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sábado, 6 de agosto de 2022

531: XVIII Muestra SyFy: Terrores irlandeses



No sé si muchos os habéis dado cuenta de la labor continuada de la Muestra a la hora de difundir el cine fantástico irlandés. Ahora mismo, sin hacer una labor intensa de investigación, me vienen a la cabeza “Grabbers”, “Song of the sea” y “The cured”, en las que los tropos del terror o la fantasía se empleaban para subrayar temáticas idiosincráticas del país del arpa y la Guinness, como pueden ser el alcoholismo festivo o el problema terrorista. Bien es verdad que formalmente suelen virar más hacia el lado feísta de lo británico, a la par que hacia un gamberrismo que nos puede pillar muy cercano al venir de la catarsis de un catolicismo que por aquellos pagos no estaba vinculado a un régimen dictatorial y por tanto nunca se ha ido. Y además imagino que serán películas con derechos de proyección mucho más negociables.

La verdad es que este año Irlanda tuvo algún que otro título que levantó un poco la moral tras el bajón. Después del linchamiento público de la discreta “Settlers” y la decepción para algunos de nosotros con “Inexorable”, la comedia de terror “Let the wrong one in” (rebautizada para su estreno en la plataforma Movistar con el bastante adecuado “Date el piro, vampiro”) al menos otorgó una ración de descaro, buen ritmo y cierta imaginación.

Como siempre, la gran trampa es querer dar una sinopsis, porque eso terminaría levantando la liebre de que la película nos cayó bien porque en aquel momento necesitábamos algo así, pero que en frío sería algo vulgar y corriente visto miles de veces. La epidemia vampírica que amenaza Irlanda después de que un grupo de marchosas maduritas se trajera el virus de una despedida de soltera en Rumanía llega a un hogar modesto donde el hermano bueno, responsable y sin éxito vive en perpetua tensión con el hermano “malo”, drogadicto, macarra y carismático. También anda por allí un señor mayor, probablemente inglés, obsesionado con los horarios de trenes, que es un poco el Van Helsing de la historia.

Humor sin complejos y escenas “gore” no muy mal resueltas junto a la típica trama en la que los hermanos opuestos aprenden a imitar lo mejor del otro y una broma recurrente sobre las dificultades para volar del reciente vampirizado, que puede resultar divertida si reparamos en que viene del país de Ryanair. No recuerdo mucho más salvo que había coña post-créditos, en la que el hermano mayor, casado con su novia, hablaba con su familia por Skype del ataúd que acababa de comprar en Ikea, pero no me quedé porque las entradas, despreciando el acierto del especial Halloween, volvían a ser no numeradas y se hacía necesario correr hacia la cola de la película siguiente.



El otro título irlandés, “The cellar” (solo una de las 11 películas de largometraje que he encontrado en IMDB con el mismo título), fue un ejemplo sólido y sin originalidad de relato sobre casas encantadas, que según escribimos esto TAMBIÉN ha sido estrenado en la plataforma Movistar (vamos, propongo desde ahora que esto deje el patrocinio del canal SyFy y pase a llamarse Muestra Movistar de Cine Fantástico). Protagonizada por una ya madurita Elisha Cuthbert, unos pocos años después de “Captivity” de Roland Joffé y de la serie “24”, la película relaciona la misteriosa desaparición de una chica dentro de su propia casa con una serie de extraños símbolos que el excéntrico arquitecto que construyó la mansión situó en ella por doquier con fines tal vez no solo decorativos…

Es el tipo de película bien llevada, sin alardes innovadores, que deja claro que sus guionistas conocen la tradición literaria del género (no olvidemos que todo un grande como Sheridan Le Fanu nació en Dublín) y por tanto puede resultar simpática a los amantes del cine clásico que quizá arrugarían la nariz si el director Brendan Muldowney hubiese decidido romper la baraja y ofrecer algo distinto y radical. El público se lo pasó muy bien contando los escalones cada vez que Elisha bajaba al sótano (porque si cuentas demasiados quizá estés bajando a otro lado) y el final nos gustó por recordarnos al de cierta película de cierto director italiano, ambos permaneciendo innominados por aquello de no “spoilear” y tal.

