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viernes, 16 de enero de 2015

Explosiones de alegría



Es curioso ver despertar, en visionados de la edad adulta, sensaciones infantiles y juveniles que parecían enterradas en el tiempo. Así recuperé ayer tarde la entrañable impresión de una plácida, secilla y entrañable vida rural mediterránea, suavemente anárquica y bohemia, que me dejó cuando era niño “Calabuch” de Berlanga. Un pueblo donde daba igual pasarse la vida en la cárcel, donde tu mejor amigo podía ser un pícaro de siete suelas que doblaba como contrabandista, electricista, proyeccionista de cine y trompetista, un oasis de paz donde las maestras eran mujeres hermosas que creían en el lenguaje de las flores y donde se toreaban en la playa novillos a los que nunca se les clavaba el estoque. A un servidor, que no conoció a ninguno de sus abuelos, le debió de enternecer Edmund Gwenn, a la par que, acostumbrado a un campo castellano frío y árido, le fascinó aquel litoral levantino de Peñíscola, con sus festivales pirotécnicos y sus bandas de viento metal.

La película no ha perdido su magia, aun reconociendo que es un obvio intento de transplantar a España esquemas de comedia costumbrista italiana, encontrando raro un localismo sin acentos regionales y con actores principales extranjeros, e incluso siendo consciente ahora de connotaciones un poco más incómodas. Aunque nos guste ver en “Calabuch” algo así como un “Vive como quieras” a la española, lo cierto es que se la puede entender, y así quizá fuese como se le supo vender a la censura de la época, como un canto al aislacionismo, un retrato de ironía amable sobre una sociedad un tanto atrasada y rudimentaria, con el ejército y la iglesia como principales fuerzas vivas, donde sin embargo, y pese al descontento de algunos amargados o inadaptados, se vivía al abrigo de amenazas internacionales como la Guerra Fría o la escalada nuclear y se hacía gala de un “dolce far niente” que los extranjeros no podían sino ver con admiración, cuando no envidia. 

Obviamente, Berlanga no era de esa cuerda, o al menos su trayectoria posterior convierte esta lectura malintencionada en algo presente pero coyuntural, tal vez necesario para hacer realidad la película (también se terminó convirtiendo una peli de pícaros como “Los jueves milagro” en una fábula religiosa con la aparición verdadera de un santo). Eran microbios flotando en el aire, de los que no se podía escapar, y a los que uno se tiene que enfrentar por fuerza a la hora de considerar la cultura de los años de postguerra. Por ejemplo, antes de ser vistas como himnos proto-gays, canciones como “Digan lo que digan” o “Qué sabe nadie” de Raphael eran consideradas por los expertos musicales más progres como apologías del régimen franquista contra las acusaciones internacionales que no sabían apreciar la “extraordinaria placidez” en la que, según Mayor Oreja, se vivía entonces. Resulta irónico que muchos basen ahora su rechazo del cine español en su presunta politización, cuando, si uno echa la vista atrás, es raro encontrar un cine más politizado que el nuestro, desde los géneros populares hasta el emergente arte y ensayo de los 70, que buscaba esconder su mensaje mediante tropos que quedasen más allá de las limitadas entendederas de los censores.

lunes, 12 de enero de 2015

De entre los hielos



En uno de sus libros, Anne Wiazemsky recuerda con cierto desdén a su ex compañero Jean-Luc Godard partiéndose de risa viendo una película de Louis de Funès en la televisión. Michel Houellebecq llegó a decir que la gran antesala del mayo del 68, en lo que tenía de burla a los valores tradicionales de Francia y a la burguesía conservadora, fue el estreno de “El gendarme de Saint Tropez” en 1968. El propio cómico citaba a Roman Polanski entre sus directores favoritos y se declaraba dispuesto a trabajar a sus órdenes.

Esa energía subversiva a menudo se conformaba con explotar en los momentos culminantes de farsas muy tradicionales, cuando el protagonista, incapaz de controlar la situación, perdía el control y se entregaba a una hiperactividad y una glosolalia que rompían los pactos del lenguaje y el comportamiento tanto como pudieran hacerlo las palabrotas o los actos de violencia. Louis de Funès no habría desentonado en “Weekend” de Godard, y no es descabellado suponer que los autores de la reciente “La chica del 14 de julio” lo tenían más o menos conscientemente en cuenta al imaginar a su doctor Placenta.

