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sábado, 6 de agosto de 2022

530: XVIII Muestra SyFy: Lo que pudo haber sido y lo que nunca fue



Uno de los títulos que más me ilusionaban de la Muestra era “Inexorable”, porque suponía el regreso al cartel del evento de un cineasta, Fabrice du Welz, que firmó uno de los títulos más emblemáticos y controvertidos de la etapa en el Palafox, “Vinyan”, y ha tenido una trayectoria posterior mayormente olvidada por la distribución convencional y por las plataformas. Dado que tanto la citada “Vinyan” como su debut en el largo “Calvaire” no escatimaban en pretensiones de hacer algo artístico y diferente, pensé que “Inexorable” tenía todas las papeletas para ser el hito “autoral” de esta Muestra.

Sin embargo, lo que nos encontramos fue un ejercicio de estilo que trataba de dar un toque personal a motivos ya muy vistos en el cine. Un poco de niñera maligna, un poco de invasión doméstica, e incluso el muy usado recurso del escritor superventas que en realidad plagió la obra que lo catapultó al estrellato (el mundo francófono parece fascinado por lo que yo llamo el “thriller literario”, para muestras “El hombre perfecto”, de Yann Gozlan, o, en una vena relacionada pero menos orientada al suspense, “La biblioteca de los libros olvidados”, con Fabrice Luchini).

Salvando algunos atrevimientos formales que me hacen pensar en cuando Godard componía sus planos en base a los colores de la bandera de Francia, pero aquí en versión más sucia y distorsionada, “Inexorable” me dejó una impresión muy convencional, apuntando muchos posibles caminos (entre ellos la rebeldía precoz de la hija a ritmo de rock o la herencia del fascismo belga en la familia en la que ingresa el escritor por matrimonio) pero se me queda en un híbrido de cosas ya vistas en el que al menos destaca Alba Gaïa Bellugi, a quien admiré como actriz infantil en “Je m’appelle Élizabeth”, película de 2006 basada en una novela de Anne Wiazemsky y uno de mis títulos de culto personales que nadie más parece haber visto. Un par de meses después, “Inexorable” se estrena en la plataforma Movistar +, mientras que dos películas anteriores de Du Welz, “Alleluia” y “Adoration”, de apariencia mucho más arriesgada, no hay donde verlas, si le hacemos caso a Just Watch. Otro ejemplo de los caminos que se abren y se cierran a los cineastas en el panorama de ahora.



Pero al menos en “Inexorable” había un director que ha hecho cosas de interés, actores como Benoît Poelvoorde y un buen pulso tras la cámara. En cambio, “Sky sharks” tenía apenas una frase, “Tiburones voladores montados por zombis nazis”, que bastó para financiar la película y hacerla programar a las 8 de la tarde como un producto a priori ideal para la Muestra. Como tráiler sería genial: los tiburones nazis de marras asaltan un avión de pasajeros y se cargan a todo el mundo con abundante “gore” e infinidad de pechos femeninos descubiertos que, quién lo iba a decir hace apenas 10 años, vuelven a ser algo controvertido, como en los años 50 o 60, y que aquí están para provocar o porque el realizador alemán Marc Fehse echa de menos no haber vivido en los tiempos de Russ Meyer (aunque Meyer no era solo mujeres de grandes pechos: las secuencias de montaje vertiginoso con las que sorprendía este cineasta no están al alcance de todo el mundo).

Consultaría Wikipedia para refrescar en mi mente la sinopsis, pero no lo necesito, porque es básicamente la escena del ataque al avión, que si hubiese sido un corto nos habría encantado a todos, una hora y pico de exposición aclarando el origen de lo que hemos visto (si es que hacía falta), otro ataque a otro avión exactamente igual, y la promesa de una continuación. “Sky sharks” es uno de los mejores ejemplos que se me ocurren de cómo una idea delirante es suficiente para que miles de desconocidos ayuden a financiar una película mediante “crowdfunding” y de cómo esa idea no basta para armar un discurso narrativo porque básicamente no hay nada más, solo detritos de sesiones de videoclub (hay como media hora de reloj de un homenaje al subgénero “Rambo” que me apuesto lo que sea a que en la propuesta original no aparecía) y un gamberrismo bastante inocuo que cree descubrir la pólvora ironizando con que el emergente superpoder estadounidense hizo sus componendas con lo que quedaba del III Reich.

La película, en su secuencia inicial, se permite incluso crear los típicos personajes delirantes de serie B a los que esperamos ver combatir la amenaza de los tiburones (con ideas, como la de un cura ex pandillero, digamos que un poquito inspiradas en “Abierto hasta el amanecer”) para hacer un gesto que se quiere anticonvencional matándolos a todos en los cinco minutos siguientes. Y no faltan subtramas que se abren para nunca ser retomadas de nuevo, pero claro, le dirás al director de “Sky sharks” que ha engañado al público y a los productores y se ha inventado la película sobre la marcha sin mucha o sin ninguna inspiración más allá de las imágenes que puedan aparecer en un tráiler, y te contestará orgulloso que él no ha engañado a nadie porque prometió tiburones voladores montados por zombis nazis y eso fue exactamente lo que ha dado. Y lo mejor de todo es que tendrá razón.

martes, 19 de julio de 2022

526: XVIII Muestra SyFy: La sesión de los motivados



Nos hemos quejado mucho aquí de las pelis de la “sesión golfa” de madrugada, pero este año el desprecio infligido a la sesión de las 4 de la tarde ha sido público y notorio. Dolera solía llamar a esta sesión “la de los motivados”, y este dar por hecho que el grueso del público está aún por llegar ha desembocado en que se seleccionen películas un poco por “cubrir el expediente”, frase que, ahora que lo pienso, valdría como lema general de esta crónica. Pensar que en ediciones pasadas hemos visto en primera sesión cosas como “Encontré al diablo”, “Wolf children”, “Tucker y Dale contra el mal” o recientemente “In fabric” duele en comparación con el panorama de 2022. Incluso he tardado unos pocos segundos, al desempolvar el programa impreso (que no el legendario “tarjetón”, ausente este año en otra falta de respeto a los habituales, que los conservamos todos), en recordar qué película era “Night raiders”. Semejante olvido en apenas dos meses y medio no es buena señal.

Siendo abogado del diablo y yendo a la contra de todos, afirmaré que “Settlers” no me pareció tan horrible como se dijo, sobre todo poniéndola en la perspectiva general de la Muestra y en especial de las primeras sesiones. Ópera prima como realizador de un tal Wyatt Rockefeller, suscitó el interés de un compañero de colas, conspiracionista a ultranza, por saber qué nos apuntaría aquí sobre nuestro futuro inmediato un miembro de esas diabólicas élites que supuestamente nos rigen cual marionetas. Uno puede pensar que la colonización de planetas externos (en esta peli Marte) sería el futuro inmediato de la humanidad tras el agotamiento de los recursos naturales de nuestro planeta y la degradación del medio ambiente. Así, tenemos ese tramo inicial que es básicamente un “western”, con colonos sobreviviendo a duras penas mientras los antiguos pobladores los hostigan (aunque ahora esté de moda menospreciar el “western” como “película de las cuatro de la tarde en Telemadrid”, no olvidéis que en el fondo todo está en el “western”, porque su tema principal es aclarar qué es la civilización). Dentro de ese marco de película B con ciertas pretensiones que en años anteriores nos dio la lentamente reivindicada “Prospect”, la trama da un par de giros, el segundo de los cuales tiene que ver con si se puede convivir con el antiguo poblador e incluso amarlo o, en su defecto, procrear con él, añadiendo un elemento de tensión racial. Lo malo es que se cambia de tesis a media película, porque lo que nos queda es la hija superviviente siendo acosada por el nativo superviviente con fines reproductivos, queriendo dejar claro que lo de la diferencia de edad está muy mal y que una chica debe poder elegir su destino libremente, aunque sea en un planeta desértico donde ya no queda nadie más. ¿Esta es la disyuntiva que proponen los Rockefeller? ¿Libertad o extinción? Es como “La carretera”, de McCarthy: ¿sigue estando tan mal el canibalismo cuando no restan otras opciones? Estamos ante el tipo de preguntas difíciles que merecen ser abordadas con una enjundia que nos cuesta recordar en “Settlers”, aunque reconoceré que le debo otro visionado: con gritos y chistecitos de fondo uno no puede valorar en su cabal medida lo que una obra fílmica propone.



Desde luego, mucho peor “Shot in the dark”, título que me retrotrae a una de mis odiadas aventuras del inspector Clouseau dirigidas por Blake Edwards. La idea en sí no es mala: un asesino en serie que consigue escapar a base de automutilarse para aparentar ser una de sus propias víctimas, de paso haciendo pasar a una víctima, manipulada para que la policía acabe por abatirla, por el asesino. Lo malo es que este esqueleto argumental se pierde en un bosque de narración “envolvente”, llena de “flashbacks” confusos, subtramas de personajes irrelevantes y sobre todo una pose estética que pretende ser rompedora a base de desafiar el típico “acabado profesional” de la fotografía, lo cual desemboca en que se acabe tomando el título de la película en plan cien por cien literal: “Shot in the dark” no sería una frase hecha aludiendo a una suposición hecha al tuntún, sino que se referiría a que la película se ha “rodado en la oscuridad”. Hay desorientación, que parece deliberada, y esto se quiere subrayar con el hecho físico de que resulte difícil VER lo que está pasando. De veras, envidio a mi amiga Ara, que fue capaz de conectar su chip “Sundance” y entrar en la propuesta. Por mi parte, si esto es el cine de autor que supieron encontrarnos este año los programadores, a mí dadme a John Ford.



John Ford podría haber sido la referencia para “Night raiders”, pues conectaba un poco con la temática de “El gran combate”: nativos americanos que peregrinan en pos de un destino mejor. La progresión es descendente: no hablamos bien en 2020 de “Blood quantum”, que enfrentaba a indios de las reservas (entre ellos el ya legendario “abuelo ninja”) con un apocalipsis zombi, pero la recordamos con agrado al lado de esta distopía en plan “young adult” en la que una niña de la etnia huye de una escuela donde se la quiere educar para ser una especie de fascista americana perfecta para terminar liderando a los suyos hacia la tierra prometida. El elemento iconográfico más futurista es el típico dron que usan ya todas las producciones baratas para hacer tomas aéreas (y que de paso ha depreciado el poder evocador y sorprendente de las tomas aéreas), y el resto parece ser alguna ciudad medio abandonada de las que tiene pinta de haber unas cuantas a medida que subes desde Indiana hacia la región de los Grandes Lagos. La película, más que irritar como puede hacer “Shot in the dark”, resulta insípida a fuerza de convencionalismos: ni siquiera la revelación final de los poderes de la chica se aleja en exceso de los mutantes al estilo Marvel, y no creo que los elementos de la cultura india tradicional a los que se quiere aludir desde el principio queden muy bien integrados en el conjunto. Ni siquiera el factor “veterano recuperado” me funciona: no me entusiasmaba Amanda Plummer de joven y no parece haber evolucionado hacia una magistral intérprete de mayor. Es una película “correcta” en el sentido más peyorativo del término: buenas intenciones, realización e interpretación sólidas sin pasarse de inspiración, olvido inmediato.



Ya os digo, de las tres de sobremesa, le pese a quien le pese, sigue ganando “Settlers”: es la más llamativa visualmente, tiene giros de guion, sus tesis son más provocativas, y encima tiene al robot Steve: no hay color. Una pena que el público no le quisiera dar ni la más mínima oportunidad desde el inicio.

domingo, 28 de abril de 2019

511: XVI Muestra SyFy



Tras mis intentos fracasados por salir de mi burbuja el año pasado, la Muestra SyFy, para bien o para mal, se consolida como mi “polder” por excelencia, algo así como el recinto cerrado donde las reglas de la magia son válidas, en oposición con un mundo exterior prosaico y sórdido. Da igual que a uno le guste o no ser lo que los amantes de las etiquetas llaman un “friki”, lo importante es disfrutarlo. Da igual que te haya pervertido un cura abusador o que un “mad doctor” vengativo te haya cambiado de sexo, lo importante es que lo pases bien en tu mundillo hortera y festivo de azafato mariquita. Son las lecciones incomprendidas de Almodóvar.

