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martes, 19 de julio de 2022

525: XVIII Muestra SyFy: Cubrir el expediente


Mi afición a ser simbólico y pretencioso me lo deja a huevo: si el regreso post-pandémico de la
Muestra SyFy iba a representar la presunta reanudación de la vida que llevábamos antes, con sus costumbres bien instaladas, sus pequeñas tonterías cotidianas que dejan sabor a rutina, y todo lo demás que se tiende a sobrevalorar por el mero hecho de haberse pasado un tiempo sin ello, lo cierto es que la conclusión es dura: o el nivel de la existencia se ha desplomado, o la normalidad no era para tanto.

Incluso un servidor, que desde estas crónicas siempre ha luchado por mantenerse en el bando del “vaso medio lleno”, defendiendo el evento contra los pesimistas profesionales que denunciaban la peor edición hasta el momento año tras año, y señalando el puñado de títulos que conseguían justificar todos los sinsabores, ha terminado por tirar la toalla y concluir que el Sherlock Holmes que volvió tras su supuesta caída de las cataratas de Reichenbach ya no es el mismo y nos han dado el cambiazo.

Empezando por la asistencia y el ambiente, la bajada del público fue muy notable. Acostumbrado a ver la sala 1 hasta las trancas incluso en mi zona habitual de las primerísimas filas, me encontré este año rodeado de asientos vacíos, algo que egoístamente me parece positivo al relajarse la tensión de encontrar un buen puesto de visionado, pero que, pensando desde el punto de vista de la salud de la Muestra como acontecimiento, puede inquietar pues insinúa el inicio de una curva descendente.


Es cierto que la
Muestra, en ese fin de semana, tuvo la competencia del “Tiempo de Culto Weekend”, dirigido a un público muy similar (aunque personalmente es un cierto misterio para mí cómo películas como “Commando”, con Schwarzenegger, inflada por la nostalgia, o “Delta Force”, que siempre encontré de lo peor de la Cannon, pueden hacerle sombra a un festival de pelis fantásticas recientes, pero siempre se puede achacar semejante opinión amargada a mi gris adolescencia en los 80), y también cabe argumentar que una buena parte del público consiste de jóvenes en edad universitaria para quienes el último fin de semana de mayo no es el momento más oportuno para dejar los libros y entregarse al frikismo, pero aun así estaba el factor “expectativa tras dos años sin una edición completa” y el carácter único en Madrid de la propuesta tras confirmarse de manera oficiosa que el festival Nocturna, la otra cita ineludible, no volvería a celebrarse.

El sentimiento de cierta decepción ya se empezó a mascar en la primera sesión del viernes, cuando la sala 1, por problemas nunca explicados, fue reemplazada por la 2 y la 3, y los que no somos catalogables en la taxonomía férrea de la Muestra, porque somos intelectualoides pero también nos gusta un poco la juerga, fuimos castigados durante el pase de “Settlers” (de la que ya hablaremos luego) con todo el griterío y las bromas cutres de la “mandanga”, pero no en un segundo plano lejano, sino EN UN ESPACIO PEQUEÑO. El cansancio y el aturdimiento producidos por un público que ni se esfuerza en querer sacar nada de la película, y a quien le importa más que todos le oigan gritar su broma de gracia justita o nula que en querer enterarse de lo que se supone que le quieren contar, me marcó un cierto punto de saturación complementado en la película siguiente por algo que nadie dice nunca: que la proyección en la sala 2, la del público “serio”, es notablemente peor, con resolución mucho más baja. La ilusión de libre albedrío para el público de esta Muestra se limita a eso, a una ilusión: en el mundo real, solo existe la sala 1.

Aparte de sentirnos encerrados en la cárcel de los aspirantes a Peter Pan, nos encontramos con una apreciable bajada del nivel de la programación. El especial Halloween del 2021, al que asistió aún menos público, constó solo de 4 películas, pero es que la edición número 18, con su cuenta habitual de 15 títulos sin contar las matinales infantiles, se redujo a no muchas más de 4 o 5 verdaderamente reseñables, un número de pelis de relleno demasiado alto y la ausencia completa de muchas de las líneas maestras habituales: no hubo animación, no hubo cine asiático, no hubo flipadas de autor y faltó un título de verdad destacado para la clausura, que debe ser un fin de fiesta que deja con ganas de más pero este año vio desfilar sus créditos finales con cierta frialdad.


Por si fuera poco, la noche del sábado al domingo nos puso en una situación casi distópica: la celebración multitudinaria de la decimocuarta
Liga de Campeones del Real Madrid nos dejó prácticamente atrapados en el centro de la ciudad, debido a las calles cortadas, la ausencia de metro o autobuses nocturnos y la imposibilidad de conseguir un taxi convencional. La avaricia de arramplar con todas las cajas posibles de cereales Chocapic distribuidas gratuitamente en las butacas tuvo el castigo poético de tener que cargar con ellas en un paseo nocturno por media ciudad que nos recordó con frecuencia a “The Warriors” de Walter Hill. Entre los cuatro días de Muestra, llegué a juntar en casa 18 cajas de este producto, y el recuento está efectuado después de haber regalado varias a diversos allegados. Todo un síntoma equiparable al eclipse de “CODA”, ganadora del Óscar a Mejor Película de la que pocos ya se acuerdan, por la bofetada de Will Smith a Chris Rock: termina permaneciendo lo accesorio en detrimento de lo principal.

lunes, 16 de diciembre de 2013

"Nihon no yoru to kiri" (1960): Perdidos en las brumas


 
Oshima se adelantó a su tiempo: mientras en Europa Godard exaltaba las virtudes como cocinero de Mao, él ya denunciaba los modos totalitarios de la izquierda. “Noche y niebla en Japón”, título tomado de Alain Resnais, rompía con las convenciones del entretenimiento para ofrecer un espacio de discurso y reflexión y ayudó a inaugurar el cine “de autor” a la japonesa. El escenario es una boda simétrica y majestuosa, de estética rota por panorámicas temblequeantes que socavan, como los visitantes inoportunos al evento, los cimientos de una mentira. Hay un militante muerto o desaparecido; los flashbacks revelan mentiras y adulterios; el salón de bodas, gracias a juegos teatrales de luz, deviene manifestación callejera. Hay más ensayo que arte, pero esta peli ardua deja un poso interesante. La Shochiku la vio capaz de desencadenar el asesinato del líder comunista Inejiro Asanuma.

sábado, 29 de septiembre de 2012

10 discos mágicos de mi última infancia


Cuando uno sale inusual, uno sale inusual, no hay vuelta de hoja. A veces parece que una configuración particular de los astros va torciendo el camino de uno hasta conducirlo a los jardines de leche y miel o, en su defecto, a las montañas de la locura. Cuando otros de mi edad escuchaban a grupos del punk o la nueva ola, o de rock duro, o, peor aún, de la movida madrileña, en nuestro viejo tocadiscos Philips de aguja deteriorada y caníbal que iba destruyendo los microsurcos a la par que los descifraba, sonaban cosas como estas:

1 – “Anatomy of a South African village” (Dollar Brand)
 

Creo que solo lo escuché una vez antes de que mi hermano lo devolviera a su dueño, pero recuerdo una especie de poema pianístico que situaba al oyente en el corazón de África y hacía creer en el piano como instrumento autóctono del continente negro. Años depués leo a algunos que Keith Jarrett se inspiró en Brand, luego rebautizado por el islam como Abdullah Ibrahim, para sus laureadas improvisaciones al teclado, y me lo creo.

2 – “Now we are six” (Steeleye Span)
 

El folk-rock inglés, y un poco del francés, formaba parte habitual de nuestras escuchas, gracias al sello Guimbarda de la discográfica C.F.E. y gracias a artistas que entonces eran parte del mainstream como Steeleye Span. Recuerdo que escuchamos este disco por primera vez porque un amigo de la familia lo había comprado en Inglaterra. Creo que debimos de ser el único hogar en el universo con una perra dálmata bautizada en honor de Maddy Prior.