Aunque su filmografía se compone en gran medida de lo que se suele llamar injustamente “placeres culpables”, hubo momentos de clarividencia en los que sus colaboradores entendieron el juego que Louis podía dar en un marco de humor absurdo. Así sucedía en uno de sus mejores títulos, “Caídos sobre un árbol”, mientras que en otros, como “Hibernatus”, el tejido de la ficción lucha por acomodarse a una idea brillante que superaba el marco que se le destinaba.

El concepto de un joven y seductor antepasado rescatado de los hielos polares donde hibernaba y mantenido en un falso ambiente decimonónico para evitarle el choque del mundo moderno parece adelantarse a ficciones posteriores como “Underground” o “Goodbye, Lenin” y casi habría servido, en otras manos, para construir un festival de dirección artística “retro”, tipismo humano pintoresco y chistes vertiginosos a lo Jeunet, o bien para reflexionar melancólicamente sobre el paso del tiempo alrededor de la figura del extranjero en su propia época, en una especie de revisión de “Los pasajeros del tiempo” al estilo Luchino Visconti.

Tratándose de una película de Louis de Funès, vemos empujado al protagonismo un rol secundario, el del marido de la nieta del retornado, burgués oportunista y sin escrúpulos que ve amenazados todos sus planes de prosperidad e intriga de manera inofensiva para evitar que el descongelado le quite la novia a su propio hijo y le fastidie su alianza con una familia de riqueza y abolengo. El hecho de que el abuelo confunda a su nieta con su madre y que la figura paterna haya sido desterrada del hogar convierte al marido en un pretendiente al que se viste de ridículo petimetre bigotudo, en una amable parodia de la “belle époque”, hasta que Louis no puede más y expone al ancestro crudamente a los nuevos tiempos… frente a una pantalla de televisión. El hecho de que los nuevos tiempos, en 1969, vengan simbolizados por el Concorde y no por la guerra de Vietnam dice mucho sobre la voluntad inocua de los cineastas, que se conforman con hacer vencer la inocencia amorosa del antepasado por encima de la codicia ridícula del hombre contemporáneo, en un arranque de nostalgia nada casual en momentos tan turbulentos.

lunes, 30 de junio de 2014

10 razones por las que prefiero el 35 al digital


1 – Crecí con él. Viví el final de la época en que el cine era aún una porción relevante del ocio, en la que había cines de barrio, cinestudios de programa doble o triple, antes no ya de Internet sino casi del VHS, en la que uno se sentía afortunado por pillar, en el límite de su contrato de exhibición, una copia hecha jirones y llena de rayas de tal o cual película de culto en, por ejemplo, el cine Covadonga.


2 – La luz no es igual. Ya pudo Emmanuel Lubezki capturar todos los matices del atardecer suburbano en “El árbol de la vida”, que en una copia digital solo veremos el mismo y monocorde ambiente de día nublado.


3 – Si se rueda una película en 35 y luego se transfiere a digital para explotarla en salas, en realidad no estamos viendo lo que se rodó, sino un escaneo de ello. Es como si uno va al Prado a ver “Las Meninas” y en vez del cuadro se encuentra una foto digital de una resolución cojonuda.


4 – El grano cinematográfico digitalizado es lo más feo del mundo. El verano pasado, en París, se presentaba como gran acontecimiento la exhibición en digital de “La bahía de los ángeles” de Jacques Demy, y llegué a la conclusión de que los cinéfilos jóvenes ya se perderán gran parte de la gracia estética de la nouvelle vague.


5 – Confío en que la tecnología progrese, pero todavía tengo que ver un color negro que me convenza en una copia digital. En una película como “Solo Dios perdona”, lo que tendrían que haber sido sombras insondables no pasaban, en salas, de un gris sucio.


6 – La limpieza de las imágenes digitales plantea el interrogante de por qué las mil y un partículas, rayitas e imperfecciones del fotograma de 35 mm nunca me molestaron lo más mínimo. Vamos a ver, objetivamente eran un defecto, pero daban una impresión de algo orgánico y vivo, que palpitaba, que respiraba. El digital es fiel y perfecto pero no hace sentir nada. La imagen del 35 parpadeaba. Igual que nosotros.