Pero creo también que ser público de la Muestra SyFy no entraña en exclusivo encerrarse en una zona de confort y no querer saber nada de lo que debería importarte en la vida: me va siendo también posible ser más comprensivo con opiniones contrapuestas a la mía, aunque me reservo juzgar si esto se debe a una mayor apertura mental o simplemente a una aceptación fatalista de que los “lemmings” se despeñarán por el acantilado, te guste o no, y ello forma parte de levantarse por la mañana, oír cantar a los mirlos, desayunar tu café con las magdalenas mantecadas del martes, y todo lo demás.


 Que a la mayoría de los asistentes la inauguración con “Capitana Marvel” les haya resultado previsible y aburrida, lo veo respetable pero injusto en función de la mayoría de blockbusters que hemos tenido como títulos de apertura. Imagino que algunos quieren hacer pagar a los estudios Marvel su aparente explotación comercial de la ola feminista que nos invade, pero a mí me cuesta ver en esta correcta peli de aventuras espaciales algo mucho más ideologizado que el chiste sobre el nombre inglés de la cabina del piloto que ya le hacía George Kennedy a Sylvia Kristel en “Aeropuerto 79” o que animar a las niñas pequeñas a elegir profesiones tradicionalmente poco femeninas, con lo cual estoy de acuerdo al noventa y pico por cien (no vaya a ser que la profesión elegida sea por ejemplo la del toreo, que encuentro rechazable sea cual sea el sexo que la practique). La película no reinventa la pólvora, pero Brie Larson es carismática, está bien secundada por un Samuel L. rejuvenecido a base de CGI y por Ben Mendelsohn (quien ha pasado, en extraña metamorfosis, de ser uno de mis más detestados a uno de mis más reivindicados) y pone a prueba las dimensiones metafóricas del Universo Marvel a base de hacer de los Skrull una especie de pobre minoría oprimida. Otra cosa es que posteriores secuelas vayan erosionando, como pasó con “Ant-Man”, la relativa frescura de una nueva franquicia, pero al menos a un servidor le pareció que no es tan frecuente que este impulso no vaya flaqueando a lo largo de la propia película. Lo peor, en un plano personal, va a ser el intento de crear una nostalgia de los años 90, que básicamente es la etapa en la que quise enfrentarme a la vida y no supe ganar. Amén de que querer hacer remontar el vinilismo a aquella década, en la que el disco compacto fue el rey supremo, es revisionismo cultural de la peor laya.

 La entrada en escena de Leticia Dolera para presentar la película se inició en una atmósfera indecisa, como corresponde a un personaje que se ha visto envuelto en una tormenta mediática y que vuelve a un elemento donde el público siempre lo ha aceptado y querido. Yo no quiero hablar mal de Dolera porque sí, debido a que mis años asistiendo a la Muestra me han llevado a tomarle cierto cariño a esta mujer, al estilo de una conocida que está en las mismas fiestas a las que vas, y a quien, aunque ni es tu amiga ni te saluda, asocias con momentos de diversión y gozo. Ni siquiera quiero atacar el movimiento feminista contemporáneo a pesar de que se haya utilizado su argumentario por algunas personas para tratarme como lo que no soy. Pero creo que Dolera, en cierto modo, se ha ganado el ser vista con cierta suspicacia después del asunto de Aina Clotet. Me ahorro la disquisición semántica sobre si no contratar es lo mismo que despedir, amén de que, como pequeño conocedor del mundillo audiovisual, puedo llegar a entender los argumentos de que, artística y logísticamente, para un personaje con determinadas características no valen actores en cualquier situación. Lo malo es que Dolera debe su notoriedad mediática, más allá de los pocos cientos de personas que acuden cada mes de marzo a un cine de Madrid, a su defensa a ultranza de los agravios a las mujeres implícitos en la sociedad de hoy, entre los cuales se encuentra la lógica empresarial de que las trabajadoras pueden hacer perder mucho dinero a sus empleadores por el mero hecho biológico, nada aberrante y que encima contribuye a multiplicar la especie, de tener un hijo. A mi entender, habría sido un increíble tanto a favor el hecho de hacer de la serie televisiva en cuestión todo un estandarte, en hechos mejor que en palabras, del comportamiento correcto hacia una trabajadora del mundo audiovisual, muy por encima de mantener la integridad artística de un concepto que, si miramos con atención las palabras de la actriz y directora, consistía parcialmente en que la intérprete debía mantener un cuerpo estilizado y atrayente que diera el pego en una serie de escenas eróticas en el curso de las cuales su personaje aprendía a liberar su sexualidad. Entiendo que se trata de una decisión difícil y que no todo el mundo puede acertar en todo lo que hace, y que un error no invalida todo lo demás que ha hecho una persona, y que resulta un tanto injusto que los demás sigan restregándote ese error, que puede o no puede ser el único que hayas cometido, a lo mínimo que digas o hagas, pero también es verdad que cuando alguien entra en el juego de sumarse a las turbas de lugareños que se arman de horcas y antorchas para atacar el molino, e incluso disfruta en ocasiones de situarse a la cabecera de las turbas para que se le vea mejor, va a tener que aceptar, por mucho que no le guste, que ese tipo de sentimientos negativos de gente frustrada que alimentan los peores aspectos de las redes sociales terminen fluyendo en su dirección. Sobre todo cuando, simplemente cambiando el sexo de quien tomó esa decisión difícil, la ahora denunciada se habría calzado sin problemas la máscara de denunciadora, pidiendo tolerancia cero y tal vez consiguiendo que el proyecto controvertido no se llevara a cabo o que encontrar financiación para proyectos nuevos se convirtiera en una búsqueda difícil, si no imposible. Parece que la serie de Dolera no ha tenido dificultades para completarse e incluso ha llegado a ganar el premio gordo en la división para series del festival de Cannes. Una muestra más de que la capacidad para tropezar, común a ambos sexos, tiene más posibilidad de ser perdonada en un sexo que en otro, lo cual conculca en cierto modo el ideal de igualdad que enarbola un movimiento social tan importante como el feminista. No olvidemos que conculcar no equivale a desmentir o invalidar, pero creo que tengo tanto derecho a desconfiar de Dolera por sus políticas cambiantes como ella de censurarme por “micromachista” que reutilice el viejo chiste del anuncio televisivo del juego “Scattergories” sobre el pulpo como “animal de compañía”. Me sigue pareciendo una eficaz animadora de fiestas, valoro su papel en “Rec 3” y encuentro potable dentro de unos límites la comedia indie que dirigió, pero al César lo que es del César y a Julia Domna lo que es de Julia Domna.


 Esta XVI Muestra ha tenido la cierta desventaja de comenzar demasiado fuerte en la sesión de sobremesa del viernes. Peter Strickland, director británico del que ya conocíamos dos títulos, “Berberian Sound Studio” y “The Duke of Burgundy”, que aprovechaban ciertas tropos del “cinéma bis” de los 60 y 70 para armar curiosos artefactos de autor, se suelta la melena (metafóricamente, pues Strickland es un calvorota) con “In fabric”, que es su versión de una comedia alocada. Una versión que a buen seguro no coincidirá con la de muchos otros, pero que ha ofrecido tal vez los momentos más creativos, estrambóticos y abracadabrantes de todo el fin de semana, hasta el extremo de casi ensombrecer todo lo demás. La iconografía sesentera y el sentido del delirio de este extraño cuento sobre un vestido rojo embrujado, desde un anuncio del gran almacén en VHS que da bastante miedito hasta una escena erótica voyeurista con un maniquí, que habría firmado orgulloso Jess Franco, o las miradas de éxtasis de algunos personajes ante las explicaciones técnicas del protagonista sobre el funcionamiento de una lavadora, todo ello desembocando en un peculiar descenso a los infiernos, fueron tal vez demasiado para parte del público, que desea ser sorprendido pero no tanto, pero a un servidor le resultaron reconfortantes. Poder reír con sinceridad y genuino sentido de la diversión con una obra tan recalcitrantemente extraña y que reclama un espacio artístico equidistante del experimentalismo de autor y de la serie B más casposa, de la que termina con el infaltable incendio del castillo, a la vez que pone en solfa la Inglaterra sórdida con una leche bastante agria, fue como enseñar las mejores cartas ya en la primera jugada, pero supongo que, en la sesión “prime time”, “In fabric” habría sido un escándalo. Aún mayor.


Uno de los aspectos chulos de la Muestra, y que cuestiona el modelo individualista y burbujero de visionado audiovisual que desean imponer Netflix y compañía, es el modo en que el mismo público que ha visto las mismas películas va creando asociaciones iconográficas y bromas recurrentes ante ellas que resultan imposibles de captar si no se ha estado en todas las proyecciones. Así, el vestido rojo maldito de “In fabric” reapareció en varias películas que por mera casualidad contenían un vestido rojo, como pasaba en el guardarropa que Ciarán Hinds destinaba a su joven esposa Abbey Lee en “Elizabeth Harvest”, película de Sebastián Gutiérrez, director de origen venezolano casi desconocido entre nosotros pese a una trayectoria que incluye 7 largometrajes y guiones como el de “Gothika” de Kassovitz. Las ganas de construir un producto de cámara, estiloso, envolvente y con ganas de sorprender cada cierto tiempo con giros argumentales, no cayeron bien entre gran parte del público, poco amigo de alardes culturales. Irritaron especialmente las disquisiciones del protagonista sobre Érik Satie y sus parodias de la religión organizada después de romper con los Rosacruces del Sâr Péladan, y tal vez con cierta razón: Gutiérrez es guionista y director, y ello en ocasiones le traiciona. Uno de sus propios personajes valora admirativamente una frase que acaba de pronunciar, y se nota un amor a la propia creación que la deja un poco ir a donde ella quiere: el paralelismo con el cuento de “Barba Azul”, supongo que estupendo a la hora de vender el proyecto, no queda del todo integrado en el desarrollo del relato, del mismo modo que no se saben mantener las distancias con “Ex machina”, película que constituye una referencia obvia en lo visual y en lo temático. No obstante, también creo que jugó en su contra venir justo después del país de la locura de Strickland: el edificio que sabe armar Gutiérrez, aunque tenga habitaciones un poco vacías, está concebido con mimo y posee cierta elegancia en la puesta en escena, y, para machistas recalcitrantes como un servidor que osan aún expresar tendencias heterosexuales, la abundancia de desnudos artísticos de la protagonista y de Carla Gugino supuso un pequeño aliciente y una reivindicación de la belleza humana que no debería ser enterrada en nombre de una teórica dignidad.


 A continuación, una película que me dicen que no se distribuirá en formato físico entre nosotros, como prueba de una evolución del mercado que amenaza con hacer imposible el tipo de cinefilia con el que crecimos. “Upgrade”, ejemplo de que Leigh Whannell es algo más que el Robin de James Wan, es una ingeniosa serie B de CF y acción futurista en la que una inteligencia artificial implantada en la médula de un hombre tetrapléjico tras un ataque violento toma el control de su cuerpo con fines de venganza. La ambientación tira mucho de retocar digitalmente escenarios baratos, con el conveniente recurso a la sordidez, que es una buena proveedora de barroquismo visual a bajo coste, y el aspecto visual, tonalidades azules incluidas, recuerda al de muchos títulos discretos de acción de los 80 y 90, pero el desparpajo a la hora de dosificar una historia casi comiquera, la colocación estratégica de las sorpresas, lo contundente y casi gore de las escenas de acción, y lo imaginativo de varias ideas, levantan la película mientras la ves muy por encima de lo que es realmente, y no hubiese sido de extrañar un pequeño fenómeno con esta película al estilo “John Wick”, toda vez que, a la brutalidad directa de una trama de justiciero,s Whannell añade un marco cienciaficcional que podría desarrollar ramificaciones sugestivas si se diera luz verde a hipotéticas continuaciones. Estrategia que al bueno de Jason Blum, a quien se debería reivindicar como rey del “high concept” a bajo coste, ya le ha dado buenos réditos en el pasado, aunque todo apunta a que esta vez no tendremos saga.


