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jueves, 14 de abril de 2011

"Yellow Blue Tibia" de Adam Roberts


Mal que le pese a la vieja guardia ortodoxa del hard, la mayor esperanza de la CF para incorporarse a las corrientes principales de la literaura pasa por verla como un mecanismo de distanciamiento absurdista respecto de la realidad. Esa es la razón principal por la que casi todas las obras de Philip K. Dick, incluso las más insignificantes, permanecen en el catálogo, mientras que carreras enteras comprometidas con la especulación futurista "verosímil" duermen el sueño de los justos.

Por otro lado, el lector no especializado en estos subgéneros suele tener problema en dar por sentado un universo cien por cien imaginario. Comienzos como el de "Crónicas del Multiverso", de Víctor Conde, que en su primera frase da por supuesta la coexistencia entre mil y un razas alienígenas al mejor estilo de "Star Wars", son imposibles de aceptar para más de uno.

Adam Roberts tiene en cuenta todo esto y plantea una intriga de CF cimentada en el "mundo real" (la URSS entre los años 40 y las vísperas de la perestroika), que trata de conciliar las expectativas de un público más friki (ese plan de Stalin para unir al pueblo soviético contra un quimérico enemigo alienígena, y que no por imaginario deja de cumplirse gradualmente, es puro Ozymandias) con las de un lector más tradicional (se ve un esfuerzo en dotar de idiosincrasia al personaje narrador, el componente de humor, en su vertiente más británica, sardónica y "carapalo" es tan elevado como cabría esperar de un autor que hizo su nombre a base de parodias, e incluso la historia de amor se sale de los estereotipos y posee relevancia en la trama). Se busca incluso un término medio, viendo la propia CF, escrita por el protagonista y por los compañeros que pergeñaron el plan original, como una bonita metáfora de la búsqueda del cambio, del idealismo ingenuo en mitad de un mundo real absurdo e indiferente.

El desenlace es la apuesta más arriesgada: a medida que los sucesos se van haciendo menos creíbles (el protagonista sobrevive a la explosión del reactor nuclear de Chernobyl, la protagonista sale indemne tras recibir varios disparos, versiones contradictorias de la realidad se solapan una y otra vez), Roberts confía en que el público "de fuera" no abandone el barco en aras de un presunto surrealismo literario, a la vez que prepara el terreno para la explicación "lógica", basada en una aplicación sui generis de la física cuántica, que el público de la CF canónica desea, aunque algunos lectores "de letras" sean incapaces de entenderla.

Estas estrategias de conciliación entre diferentes lectores potenciales seguramente sean vistos por los más fandomitas como bajadas de pantalones en toda regla. En lo que a un servidor concierne, siempre ha pensado que buscar lo que le separa de los demás antes de lo que le une a ellos supone uno de los principales defectos de su carácter. En cambio, a nivel de grupúsculos de aficionados a la literatura o al cine de género, maneras semejantes de pensar suelen convertirse en rasgos de orgullo. Por desgracia.

lunes, 31 de enero de 2011

"Un Lun Dun" de China Miéville


La culpa de todo la tiene Tolkien. Dices “novela de fantasía” y todo Cristo piensa en un grupo variopinto de héroes ayudando a restaurar el feliz orden feudal. Otros te dicen que la fantasía heroica no es sino los libros de caballerías que parodió Cervantes, y que escribirlos después del “Quijote” es una impostura intolerable. Incluso los hay, como el finado Umbral, para quienes los niños son “grandes realistas” y que creen que darles a Harry Potter es “emborracharles la mente”.

Pero cuando llega gente como China Miéville, te replanteas las cosas. “Un Lun Dun” es una novela fantástica infantil que, amén de emborrachar la mente muy bien, refleja de una manera interesante la organización política del mundo, sugiere que la autoridad puede y debe ser cuestionada, y pone en solfa el determinismo rígido que la jerarquización de roles en el “fantasy” al uso parece defender.

Miéville no hace nada aquí que no hiciera antes, en su trilogía de Bas-Lag, o después, en “The city and the city”, pero su manera de hacerlo, en el marco de una narración de ritmo rápido y lenguaje simplificado, casi termina siendo más efectiva y mejor resuelta que en otros libros. Y lo bueno es que su ideología izquierdista (contradiciendo el sambenito de evasión conservadora que se le ha colgado a la narrativa fantástica) no se presenta en forma de sermones que obstaculizan la acción, sino que aparece mediante metáforas que uno no está obligado a interpretar en clave política.

La idea de un “No Londres” de población variopinta y construido a partir de la basura del Londres “normal” puede hacer pensar en el Tercer Mundo; la presencia como villano del Smog sería inocuo ecologismo de no ser por el hecho de que Londres se deshace de su Smog para filtrarlo hacia No Londres, y de que existen intereses industriales para que esto suceda; la intolerancia hacia el mestizaje toma la peculiar forma de Hemi, el niño nacido de la unión entre un humano y una fantasma, capaz de desenvolverse en ambos mundos; el personaje de Don Hablador, tirano que impone a las palabras el significado que él desea, hasta que estas se rebelan, da un aire de divertimento carroliano del que carecía el doublespeak de Orwell. Y así sucesivamente.

El libro es un gran juego, construyendo imágenes a partir de ingeniosos dobles sentidos difíciles o imposibles de traducir (¿cómo se podría, por ejemplo, trasladar la analogía entre ventanas y arañas, black window-black widow, que da origen a uno de los capítulos más memorables?) y dinamitando la tradición de manera maliciosa: mientras que Tim Burton convirtió su “Alicia” en la más tópica aventura de una “elegida” que cumple la profecía reservada para ella (y que, en en la vida real, de modo inquietante, parece ser fomentar los intereses colonialistas del Imperio Británico en China), Miéville hace que el libro de las profecías se equivoque, y que no sea la niña esbelta y rubia la encargada de salvar el mundo, sino más bien la bajita y morena, aquella para quien el destino no parecía asignar otro papel que el de hacer reír al público lector con sus torpezas y ocurrencias.

Hay tantas ideas sugestivas, monstruos, persecuciones y espíritu de rebelión como en cualquier otra novela de China, pero con el aliciente de que se lee mejor. No es un libro ácido ni controvertido, su subversión parece amable, pero hace gracia que se administre una descarga eléctrica a un miembro fariseo del Parlamento, y que se rompa el tabú pacato contra las armas de las ficciones infantiles haciendo de una pistola (eso sí, una pistola “negativa”) el arma principal contra el enemigo. Y, bueno, como pedagogía para los niños, la escena final, con la pequeña protagonista pidiendo cuentas a una ministra, me resulta ejemplar.

miércoles, 22 de abril de 2009

J.G. Ballard (1930-2009)


Cuando uno aprende desde pequeño que el mundo exterior es una especie de pesadilla absurda imposible de controlar, la opción más inteligente puede ser huir hacia dentro y contemplar el medio ambiente con el mismo morboso placer estético que un lienzo del Bosco, de Dalí o de Max Ernst.

Quizá todo venga de crecer en tiempos de guerra, entre penalidades, hambrunas, epidemias, con los mortíferos aviones de combate del Sol Naciente como únicas visitaciones de un mundo más perfecto y puro, a veces volatilizadas entre aureolas de fuego que hacían presagiar la gloria tal como era descrita por los místicos.

No es raro que, trasladándose a una Inglaterra suburbial y gris de casas idénticas con jardín idéntico y mentalidades pequeñas que eran cada una a su modo una isla, se terminara soñando con dotar a Albión del esplendor tercermundista de un buen huracán, una buena inundación, una buena sequía, una buena explosión nuclear, con ese barroquismo nacido de la acumulación, la sordidez y el abandono, visto como reflejo de una desolación interna que de ese modo encuentra alivio y compañía.

Al principio, parecía viable encarnar esa melancolía contemporánea, esa vacía civilización del bienestar, en una colonia de burgueses decadentes a lo Marienbad, en figuras arquetípicas de alienación como aquella mujer trastornada al volante de un descapotable que parecía escapada de una película de Antonioni. Pero no bastó con ello: después hubo que soñar con la catástrofe, con la oportunidad ideal para convertirnos en los monstruos que realmente somos. Aunque incluso esto último se reveló como ilusorio: no necesitábamos soñar con la catástrofe, porque vivíamos ya en ella.

El erotismo del consumo, de la máquina, de la velocidad, de la muerte en la carretera, el glamour sucio de la polución, la delincuencia, el abandono urbano. ¿Para qué huir de ello, ir de progresista santurrón, pretender negar su existencia, conforme a la estrategia de los bienintencionados que confían en no ser devorados por el monstruo a fuerza de cerrar los ojos para no verlo?

De ahí la paradoja de que un canto malsano a la evasión, a la complacencia pasiva en el desastre, a la complicidad con la entropía, termine siendo una respuesta más airada, más impactante, al estado de las cosas, que los manifiestos de compromiso filocristiano con que nos obsequiaron varios nombres señeros del siglo XX, empeñados en hacer de apóstoles de un humanismo en el que ellos mismos no eran capaces de creer.

Ballard contó las cosas como eran, reconoció que, si el horror es nuestro pan de cada día, necesitamos contemporizar con él, aprender a disfrutarlo, encontrarle la belleza, reconciliarnos con el hecho de que vivir es colaborar con la catástrofe. Una tesis tan inaceptable que hubo que disfrazar a su proponente de escritor fantástico, de mercader de surrealismo, a costa de olvidar el verdadero sentido del término, que es “por encima de lo real”.

Si los ritmos de su obra a veces pecaban de reiteración, si su poética de la obsesión a veces se aproximaba al estatismo, la dinámica surgía de esa discreta perversidad, ese afán de ir “al revés”, que diría Huysmans, haciendo de seguir la corriente el mayor acto de rebeldía, suponiendo que plantar cara a lo inevitable no es sino un vulgar modo de negarlo.

Que haya sido el cine, un medio tan comúnmente épico, el encargado de fijar el mensaje de Ballard en la cultura contemporánea, es la enésima de sus paradojas: sólo él podía hermanar a los directores de “E.T.” y de “Vinieron de dentro de...” en un maridaje contra natura que prueba la vigencia de un escritor que irá creciendo poco a poco a medida que nos percatemos de que sus libros, en el fondo, no son otra cosa que manuales de supervivencia.

viernes, 31 de octubre de 2008

"Best ghost and horror stories" de Bram Stoker


Un libro de relatos breves es un objeto difícil: aunque contiene la puerta de entrada a una multiplicidad de mundos, el esfuerzo que se invierte en penetrar al interior de cada uno de ellos convierte la marcha en trabajosa. En una novela extensa, resulta factible atravesar grandes distancias en un solo día: la exposición es gradual, la panorámica por el paisaje es tan lenta y detallada que se reconocen los lugares importantes a fuerza de encontrárselos una y otra vez, los personajes van imprimiendo sus características a fuerza del trato constante. En cambio, un relato breve es una píldora concentrada: todo detalle tiene sentido, el lector se ve catapultado “in medias res” en mitad de un universo esquivo, y se le pide el esfuerzo imaginativo de completar los elementos ausentes que en una gran novela tradicional se desarrollarían con lentitud prolija. Por si fuera poco, a las veinte o treinta páginas el relato termina y se hace necesario empezar de nuevo todo el proceso para la historia siguiente. En cierto modo, no es raro que los libros de relatos carezcan de popularidad, y que se los busque en vano en las listas de “best-sellers”. Una novela es la tranquilidad de un mundo estable; un libro de cuentos es la amenaza del caos a la vuelta de la esquina.

