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lunes, 25 de diciembre de 2017

505: Trilogía de "La Ciudad Bien Construida" de Jeffrey Ford


Puede suceder que la crónica de tus lecturas sea una historia en sí misma, con sus propias expectativas, desarrollos, decepciones, sorpresas y finales inesperados, con sus propios clímax y anticlímax, con sus momentos de plenitud a mitad de camino, o en recovecos del sendero, o sus llanuras de placidez después del fogonazo que nos dejó medio ciegos o sordos a mitad del volumen.

Una de estas sagas ha sido para mí la revisión de la novela de Jeffrey Ford “La Fisiognomía”, de 1997, y su continuación en otras dos novelas posteriores, “Memoranda” y “El Más Allá”, formando lo que hoy por hoy suele llamarse la “Trilogía de la Ciudad Bien Construida”.

Leí “La Fisiognomía” allá por 2006, y me produjo un impacto considerable, así como un replanteamiento de lo que esa entidad nebulosa llamada “novela de fantasía” era capaz de conseguir. En un estilo tan claro y elegante y lleno de una belleza en giros y vocabulario que nunca parece rebuscada o artificial (o bien que sabe ajustarse a la voz narrativa en primera persona de un personaje que hace gala irónica de su superioridad), se nos sirve en menos de 300 páginas un relato rico en sugerencias y escenarios, a medio camino entre el pastiche de ambientación decimonónica o incluso anterior (el medio de transporte más sofisticado que emplean los personajes parece ser el carruaje) y una visión distópica, más contemporánea, en la que fantasmas incorpóreos como el de la drogadicción o la férrea estratificación social (fundamentada en seudociencias del estilo de la “antropología criminal” de Lombroso, que podía convertir a alguien en un posible criminal solo basándose en su aspecto físico) conviven con criaturas de un imaginario monstruoso surgidas de la cocina de un “mad doctor” o de una guía turística de los círculos infernales.

Unamos a esto la voluntad de aplicar un cierto moralismo visionario al estilo de los cuentos de Nathaniel Hawthorne (no solo el mil veces antologizado “El Joven Goodman Brown”, sino otros como “Feathertop”, o el poco conocido “El velo negro del pastor”, del que Ford extrae una imagen esencial para su novela), una sensibilidad terrorífica más explícita, el tema, tan presente en la literatura estadounidense desde las novelas góticas de Charles Brockden Brown, de la naturaleza salvaje como contrapunto numinoso de una civilización frágil e imperfecta, con tanto de paraíso como de infierno, así como un protagonista que va humanizándose desde un inicio desdeñoso y altivo a fuerza de tribulaciones, juntemos todo esto y agitemos bien y no extrañará que la novela obtuviera el World Fantasy de 1998, aunque sí sorprenderá el relativo olvido en el que vive, en comparación con otras obras muy inferiores que no mencionaremos y que son objeto de una reedición tras otra.

La novela, aunque está contada con seriedad, tampoco es un tratado sesudo, posee humor y posee marcados componentes pulp que agradarán a unos y estropearán el efecto para otros: Drachton Below, el creador de la maravillosa Ciudad Bien Construida, ejemplo preclaro de triunfo del ingenio humano sobre una naturaleza amenazadora poblada nada menos que por demonios con cuernos y rabo, entre otras criaturas, no deja de ser un sabio loco de manual, que además de constituirse en “Gran Hermano” de una sociedad donde el estudio de la supuesta correspondencia entre rasgos físicos y personalidad o inteligencia se ha erigido en ley ejecutable, se entretiene en sus ratos libres creando en su mesa de operaciones híbridos entre humano y lobo o animando a base de mecanismos de relojería cadáveres que luego hace luchar entre sí en torneos.