7 – Si les vale a los fans de vinilo, por qué no a los del 35: la proyección en película tiene una mística particular porque no podemos reproducir ni el soporte ni la experiencia en un ámbito doméstico. Con un buen proyector y una fuente de alta definición, podemos aproximarnos algo en casa a la experiencia del cine digital, con lo cual el cine se vulgariza en el mal sentido. Muchos se preguntarán para qué hace falta pagar la admisión a una sala para ver lo mismo que en casa pero con un público peor educado.


8 – Cuando se proyectaba todo en 35, a nadie se le ocurría, ni en cines, ni en festivales ni en filmotecas, organizar proyecciones en VHS o en Cinexín. Ahora que se da al 35 por fenecido, es bastante corriente encontrarte en muestras cinematográficas o en salas especializadas con DVDs escalados o formatos “avi” con todo el morro del mundo, sobre todo si se trata de títulos un poco difíciles de encontrar (o no: la propia Filmoteca Española nos coló hace poco, en el ciclo Nagisa Oshima, dos pelis cruciales suyas en Betacam Digital).


9 – El calibrado de los proyectores digitales tiene mucho peligro. Un colega me dice que vamos a ir ver oscurecerse poco a poco las películas a medida que las bombillas de los proyectores se vayan desgastando, y va a ser verdad: en la sala de los Cinesa Manoteras donde vi “August: Osage County”, en lugar de en Oklahoma parecía que estábamos en los páramos de Yorkshire.


10 – La idea de que detrás de la imagen en pantalla habia una máquina infernal y complicada, con sus cambios de bobinas, la posibilidad de fallos por parte del proyeccionista, aquel ruido del motor que se hacía necesario camuflar, daba una aureola épica, un aura ritual, al acto de visionar una película. En esto, como en muchas otras cosas, el digital es un gran desacralizador: cuanto más fácil es descargar, cuanto más fácil es proyectar, más se convierte el cine en un entretenimiento desechable. Revelar, etalonar, enlazar bobinas, eran procesos físicos casi artesanales. Para el cuarentón reaccionario que soy, solo se puede amar lo que se puede tocar con las manos.

lunes, 28 de octubre de 2013

Renoir cierra cuatro caminos



Primero, el camino de la memoria, desde aquel Cinestudio Regio que conocí en sus postrimerías hasta rarezas como “Adrenaline le films”, hitos como mis primeros “Siete samuráis” o mi única y no muy afortunada cita en un cine con una francesa.

Segundo, el camino del cine europeo, de autor y español, señalado como vía muerta por los comentaristas interneteros que parecen alegrarse en sus comentarios a cada cierre de sala difusora de ponzoña subvencionada.
Tercero, el camino de la entrañable sala de barrio alejada del centro y sus aglomeraciones, hasta ahora última de un distrito donde el cine ha pasado directamente a la historia.
Cuarto, el camino de los 35 mm, modo de proyección que con sus parpadeos e imperfecciones daba un aura orgánica a las películas y del que los Renoir Cuatro Caminos eran como la aldea de Astérix.

viernes, 29 de marzo de 2013

X Muestra SyFy: Nos acordamos demasiado bien

Siento ser tan aguafiestas, pero tanto “Alien” como “Desafío total” las vi ya en cine, la segunda de estreno. “Alien” fue la edición del 2003, y, a título personal, es una película a la que me cuesta encontrarle nuevas lecturas, con lo cual esta revisión no me reveló nada, salvo que, entrenada ahora, los listillos de Internet le encontrarían pegas y fallos por doquier, mientras que, estrenada en 1979, hoy es un mito. Saquen conclusiones. Disfruté más con “Desafío total”, peli, a decir de un colega, estéticamente fea, que sabe hacer trabajar a su favor todo el macarrismo, el humor vulgar y la sordidez del cine de los 80, a pesar de un Schwarzenegger que, para ojos no cegados por la nostalgia juvenil, era un actor imposible. Los trailers me preocuparon: si los 90 son nostalgia, prefiero a Béla Tarr.