Si es difícil leer libros de cuentos, la dificultad se reproduce a la hora de reseñarlos. ¿Qué características contribuyen a la calidad de un libro de cuentos? ¿Su variedad y sentido del contraste? ¿Su homogeneidad o cohesión temática entre sí? ¿Su representatividad al dibujar un retrato artístico de su autor? En el caso de la antología de Bram Stoker que nos ocupa, tal vez la última opción sea la adecuada.

El caso de Bram Stoker es singular: siendo apenas un literato ocasional en los ratos libres que le dejaba la intendencia de la compañía teatral de Henry Irving, los dioses le eligieron para firmar uno de los libros más leídos y recordados de todos los tiempos, cuya huella en otras artes, como el cine, ha sido tanto o más profunda. No obstante, ninguna del resto de obras de Stoker ha alcanzado ni de lejos el impacto de las andanzas del conde Drácula. Tal vez la lectura de una selección de sus cuentos nos aporte alguna pista al respecto.

Stoker, recién leído el libro, nos aparece como un escritor desigual. Desde sus inicios en una vena semi-simbolista, aficionada al abuso de las mayúsculas para evitar entrar en plasmaciones mas completas de sus ideas (el Valle de las Sombras o la Música de las Esferas en “El Castillo del Rey”, su versión disfrazada del mito de Orfeo y Eurídice, o el algo irrisorio y nunca descrito Fantasma del Demonio que amenaza a la amada del protagonista en “La Cadena del Destino”), así como el melodramatismo sentimental que ocupa gran parte de estos relatos (en “La Cadena” son mucho más importantes los tormentos amorosos del narrador que la maldición que pesa sobre su prometida) o sus frecuentes tropiezos estilísticos, hubiese resultado difícil imaginar que “Bram Stoker” sería un día casi sinónimo de “historia de terror”.

Sin embargo, algo debió cambiar, a juzgar por la trilogía de cuentos que han sido reeditados en antologías casi con tanta frecuencia como la novela sobre el chupasangres rumano. "El entierro de las ratas”, aunque lejano de lo sobrenatural, fascina con su retrato de un laberíntico vertedero parisino donde antiguos veteranos de Napoleón viven como salvajes y donde las voraces ratas pelan un cadáver humano en pocos minutos; la caza al hombre de la que el narrador es objeto es trepidante y angustiosa, casi cinematográfica, si bien las frecuentes alusiones del protagonista a su necesidad de sobrevivir para no arruinar la vida de su novia revelan una vanidad y presunción poco comunes... “La mujer india”, si se perdona la descripción del personaje estadounidense como una especie de paleto pintoresco, retoma al felino vengativo de Poe, así como, pero esto lo añado yo desde mi óptica y no la de Stoker, plantea una revancha de la tenebrosa Europa medieval, con sus mazmorras y cámaras de tortura, contra la vulgaridad del turismo que trivializa sus santuarios. Todos querrían sentarse dentro de la Virgen de Nuremberg, pero nadie desea sentir su abrazo. “La casa del juez”, quizá sea una de las más grandes historias de fantasmas jamás escritas: su manera gradual de establecer la atmósfera, la sencillez de los elementos que configuran la escena (la cuerda, el cuadro, el sonido de las ratas dentro de la pared, el sillón, la lámpara, la Biblia arrojada contra los molestos roedores) y la efectividad, aun hoy, de los golpes de efecto, así como la irrealidad insuperable del clímax fantasmal, casi anunciarían a un nuevo maestro del cuento sobrenatural, de no ser por lo convencional de otros de sus textos más centrados en crímenes pasionales, celos y remordimiento.

No faltan otros cuentos curiosos: “Crooken Sands”, por ejemplo, evoluciona desde una viñeta chusca sobre un inglés empeñado en visitar Escocia llevando puesto a todas horas un traje típico de “highlander”, ante la rechifla general, hacia un estimable y ambiguo relato sobre la figura del doble, encontrado de noche al borde de unas arenas movedizas, sólo estropeado por una inoportuna y estúpida racionalización final. Lamento decir que este temor a dejar al lector en la incertidumbre es más bien típico de Stoker, y que su mejor terror es más realista que fantástico.

Otra excepción, quizá la más extraña de todas, es “Los dualistas”, casi más propia de un gamberro anárquico de las letras continentales, al estilo Alfred Jarry o Boris Vian, que de un fabulador victoriano. Las travesuras de dos niños de buena familia, obsesionados con hacer chocar uno contra el otro objetos parecidos o iguales para ver cuál de los dos sufrirá más daño bajo el impacto, y que encuentran su Grial en una pareja de gemelos de tres años, están contadas con demasiada retranca para tomar en serio su desenlace sorprendentemente “gore”, y la ironía que convierte en caballeros del Imperio a los dos pequeños maleantes, mientras que sus víctimas mortales son sin duda judíos, añade un nivel nuevo de interpretación a esta otra muestra de un Bram Stoker que nunca fue.

El resto de los relatos, salvando “El invitado de Drácula”, capítulo “perdido” de la inmortal novela, que leído conociéndola termina en una nota única de ironía inquietante, es menos distinguido, aunque no carente de vigor narrativo, juicio que otros suelen extender a las otras novelas de Stoker, raras veces reeditadas (si bien yo no veo la hora de hacerme con “La madriguera del Gusano Blanco”, al parecer un hervidero de argumentos patológicos sobre lo abominable de la mujer y sus “agujeros infernales”). Es posible que el olvido en que reposa casi toda la obra del autor irlandés posea su pizca de justificación, pero su fortuna fue saber catalizar todas sus mejores energías en un gran proyecto: los mejores momentos de este libro de relatos pueden encontrarse casi todos combinados y vueltos a imaginar en la legendaria novela sobre el vampiro. Stoker encontró lo que muchos aún buscamos: esa epifanía al margen de la existencia en la que todas las piezas, por una vez, encajan y cobran sentido.

martes, 12 de agosto de 2008

"Ink" de Hal Duncan


Lo peor de las vanguardias (y de los tradicionalismos) es cómo se radicalizan, cómo los criterios taxonómicos se convierten en criterios de valor sin que uno se dé ni cuenta. Ha pasado en la música “seria”: si un compositor, digamos Malcolm Arnold, o incluso Paul Hindemith, queda fuera de los círculos sagrados de los innovadores de Darmstadt, se lo puede excomulgar sin problemas, sin siquiera darle una escucha. Hasta ahí llegamos, pero se puede ir un poco más allá: mientras un compositor se salte a la torera las reglas de la música “normal” y consiga irritar a las audiencias conservadoras, será bueno, punto y final. No habrá cuestionamientos que valgan, porque en cierta manera, ponerlos en duda sería dar la razón a los rancios. Da lo mismo que en la vanguardia musical haya gente mejor y peor: si lo que hacen “suena feo”, serán de los nuestros y habrá que apoyarlos.

Lo mismo pasa con todo este nuevo cine de autor oriental junto al que Antonioni casi parece Hitchcock. Es significativo que no se encontrarán críticas positivas del trabajo de Hou Hsiao-Hsien, Jia Zhang-Ke o Apichatpong Weerasethakul que no provengan del campo de los entusiastas, mientras que las críticas negativas se limitan a descalificaciones donde todo vale y que sirven de bastante poco para comprender qué funciona o no de todo este cine (ejemplo palmario sería Carlos Boyero, cuyo único argumento multiuso es el “Me aburro” de Homer Simpson y por lo cual encima le pagan).

Toda esta introducción viene a cuento de una de mis lecturas veraniegas, que ha terminado siendo más bien paradójica. Queriendo acometer la lectura de “Ink”, de Hal Duncan, continuación del complejo y controvertido “Vellum”, decidí releer este último para no perderme, para tener fresca la madeja conceptual del primer volumen. La cosa se iniciaba prometedora, porque, mirando hacia atrás, con más calma y más tiempo, “Vellum” cobraba una coherencia y una lógica interna que en su momento no le supe ver. Se veía bastante clara la relación de unos episodios con otros, la forma en que los personajes de los distintos universos se ensamblaban entre sí, la manera en que los sucesos reflejaban distintos motivos mitológicos, los diferentes planos de la narración (con la ayuda de esos diferentes tipos de letra de los que la edición española ha prescindido). La duda era si el nivel de ambición, la considerable promesa, se mantendrían en el segundo volumen.

Y ahí es donde me vienen las dudas. Si yo fuese un sectario, un propagandista dispuesto a vender a su hermana pequeña con tal de favorecer la causa de la fantasía literaria e innovadora, me sentiría obligado a ver en “Ink” la culminación de la mayor obra fantástica de la primera década del siglo XXI, un logro sin parangón, etc. Pero al César lo que es del César: Duncan es un escritor de gran talento, con pasajes que quitan el aliento, con una tremenda capacidad para dar vueltas de tuerca al concepto de los universos múltiples, con unas habilidades para la documentación que no desmerecen de las de los grandes autores históricos, incluso con un elegante sentido del erotismo que sabrán apreciar aquellos que no rechacen de plano toda mención de la homosexualidad.

Sin embargo, no he podido encontrar aquí la fascinante exposición del libro anterior, su riqueza caleidoscópica, sustituida por una mayor concentración en los personajes y las situaciones que algunos verán como un paso adelante pero supusieron para este lector un cierto retroceso. Una vez expuestas las bases en el libro anterior, el conflicto entre dos facciones de ángeles, la búsqueda del libro que contiene las bases del multiverso, la entrada en acción de las nanomáquinas que adquieren inteligencia artificial, Duncan dedica el segundo volumen al conflicto en sí, volviendo a simultanear sucesos de realidades distintas, presentando múltiples versiones de los mismos personajes, esas siete figuras arquetípicas que vienen a representar otras tantas facetas del alma humana, echando por la borda todo intento de secuencialidad y coherencia en el sentido clásico, que no podrían existir en un cúmulo de universos paralelos sin relación cronológica pero que, extrañamente, pueden influirse entre sí.

