli surta todo su efecto, te tienes que creer la historia, metiéndote en ella, y con la mandanga de fondo aquello era imposible. Pensé a menudo durante el pase que un servidor, cuando estudiaba en el instituto Conde de Orgaz, tenía bastantes similitudes con el protagonista, y que los adolescentes más sesudines y de tendencia más “emo” pueden ver en esta historia una inspiración, un apoyo y una referencia que los acompañará mucho tiempo. A mis casi 50 años la puedo también apreciar, pero ya no es lo mismo, ya se han cerrado a mi paso demasiadas puertas.


A continuación, el “sleeper” de la Muestra, la peli que casi todos odiaron pero que yo encontré divertida, por cómo reconvierte todos los tropos del cine “progresista” estrenado en salas como los Golem en una especie de fábula marciana tan imposible de tomar en serio que debe de ser a propósito. La sinopsis de “Diamantino” que hice a mi amigo Mario, que tuvo que perderse el pase, daba la impresión de estar improvisada sobre la marcha, pero no era así. Un delantero estrella a lo Cristiano Ronaldo, que en el éxtasis del campo de juego alucina con cachorritos peludos gigantes, un experimento para clonarlo y así dar a un Portugal populista y derechizado un equipo de once portentos del balón que sirva de circo para las masas ignorantes, una espía lesbiana que se introduce en la mansión del jugador disfrazada de joven refugiado africano, aprovechando el cargo de conciencia del astro, los efectos secundarios del experimento que feminizan progresivamente a Diamantino… Debo de ser de los pocos en la sala que admiten apreciar el tipo de humor de la película, muy próximo a mi entender al de los momentos más satíricos de la trilogía “Las mil y una noches” de Miguel Gomes, poniendo en solfa todas las tendencias ultranacionalistas que fragmentan Europa poco a poco y caracterizando a la estrella de balompié Diamantino como una especie de buen salvaje bondadoso y casi asexuado (supongo que algo un poco alejado de su modelo en la vida real) que resulta a la postre entrañable aunque se deje manipular con inocencia por un gobierno que planea erigir un muro que aislará Portugal del resto de la Península Ibérica. Diamantino, sin embargo, se redimirá en un despertar final propio de una vieja peli de monstruos de la Universal. Tiene pinta de que esta peli no tendrá una gran difusión entre nosotros, por tanto agradezco a los elementos más gafapastiles y filoprogres de la Muestra su inclusión en el programa de este año, dándonos una genuina rareza diferente a todo lo que habíamos visto, amén de incorporar Portugal a la ya extensa nómina de países que nos han traído sus producciones al mágico primer fin de semana de marzo.



De “Hell is where the home is” retengo en primer lugar el tema musical de los créditos, que retrotrae a los “gialli” de los 70 y a su ambiente de cotidianeidad “pop” recorrida por corrientes subterráneas. Luego la forma de la peli es más estándar, un relato de invasiones domésticas en un lugar aislado que, a pesar de los villanos mexicanos que podrían hacer exclamar a algún espectador de los USA “por eso necesitamos un muro”, intenta jugar a sembrar la duda de dónde está la verdadera amenaza, en la violencia exterior o en la violencia que muchos traen en la cabeza y a quienes les abrimos la puerta porque su apariencia es la de un amigo o vecino. Una intención que no llega a tan buen puerto, pues, como se trata de un “thriller” en clave de terror, los mexicanos terminan siendo de todas maneras unos maníacos desmembradores. Pero gracias a esta violencia extrema es por lo que la película se libra de ser un producto inocuo para la sobremesa, e incluso para las multisalas. A mí me pareció un título modesto y entretenido, bastante poderoso para tratarse de un cineasta casi en los inicios de su carrera, y que, como siempre, despertó el genio latente de los espectadores, muchos de ellos magníficos guionistas en potencia que habrían superado la definición de personajes, la trama y el desarrollo de la peli de Orson Oblowitz. Basta ponerse a escribir la más pequeñita historia para darse cuenta de que todo esto no es tan fácil. Otro rostro familiar marcado por la cruel erosión de la vida: Fairuza Balk, aquella talentosa joven actriz de los 90 que debió haber llegado a estrella y se quedó por el camino (¿quizá por habérsele atravesado el Weinstein de turno? Desde luego, aparecía en “Cosas que hacer en Denver cuando estás muerto”…)


Y bueno, llegamos al final con “Escape room”, nuevo ejemplo del poder reciclador de Hollywood, poniendo en la batidora “Cube” y “Saw” de cara a poner en pie una franquicia teóricamente infinita. Las estancias idénticas de la peli de Vincenzo Natali se convierten en una imprevisible sucesión de decorados distintos (algunos de ellos en exteriores, en un ejemplo de “interior más grande que el exterior”, que da a varios tramos un aire sutilmente fantástico) que exigen de los protagonistas una rapidez de razonamiento que ni el más genial de los genios tendría en circunstancias de peligro para la vida y que terminan por ser el entretenimiento macabro de una especie de club Bilderberg cuyos miembros apuestan por sus concursantes favoritos. Cuanto más piensa uno en la premisa de la peli, más parecidos encuentra: desde “Destino final”, con un grupo variopinto de personajes que van encontrando muertes horribles, hasta “31” de Rob Zombie, donde un grupo de personas se ve envuelto en un macabro juego de supervivencia, pasando por “Intacto”, de nuestro Juan Carlos Fresnadillo, en el que se plantea también la cuestión de la suerte, puesta a prueba en una serie de competiciones de supervivientes. La falta de originalidad yo pienso que se disimula bien a través de un montaje enérgico que “mete la directa” en ciertos tramos, a buen seguro como resultado de algún preestreno, y varias ideas, como la de la habitación puesta cabeza abajo, se benefician de un presupuesto con el que el pobre Natali, limitado a un decorado único, no habría podido ni soñar. Pero en general la peli pasó bastante desapercibida y se juzgó con cierta displicencia, algo en mi opinión injusto pues creo que superaba con creces otras clausuras, sin ir más lejos “Pacific Rim: Insurrección”. Tal vez teníamos en la recámara la idea de que podríamos haber terminado con “Nosotros” de Jordan Peele, peli de Universal que habría supuesto una traca final apoteósica. Pero yo me fui contento, en parte por batir mi récord de cajas de cereales “Lion” con ocho unidades bajo el brazo, que me asegurarán los desayunos del domingo por la mañana hasta septiembre por lo menos. Esos son los pequeños consuelos que nos mantienen mientras llegan las quiméricas grandes oportunidades.