 A continuación sucedió algo curioso que no dudo en denominar un intento de “Nocturnización” de la Muestra, en referencia al festival Nocturna, la otra “cita ineludible” madrileña, que, salvo en la apertura y clausura, SIEMPRE obliga a “mojarse” entre una película y otra. En un principio, se programaba a la sesión de las 10 la película española “El año de la plaga”, pero causas desconocidas motivaron que se pudiera escoger entre ella y “Gintama”, adaptación live-action del manga y anime homónimo. Ahí se dio en mi interior un pulso entre mis ganas de sostener al “underdog”, ese cine español alternativo que siempre va a tener en contra a públicos como el de la Muestra, y mi japonesismo a ultranza que a veces me lleva a defender productos que me son un poco ajenos. Ganó Japón, y por tanto me tocó darme cuenta una vez más de que una cosa es que seas seguidor de la animación japonesa y otra que la veas a través de una lente “otaku” autorreferencial y tu respiración consista en tomar aire con “Dragon Ball” y expulsarlo con “One Piece”. Pero al menos salen vindicadas varias de mis ideas recurrentes: 1) que la idea de una cultura japonesa intrínsecamente mesurada y elegante es una idealización de Occidente. 2) que parte de la cultura popular del Sol Naciente se concentra en dinamitar los conceptos de buen gusto e urbanidad que constriñen socialmente a los ciudadanos, y 3) que, en cuestiones de humor absurdo y ridículo deliberado, los creadores del archipiélago nunca consideran que se pueda ir demasiado lejos. No tengo nada en sí contra este tipo de guasa frenética e irreverente, pero me cuesta mantener la complicidad durante más de veinte minutos, amén de que los hallazgos se pierden en una hojarasca de dos horas once, pero también he de decir que entendí la mayor parte de coñas que no eran estrictamente locales (¿quién sería ese cocinero televisivo nipón acusado de abuso sexual?) y que, aun sabiendo que la película plantearía desafíos a mi paciencia (quizá afectada por la fatiga de un largo día), volvería a elegir ver “Gintama” sobre “El año de la plaga”, la cual prometo ver si aterriza en la programación de Movistar (si es que no va a Netflix, claro, porque ahora si no vas al cine en su día te vas a ver abocado a suscribirte a todas las plataformas).


Odio hacer publicidad, pero gracias a una conocida bebida energética con nombre de bestia brava y colorada he conseguido este año mantenerme en plena posesión de mis facultades durante todas las sesiones de sobremesa y todas las de madrugada. “Puppet Master: The Littlest Reich”, nada menos que la ¡decimotercera! entrega de una saga iniciada por la Full Moon de Charles Band allá en 1989 con “La venganza de los muñecos” de David Schmoeller, nos dio todo lo que nos puede dar este tipo de películas superada la una de la madrugada, después de haber iniciado una tradición más en la lunática historia de la Muestra, a saber, el coreo de los nombres en los títulos de crédito por una nutrida sección de la audiencia. El concurso como guionista de S. Craig Zahler, hasta ahora el único cineasta con cierta trayectoria de quien la Muestra ha proyectado la obra completa como director, resulta irónico considerando su estilo narrativo al ralentí, pues esta “Puppet Master” si es algo es veloz, directa y al grano, con profusión de muertes tan ridículas como horrorosas a cargo de las diferentes creaciones del juguetero André Toulon y una falta de dobles lecturas e intenciones serias casi descarada, salvando una ironía tirando a amable sobre la cultura del coleccionismo (aunque me entero de que Zahler contradice el espíritu del personaje, haciendo de él un nazi cuando Toulon siempre se distinguió por su oposición a Hitler. La línea oficial es que este capítulo se desarrolla en un universo alternativo, pero no recuerdo que haya ningún elemento al principio que nos sitúe de forma clara en otra realidad). Tener en la fila posterior a la mía a dos espectadores duchos en la sabiduría de la saga comentando todos los aspectos novedosos me confirmó en que no hay aspecto de la sabiduría humana demasiado irrelevante o indigno de ser estudiado a fondo si a uno le proporciona inocente gratificación. Primera aparición de Udo Kier en esta Muestra, bajo un par de kilos de maquillaje, en los primeros dos minutos.


El segundo día, en su inicio, me confirmó en los valores positivos de lo que Dolera llama “mandanga”, una constante de la Muestra casi desde sus inicios, aunque me consta que es un fenómeno que se ha ido animando explícitamente en los últimos tiempos, sobre todo desde que los pases se doblan en la sala 2 del Cine de la Prensa, lugar a donde se emplaza a todos aquellos que deseen durante sus pases un silencio catedralicio. Puesto que la mandanga da un carácter festivo a los pases a base de intervenciones “creativas” del público, esto convierte la experiencia en algo que jamás se podría duplicar en el domicilio, pero, por otro lado, en esencia se trata de “reventar” pases de películas que no gustan o aburren. Con lo cual, pues, bueno, “Compulsión”, la película española que inició las sesiones del sábado 9, fue un producto humilde, voluntarioso y flojo que tal vez no hubiese soportado una atención seria, pero mis lectores de gustos más pretenciosos deberían reflexionar que su Antonioni favorito habría sido lapidado exactamente igual desde la platea (menos mal que ningún director tipo Antonioni haría pelis de terror o fantástico… ¿o sí?). La historia de una mujer que, siguiendo la estela de sus sospechas y sus celos, descubre que su novio es un psycho-killer que lleva a sus víctimas a un chalet de la sierra madrileña al estilo de los que aparecen en las películas de Carlos Saura para disfrutar asesinándolas y no escondiéndolas demasiado bien, fue el objeto de un análisis fílmico en vivo no muy amable: cada vez que se alargaba en exceso el plano de un personaje caminando, el público puntuaba cada paso con palmas; la tendencia a sobreutilizar el zoom era celebrada en voz alta; momentos como aquel en el que la prostituta universitaria se pone un vestido rojo (guiño correspondiente a “In fabric”) y celebra su serrana anatomía dando una vuelta y exclamando “eepe”, se convirtieron en grito de guerra durante el resto del fin de semana. Pero bueno, el final, sin ser bueno tampoco, tenía su gracia: primero, porque utilizar un test de embarazo positivo como arma homicida contra un asesino de mujeres se podría considerar más feminista que todos los canales de las youtubers moradas juntas, después porque algún malintencionado lo podría relacionar con el contubernio Dolera-Clotet, y por último gracias a la coda final con niño maligno que no por previsible es menos gratificante. Pero, poniéndonos un poco más serios, a mí me gustaría que por una vez cayera en la Muestra una peli española que callara la boca a todo el mundo, pero supongo que los jóvenes talentos nacionales carecen de contactos útiles…


A continuación me falló el astado escarlata: “Prospect”, otro título fantacientífico de medios modestos, contaba con una buena localización, muy atmosférica: ese bosque recorrido continuamente por hilillos blancos de polen, o esporas, o algún otro fenómeno vegetal que tropieza con mi ignorancia botánica. Allí se desarrollaba una peripecia aventurera sobre una chica adolescente que se queda huérfana y el mercenario de buen corazón que decide protegerla, que tratan de sobrevivir en un entorno hostil mientras resisten la amenaza de unos prospectores sin escrúpulos. No voy a caer en el lugar común de decir “este argumento podría ser de cualquier género y aquí la ciencia ficción solo es decorado”, porque esta frase sería aplicable a un buen número de películas que los hipotéticos lectores de estas líneas a buen seguro adoran. La peli es voluntariosa y tiene ese mérito y valentía de querer hacer mucho con poco que tan poco valoran los que solo respetan las películas “bien hechas” de alto presupuesto, tipo Marvel. Un compañero de Muestras que estuvo más despierto que yo me habló bien de “Prospect”, me dijo que le recordaba a un western, cosa nada rara puesto que, ya sabéis que el espacio es la última frontera y todo eso, pero yo eché en falta mayor fuerza en la historia y de hecho desconecté, creo que las series B tendrían que ser más provocativas para competir en un paisaje audiovisual saturado. Pero al menos me gustó ver otra vez a André Royo, el “Bubbles” de “The Wire”, otro excelente actor a quien el cine no ha dado las oportunidades que sí le dio la televisión.


A continuación, el pase polémico sin el cual una Muestra carecería de su salsa. “Dragged across concrete”, a mi juicio, no tiene mucho sitio en un evento de cine fantástico, salvo por el hecho de que los programadores le han tomado cariño a S. Craig Zahler porque metió caníbales y gore en un neowestern y se han propuesto seguir toda su carrera como director, aprovechando además el rumor de que esta tercera obra suya no tendrá distribución española (lo cual dudo). Puesto que no tuve en mucha estima “Brawl in cell block 99” el año pasado, mi actitud ante este relato sobre polis corruptos y apartados del servicio que se disponen a beneficiarse del botín de un atraco que controlan y vigilan, todo ello con una filosofía narrativa que ignora la elipsis y yendo en plan machote y políticamente incorrecto, no era demasiado favorable, pero el mandangueo sobre su lentitud, la desesperación cada vez que los actores se dirigían a un coche donde transcurrirían los siguientes 10 minutos de metraje en plano fijo, las coñas en torno a frases clave como “anchoas”, terminaron despertando mi espíritu de contradicción, aunque reconozco que muchas de las críticas eran justificadas, pero lo cortés no quita lo valiente: ahora que todo relato tiene que ser rápido, veloz y “adictivo” por decreto, y que ya se está perdiendo la capacidad para seguir una historia “paso a paso” (me pregunto cuántas personas nacidas a partir de, digamos, 1990, serán capaces de llegar, no hasta el final de un novelón decimonónico, sino hasta el segundo capítulo), hay que defender el valor de la paciencia, que en casos como este resulta deliberadamente paradójico porque no estamos ante un poema visual de Tarkovski sino ante un thriller de polis corruptos y atracos, con lo cual la aportación de Zahler, no muy novedosa pero defendible, parece ser desfrivolizar la violencia a base de dotar a sus circunstancias de un pulso mineral que no se propone entretener a toda costa (de hecho el título, “Arrastrados por cemento”, parece sacado de una reseña tuitera de cáustico espíritu millennial) y que se propone dotar de una especie de anti-épica, de un sentido del trayecto y el viaje, a un argumento que en otras manos daría apenas para un episodio de 40 minutos de serie policiaca setentera. Un servidor al final logró entrar en el juego y encontró satisfactoria la propuesta, y la cosa tuvo cierto mérito viniendo de la película anterior, que en teoría era más entretenida pero no tenía las santas gónadas de llevar la contraria a su público objetivo. No sabemos si a Zahler le dejarán dirigir muchas más después de esta, pero bueno, siempre podrá recurrir a su segunda carrera como guionista de dislates gore como la “Puppet Master” de la noche anterior.