Podríamos decir que estamos en el territorio “New Weird” de escritores como China Miéville, con la diferencia de que Ford parece controlar más su material, se preocupa mucho de la caracterización de su protagonista, e intenta evitar caer en lo que los anglosajones llaman el romp, a saber, una especie de divertimento rápido que quizá juega con ingredientes serios pero está hecho para entretener más que para hacer reflexionar. A Ford parece haberle perjudicado un poco el uso, para definir esta novela y las dos que la siguieron, del vocablo “alegoría”, que para más de uno reviste carácter de palabrota y que se suele aplicar muy a la ligera. Una cosa es el simbolismo, en el que personajes y elementos pueden entenderse como metáforas abiertas a la interpretación, y otra la alegoría, donde los personajes claramente representan virtudes o instituciones hechas carne, y existe una interpretación correcta, a menudo moralizante. Uno puede pensar que Ford habla de la colonización de los Estados Unidos, de la “experiencia americana” en general (impresión reforzada por el rol de los nativos en el tercer volumen de la saga), pero me cuesta ver esto como una interpretación excluyente, que anule otras sugerencias. Las alegorías vienen con una correspondencia unívoca entre números y letras.

Algún comentarista afirma que la figura principal, el Fisiognomista Cley, va perdiendo interés a medida que se enamora, sufre, deja la droga mediante la cual Below controla a sus adláteres (y que se denomina, de un modo simpático, “belleza”) y decide rebelarse contra su sistema de valores, haciendo más convencional una trama que podía haber sido imprevisible. No obstante, es en parte esta evolución psicológica la que consigue que la novela vaya más allá de un universo creado en todos sus detalles (prueba de ello es que los detalles están ahí, pero no se deja que su descripción ocupe decenas de páginas) y sepa anclarse en lo que quiere contar en lugar de disparar en todas direcciones (algo de lo que Miéville, por ejemplo, es culpable en más de una ocasión).

Episodios como el de la isla donde Cley es condenado a trabajos forzados, bajo la vigilancia de los guardianes del día y de la noche, tan parecidos como para poder tratarse de una misma persona, mientras lee, rememora o vive (nunca llega a estar muy claro) el diario de una expedición al Más Allá, esa tierra inexplorada, llena de maravillas y peligros, que rodea la ciudad artificial de Below, tienen todo el sabor de la vieja literatura de aventuras, pero también una cualidad surreal y extraña, que actualiza los viejos modelos sin renegar de ellos.

En fin, podría continuar con las razones que en su momento hicieron que este libro fuera importante para mí, pero creo haber expuesto ya lo suficiente. El retorno a él 11 años después, para valorar en su contexto las dos continuaciones, fue un tanto agridulce, no necesariamente por pensar que me equivoqué en mi valoración entusiasta de entonces, sino tal vez por mi desencanto en los años intermedios, que han amenazado con convencerme de que la exuberancia imaginativa no es un valor artístico tan fundamental como siempre había pensado. En un momento en que el ideal parece ser el minimalismo expresivo, en que la concentración de muchos elementos, incluso conceptuales, es vista como un defecto y no como una virtud, en que todo el mundo tiene muy claro cómo tiene que ser lo que va a leer o ver antes de leerlo o verlo, en que parece que no puede haber término medio entre realismo descriptivo y surrealismo desenfrenado, entre tradición y experimentación, uno se encuentra con que la figura de Jeffrey Ford ocupa un segundo o tercer plano, que los comentarios de los internautas en webs como “Goodreads” perdonan la vida displicentemente a la novela que lo lanzó a la fama, que parece estar descatalogada y solo disponible de segunda mano en la mayoría de los Amazon.