3 – “Mr. Fox” (Mr. Fox)
 

Otra de folk inglés en su vertiente más truculenta, combinando canciones bailonas con las típicas leyendas británicas de asesinatos y mutilaciones en caminos nocturnos, para las que se creaba una atmósfera musical de trance y zumbido bastante adecuada. Recuerdo que Guimbarda lo editó en un doble con el otro disco del grupo, “The gypsy”, reproduciendo las dos portadas en el interior, y que me daba miedo abrir el álbum y ver el dibujo en blanco y negro. “Elvira Madigan” a día de hoy me hace llorar, y “Mendle” es un clásico inmarcesible que evoca una especie de aquelarre hippy, inquietante e insinuante a la vez.

4 – “Hatfield and the North” (Hatfield and the North)
 

La portada era fascinante, pero lo importante quizá fuese que a mi hermano no le gustaba, lo consideraba “mediocre” y lo devolvió pronto a quien se lo había prestado. Porque si le hubiese gustado, lo tendríamos aún en casa, él era así. Sonido Canterbury, jazz-rock de ojos azules mucho peor tocado que el de cualquier banda fusionera estadounidense pero con un toque extraño, con una retranca británica y un surrealismo decadente y lluvioso con los que Return to Forever nunca habrían podido competir.

5 – “Vampyria” (Jordi Sabatés & Tete Montoliù)
 

Si yo llegué a simpatizar alguna vez con las aspiraciones nacionalistas catalanas, fue porque las asociaba a todo aquel movimiento de jazz fusión, editado mayormente por Edigsa, cuyas portadas estaban redactadas en un idioma raro. La contraportada de este disco, sin embargo, estaba en castellano, y gracias a ella tuve mi primer conocimiento de un tal Baudelaire. Aquellos dúos de piano eléctrico y acústico, aquel jazz onírico con títulos como “Stonehenge”, me marcaron hasta hoy.

6 – “Koprivshtitsa 71”
 

¡Un disco con los créditos en otro alfabeto! ¡Nada menos que folk búlgaro! ¿Cómo acabó esto en nuestra casa? Ni idea, pero varias de las melodías, varios de sus giros melódicos, el extraño soniquete de sus gaitas, dejaron sus ecos girando en mi cabeza antes de que a nadie se le hubiera ocurrido la categoría “world music”.

7 – “Le bestiaire” (Malicorne)
 

Otra de folk-rock, pero en esta ocasión de nuestros vecinos del Hexágono. Quizá los primeros artistas que escuché cantando en ese idioma que para mí ha terminado representando tantas aspiraciones nunca alcanzadas, y encima dejando en mí la semilla de leyendas tradicionales inquietantes, de licantropía, de cuadrillas fantasmales que arrastran consigo a quienes osaban cazar en el Día del Señor, de vagabundos con poder sobre las manadas de lobos, de amores inmortales que se desarrollan a lo largo de la eternidad en un ciclo de reencarnaciones animales. Los agradecimentos del grupo mencionaban a un escritor que desconocía, Claude Seignolle, que hoy por hoy es uno de mis dioses personales.

8 – “Solstice” (Ralph Towner)
 

Otra de jazz alucinado en los márgenes de la música contemporánea, con un par de temas compuestos a base de lo que entonces me parecían “ruidos”, ambientes etéreos a la par que casi narrativos, y un dúo de guitarra acústica y batería que motivó a mi hermano un comentario en el que creo haber escuchado por vez primera la palabra “funky”. Aquella fue la gran época del sello ECM, cuando grababa aquellos discos marcianos que hacían escupir bilis a los que creían ir a encontrar jazz de toda la vida, y que lamento amargamente no haber tenido ni la edad ni el dinero para llevarme a puñados cuando el Discoplay de Los Sótanos los liquidaba en vinilo a 200 pesetas. Como ejemplo de justicia poética, este disco fue prestado por mi hermano a no sé quién, y nunca regresó a casa.

9 – “Girl from Martinique” (Robin Kenyatta)
 

Otra frikada de ECM que, de manera un poco más salvaje que Dollar Brand, nos situaba a base de improvisaciones atmosféricas en el corazón del África profunda. Versión un tanto europeizada del free jazz hippioso que había hecho furor en la década anterior y que mi hermano tanto despreció siempre, este disco abrió la posibilidad nunca aprovechada de orientar mi curiosidad hacia los sonidos del continente negro, pero no dudo que de aquí surge un poco mi simpatía hacia los entusiasmos frenéticos y el lirismo alienígena de gente como Pharoah Sanders.

10 – “Pan & Regaliz” (Pan & Regaliz)
 

Uno de los pocos grupos españoles de mi panteón infantil, imitación de baratillo de los Pink Floyd más psicodélicos o los Jethro Tull blueseros del “This was”, con unas atroces letras en inglés de los tiempos anteriores a la oleada indie de estudiantes de Filología Inglesa, su disco sigue durmiendo el sueño de los justos en un armario detrás de una triple capa de series de anime en DVD, y tal vez sea mejor así: los recuerdos cálidos de una infancia en la que todo parecía posible corren el riesgo de chocar con el frente frío de un presente desencantado y sin posibilidades, y de encontrarse, en medio de la tormenta resultante, con que, pese a todo, no hemos perdido del todo la inocencia perversa de aquellos años.

viernes, 23 de marzo de 2012

11-3-2012: IX Muestra SyFy 4


A veces no basta con tener una idea buena, sino que es necesario darle una realización adecuada, a sí misma y al contexto en que la queremos situar. No hay nada malo, en principio, en el concepto de incluir proyecciones de clásicos del género dentro de un evento como la Muestra SyFy, sobre todo cuando el despiste de los programadores prácticamente asegura que les sacarán varias cabezas y hombros de altura en cuanto a calidad a la mayoría de títulos del cartel. Otra cosa es que pensemos que, en apenas tres días de una muestra que cuesta bastante esfuerzo organizar y que los aficionados esperamos como agua de mayo, incluir películas que nos sabemos de memoria y que no solamente son facilísimas de conseguir en vídeo doméstico sino que se suelen programar con cierta frecuencia en cinestudios y filmotecas, termina robando espacio para el descubrimiento de obras de las que quizá no oiríamos ni hablar de no encontrárnoslas aquí.


Aparte de que presentar el doblete de “Ultimátum a la Tierra” y “El planeta de los simios” bajo la bandera de la experiencia “Phenomena” es tramposo. “Phenomena”, como bien atestiguan sus documentos audiovisuales anexos, como la cortinilla de “Movierecord”, los anuncios de época con Eugenio o Alberto Closas o los tráilers de películas como “Los monstruos del mar” (con diferencia lo más disfrutable de la doble sesión), está concebida como una llamada a la nostalgia, a tratar de reproducir sensaciones del espectador joven (significativo que se haya tratado de las únicas proyecciones en 35 mm junto a la “Hell”). Sin embargo, ¿cuántos de los espectadores del Callao serían capaces de evocar con escalofríos agridulces, hechos de felicidad y añoranza por una juventud perdida, los estrenos originales, o incluso los reestrenos, de películas estrenadas en 1951 y 1968, respectivamente? Sospecho que lo importante era traer a Nacho Cerdá para que diese una pequeña charla y otorgase esa especie de glamour doméstico que parece estar entre los objetivos de la dirección actual de la Muestra. Porque, así es, “Phenomena” es una buena idea, pero hay maneras y maneras.