Lo que pierde a Duncan es su condición de grafómano incurable, su capacidad para escribir y escribir sobre un mismo tema, recreándose en su virtuosismo, sin reparar en que ya ha comunicado de sobra lo que se propuso decir. La primera mitad del libro, “Hinter Knights” es claro ejemplo. El montaje en paralelo entre las andanzas de Jack Flash, el agente del caos influenciado por el Jerry Cornelius de Moorcock, y la representación de una obra teatral que replantea “Las bacantes” de Eurípides en clave de Commedia dell’Arte y sangrienta tragedia isabelina al estilo “Tito Andrónico” se prolonga hasta el paroxismo, aunque se simultanee con los intentos de los dos personajes del libro anterior que ya cruzaron sus caminos en la I Guerra Mundial y la Guerra Civil Española por reescribir el Libro y de esa manera evitar la terrible historia del siglo XX que figura en sus páginas.

Mi impresión, al menos en esta primera lectura, es que Duncan es mejor a la hora de crear expectación que resolviéndola. Ya conocimos esa vena Moorcock, esa energía “punk”, en el primer libro (aunque, como pasa con todo este tipo de intelectuales rebeldes, no se dan cuenta de que la exquisitez formal está reñida intrínsecamente con el vómito), ya constatamos lo bien que Duncan sabía parafrasear textos mitológicos, su excelente uso de la ambientación histórica para sugerir realidades alternativas. El problema tal vez resida en que, una vez se ha renunciado a una progresión narrativa tradicional, sería necesario fascinar a cada momento, seducir a base de novedad, de pulso descriptivo, estilístico, y yo al menos vi agotada mi capacidad de asombro, me sentía siempre en medio de la misma batalla, observando siempre la misma situación desde puntos de vista ya conocidos.

No sé si Duncan concibió su obra de un tirón o si planeó la continuación en función de las respuestas a la primera parte del díptico. Habrá quien piense que “Ink” es una obra más comprensible y mejor enfocada, corrigiendo la dispersión de “Vellum”; otros creerán que, en la segunda parte, a Duncan se le va la olla definitivamente. No olvidemos que se trata de la primera novela de un autor ambicioso, llena de excesos como debe ser, y considerémosla en toda la medida de sus virtudes y defectos. Como proeza estilística, sostenida durante un enorme número de páginas, la novela sería ya defendible, aunque subyazca la sospecha de que su autor nos ha vuelto a vender otra vez la vieja lucha entre el orden y el caos y de que su recomplicación virtuosa huele más que un poquito a ropa vieja. El vértigo en el despliegue de una historia del siglo XX con infinitas potencialidades, con una flexibilidad casi inquietante y un constante sentido trágico, está bastante logrado, pero el exceso de prodigalidad aturde, puede dejar indiferente ante tanto ruido y furia.

Lo curioso es que al final Duncan se contradice y da un final relativamente tradicional a la historia, con un majestuoso epílogo basado en las “Ëglogas” de Virgilio. ¿Por qué acabar lo que en teoría no tenía fin? Existe una tensión no resuelta entre las pretensiones innovadoras y la necesidad de hacer encajar la obra en los moldes literarios de siempre. No recuerdo que William Burroughs cerrase “El almuerzo desnudo” con un final, feliz o del otro. Si “Vellum” e “Ink” son, más que una historia, un concepto chulo, una buena excusa para desencadenar sin cortapisas un talento literario, uno sospecha que, bajo tanta superficie en ebullición, se esconde un narrador sereno e imaginativo que puede dar muchas sorpresas. Puede que a un espíritu joven y romántico le dé rabia reconocer que hay vida después de la vanguardia, o que la vanguardia es un ingrediente más del arte, no el menú completo. A un servidor “Ink” ha estado cerca de indigestarle, pero no descarto que en una futura revisión, como pasó con “Vellum”, las piezas encajen mejor y el efecto sea más estimulante. Pero todavía tendrá que pasar un tiempo. Mientras tanto, me sigo quedando con la primera mitad.

domingo, 20 de abril de 2008

"El jardín de infancia" de Geoff Ryman


Cada cierto tiempo, algún editor español incurre en la soberana ingenuidad de creer que el público lector de ciencia ficción está preparado para una novela larga, ambiciosa, densa en psicología, conceptos y escenarios, alejada del dogma que identifica el subgénero con las aventuras espaciales, con el entretenimiento tosco pero eficaz de los viejos autores pulp. El ejemplo más reciente que puedo citar es el de Roca Editorial, que apostó por “El jardín de infancia” de Geoff Ryman, obra prestigiosa en el mundillo anglosajón pero que llevaba inédita por aquí unos 18 años. Apostó y perdió: todavía tengo que cruzarme con algún miembro del fandom que exprese algo más que desprecio y descalificación cuando se le nombra este libro, en un torrente de sapos y lagartijas como no se veía desde “Luz” de M. John Harrison.

Una reacción a todas luces exagerada: aunque es un libro que no carece de sus defectos, que quizá no haya calibrado bien el efecto final de su exuberancia, de su concentración introspectiva en un personaje que no llega a despertar toda la empatía que debiera, está claro que no es tan insoportable como se quiere dar a entender. Tanto su inédita manera de poner en escena una futura Inglaterra, con un Londres tropicalizado y modelado a partir del comunismo asiático, como su inusual galería de personajes a cual más peculiar y grotesco, sus retorcidas especulaciones científicas a medio camino de la filosofía, o su carga emotiva que a ratos alcanza un notable “pathos”, todo ello vehiculado a través de un constante bombardeo informativo, podrán apabullar o sobrecargar, pero raras veces aburrir, a no ser que disfracemos de aburrimiento lo que no es sino una reacción visceral de rechazo a lo que leemos.

Personalmente creo que no es un libro facilísimo de leer, pues exige un recogimiento, una lentitud en la asimilación, unas pausas para “digerir”, opuestas en todo al ideal lector de los fandomitas, es decir, el “pasapáginas” que se engulle como lo hace un pavo y donde casi todo se sacrifica al impulso hacia delante. Pero tampoco creo que “El jardín de infancia” sea un “Finnegans wake” de Joyce. Me da el pálpito de que ese no es el problema.

Tal vez parte del obstáculo haya que buscarlo en las ambiciones artísticas de Ryman, su invocación constante de la alta cultura, del teatro shakespeariano, la música clásica o, en particular, la ópera. Odio generalizar, pero, así a bote pronto, una buena parte del público lector de la CF sitúa sus metas intelectuales en el campo de las ciencias, entendiéndolas como un campo objetivo del saber con validez práctica universal, algo de lo que carecerían muchas de las humanidades, que a menudo sirven de cabeza de turco de un sistema educativo que no sabe transmitirlas o las estigmatiza como seña de identidad de una clase acomodada o espabilada que vive de señalar la ignorancia del populacho y restregársela en la cara.

Partiendo de estos presupuestos, ¿cómo enfocar una novela que en gran medida trata sobre el proceso de puesta en escena holográfica de una ópera sobre “La divina comedia” de Dante? ¿Donde figuran como elementos importantes de la trama “La canción de la tierra” de Mahler o “Trabajos de amor perdidos” de Shakespeare? ¿Donde se da por supuesta una formación musical básica, así como una tolerancia hacia el tipo de estructuras en arco, pausadas y prolongadas, de un movimiento sinfónico del postromanticismo? Mientras que para otros la CF es rock de garaje, punk, nueva ola o rock gótico, pretendidas alternativas al sistema, Ryman se pone del lado de la cultura oficial e imprime a sus páginas la gravedad ensimismada, las arquitecturas monumentales, la seriedad humanista pero un tanto plomiza, de una sinfonía de Gustav Mahler o Anton Bruckner. Y vale, Mahler valdrá menos para ambientar fiestorros que los Strokes o Franz Ferdinand, pero, fijándonos en el uso creativo de la música, ¿quién tiene más ideas, quién es más variado, quién más expresivo? Lo que pasa es que los forofos de la CF montan la de san Quintín cuando algún crítico listillo les dice que su subgénero predilecto no es arte, pero cuando viene un pretencioso como Ryman a darles arte a espuertas, no les gusta lo que encuentran. Porque el arte, como la fama, cuesta. Y aquí es donde vais a empezar a pagar. Con sudor.

Otro factor que conviene tener en cuenta a la hora de analizar el rechazo fandomita a “El jardín de infancia” es el elemento lésbico. No olvidemos que uno de los ejes fundamentales de la trama es el amor de la protagonista, Milena, hacia Rolfa, una chica alterada genéticamente para sobrevivir temperaturas antárticas, pero que será asimilada y corregida de sus tendencias por el sistema, dejando de su antiguo ser tan solo la mencionada ópera sobre Dante. El hecho de que uno de los últimos autores en dejar huella sobre el fandom sea Richard Morgan, con sus aventuras de Takeshi Kovacs, superhombre que extermina sin piedad a todos los malotes y se acuesta con cuanta fémina se ponga a tiro, deja claro lo que Ryman no parecía saber: que la CF es cosa de machos. Acostumbrados a viriles peripecias de héroes de pelo en pecho, la verdad es que fastidia tener que tragarse los cometarros de una tortillera. Y si no que se lo digan a Miquel Barceló, cuya edición en Nova de la novela “Río lento” de Nicola Griffith fue recibida con clamor de indignación por los aficionados, para quienes el lesbianismo sólo parece ser tolerable en la versión de él que presentan los realizadores de cine porno.

O tal vez estemos hablando de una mala traducción incapaz de comunicar los matices del estilo o que hace oscuro e incomprensible lo que el original sí deja más o menos claro. No sé. A mí por lo menos no me ha costado llegar al final, me ha intrigado esa premisa paradójica de la desaparición del cáncer como final de la longevidad humana, de la educación mediante virus implantados casi desde la lactancia. He encontrado curiosa esa tecnología biológica, esas naves espaciales vivientes, esas epidemias de tranferencia mental, de empatía abusiva con las formas de vida, de la canción como elemento imprescindible de la comunicación oral. Esos embarazos masculinos que a menudo se saldan con la muerte. Una pléyade de elementos apasionantes que darían para medio centenar de relatos cortos pero que Ryman, quizá equivocadamente, ha preferido integrar en una larguísima narración cuya prodigalidad puede aturdir. Tampoco le ayuda tomarse tanto en serio a sí mismo, cuando un punto de humor mordaz, al estilo de Angela Carter, con cuya obra guarda cierto parentesco, le habría ayudado a comunicar mejor su mensaje. Pero me sabe mal censurar su grave concepto de la trascendencia moral, cuando varias de las apoteosis, en especial la última, logran una dignidad poética más bien emocionante.

Pero si esto no nos llega, si encontramos, tras un centenar escaso de páginas, que estamos ante un tostón insufrible, siempre podremos reivindicar valores más básicos, como el de exterminar zombis durante un par de horas en la videoconsola. No será mejor ni peor, será distinto. Quizá a Mahler le hubieran gustado los videojuegos, le hubieran consolado de la muerte de su hija pequeña, de tener que abjurar del judaísmo para ser nombrado director de la ópera. Pero la música sería más pobre sin las sinfonías de Mahler, por muy plúmbeas que puedan resultar a veces, así como la CF sería más pobre sin escritores como Ryman. Leed la novela otra vez cuando seáis mayores. Aunque... ¿ser friki no significa no hacerse nunca mayor? ¿La apreciación del arte “serio” no es un comienzo de vejez, de “rendición al sistema”? Preguntas apasionantes a las que sólo puedo dar una respuesta.