Increíblemente, hay quienes se sienten defraudados por el hecho de que la premisa no sea desarrollada a lo largo de 600 páginas, quejándose de que la acción sea “demasiado rápida”, mientras que otros, quizá detractores de todo el enfoque simbolista en la narrativa, son incapaces de ver una conexión lógica entre los distintos capítulos, y otros basan su rechazo en interpretaciones peregrinas (como que Ford ve “la ciencia y la tecnología como el origen de todos los males”). Cómo no, hay quienes se aburren (cuando se trata de un escritor con un pulso narrativo férreo) y quienes lo consideran frío y distante (supongo que por utilizar alguna palabra “rara” de vez en cuando). La supuesta democratización de las opiniones lo que hace es crear una espesura impenetrable en la que se vuelve cada vez más imposible discriminar lo que es bueno y lo que es menos bueno en todo lo que ha dejado de ser objetivo de los medios. Más de uno habrá perdido el interés por novelas como “La Fisiognomía” dependiendo del comentario que haya leído primero, y uno tiene la impresión de que una creación artística original lo tiene ahora más difícil que en otras épocas para permanecer, debido al estrépito de las voces sin filtrar que siempre van a intentar minimizar logros que no estaban de acuerdo con sus expectativas, o simplemente entran a divertirse expresando negatividad de forma gratuita hacia un blanco que no les va a partir la cara, y que, más informadas o menos, con menor o mayor razón, a buen seguro van a superar en volumen la propia extensión de tu libro. La idea de que una novela como “La Fisiognomía”  pueda haber caído en una especie de limbo, ahogado por el gallinero, y de que alguien como Jeffrey Ford no haya subido como la espuma en los años sucesivos, descorazona un poco a quienes creíamos en un cierto tipo de literatura demasiado entretenida para ser prestigiosa y demasiado seria para ser considerada simple entretenimiento.

Y sin embargo, la lectura del segundo volumen, “Memoranda”, me dio la respuesta: disfruta de lo que leas sin preocuparte de que los demás lo consideren o no bueno. Lo cierto es que el comienzo no era muy prometedor: el villano del primer volumen, a quien se daba por muerto, aparece en el pueblo creado por Cley y los fugitivos de la Ciudad Bien Construida y sume a sus habitantes en una enfermedad del sueño, lo que obliga a Cley a viajar en busca de una cura. Aproximadamente el primer tercio del libro consiste en un viaje que recicla algunos de los elementos de la novela anterior (salvo que se presenta la figura del demonio humanizado Misrix, el otro gran protagonista de la trilogía), y no pude evitar la impresión de que el barroquismo y la variedad de situaciones del primer volumen no iban a repetirse (lo cual es del todo cierto, las continuaciones van por otro lado), pero la espera merece la pena cuando se entra en la trama principal: la peripecia de Cley dentro de la memoria de un Below catatónico, mundo virtual en el que, siguiendo el Arte de la Memoria renacentista, cada persona y elemento ha sido creado para representar y sustituir un recuerdo que será evocado al interactuar con él.

Ese microcosmos de personajes un tanto grotescos (aunque no falta, como en la novela anterior, un personaje femenino que se convertirá en el interés amoroso de Cley), acechados por amenazas sobrenaturales aún más grotescas y surreales, mientras el mundo que los rodea se va desmenuzando en sintonía con la enfermedad del hombre en cuya mente se desarrolla todo, tiene la virtud, en contraste con la novela anterior, de una menor dispersión, un aroma más decadente y europeo, que me mantuvo pegado a las páginas con mayor intensidad de lo que ha sido frecuente en un servidor los últimos meses. La manera en que se dramatiza la melancolía del deseo y se relaciona el amor con la adicción dota de un contrapunto reflexivo a la peripecia de fantasía, horror y aventuras, desarrollada sobre el telón de fondo técnicamente infinito del interior de la mente de un supuesto genio del mal, pero sin que se permita que el número y volumen de invenciones extrañas sumerjan la trama. Palabra por palabra, frase a frase y párrafo a párrafo, Ford tiene un oficio de narrador que muchos escritores de más éxito y reconocimiento ya querrían, la fuerza narrativa nunca decae y su manejo de la fantasía y el absurdo son envidiables, pero, visto lo visto, no me extrañaría nada que en múltiples rincones de Internet se considerase “Memoranda” como una gran mediocridad indigna de que se pierda el tiempo con ella.