A mí personalmente, tanto “Ultimátum a la Tierra” como “El planeta de los simios” me parecen películas excelentes, con una merecida aureola de clásicos, pero he de confesar que su enésima revisión me aporta poco. Hay películas peores que estas dos que soy capaz de ver una y otra vez sin disminuir mi fascinación y sin dejar de ver elementos nuevos. En cambio, me conozco tan bien el desarrollo de “Ultimátum” que, en lugar de valorar la ingenuidad camp de sus efectos especiales o el ambiente realista, casi de cine negro, en el que se mueve Klaatu durante sus andanzas terrestres, tiendo a ser malintencionado y a ver su historia no como un llamamiento en contra de la Guerra Fría sino como una metáfora premonitoria de los Estados Unidos como futuro superpoder galáctico capaz de amenazar con sus super robots atómicos a las naciones díscolas empeñadas en perturbar el nuevo orden mundial. Del mismo modo, el espectacular y desolador tramo inicial de “El planeta de los simios” (que en la actualidad es la parte que prefiero con diferencia) deja lugar a una peripecia satírica que hoy por hoy encuentro un poco laboriosa, que es incapaz de aclararse sobre si la civilización simia es realmente superior a la nuestra (quizá respeten más el medio ambiente, pero cazan y masacran a seres inteligentes y mantienen un sistema de castas tan inamovible como el de la India) y que deja con dudas sobre si la verdadera vocación del guionista Rod Serling no sería más bien el púlpito que las pantallas. Lo confieso: no disfruté mucho de este programa doble. Puestos a evocar el apocalipsis que viene, creo que lo hubiese pasado mejor con alguna de guerreros del Bronx de Enzo Castellari, seguida de “Ultimo deseo” de León Klimovsky, o de alguna de aquellas series B australianas, menos populares que "Mad Max", que confirmaban la demoledora, pero apócrifa, frase de Ava Gardner sobre Australia como el lugar ideal para rodar una película sobre el fin del mundo. Y todo ello visto de madrugada, no a las 4 de la tarde. Pero me callo, porque leídas algunas opiniones en la moribunda blogosfera, mi actitud crítica sobre la IX Muestra SyFy parece ser minoritaria y me limito, una vez más, a ir contracorriente como el salmón.


“The innkeepers” de Ti West, es otro ejemplo, como “The woman”, de película simplemente interesante elevada a título estrella del fin de semana. Yo admito que el cine de West me cae bien: es de los pocos directores de género de hoy en día que entienden que una película no puede estar compuesta de un clímax detrás de otro, y que un momento culminante lo es más aún cuendo está en lo alto de una curva que se ha ido ascendiendo gradualmente. “House of the devil” era eso: de un comienzo mundano en el que apenas sucedía nada se iba pasando a un sentimiento leve de amenaza hasta desembocar en una secuencia final de increíble intensidad que a un servidor, solo en su casa en una noche del despoblado agosto madrileño, le llegó a dar su miedillo. “The innkeepers” quiere ser un poco lo mismo pero a West le pierde su voluntad de caer mejor al público que en su anterior película, que era demasiado austera y dejaba pocos asideros a quien no quisiera un “fantástico ochentero de videoclub en versión de autor”. La relación entre la pareja de encargados del hotel Yankee Pedlar, empeñados en descubrir evidencias del fantasma que lo habita, en su último fin de semana de apertura, apuesta por la simpatía de una comedia romántica soterrada, pero la sucesión de bromas, falsos sustos y sueños varios termina por diluir la impresión global y hace estragos en la progresión dramática de una película que es entretenida en el sentido en que es entretenida la conversación exuberante de un rollista nato que encadena una anécdota atractiva tras otra sin tener en el fondo casi nada que contarte. La aparición, otra vez, de la antaño sex symbol Kelly McGillis ,en plan bruja agorera, proporciona momentos de anticipación narrativa que, en la línea de algunas ficciones televisivas del momento, causan un impacto apasionante para a continuación ser abandonadas una vez servido su propósito. El desenlace, aunque efectivo, reproduce, en menos logrado, el concepto de “House of the devil”, con el montaje sonoro tomando un protagonismo, a decir de algunos, excesivo, y recurriendo a mecanismos terroríficos quizá un poco elementales (uno prefería, por ejemplo, los flashes casi subliminales, a lo “El exorcista” de la película anterior de West). Quizá lo mejor, lo más burlón, de la película, sea ese plano fijo final aguantado hasta la náusea para que el público espere, o bien la aparición de algo horrible, o bien una explicación que nunca se da o bien se da pero no de la manera que se quería. Una peli como mínimo controvertida, con tantos defensores como detractores a la salida, lo cual siempre es bueno en un festivalillo de estos, pero que tampoco estaba a la altura de una sesión que debía ser uno de los puntos culminantes de todo el fin de semana.


Me hubiese gustado pasar un poco por encima de la clausura con “Lobos de Arga”, a la que me quedé, pese a mis malos presentimientos, en virtud de mis ganas de dar oportunidades e ignorar los prejuicios y con la duda de si veríamos un resurgir de aquellas películas de género españolas de principios de los 90, de la mano de gente como La Cuadrilla, de la Iglesia, Urbizu o Bajo Ulloa, que prometían una renovación en nuestro cine que luego quedó un poco en agua de borrajas (prueba de ello es que, del cuarteto mencionado, dos están desaparecidos en combate y los otros dos han pasado de ser los heraldos de unos nuevos modos a erigirse en alternativas casi únicas). Por desgracia, las virtudes de “Lobos” se quedan para mí en su buen ritmo y en lo competente de sus efectos y ambientación. El tipo de humor que propone Juan Martínez Moreno, con su recurso constante a exabruptos tabernarios y bromas pesadas a costa del más débil, me parece facilón y reiterativo, tendiendo a insoportable a partir del cuarto de hora y haciéndome desear, una vez que tenía claro todo lo que iba a suceder a partir de entonces casi con tanta claridad como me pasó con “John Carter”, el final de una proyección que, por si no fuera poco con no gustarme y dar una despedida más bien pésima a una edición decepcionante de la Muestra, dejó otra vez en evidencia que soy minoría (“Soy minoría”, qué titulazo, ¿eh? Ríete de Richard Matheson). El tipo de público que acogió con aburrimiento, abucheos y cachondeíto joyas “de autor” de años anteriores como “Amer”, “Vinyan” o “Thirst”, recibió con aplausos entusiastas una comedieta populista con la que me resultó imposible conectar aun intentándolo y en la que incluso llegué a echar de menos a mis odiados Santiago Segura o José Mota. Hay que resignarse a la extinción como buen dinosaurio, aceptar de buen grado la voluntad democrática de un pueblo que prefiere ver “Sálvame” o “Gran Hermano 23” antes que conciertos de la Filarmónica de Berlín o películas en blanco y negro. Hay que saber dejar cosas atrás, como por ejemplo la ilusión y la confianza en la gente que sabía hacer las cosas bien. La Muestra SyFy ha progresado sin duda, en atraer más público e impacto mediático, han sabido dar un golpe maestro en tiempos de crisis bajando el precio del abono, y han aprendido a hacer zoom en las copias digitales, algo de lo cual los proyeccionistas del Palafox parecían no ser capaces, pero los amargados como un servidor sentimos que “nos han quitado” uno de nuestros momentos cumbres del año y una de nuestros pequeños motivos para aguantar las miserias cotidianas durante doce meses. Toda vez que, si los mayas, o sus intérpretes, tienen razón, se acabó lo que se daba y no habrá más Muestras SyFy. Lo cual, visto lo visto este año y si la tónica perdura, no será tan trágico como suena.

sábado, 31 de diciembre de 2011

Antiguos ídolos: Phish


Al final va a ser verdad eso de que, sobrepasados los cuarenta, uno comienza a ver, levemente sobreimpresos en la atmósfera de alrededor, los caminos que nunca se ofrecieron a nuestros pasos, o aquellos que en su momento dejamos atrás y por los que ya no se nos permitirá aventurarnos.

Uno se imagina, por ejemplo, a principios de los 90, como un jovenzuelo imberbe e impresionable asistiendo sin amigos a un concierto en las fiestas de un pueblo vecino y viéndose transportado a un mundo cósmico de voces e instrumentos entrelazados en una apoteosis improvistaiva hippiosa y buenrollista difícil de imaginar en la cínica y descreída Europa. Porque el país pudo ser Estados Unidos, la canción pudo ser “The Divided Sky”, y el grupo pudo llamarse Phish.