Curiosamente, la película siguiente, “Assassination nation” (cacofónico título que, por una vez y sin que sirva de precedente, es superado por nuestra versión, “Nación salvaje”), también me reafirmó en los valores de la cinta de Zahler, a pesar de, o mejor debido a, todo su ruido y furia. Hay que reconocer que la película del hijo de Barry Levinson es un órdago en toda regla, que aspira a convertirse en una referencia generacional a base de reunir una serie de elementos candentes como el impacto de las redes sociales o el feminismo contestatario, apelando directamente al espíritu rebelde juvenil y adoptando una forma audiovisual agresiva, con una cámara y montaje llenos de virtuosismo y una retórica provocativa por momentos prestada del primer Jean-Luc Godard, para desembocar en un clímax pirotécnico de acción violenta inspirado tanto en la saga “The purge” como en el subgénero de “chicas con armas” inaugurado por Ted V. Mikels en “The Doll Squad”. El guiso no sabe mal, pero cabe preguntarse un poco por la calidad individual de los ingredientes, o por la coherencia de un discurso que celebra o deplora los linchamientos públicos cuando le conviene y pone en cuestión la cultura de lo guay y de la busca de “likes” cuando básicamente la película entera es un monumento a ser guay y a conseguir “likes” en busca de seguidores, entradas, visionados repetidos, etc. Cuando una película pasa por ser muy política a base de apuntarse a un feminismo radical de salón a base de frases polémicas (pronunciadas por una pandilla de niñas pijas divinas de la muerte) como aquella de “los hombres que no quieren hacer sexo oral a las mujeres son unos sociópatas” (“retuiteada” por Dolera, que no en balde llevaba una camiseta de su serie “Déjate llevar” donde aparecía un dibujo de una chica a la que hacen un cunnilingus) cabe preguntarse por el extraño destino del cine político, que hoy por hoy necesita explosiones y tiroteos para evitar el cuestionamiento de un mensaje que, con todos los guiños posibles a las ideologías identitarias, busca convertir la vida privada en un campo de batalla mientras los grandes complejos económicos y los monopolios incipientes campan a sus anchas y empresas online estilo Glovo redefinen el concepto de esclavitud para la generación 3.0.


No es muy frecuente que una de las grandes películas de la edición nos llegue en la sesión “golfa”. “One cut of the dead” (que, agárrense los machos, en argot fílmico anglo-nipón se traduciría como “Plano secuencia de los muertos”) comienza como una cutrez de muertos vivientes sin complejos al estilo de las ya vistas en la Muestra “Dead sushi” o “Hunger of the dead”, aunque, bueno, escama un poco que la película vaya tan al grano desde el principio. Y escama aún más que el final llegue a los 30 minutos. Bueno, estoy “spoileando” demasiado. Baste decir que se trata de una de las pelis más sorprendentes y divertidas vistas en los 16 años de Muestra, con una idea que resulta extraño que nadie haya tenido antes (de hecho, sí la tuvieron, en una compañía teatral, de ahí que los créditos rectificados la incluyan, aunque Shinichiro Ueda, el director, jure y perjure que no conocía su espectáculo) y que da un nuevo e ingenioso giro al concepto de “cine dentro del cine”, reivindicando el gozo de rodar y crear de una manera entrañable, pero que, en cambio, no resonará tanto entre los que no sean tan amantes de la serie B y a quienes no les interese tanto el proceso de realización de una película (en este sentido he de recordar cómo a mi madre la única película de Truffaut que no le gustó fue “La noche americana”, ya que en su opinión aquello no era una película sino una especie de reportaje). Quizá por eso sea improbable que esta pieza maestra de buenrollismo, que termina sus créditos con tomas falsas al son de una imitación nipona de “I want you back” de los Jackson 5, dé el salto a un público más “mainstream”. Algo poco importante para los que nos resignamos a vivir felices en nuestra cámara de eco.


En la primera sesión del domingo me tocó lamentar lo que celebré en la misma sesión del sábado, hasta el punto de que, cuando caiga otra película similar, me voy a la sala 2. “Quiero comerme tu páncreas”, pese a su llamativo y salvaje título, es el último hito del anime “para llorar”, una historia de amor y amistad entre un jovencito asocial y soberbio y una vitalista muchacha desahuciada por la medicina y a quien le da igual. Tratándose de animación japonesa, no sorprende que haya mucho melodramatismo, mucho sentimentalismo, una dosis concentrada y en vena de ingenuidad, dulzura, recreo en una estética que algunos podrían considerar cursi, y un sentido de la mesura inexistente (aunque también hay más acidez y humor sarcástico de lo que los detractores pretenden). Todo lo cual a mí me encanta, pero motivó que los jovenzuelos mandangueros de turno prácticamente reventaran el pase con sus ocurrencias y comentarios cínicos, lo cual, claro está, destruyó desde el principio toda la atmósfera, pues, para que la peli surta todo su efecto, te tienes que creer la historia, metiéndote en ella, y con la mandanga de fondo aquello era imposible. Pensé a menudo durante el pase que un servidor, cuando estudiaba en el instituto Conde de Orgaz, tenía bastantes similitudes con el protagonista, y que los adolescentes más sesudines y de tendencia más “emo” pueden ver en esta historia una inspiración, un apoyo y una referencia que los acompañará mucho tiempo. A mis casi 50 años la puedo también apreciar, pero ya no es lo mismo, ya se han cerrado a mi paso demasiadas puertas.


A continuación, el “sleeper” de la Muestra, la peli que casi todos odiaron pero que yo encontré divertida, por cómo reconvierte todos los tropos del cine “progresista” estrenado en salas como los Golem en una especie de fábula marciana tan imposible de tomar en serio que debe de ser a propósito. La sinopsis de “Diamantino” que hice a mi amigo Mario, que tuvo que perderse el pase, daba la impresión de estar improvisada sobre la marcha, pero no era así. Un delantero estrella a lo Cristiano Ronaldo, que en el éxtasis del campo de juego alucina con cachorritos peludos gigantes, un experimento para clonarlo y así dar a un Portugal populista y derechizado un equipo de once portentos del balón que sirva de circo para las masas ignorantes, una espía lesbiana que se introduce en la mansión del jugador disfrazada de joven refugiado africano, aprovechando el cargo de conciencia del astro, los efectos secundarios del experimento que feminizan progresivamente a Diamantino… Debo de ser de los pocos en la sala que admiten apreciar el tipo de humor de la película, muy próximo a mi entender al de los momentos más satíricos de la trilogía “Las mil y una noches” de Miguel Gomes, poniendo en solfa todas las tendencias ultranacionalistas que fragmentan Europa poco a poco y caracterizando a la estrella de balompié Diamantino como una especie de buen salvaje bondadoso y casi asexuado (supongo que algo un poco alejado de su modelo en la vida real) que resulta a la postre entrañable aunque se deje manipular con inocencia por un gobierno que planea erigir un muro que aislará Portugal del resto de la Península Ibérica. Diamantino, sin embargo, se redimirá en un despertar final propio de una vieja peli de monstruos de la Universal. Tiene pinta de que esta peli no tendrá una gran difusión entre nosotros, por tanto agradezco a los elementos más gafapastiles y filoprogres de la Muestra su inclusión en el programa de este año, dándonos una genuina rareza diferente a todo lo que habíamos visto, amén de incorporar Portugal a la ya extensa nómina de países que nos han traído sus producciones al mágico primer fin de semana de marzo.



De “Hell is where the home is” retengo en primer lugar el tema musical de los créditos, que retrotrae a los “gialli” de los 70 y a su ambiente de cotidianeidad “pop” recorrida por corrientes subterráneas. Luego la forma de la peli es más estándar, un relato de invasiones domésticas en un lugar aislado que, a pesar de los villanos mexicanos que podrían hacer exclamar a algún espectador de los USA “por eso necesitamos un muro”, intenta jugar a sembrar la duda de dónde está la verdadera amenaza, en la violencia exterior o en la violencia que muchos traen en la cabeza y a quienes les abrimos la puerta porque su apariencia es la de un amigo o vecino. Una intención que no llega a tan buen puerto, pues, como se trata de un “thriller” en clave de terror, los mexicanos terminan siendo de todas maneras unos maníacos desmembradores. Pero gracias a esta violencia extrema es por lo que la película se libra de ser un producto inocuo para la sobremesa, e incluso para las multisalas. A mí me pareció un título modesto y entretenido, bastante poderoso para tratarse de un cineasta casi en los inicios de su carrera, y que, como siempre, despertó el genio latente de los espectadores, muchos de ellos magníficos guionistas en potencia que habrían superado la definición de personajes, la trama y el desarrollo de la peli de Orson Oblowitz. Basta ponerse a escribir la más pequeñita historia para darse cuenta de que todo esto no es tan fácil. Otro rostro familiar marcado por la cruel erosión de la vida: Fairuza Balk, aquella talentosa joven actriz de los 90 que debió haber llegado a estrella y se quedó por el camino (¿quizá por habérsele atravesado el Weinstein de turno? Desde luego, aparecía en “Cosas que hacer en Denver cuando estás muerto”…)


Y bueno, llegamos al final con “Escape room”, nuevo ejemplo del poder reciclador de Hollywood, poniendo en la batidora “Cube” y “Saw” de cara a poner en pie una franquicia teóricamente infinita. Las estancias idénticas de la peli de Vincenzo Natali se convierten en una imprevisible sucesión de decorados distintos (algunos de ellos en exteriores, en un ejemplo de “interior más grande que el exterior”, que da a varios tramos un aire sutilmente fantástico) que exigen de los protagonistas una rapidez de razonamiento que ni el más genial de los genios tendría en circunstancias de peligro para la vida y que terminan por ser el entretenimiento macabro de una especie de club Bilderberg cuyos miembros apuestan por sus concursantes favoritos. Cuanto más piensa uno en la premisa de la peli, más parecidos encuentra: desde “Destino final”, con un grupo variopinto de personajes que van encontrando muertes horribles, hasta “31” de Rob Zombie, donde un grupo de personas se ve envuelto en un macabro juego de supervivencia, pasando por “Intacto”, de nuestro Juan Carlos Fresnadillo, en el que se plantea también la cuestión de la suerte, puesta a prueba en una serie de competiciones de supervivientes. La falta de originalidad yo pienso que se disimula bien a través de un montaje enérgico que “mete la directa” en ciertos tramos, a buen seguro como resultado de algún preestreno, y varias ideas, como la de la habitación puesta cabeza abajo, se benefician de un presupuesto con el que el pobre Natali, limitado a un decorado único, no habría podido ni soñar. Pero en general la peli pasó bastante desapercibida y se juzgó con cierta displicencia, algo en mi opinión injusto pues creo que superaba con creces otras clausuras, sin ir más lejos “Pacific Rim: Insurrección”. Tal vez teníamos en la recámara la idea de que podríamos haber terminado con “Nosotros” de Jordan Peele, peli de Universal que habría supuesto una traca final apoteósica. Pero yo me fui contento, en parte por batir mi récord de cajas de cereales “Lion” con ocho unidades bajo el brazo, que me asegurarán los desayunos del domingo por la mañana hasta septiembre por lo menos. Esos son los pequeños consuelos que nos mantienen mientras llegan las quiméricas grandes oportunidades.




viernes, 31 de marzo de 2017

503: XIV Muestra Syfy: No se puede parar después de ya 10 años




Aunque di casi por terminado hace tiempo mi recorrido bloguero, se me hace raro llegar a marzo y faltar a mi cita con la crónica de la Muestra Syfy, que, como ya he dicho otras veces, es un raro fogonazo de la vida que debería haber llevado, insertado en medio de una existencia más prosaica y menos chiflada, amén de una constante puesta en cuestión del tópico según el cual los gustos compartidos acercan a las personas, cuando en realidad podía llegarse a argumentar que, si en una sala se sientan, digamos, 400 personas a ver la misma película, asomándonos a la mente de cada una nos encontraríamos procesos de comprensión y asimilación que a la salida resultarían en 400 películas diferentes cuyos efectos positivos o negativos sobre sus sensibilidades dependerían de factores tan aleatorios como que la casa del protagonista le recordaba a la de su tía Josefina, en cuyo patio el espectador A le robó sus primeros besos a una prima, o que la música del tema principal está plagiada del grupo preferido de un ex novio de la espectadora B que le hizo la vida imposible en la universidad antes de dejarla por una búlgara.

