Mostrando entradas con la etiqueta Folk británico. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Folk británico. Mostrar todas las entradas

sábado, 29 de septiembre de 2012

10 discos mágicos de mi última infancia


Cuando uno sale inusual, uno sale inusual, no hay vuelta de hoja. A veces parece que una configuración particular de los astros va torciendo el camino de uno hasta conducirlo a los jardines de leche y miel o, en su defecto, a las montañas de la locura. Cuando otros de mi edad escuchaban a grupos del punk o la nueva ola, o de rock duro, o, peor aún, de la movida madrileña, en nuestro viejo tocadiscos Philips de aguja deteriorada y caníbal que iba destruyendo los microsurcos a la par que los descifraba, sonaban cosas como estas:

1 – “Anatomy of a South African village” (Dollar Brand)
 

Creo que solo lo escuché una vez antes de que mi hermano lo devolviera a su dueño, pero recuerdo una especie de poema pianístico que situaba al oyente en el corazón de África y hacía creer en el piano como instrumento autóctono del continente negro. Años depués leo a algunos que Keith Jarrett se inspiró en Brand, luego rebautizado por el islam como Abdullah Ibrahim, para sus laureadas improvisaciones al teclado, y me lo creo.

2 – “Now we are six” (Steeleye Span)
 

El folk-rock inglés, y un poco del francés, formaba parte habitual de nuestras escuchas, gracias al sello Guimbarda de la discográfica C.F.E. y gracias a artistas que entonces eran parte del mainstream como Steeleye Span. Recuerdo que escuchamos este disco por primera vez porque un amigo de la familia lo había comprado en Inglaterra. Creo que debimos de ser el único hogar en el universo con una perra dálmata bautizada en honor de Maddy Prior.

3 – “Mr. Fox” (Mr. Fox)
 

Otra de folk inglés en su vertiente más truculenta, combinando canciones bailonas con las típicas leyendas británicas de asesinatos y mutilaciones en caminos nocturnos, para las que se creaba una atmósfera musical de trance y zumbido bastante adecuada. Recuerdo que Guimbarda lo editó en un doble con el otro disco del grupo, “The gypsy”, reproduciendo las dos portadas en el interior, y que me daba miedo abrir el álbum y ver el dibujo en blanco y negro. “Elvira Madigan” a día de hoy me hace llorar, y “Mendle” es un clásico inmarcesible que evoca una especie de aquelarre hippy, inquietante e insinuante a la vez.

4 – “Hatfield and the North” (Hatfield and the North)
 

La portada era fascinante, pero lo importante quizá fuese que a mi hermano no le gustaba, lo consideraba “mediocre” y lo devolvió pronto a quien se lo había prestado. Porque si le hubiese gustado, lo tendríamos aún en casa, él era así. Sonido Canterbury, jazz-rock de ojos azules mucho peor tocado que el de cualquier banda fusionera estadounidense pero con un toque extraño, con una retranca británica y un surrealismo decadente y lluvioso con los que Return to Forever nunca habrían podido competir.

5 – “Vampyria” (Jordi Sabatés & Tete Montoliù)
 

Si yo llegué a simpatizar alguna vez con las aspiraciones nacionalistas catalanas, fue porque las asociaba a todo aquel movimiento de jazz fusión, editado mayormente por Edigsa, cuyas portadas estaban redactadas en un idioma raro. La contraportada de este disco, sin embargo, estaba en castellano, y gracias a ella tuve mi primer conocimiento de un tal Baudelaire. Aquellos dúos de piano eléctrico y acústico, aquel jazz onírico con títulos como “Stonehenge”, me marcaron hasta hoy.

6 – “Koprivshtitsa 71”
 

¡Un disco con los créditos en otro alfabeto! ¡Nada menos que folk búlgaro! ¿Cómo acabó esto en nuestra casa? Ni idea, pero varias de las melodías, varios de sus giros melódicos, el extraño soniquete de sus gaitas, dejaron sus ecos girando en mi cabeza antes de que a nadie se le hubiera ocurrido la categoría “world music”.

7 – “Le bestiaire” (Malicorne)
 

Otra de folk-rock, pero en esta ocasión de nuestros vecinos del Hexágono. Quizá los primeros artistas que escuché cantando en ese idioma que para mí ha terminado representando tantas aspiraciones nunca alcanzadas, y encima dejando en mí la semilla de leyendas tradicionales inquietantes, de licantropía, de cuadrillas fantasmales que arrastran consigo a quienes osaban cazar en el Día del Señor, de vagabundos con poder sobre las manadas de lobos, de amores inmortales que se desarrollan a lo largo de la eternidad en un ciclo de reencarnaciones animales. Los agradecimentos del grupo mencionaban a un escritor que desconocía, Claude Seignolle, que hoy por hoy es uno de mis dioses personales.