Aquí en España, con el mundo de la música pop y rock marcado por la cutrez oficializada de la Movida, con los entendidillos vendidos a la pérfida y sórdida Albión del New Musical Express y el Melody Maker y con un recelo hacia la exhibición de talento (excepción hecha del que permite regatearse a toda la defensa contraria y marcar gol) que parece estar cincelado en nuestro ADN , cuesta lo suyo entender que en los Estados Unidos perviva la herencia greñuda de los Allman Brothers o los Grateful Dead y que cientos de miles de jóvenes y no tan jóvenes acudan a ver cómo agrupaciones de músicos saltan como jabatos a los escenarios para pelear contra sus limitaciones a base de horas y horas de improvisación rockera. El fenómeno jam band, tan marcado por el idealismo y la ingenuidad como pudo estarlo en su día el rock progresivo, resulta tan exótico, cotejado con un panorama como el patrio, como el gamelan balinés o el teatro kabuki.

Ante el eclecticismo de Trey Anastasio, Mike Gordon, Page McConnell y Jon Fishman, los cuatro componentes de Phish, que jamás repetían un concierto, pasando del rock clásico a fusiones casi zappianas, amigos de las versiones sorprendentes (a veces de álbumes enteros, como “Quadrophenia”, “The Dark Side of the Moon” o el “White Album”), capaces de funcionar como una única mente musical en improvisaciones conjuntas de lo más épico donde el total era siempre superior a la suma de los cuatro miembros, pero también amigos de parodiar el virtuosismo de la estrella del rock cuando Fishman, el batería, se disfrazaba de “Henrietta” y deleitaba a la audiencia con trepidantes “solos” soplando el tubo de una aspiradora Electrolux, ante la autenticidad de cuatro instrumentistas lejanos de la perfección de los diplomados de Berklee pero también de su frialdad calibrada al milímetro, ante la emoción y el entusiasmo que supieron suscitar simplemente tocando y tocando con alegría y una cierta extravagancia mientras los medios mundiales sólo tenían ojos y oídos para el grunge o el britpop, sólo cabía desempolvar la funda de la Les Paul y juntarse con otros tres o cuatro frikis de las jams, sabiendo tocar o no, y aprendiendo directamente sobre la escena a fuerza de las mismas ganas y la misma entrega que mostraron Phish en su momento.

Aquí, en cambio, saber tocar, siquiera un poquito, siempre ha sido la ofensa capital en el pop y el rock (salvo el heavy, claro), y la improvisación siempre ha sido el coto de las élites enrarecidas del jazz, a menudo enrarecidas a fuerza de hambre por falta de circuito. La escena jam band, en cambio, “democratiza” la música improvisada (a veces dando lugar a grupos horrorosos, pero de todo tiene que haber), y provee un caldo de cultivo ideal para jovenzuelos imberbes e impresionables como el joven Abuelo Igor, que podrían haber pasado unos años locos de giras caóticas, composiciones pretenciosas e interminables desarrollos instrumentales antes de que el polvo se acumulase de tal manera sobre el estuche de su Les Paul que ni siquiera una erupción solar podría sacudirlo de su inercia.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Leone 84: C'era una volta in America


Se cuenta que los nietos de Sergio Leone, cada vez que alguien les recordaba que “Il nonno é morto” (el abuelo ha muerto), preguntaban “Chi l’ha ammazzato?” (¿quién lo mató?), quizá porque, habiéndose criado con los spaghetti westerns como una piedra angular de la cultura de la familia, resultaba lógico y natural que su antecesor dejase el mundo de forma violenta.


Pero, si bien el interés, o la obsesión, por la muerte son constantes en la carrera de Leone ya desde “El coloso de Rodas”, lo que fue cobrando una importancia creciente película tras película es el tema del recuerdo como maldición, el pasado como cadena que se arrastra al cuello durante toda la vida y de la cual uno no puede zafarse sino de maneras muy expeditivas. Tanto El Indio como Armónica o John Mallory viven en un limbo de recuerdos dolorosos de los que tratan en vano de escapar mediante la violencia. Pero, con el paso de los años, a medida que los sinsabores se acumulan, hay quien se pregunta si realmente merece la pena escapar de la memoria.


David Aaronson, alias “Noodles”, a la manera del Billy Pilgrim de Kurt Vonnegut, es un hombre desgajado de la corriente principal del tiempo, para quien las experiencias pasadas son un bucle de sombras chinescas que se superponen unas a otras sin que sea posible saber cuáles son anteriores y cuáles posteriores. Quizá Leone no lleva el concepto a sus últimas consecuencias y sólo se permite aplicarlo radicalmente en muy contadas ocasiones (por ejemplo, en la secuencia inicial, capaz de irritar por sí sola a legiones del estilo narrativo clásico, con sus casi tres minutos del timbre del teléfono en off recordando el dolor de la traición), pero la mezcla de realismo brutal, dejando un poco a un lado la estilización de los viejos tiempos, y de fluir nostálgico y onírico, es única hasta el momento en Leone, marcando una dirección artística nueva e interesante, aunque deje el poso amargo de mostrarnos al malicioso, vitalista y combativo cineasta de antaño como un hombre defraudado, tumbado filosóficamente por los golpes de la vida.


Ninguna otra película de Leone es tan personal, tan íntima, da tanto la impresión de referirse en clave a acontecimientos de la propia vida. Para empezar, Sergio no parece tener una visión muy positiva del sexo: la iniciación en él es sórdida, la búsqueda de la satisfacción es infructuosa y violenta y destruye la posibilidad de establecer una relación real, sobre todo porque, aparte de esto, la mujer que amas quizá sea ambiciosa y te considere demasiado poco para ella, mientras que la mujer capaz de satisfacerte a base de vicio quizá prefiera arrimarse a los ganadores de este mundo.


Es tentador, sobre todo en Italia, establecer un paralelismo entre la industria del cine y el crimen organizado: ambos son mundillos cerrados en los que no es nada fácil entrar, en los que a menudo entras por pertenecer a una familia determinada (Leone era hijo de Roberto Roberti, legendario pionero del cine mudo), y en los que no es fácil mantenerse en la cumbre por muchos éxitos y brillantes ideas que tengas. Lo importante no sería ni el talento ni la integridad, sino tu habilidad estratégica para conservar el poder. Una filosofía paranoide y victimista pero que se hace necesario perdonar a alguien que te ha regalado joyas como la “Trilogía del dólar” o “Hasta que llegó su hora” o incluso esta misma película.


Admito preferir las composiciones visuales en Techniscope, la ligereza y el sarcasmo de la trilogía clásica de westerns, pero “América”, pese a su mayor convencionalismo visual, marca de otra manera, sobre todo si eres un espectador joven. Aún recuerdo el impacto del rostro ensangrentado de Burt Young tras ser interrogado por los matones, de Tuesday Weld como la mujer que disfruta siendo violada en la joyería (incluyendo su jadeo final en el que claramente llega al orgasmo), del gangster traicionado que recibe un tiro en el ojo mientras examina un diamante robado, del contraste entre la poesía entrañable de la pequeña Deborah bailando al son de “Amapola” y su salvaje violación por Noodles en el asiento trasero de un coche alquilado, y, por último, del camión de basura en el que Max, alter ego y usurpador del protagonista, desaparece misteriosamente cuando le llega la inevitable hora del fracaso. Mucho más moral que los retablos picarescos de Scorsese, más sucia que los melodramas operísticos de Coppola, entrañable y desagradable al mismo tiempo, canto del cisne del cine rodado en grandes decorados, incómoda plasmación de una visión del mundo masculina y mediterránea, tosca y poco sutil en su faceta de denuncia política pero dotada de una sinceridad difícil de encontrar en esta época de la autoironía y el pastiche, lo que más cabe reprochar a “Erase una vez en América” (o quizá lo único) es que después de ella no pudiera haber más películas de Sergio Leone. El abuelo ha muerto, por desgracia. Y uno se sigue preguntando, aunque conozca la causa real de su muerte: ¿quién lo mató?

domingo, 19 de abril de 2009

Perder el alma por falta de uso


El cuento de Ramuz para “La historia del soldado” de Stravinsky lo deja claro: el diablo quiere el violín del soldado a cambio de riquezas porque el instrumento es su alma. Pero a cambio se verá obligado a vivir solo, sin que nadie lo reconozca, ni sus amigos, ni su propia novia. Al verlo, todos lo tomarán por un aparecido, un muerto viviente.