Suerte que en la vida actual lo de la diferencia de pareceres se resuelve de una manera más sencilla: vas a Internet, lees un par de opiniones, copias y pegas en tu mente lo primero que te suene bien y de esa manera tienes algo que decir en la conversación. Antes por lo menos te encontrabas opiniones excéntricas pero originales: ahora el primero que marca tendencia en Twitter ve su juicio repetido en eco decenas de cientos de veces. Y a falta de Twitter, el lado oscuro de los visionados en sala: lo que un servidor llama “el linchamiento colectivo”. Cuando un par de espectadores marchosos se cachondean en voz alta de una película y sus compañeros de butaca les siguen, la percepción del pase se ve inevitablemente coloreada por las intervenciones de los graciosos de turno.

  

Este es el motivo de mi desazón ante el pase del que iba a ser uno de los títulos estrella de la Muestra, “Seoul Station”, el proyecto animado principal del que salió esa especie de spin-off en imagen real, “Train to Busan”, tan bien acogido y con tanta repercusión que hasta lo vimos en salas comerciales españolas a inicios de este mismo año. Pues bien, se trató de una peli que no solo no cayó en gracia sino que se tomó directamente a guasa y los guays a la salida iban hablando de lo mala que había sido y todo el percal. Considerando que son proyectos “gemelos”, surgidos del mismo director y guionista, uno solo puede aventurar que parte del público de hoy ya es incapaz de admirar una animación tradicional, realizada sin ordenador, y que apuesta conscientemente por cierta tosquedad y fealdad para ser coherente con una temática más dura y sucia. A Yeon Sang-Ho ya le funcionó esta estrategia con las anteriores “The king of pigs” y “The fake”, pero, por alguna razón, el público del Palacio de la Prensa no recibió bien su nueva propuesta de este estilo. A uno se le ocurren varias explicaciones. En primer lugar, al revés que “Busan”, “Seoul Station” no es una película de espectáculo, no es un blockbuster, sino una serie B oscura de ritmo lento. En segundo lugar, los personajes no están creados pensando en la identificación con el espectador (si se piensa bien, todo el terror teen está lleno de mozalbetes salidos y confusas aspirantes a reinas de la belleza), sino que son seres tarados, estúpidos, incapaces de tomar una decisión correcta, todo bajo el signo de una voluntad de crítica social que nuestros vecinos de sala tomaron de manera contumaz por mala escritura de guión (a propósito, sigo sin tener tan clara la coña de “cierra la puerta” que se fue repitiendo de película a película durante el fin de semana: estoy seguro de que la mayoría de las personas, si fueran perseguidas por un “zombi rápido”, no pararían su carrera para cerrar una puerta de la que no tienen llave, amén de que, si una chica, teniendo una cama detrás, se sienta a una mesa y se queda dormida, es para intentar decir que está tan cansada que le da igual cualquier sitio y postura para conciliar el sueño; a muchos me gustaría verlos escribiendo un guión y haciendo una peli, a ver si lograban sacar algo de lo que no se riera nadie). Otro punto interesante es que “Train to Busan” es un blockbuster, con todo lo bueno y lo malo, con una moraleja humanista muy general y sus buenas dosis melodramáticas, mientras que “Seoul Station” aborda temáticas más espinosas, como la prostitución, la pobreza, la disgregación familiar, la conflictividad política o la brutalidad policial. ¿Una estética más low cost predispone más a sacar defectos a una ficción? ¿Unas actuaciones algo flojas de los actores de doblaje (sensiblemente por debajo de las de los seiyuu japoneses) roban legitimidad dramática a un film de animación “serio”? ¿Una peli de animación siempre va a ser peor valorada que una de imagen real? ¿La influencia nefasta de Pixar (que, por cierto, jamás produciría una peli de animación con una historia como esta) terminará por conseguir que al público joven no les gusten los films dibujados a mano? Preguntas que no me estaría planteando si hubiera visto “Seoul Station” con otros cuatro gatos en una sala de versión original y por tanto la considerara, a falta de feedback exterior, como una firme candidata a peli de culto en la década de los 20.


El segundo linchamiento que presenciamos en la Muestra estaba más que anunciado, pues se trataba de la presentación de una película española, el western de Víctor Matellano “Stop over in hell”, cuya falta de calidad se daba por supuesta entre el público desde mucho antes de verla. No voy a entrar en el tema del negativismo en torno a nuestro cine, que veo llegar una digresión y me conozco, pero lo cierto es que la película, ya de entrada, parecía llegar a un lugar equivocado: al contrario que el “Bone Tomahawk” de la edición pasada, “Stop over in hell” no es cine fantástico o de terror, ni su mirada es lo suficientemente ambigua para admitir lecturas surreales o sobrenaturales. Es simplemente una película española del Oeste, la primera hecha en serio en quizá cerca de 50 años. Pero, a pesar del énfasis en la violencia, con momentos de un gore un poco rústico, y los intentos de apropiación de grandes momentos clásicos del spaghetti o de Tarantino (menos presente de lo que se ha dicho: no basta con que el psicopático “Coronel” repita la misma frase siempre que mata, necesitaríamos laberínticos monólogos de 15 minutos que por alguna razón aumentan la tensión en lugar de acabar con ella), la película es más una carta de amor o una declaración de intenciones que una obra acabada con universo propio, y puede ser vista con simpatía si uno piensa que las llanuras del Far West están en Colmenar Viejo y si sabe ver las apariciones de Antonio Mayans o Enzo Castellari como vínculos con una época que creemos más feliz porque no la vivimos. Confieso que intenté que me gustara: Pablo Scola está convincente como el villano protagonista y hay una clara intención, que no se puede o no se sabe plasmar visualmente, de evocar los sórdidos años 70 del rape and revenge, de “La última casa a la izquierda” o “Los visitantes” de Elia Kazan, pasando por las galerías de tarados secundarios del cine de Peckinpah (uno de ellos, el negro apodado “Cuba”, se erigió en uno de los héroes de la Muestra, a poco que un actor de color se asomara siquiera un poco a la pantalla), pero el pulso narrativo va decayendo a ojos vista porque la decisión de no apoyar el desarrollo con subtramas o sorpresas obliga a que los dos momentos culminantes sean una demostración de fuerza y virtuosismo en la dirección y actuación a los que no se aspira lo suficiente. Lo que recordaré más del momento “alfombra roja” fue la bajada del escenario de un ya anciano Mayans, ayudado por el también anciano Colin Arthur a descender los escalones. El hecho de que el ex actor fetiche de Jess Franco llenara la pantalla en su breve intervención, cuando en su juventud exasperó a legiones de fanáticos de la serie B, hace concebir esperanzas positivas, por una vez, acerca del paso del tiempo.


Otra de las películas impopulares fue “47 metres down”, del director Johannes Roberts, cuya historia en torno a las tribulaciones de dos turistas estadounidenses cuya jaula anti-tiburones se suelta del barco para aterrizar en el fondo marino tenía al menos las distinciones de estar rodada casi íntegramente bajo el agua, desafío técnico del que salía más bien airosa, y de no abusar del CGI chungo como en multitud de telefilmes de nuestro canal patrocinador. Lo malo, claro está, es que la película, como el western de Matellano, pinta poco en un evento como la Muestra (de hecho, el componente terrorífico es tan bajo que la película podría ser emitida en horario infantil sin problemas) y tiene toda la pinta de ser un reemplazo de emergencia para la ya anunciada en febrero “Swiss army man”, que por haber sido estrenada en salas la semana anterior, aprovechando una ventana de exhibición disponible, tuvo que caer del cartel, desafortunadamente a mi entender, pues el humor marciano y las extravagancias del film de los Daniels habrían generado los suficientes cachondeo, polémica, admiración e irritación para dotar de energía a una jornada que, entre el frío exterior, mínimo histórico de temperatura en los 14 años de la Muestra, y el frío interior generado por la mala acogida a un título programado tras otro, estuvo a punto de pasar a la historia también como la más triste.


Sin embargo, a dos semanas de distancia, la peli inicial de la tarde, “Worry dolls”, se recuerda con un poco menos de desprecio, dado que tendrá el guión todo lo flojo que queráis, y el protagonista, Christopher Wiehl, será todo lo mazacote que queráis, pero tener una cabeza atravesada por una taladradora mecánica a los tres minutos de metraje es todo un manifiesto de desprecio al mainstream (de hecho, apenas un canal tan grindhouse como Dark se animaría con algo así, y con lo de grindhouse aludo también a la calidad técnica de su imagen). Si vemos la película como lo que es, una serie B que, con un presupuesto que no llegaría ni para los cafés de Brad Pitt, intenta presentar persuasivamente un concepto que aspira a ser original y atractivo sin serlo en realidad pero cae en una confusión sin remedio (los amuletos que un psicópata llevaba colgados al cuello, pasando a otras personas, las impulsa a cometer horribles asesinatos basados en sus peores miedos) y hace gala de una ingenuidad que a veces la hace involuntariamente graciosa. Miro en IMDB al director Padraig Reynolds, veo que “Worry dolls” es su segundo largometraje tras un periodo de espera de cinco años, y me convenzo de que estas películas pequeñas y modestas tienen que existir, como parte de un proceso de aprendizaje, como una manera de formar parte de esos escalafones medios de la industria que en EEUU sí existen (aquí en España solo hay dos opciones: triunfar o morir) y como una perpetuación de una manera de hacer cine artesanal pero honrada que parece perdida para la pantalla grande entre tanto blockbuster y que, si bien ha dado, da y dará muestras con más talento que el evidenciado en esta película, debe tener un lugar en muestras como esta. Lo que me inquieta es la ecuación “si quieres tener cabezas taladradas y litros de sangre, no puedes esperar también personajes, argumentos y diálogos de interés”.


Algo que se podría aplicar también, aunque intente de un modo grandilocuente demostrar lo contrario, la que para mí fue la peor película de la Muestra, peor que “Worry dolls”, peor que el western de Matellano y peor que la de los tiburones. Y me da rabia decir esto, porque la anterior película de Rob Zombie, “The Lords of Salem”, me pareció de lo mejor que ha sabido hacer un director que no escribe guiones, que improvisa en todo momento y busca crear un efecto acumulativo de ideas brillantes e impactos visuales. Normalmente, lo de Zombie es un batiburrillo de carnavales ambulantes siniestros, brutalidad provinciana, sexo sucio y surrealismo pop, aspirando casi a ser una versión grindhouse de David Lynch y renunciando a contar una historia “como Dios manda” ya desde su debut con “La casa de los 1000 cadáveres”. Pero lo bueno de “The Lords…” era que Zombie aplicaba su morro soberano a crear atmósferas e imágenes extrañas y abigarradas, de una manera ciertamente pretenciosa (palabra que para mí, en esta época en que los youtubers amenazan con convertirse en la corriente principal de la cultura, es más un elogio que otra cosa) y ciertamente mal recibida por muchos seguidores del terror que, básicamente, lo que quieren es carnaza. Y supuestamente “31” es lo que la gente quiere: ambientes setenteros y sórdidos y carnaza a kilos. Pero no una carnaza cualquiera, sino una carnaza “de autor”, pero “de autor” en el mal sentido: casi todas las decisiones narrativas o visuales parecen arbitrarias, cualquier laguna parece taparse con la excusa del surrealismo (pones a Malcolm McDowell con una peluca del siglo XVIII y ya da igual que largues el enésimo refrito de “El malvado Zaroff”) y se pretende remachar que se te está transmitiendo una visión oscura del mundo a través de interminables monólogos “tarantinescos” con una pinta improvisada que echa para atrás (yo sigo esperando la historia que Richard Brake, alias Doomhead, iba a contar a su primera víctima allá por el minuto 4 o 5 de peli) y que dan lugar, al final de la película, a un momento autoparódico que sería divertido de no ser porque los planos finales lo desmienten porque sí. En un claro caso de mezclar mil ingredientes en una cazuela para un guiso que no sale, se combinan a propósito elementos que chocarían a un estadounidense medio o incluso progre (esos personajes negros en pleno estereotipo de “máquina sexual”, lenguaje malsonante a cascoporro, una burla inmisericorde al respeto por las minorías a través de personajes como el famoso enano mexicano con una esvástica tatuada, o la sexualización de una mujer ya avejentada como Meg Foster, cuando Hollywood nos quiere hacer creer que a partir de los 35 todas ya son mamás o abuelitas), pero la progresión narrativa no existe (es apenas una escena brutal después de otra, lo cual llega a fatigar) y el resultado visual, con esa especie de nave industrial abandonada como plató de rodaje, tampoco se diferencia demasiado de cientos de otras series B y Z a las que no se buscó dar un toque Kubrick poniendo a McDowell una peluca a lo “Barry Lyndon” mientras le atienden sirvientas en topless sacadas de “Eyes wide shut”. Que la película se rodara en 20 días se nota para mal, y un servidor alberga cierta preocupación de que Zombie convoque otro crowdfunding para hacer continuaciones, el asunto vuelva a prosperar y tengamos que tragarnos otros 100 minutos de sinsentido en una futura Muestra Syfy. Lo mejor de todo, corear en los créditos iniciales ese temazo que siempre ha sido “Walk away” de James Gang.

