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lunes, 12 de enero de 2015

De entre los hielos



En uno de sus libros, Anne Wiazemsky recuerda con cierto desdén a su ex compañero Jean-Luc Godard partiéndose de risa viendo una película de Louis de Funès en la televisión. Michel Houellebecq llegó a decir que la gran antesala del mayo del 68, en lo que tenía de burla a los valores tradicionales de Francia y a la burguesía conservadora, fue el estreno de “El gendarme de Saint Tropez” en 1968. El propio cómico citaba a Roman Polanski entre sus directores favoritos y se declaraba dispuesto a trabajar a sus órdenes.

Esa energía subversiva a menudo se conformaba con explotar en los momentos culminantes de farsas muy tradicionales, cuando el protagonista, incapaz de controlar la situación, perdía el control y se entregaba a una hiperactividad y una glosolalia que rompían los pactos del lenguaje y el comportamiento tanto como pudieran hacerlo las palabrotas o los actos de violencia. Louis de Funès no habría desentonado en “Weekend” de Godard, y no es descabellado suponer que los autores de la reciente “La chica del 14 de julio” lo tenían más o menos conscientemente en cuenta al imaginar a su doctor Placenta.

Aunque su filmografía se compone en gran medida de lo que se suele llamar injustamente “placeres culpables”, hubo momentos de clarividencia en los que sus colaboradores entendieron el juego que Louis podía dar en un marco de humor absurdo. Así sucedía en uno de sus mejores títulos, “Caídos sobre un árbol”, mientras que en otros, como “Hibernatus”, el tejido de la ficción lucha por acomodarse a una idea brillante que superaba el marco que se le destinaba.

El concepto de un joven y seductor antepasado rescatado de los hielos polares donde hibernaba y mantenido en un falso ambiente decimonónico para evitarle el choque del mundo moderno parece adelantarse a ficciones posteriores como “Underground” o “Goodbye, Lenin” y casi habría servido, en otras manos, para construir un festival de dirección artística “retro”, tipismo humano pintoresco y chistes vertiginosos a lo Jeunet, o bien para reflexionar melancólicamente sobre el paso del tiempo alrededor de la figura del extranjero en su propia época, en una especie de revisión de “Los pasajeros del tiempo” al estilo Luchino Visconti.

Tratándose de una película de Louis de Funès, vemos empujado al protagonismo un rol secundario, el del marido de la nieta del retornado, burgués oportunista y sin escrúpulos que ve amenazados todos sus planes de prosperidad e intriga de manera inofensiva para evitar que el descongelado le quite la novia a su propio hijo y le fastidie su alianza con una familia de riqueza y abolengo. El hecho de que el abuelo confunda a su nieta con su madre y que la figura paterna haya sido desterrada del hogar convierte al marido en un pretendiente al que se viste de ridículo petimetre bigotudo, en una amable parodia de la “belle époque”, hasta que Louis no puede más y expone al ancestro crudamente a los nuevos tiempos… frente a una pantalla de televisión. El hecho de que los nuevos tiempos, en 1969, vengan simbolizados por el Concorde y no por la guerra de Vietnam dice mucho sobre la voluntad inocua de los cineastas, que se conforman con hacer vencer la inocencia amorosa del antepasado por encima de la codicia ridícula del hombre contemporáneo, en un arranque de nostalgia nada casual en momentos tan turbulentos.

domingo, 23 de noviembre de 2014

Trailers from hell



Los que defendemos el tráiler como género cinematográfico por derecho propio, a menudo superior a las películas que anuncia, estamos topando con evidencias que amenazan con propiciar un cambio drástico de opinión.
En primer lugar, tenemos el concepto, supongo que originado en la mente de montadores ambiciosos que quieren dar el salto al largometraje, del tráiler como “condensado narrativo” de la película. Al querer demostrar una capacidad de síntesis de un material 100 veces más largo, lo que se termina ofertando no es ya un aperitivo para dar ganas de ver la película, sino una síntesis de la cual un espectador atento puede sacar todos y cada uno de los elementos y giros argumentales, final incluido. A menudo, un servidor se tapa los ojos, como un tierno infante amedrentado por el tétrico bosque de Blancanieves, cada vez que se topa con el avance de algún título que le interesa, para no perder la ignorancia de su desarrollo cuando llegue la hora de verlo.