Los cuentos encierran sabiduría. En nuestro caso, no podemos hablar de riquezas, ni siquiera de una moderada abundancia, pero a cambio, la funda de la Epiphone cría polvo, convierte en permanentes las manchas de la pintura del piso hace dos años. Y va a ser verdad que existe el alma y que su ausencia es perceptible por quienes poseen cierta sensibilidad, o al menos por las mujeres, que son casi los únicos seres cuya sensibilidad nos importa mínimamente.

Es duro ser una persona sin alma, pero se puede vivir, igual que se puede vivir sin un apéndice o sin un riñón. Aparte de que lo de la soledad no es del todo cierto. Los muertos vivientes empezamos a ser legión, y un día conquistaremos el mundo.

domingo, 14 de diciembre de 2008

El ocaso de las colecciones


Uno empieza a darse cuenta de que consumir no es la solución cuando el ritmo de compra es muy superior a la capacidad de asimilar los artículos comprados. Si admitimos que uno atesora libros, discos o películas de vídeo como los emperadores de antaño acumulaban esposas en el serrallo, a uno le da rabia hacer cálculos y llegar a la conclusión de que ni aun alcanzando la edad de 200 años le será posible conocer de las tres cuartas partes de ellas apenas algo más que el nombre, la procedencia, el color de sus ojos y el de su piel.

Así pues, habiendo ya menguado el vigor viril que nos permitía dar cuenta de muchas concubinas en una sola noche de orgía y delirio, decidimos conformarnos con conocer bien a unas pocas y negarnos a abrir la puerta del castillo, como hacíamos antes, a cualquier desconocida con ojos burlones y sonrisa prometedora pero que terminaba extraviada con alguno de sus servidores en los laberínticos pasillos de la fortaleza, viviendo de las abundantes sobras, borrándose incluso de nuestra memoria, tantas son las veces que nos cruzamos con ella y creemos que siempre estuvo allí, que crecimos juntos.

Claro que ahí surge un nuevo problema: si apenas tenemos tiempo para disfrutar de nuestro harén ya cerrado y limitado, ¿con qué reemplazaremos el placer con que recorríamos nuestro territorio de un confín a otro, en busca de jóvenes bellas, curvilíneas y desharrapadas que incorporar a nuestra caravana? Quizá vaya siendo hora de edificar nuestro mausoleo, haciendo perecer bajo el látigo a cientos de esclavos encomendados de tallar con nuestro perfil la cumbre más elevada del imperio.

domingo, 6 de abril de 2008

Flashback: Los gozos de la lengua


Es el tipo de cosas que no suceden en la vida real. Estoy en la parada del autobús, esperando el 666 desde hace ya media hora, es de noche y la calle está vacía, tan sólo hay en la parada dos personas, yo y esta mujer madurita, de nariz francamente interesante, en quien llevo fijándome durante los últimos veintiocho minutos. Entonces pasa por la acera de enfrente un abuelete idéntico a Stravinsky, momento en el cual dejo de ser dueño de mis actos y, presa de un arrebato impropio de mi edad y experiencia, me vuelvo hacia la mujer y le digo, “¿Verdad que ese caballero de enfrente es igualito al célebre compositor ruso Igor Feodórovich Stravinsky?” Para mi considerable sorpresa, ella, en lugar de mirar hacia otro lado, me contesta con una voz como de flauta dulce un poco ronca que sí, que efectivamente, aunque se parece más a no sé qué director de orquesta alemán de cuyo nombre, y mira que es raro, no me acuerdo. Cito doce directores de orquesta alemanes y no es ninguno, manifiesto mi estupor al hallar en la vía pública a alguien que entiende de esas cosas, resulta que de pequeña vivía en París y su abuelo la llevaba a los conciertos, prosigo la conversación chapurreando en francés, del abuelo pasamos a la bohemia, de la bohemia a las drogas, de las drogas a México, de México al surrealismo, del surrealismo a la vida sexual, de la vida sexual a la metafísica, de la metafísica a Conan el Bárbaro, de Conan el Bárbaro al Señor de los Anillos, del Señor de los Anillos a T.S. Eliot, que admito nunca haber leído, de T.S. Eliot a los primeros escarceos adolescentes de ella en Londres, de sus escarceos adolescentes al rock duro, del rock duro a Aleister Crowley, de Aleister Crowley a las fluctuaciones en el precio del dinero, de estas fluctuaciones a los trucos para sacar más partido a la cesta de la compra, y mientras abordamos este nuevo y apasionante tema nos damos cuenta de que han pasado de largo tres autobuses 666, de que son las dos de la madrugada y de que ella tiene a la canguro polaca esperando ya dos horas con la niña. La acompaño a su casa y volvemos a emprenderla, seguimos con la economía doméstica, comparando los precios del mismo artículo en varios hipermercados de la capital, entre parrafada y parrafada me invita a quedarme por una noche en su casa, por supuesto acepto, normalmente no hablo con nadie y esa noche me siento ligero y sin trabas, casi una persona diferente, menos cobarde que de costumbre.

Arriba, en el apartamento, pillamos a la canguro en plena discusión incomprensible con su novio rubio, calvo y de ojos azules. Intento en vano, entre medias del trastorno y de la despedida atropellada, deducir de los ojos de la chica si mi anfitriona tiene la costumbre de ir pescando hombres por la calle. No obstante, una vez solos, ella prepara un té aromatizado, nos instalamos en el salón y la conversación sigue como si tal cosa. Claro está, se comienza con la niña, ella temía hacerse demasiado mayor para la maternidad, así que aprovechó la mejor oportunidad a su alcance. Bajo una luz progresivamente amarillenta y sobre un fondo de silencio en el cual cualquier crujido insignificante suena a explosión, ella me relata la incomprensible historia de su matrimonio, pretende elogiar a su marido con frases que suenan como insultos, describe, no se sabe si resignada u orgullosa, un cuadro idílico de esclavitud y sometimiento, un paraíso de cartón piedra que ella racionaliza con falacias, como si lo importante, a fin de cuentas, fuese tener a la pequeña, a costa de ella misma, a cualquier precio, incluso si la relación naufraga de modo permanente, al menos por los genes la niña será lista, no en balde su padre se pasa la vida en países rarísimos del Este, haciéndose de oro a base de venderles no sé qué artículos del todo innecesarios. A duras penas oculto mi incomodidad, pues me estoy quedando sin nada que decir, ella me envuelve con palabras que escuecen, me doy cuenta de que yo nunca podría ocupar el papel del pícaro mercachifle, intento cambiar de tema, maquillar, como siempre hago, las realidades que me disgustan. Pido ver a la niña, aunque sea dormida. Con suelas de plomo, entramos en su cuarto, un decorado como de habitación de Wendy en “Peter Pan”. Vuelta hacia un lado, casi no la veo, parece guapa, sin la nariz de su madre. Lo mejor que tiene, dice ésta, son los ojos, te mira y te parece que lo sabe todo, parece el gato de una bruja. Es mi ocasión para meter baza: los gatos son seres de un misterio caprichoso, desde el antiguo Egipto, son sombras que se deslizan a través de la cuarta dimensión espacial, a mi primera no-novia le gustan mucho, algo completamente lógico si la conoces, etcétera. Ella me habla de una película con muchos gatos que la asustó de pequeña, y de un caso extraño sucedido en su familia, después del cual prefiere mantener con los felinos relaciones cordiales pero a distancia, como con su marido, intervengo yo, y, cosa curiosa, le hace gracia, no nos callamos, son ya las cuatro menos veinte de la madrugada y la noche parece recién empezada.