529: XVIII Muestra SyFy: Juegos de medianoche


E
xtrañamente para una Muestra que no vivió este año sus horas más gloriosas, el apartado de las sesiones golfas no fue tampoco muy reprochable, teniendo en cuenta, y en el Palacio de la Prensa lo hemos visto unas cuantas veces, que hacer una buena película de medianoche no es tan fácil. Siguiendo las piruetas retóricas tramposillas al estilo “esto es buena literatura pero mala ciencia ficción”, está claro que una buena película de medianoche puede perfectamente no ser una buena película en general, pero poseer una serie de elementos estrafalarios, ineptos o de pésimo gusto que la hacen salirse tanto de la dimensión del “buen cine” que la introducen por sí misma en otro universo a ser posible habitado solo por ella pues no hay otro film comparable.

No puedo dedicar semejante elogio disfrazado de condenación a “The nanny’s night”, pero por alguna razón la disfruté. Empezando por su imposible voluntad de parecer una producción anglosajona rodando en inglés, intención inmediatamente traicionada al ser evidente que los actores no son nativos y dándole igual a todos los implicados a base de desparpajo, la película puede recordar, por su falta de complejos y sus ganas de divertir a pesar de, o gracias a, los escasos medios, a las producciones de Norberto Ramos del Val, aunque sin el afán por poner un chiste en cada escena que hace de Norberto una especie de émulo en clave de serie B hispana de Zucker, Abrahams y Zucker.

Las dos niñeras que buscan sacrificar a una virgen para conseguir favores diabólicos no son una temática nueva ni siquiera en la Muestra (sin ir más lejos, en el 2019 vimos “Satanic panic”, de temática muy relacionada) y eso sin hablar de cierta producción bastante vista de Netflix, pero el ritmo está bien mantenido y si algunos chistes no son los mejores al menos te los cuenta alguien que te cae bien. Es una película que apela al sentido de la amistad entre los aficionados, los que se van a alegrar de volver a ver a Diana Peñalver tantos años después de “Braindead” (y de “Fotos” de Elio Quiroga) o los que celebrarán el cameo estelar de Antonio Mayans y Lone Fleming, todo un guiño a los tiempos idealizados del “fantaterror” mucho más que cualquier escena post-créditos de las películas Marvel. Amén de que en la presentación noctámbula por parte del equipo artístico, sentí que se nos trató mucho más como adultos de lo que nunca ha hecho Dolera: en lugar de Huesitos se nos arrojaron preservativos Control. Tengo uno de ellos. Ahora mismo es un poco dudoso que vaya a poder utilizarlo en los dos años que quedan hasta su caducidad, pero el detalle se agradece.



La otra peli de medianoche, “Slumber party massacre” tiene el cierto hándicap de ser un original del canal SyFy, lo cual limita a priori lo lejos que puede llegar en violencia dentro del género “slasher”, pero a la postre puede resultar curiosa a los que gusten del subgénero por el cierto gracejo con el que intenta responder al machismo que siempre se considera inherente a este tipo de películas (a algún amargado le sentarían mal las bromas inocuas sobre “masculinidad frágil”, pero hay que reconocer que la escena en la que un “tío bueno” luce su físico bajo la ducha es graciosa). Tengo entendido que se trata de un remake, o de un reboot, de una saga "slasher" iniciada en los 80, con lo cual quizá amén de homenajear se pretenda un poco redefinir un subgénero para estos tiempos revueltos...