No.

viernes, 21 de marzo de 2008

"La Cicatriz" de China Miéville


No se puede uno ya fiar ni de su puñetera madre, y en cuanto a juicios artísticos menos aún. Un servidor llevaba ya tanto tiempo leyendo reseñas no muy elogiosas de “La Cicatriz”, segunda novela ambientada en el mundo imaginario de Bas-Lag por China Miéville, viniendo de autores y críticos bastante dignos de respeto, que terminó abriendo el volumen con resignación, por completismo de lo que hasta el momento es una trilogía, y también, no voy a mentir, por si algún espíritu afín captaba el mensaje en alguna cola de la Muestra de Cine Fantástico.

Y en fin, atribuídlo a las bajas expectativas, pero la novela terminó parecíendome, si no la mejor del calvo musculoso izquierdista, sí la mejor rematada, la más interesante a nivel de ideas y de personajes, la más desarrollada a nivel de trama, la que encuentra un mejor equilibrio entre acción y reflexión, amén de la más arriesgada, al buscar conscientemente un alejamiento de “La Estación de la calle Perdido”, su gran revelación mundial como estrella de la literatura fantástica.

Por supuesto, es difícil superar el impacto de “La Estación...”, con la exuberancia de su mundo, su acumulación de elementos mágicos y tecnológicos, su visión oscura y compleja de la realidad, alejada del maniqueísmo al que nos acostumbró demasiado Tolkien, su atmósfera fascinante que debe mucho al steampunk con su sabor a un siglo XIX de máquinas de vapor, aerostatos y locomotoras, su mensaje político que contrapone a un orden castrador modos de vida alternativos, individualistas o colectivistas, blasfemos para el saber oficial, ofensivos por sus costumbres sexuales.

Lo que sí podía reprochársele a aquel primer hito era lo que hasta el momento sigue siendo la mayor debilidad de Miéville: su dispersión, su fertilidad que le hace anunciar los comienzos de muchos libros posibles pero le sume en una confusión de la que escapa adoptando soluciones fáciles. Así pasaba entonces: mucho barroquismo descriptivo y miserabilista en la onda Mervyn Peake, mucho feminismo radical para dejar a Joanna Russ en pañales, muchas invocaciones a Satán o a ese Tejedor que parece no ser otra cosa que el mismísimo Dios vuelto loco, mucha adquisición de autoconsciencia por los robots, para que todo desembocara en la típica escena de “vamos al nido de los Aliens y quemamos todos los huevos”.

“La Cicatriz” busca otra cosa, empezando por un énfasis mayor en los personajes, por una prolongada introducción que a buen seguro aburrirá a quienes busquen una batalla contra monstruitos tras otra, pero que revela facetas inesperadas del autor, su capacidad para retratar no sólo magia impensable o gore purulento, sino emociones casi tan inéditas como aquellas, como puede ser el vértigo de aprender a leer casi en la edad adulta. En ese sentido, es sintomático que el punto de vista sea el de una erudita y bibliotecaria, una mujer desengañada, casi al margen del mundo, capaz de una notable frialdad en sus relaciones íntimas, de mantenerse fiel a todo aquello que en la superficie desprecia. Miéville sabe lo que otros autores de tochos de fantasía ignoran: que mucha acción no es garantía de interés por parte del lector, y que los mismos hechos pueden causar una impresión muy diferente si vienen filtrados a través de figuras que evitan el estereotipo.

Lo cual no quiere decir que no haya espectacularidad: Armada, la ciudad flotante pirata construida a partir de barcos capturados y enlazados sobre los que se ha seguido construyendo, es otra tentativa de reeditar el esplendor a lo Gormenghast de Nueva Crobuzon, pero de otra manera, anticipando la potente metáfora de la comunidad revolucionaria y fugitiva de “El Consejo de Hierro”, el tren que sigue adelante a base de quitar las vías por donde pasó y volverlas a colocar delante, si bien un servidor prefiere esta evocación de las viejas aventuras marinas a los ecos del western de la novela posterior.

No faltan tampoco criaturas monstruosas ni razas peculiares, desde el “avanc”, un Moby Dick visto por Lovecraft, que remolcará velozmente Armada hacia su incierto destino, pasando por los “anophelii”, cuyas hembras-mosquito mostrarán una peligrosa voracidad vampírica, y una plétora de terroríficos seres donde no puede faltar, dado que se le echó en falta en “La Estación...”, un trasunto de Drácula que recibe el apelativo, que le agradezco a China recuperar dado mi intensivo uso de él en mis años juveniles para referirme a un chupasangres rústico, de Brucolaco.

Pero lo que hace notable a mis ojos la novela no es tanto esta exuberancia, que, como dije, fue muy superada en la primera visita al mundo de Bas-Lag, sino su carga personal y emotiva, esa Cicatriz que no sólo es la fractura en la realidad a donde quieren dirigirse los Amantes sadomasoquistas que gobiernan la ciudad, sino también la superación de la pérdida, de la traición, del engaño. La trama de espionaje y contraespionaje, la pasión homosexual implícita pero nunca concretada del ingeniero Rehecho, Tanner, por el grumete Shekel, la compleja amistad de la protagonista, Bellis, con Uther, el inquietante guerrero encargado de proteger a los Amantes con su Espada de Probabilidad, con Silas, el espía que la sumirá en una red de engaños, o con Johannes, el zoólogo con una ingenua pasión por las criaturas marinas que le conducirá a afrontar espantosos peligros, todo esto dota del necesario contrapunto a los segmentos espectaculares, a las batallas navales, a las escenas de lucha, a las manifestaciones sobrenaturales, atreviéndose incluso a finalizar, como ya es habitual en su obra, en una nota agridulce y ambigua que no otorga soluciones fáciles.

Se pueden pasar un poco por alto las irregularidades del estilo, esplendoroso o redundante casi sin término medio, el exceso de prolijidad en algunas descripciones o la falta de detalle en otras, el ritmo que a veces colea; Miéville es la desmesura, la herencia pulp modificada, puesta al día, aplicada a propósitos más actuales, lejanos del reaccionarismo evasivo que sigue atribuyéndose, sin motivo, a la narrativa ambientada en reinos imaginarios. Este libro tendrá sus defectos, pero me confirma, en mucha mayor medida que “El Consejo de Hierro”, que veo como un pequeño paso atrás, el valor y la considerable promesa de un narrador que a mi juicio es capaz de logros aún mejores, y que, ay, no parece haber cosechado entre nuestros lectores la popularidad que sin duda merece.

sábado, 27 de octubre de 2007

"Carbono alterado" de Richard Morgan


El paso del tiempo va rompiendo falsos conceptos que uno se había ido formando sobre sí mismo. Por ejemplo, he tenido una tendencia a verme como un friki de la fantasía y la CF, pero la experiencia de la vida va resaltando las difrencias irreconciliables que me separan de este colectivo.

Por ejemplo, nunca he sido capaz de interesarme por las mil y un series televisivas que comparten una visión fraternal del universo donde la Humanidad recorre el espacio exterior vistiendo pijama, en una clara alusión al carácter onírico de semejantes utopías, que sólo durarán mientras no despertemos de nuestro apacible sueño nocturno y nos enfrentemos a la desagradable luz del nuevo día. Tampoco he sido nunca parcial al intercambio de cromos mágicos, ni a disfrazarme de personajes de “Star Wars”, ni a abrazar una tecnofilia obsesiva que no ve inconvenientes en avance informático alguno.

Ni soy capaz de encontrarle el atractivo a libros como “Carbono alterado” de Richard Morgan.

Mirad que es raro, pues más de un colega blogueador jura por Morgan y su trilogía de Takeshi Kovacs como si se tratara de evangelios descartados de la Biblia, muy superiores, sin embargo, a los de Mateo, Marcos, Lucas y Juan. En el caso concreto de “Carbono alterado”, primer volumen de la serie, encuentran apasionante su universo donde la muerte no existe y las consciencias saltan de cuerpo en cuerpo a velocidades supralumínicas; desarrollan una verdadera adicción por su argumento que aúna una clásica trama detectivesca con un brutal “thriller” de acción; toman cariño al protagonista, Kovacs, ex miembro de un cuerpo de élite interestelar, bestia parda con su corazoncito que se ve arrastrado a su pesar dentro de un entramado de violencia y mentiras pero sale triunfante gracias a su superior entrenamiento y a su inquebrantable ética ultraliberal, enemiga de todo intervencionismo externo e infalible en su conocimiento de qué personas merecen morir.

En fin, yo no sé qué deciros. Para que no se diga que practico la filosofía del exabrupto y la descalificación fácil, que no obstante parece admitirse en más de un supuesto crítico profesional, me propongo pasar un ratito con vosotros para tratar de encontrar en mi interior las razones por las que esta admirada novela será con probabilidad la primera y última obra de Morgan que me meta entre pecho y espalda. No tenéis por qué estar de acuerdo conmigo, pero espero que al menos mis argumentos resulten comprensibles y razonables.

En primer lugar, el lenguaje en que está escrito el libro, ejemplo claro de ese ideal artesanal, directo y sin ínfulas artísticas que parece grabado a fuego en el libro de estilo de la CF de ahora. Con todos los elementos extraordinarios que pueblan ese mundo futuro, incluyendo invasiones marcianas en un pasado reciente o astronaves generacionales casi legendarias que siguen aguardando el momento de tocar tierra, sorprende que se utilicen unas herramientas lingüísticas tan corrientes para su plasmación, que no se nos haga sentir lo extraordinario de ese mundo casi en cada palabra, en cada construcción gramatical. No es cuestión de ponerse en plan Harold Bloom, bolígrafo rojo en mano: Morgan tiene momentos de hábil narración (aunque más dispersos de lo que afirman los forofos), pero uno se pasa media novela preguntándose a sí mismo si no había maneras mejores, más sugerentes, de comunicar determinadas situaciones e ideas.

La famosa trama trepidante, bueno, permitidme también carraspear un poco. Sí que es verdad que el autor tiene instintos astutos: en el prólogo a la historia, el protagonista ya ha muerto, y apenas se le ha resucitado en una “funda” nueva (lo de “funda” es mi traducción de “sleeve”, el término con que se designa a los cuerpos de repuesto; ignoro su equivalente en la edición de Minotauro), ya está puesta en marcha la maquinaria del caso que deberá resolver quiera o no. Cada cierto tiempo, Kovacs se ve envuelto en situaciones violentas que ponen a prueba su condicionamiento militar y que a menudo son originadas por el misterioso pasado del cuerpo que se le suministró, el de un expeditivo agente de policía que se ganó mil y un enemistades entre el hampa. También desempeñan un importante papel los recuerdos de Kovacs, en especial su intervención en un mundo llamado Sharya, de claras resonancias árabes e islámicas, que trae a la memoria de un modo nada casual el conflicto de Irak y la crisis de conciencia, capaz de dejar pequeñito el trauma del Vietnam, que se va agigantando día tras día en el inconsciente norteamericano. Morgan es británico, pero su novela es estadounidense, lo tengo bien claro.