 (No me resisto a hacer un pequeño inciso sobre el conato de escándalo mediático formado durante el pase de esta película, en la sala supuestamente “no mandanguera”, y que intentó ser controlado por la dirección del evento solicitando amablemente el borrado de varios mensajes en Twitter, esa red tan peligrosa que hasta puede facilitar la venganza de ultratumba de Carrero Blanco. Aunque al parecer se trató de un tipo con manos largas tratando de aprovechar los sobresaltos de la película para tantear las formas de una vecina de butaca, la sucia mente colectiva de la red lo convirtió en un perturbado excitado sexualmente por el gore que se la meneaba allí mismo hasta que alguien de su entorno lo descubrió y fue expulsado de la Muestra, en teoría para siempre, lo que me evoca imágenes de una foto sumistrada al personal de entrada en años sucesivos con un pie de foto en plan “persona non grata”. Uno en serio no sabe qué es peor, porque el punto de vista oficial le dejó perplejo. Ahora resulta que el típico imbécil que mete mano en los cines es un monstruo peor que Hitler, mientras que por otro lado estabas dando una imagen de los fans del terror y el gore como unos locos peligrosos que se la menean cuando ven imágenes de sangre y violencia, al estilo de Nacho Martínez en “Matador” de Almodóvar, cuyos sucedáneos del porno eran “Seis mujeres para el asesino” de Bava y “Colegialas violadas” de Jess Franco. No nos parece bien ninguna de las dos cosas, pero la primera, magnificada desde el escenario del cine, se arregla tan solo poniendo en su lugar al tonto de turno, mientras que la segunda daña mucho más la imagen y respetabilidad del género de terror y sus seguidores. Con este clima un tanto inquisitorial que quiere establecer el feminismo más hardcore, para el cual, si haces siquiera la más pequeña ironía que ponga en duda el dogma de la igualdad entre los sexos, se te puede culpar de todas las mujeres asesinadas por sus respectivos, uno casi está tentado de empatizar con el pajillero, aunque lamente su elección de material para excitarse. Pero al final es la única opción cuando no haces más que incurrir en micromachismos en tu vida cotidiana. Un servidor, por su parte, ya no vuelve a ceder asientos o ayudar a llevar nada pesado a ninguna chica, pues con ello está menoscabando su fuerza y sus capacidades y por tanto dando por hecho que es un ser débil que necesita la ayuda de un fuerte y magnánimo macho).




Volviendo al hilo principal, por mirarlo desde el lado positivo, al menos “31” es una película que no tendremos oportunidad de volver a ver en la gran pantalla y que supone un cierto antídoto, si bien estomagante, a la supuesta tiranía del mainstream y los blockbusters, que también estuvo muy bien representada en esta edición, pues se abrió con “Logan” y se cerró con “Kong: La Isla Calavera” (en claro contraste con la XIII Muestra y sus dos “sujetalibros” de neto carácter indie, “La invitación” y “High-Rise”). Probablemente se debiera a mi cansancio acumulado, pero quedo muy guay y muy alternativo diciendo que perdí un poco el hilo de la historia por sueño durante ambos títulos, como supuesta demostración de que lo comercial y adocenado ya me aburre y que mi espíritu solo se estimula ya con material más cutting edge (pose estúpida que es solo tres cuartos falsa: el año pasado, en la misma tarde, llegué al extremo de aplaudir con las orejas “Cemetery of splendour” de Apichatpong y a continuación ver con desdén y hastío “Captain America: Civil War”). Como son películas que vamos a tener hasta en la sopa, tampoco me extenderé demasiado en cada una. “Logan”, supuesto carpetazo (hasta el siguiente reboot, al menos) de la saga sobre Lobezno, apuesta por un tono crepuscular, una violencia explícita y una seriedad dramática que por sí mismos no inventan la pólvora pero se aprecian más en el contexto de un universo fílmico Marvel en el que el Doctor Extraño usa wifi y hace chistecitos sobre Beyoncé. Nunca he sido un seguidor acérrimo de la franquicia mutante que acabó con mucho del potencial de Bryan Singer, de modo que solo me queda la opción de exhibir mi ignorancia: por más que Lobezno haya perdido aquí su inmortalidad, sigo encontrando a Hugh Jackman demasiado fornido y apuesto en esta entrega para considerarlo el personaje decadente que se nos quiere vender (no así ese profesor Xavier en plan viejo chocho perdido), la trama sigue siendo un poco la de siempre y para colmo se nos recicla esa trama en plan “el mentor y guía de los niños perdidos” que tan poco gustó hace 32 años en “Mad Max: Más allá de la Cúpula del Trueno” (que por cierto tiene un final, con la tribu aguardando a otros supervivientes en la ciudad desierta, que encuentro de todo menos esperanzador). Algo interesante de la película es un diseño de producción que trata de dar un aspecto de “futuro cercano” a través de muchos detalles que solo advertirán los que se fijen bien, empezando por los coches, y que suponen un ejemplo de departamentos “secundarios” haciendo un trabajo en el que guionistas o directores no quieren entrar. Eso sí, James Mangold tiene el detalle de citar en los agradecimientos finales a Alexander Mackendrick, pero los cinéfilos más maleados, en lugar de ver en estos niños mutantes asilvestrados un tributo a “Viento en las velas”, harán bien en interpretarlos como los cimientos de la próxima generación fílmica de la eterna “Patrulla X”.


En cuanto a “Kong”, me soprende un poco que a Peter Jackson se le afeara hace 12 años pasar tanto metraje en la isla de los monstruitos y ahora el hype de la superproducción de Legendary nos lo quiera hacer pasar por una idea originalísima. No es mala idea hacer tabla rasa de todo lo hecho anteriormente sobre el gran simio, e incluso incurrir en una cierta justicia poética (después de haber sido abatido tres veces por la aviación en EEUU, sienta bien verlo victorioso frente a un batallón de helicópteros militares), y sería un tanto injusto reprochar a la peli ser poco más que un festival de peleas entre bichos gigantes, pero no dejo de ver el pretexto algo débil (esperé en vano motivos ulteriores para el viaje a la isla), trasladar la ambientación a unos años 70 post-Vietnam, que podría haber dado bastante juego temático, sirve para poco más que crear una mixtape con éxitos de Bowie, Black Sabbath o la Creedence, y juntar un reparto de campanillas para luego dar a sus personajes muertes estúpidas no tiene mucha lógica artística. El concepto oficialista, transmitido en la presentación de Dolera, de que las majors ahora dan sus superproducciones a jóvenes talentos surgidos de Sundance para así imprimirles un tono personal me suena un tanto hueco aquí, pues, ni hay conceptos atípicos ni sorprendentes (la única nota anti-establishment, que podría consistir en hacer del líder militar un villano vengativo que conduce a sus hombre hacia la muerte, se palía por comité con el entrañable veterano de la II Guerra Mundial abandonado en la isla que interpreta John C. Reilly), ni tampoco Jordan Vogt-Roberts hizo una declaración fundamental sobre el arte y la vida con la simpática “The kings of summer”. Seamos prosaicos: estos directores jóvenes y ambiciosos lo que son es más manejables. Comparemos “Kong” con la denostada en su momento versión de Jackson y lo cierto es que la de Jackson era mil veces más “de autor” (esta vez en el buen sentido, que ambos existen), con una sensibilidad hacia lo pulp, lo fantástico y lo terrorífico que aquí me cuesta ver. Ni siquiera creo que los efectos de la película de 2005 hayan quedado lo suficientemente anticuados para que una reactualización fuese tan necesaria. Se ha creado un nuevo Kong, y se le ha hecho más grande, con el objeto de que en unos años se va a enfrentar a Godzilla, no hay más. Solo me quejo de que los responsables de esta peli se hayan olvidado de espectadores pretenciosos y gafapastiles como un servidor, que realmente quieren subtextos, simbolismos, metáforas y todas esas chorradas. Y para colmo hubo demostración fehaciente durante el pase de que solo se “lincha” al cine pobretón que carece de glamour y padrinos: en las primeras apariciones del militar antagonista, de raza negra, ya surgía la voz guasona invocando a “Cuba”, momento en el que una airada voz femenina saltó: “¡Es Samuel L. Jackson!” Acabáramos: de unos dibujos coreanos “mal hechos” o de un western español rodado en Colmenar te puedes reír todo lo que quieras, pero al actor de “Pulp Fiction” (aunque también sea el de “The Spirit” o “El hogar de Miss Peregrine”) se le debe un respeto. Que aún hay clases, leñe.


En cuanto a la relación entre el público y las películas programadas, hay otro fenómeno curioso que es el de los títulos de los que absolutamente todo el mundo sabe que van a ser malísimos sin necesidad de verlos, pero que aun así son programados, quizá por algún tipo de obligación contractual u otras sórdidas componendas acaecidas detrás de la pantalla, y con los que todos alegremente se ceban, quizá como chivo expiatorio de situaciones o personas de su vida privada a las que nunca podrían atacar porque el ataque les sería devuelto, mientras que, bueno, los que están en el negocio del espectáculo deben encajar el golpe y sonreír. Lo cierto es que la finlandesa “Lake Bodom” prometía poco: ¿una especie de slasher nórdico sobre unos excursionistas que acampan en el lugar de unos célebres crímenes, y que tontamente se convierten en víctimas propiciatorias? Como todo el mundo que va a escribir las crónicas de la Muestra, he leído en Wikipedia la historia de los crímenes del lago Bodom (inspiradores también del nombre de la banda de heavy rock nórdica Children of Bodom) y la verdad es que ahí hay varias películas potenciales muy interesantes, entre las cuales habría una al estilo “Departamento Q” de Jussi Adler-Olsen, con el caso reabierto 40 años después y uno de los supervivientes acusado en virtud de los análisis de ADN recién descubiertos entonces, o incluso, dado que uno de los sospechosos oficiales era un conocido espía finlandés del KGB, se podría haber hecho una flipante panorámica de los años 60 fusionando estética pop, la incipiente revolución sexual y la paranoia de la Guerra Fría. Claro está que basarse en el caso real con un cierto margen creativo habría sido difícil debido a la aparición de personas reales que se habrían visto afectadas, y cambiar los nombres de los personajes y lugares habría robado a la peli de una de sus bazas, que es lo icónico del “caso Bodom”, mítico como lo es todo crimen aún no resuelto y sin visos de serlo. Romperé una lanza por esta película y diré que no es tan mala: está rodada de manera bastante profesional, con buen ritmo y cierta atmósfera, y tiene un par de secuencias bastante conseguidas. Lo malo es que se trata de un producto que aspira a parecer hollywoodense, y alguno de sus temas de fondo optan a captar el espíritu de los tiempos de una manera bastante oportunista: no hay película que aspire a un target adolescente en la que Internet y las redes sociales no desempeñen alguna función, y aquí, en efecto, tenemos como raíz del conflicto la caída en desgracia de una estudiante por unas supuestas fotos de desnudo difundidas en la red que todo el mundo afirma haber visto, y que la ponen en serias dificultades con su familia, de una estricta religiosidad protestante digna de algunas pelis de Ingmar Bergman. La excursión morbosa para visitar los escenarios del célebre crimen será el pretexto para un ajuste de cuentas con finalidad oculta entre dos parejas jóvenes y guapas (por cierto, di por hecho que Mimosa Willamo sería la lánguida y mullida rubia víctima del engaño, pero IMDB me revela que era la morena dura y espabilada, una prueba más de que uno no se puede fiar de un nombre), que, previsiblemente, se terminarán topando con el verdadero asesino nunca castigado. Dejo al lector la capacidad de juzgar si el perpetrador de unos asesinatos en el año 1960, es decir, 55 años antes del año de estreno de la película, estaría aún en condiciones de repetir la hazaña, así como de evaluar la pertinencia de haber desechado la vía de un suspense aséptico con sus momentos puntuales de violencia, tal como lo vemos en pantalla, y en su lugar crear una espectacular pesadilla ultra-gore que a buen seguro habría indignado a los conocidos y familiares aún vivos de las víctimas de un crimen que parece haber marcado la conciencia colectiva nórdica (no me parece muy descabellado ver en él el origen de la tienda de campaña roja de la saga noruega “Villmark”). Probablemente veremos a Taneli Mustonen al frente de alguna secuela de un éxito de terror made in USA. En cuanto a cine finlandés se refiere, no parece haber término medio entre dos historias de éxito tan diferentes como las de Aki Kaurismäki y Renny Harlin.