En cuanto a comedia sobre malentendidos en torno a tópicos del terror estamos bastante lejos de, por ejemplo, “Tucker y Dale contra el mal” (que, lo repetimos, se proyectó en una sesión de las 4), pero hay que reconocer, incluso si nos pareció un producto cumplidor y estandarizado sin mucha brillantez y desde luego sin la locura genuina que nos puede mantener despiertos a esas horas, que tampoco era un “Crazy bitches” y no daba gato por liebre. Eso sí, a la salida nos esperaba una ciudad tomada por las celebraciones de la Champions del Real Madrid y una larga noche en la que fue difícil llegar a casa.

jueves, 30 de abril de 2020

518: XVII Muestra SyFy VII: Locura de medianoche


Las sesiones golfas, tras el paréntesis afortunado del año anterior (aquella delirante entrega de “Puppet Master” y “One cut of the dead”, volvieron a su prosaica realidad de siempre, incluyendo incluso la mítica figura del Agujero de Memoria, es decir, la película de la que apenas puedo decir nada porque no me enteré de ella (“Vulcania” fue una, pero el fenómeno suele producirse al final de una tarde-noche llena de emociones). Parece ser que la sección “Midnight X-Treme” de Sitges no tiene las suficientes candidatas para entresacar de ellas títulos que, simplemente por lo cafre y gamberro, mantengan la atención de un público que lleva desde la sobremesa ante la pantalla. Para colmo, el hecho de que las dos pelis de sesión golfa de este año tuvieran un título chistoso en forma de rima ya suponía un mal presagio: para ser un buen humorista, uno de los requisitos fundamentales es no creerse gracioso.

Hablar de “Shed of the dead” me hace sentirme como uno de estos críticos festivaleros en plan Boyero que alardean de abandonar las proyecciones y escriben sobre lo que no han visto o no han querido ver, o no han querido mirar, o no han querido entender. Yo al menos tengo la excusa de no haberlo hecho aposta: el cuerpo no me daba para más, el toro rojo me traicionó, probablemente por ser de marca blanca. Eso sí, mis impresiones incompletas registraron un hecho inquietante: a pesar de que los zombis ya estaban empezando a hacer de las suyas mientras yo estaba como Joseph Cotten en el capítulo inicial de “Alfred Hitchcock presenta”, me daba cuenta de que nadie se reía, lo cual, en un subgénero de comedia con muertos vivientes que aspira a seguir la estela del hito de Edgar Wright, no suponía un buen presagio sobre su calidad o efectividad. Mis retazos de memoria no son tampoco halagüeños: Michael Berryman, el feo de “Las colinas tienen ojos”, aceptando salir en la peli para así poder rodar una escena sadomasoquista humorística con una MILF vestida de cuero, y una especie de parodia intermitente de los juegos de rol que el público recibía con exclamaciones de disgusto y abucheos cada vez que llegaba el momento. Que este pase fuese el siguiente al de “Bacurau” espero que convenciera a muchos de que a veces es mejor dar una oportunidad al cine de autor brasileño que a la enésima comedia friki que se apunta de manera oportunista al bombardeo de las cintas de muertos vivientes e infectados (en ese sentido es sintomática la broma metalingüística inicial de la peli, un raro lapsus freudiano de sinceridad, cuando se dice que el apocalipsis zombi sucedió más o menos por inevitabilidad, al insistir tanto en él los medios y en las artes; es un poco una manera rebuscada de decir, “si todo el mundo está haciendo esta mierda, ¿por qué no nosotros?”) De todas maneras, estoy convencido de que terminaré viendo la peli: plataformas como Movistar y compañía dejan en la estacada títulos de renombre como “Starry eyes” o “The eyes of my mother” (por mencionar solo dos títulos que contienen la palabra “eyes”) pero una chorradilla de zombis casposos ingleses seguro que la compran. 