El problema es que los cartuchos explotan todos en la primera mitad del libro. Después de que Kovacs irrumpa como un ángel exterminador en la clínica donde se le sometió a terribles torturas en un frágil cuerpo femenino, y deje a la práctica totalidad de los presentes sin esperanzas de reencarnación en un salvaje itinerario que deja sin aliento, resulta muy difícil mantenerse a la altura. Las obligatorias escenas de sexo bestselleriano, las andanadas satíricas contra el catolicismo (siempre socorridas en el protestante mundo anglosajón), la entrada en escena, como villana, de una verdadera “dama dragón” digna de Sax Rohmer en su filiación “pulp” (y que adopta como cuartel general ¡el Valle de los Caídos!), las consideraciones sobre la relación entre cuerpo, comportamiento e identidad, más convincentes y trabajadas de lo que cabía esperar, o pensamientos fallidos de último momento como el autopsicoanálisis al que es sometido Kovacs por su doble cuando se encarna en dos cuerpos simultáneos, no disimulan la progresiva disolución de la fuerza narrativa, que necesita, para volver a tomar impulso, recurrir a “set pieces” propias de guionistas de serie B, como por ejemplo la lucha cuerpo a cuerpo, al estilo gladiador, con un gigantón erizado de aparatitos para hacer daño, a bordo de un barco encallado, mientras el elemento criminal vitorea y apunta su pulgar hacia abajo. Llama la atención que la novela, que pretendía empezar entre “Blade runner” y “Neuromante”, se interne con tanta frecuencia y entusiasmo en un territorio propio de las películas de Vin Diesel. En ese sentido, veo la trama detectivesca como un simple pretexto que pronto empieza a ser lo de menos.

Y es una pena, porque en efecto el telón de fondo está bien trabajado, con montones de detalles que darían para historias bastante más interesantes que la de “Carbono alterado”, donde se cargan las tintas en los elementos más macarras de la estética “cyberpunk” y se desaprovechan muchas de las implicaciones más interesantes de la idea de base. Takeshi Kovacs, aunque le remuerda un poco la conciencia, no deja de ser un híbrido entre el clásico superhombre, que ya en las novelas de van Vogt saltaba de un cuerpo perfecto a otro más perfecto todavía, y el macho castigador de las novelas de Mickey Spillane, que no deja maleante sin magullar ni hembra de bandera sin penetrar. Quizá yo sea un amargado, forzado al escepticismo en lo que se refiere a mi capacidad para comerme el mundo, pero me cuesta identificarme con un protagonista así, tan lejano de mis ideas sobre la vida y más propio de una fantasía adolescente que de una ficción adulta y compleja.

Uno a veces cree que determinadas historias funcionan mejor en un medio escrito y otras lo hacen en un medio audiovisual. “Carbono alterado” nace con la pretensión de proporcionar, en letra impresa, el tipo de emociones que despiertan en cine las producciones de Joel Silver (que no en balde compró ipso facto los derechos fílmicos de la novela), pero algunos como un servidor buscamos otras cosas en un libro, como ese componente reflexivo o ese lenguaje evocador que echamos tanto de menos aquí. No cabe duda de que la violencia y la sordidez tecnificada de muchos pasajes podrían dar juego para crear secuencias cinematográficas impactantes, aunque no estoy demasiado seguro de que la adaptación a la pantalla, visto el material de base, trascendiera demasiado los tópicos del cine de acción hollywoodense.

Y sobre por qué tanto friki de la CF, que tampoco ocupa un lugar preeminente en su círculo social ni consigue imponer su voluntad y sus deseos sobre el mundo que lo rodea, se emociona tanto con el credo ultraliberal y supremacista del personaje de Quellcrist Falconer, especie de contrapartida de Ayn Rand en el planeta de Kovacs e inspiración absoluta de su bravo sentido de independencia, eso preferiría dejarlo para otra ocasión, porque si no acabaría hablando de un viejo conocido mío, que empezó leyendo “La rebelión de Atlas” y terminó dándole la razón en todo a Jiménez Losantos.

En suma, un libro que me ocasionó bastante cansancio y que sólo mi sentido del deber me obligó a terminar. Y lo malo es que a Richard Morgan se le considera uno de los no va más en la CF del siglo XXI. Una de dos: o realmente he dejado atrás las seducciones del género, o es éste el que ha desdeñado seducir a lectores como un servidor. Desde luego, la mera sinopsis de títulos posteriores de Morgan, como por ejemplo “Leyes de mercado”, me despierta un escepticismo invencible: se necesitaría ser un genio para hacer creíble semejante planteamiento de tebeo de a duro. Pero a algunos es precisamente esa inverosimilitud al borde de lo cutre lo que les pone. Será que son frikis, y que yo, pese a las apariencias, no lo soy.

martes, 9 de octubre de 2007

"The Tooth Fairy" de Graham Joyce


A menudo sostengo la hipótesis de que ciertos autores se equivocaron al asociar su nombre con la literatura fantástica o de CF. Y no porque su dominio de esos subgéneros fuese pobre o inadecuado, sino por el sentido de injusticia cósmica que asalta a uno cuando escritores de calidad, inventivos y comparables a cualquier santón de las letras, como Disch, Crowley o Wolfe, se pasan la vida esforzándose en construir una obra que resista el paso del tiempo para que al final su existencia sea conocida sólo por cuatro jugadores de rol anclados en la adolescencia, que cuelgan en sus blogs fotos en las que salen manejando la espada láser de “Star Wars” y suelen estar de acuerdo con Goebbels en aquello de “Cuando oigo la palabra ‘cultura’ echo la mano a mi revólver”.

Pero existen casos aún más flagrantes. Al fin y al cabo, Disch, Crowley o Wolfe cultivan unas formas exigentes, muy a menudo difíciles, saltándose a la torera los conceptos más tradicionales de “entretenimiento” y haciendo inevitable que los lectores sin ínfulas intelectuales se alejen de su producción. En cambio, autores como Graham Joyce se dedican a un tipo de novela de personajes cercanos, que pasan por experiencias universales, cuidando un tipo de narración accesible capaz de enganchar desde las primeras frases y de mantener hasta el final una atmósfera de intriga y misterio. Y sin embargo, Joyce sólo ha visto publicadas dos novelas en nuestro país, manteniéndose inédita toda su producción anterior que incluye libros tan sobresalientes como “The Tooth Fairy”.

¿Qué pasa con Joyce? ¿Por qué es una firma tan olvidada entre nosotros? Quizá por habitar una zona incómoda: a pesar de que su obra es susceptible de alcanzar a todo tipo de lectores, se le ha publicado casi siempre en editoriales y colecciones de género, pensando que su componente fantástico e imaginativo (que no obstante suele situarse en zonas grises de ambigüedad) alienaría a lectores “normales”. El resultado final está a la vista: editoriales finas como Anagrama, tan dadas a lo “british”, ignoran a Joyce, supongo que sin haber mirado ni por encima ninguno de sus títulos, mientras éstos se antojan demasiado normales y realistas a los que se ganan la vida publicando tochos de vampiros con priapismo y astronaves fálicas que eyaculan a velocidades mayores que la de la luz.

En todo caso, una lástima: “The Tooth Fairy” resulta tan especial precisamente por su doble lectura. La historia del paso a la adolescencia de un grupo de chavales en la ciudad de Coventry durante los años 60 se beneficia tanto de lo verosímil de la ambientación como de su trastienda inquietante, simbolizada en esa Hada de los Dientes (equivalente anglosajón del Ratoncito Pérez) que se convierte en la compañera secreta del protagonista, simbolizando para él todo cuanto de extraño, violento, tierno y erótico tiene la vida que va descubriendo poco a poco. Los sinsabores de la existencia, el componente ineludible de dolor que se desarrolla en torno a nosotros a poco que miremos en torno nuestro, puede superar en horror a cualquier cuento de miedo, por eso no es de extrañar que Sam, el protagonista, vea en el Hada la influencia maléfica que empuja a sus conocidos hacia la locura, la muerte o la desgracia, aunque en ocasiones no sea tan fácil odiarla por el modo en que su soledad y su tristeza reflejan la suya propia de un adolescente enfrentado a su metamorfosis traumática.

Joyce construye personajes ordinarios pero memorables, y sabe dotar de un enfoque propio a situaciones y motivos tan típicos como el descubrimiento del sexo, el maltrato por grandullones abusivos, la rivalidad por una chica, la iniciación en las drogas. Uno tiene la impresión de que, incluso sin la faceta irreal de la historia, la novela podría funcionar y enganchar al lector, tanto sabe presentar lo inmemorial con apariencia de algo nuevo.

Pero evidentemente los terrores imaginativos forman parte indisoluble de la infancia, así que uno no ve muy bien por qué una novela deseosa de captar con una mínima fidelidad este período de la vida debería soslayarlos. En ese sentido, el personaje del Hada de los Dientes, verdadero eje del libro, está desarrollado y trabajado tanto o más que el resto del reparto, siendo una creación repleta de matices y aspectos, de lo diabólico a lo escatológico, de lo amenazador a lo vulnerable, que sobrepasan lo meramente simbólico e incluso se prestarían a una interpretación literal, propia de la CF, de lo más sorprendente.

Tal vez Joyce haya dominado mejor en otros libros el arte de captar la identificación del lector, por ejemplo en la posterior “Los hechos de la vida” , que, pese a un contenido imaginativo más corrientito, sabe introducirnos en su mundo de una manera más sutil, no como aquí, donde la escena “fuerte” inicial carece de las consecuencias que uno podría esperar y huele a truquillo narrativo. En cambio, el recurso que dota de suspense y cierta cohesión a una trama que puede definirse como episódica, bastante parecido, pero a la inversa, al que encontrábamos en aquella primera publicación de Joyce entre nosotros (baste decir, para no reventar ambos libros, que en los dos hay cadáveres ocultos de por medio), funciona mucho mejor aquí por su relación directa con las traumáticas peripecias de los protagonistas, y su resolución, pírrica en el otro libro, aporta aquí un genuino sentido de liberación.