El tema de los estragos de Internet aparece también en una de las películas bien recibidas de la Muestra, “The good neighbor”, ópera prima de Kasra Farahani, hasta ahora dibujante y asistente del director artístico en un buen número de producciones importantes, últimamente en “La serie Divergente” o “Guardianes de la Galaxia Vol. 2”. Vendida al público de la Muestra como una inteligente comedia negra con un papelón de James Caan casi en plan “abuelito cabrón”, descorazona un poco ver que en el fondo no es una película de James Caan, sino de los no muy conocidos joveznos Logan Miller y Keir Gilchrist, con una de estas tramas “guays” que aseguran la atención de un público adolescente porque, ya lo dijimos antes, los protas usan Internet, en este caso para espiar y hostigar a un vecino malhumorado que supuestamente maltrató a su esposa hasta que ella murió. No niego que es ingenioso hacer de la puesta en escena y de la posición de las cámaras un motivo argumental básico (lo que sí dudo es que no se haya hecho antes), ni que la estructura en flash-backs, durante un juicio por unos hechos que aún no conocemos, sea eficaz a la hora de mantener el suspense (aunque el uso clásico de ese procedimiento sea la novela “¿Acaso no matan a los caballos?” de Horace McCoy, publicada allá por 1935), y la narración está dosificada de un modo eficaz e impropio de un director debutante, pero he de admitir que el resultado me emociona menos que a otros espectadores de la Muestra: el estilo visual viene más marcado por el hardware usado que por decisiones humanas (ya dijo Godard, en una de sus típicas meadas fuera del tiesto, que “El odio” estaba rodada por Sony y no por Mathieu Kassovitz), los jovencitos protagonistas irritan (claro que en el tipo de pelis programadas aquí no voy a ver muchos personajes de cuarentón sexualmente frustrado con los que pueda identificarme) y la “zona de ambigüedad” no está muy bien lograda (dudo que algún espectador, tal como están presentadas las cosas, pueda creer durante siquiera cinco minutos en el posible lado oscuro del “inquietante vecino”). Es interesante en cierto modo cómo, para uno de los protagonistas, se logra convertir un desenlace desastroso en todo un happy end gracias al cual todas las tribulaciones futuras merecerán la pena, pero ese inquietante cambio de prioridades me parece un poco hueco cuando gran parte del atractivo de lo que sucede se basa en las cosas tan chulas que te permite hacer la tecnología. Es como los que piensan que “La red social” es una ácida crítica a Facebook, cuando lo que logró básicamente es subir el perfil mediático de Facebook unos cuantos enteros, amén de legitimarla culturalmente. No se puede luchar contra la industria del armamento a tiro limpio.




Curiosamente, después de “The good neighbor”, que podría ser definida como “una falsa película de James Caan”, tuvimos la agradable sorpresa de “I am not a serial killer”, que contra todo pronóstico terminó siendo “una verdadera película de Christopher Lloyd” y se ganó el entusiasmo de los asistentes pese a ser una producción indie de ritmo moroso que, imaginamos, perderá bastantes enteros en revisión una vez perdido el elemento sorpresa. Pero, mientras tanto, la película de Billy O’Brian nos proporcionó el placer de la película festivalera de la que no sabíamos nada y que terminó dando más de lo que prometía en un principio. Me gustaría no decir nada del argumento (de hecho, una de mis reglas hoy por hoy como espectador es tratar de no leer nada sobre la temática y argumento de las películas y llegar ante la pantalla lo más virgen posible), pero baste decir que lo que parecía en un principio una comedia negra costumbrista sobre los problemas de un adolescente diagnosticado como posible psicópata (interpretado por Max Records siete años después de su papel protagonista en “Donde viven los monstruos” de Spike Jonze) termina convirtiéndose en una película de fantástico / ciencia ficción con todas las de la ley, y que lo que parecía un cameo geriátrico más del intérprete de Doc Brown (ver la reciente "Cold moon", programada en el festival Nocturna) acaba por ser un papelón completamente tomado en serio con sus momentos emocionantes y todo. El ambiente invernal y nevado suele funcionar bastante bien en este tipo de historias, y las evocaciones del “universo Stephen King” (durante un tiempo creemos estar ante una variante de “Apt pupil”, alias “Verano de corrupción”) así como un sentido de la cotidianeidad macabra (la madre del chico tiene una funeraria) que puede traer a la mente la serie “A dos metros bajo tierra” son puntos de anclaje eficaces pero también muestran que la película es mucho menos original de lo que parece (y es que la originalidad tiene un precio, como pueden atestiguar infinidad de autores de películas únicas consideradas obras de culto, y que hubiesen preferido tener una carrera profesional en el cine antes que ser reivindicados 20 años después por gente rara), y que en definitiva lo que hace es pulsar una serie de botones a los que nuestro tipo de público siempre responde. Pero da igual. No me importa que me pulsen botones, siempre que sea consciente de ello. El placer en la vida es menos frecuente de lo que se cree. Y no olvidemos, antes de pasar a otra peli de la Muestra, la curiosidad friki que gustará a más de uno: el monstruo fue creado por Toby Froud, hijo de Brian Froud, diseñador conceptual de “Dentro del laberinto” de Jim Henson, y efímero actor infantil como aquel niño que raptaba Bowie para llevárselo a su dimensión fantástica. 




Otra figura célebre de la fantasía fílmica, vista este año en un contexto diferente, es la del hobbit Merry (¿o era Pippin?), interpretado en la trilogía de “El Señor de los Anillos” por el actor británico Dominic Monaghan, que solo volvió a tener un momento de gloria como uno de los náufragos de la isla de “Perdidos” (“Flash Forward” no cuenta) antes de ponerse a las órdenes del catalán Carles Torrens en “Pet”, enésima reactualización de los paralelismos entre relación de pareja, secuestro, psicopatía y sadomasoquismo que llevan coleando en el mainstream más o menos desde que John Fowles publicó su novela “El coleccionista” en 1963. Es interesante ver a un actor especializado en personajes “monos” en la piel de un enamorado obseso y secuestrador, aunque eventos posteriores que no deberíamos relatar aquí vuelven a poner su papel en la perspectiva correcta: el pobre Seth no tiene oportunidad ninguna frente al personaje que interpreta la letona Ksenia Solo. Es posible que ahí se haya buscado la solución fácil, pues quizá habría sido más interesante tener como actor principal a una mala bestia que terminara por revelar su lado vulnerable, en lugar de a un hombre peculiar pero que en el fondo nunca fue malo del todo. Hacer sentir miedo por el malo habría sido un desafío mucho más interesante, pero la película, fiel devota de la estrategia contemporánea “un giro de guión cada 15 minutos” cumple su cometido de mantener cierta tensión, intrigar ligeramente y ofrecer sus ocasionales escenas gore. Respecto a esto último, es interesante recordar que “Pet” se rodó en el mismo plató que el primer “Saw” y que podría en cierto modo verse como la cuna del efímero subgénero torture porn. Como no estoy tirando demasiado de Wikipedia, me llama la atención en la trayectoria de Torrens que no haya prácticamente nada en ella, incluso desde su etapa cortometrajista, que tenga ambientación spanish. Si la intención es crear proyectos competitivos, que puedan camuflarse sin problemas entre títulos estadounidenses “de pura cepa”, se ha logrado el objetivo: la factura es impecable, la planificación muy eficaz y las interpretaciones anglosajonas más que correctas. Claro que existe un lado negativo en esa ambición, el riesgo de pasar desapercibido entre muchos otros proyectos similares que aparecen cada año. Volvemos a lo de “Lake Bodom”: ¿es mejor aspirar a una personalidad creativa única que hará que tu producto sea marginado por muchos pero eliminará toda la competencia para quien quiere lo que tú hagas o por el contrario es preferible una eficiencia sin cara que te permita optar a un pedazo, aunque sea pequeño, del mismo pastel que todos se disputan? Bueno, siempre puedes incluir tu toquecito creativo, como hizo el compositor de la música de “Pet”, que, en sintonía con el tema de la perrera y el sacrificio de animales abandonados que nadie quiere, incluyó ladridos en el ritmo de uno de los fragmentos musicales… sin conocer al público de la Muestra ni imaginarse que esos ladridos iban a ser coreados por gran parte de los espectadores.




Este año, contrariamente a otros, sí hemos tenido “sesiones golfas” a la altura, no solo gamberras sino también ofreciendo valores cinematográficos más allá de la desvergüenza. Entre el viernes y el sábado vimos “The funhouse massacre”, que en clave de comedia juvenil cumplió las pretensiones frustradas de dos películas recientes: por un lado, homenajea al típico slasher de los 80 como “The final girls”, pero sin verse obligada a ser para todos los públicos y por tanto a prescindir de ese elemento tan esencial que es el gore, y por otro, “Escuadrón Suicida”, al no tener entre su supergrupo de psicópatas a ningún Will Smith ni a un todopoderoso comité detrás preocupado por invertir millones del conglomerado Warner en las aventuras de unos personajes que nunca les caerían bien a la gente sanota de la América profunda. El director Andy Palmer, ya desde el principio en el que Robert Englund pasa revista a los internos de una especie de Arkham Asylum, se plantea su historia en clave de tebeo caricaturesco y salido de madre, con una presentación antológica de cada uno de los psycho-killers encerrados, y su manejo de los estereotipos teen del grupo de incautos jovenzuelos que entra en el parque temático sobre asesinos en serie del que sus inspiradores evadidos toman el control es lo suficientemente divertido y habilidoso, y está lo suficientemente bien conjuntado con una progresión eficaz del suspense y la comedia, y con un despliegue de efectos físicos que suponen todo un balón de oxígeno en medio de la tiranía CGI que vivimos, que el hecho de que la peli sea básicamente una tontería entretenida acaba por convertirse en una virtud más que en un defecto, sobre todo después de las dos películas anteriores, a saber, la de los tiburones y el western de Matellano. Lo único que lamento es que los proyeccionistas no hicieran zoom y visionáramos la peli en un formato “no anamórfico” de 1:2,35 con bandas negras arriba y abajo que supuso todo un retorno a aquellos pases en el Palafox de títulos como “Cargo”, “Tucker & Dale vs. Evil” o “Shadow”. Un recuerdo involuntario para una antigua sede que, tras su cierre, recompra y previsible reforma, nunca volverá a ser la misma, hecho que nadie mencionó y que me obligó a quitarle el micrófono a Dolera en la sesión de clausura para tributar un pequeño homenaje a la entrañable sala donde un servidor ha vivido algunos de los mejores momentos fílmicos de su vida.