Satanic panic” al menos la vi de principio a fin, con solo algún breve desfallecimiento. Es una producción de Fangoria que trata en clave de comedia el familiar motivo de que las clases altas deben su preeminencia a su práctica del culto al diablo, y dando el protagonismo a una animosa pizzera que resultó ser, debido a su pobre vida amorosa, justo la virgen que los brujos de zona residencial necesitaban para su ritual. Me doy cuenta de que, pese a que tengo constancia de que la peli me entretuvo, mi recuerdo a apenas mes y medio de verla no es muy detallado. Sé que como bruja mayor estaba Rebecca Romijn, que fue Mística en la saga “X-Men”, en plan MILF con todas las mayúsculas; que había una criatura monstruosa creada mediante originales efectos prácticos y no CGI, pero que, cuando se la enviaba a la búsqueda de la protagonista y hacía falta que se moviera, se prefería cubrirla con una sábana; que la pizzera, cuando se encontraba en una situación difícil o estresante, se relajaba pensando en “dos conejitos peludos” y que al final los conejitos peludos aparecían y se iban con ella en moto; y que al final el demonio más poderoso resultaba tener la forma de una niña que habíamos visto al principio jugando a la rayuela en la calle. Me doy cuenta mientras mi reseña va tocando a su fin de una paradoja familiar para todos los que escriben o leen sobre cine. “Satanic panic” la vi y me resultó distraída sin entusiasmar, en cambio “Shed of the dead” la vi menos de la mitad y lo que vi fue más bien horroroso, y sin embargo el artículo sobre la segunda es más extenso que el de la primera. Parece que hablar mal de lo que no se ha visto siempre da más juego.

En el fondo, me da la impresión de que el espíritu “película loca de medianoche” se encontró mucho más en “The cleansing hour”, que se proyectó en la sesión inicial del sábado y en la que, oh cielos qué horror Leoncio, también tuve cierto desvanecimiento. La idea inicial de la película me cae un poco mal en el fondo, pues es un guiño a las cosas que están de moda ahora y que en menos tiempo del que pensáis nadie sabrá lo que eran: un exorcista “youtuber” que retransmite en directo sus ceremonias, por supuesto falsas y amañadas, con actores y efectos especiales, se las tendrá que ver con un verdadero demonio que le pondrá una serie de retos extremos que le permitirán, amén de salvar la vida de su novia, ir aumentando el número de seguidores en la enésima crítica de boquilla a la cultura de los “LOLs” que llevamos vista en una Muestra en la que me apuesto a que tener cientos de miles de seguidores arreglaría la vida de más de la mitad del público (me acuerdo ahora mismo de “The good neighbor”, con James Caan puteado por unos niñatos tecnologizados, o “Nación salvaje”, en la que aparentemente podías ser un idiota y un justiciero a la vez sin ningún tipo de contradicción). La peli tendré que verla otra vez para saber si las partes que me perdí arreglan mi impresión, pero creo que el público fue tan favorable con una peli un tanto embrollada, planificada con bastante poca claridad, que no sabe qué hacer con muchas de sus ideas guays (para muestra, la gratuita aparición y desaparición de un travesti apodado Scarlett von Kock, la típica gracia epatante que pocos habrían echado en falta de haberse descartado) porque estaba planteada con un gran descaro y desparpajo, sin tomarse mucho en serio y con un ritmo lo suficientemente rápido para no pararte en pensar en lo que estás viendo. Todo lo cual, para mucha parte del público que disfruta conmigo de estos eventos, son virtudes sagradas. Para mí no tanto, pero lo respeto. A veces pienso así. Sea como sea, de las pequeñas subtramas protagonizadas por el público que, a lo largo y ancho del mundo, como si no existieran las diferencias horarias, sigue las retransmisiones del reverendo coletitas (y de “Drew”, no se nos olvide Drew, uno de los personajes más jaleados por el púbico de 2020 junto al coronavirus), termina surgiendo un gag final bastante memorable protagonizado por un personaje que nos considera un país destrozado. Y hasta aquí puedo leer, como decía Mayra (y supongo que también el no tan recordado Jordi Estadella).


lunes, 6 de abril de 2015

XII Muestra SyFy, capítulo XII: Objeto Oscilante de Baja Frecuencia


Una de las razones principales por las que la edición 2015 de la Muestra ha sido superior a las tres anteriores es que, al llegar al Callao para la sesión del domingo a las 4, en lugar de encontrarme con un “clásico popular” visto mil veces en cine, vídeo y tele y que muchas veces no lograba mantener mi interés a fuerza de excesiva familiaridad, nos encontramos con un ovni nórdico bajo el título “L.F.O.”