Persiste también el eficaz buen rollito de retratar clases tirando a desfavorecidas (¿para cuándo unos poderosos, dominantes y adorables aristócratas, que serían mucho más difíciles de lograr?), pero la humanidad sucia de los personajes de este libro, aunque comprensible y a veces carismática, no es rival para las figuras mucho más peculiares y entrañables que poblaban “Los hechos de la vida” , que no puedo evitar considerar mejor novela, aunque “The Tooth Fairy” sea una creación más original, dura e inquietante, y menos susceptible de etiquetamientos simplones del tipo “realismo mágico a la inglesa” que a la larga terminan resultando perjudiciales.

miércoles, 26 de septiembre de 2007

"Vellum" de Hal Duncan


Hay frases iniciales que en sí mismas representan todo un programa de intenciones. “Toda historia épica debería comenzar con un mapa ardiendo”, el arranque de “Vellum” de Hal Duncan, es una de ellas. El lienzo sobre el que Duncan pinta su fresco es más que épico, pues sobrepasa los confines del espacio y el tiempo, hasta el punto de que los mapas se hacen redundantes: el mapa es el libro, pero el furor del cartógrafo provocó la combustión del documento, que termina asemejado a un enjambre de brasas ingrávidas que revolotean cual luciérnagas ante los ojos del lector, obligado a formarse una imagen, un “collage” mental, antes de que el marco de llamas de cada capítulo consuma el texto.

Claro que orientarse mediante un mapa ardiendo puede plantear serios problemas si lo que se quiere es llegar a algún sitio. Ahí reside el quid de la polémica: mientras la plana mayor del fantástico “literario” actual (Shepard, Jeffrey Ford, VanderMeer) ha cerrado filas con Duncan saludando “Vellum” como un acontecimiento de los que hacen época, muchos de los lectores tradicionales de género han tenido que recurrir a extrañas teorías conspirativas, con sobornos editoriales de por medio, para explicarse las entusiastas reseñas dispensadas a un libro al que no ven pies ni cabeza.

La historia que subyace a “Vellum” , en sí, no es nada nuevo: un grupo de ángeles partidarios de un orden dictatorial combate a otro grupo renegado, de obvias resonancias diabólicas, a lo largo y ancho del tiempo y del espacio, sin permitir que ningún ser de naturaleza sobrenatural se sitúe al margen de la contienda. Tampoco la idea de un universo múltiple, un metauniverso, el “Vellum” (o Pergamino) del título, supone un desafío conceptual infranqueable, ni tampoco motivos como el de las nanomáquinas capaces de manipular la realidad a nivel molecular, o el de las versiones alternativas, ucrónicas, de nuestro mundo ya conocido.

Lo que convierte el libro en todo un desafío es su densidad textual, su fragmentación, su enfoque caleidoscópico que pretende dar una idea de su cosmos donde las nociones tradicionales de tiempo y espacio no son aplicables. Habiéndosenos presentado un reparto de personajes envuelto en peripecias que comienzan “in medias res”, pronto nos encontramos sumergidos en capas de narración: mitos inmemoriales, sumerios o griegos, que los sucesos de la trama claramente reflejan; saltos hacia atrás y adelante en el tiempo, que parecen explicar mucho de cuanto vino antes o prefiguran cuanto vendrá después; subtramas independientes que aparecen de vez en cuando, cuyos protagonistas parecen ser los mismos que conocemos, salvo por detalles que lo hacen imposible, sutiles indicios (como grafías alteradas de referencias culturales básicas) que insinúan que estamos en un universo alternativo, otro de los pliegues y recovecos del Pergamino, donde nuestros héroes han seguido un camino diverso.

Esta estructura atomizada hará sospechar a más de uno que Duncan es incapaz de crear y sostener un arco narrativo tradicional, y que, a la hora de redactar la que a fin de cuentas es su primera novela, ha recurrido a la treta de enlazar y entremezclar varios relatos breves y novelas cortas con elementos y personajes comunes, adaptándolas a una premisa general ambiciosa y tramposilla que le exime de observar una mínima coherencia. No faltan argumentos para sostener tal tesis: tanto el prólogo como el epílogo son relatos autoconclusivos, sin interpolaciones extrañas, de una calidad más que notable, y abundan bastante las secciones estancas, que suponen pequeñas novelas dentro de la novela, como puede ser la crónica de los primeros años de Seamus Finnan, antes y después de la I Guerra Mundial; la expedición al corazón de Asia en busca de Kur, la legendaria ciudad de los muertos, donde se hallará un lenguaje prehistórico, transcrito fonéticamente en pieles humanas, capaz de desencadenar un devastador poder; las andanzas de Jack Flash, anárquico héroe futurista al estilo Jerry Cornelius que es interrogado y analizado por sus captores (segmento que por cierto me ha recordado sobremanera a “The Invisibles” de Grant Morrison, cuando un aprisionado King Mob evoca su alter ego juvenil, Gideon Stargrave); o la iniciación angélica de Phreedom Messenger, incorporada a un universo mítico mediante la marca que le tatúa la diosa Eresh, en un alucinante despliegue de percepciones superpuestas donde la realidad virtual, la religión legendaria y el violento y sórdido mundo físico coexisten equivalentes.

Puedo entender a quien se le indigeste el libro: no sólo es díficil no perderse en sus páginas, sino que a mi juicio es un efecto buscado, una manera de decir que, si nuestro universo cotidiano se ajusta con dificultad a técnicas tradicionales de narración lineal, mucho menos lo iba a hacer un multiverso caleidoscópico donde a menudo los efectos preceden a la causa, se puede escapar desde 2017 a 1971, y Prometeo es interrogado en un matadero por figuras de su pasado melodramático de trauma en las trincheras, agitación socialista y nacionalista, y amadas perdidas embarazadas de un lord inglés.

Habrá también quienes encuentren la narración alargada, que a Duncan le gusta leerse como a otros les gusta escucharse. Uno de ellos es el pope Clute, quien opina que “Vellum” es víctima en cierta medida de la era del blog, donde no existen cortapisas editoriales y cada uno se extiende y se luce tanto como el corazón le pide. Es posible (los que visiten el blog de Duncan, “Notes from the Geek Show”, constatarán lo kilométrico de sus entradas), pero, al menos en mi opinión, uno de los elementos que sostienen la lectura del libro, y que me ha hecho terminarlo en mucho menos tiempo que otros con una inmerecida fama de “pasapáginas”, ha sido la fluidez de su lenguaje, su capacidad evocativa, inventiva, emocional, descriptiva, paisajística, su exigencia consigo mismo, su facultad de crear segmentos aislados intensos y absorbentes... que sin embargo quedan interrumpidos y obligan cada cierto tiempo al considerable esfuerzo de comenzar, en cierto modo, la lectura de un nuevo libro. El hechizo termina por reestablecerse, pero refuerza la opinión de que "Vellum” es un libro hecho de partes más que un todo, y pueden hacer sospechar, como en la obra de otro virtuoso, David Mitchell, que en la época postmoderna, si no sabes cómo terminar una historia, la tejes dentro de otra, y así sucesivamente.

Puede ser que esté hablando por hablar, y que “Ink” , la continuación y conclusión de “Vellum” , que tengo también delante de mí mientras escribo, cierre satisfactoriamente el ciclo iniciado en el primer volumen y me saque de mi presente ambivalencia. “Vellum” , está claro, es un libro meritorio, que ha llegado para armar ruido, crear controversia, agitación, demostrar lo que se podría hacer con el arsenal literario de la fantasía y la CF, forzar a la relectura y la reflexión dentro de unos subgéneros demasiado acostumbrados al entretenimiento de usar y tirar. Algo muy diferente sería que los procedimientos de Duncan se convirtieran en norma y en excusa para fárragos impenetrables de autores menos dotados, y de un estilo menos carismático y atrayente, pero los libros como “Vellum” siempre serán excepciones, marcadores de la Última Thule o las Columnas de Hércules, pruebas de que en la literatura de género, como en cualquier otra, caben lo sencillo y lo difícil, lo familiar y lo arriesgado, la honradez del artesano y las pretensiones del innovador. En principio pueden hacerse grandes cosas dentro de ambos enfoques, y preferir uno a otro en abstracto me huele a prejuicio. Yo estoy encantado de que “Vellum” exista, pero me esperaré a leer “Ink” para dar muestras de un entusiasmo que por ahora se mantiene latente.

miércoles, 12 de septiembre de 2007

"La fábrica de las avispas" de Iain Banks


No es muy corriente que un autor recopile en primera página de una novela una sucesión de críticas desfavorables. Para el Irish Times, “una obra de depravación sin parangón”; para el Times Literary Supplement, “el equivalente literario de la más desagradable forma de delincuencia juvenil”; para el mismísimo Times, “una broma destinada a engañar al Londres literario y hacerle respetar la basura”. Veintiún años y más de veintiún reimpresiones después, Iain Banks rió el último: “La Fábrica de las Avispas” está reconocida como un pequeño clásico de la literatura británica reciente, cuya relectura deja en evidencia la mentalidad parroquial y las escasas luces de los mismos supuestos expertos que tampoco se ensuciarán siquiera las manos con los libros que firma el alter ego del mismo autor, seguido de la inicial “M”.

Una de las razones para las frecuentes descalificaciones del libro pudo ser su ruptura de tabúes: contada en primera persona por un narrador de 17 años que admite con la mayor naturalidad del mundo haber asesinado a sangre fría, de pequeño, a sus igualmente tiernos hermano y prima, así como a un amigo de su misma edad, y satirizando con ocasionales ribetes escabrosos la institución familiar y los estragos que puede ocasionar la educación paterna, los caballeros conservadores no supieron qué hacer con algo tan inclasificable y se agarraron a dos o tres palabras malsonantes para acusarlo de obscenidad, mientras que presentar a niños como víctimas y perpetradores de asesinatos bastó para equiparar a Banks con el “gore” más barato, cuando en realidad lo inquietante de varias de esas escenas es su poesía irreal, como sucede cuando la prima Esmerelda es arrastrada al corazón de los cielos por una enorme cometa y jamás se vuelve a saber de ella.

Pero ninguna de las firmas prestigiosas del Times y compañía se detiene en la peculiar descripción de la mente del protagonista: no sólo no le pareció mal matar cuando era pequeño (aunque, en sus palabras, “era sólo una fase que estaba atravesando”), sino que su visión del universo es completamente irracional y mágica. En la isla donde vive, separada del resto de Escocia por un puente colgante, cabezas de pequeños animales sacrificados, colgadas de postes, avisan al narrador si alguien se acerca, la calavera del perro que le arrancó los genitales a los tres años le permite ponerse en contacto con su hermano, evadido de un psiquiátrico, y un complejo artefacto, la Fábrica de las Avispas del título, le sirve como elemento adivinatorio, según la muerte que encuentren las avispas que introduce en su laberinto de trampas mortales.

Si bien no puede decirse que “La Fábrica de las Avispas”sea una novela fantástica o de CF, su parentesco con ambos géneros es claro: aparte del surreal mundo interior del narrador, éste mismo como personaje es una suerte de experimento científico para su padre, ex hippy que educa y moldea a su inquietante modo a un hijo sin existencia legal, con imprevisibles consecuencias. La acidez con que se retrata el submundo progresista de los 70 sólo es comparable con el veneno que destila acerca de los roles sexuales que la sociedad nos vende y obliga a adoptar, por no hablar del cuestionamiento implacable de las nociones de normalidad y cordura, o las terribles imágenes metafóricas para mostrar lo que late bajo la realidad si nos empeñamos en mirar con demasiada atención.