En segundo lugar, la agresividad de algunas distribuidoras empeñadas a toda costa en que el público de sus salas conozca los títulos que traerá próximamente a las pantallas. Como espectador habitual de la cadena Renoir en Madrid, he visto consternado la llegada de una distribuidora, Caramel Films, que literalmente bombardea al espectador con sus avances, incluyéndolos en todas las películas de la multisala. Si un servidor no ha terminado viendo al menos 10 o 15 veces los tráilers de “Ida”, “Viajo sola”, “El secuestro de Michel Houellebecq”, “La sal de la Tierra”, o, en la actualidad, “Camino de la cruz”, es que no los ha visto ninguna. Mi espíritu de contradicción se subleva. Con la excepción de “Ida” (muy estimable peli que algunos equivocadamente toman por un ejercicio de rigurosa austeridad, cuando en realidad es un guateque hedonista de encuadres chachipirulis en 1:1,33 y estética retro) o la peli de Houellebecq (rarísimo ejemplo de “post-humor” del que los no seguidores del escritor no sacarán casi nada y que gracias a un nombre sonoro en su título ha adelantado internacionalmente a pelis más interesantes), no he pasado por taquilla para ver ninguna de ellas e incluso tomo nota en mi cabeza para no hacerlo, encontrando argumentos adicionales en contra a cada repetición, hartándome de lo guay que es Sebastiăo Salgado o del Dreyer recalentado en microondas que nos quieren vender con Dietrich Brüggemann. Con una sola vez, ya me daría por enterado, o incluso con un simple cartel. Lo demás es tratar a los cinéfilos como borregos sin capacidad de atención o memoria.

domingo, 31 de agosto de 2014

Desnudos ante la red


Uno llevaba años replanteándose la fama de “maldito” de Terry Gilliam, argumentando que malditos eran, por ejemplo, Iván Zulueta, que después de revelarse como autor en “Arrebato”, se hundió durante los 30 años siguientes en los limbos de la heroína sin regresar jamás al cine, o, a otra escala, Gilles Mimouni, que, tras haber firmado uno de los debuts más prometedores del cine francés de los 90, “L’appartement”, parece confinado en telefilms sin repercusión. En cambio, Gilliam, pese a sus azarosos rodajes, sus peleas con los estudios, su cancelación del “Quijote” y la repentina muerte, en pleno rodaje, de Heath Ledger, puede presumir de una ya larga filmografía con actores estelares de Hollywood, edición de casi todas sus películas en los más modernos soportes audiovisuales y distribución de sus nuevas creaciones en todo el mundo.


Pero estoy empezando a cambiar de opinión a causa de este último punto: parece ser que “The Zero Theorem” no se verá en cines españoles, lo cual marca una primera vez en toda su carrera: productos tan difíciles de vender como “Miedo y asco en Las Vegas” o “Tideland” se vieron sin problemas en la cartelera madrileña, mientras que parece que ya no hay hueco para esta última creación, a lo cual no ayuda el rechazo visceral hacia ella de algún que otro espectador profesional a quien aparentemente los distribuidores hacen caso (lean ustedes un reciente artículo de “Fotogramas” sobre la distribución de “Érase una vez en Anatolia” y saquen sus conclusiones).  De lo que yo llamo la pudibundez del sector distribuidor (relacionada estrechamente con la pudibundez del sector espectador) ya hablaré otro día, lo importante ahora es por qué “The Zero Theorem” se ha convertido exclusivamente en forraje para gente que cree ver películas cuando las mira de vez en cuando por el rabillo del ojo mientras chatea por WhatsApp, juega en red y se pone al día de las últimas sensaciones virales de Twitter y YouTube.