Segundo ejemplo este año de la alargada sombra de “Canino”, a base de claustrofobia doméstica, apacible cotidianeidad en scope que oculta pulsiones oscuras y omnipresencia del blanco, esta vez en su vertiente Ikea, se añade además un peculiar sentido del humor, surcado, como siempre según nos acercamos al Polo Norte, de un notable pesimismo, y que convierte la extravagancia en aliada de unos medios de producción menos que discretos (en estos días, me estás viniendo a la cabeza una teoría sobre el bajo presupuesto como estado natural del cine que un día desarrollaré si se tercia).


Imagino que algunos interpretarán todo como lo que pasa cuando un friki de mediana edad deja de tomar sus pastillas, pero la cosa tiene su gracia: un tipo que habla cada día con su mujer muerta en accidente y que no puede dormir por culpa de su tinnitus, busca mediante su equipamiento de sintetizadores de audio una frecuencia relajante que anule su defecto y le ayude a conciliar el sueño, topando con casualidad con un sonido que anula la voluntad y hace vulnerable al receptor a todo tipo de órdenes hipnóticas. El director y guionista Antonio Tublen, haciendo gala de un realismo que le honra, postula como primera aplicación práctica del invento la más obvia: invitar a la vecina y acostarse con ella. A partir de ahí, ella y su marido son utilizados como cobayas de un experimento que tarde o temprano saldrá de los límites de la casa y salvará a la humanidad de sí misma.


Cualquiera diría que estábamos en una Muestra SyFy de 2008 o 2009: un título en principio nada comercial, de una nacionalidad rara en el panorama distribuidor que vivimos, no especialmente trepidante en su ritmo, termina convenciendo al público del domingo a la sobremesa (un servidor puede asegurar que es la única primera sesión del evento en la que no cerró ni un ojo) y se erige en una de las grandes sorpresas de un año que, salvando tropezones como los de las sesiones de madrugada, se va perfilando en el recuerdo, a un mes vista, como uno de los mejores de la historia del evento, y desde luego el mejor desde que estamos en el cine Callao.

lunes, 30 de marzo de 2015

XII Muestra SyFy, capítulo V: Compañeros de ataúd


Cuando se elige la carrera de llevacontrarias profesional, suelen surgir momentos de crisis que ponen a prueba tu vocación. Por ejemplo, la comedia de terror neozelandesa “What we do in the shadows”: resulta tan sorprendente, tan imaginativa, tan ingeniosa, tan llena de momentos divertidos, tan cariñosa en su amable parodia con mucho de homenaje, que dan ganas de ponerla a parir. ¿Cómo se atreven estos tíos?


Pero lo cierto es que hay mucho que disfrutar. Incluso el gimmick del “falso documental” funciona bastante bien, por cuanto estamos siempre adoptando una perspectiva externa, de cámaras profesionales que nunca llaman la atención sobre su trabajo con tembleques inoportunos, se ve claramente que es un trabajo montado a posteriori, y el formato de “observación antropológica” da la coartada perfecta para que los personajes hablen de sí mismos (cosa que no sucede con otros personajes de “mockumentaries” que, en cintas hechas para consumo privado, dejan clarísimo hacia cámara todo el rato lo que están haciendo y por qué). 


La convivencia en el mismo piso de un grupo de vampiros iniciados en distintas épocas de la historia saca oro del contraste entre distintas maneras de enfocar el mito, desde “Nosferatu” hasta “Crepúsculo”, y no solo saca inspiración humorística de las reglas canónicas y su choque con las exigencias del mundo real (¿Cómo se viste un vampiro si no puede reflejarse en un espejo? ¿Cómo es posible que entre en un local nocturno si se mantiene la necesidad de ser invitado para pasar, al estilo Drácula?) sino que, invirtiendo la jugada, satiriza la sociedad confrontándola con el espejo del fantástico (¿Cómo va a fascinar un vampiro a su víctima con la mirada si apenas se apartan los ojos de los móviles o las tablets? ¿No es cierto que una pareja contemporánea, pese a lo que ha llovido, funcionaría mucho mejor si uno de ellos fuera el amo vampiro y el otro el servidor come-cucarachas al estilo Renfield?)