sábado, 29 de septiembre de 2012

10 discos mágicos de mi última infancia


Cuando uno sale inusual, uno sale inusual, no hay vuelta de hoja. A veces parece que una configuración particular de los astros va torciendo el camino de uno hasta conducirlo a los jardines de leche y miel o, en su defecto, a las montañas de la locura. Cuando otros de mi edad escuchaban a grupos del punk o la nueva ola, o de rock duro, o, peor aún, de la movida madrileña, en nuestro viejo tocadiscos Philips de aguja deteriorada y caníbal que iba destruyendo los microsurcos a la par que los descifraba, sonaban cosas como estas:

1 – “Anatomy of a South African village” (Dollar Brand)
 

Creo que solo lo escuché una vez antes de que mi hermano lo devolviera a su dueño, pero recuerdo una especie de poema pianístico que situaba al oyente en el corazón de África y hacía creer en el piano como instrumento autóctono del continente negro. Años depués leo a algunos que Keith Jarrett se inspiró en Brand, luego rebautizado por el islam como Abdullah Ibrahim, para sus laureadas improvisaciones al teclado, y me lo creo.

2 – “Now we are six” (Steeleye Span)
 

El folk-rock inglés, y un poco del francés, formaba parte habitual de nuestras escuchas, gracias al sello Guimbarda de la discográfica C.F.E. y gracias a artistas que entonces eran parte del mainstream como Steeleye Span. Recuerdo que escuchamos este disco por primera vez porque un amigo de la familia lo había comprado en Inglaterra. Creo que debimos de ser el único hogar en el universo con una perra dálmata bautizada en honor de Maddy Prior.

3 – “Mr. Fox” (Mr. Fox)
 

Otra de folk inglés en su vertiente más truculenta, combinando canciones bailonas con las típicas leyendas británicas de asesinatos y mutilaciones en caminos nocturnos, para las que se creaba una atmósfera musical de trance y zumbido bastante adecuada. Recuerdo que Guimbarda lo editó en un doble con el otro disco del grupo, “The gypsy”, reproduciendo las dos portadas en el interior, y que me daba miedo abrir el álbum y ver el dibujo en blanco y negro. “Elvira Madigan” a día de hoy me hace llorar, y “Mendle” es un clásico inmarcesible que evoca una especie de aquelarre hippy, inquietante e insinuante a la vez.

4 – “Hatfield and the North” (Hatfield and the North)
 

La portada era fascinante, pero lo importante quizá fuese que a mi hermano no le gustaba, lo consideraba “mediocre” y lo devolvió pronto a quien se lo había prestado. Porque si le hubiese gustado, lo tendríamos aún en casa, él era así. Sonido Canterbury, jazz-rock de ojos azules mucho peor tocado que el de cualquier banda fusionera estadounidense pero con un toque extraño, con una retranca británica y un surrealismo decadente y lluvioso con los que Return to Forever nunca habrían podido competir.

5 – “Vampyria” (Jordi Sabatés & Tete Montoliù)
 

Si yo llegué a simpatizar alguna vez con las aspiraciones nacionalistas catalanas, fue porque las asociaba a todo aquel movimiento de jazz fusión, editado mayormente por Edigsa, cuyas portadas estaban redactadas en un idioma raro. La contraportada de este disco, sin embargo, estaba en castellano, y gracias a ella tuve mi primer conocimiento de un tal Baudelaire. Aquellos dúos de piano eléctrico y acústico, aquel jazz onírico con títulos como “Stonehenge”, me marcaron hasta hoy.

6 – “Koprivshtitsa 71”
 

¡Un disco con los créditos en otro alfabeto! ¡Nada menos que folk búlgaro! ¿Cómo acabó esto en nuestra casa? Ni idea, pero varias de las melodías, varios de sus giros melódicos, el extraño soniquete de sus gaitas, dejaron sus ecos girando en mi cabeza antes de que a nadie se le hubiera ocurrido la categoría “world music”.