Uno puede argumentar que Gilliam, como buen veterano superviviente inadaptado a los tiempos que corren, es un cascarrabias que muerde la mano que da de comer a muchos: arremeter hoy en día contra la cultura de lo virtual, el culto a Internet y la descorporización de las relaciones personales puede parecer a muchos tan reaccionario y cerrado como cuando Fellini, en su postrera “La voz de la luna”, quería presentar como un pequeño infierno lo que para muchos hoy por hoy sería un paraíso: una discoteca de jóvenes guapos y bien educados bailando al ritmo de un temazo como “The way you make me feel” de Michael Jackson. Como revisión de “Brazil”, “The Zero Theorem” ha subido en puntos de desesperación: Sam Lowry, aunque atrapado en una intriga kafkiana, parecía un héroe del Hollywood de los 40, con aplomo y recursos, calándose a la perfección el sombrero. Qohen Leth, su descendiente espiritual, ya bajó en la escala evolutiva: es un calvo cuyas cejas afeitadas producen cierta repulsión física, que ni siquiera comprende su trabajo y que se calza un ridículo traje rojo de captura de movimientos para tener sexo irreal con una guarrilla que se exhibe por la red sin pudor alguno (comparen con la bonita camionera que escondía su lado insinuante tras una irónica inversión de los roles sexuales y constatarán cómo la opinión de Terry sobre las mujeres también parece haber ido a peor).


Los colores chillones y la falta de gusto estético del mundo futuro de la película suponen un comentario social no muy sutil, pero pertinente, sobre el mundo de hoy. El departamento de dirección artística parece haberse recorrido la red completa de tiendas de todo a 100 de Rumanía en busca de los objetos más feos, para contrastar mejor con el santuario donde vive Qohen, que es, literalmente, una iglesia, con el ordenador colocado prácticamente en el altar. Qohen pasa su vida ante la pantalla persiguiendo una entelequia sin sentido. Incluso su psiquiatra (una Tilda Swinton sin sentido del ridículo, como debe ser) es un programa informático cuyo avatar parece tener tantos más problemas mentales, o más, que su paciente.


Como ya es habitual en Terry, hay toda una poética de la descompensación: no se puede reflejar un mundo caótico y sin referencias adoptando una forma armoniosa. La película es fea e irritante a propósito, y supongo que eso sentará mal a los que van al cine para sentirse seducidos. En cierta manera, se la puede entender como el reverso, a muchos niveles, de “Her” de Spike Jonze: no hay nada de minimalismo “cool” (a veces llegué a pensar que los pantalones de franela de Joaquin Phoenix eran tan primordiales en la película como toda su problemática personal) , se evitan casi a propósito los tropos que puedan caer en gracia a cierto tipo de crítica, se entra a saco en una visión de las relaciones sexuales que a alguno le parecerá sexista y troglodita, en lugar de conformarse, como parece sintomático en estas épocas en que las ficciones tienen miedo a la carne, con las entonaciones aterciopeladas de Scarlett Johansson, y se comete el pecado mortal de ser simbólico y alegórico en una cultura hambrienta de satisfacciones literales y en la que la riqueza de informaciones disponibles por línea telefónica parece haber creado un espíritu de los tiempos en el que absolutamente todo se tiene que explicar y detallar y en el que todos los enlaces tienen que funcionar si se hace clic en ellos.