Dividida entre el coloquialismo y un elevado aliento poético, virtuosa y maquiavélica en su dosificación de información y su manipulación del lector, que cree en vano adelantarse a la trama, ingeniosa en sus diálogos entre locos dignos de los hermanos Marx o Monty Python en su dominio del absurdo lógico, prima hermana del Golding de “El señor de las moscas” en su antropología primitiva infantil, y poseedora de un final que sería pecado mortal desvelar y que provoca un cegador fogonazo de iluminación y revelación temática, si bien, rememorando, las pistas subliminales no faltaron, “La Fábrica de las Avispas” resulta tan alucinante como el mejor terror fantástico, tan brillante conceptualmente como la mejor CF, tan absorbente como el mejor “thriller”, tan densa en su psicología y malintencionada en su sátira como la mejor narrativa general contemporánea, y tan clara en su estilo y narración como el menos exigente “best seller”. Ante el peligro rompedor de géneros y expectativas que suponía Banks en 1984, las momias de la crítica garrapatearon, presas del pánico, sus exabruptos y anatemas... que hoy sirven como divertida introducción a una extraordinaria novela, altamente recomendable.

viernes, 24 de agosto de 2007

"El Consejo de Hierro" de China Miéville


El tercer novelón épico de nuestro calvo musculoso preferido es loable por cuanto tiene de voluntad profundizadora. Mi única experiencia hasta ahora con él, “La estación de la calle Perdido” tenía entre sus virtudes una prodigalidad deslumbrante, una panorámica, casi un montaje con tantos planos diferentes como Eisenstein, sobre su creación protagonista, la ciudad de Nueva Crobuzon, pionera entre los escenarios de fascinante decadencia urbana que dan su carta de naturaleza al “New Weird”, antes de “City of saints...” de VanderMeer o “The etched city” de Bishop. En esta ocasión, Miéville no desea repetirse y decide centrarse en uno de los aspectos anteriormente tratados a vuelapluma: la posibilidad de una revolución social.

No cabe duda de que esta pretensión hace casi único a China en el mundillo de la fantasía épica, pues, de Tolkien en adelante, casi se da por supuesto que las tramas de este tipo de novelas tendrán por función restablecer en el trono al rey depuesto, o derrocar al malvado y cruel usurpador en favor de una monarquía benigna, en una palabra, establecer el “statu quo”, recordar a los cuatro vientos que Dios está en su cielo y que el orden terrestre no hace sino reflejar el orden celestial, cuyo sentido es perfecto. En cambio, Miéville, como inesperado portaestandarte de una ideología tan fuera de favor como el marxismo, pinta un cuadro dinámico y por momentos lírico de las masas rebelándose contra un gobierno corrupto y explotador, brutal y sórdido, que ha sumido a Nueva Crobuzon en su estado de surreal decadencia.

La metáfora central del libro encandila con sus ecos del “western”: los trabajadores del ferrocarril que debe cruzar el continente de Bas-Lag de un extremo a otro sacuden el yugo de sus capataces, que los mantienen en su durísima labor sin recibir paga, y se lanzan a una huida fulgurante en el propio tren cuyo desarrollo debían guiar (el Consejo de Hierro del título), fraguando su camino a base de levantar los raíles que dejaron atrás y volverlos a instalar ante la locomotora, en un trayecto infinito que se alimenta a sí mismo, imparable pero sin dejar un camino transitable por otros. El proletariado desencadenante de la rebelión es, de modo significativo, el contingente de presos Rehechos, delincuentes convertidos por las “fábricas de castigo” en monstruosidades surreales, experimentos cocidos en la mente del más sádico doctor Frankenstein.

Miéville no para ahí su revista a los grupos que deben luchar por su liberación: las prostitutas del ferrocarril tienen también mucho que ver al respecto, como también, aunque en menor medida, los homosexuales. La homosexualidad desempeña aquí el papel de “erotismo prohibido” que jugó en “Perdido Street...” el amor entre especies. El amor nunca correspondido del todo que siente Cutter, uno de los protagonistas, por Judah Low, experto en la creación de gólems de combate, supone una de sus motivaciones primordiales para salir en busca del Consejo de Hierro, y se hace necesario elogiar el buen gusto en el tratamiento del tema por parte del autor: en ningún momento se cae en sentimentalismos dulzones, ni se pierde de vista que las relaciones “gays” son cosa de hombres, es decir, a menudo un alivio sudoroso, brutal e urgente entre machos. Esta consciencia de los ángulos menos “glamourosos” de la realidad, en mitad de un universo donde abundan los prodigios sobrenaturales y terroríficos, es uno de los puntos fuertes de la escritura de Miéville, distanciándolo de mucha fantasía al uso, escrita claramente para adolescentes o incluso niños.

Claro está que no es oro cuanto reluce. Estructuralmente, tengo ciertos problemas con el libro. El inicio, que nos coloca directamente en mitad de un grupo de personas que buscan el Consejo de Hierro, es aventura casi desde el primer párrafo: antes de saber quiénes son esas personas ni cuál es su motivación, ya los tenemos a la greña contra amenazas mágicas y criaturas de pesadilla. Aunque la intención sea claramente empezar con un terremoto, según la cita atribuida entre otros a De Mille, la estrategia no me sirvió para entrar en la novela, por mucho que aparecieran fantasmagóricas manos muertas que dominan cual títeres a seres de todo pelaje, mortíferos espíritus elementales de las aguas o un “cowboy” sobrenatural capaz de influir sobre la conducta ajena subvocalizando. Es significativo, aunque perjudicial para el afán diversificador de Miéville, que sea la siguiente subdivisión de la novela, un comienzo atmosférico más al viejo estilo ambientado en la ya familiar metrópoli de Nueva Crobuzon, la que me atrape como lector y me genere las auténticas ganas de seguir pasando paginas. Uno sospecha que Miéville no es tan buen escritor de acción y aventura como él piensa, sino que sus capacidades residen más bien en lo descriptivo, lo sociológico, incluso lo psicológico. Lo cual no le impide incidir en las batallas sobrenaturales una y otra vez, con un entusiasmo a veces rayano en lo cansino.

Siguiendo con la estructura, de nuevo nos topamos con un probelma ya encontrado en “Perdido...”: la incapacidad para generar un tercio final de verdadero interés. El clima de descontento social apoderándose de la ciudad, las andanzas de una banda de renegados criminales que planean el asesinato de la alcaldesa, y la resolución del Consejo de Hierro de interrumpir su huida para regresar a la ciudad y servir de apoyo moral en el ascenso del Colectivo (léase el partido comunista revolucionario) no son capaces de crear la suficiente intriga en el lector, no albergan la suficiente promesa de revelaciones, como tampoco sucedía con la plaga de “polillas del sueño” de la novela anterior. Aunque se desconozcan detalles incidentales que pueden llegar a sorprender, y a menudo lo hacen, el nivel de incógnita es bajo: se sabe con bastante aproximación qué va a suceder, de manera que sobreviene un cierto cansancio más o menos a la altura de la página 400 y pico... de 614.

Quizá el problema resida también en un estilo a veces innovador y brillante, con una notable capacidad para codificar todo un mundo mediante exóticos neologismos (esa parte virtualmente intraducible del género fantástico), pero a veces farragoso y fatigoso, a veces grotescamente redicho, a veces vulgar sin complejos. Miéville no se anda con medias tintas y se ha pronunciado más de una vez en el sentido de que no se puede vehicular un universo extraño mediante una prosa “razonable” e invisible. Su intención es convertir el “pulp” en arte, pero no estoy seguro de que el ritmo de sus períodos albergue la suficiente variedad para sostener durante grandes extensiones una historia ambiciosa pero limitada, poblada por gente de acción no siempre bien construida al nivel de personajes. Una vez más nos topamos con un talento y unas ideas por encima de los resultados finales.

El clima de guerra con otra potencia lejana y desconocida evoca certeramente el conflicto estadounidense con Irak, las tribulaciones del renegado Ori ponen en escena la complejidad moral del acto terrorista, el convencimiento realista de que una revolución no puede ganar en el mundo actual desemboca en una imagen sorprendente y memorable, el destino final del comité rebelde abre interrogantes sobre lo legítimo o no del fatalismo, sobre si la derrota nace de un escepticismo ante la victoria. “El Consejo de Hierro”, una novela más elocuente en lo político que muchos libros partidistas y previsibles que andan por ahí, triunfa más en el plano de las ideas que en de su plasmación. “La estación de la calle Perdido” encerraba muchos posibles libros en uno solo; “El Consejo de Hierro” pretende desarrollar con rigor uno solo de ellos, pero a mi juicio Miéville es más un autor de partes que de todos. Al igual que su compatriota Clive Barker, al que me recuerda en ocasiones, puede pasar de lo inquietante y sublime a lo pedestre y grosero, de la audaz originalidad al plagio más descarado de sí mismo. Siento curiosidad ante su libro de relatos, “Looking for Jake”, donde quizá su imaginación fantástica se concentre y refine más que en enormes novelas de 600 páginas donde a menudo las confrontaciones con criaturas de pesadilla se convierten en algo enojoso de puro frecuentes y producen un hastío comparable al de los peores momentos de animación infográfica en el cine de Hollywood, cuando lo asombroso deviene en rutinario. Pero la fuerza de Miéville es su desmesura, y a menudo sus virtudes son función de sus defectos. A la espera de su obra definitiva, apreciemos más sus mejores momentos, sus delirios más populosos. Quedémonos con sus ambiciones promiscuas y dejemos de lado sus conatos de profundidad filosófica. Releamos “La estación...”, que, a la espera de “La cicatriz” (sobre la cual me muestro escéptico), sigue siendo el manifiesto definitivo de lo que China Miéville puede aportar al paisaje contemporáneo de la CF y la fantasía.

martes, 24 de julio de 2007

"El curso del corazón" de M. John Harrison


Son peculiares los mitos que rodean a este libro. Un reseñador hispano argumenta en la red que, a pesar de su calidad, constituía una lectura demasiado “difícil” para tratarse del primer libro de Harrison editado en nuestro país, y por tanto contribuyó a la relativa oscuridad y al olvido de su firma entre nosotros. Otra perla encontrada en el ciberespacio recomendaba la lectura previa de Ludwig Wittgenstein para entenderlo mejor. Con semejantes antecedentes, aguardé hasta un período vacacional para abrirlo y disponer de mis facultades mentales completas para desentrañar la madeja.

Pero no me encontré lo que había anticipado: Harrison escribe con una claridad y economía notables, sin que uno necesite volver sobre la misma frase una y otra vez para aproximarse a un sentido. Tampoco el sentido global se me antoja críptico, aunque quizá aquí influyan mis maneras de leer: al igual que en una novela policíaca me interesa mucho más el ambiente de misterio que la explicación final, considero que Harrison ve los elementos omitidos, los “agujeros” deliberados de la trama, como parte integrante de una poética de lo inexplicado, como una actitud inevitable ante las preguntas que la vida ni contesta ni contestará.