7 – “Le bestiaire” (Malicorne)
 

Otra de folk-rock, pero en esta ocasión de nuestros vecinos del Hexágono. Quizá los primeros artistas que escuché cantando en ese idioma que para mí ha terminado representando tantas aspiraciones nunca alcanzadas, y encima dejando en mí la semilla de leyendas tradicionales inquietantes, de licantropía, de cuadrillas fantasmales que arrastran consigo a quienes osaban cazar en el Día del Señor, de vagabundos con poder sobre las manadas de lobos, de amores inmortales que se desarrollan a lo largo de la eternidad en un ciclo de reencarnaciones animales. Los agradecimentos del grupo mencionaban a un escritor que desconocía, Claude Seignolle, que hoy por hoy es uno de mis dioses personales.

8 – “Solstice” (Ralph Towner)
 

Otra de jazz alucinado en los márgenes de la música contemporánea, con un par de temas compuestos a base de lo que entonces me parecían “ruidos”, ambientes etéreos a la par que casi narrativos, y un dúo de guitarra acústica y batería que motivó a mi hermano un comentario en el que creo haber escuchado por vez primera la palabra “funky”. Aquella fue la gran época del sello ECM, cuando grababa aquellos discos marcianos que hacían escupir bilis a los que creían ir a encontrar jazz de toda la vida, y que lamento amargamente no haber tenido ni la edad ni el dinero para llevarme a puñados cuando el Discoplay de Los Sótanos los liquidaba en vinilo a 200 pesetas. Como ejemplo de justicia poética, este disco fue prestado por mi hermano a no sé quién, y nunca regresó a casa.

9 – “Girl from Martinique” (Robin Kenyatta)
 

Otra frikada de ECM que, de manera un poco más salvaje que Dollar Brand, nos situaba a base de improvisaciones atmosféricas en el corazón del África profunda. Versión un tanto europeizada del free jazz hippioso que había hecho furor en la década anterior y que mi hermano tanto despreció siempre, este disco abrió la posibilidad nunca aprovechada de orientar mi curiosidad hacia los sonidos del continente negro, pero no dudo que de aquí surge un poco mi simpatía hacia los entusiasmos frenéticos y el lirismo alienígena de gente como Pharoah Sanders.

10 – “Pan & Regaliz” (Pan & Regaliz)
 

Uno de los pocos grupos españoles de mi panteón infantil, imitación de baratillo de los Pink Floyd más psicodélicos o los Jethro Tull blueseros del “This was”, con unas atroces letras en inglés de los tiempos anteriores a la oleada indie de estudiantes de Filología Inglesa, su disco sigue durmiendo el sueño de los justos en un armario detrás de una triple capa de series de anime en DVD, y tal vez sea mejor así: los recuerdos cálidos de una infancia en la que todo parecía posible corren el riesgo de chocar con el frente frío de un presente desencantado y sin posibilidades, y de encontrarse, en medio de la tormenta resultante, con que, pese a todo, no hemos perdido del todo la inocencia perversa de aquellos años.

viernes, 23 de marzo de 2012

11-3-2012: IX Muestra SyFy 4


A veces no basta con tener una idea buena, sino que es necesario darle una realización adecuada, a sí misma y al contexto en que la queremos situar. No hay nada malo, en principio, en el concepto de incluir proyecciones de clásicos del género dentro de un evento como la Muestra SyFy, sobre todo cuando el despiste de los programadores prácticamente asegura que les sacarán varias cabezas y hombros de altura en cuanto a calidad a la mayoría de títulos del cartel. Otra cosa es que pensemos que, en apenas tres días de una muestra que cuesta bastante esfuerzo organizar y que los aficionados esperamos como agua de mayo, incluir películas que nos sabemos de memoria y que no solamente son facilísimas de conseguir en vídeo doméstico sino que se suelen programar con cierta frecuencia en cinestudios y filmotecas, termina robando espacio para el descubrimiento de obras de las que quizá no oiríamos ni hablar de no encontrárnoslas aquí.