Encuentro significativo que en algún país se haya censurado del cartel el culo desnudo de Christoph Waltz flotando en el espacio ante un agujero negro. “The Zero Theorem” enseña lo que muchos no quieren ver,  con un nihilismo irónico que no me parece muy lejano de algunas ficciones de Houellebecq, y un uso de los elementos fantacientíficos lejano de las reflexiones fáciles sobre la crisis económica que unen a títulos tan dispares como “Take shelter", la saga de “Los juegos del hambre” o "Snowpiercer". Mientras que Jonze parece ser moderadamente optimista, preconizando la vuelta a las relaciones personales tras el paréntesis de adicción a los dispositivos que estamos viviendo, para Gilliam estamos abocados a la playa de acero, que diría John Varley, presenciando, completamente solos, un eterno crepúsculo artificial.

martes, 30 de septiembre de 2008

Otro verano será


Casi resulta demasiado obvio insistir en que a menudo son los mitos, los modelos narrativos instalados en nuestro disco duro, los que consiguen que muchas vidas parezcan amorfas y decepcionantes. Por ejemplo, ahora que acaba de terminar la estación, el mito del verano como época sin par de divertimento y expansión personal. Supongo que hay quienes somos verdaderos profesionales en no saber disfrutar de la vida, pero uno empieza a sentirse inquieto cuando incluso sus placeres más frikis y descafeinados para el resto de los mortales comienzan a perder su sabor de antaño.

Así, uno de mis modelos narrativos de siempre para el verano ha sido el de una época lectora intensa y promiscua, durante la cual era posible cambiar de libro varias veces a la semana (los lectores, a falta de alternar amantes, alternamos cubiertas), enfrentarse en plena potencia de espíritu a los volúmenes más arduos y desafiantes (nunca he entendido ese tópico de que el verano es época de novelitas ligeras y entretenidas: en épocas de trabajo es cuando tengo menos ganas de comerme la cabeza con obras de ficción), o desempolvar esas enormes ediciones en tapa dura que siempre nos negamos a llevar en el transporte diario, en parte por peso y en parte porque, paradójicamente, esas sobrecubiertas y ese cartoné se rompen o deforman con más facilidad que las en teoría más frágiles ediciones de bolsillo.

Pero como viene siendo la costumbre, no pudo ser. Será que, quien elige mal sus amantes entre los millones de personas disponibles, está condenado a hacerlo mal también entre los millones (era broma) de volúmenes de su biblioteca.

Empecé con ilusión con un Bradbury, “La feria de las tinieblas”, que terminó demostrando por qué Ray no es tan afamado en la novela como en el cuento: episódica, llena de aciertos parciales que no llevan a conclusión alguna (la mujer emergiendo del bloque de hielo en fusión, el vuelo nocturno de la bruja en su globo, los chicos espiando de noche la casa abandonada donde las parejas van a practicar el sexo), pierde fuerza a base de reiterar las mismas ideas hasta un pírrico final (la alegría y el baile como antídoto de lo siniestro) que carece de sentido fuera de la intención original de la historia: servir de guión para una película de Gene Kelly.

Después, los relatos de “Black juice” de Margo Lanagan, mencionados en la breve polémica que, en torno a Kelly Link, tuvimos en estas páginas Luis G. Prado y un servidor, me parecieron fascinantes sobre todo en el contexto de la literatura juvenil a la que pertenecen, por sus inusuales maneras de dramatizar el mensaje, que podrían parecer demasiado ásperas a quienes creen que hay que tomar por tontos a los adolescentes (sólo un ejemplo: uno de los cuentos está protagonizado por jóvenes francotiradores que tienen por costumbre matar a gente desde una torre), pero que, al margen de su habilidad y creatividad en manejar los tropos del fantástico, pierden enteros considerados dentro de un ámbito más general de la literatura. Lanagan es como Gaiman con un poco más de chicha.

“Nova” me confirmó después que Samuel R. Delany es un autor fácil de admirar pero difícil de amar. Su talento para el estilo deja atrás a la mayoría de artesanos “pulp” de la ciencia ficción, pero también deja una impresión seca, como de diagrama matemático, que contrarresta un poco la manera en que Delany sabe convertir en épica decadente y barroca un argumento de space opera “hard” que en manos de un Benford o un Brin podría hacer las veces de anestesia dental. Otro día ya entraremos en la desaforada vida sexual que al parecer llevaba Samuel mientras pergeñaba aquellos libros tan sesudines.