Mejor aún fue la proyección de madrugada a altas horas del domingo, con “Scare campaign”, obra de Cameron y Colin Cairnes, otro tándem de hermanos australianos (como los Spierig), que, a juzgar por lo visto aquí, darán que hablar dentro del género. Al igual que en “Pet”, se emplea una estructura de guión que un servidor denomina “de cajas chinas”, en el que un módulo argumental contiene un giro que lleva poco después a otro y así sucesivamente, con lo que la propia naturaleza de la historia se va replanteando cada cierto tiempo. Así, una comedia sobre un reality show de falsas apariciones fantasmales va convirtiéndose en una verdadera película de terror que traza un camino desde el sentido de la diversión ochentero hasta la obsesión por el morbo de las imágenes de asesinatos reales, enfrentando al equipo televisivo del programa, obligado a cambiar a un formato más terrorífico o ser despedido, contra una misteriosa sociedad internetera de enmascarados que actualizan la cámara-arma de “El fotógrafo del pánico” y desprenden una convincente impresión visual de satanismo y brutalidad (esas máscaras animales que llevan un poco más allá al asesino de “You’re next”). Es cierto que las sorpresas, como suele suceder, no son del todo sorprendentes, pero el impulso narrativo superó al de casi todo lo visto durante el fin de semana, y fue exactamente lo que necesitaban los espectadores que ya llevaban cuatro pases a sus espaldas: esa especie de rock’n’roll fílmico que solo puede darte una buena película de terror y acción, mezclando imaginación, adrenalina con un componente revulsivo de horror físico (aún no sé en qué estaban pensando los que programaron “4:44 last day on Earth” de Ferrara en un pase de medianoche de la edición de 2012, pero me callo porque al menos la vimos: es una película que sigue oficialmente inédita entre nosotros a día de hoy). Y, después de Rob Zombie, al menos nos quedamos tranquilos: una película gore podía ser creativa en el buen sentido y ofrecer un material que dé una moderada impresión de originalidad sin salirse del tiesto a cada momento. A partir de ahora, pienso mantenerme al tanto de qué hacen los Cairnes. No diré la tópica frase “están destinados a hacer grandes cosas” porque habría que definir primero qué son “grandes cosas”. Si “grandes cosas” es un mega-blockbuster estilo “Kong”, o una saga de éxito planetario al estilo Lucas o Peter Jackson, que hipotecan tu creatividad para los restos, prefiero que los Cairnes se tomen otros cuatro años entre peli y peli, siguiendo con sus trabajos por la mañana, y ofrezcan más pequeñas sorpresas como esta. Claro que, si les preguntaran a ellos, probablemente dirían “a nosotros dadnos una franquicia de superhéroes con un mínimo de 12 partes por contrato, una casa con piscina y un estilo de vida por todo lo alto, y el público de la Muestra Syfy que se quede con sus peliculitas simpáticas”. Son dos formas igualmente válidas de ver la vida.

Dejo para el final el díptico del domingo tarde, que para mí resume, por su carácter contrastado y el abanico de emociones que despierta, lo que la Muestra Syfy aporta a mi vida y echo de menos durante el resto del año. No se puede decir que se trate de películas que vayan a ser difíciles de ver, pero acotemos un poco el asunto: una de ellas se estrenó a las dos semanas pero desaparecerá de cartel en un par de días según escribo, y la otra, a no ser que me equivoque (y ojalá sea así) quizá tenga un fastuoso estreno en cuatro o cinco salas de todo el país en pase único a las 22:30. Pero, en fin, volvamos a aquello con lo que estábamos: si recuerdo la XIII Muestra y comparo aquella tarde del domingo (un found footage en Jerusalén visto a través de gafas Google y una comedia fantástica pasable que despedía melancólicamente al ya muy malito Terry Jones) con esta (un ambicioso anime que combina de modo laberíntico comedia, romance y una ciencia ficción “para inteligentes” y una peli de autor francesa con ribetes de horror físico y saltos conceptuales que abofetean a mucho espectador “normal”), me creo vuelto a los tiempos felices del Palafox, a aquel evento para “modernos” donde podías ver cine minoritario con la sala llena hasta las trancas y así creerte en un universo alternativo, saliendo de la sala a la glorieta de Bilbao, que para muchos de nosotros tiene mucha más credibilidad como centro neurálgico de Madrid que una plaza de Callao mucho más mercantilista y ruidosa.




En todo caso, “Your name”, como tanto anime, logra la rara proeza de ser muy comercial (en Japón ha batido récords) y a la vez notablemente compleja: desafío a cualquiera a resumir en una sola frase simple de pocas palabras el concepto de la película y que se le entienda. La sospecha de que se han refundido guiones que tuvieron una existencia por separado es muy fuerte: un chico y una chica que intercambian sus cuerpos cada cierto tiempo y se ayudan mutuamente en sus dificultades intentan conocerse en persona pero no lo logran, porque, tras el impacto sobre Japón de un meteorito desgajado de un cometa, la comunicación entre ambos se interrumpió al ser destruido el pueblo de ella, muerta junto con todos sus ocupantes, catástrofe que quizá aún pueda evitarse porque el vínculo no era simultáneo, pues ella viajaba al futuro de él para ocupar su cuerpo, mientras que él se trasladaba al pasado de ella… Observen que he ocupado ya nueve líneas en letra Calibri punto 16 y aún no he empezado a desentrañar las verdaderas complejidades y ramificaciones de la historia. Y fíjense que en Japón esto no lo tira ningún comité preocupado por mantener las cosas sencillas y no perder dinero: este barroquismo se sirve con una paleta cromática llamativa y exquisita, personajes principales dibujados al viejo estilo (nada de animación 3D) y una banda sonora rebosante de “J-pop”, y arrasa en taquilla. Makoto Shinkai, tras sus años “solitarios” en los que fraguaba pequeñas maravillas de melancolía emo, fabrica la que es con facilidad su mejor película, abrazando muchos de los estilemas del anime mainstream de los que antes parecía renegar (entre ellos, el humor adolescente y el énfasis en lo kawaii), aparcando su minimalismo (hasta en duración: se pasa de los 40 minutos de “El jardín de las palabras” a cerca de dos horas bien llenas de guión) para caer sin remordimientos en el exceso, con una densidad capaz de revelar detalles nuevos a lo largo de unos cuantos visionados, pero reteniendo una sensibilidad especial y alternativa, como muestra el increíble impacto emocional de un desenlace basado en la situación más común y menos espectacular del mundo, pero que adquiere una resonancia inaudita después de todo lo que hemos visto. Lo siento por los millenials duros y cínicos que vean aquí sacarina y cursilería; que se queden ellos en su habitación sucia y desordenada disfrutando sus vídeos de autopsias mexicanas y ejecuciones reales en la Camboya de Pol Pot. Yo disfrutaré de esta joya esteticista hasta el delirio (no es casual que “Your name” haya ostentado el récord de aplausos a la Luna de toda la Muestra) y me emocionaré creyendo durante 100 minutos que el guión de la vida no tiene por qué estar escrito de antemano y que conocer a una persona nueva puede representar una diferencia cósmica en el orden de las cosas.




Después llegó “Crudo”, sobre la que ya su título internacional da una impresión equivocada. Lo que pasa es que “Grave” es demasiado francés y demasiado intraducible: hay un matiz ahí de argot y de locura juvenil que ninguna traducción podría reproducir, con lo cual se nos deja con el mensaje de que es una película sobre canibalismo, que no es necesariamente el caso. Al revés que “I am not a serial killer”, que era una peli cien por cien de género con ropajes indies, “Crudo” es una peli indie cuyos componentes de terror han sido empujados a primer término por su publicidad, pero que ignora olímpicamente, y hace bien, toda la parafernalia y toda la lógica interna propia de los códigos del terror como género. Entre algunas de las quejas suscitadas por la película (amén del decepcionado “no era para tanto” entre los que esperaban algo tan fuerte o más que una autopsia mexicana o una ejecución camboyana) hay una que tiene fundamentalmente razón pero revela que se está procesando la experiencia con un chip equivocado: “la historia no hay quien se la crea”. Y es verdad: es difícil o imposible admitir que determinadas escenas podrían suceder en la vida real, incluso si queremos admitir que en materia de comportamiento aberrante todo es posible. Del mismo modo que es difícil leer “Crash” de Ballard (o ver su adaptación al cine por Cronenberg) tomando al pie de la letra que podría haber un grupo de personas que realmente buscaran tener accidentes de circulación con un objetivo de gratificación erótica. “Crudo” es en definitiva una fábula, una transmutación metafórica del proceso de paso a la edad adulta, la transición entre una infancia en la que se te mantiene ignorante de una serie de hechos de la vida y la abrupta entrada en esos secretos, que a los ojos de un niño son irremediablemente sucios y violentos. La clave para entender el rol del canibalismo en el argumento es que la familia, ante los ojos del mundo y la sociedad, practica un vegetarianismo estricto, pero en privado la pulsión por comer carne cruda es irresistible. En cierto modo, convertirse en adulto equivale a aprender a fingir, a ser hipócrita. Si te pillan en público, puedes ir hasta a la cárcel, por tanto lo importante es que no te pillen. Junto a esa dimensión social, también hay una dimensión política, ejemplificada en el bizutage que sufren los alumnos de primer curso de la facultad, lo cual lleva a una división férrea entre clases sociales: los novatos, obligados incluso a dormir al aire libre con sus colchones, y los veteranos, que disfrutan de un frenético tren de vida lleno de música, orgías y drogas. Únanle a esto el momento “rap feminista”, con el tema titulado “Plus putes que toutes les putes”, que ha irritado por doquier a unos cuantos espíritus sensibles de variado espectro ideológico, y quedará claro que esto no tiene nada que ver con el famoso y efímero “cine extremo francés” ni estamos ante un psycho-killer al uso, e incluso, si nos ponemos pijoteros, podríamos no estar ni ante una película de terror. Pero, al contener temática extrema manejada de un modo no realista, y por momentos surrealista, a un servidor le costaría negar de un modo tajante la pertenencia de “Crudo” a ese escurridizo dominio llamado “cine fantástico”. La película, aunque posee un par de momentos que dan cierta aprensión, parecerá casi de Disney a los que quieren ver sangre y vísceras, pero en cambio será muy embarazosa para gran parte del público educado del cine de autor. El que suscribe la valoró bastante, le pareció una plasmación muy válida de todo ese imaginario sangriento femenino que tiene su origen en los traumas de la menstruación y el resto de brutales peajes que se pagan a la biología por pertenecer a ese sexo y no al otro, una aportación curiosa al subgénero coming of age con un enfoque yo creo que nunca visto sobre el tema de la rivalidad con la hermana mayor y más experimentada, y considera muy meritoria la interpretación de Garance Marillier y las distintas etapas, desde ángel adolescente a demonio depredador, por las que atraviesa su personaje. Por un momento pensé que las prometidas “imágenes fuertes” tendrían a menudo su origen en las prácticas de la facultad de veterinaria, pero ya vi que no: eso sí habría provocado una verdadera controversia en la época en que vivimos, y realmente no era necesario en una película bastante arriesgada y novedosa, que fue a esta edición lo que “Canino” a la VII Muestra en 2010, a saber, un título en la frontera entre lo artístico y lo explotativo, que sobre el papel podría no pintar mucho en un evento así, pero que una vez visto no deja lugar a dudas. Aparte, sorprende que Universal haya apoyado tanto la distribución y la promoción de una película que horrorizaría a la mayor parte del público “normal”. El precedente de “La bruja” muestra que a esta multinacional no le importa dar el espaldarazo a un cine malrollista y con pretensiones, siquiera como gesto de cara a la galería: luego el canal patrocinador muestra la verdadera cara mainstream del conglomerado mediante sus telefilms de gárgolas invasoras contra Edward Furlong, pero al César lo que es del César.