No es frecuente poder soltar de una vez la jauría de ideas que uno mantiene tanto tiempo ociosas en el cerebro que terminan por comérselo de aburrimiento, resulta raro ver las palabras revoloteando por el aire, enlazándose con las de otra persona, construyendo entre ti y ella pactos y conspiraciones disparatados que requerirían firmarse en sangre. A la postre, se crea una intimidad plenamente física, la penetración de una cavidad corporal, un oído receptivo, mediante el latigueo de la lengua, húmeda, cálida, resbaladiza. Mi interlocutora, mediante su discurso pausado, constante, hace visible lo invisible, crea una nueva imagen de sí en la cual sus rasgos toman un nuevo carácter, hacen la imperfección bella, animan el deseo de abrazar al ente inaprehensible capaz de fabricar semejantes lazos de lenguaje, al ente encarnado sobre esta esfera celeste en un cuerpo, por alguna razón, jamás satisfecho de sí mismo. Por eso yo voy cambiando mi voz, la hago casi inaudible, varío el tono, hablo como los gemelos univitelinos lo harían entre sí en el útero, si supieran. Ella me imita, fuerza que nos acerquemos. Hablamos sin parar, de asuntos triviales, incluso del tiempo o los cotilleos de las celebridades, mientras nos deshacemos de la ropa, la dejamos doblada por los rincones, buscamos interminablemente la posición cómoda para ambos en la que realizaremos el acto físico de acercamiento, la imposible tentativa de acercarnos más de lo que podrían hacerlo las palabras. Lo hacemos despacio, sin callarnos, pellizcando y cosquilleando también nuestras mentes calenturientas ya tras tanto diálogo insinuante sólo entre las líneas. Parece inexplicable, pero no estamos nerviosos, somos capaces de retrasar de manera indefinida el instante supremo de silencio, como si el sonido de nuestras voces nos mantuviera los pies sobre la cuerda floja, permitiéndonos recombinar nuestros cuerpos, llevar a cabo modalidades sucesivas y renovadas del abrazo primigenio, en las cuales no figuraría, por necesidad, la estimulación oral, practicada ya entre nosotros desde nuestro encuentro, y de un modo, valga la redundancia, bastante más estimulante de cuanto puedan soñar esos seres lúbricos con glándulas salivares secas.

El amanecer despunta sobre los tejados ennegrecidos, ya se escuchan los primeros rugidos del tráfico, el techo ya cruje bajo las pisadas malhumoradas del vecino madrugador, no obstante seguimos en ello, apenas susurrando, entendiéndonos a la perfección, alargando las palabras, no deseando terminar, tener que callarnos y estar obligados a escuchar la música concreta de todos los días. Son unos pasitos leves los que nos sacan del trance. Es la gatita morena, buscando a su madre. La llamada de la especie nos desenlaza, me sume en el mutismo al tiempo que observo cómo ella atiende a su cría, la cual me mira, no sé por qué, como si comprendiera algo, sin timidez ninguna, pese a mi desnudez y mi considerable embarazo. Mi amiga afirma que no he de temer nada, total ella qué sabe, no llega ni a los dos años, y ademas ni siquiera ha llegado a hablar todavía, el tonto de mi marido teme que haya salido muda, pero a lo mejor soy yo que la confundo hablándole en cinco idiomas, quién sabe. Desayunamos en la cocina de anuncio, hablamos de televisión, de publicidades polémicas. Me parece oír cantar a un pájaro no sé donde, aunque es imposible en el barrio en que estamos, deben ser alucinaciones auditivas. Hemos de despedirnos en breve, pues el marido de ella llega al aeropuerto a las doce y allí deben estar ambas para esperarle, con su instinto detectivesco de Sherlock ella deducirá con qué tipo de zorras él se la ha estado pegando por esos mundos, lo pasarán bien los tres una hora de cada diez y las demás ni fu ni fa tirando a mal, él se volverá a ir y tal vez ella y yo volveríamos a vernos para terminar lo que habíamos empezado. En el portal, antes de tomar el taxi, ella me da un número de teléfono, yo le doy el mío, me besa con la mirada, la niña se me despide sin palabras, de un modo muy simpático, y allí me quedo, de pie sobre la acera, viendo irse al coche.

De vez en cuando, en los respiros que me permite mi empleo como Agente de Contingencias Crediticias, recuerdo aquella noche, evoco entre mis eternamente silenciosos compañeros a la mujer que pudo haberme cambiado, vuelvo sin soltar prenda al piso donde sólo me espera, cuando le da por volver, la gata que compré en un impulso hace unos meses, agarro el receptor telefónico y marco el teléfono ya casi borrado de la servilleta de papel donde ella lo apuntó. La mayoría de las veces, no contesta nadie. Otras, contesta una voz, con estrafalario acento extranjero, afirmando que me he equivocado, aunque en algunas ocasiones la misma voz de hombre, un poco disfrazada, me dice que ella no está, que anda de viaje por Albania o algo así, que puede que vuelva pronto, o puede que no. A veces incluso me atrevo a frecuentar el portal. Veo luces encendidas en su piso, no obstante el portero automático no funciona, nadie contesta ni abre al cartero comercial. Colándome en el edificio aprovechando las raras entradas o salidas de los vecinos, subo al piso y llamo al timbre. La puerta se abre con cadena y allí está la canguro polaca, con el inexpresivo novio detrás de ella, explicándome con pobres modales y peor español que su jefa, como dice ella, tardará aún un rato en llegar, y que por qué debería dejarme entrar para darle a la niña el regalo que le he comprado. Abajo, en la calle, se me hacen las tantas y tengo que volver, el trabajo obliga. Nunca había pasado tanto tiempo en la parada del autobús 666 como lo hago ahora, pero, mal que me pese, y por más que espero, ni siquiera veo reaparecer al enigmático anciano, imagen viva de Igor Stravinsky.

martes, 24 de julio de 2007

"El curso del corazón" de M. John Harrison


Son peculiares los mitos que rodean a este libro. Un reseñador hispano argumenta en la red que, a pesar de su calidad, constituía una lectura demasiado “difícil” para tratarse del primer libro de Harrison editado en nuestro país, y por tanto contribuyó a la relativa oscuridad y al olvido de su firma entre nosotros. Otra perla encontrada en el ciberespacio recomendaba la lectura previa de Ludwig Wittgenstein para entenderlo mejor. Con semejantes antecedentes, aguardé hasta un período vacacional para abrirlo y disponer de mis facultades mentales completas para desentrañar la madeja.

Pero no me encontré lo que había anticipado: Harrison escribe con una claridad y economía notables, sin que uno necesite volver sobre la misma frase una y otra vez para aproximarse a un sentido. Tampoco el sentido global se me antoja críptico, aunque quizá aquí influyan mis maneras de leer: al igual que en una novela policíaca me interesa mucho más el ambiente de misterio que la explicación final, considero que Harrison ve los elementos omitidos, los “agujeros” deliberados de la trama, como parte integrante de una poética de lo inexplicado, como una actitud inevitable ante las preguntas que la vida ni contesta ni contestará.

Podría decirse que “El curso del Corazón” es una novela sobre el sentido de la vida, sobre las tentativas infructuosas para recuperar la aureola mágica de existir que parecía permanente en la infancia, sobre las frustraciones de la vida en pareja, sobre las ficciones con que tratamos de hacer soportable la decepción, y sobre la inevitabilidad de la muerte. También hay visiones místicas, criaturas sobrenaturales, rituales mágicos y una historia alternativa de Europa, pero entretejidos en una alquimia misteriosa con los sucesos “reales”, con la oscuridad implacable de una narración sincera que no desea consolar con mentiras.