Ya hable algo en su momento del díptico de Hal Duncan, “The book of all hours”, pero me dejé en el tintero una idea fundamental, mi convencimiento de que la obra en conjunto termina fallando porque, pese a las innovaciones superficiales, Duncan sigue guardando un concepto muy convencional, muy “de género” sobre cómo resolver una historia. La exposición, como algunos afirman refiriéndose al cine de John Carpenter, supera a la resolución. Por otro lado, la obligatoria referencia despectiva al rock sinfónico, dentro de “Ink”, hermana a Hal con otro niño terrible escocés, Grant Morrison, en una contradicción fundamental: ¿cómo puedes creer que eres un punk literario cuando luego citas las “Bucólicas” de Virgilio?

Abordé también “Phases of the moon”, la retrospectiva de Robert Silverberg, por esas eternas ganas que tengo de poner un poco a caldo a las vacas sagradas del fandom, pero la realidad es que, salvando los relatos cincuenteros, escritos a destajo en plan “sota, caballo y rey”, Silverberg suele ser garantía de profesionalidad y entretenimiento, brillando en todo lo referido a documentación histórica y arqueológica, y mostrando curiosas constantes psicológicas como una clara admiración hacia el modo de vida de la “jet set” o la recurrencia de tramas sobre separaciones o divorcios, que suponen el verdadero substrato de tramas tan poco creíbles, a priori, como la de “Nacidos con los muertos”. Mi favorito, “Schwartz entre las galaxias”, o lo que puede suceder si combinas naves espaciales y alienígenas con los escenarios y personajes usuales de un Philip Roth. Si te pones cien por cien exigente, quizá no haya mucho que rascar bajo la superficie sugestiva de los cuentos, pero un servidor no se arrepintió.

Y bueno, salvando la agotadora brillantez de “Winter’s tale” de Mark Helprin, de la que tal vez me ocupe dentro de poco, casi el único libro que consiguió hacerme sentir algo en estos tres meses fue “La posibilidad de una isla” de Michel Houellebecq. Amén de mi afición por las historias que describen un colapso nihilista de la civilización, la mirada sardónica sobre nuestra época del amigo Michel inquieta tanto como divierte al margen de la exposición a veces no muy amena del contenido fantacientífico, y varias de sus provocaciones, como el párrafo sobre el odio de los españoles a la cultura, ya se han incorporado a mi arsenal retórico. Para ser un simple provocador, Houellebecq deja demasiado mal cuerpo, y logra resultar convincente a la vez como cantor del amor desesperado y como pornógrafo literario. No se encontrarán proezas de estilo, pero la potencia de su programa, la convicción con que se transmite su aparente cinismo, dan mucho más que roer que mucho prodigio de la pluma.

A ver si el verano próximo es más propicio y nos deja más de un título en este plan, no sé si bueno o malo pero que deje huella. Que el azar guíe bien mis elecciones.

lunes, 21 de julio de 2008

Infulas de nínfula


Cronenberg contra Houellebecq: para el canadiense, Kubrick ha estropeado la adaptación del libro de Nabokov al convertir a la doceañera casi impúber en una suculenta adolescente; para el francés, o para sus personajes, es el novelista el equivocado al no reflejar las predilecciones reales del macho humano por las hembritas de dieciséis o diecisiete años. El primero reprocha una insuficiente monstruosidad en el Humbert fílmico, un déficit de goticismo, mientras que el segundo echa en falta su propio sociologismo de baratillo.