Algunos creen ver en estos neozelandeses, ya vistos en la serie “Flight of the Conchords” a unos nuevos Monty Python, pero ya veremos en qué queda la cosa. Dolera, entusiasta y vacilona pero con bastante cabeza, puso el dedo en la llaga antes de la proyección con una pregunta maliciosa: ¿por qué estas películas favoritas del público, que ganan premios en los festivales (entre ellos el de Hawai, que cautivó la imaginación colectiva del evento) y absolutamente todos los forofos del género han visto, luego no se estrenan,  ni se editan, ni tienen repercusión? Ya dijimos en su momento por qué: estamos en pleno cumplimiento de la profecía warholiana de los quince minutos de fama. Cuando vea otra peli de este talentoso equipo, dejaré de contener la respiración.

sábado, 28 de marzo de 2015

XII Muestra SyFy, capítulo II: Ruidos tras las paredes


Da un poco de vértigo saberse lo suficientemente mayor para haber visto en festivales del género un par de películas de un tipo neozelandés semidesconocido llamado Peter Jackson, tituladas “Meet the Feebles” y “Brain dead”. Desde entonces, parece que este archipiélago de Oceanía se ha convertido en una pequeña meca del cine fantástico, terror y gore, supongo que porque papá Peter ha demostrado la viabilidad de los subgéneros frikis como manera de consolidar una carrera que puede llevar a lo más alto (aunque, según a quién preguntes, también a lo más bajo).


Por eso supongo que veo “Housebound”, recibida por parte del público de la Muestra con un desprecio un tanto exagerado si consideramos que se trata de una ópera prima, con una mezcla de simpatía y desconfianza. El mito de la película de género voluntariosa y entusiasta, que intenta hacer virtudes de sus defectos, se desmorona un poco si pensamos que en el fondo es una tarjeta de visita para presentar a productores de blockbusters y convencerles de que si conseguimos hacer una película que mínimamente se veía y tenía cierto atractivo comercial con cuatro duros, será improbable que nos salgamos del presupuesto inicial si se nos quieren confiar más medios. La ética del cine B como estilo de vida cutre pero honrado está a punto de pasar a la historia: pocos cineastas van ya a Sundance sin el sueño de alternar con starlets en bikini en una piscina de Beverly Hills.


El punto de partida de “Housebound” recuerda demasiado al de “Disturbia”, con Shia LaBeouf (un joven problemático, sentenciado a arresto domiciliario, se ve envuelto en problemas que harían necesaria su salida de casa) como para hacer olvidar que trata de hacerse un hueco entre las comedias juveniles de Hollywood. En este caso, se trata de jugar una carta de gamberrismo un tanto atenuada: se da la vuelta a la tortilla cambiando de sexo al protagonista y tratando de subvertir los valores de género habituales, con algunos gags de cierto mal gusto no tan agradecidos ahora que en Hollywood el mal gusto también se ha vuelto mainstream. No recuerdo ahora mismo muchos empleos narrativos del chorro de orina de una chica en el baño (interminable pero interrumpido cada cierto tiempo para cerciorarse de que los extraños ruidos de la casa están presentes), pero, en pleno reinado de Judd Apatow y compañía, tampoco me parece que abra nuevos caminos en el humor.


Lo triste no es, como dicen algunos, que se venda una película de fantasmas y se termine dando otra cosa (nadie le pone tantos reparos a “Agárrame esos fantasmas” de Jackson, que hace algo similar), sino que el ritmo, supuesta baza invencible del cine de bajo presupuesto frente a la pesadez de películas que tratan de exhibir sus grandes medios en cada fotograma, renquea y avanza a parones como el ya mecionado chorro del personaje de Kylie. Por fortuna, el desenlace sí sabe utilizar sus bazas humorísticas al parodiar con fortuna la convención de los utensilios domésticos como armas homicidas en el gore (con mención especial para el rallador de pan), pero quizá sea demasiado tarde para el público de hoy, acostumbrado a cerrar la pantalla del ordenador si no ha habido una escena potente en los primeros 10 minutos (y luego dicen que el TDAH no existe, cuando precisamente la cultura internetera y movilera lo fomenta). 