Yaxley, un sórdido y cutre hechicero contemporáneo, otorga a los tres protagonistas de la novela, durante sus estudios en Cambridge, un vistazo a la Pleroma, una dimensión ideal donde todo es como debe ser y todas las potencialidades se cumplen. Como resultado de esta experiencia, sus vidas se convierten en pesadillas de insatisfacción, embrujadas por la presencia de criaturas escapadas de su epifanía que les recuerdan en todo momento que el universo no es como debería ser. Como antídoto, la pareja que contrajo matrimonio inventa el mito de “el Corazón”, especie de Santo Grial místico transmitido de padres a hijos, ausente de la historia que conocemos desde la caída de Jerusalén (lo que explicaría su carácter caótico, entrópico, falto de espiritualidad), cuya genealogía imaginaría ambos van trazando hasta que queda claro que la mujer, aquejada de un tumor maligno, no es otra que la última descendiente de aquel linaje. Así, una ficción consoladora deviene en crepúsculo, en despedida a un cúmulo de ilusiones. No obstante, los atributos del Corazón se manifiestan en un espíritu femenino elemental, verde como la naturaleza, entreverado de sugerencias vegetales y acuáticas, que posee sexualmente al narrador y que podría ser asimismo parte del vislumbre de lo ideal que se llevó consigo de Cambridge.

Ese condicional “podría” es parte indisoluble del modo de novelar de Harrison: son tan pocas las certidumbres ofertadas, son tantas las posibles interpretaciones, que la desilusión del lector acostumbrado a ver encajar todas las piezas se me antoja inevitable. La magia se mantiene en un intrigante segundo término: apenas llegamos a saber nada de la ceremonia con la que Yaxley pretende que un ejecutivo y su propia hija de 13 años cometan incesto. Sólo sabemos que el narrador consiente en participar como medio para conseguir respuestas existenciales, y que el hechizo falla, como falla el ritual, preparado de antemano, con que Yaxley pretende burlar a la muerte. La magia se cobra un precio despiadado, parece decirnos Harrison, y no todos los magos son siquiera capaces de volver del abismo vestidos de blanco, como Gandalf. El abismo se queda en nuestro interior, sin que haya manera de llenarlo.

Otro de los innumerables núcleos temáticos del breve pero denso relato (225 páginas pueden dar para muchísimo) es la penetración del misterio de la mujer, que ha de permanecer incognoscible. La fantasía del narrador sobre una mujer vegetal se remonta a comentarios escuchados de pequeño a su madre sobre “una mujer adulta”, donde el inglés “grown” aúna los significados de crecimiento finalizado pero también de cultivo; el culto de la madre a las heroínas emancipadas pero solitarias interpretadas por Glenda Jackson o Vanessa Redgrave sirve para conformar una imagen fugitiva del otro sexo. Al final, varias verdades ocultas sobre su propia esposa servirán para insinuar al lector imaginativo que los diversos misterios de la novela no conforman sino uno solo, visto desde diversos puntos de vista.

Así es M. John Harrison: sencillo de leer pero difícil de explicar. “El curso del Corazón” será el típico libro que en sucesivas relecturas revele iluminaciones distintas y contradictorias. Breve, intenso y repleto de detalles peculiares, su mirada oscura (los necios dirán “deprimente”) a aspectos incómodos de la existencia sólo es comparable al sentido de misterio a punto de revelarse pero siempre huidizo que el arte de Harrison sabe crear con medios potentes y sutiles. Los lectores que no deseen correr riesgos preferirán “La ciudad color pastel”, primera y extraordinaria entrega de la serie sobre la ciudad imaginaria de Viriconium, pero el resto de la producción de Harrison (incluyendo los episodios finales de la propia “Viriconium”) resuena con la advertencia susurrada de que ambientemos nuestras búsquedas legendarias y nuestras aventuras heroicas dentro de nuestra propia alma, un alma más parecida a una Jerusalén bombardeada de lo que estamos dispuestos a admitir.

jueves, 28 de junio de 2007

El cine de terror y yo


Casi inquieta la manera en que vamos dejando atrás, o, peor aún, amontonando en el ático, lo que en su día fueron intereses absorbentes y privativos que llenaban nuestra vida entera. También me inquieta, a título personal, que me haya decidido a iniciar una bitácora, foro donde puedo dar rienda suelta ilimitada a mis obsesiones, en un momento en que no solamente cuento con poquito tiempo para escribir, sino en que además me voy adentrando en esa fase previa a la vejez definitiva en la que los entusiasmos parecen asunto del pasado.

En otras épocas, habría saturado mi blog con mis ventoleras sucesivas: durante unos meses, Frank Zappa; más adelante, los tebeos de DC-Vertigo y los méritos relativos de Gaiman, Morrison o Delano; luego, una etapa de caspa hispánica cantando los pocos pero alucinantes milagros de Paul Naschy, León Klimovsky o Amando de Ossorio; después, mis viajes de descubrimiento en los mundos de esa música que llaman “clásica”. Ahora parece que me he serenado y, en lugar de orgías frenéticas de ensimismamiento, guardo a mis amantes del pasado en cajas, como Catherine Deneuve en “El ansia”, y las abro de vez en cuando para ver qué tal les sienta la momificación.

Es lo que me ha pasado en cierta medida con el cine de terror. Mi gran época con él fueron los veintipocos años, cuando iba descubriendo poco a poco un mundo adulto que veía dominado por normas absurdas y arbitrarias que ejercían violencia sobre el individuo. Como gran especialista en evadirme que siempre he sido, noté que ya no me valían exclusivamente los mundos idílicos y caprichosos, que había ahí fuera una realidad más fea con la que había que enfrentarse de un modo más agresivo.

Por eso el primer cine de terror que me llamó la atención, después de una infancia y adolescencia en las que no vi ni una sola muestra del género, fue el que se suele etiquetar como “gore”, aunque medie una considerable distancia entre la realidad de ciertos títulos míticos y la imagen trivializada que se tiene de ellos (ejemplo claro: “La matanza de Texas”, que contiene mucha menor violencia explícita de lo que se cree).

Era un acercamiento idealista, por supuesto. Mostrar la violencia cruda, sanguinaria, desagradable, no era para mí sino literalizar metáforas sobre una vida cruda, sanguinaria y desagradable cuyas entretelas sucias se disfrazaban con un barniz de “buen rollito” al igual que la piel disfraza la carne viva, los higadillos y otros órganos que no por imprescindibles producen menor regomello al ojo humano. En cierta manera, para mí las escenas de sangre y violencia explícitas equivalían un poco a cuando Maldoror decía aquello de “hay que dejarse las uñas largas para hundirlas en el pecho de los niños”, era desesperación, sinrazón y protesta. Cuánto del Vietnam no había en aquellas primeras pelis de Hooper o Romero, cuánto de la angustia de un cuerpo sometido a la tiranía de los instintos o las enfermedades no había en el primer Cronenberg, cuánto de los volcanes durmientes de la mentalidad católica mediterránea no había en el “giallo” italiano.

Esa energía en representar lo chocante, agresiva y de mal gusto que puede resultar la violencia equivalía a nombrar a un muerto durante la cena, a recalcar con insistencia de niño pequeño aquello que todos saben pero pocos quieren reconocer: que, si te cortas, sangras, que, por mucho que nos empeñemos en darnos aires, en el fondo somos sólo carne que sufre, se arrastra y muere. De ahí lo vital de que el “gore” resulte de veras incómodo y desagradable, que remueva conciencias y que no se limite a un espectáculo técnicamente competente pero inocuo.