8 – “Solstice” (Ralph Towner)
 

Otra de jazz alucinado en los márgenes de la música contemporánea, con un par de temas compuestos a base de lo que entonces me parecían “ruidos”, ambientes etéreos a la par que casi narrativos, y un dúo de guitarra acústica y batería que motivó a mi hermano un comentario en el que creo haber escuchado por vez primera la palabra “funky”. Aquella fue la gran época del sello ECM, cuando grababa aquellos discos marcianos que hacían escupir bilis a los que creían ir a encontrar jazz de toda la vida, y que lamento amargamente no haber tenido ni la edad ni el dinero para llevarme a puñados cuando el Discoplay de Los Sótanos los liquidaba en vinilo a 200 pesetas. Como ejemplo de justicia poética, este disco fue prestado por mi hermano a no sé quién, y nunca regresó a casa.

9 – “Girl from Martinique” (Robin Kenyatta)
 

Otra frikada de ECM que, de manera un poco más salvaje que Dollar Brand, nos situaba a base de improvisaciones atmosféricas en el corazón del África profunda. Versión un tanto europeizada del free jazz hippioso que había hecho furor en la década anterior y que mi hermano tanto despreció siempre, este disco abrió la posibilidad nunca aprovechada de orientar mi curiosidad hacia los sonidos del continente negro, pero no dudo que de aquí surge un poco mi simpatía hacia los entusiasmos frenéticos y el lirismo alienígena de gente como Pharoah Sanders.

10 – “Pan & Regaliz” (Pan & Regaliz)
 

Uno de los pocos grupos españoles de mi panteón infantil, imitación de baratillo de los Pink Floyd más psicodélicos o los Jethro Tull blueseros del “This was”, con unas atroces letras en inglés de los tiempos anteriores a la oleada indie de estudiantes de Filología Inglesa, su disco sigue durmiendo el sueño de los justos en un armario detrás de una triple capa de series de anime en DVD, y tal vez sea mejor así: los recuerdos cálidos de una infancia en la que todo parecía posible corren el riesgo de chocar con el frente frío de un presente desencantado y sin posibilidades, y de encontrarse, en medio de la tormenta resultante, con que, pese a todo, no hemos perdido del todo la inocencia perversa de aquellos años.

domingo, 2 de diciembre de 2007

Pentangle: "The time has come 1967-1973"


Ayer en el Saturn, encontré al irrisorio precio de 16 euritos este lujoso estuche de 4 cedés, lanzado este mismo año, de un grupo que siempre he estimado mucho: Pentangle.

Formado por los guitarristas John Renbourn y Bert Jansch, la cantante Jacqui McShee, el contrabajista Danny Thompson y el percusionista Terry Cox, Pentangle unieron durante seis años folk británico, música medieval y renacentista, blues, jazz y sus gotitas pop sesenteras en una mezcla que ha soportado el paso del tiempo como pocas.

La caja recopila algunos de sus mejores momentos en disco (aunque echo de menos algunas de mis canciones favoritas, como “I loved a lass” o esa versión del “All blues” de Miles Davis titulada “I’ve got a feeling”), el famoso concierto de 1968 en el Royal Festival Hall (que ya poseerán en su totalidad los que tengan la última versión en CD del “Sweet child”) y un último disco de inéditos para la televisión y el cine. No falta el típico folleto exhaustivo lleno de fotos, programas de concierto y demás.

Podría lanzarme a un recuerdo personal de mi infancia y primera juventud escuchando a este grupo y a otros artistas de música tradicional europea que editaba el ya mítico sello Guimbarda, a un análisis de las influencias musicales de la banda, de lo bella que era la voz de Jacqui y lo chulísimos que eran los arabescos acústicos de John y Bert, ponerme lírico sobre cómo discos así me hacen evocar un mundo intemporal de inocencia perdida, pero hay un momento en concreto que encapsula lo grandes que fueron, son y siempre serán para mí Pentangle.

Fue hace unos tres años, mientras estudiaba sin esperanzas para una de mis múltiples oposiciones, con un cedé recopilatorio de la banda como fondo musical. Cuando llegó “Lord Franklin”, me detuve un momento para escuchar la letra, en la que jamás me había fijado. La voz normalita pero extrañamente carismática de John Renbourn iba desgranando la historia del explorador enviado por Inglaterra en una misión hacia el Polo. La interpretación y el arreglo del grupo me metieron de tal modo en la canción que me apareció con gran viveza en la mente la imagen del barco velero internándose entre los hielos hacia una muerte segura, y la encontré tan romántica y melancólica, tan llena de una épica triste, que os juro que se me saltaron las lágrimas.

Si esa no es una de las misiones del arte, no sé cuál otra puede ser.