Aparte de que presentar el doblete de “Ultimátum a la Tierra” y “El planeta de los simios” bajo la bandera de la experiencia “Phenomena” es tramposo. “Phenomena”, como bien atestiguan sus documentos audiovisuales anexos, como la cortinilla de “Movierecord”, los anuncios de época con Eugenio o Alberto Closas o los tráilers de películas como “Los monstruos del mar” (con diferencia lo más disfrutable de la doble sesión), está concebida como una llamada a la nostalgia, a tratar de reproducir sensaciones del espectador joven (significativo que se haya tratado de las únicas proyecciones en 35 mm junto a la “Hell”). Sin embargo, ¿cuántos de los espectadores del Callao serían capaces de evocar con escalofríos agridulces, hechos de felicidad y añoranza por una juventud perdida, los estrenos originales, o incluso los reestrenos, de películas estrenadas en 1951 y 1968, respectivamente? Sospecho que lo importante era traer a Nacho Cerdá para que diese una pequeña charla y otorgase esa especie de glamour doméstico que parece estar entre los objetivos de la dirección actual de la Muestra. Porque, así es, “Phenomena” es una buena idea, pero hay maneras y maneras.


A mí personalmente, tanto “Ultimátum a la Tierra” como “El planeta de los simios” me parecen películas excelentes, con una merecida aureola de clásicos, pero he de confesar que su enésima revisión me aporta poco. Hay películas peores que estas dos que soy capaz de ver una y otra vez sin disminuir mi fascinación y sin dejar de ver elementos nuevos. En cambio, me conozco tan bien el desarrollo de “Ultimátum” que, en lugar de valorar la ingenuidad camp de sus efectos especiales o el ambiente realista, casi de cine negro, en el que se mueve Klaatu durante sus andanzas terrestres, tiendo a ser malintencionado y a ver su historia no como un llamamiento en contra de la Guerra Fría sino como una metáfora premonitoria de los Estados Unidos como futuro superpoder galáctico capaz de amenazar con sus super robots atómicos a las naciones díscolas empeñadas en perturbar el nuevo orden mundial. Del mismo modo, el espectacular y desolador tramo inicial de “El planeta de los simios” (que en la actualidad es la parte que prefiero con diferencia) deja lugar a una peripecia satírica que hoy por hoy encuentro un poco laboriosa, que es incapaz de aclararse sobre si la civilización simia es realmente superior a la nuestra (quizá respeten más el medio ambiente, pero cazan y masacran a seres inteligentes y mantienen un sistema de castas tan inamovible como el de la India) y que deja con dudas sobre si la verdadera vocación del guionista Rod Serling no sería más bien el púlpito que las pantallas. Lo confieso: no disfruté mucho de este programa doble. Puestos a evocar el apocalipsis que viene, creo que lo hubiese pasado mejor con alguna de guerreros del Bronx de Enzo Castellari, seguida de “Ultimo deseo” de León Klimovsky, o de alguna de aquellas series B australianas, menos populares que "Mad Max", que confirmaban la demoledora, pero apócrifa, frase de Ava Gardner sobre Australia como el lugar ideal para rodar una película sobre el fin del mundo. Y todo ello visto de madrugada, no a las 4 de la tarde. Pero me callo, porque leídas algunas opiniones en la moribunda blogosfera, mi actitud crítica sobre la IX Muestra SyFy parece ser minoritaria y me limito, una vez más, a ir contracorriente como el salmón.