Nuestro amigo Dani, al mencionársele que el director Gerard Johnstone querría ser otro Peter Jackson, observó con agudeza que aquí ya hacía aparecer a su propio hobbit. Pero no digo más, que sería spoiler.


lunes, 12 de enero de 2015

De entre los hielos



En uno de sus libros, Anne Wiazemsky recuerda con cierto desdén a su ex compañero Jean-Luc Godard partiéndose de risa viendo una película de Louis de Funès en la televisión. Michel Houellebecq llegó a decir que la gran antesala del mayo del 68, en lo que tenía de burla a los valores tradicionales de Francia y a la burguesía conservadora, fue el estreno de “El gendarme de Saint Tropez” en 1968. El propio cómico citaba a Roman Polanski entre sus directores favoritos y se declaraba dispuesto a trabajar a sus órdenes.

Esa energía subversiva a menudo se conformaba con explotar en los momentos culminantes de farsas muy tradicionales, cuando el protagonista, incapaz de controlar la situación, perdía el control y se entregaba a una hiperactividad y una glosolalia que rompían los pactos del lenguaje y el comportamiento tanto como pudieran hacerlo las palabrotas o los actos de violencia. Louis de Funès no habría desentonado en “Weekend” de Godard, y no es descabellado suponer que los autores de la reciente “La chica del 14 de julio” lo tenían más o menos conscientemente en cuenta al imaginar a su doctor Placenta.

Aunque su filmografía se compone en gran medida de lo que se suele llamar injustamente “placeres culpables”, hubo momentos de clarividencia en los que sus colaboradores entendieron el juego que Louis podía dar en un marco de humor absurdo. Así sucedía en uno de sus mejores títulos, “Caídos sobre un árbol”, mientras que en otros, como “Hibernatus”, el tejido de la ficción lucha por acomodarse a una idea brillante que superaba el marco que se le destinaba.

El concepto de un joven y seductor antepasado rescatado de los hielos polares donde hibernaba y mantenido en un falso ambiente decimonónico para evitarle el choque del mundo moderno parece adelantarse a ficciones posteriores como “Underground” o “Goodbye, Lenin” y casi habría servido, en otras manos, para construir un festival de dirección artística “retro”, tipismo humano pintoresco y chistes vertiginosos a lo Jeunet, o bien para reflexionar melancólicamente sobre el paso del tiempo alrededor de la figura del extranjero en su propia época, en una especie de revisión de “Los pasajeros del tiempo” al estilo Luchino Visconti.

Tratándose de una película de Louis de Funès, vemos empujado al protagonismo un rol secundario, el del marido de la nieta del retornado, burgués oportunista y sin escrúpulos que ve amenazados todos sus planes de prosperidad e intriga de manera inofensiva para evitar que el descongelado le quite la novia a su propio hijo y le fastidie su alianza con una familia de riqueza y abolengo. El hecho de que el abuelo confunda a su nieta con su madre y que la figura paterna haya sido desterrada del hogar convierte al marido en un pretendiente al que se viste de ridículo petimetre bigotudo, en una amable parodia de la “belle époque”, hasta que Louis no puede más y expone al ancestro crudamente a los nuevos tiempos… frente a una pantalla de televisión. El hecho de que los nuevos tiempos, en 1969, vengan simbolizados por el Concorde y no por la guerra de Vietnam dice mucho sobre la voluntad inocua de los cineastas, que se conforman con hacer vencer la inocencia amorosa del antepasado por encima de la codicia ridícula del hombre contemporáneo, en un arranque de nostalgia nada casual en momentos tan turbulentos.