Ahí quizá pudo localizarse el germen de mi descontento y mi gradual desconexión del cine de terror más reciente: en la discrepancia entre esta concepción juvenil idealista y romántica, y la realidad más prosaica, comercial y frívola del subgénero. Empecé a percatarme en los festivalillos (en mi caso el llorado Imagfic madrileño): donde yo buscaba estremecerme y hallar una catarsis violenta de miedos, descontentos y frustraciones del más variado pelaje, las tropas que aún nadie denominaba “frikis” no querían sino carcajearse, tomarse a chota todo aquello que veían y complacerse en un sadismo de andar por casa que podía ser saciado mediante cualquier producto mínimamente cafre, sin que importara su ínfima calidad cinematográfica.

Hombre, bien es verdad que lo de “ínfima calidad cinematográfica” puede tener su gracia y servir también de revulsivo contra lo estereotipado y conservador de los gustos artísticos, pero al final, como con ciertos tipos de música rock, uno termina un poco cansado de los mismos tres acordes y de los mismos vómitos contra el sistema de personas que en el fondo ganan más dinero que tú y se acuestan con chicas mucho más guapas. Ya vas teniendo la impresión, departiendo con la gente, de que no importa cómo esté contada la peli, sino cómo se cargan a la maciza de turno; no importan los ambientes o los desarrollos sino lo asqueroso que pueda resultar determinado efecto; no es posible defender películas que apuesten por un fantástico más etéreo, sutil o con vocación clásica, porque, si no hay hachazos, martillazos o amputaciones de miembros a la altura del minuto 25, la peli es un coñazo. Y así todo.

Unase a esto la inevitable disolución de las pandillas de frikis juveniles y las connotaciones desagradables que fueron adquiriendo en mi mente algunos de estos viejos amigos (acordaos de cómo Tony Manero termina asqueado de su antiguo barrio en “Fiebre del sábado noche”) para que terminara por distanciarme del terror y separarme de él sin rencores, con un apretón de mano y un “hasta siempre”. A continuación descubrí la música clásica y se inició otro idilio de unos 12-13 años.

Y sin embargo... De mis 485 pelis en DVD a día de hoy, clasifico un total de 93, casi una quinta parte, bajo la etiqueta “Terror”. Sigo considerando pelis como “Posesión infernal”, “Zombi”, “La matanza de Texas”, “Aullidos”, “La mosca” versión Cronenberg o “La cosa” versión Carpenter como clásicos fundacionales, e incluso un “giallo”, que tiene mucho de terror, como “Rojo oscuro” de Argento, ostenta el título de mi Película Favorita de Todos los Tiempos, la que reviso más a menudo y de la que menos me canso.

¿Y esta contradicción? Bueno, tal vez porque los factores que me impulsaron a abrazar el terror como escape violento de la realidad han persistido o se han metamorfoseado en otros. Antes tal vez era el instituto, la facultad, la angustia sexual de la juventud, la falta de horizontes laborales, los problemas de convivencia familiar... Ahora podríamos listar los malos rollos del trabajo, los descontentos en las relaciones de pareja, el coste creciente de la vida, el aluvión de responsabilidades... Cada edad tiene sus problemas, y el poder de la imaginación es igualmente básico en todas ellas para tratar de conjurarlos. De ahí la falsedad esencial de que el terror y la fantasía son para adolescentes. Sería como afirmar que todos los adultos alcanzan un alto grado de satisfacción e identificación con su vida.

Pero yo me pregunto: ¿Asumen los productores de cine la necesidad de un cine de terror para adultos? No puedo responder con perfecto conocimiento de causa, pues apenas paso por taquilla para intentar disipar mis prejuicios contra determinados títulos. Culpad a los exhibidores: si hay un subgénero fílmico que raramente se exhiba en versión original subtitulada, incluso en paraísos cinéfilos como Madrid o Barcelona, es el terror (siempre que no lo dirija alguien como Tarantino, claro). Serán muy progres y exquisitos, pero, cuando se estrene el próximo hito comercial de “casquería e higadillos”, acercaos al Ideal para ver si la ponen, o, peor todavía, al circuito de los Renoir, Verdi, Alphaville y compañía. Con el cierre de los cines Luna, situados en esa plaza de apasionante fauna humana, Madrid perdió su último reducto de terror en V.O. (no en balde la última peli que vi allí fue “Saw”). Llamadme fanático, pero yo últimamente prefiero ver una versión original en DVD que un doblaje en salas. Mis prioridades han cambiado...

Pero volviendo a lo de antes, no hay casi terror para gente que sobrepase la adolescencia. El “revival” del “slasher” adolescente, abanderado por Wes Craven, reinó durante una temporada insufrible, para ser reemplazado por las tarantinadas en plan despiporre, al estilo de “Abierto hasta el amanecer”, que me pueden divertir pero que incurren en ese espíritu de frivolidad festivalera que me ocasiona cierta alergia.

La época del “J-horror” abierta por “The ring” me dio esperanzas, dada su recuperación de la historia clásica de fantasmas y su mayor sutileza narrativa en un momento en que el hachazo en la pierna se ha elevado a figura de estilo. Pero su sobreexplotación comercial a base de “remakes” USA mató su efectividad y motivó un cansancio precoz de fórmulas a mi juicio totalmente válidas que además introducían un nuevo sistema de relaciones entre lo imaginativo y terrorífico y un entorno verosímil y contemporáneo, sin goticismos de saldo.

Ahora parece que se quiere volver a un “gore” cafre y malsano, provocador, que no deje a nadie indiferente. “Alta tensión” de Alexandre Aja, una de las últimas que vi en los Luna, tenía una vitalidad salvaje, no pedía perdón a nadie por lo que hacía y se permitía una trampa narrativa final entrañable de puro injustificable. No puedo opinar sobre el “remake” por Aja de “Las colinas tienen ojos”, pero tengo entendido que incide en esta línea dura, única capaz de salvar al subgénero de lo que yo llamo el “gore de multisalas”, cuyos epítomes para mí son “Hostel” de Eli Roth (cuyos apuntes sociológicos considero superficiales e hipervalorados, amén de su prolongado segmento inicial a lo “American pie” o, peor aún, el díptico “Road trip”/”Euro trip”) o “Amanecer de los muertos” de Zack Snyder (que reduce el caos narrativo del original pero convierte la historia en una película de acción cuya pulida espectacularidad no la hace apenas desagradable). Por otro lado, la insistencia en el “survival” ya cansa: si voy a ver una peli, me hace ilusión que se traten cuestiones más complejas que la de cuáles protagonistas mueren y cuáles no.

Y ya que hablamos de “remakes”, ahí tenemos otro obstáculo a mi reincorporación a las salas como espectador de terror. Un “remake”, pese a lo que digan algunos, no es malo en sí mismo (como forofo de la música clásica, sería como afirmar que sólo un determinado intérprete u orquesta deberían abordar una determinada obra musical y nadie más), pero por desgracia el número de “remakes” que de verdad se proponen dar una nueva perspectiva a una vieja historia y expresar algo diferente con ella se podrían contar con los dedos del pie del alpinista ese que está en “Supervivientes” (¿o es “La isla de los famosos”? Definitivamente estoy “out of touch”, que dicen en inglés). El criterio de reciclar una historia antigua para un público de potrillos y terneras, aplicándole el más superficial lavado de cara e ignorando la mayoría de los factores que la hacían funcionar originalmente, parece ser el nuevo evangelio de un culto que se atreve con todo, hasta constituir un género en sí mismo.

Antes parecía que, si querías revisitar “La semilla del diablo” bastaba con remedarla encubiertamente, en combinación si puede ser con otras pelis, y sacabas “La cara del terror” o “Pactar con el diablo” (ambas, qué casualidad, con Charlize Theron), pero no dudéis que cualquier día de estos tendréis en vuestra multisala del barrio una “Rosemary’s baby” con todas las letras, con Scarlett Johansson en el papel de Mia Farrow, Aaron Eckhart en lugar de John Cassavetes y algún joven talento de la MTV tras las cámaras. A lo mejor vosotros iríais a verla, pero yo paso.