“The innkeepers” de Ti West, es otro ejemplo, como “The woman”, de película simplemente interesante elevada a título estrella del fin de semana. Yo admito que el cine de West me cae bien: es de los pocos directores de género de hoy en día que entienden que una película no puede estar compuesta de un clímax detrás de otro, y que un momento culminante lo es más aún cuendo está en lo alto de una curva que se ha ido ascendiendo gradualmente. “House of the devil” era eso: de un comienzo mundano en el que apenas sucedía nada se iba pasando a un sentimiento leve de amenaza hasta desembocar en una secuencia final de increíble intensidad que a un servidor, solo en su casa en una noche del despoblado agosto madrileño, le llegó a dar su miedillo. “The innkeepers” quiere ser un poco lo mismo pero a West le pierde su voluntad de caer mejor al público que en su anterior película, que era demasiado austera y dejaba pocos asideros a quien no quisiera un “fantástico ochentero de videoclub en versión de autor”. La relación entre la pareja de encargados del hotel Yankee Pedlar, empeñados en descubrir evidencias del fantasma que lo habita, en su último fin de semana de apertura, apuesta por la simpatía de una comedia romántica soterrada, pero la sucesión de bromas, falsos sustos y sueños varios termina por diluir la impresión global y hace estragos en la progresión dramática de una película que es entretenida en el sentido en que es entretenida la conversación exuberante de un rollista nato que encadena una anécdota atractiva tras otra sin tener en el fondo casi nada que contarte. La aparición, otra vez, de la antaño sex symbol Kelly McGillis ,en plan bruja agorera, proporciona momentos de anticipación narrativa que, en la línea de algunas ficciones televisivas del momento, causan un impacto apasionante para a continuación ser abandonadas una vez servido su propósito. El desenlace, aunque efectivo, reproduce, en menos logrado, el concepto de “House of the devil”, con el montaje sonoro tomando un protagonismo, a decir de algunos, excesivo, y recurriendo a mecanismos terroríficos quizá un poco elementales (uno prefería, por ejemplo, los flashes casi subliminales, a lo “El exorcista” de la película anterior de West). Quizá lo mejor, lo más burlón, de la película, sea ese plano fijo final aguantado hasta la náusea para que el público espere, o bien la aparición de algo horrible, o bien una explicación que nunca se da o bien se da pero no de la manera que se quería. Una peli como mínimo controvertida, con tantos defensores como detractores a la salida, lo cual siempre es bueno en un festivalillo de estos, pero que tampoco estaba a la altura de una sesión que debía ser uno de los puntos culminantes de todo el fin de semana.


Me hubiese gustado pasar un poco por encima de la clausura con “Lobos de Arga”, a la que me quedé, pese a mis malos presentimientos, en virtud de mis ganas de dar oportunidades e ignorar los prejuicios y con la duda de si veríamos un resurgir de aquellas películas de género españolas de principios de los 90, de la mano de gente como La Cuadrilla, de la Iglesia, Urbizu o Bajo Ulloa, que prometían una renovación en nuestro cine que luego quedó un poco en agua de borrajas (prueba de ello es que, del cuarteto mencionado, dos están desaparecidos en combate y los otros dos han pasado de ser los heraldos de unos nuevos modos a erigirse en alternativas casi únicas). Por desgracia, las virtudes de “Lobos” se quedan para mí en su buen ritmo y en lo competente de sus efectos y ambientación. El tipo de humor que propone Juan Martínez Moreno, con su recurso constante a exabruptos tabernarios y bromas pesadas a costa del más débil, me parece facilón y reiterativo, tendiendo a insoportable a partir del cuarto de hora y haciéndome desear, una vez que tenía claro todo lo que iba a suceder a partir de entonces casi con tanta claridad como me pasó con “John Carter”, el final de una proyección que, por si no fuera poco con no gustarme y dar una despedida más bien pésima a una edición decepcionante de la Muestra, dejó otra vez en evidencia que soy minoría (“Soy minoría”, qué titulazo, ¿eh? Ríete de Richard Matheson). El tipo de público que acogió con aburrimiento, abucheos y cachondeíto joyas “de autor” de años anteriores como “Amer”, “Vinyan” o “Thirst”, recibió con aplausos entusiastas una comedieta populista con la que me resultó imposible conectar aun intentándolo y en la que incluso llegué a echar de menos a mis odiados Santiago Segura o José Mota. Hay que resignarse a la extinción como buen dinosaurio, aceptar de buen grado la voluntad democrática de un pueblo que prefiere ver “Sálvame” o “Gran Hermano 23” antes que conciertos de la Filarmónica de Berlín o películas en blanco y negro. Hay que saber dejar cosas atrás, como por ejemplo la ilusión y la confianza en la gente que sabía hacer las cosas bien. La Muestra SyFy ha progresado sin duda, en atraer más público e impacto mediático, han sabido dar un golpe maestro en tiempos de crisis bajando el precio del abono, y han aprendido a hacer zoom en las copias digitales, algo de lo cual los proyeccionistas del Palafox parecían no ser capaces, pero los amargados como un servidor sentimos que “nos han quitado” uno de nuestros momentos cumbres del año y una de nuestros pequeños motivos para aguantar las miserias cotidianas durante doce meses. Toda vez que, si los mayas, o sus intérpretes, tienen razón, se acabó lo que se daba y no habrá más Muestras SyFy. Lo cual, visto lo visto este año y si la tónica perdura, no será tan trágico como suena.