Kubrick lo tenía más claro: donde hay polémica, hay éxito, hay posibilidad de mantenerse en el candelero. No bastaba con burlarse de su éxito anterior, “Espartaco”, en los minutos iniciales de su nueva obra: era necesario meter ruido. En ese sentido, el autor de “Plataforma”, tiene cierta razón: no son los valores literarios del exiliado ruso los determinantes para que el cine convirtiera su creación en mito, sino lo provocador de sus tesis, la intuición de que la civilización decadente, anciana, ambiciona poseer la extrema juventud de una cultura más joven, más simple e inculta. Claro está que en la construcción del imaginario de “Lolita” juega el bagaje personal de Nabokov, su exilio y sus relaciones de amor-odio con su país de adopción, los Estados Unidos, cuya vulgaridad de superficies brillantes no ocultaba sino un perverso espíritu depredador. Hoy en día, quizá, cabría imaginar la situación de la novela en una clave más realista e incómoda: Lolita como hija de inmigrantes africanos y sudamericanos, torturando con su sex appeal precoz del Tercer Mundo a un occidental frustrado y virgen. Me apuesto a que esta versión sí complacería al bueno de Michel.

Aun así, como la mayoría de obras supuestamente provocadoras en el pasado, la adaptación por Kubrick de “Lolita” resulta hoy un modelo de elegancia y discreción. El lujo visual de la fotografía, a veces propio de los años dorados de la Metro, podría ser visto como una manera de hacer más tolerable, de domesticar, un argumento incómodo, pero también puede ser visto como una distancia irónica, un juego con los códigos del cine de siempre, toda vez que, según ha pensado siempre un servidor, los límites del clasicismo no son sólo estéticos sino también temáticos. Aunque estuviera rodada con la cámara invisible de Howard Hawks y todos los estilemas del viejo Hollywood, una película sobre, por ejemplo, un triángulo bisexual entre dos hombres y una mujer no podrìa ser nunca cine clásico, por no existir testimonios de cómo unos John Ford u Orson Welles habrían abordado el tema. Los autores del underground quisieron hacer borrón y cuenta nueva y romper a golpes de cutrez deliberada, haciendo daño a la vista como Paul Morrissey o John Waters. Kubrick no quiere jugar en esa liga, prefiere hacer un cine comercial con su pequeño poso subversivo, degradar sutilmente a viejas estrellas como James Mason o Shelley Winters, hacer un melodrama de moralidad equívoca. Se abre pues uno de los debates enternos sobre el director: ¿qué es más importante, su aspecto comercial y calculador o su componente innovador y subversivo? ¿Cómo definiríamos mejor al calvo Maurice: como filósofo ajedrecista, o como estrella del ring en “Pressing Catch”?

Junto con el tono irónico, irreverente y cruel que hace su gran entrada en la filmografía de Kubrick, también se inicia otra de sus características más fascinantes desde un punto de vista estético: su perfeccionismo en la falsedad, su esfuerzo minucioso en recrear desde lo artificial escenarios y lugares que hubiese sido más sencillo buscar en la realidad pero carecerían de ese aureola casi onírica que sólo puede conseguirse en estudio. Gran parte del placer experimentado al ver el Vietnam de “La chaqueta metálica” o las calles de Nueva York de “Eyes wide shut” consiste en saber que se trata de reconstrucciones creadas en la lejana Inglaterra, y que paradójicamente parecen más reales que lo real. Tal vez fuese el trabajo en “Espartaco”, la revelación del potencial de un gran estudio, lo que convirtiese a un joven fotógrafo de vocación casi “vérité”, en un artista “artificial por naturaleza”, como Maurice Ravel.

Pese a su ambiente estadounidense, siempre he visto en “Lolita” una película inglesa, desde esa imagen inicial con el coche cruzando la niebla. Hay mucho más de perversidad y cinismo europeos que de idealismo americano, y se quiere establecer desde bien pronto un sentido de juego diabólico, de partida de ajedrez, de estrategia que atrapa a peones inocentes. El juego ajedrecístico de Humbert con la señora Haze, durante el cual llega Lolita para dar las buenas noches, revela su concepto de sí mismo como maquiavélico seductor, pero, como el plano rodado entre bastidores de la obra teatral señalará después, el maduro profesor se revelará como el más inocente y el más manipulado.