Podría decirse que “El curso del Corazón” es una novela sobre el sentido de la vida, sobre las tentativas infructuosas para recuperar la aureola mágica de existir que parecía permanente en la infancia, sobre las frustraciones de la vida en pareja, sobre las ficciones con que tratamos de hacer soportable la decepción, y sobre la inevitabilidad de la muerte. También hay visiones místicas, criaturas sobrenaturales, rituales mágicos y una historia alternativa de Europa, pero entretejidos en una alquimia misteriosa con los sucesos “reales”, con la oscuridad implacable de una narración sincera que no desea consolar con mentiras.

Yaxley, un sórdido y cutre hechicero contemporáneo, otorga a los tres protagonistas de la novela, durante sus estudios en Cambridge, un vistazo a la Pleroma, una dimensión ideal donde todo es como debe ser y todas las potencialidades se cumplen. Como resultado de esta experiencia, sus vidas se convierten en pesadillas de insatisfacción, embrujadas por la presencia de criaturas escapadas de su epifanía que les recuerdan en todo momento que el universo no es como debería ser. Como antídoto, la pareja que contrajo matrimonio inventa el mito de “el Corazón”, especie de Santo Grial místico transmitido de padres a hijos, ausente de la historia que conocemos desde la caída de Jerusalén (lo que explicaría su carácter caótico, entrópico, falto de espiritualidad), cuya genealogía imaginaría ambos van trazando hasta que queda claro que la mujer, aquejada de un tumor maligno, no es otra que la última descendiente de aquel linaje. Así, una ficción consoladora deviene en crepúsculo, en despedida a un cúmulo de ilusiones. No obstante, los atributos del Corazón se manifiestan en un espíritu femenino elemental, verde como la naturaleza, entreverado de sugerencias vegetales y acuáticas, que posee sexualmente al narrador y que podría ser asimismo parte del vislumbre de lo ideal que se llevó consigo de Cambridge.

Ese condicional “podría” es parte indisoluble del modo de novelar de Harrison: son tan pocas las certidumbres ofertadas, son tantas las posibles interpretaciones, que la desilusión del lector acostumbrado a ver encajar todas las piezas se me antoja inevitable. La magia se mantiene en un intrigante segundo término: apenas llegamos a saber nada de la ceremonia con la que Yaxley pretende que un ejecutivo y su propia hija de 13 años cometan incesto. Sólo sabemos que el narrador consiente en participar como medio para conseguir respuestas existenciales, y que el hechizo falla, como falla el ritual, preparado de antemano, con que Yaxley pretende burlar a la muerte. La magia se cobra un precio despiadado, parece decirnos Harrison, y no todos los magos son siquiera capaces de volver del abismo vestidos de blanco, como Gandalf. El abismo se queda en nuestro interior, sin que haya manera de llenarlo.

Otro de los innumerables núcleos temáticos del breve pero denso relato (225 páginas pueden dar para muchísimo) es la penetración del misterio de la mujer, que ha de permanecer incognoscible. La fantasía del narrador sobre una mujer vegetal se remonta a comentarios escuchados de pequeño a su madre sobre “una mujer adulta”, donde el inglés “grown” aúna los significados de crecimiento finalizado pero también de cultivo; el culto de la madre a las heroínas emancipadas pero solitarias interpretadas por Glenda Jackson o Vanessa Redgrave sirve para conformar una imagen fugitiva del otro sexo. Al final, varias verdades ocultas sobre su propia esposa servirán para insinuar al lector imaginativo que los diversos misterios de la novela no conforman sino uno solo, visto desde diversos puntos de vista.

Así es M. John Harrison: sencillo de leer pero difícil de explicar. “El curso del Corazón” será el típico libro que en sucesivas relecturas revele iluminaciones distintas y contradictorias. Breve, intenso y repleto de detalles peculiares, su mirada oscura (los necios dirán “deprimente”) a aspectos incómodos de la existencia sólo es comparable al sentido de misterio a punto de revelarse pero siempre huidizo que el arte de Harrison sabe crear con medios potentes y sutiles. Los lectores que no deseen correr riesgos preferirán “La ciudad color pastel”, primera y extraordinaria entrega de la serie sobre la ciudad imaginaria de Viriconium, pero el resto de la producción de Harrison (incluyendo los episodios finales de la propia “Viriconium”) resuena con la advertencia susurrada de que ambientemos nuestras búsquedas legendarias y nuestras aventuras heroicas dentro de nuestra propia alma, un alma más parecida a una Jerusalén bombardeada de lo que estamos dispuestos a admitir.

viernes, 29 de junio de 2007

"La juguetería mágica" de Angela Carter


“El verano en que cumplió quince años, Melanie descubrió que estaba hecha de carne y hueso”. Así comienza “La juguetería mágica”, segunda novela de Angela Carter, dejando clara su intención de describir la transición a la edad adulta de una adolescente por vía de su proceso de maduración sexual.

Pero tratándose de Angela Carter, estaba claro que no nos encontraremos exactamente lo que esperábamos. Aunque en 1967 Carter aún estaba lejos de la acidez imaginativa de novelas como "La pasión de la nueva Eva", “La juguetería mágica” contiene el germen del revisionismo psicosexual de los cuentos de hadas en el libro de relatos “La cámara sangrienta”.

No se trata de una novela fantástica en modo literal, aunque podría argumentarse que la mirada mágica de la protagonista y su lectura de los acontecimientos se alejan del realismo casi dickensiano al que se prestaba la historia y dejan lagunas deliberadas en forma de escenas surreales, oníricas e incluso terroríficas, que una lógica narrativa tradicional no explica satisfactoriamente.

Después de que Melanie, durante un viaje a América de sus padres, se pruebe el vestido de novia de su madre, lo desgarre y se vea obligada a trepar desnuda al manzano que crece junto a su ventana para regresar a su habitación, la subsiguiente muerte de los progenitores en accidente aéreo se le antoja una lógica consecuencia y justo castigo por su transgresión. Ella y sus dos hermanos pequeños deberán dejar su idílica campiña y mudarse, en un Londres depauperado y sórdido, a casa de su tío Philip, un juguetero brutal y autoritario que ha reducido a la mudez a su joven esposa Margaret y la tiraniza al igual que a los dos hermanos de ella, Finn y Francie, como pareció ser, durante siglos, el sino de los irlandeses a manos de los ingleses.

Ya desde el principio, el simbolismo campa a sus anchas: el manzano junto a la casa familiar insinúa que la infancia era el paraíso, el vestido de novia es un emblema del despertar al sexo y a la vida adulta. Llegados a la casa del tío Philip, entramos en un universo casi de novela gótica, con un cabeza de familia orondo y terrorífico, creador adusto de figuritas inanimadas, a quien resulta difícil no identificar con Dios (o con Rod Steiger, cuyo rostro, suplementado de enormes bigotazos, se me sobreimpresionaba sin parar a las descripciones de Carter).

Margaret, su esposa, aunque no es realmente muda, perdió el habla desde su boda con Philip y se comunica escribiendo con tiza en una pequeña pizarra que siempre lleva consigo. Por si fuera poca su esclavitud diaria en el hogar, su atavío para los días festivos, un vestido anticuado e incómodo adornado con un collar de plata, rivaliza en mortificación con una armadura medieval y casi produce mayor sufrimiento que placer.

En cuanto a los hermanos, Finn y Francie tienen algo de Caín y Abel en sus caracteres contrapuestos, en la rebeldía peligrosa y excitante de uno frente a la bondad ralentizada del otro, pero la tensión homicida se establece aquí entre padres e hijos, en un reflejo tanto del conflicto anglo-irlandés como del nuevo papel de los EEUU tras la II Guerra Mundial(no olvidemos que la foto de Philip en la boda de los padres de Melanie lo muestra como un joven Buffalo Bill).

Pero Finn, más que Caín, es comparable a la serpiente del Edén. Empezando porque es un ángel caído: Philip, descontento con los manejos de Finn en su teatro de marionetas, lo empuja desde lo alto al escenario, lo que motivará una inquietante modificación de su carácter. Finn parece destinado a iniciar a Melanie en el sexo: el paseo de ambos por el parque abandonado, donde yace derribada en fragmentos una estatua de la reina Victoria, culminará en el primer beso entre ambos, a la par que el ensayo de la segunda obra de marionetas, la historia de la violación de Leda por el cisne, se considera diseñada por el patriarca para propiciar la pérdida de la virginidad y el posible embarazo de la chica.

Quizá quepa ver en esta novela una empanada de simbolismos psicológicos y políticos en apoyo de una agenda feminista, pero el arsenal de imágenes convocado por Carter se aleja de la vulgaridad iconográfica de mucho arte que se quiere revolucionario: ya en el segundo párrafo del libro brilla el adjetivo “prerrafaelista”, mientras en otros segmentos, por ejemplo el consagrado a las pinturas vengativas de Finn, se invoca el espíritu del Bosco, y Edgar Allan Poe es nombrado en más de una ocasión.

Las trampas que acechan a una chica al borde de la edad adulta se dibujan con pasión visionaria: el hogar, una prisión gótica; la familia, una maldición marcada a fuego con los estigmas de la clase trabajadora; el sexo, un laberinto de placer y dolor, de voyeurismo (Finn espía a Melanie por un agujero en la pared en el mejor espíritu de Norman Bates) y de apariencias engañosas (Melanie pierde el sentido en el momento culminante de la recreación, protagonizada por ella misma y una marioneta, de “Leda y el cisne”; más adelante se insinúa que Philip estaba oculto en el falso cisne, pero nunca sabremos a ciencia cierta lo que pasó).

La liberación de este orden patriarcal opresivo no podrá llevarse a cabo sino mediante la transgresión, que tendrá una doble dimensión: por un lado el obvio simbolismo del destrozo del cisne y por otro, en nueva negación del carácter doctrinario y elemental que planea sobre el libro, el descubrimiento de la relación incestuosa entre Margaret y Francie. Visto lo visto, la juguetería mágica tenía que terminar como la Casa Usher.

Tengo entendido que la editorial Minotauro saldó toda la obra publicada en España de Angela Carter, durante la época en que Porrúa la vendió a Planeta y los nuevos amos dejaron atrás las ambiciones artísticas del antiguo en pos de un éxito comercial que los ha eludido concienzudamente. Una lástima, porque Carter era una de las originales: a pocos se les ocurriría hacer de una fascinante juguetería de época un escenario tétrico de tiranía y represión, y pocos demostrarían un don tan rico y exuberante para la metáfora y el lenguaje, sabiendo transmitir un ideario a base de inquietar en lugar de sermonear. Y no olvidemos que Angela estaba sólo en los comienzos de su carrera: en lo sucesivo, superaría con creces este muy sugestivo libro.

Muerta a los 51 años. Qué os parece.