domingo, 16 de enero de 2011

Un vicio muy extraño


Siempre he creído que se ama la década en la que se fue niño y se odia aquella en la que se fue adolescente. Ahí tal vez quepa buscar una de las claves de que me guste tanto el giallo: es empezar a ver películas como “La perversa señora Wardh” y experimentar una inmersión total en la época. Esos interiores con el papel pintado blanco de rayas verdes, ese rímel de Edwige Fenech, esas camisas naranjas de George Hilton abrochadas en el tercer botón para lucir pecholobo de latin lover. Todo cuanto a algunos descreídos les produce una hilaridad malintencionada, a mí me resulta entrañable, una fuente inagotable de ensueño visual fechada en los años en que la vida me parecía tan llena de posibilidades. No me parece casual, ni mucho menos, que gran parte de mis gialli míticos se produjeran, como este de Martino, en el mismo año en que nací.







Ver el cuerpo opulento en carnes de Edwige Fenech retrotrae también a una época feliz durante la cual el canon erótico no estaba aún filtrado por la sensibilidad gay de los modistos, ansiosos por convertir a sus modelos en figurines andróginos de caderas huesudas y ojos hambrientos. Ver desfilar por el encuadre a Edwige no sólo debería arrancar suspiros de nostalgia a todo hombre hetero (o bi) con un mínimo de sangre en las venas, sino además provocar admiración ante el hecho de que aquel cuerpo fuese utilizado, antes de las comedias eróticas con Alvaro Vitali, como emblema de pasiones ocultas e inconfesables, en una extraña combinación de rotundidad y decadencia.







Eran los años del informe Kinsey, al que se refería con cierto gracejo el fotógrafo erótico de “Solange”, al afirmar que se podían hacer otras cosas con las colegialas aparte del sexo con penetración, de modo que centrar parte de la trama en las apetencias masoquistas ocultas de una respetable mujer casada no tenía nada de particular. Ivan Rassimov, con su inconfundible rictus malévolo, era el íncubo de la señora Wardh, residente en un palacio semiabandonado y rodeado de un pequeño zoo particular. Cuando se encuentra placer en hacer llover cristal sobre un cuerpo desnudo y fundirlo con otro mientras las esquirlas rozan, se hincan y desgarran, se hace necesario huir hacia la seguridad que puede proporcionar Alberto de Mendoza como próspero hombre de negocios. Pero la soledad de una mujer descuidada por su marido hará que la mera visión de un coche negro, la evocación de una sensual paliza bajo la lluvia, provoquen a Julie tanto terror como añoranza. Porque a menudo es la añoranza lo que más impide dormir por las noches.







Pero un asesino aterroriza Viena, como si de una trama expresionista de Berg o Kokoschka se tratara. Una navaja barbera castiga la carne impúdica de chicas que se prostituyen junto al aeropuerto, o pelean en fiestas de moda destrozándose sus vestidos de papel. El coche negro se pasea por la ciudad. Julie recibe misteriosos anónimos. Acostumbrados a la lógica paranoide de los argumentos de ficción, daremos por supuesto que todos estos elementos guardan relación, y que encajarán perfectamente en el mismo rompecabezas, pero Ernesto Gastaldi y sus colaboradores nos enseñarán que, en la vida, no hay un único rompecabezas, sino unos rompecabezas dentro de otros. En estos guiones, no hay realmente trampas, pero, para resolver el enigma, a veces haría falta un poco de pensamiento lateral…




Así pues, el tramo final es una sucesión de sorpresas, pero uno lamenta un poco, como sucede a menudo en este cine, que se opte por el suspense a piñón fijo antes que desarrollar hasta el final las sugestivas premisas iniciales: una vez puesta en marcha la maquinaria de la tensión, nos quedamos sin saber a dónde habría conducido a la señora Wardh su “extraño vicio”. Sólo sabemos que, habiendo desaparecido ya de su vida sus tres hombres (cuyo comportamiento serviría para poner en tela de juicio la tan cacareada misoginia del giallo), Julie casi lamenta no haberse quedado en la muerte de la que se la hizo surgir, y cuya cercanía le solía proporcionar un inefable éxtasis setentero con efecto flou , cámara lenta y melosos coros femeninos de fondo.