Inocencia y manipulación puestas de manifiesto mediante el que es para mí uno de los aspectos más discutibles y menos creíbles de la historia, a saber, la manera en que Peter Sellers, como el dramaturgo Clare Quilty, logra influenciar sus pensamientos y acciones. Uno ha de confesar ante todo formar parte de la minoría de seres humanos a quienes Sellers, aun reconociendo su talento, no provoca excesiva diversión, pero aun así me sigue costando, en visionados repetidos, que un hombre supuestamente cultivado e inteligente como el profesor Humbert considere creíbles las obvias bufonadas de su antagonista como caricatura de la hipercortesía estadounidense o la psiquiatría germánica. Tales excesos histriónicos, tales salidas de tono, excusas para integrar una capacidad camaleónica muy apreciada por los espectadores, cuadran a la perfección en un contexto de farsa desenfrenada como el de la posterior “Teléfono rojo”, pero chocan con la minuciosa reconstrucción de la vulgaridad residencial suburbana, de la cultura popular de los 50. El hecho de que Quilty, como agente de una cultura trivial y hedonista, como influencia ubicua que planea siempre en derredor acompañado por una enigmática mujer morena, sea visto como el verdadero villano y corruptor de la juventud, como el representante de una decadencia de la cultura occidental comparable a la del Imperio Romano (la referencia a “Espartaco” siendo algo más que una burla rencorosa), sea una figura en gran medida simbólica, inspira esta salida de la verosimilitud, pero el resultado, para quien esto escribe contraproducente, es que nunca se deja de ver a Peter Sellers, el actor o el personaje público, más que a un personaje de ficción o una idea.

Pero aunque el método para ejecutar la sátira cojee un poco, sus ideas de fondo no tienen desperdicio. En otro ejemplo de contraste musical, la partitura de Nelson Riddle, con sus aires de concierto de piano hiperromántico al estilo de Rachmaninov, evocaría la seriedad impostada de un amor loco a la europea, lleno de gestos grandiosos de sacrificio e insensatez, mientras que el tema de “Lolita” de Bob Harris sería la trivialidad divertida del pop de los 50, a medio camino entre el incipiente rock y el jazz lounge, emblema de una visión más hedonista, más kleenex, de las relaciones humanas y del sexo. La gran paradoja de que sea Lolita la que seduzca a Humbert y no viceversa, mediante el misterioso “juego” que le había enseñado Charlie, que no le importe jugar a las espaldas de su protector con otro hombre maduro, Quilty, y que finalmente acepte sin quejas su destino como ama de casa suburbana, parece ejemplificar, firmar el acta de defunción, de toda una concepción del amor y los sentimientos.

Este sentimiento de la caída de una civilización aparece en toda su nitidez durante el final de la historia, que Kubrick, en aras del impacto, convierte en secuencia inicial. El palacete dieciochesco donde Quilty y sus amigos celebran orgías al mejor estilo de “La dolce vita” podría ser también un refugio de los últimos supervivientes de la humanidad. Sin orden ni concierto, se amontonan las obras de arte, los instrumentos musicales, el bagaje de dos siglos de cultura occidental. Fuera de allí sólo parecen quedar los hoteles de carretera, los restaurantes de comida rápida, las urbanizaciones, todas iguales, que producen en serie Lolitas que se convertirán en señoras Haze, que se casarán para tener Lolitas que se convertirán en nuevas versiones de su madre, y así hasta el infinito. El viejo mundo sólo subsiste en manos de los depredadores, de ahí que el ajuste de cuentas final, pistola en mano, tenga algo de apocalíptico, de gesto desesperado al final de los tiempos. Las balas atraviesan el bello retrato de una mujer tras el que se parapetó Quilty, como también se asesinó ese ideal de la inocencia y la pureza en el que, a estas alturas, sólo un ingenuo con la cabeza llena de pájaros, como Humbert, podía seguir creyendo.