No obstante, para mí se ha tratado del libro que más me ha atrapado en mucho tiempo, que me ha devuelto recuerdos de la época de mi vida en la que leer era lo más importante e incluso me ha animado a retomar mis compras bibliográficas y activar mis aficiones literarias en oposición a la gran pérdida de tiempo que supone una Red tan adictiva como insustancial. Me da igual que “Memoranda” pueda ser considerada o no como una gran obra (aunque desde luego da unas cuantas vueltas a sagas de fantasía que gustan a todo el mundo), me da igual si me quedo solo en mi valoración positiva de ella. Hay una mezcla de desmadre imaginativo y disciplina narrativa, una relativa economía de medios en lo que bien podría haberse prestado a un “todo vale”, una sensibilidad contemporánea expresada con herramientas del pasado, que me han reconciliado con la literatura entendida como medio de comunicación y entretenimiento, y me han recordado algo que parecía tener un poco olvidado: que bastan un cuentacuentos talentoso y un oyente fascinado para que la vida merezca la pena. Digan lo que digan en las redes.

Tras esta epifanía personal, puede parecer que la tercera parte de la trilogía, “El Más Allá”, haga descender el nivel, y que, pese a los intentos, no se haya logrado armar un argumento del todo coherente con los tres libros, y que solo la presencia de Cley y Misrix y la evocación de lugares y peripecias anteriores unifique de cierta manera lo que en el fondo son tres novelas bastante distintas. Puede argumentarse que hay cierta lógica en sus diferencias: el primer libro es la civilización, compleja y populosa; el segundo, más intimista, es la memoria de una sola persona; el tercero, en cambio, sería el retrato de esa naturaleza que los humanos han pretendido dominar, de ahí que ningún intento de trama logra dominar el episódico conjunto.

“El Más Allá”, única de las tres novelas de la trilogía que permanece inédita en España (con buen criterio, Jeffrey Ford fue una de las últimas grandes apuestas de Porrúa en Minotauro) es la crónica del viaje de Cley al mundo salvaje en busca de perdón y redención para su pasado turbio como fisiognomista, en paralelo con los intentos del demonio Misrix por ser aceptado como humano por los colonos del pueblo de Wenau, fundado por los supervivientes de la Ciudad Bien Construida. En realidad, ambos separaron sus caminos al inicio del viaje, con lo cual lo que nosotros leemos es el relato, escrito por Misrix bajo la influencia de la “belleza”, de lo que pudo ser el viaje de Cley, con lo cual no es descabellado afirmar que todo ello bien podría ser una invención o la satisfacción vicaria de un deseo.

No necesito acudir a comentarios de Internet para imaginar que muchos habrán encontrado tediosa esta novela. La peripecia recuerda bastante al subgénero sobre tramperos supervivientes de la narrativa “western”, con su lucha denodada por sobrevivir en el invierno y sus encuentros con las tribus nativas que no quieren ver su territorio usurpado por los blancos. Cley ya no se impone como personaje: no solo han desparecido su maldad y su presunción e incluso su voz (la tercera persona reemplaza aquí la primera de los primeros dos tomos), sino que ni siquiera vuelve a recurrir a sus habilidades quirúrgicas que buscaban aplicar la Fisiognomía retroactivamente, es decir, alterando la apariencia para así alterar el espíritu. La naturaleza no se puede alterar, de ahí que Cley sea aquí una figura tirando a pasiva, incapaz de imponer una forma a los acontecimientos.

La escritura y narrativa son sólidas y mantienen la atención, aunque se echa de menos el nivel de imaginación de los dos libros anteriores. El tema de la resurrección del mundo salvaje, para la cual Cley será un instrumento sin saberlo, carece de la fuerza necesaria al no haberse insistido lo suficiente, pese a poblar el continente con fauna y flora surreales, en tropos al estilo “tierra moribunda”: un continente sin colonizar no puede haber sido herido o dañado por la presencia humana. En realidad son los humanos los que necesitan morir y resucitar, un concepto presente en la novela pero al que se dedica menos espacio que a homenajear a autores como Fenimore Cooper.

El trayecto vital de Cley pasa por renunciar a sus sueños grandiosos de redención personal y convertirse en un responsable padre de familia. O quizá una conclusión tan normal, tan poco épica, sea el deseo sublimado del demonio Misrix, a quien los habitantes del poblado acusan de asesinar al ex fisiognomista. Encuentro mayor interés en los fragmentos en cursiva que detallan la peripecia del aprendiz de humano y único remanente de las experiencias del demiurgo Below. La interrogación sobre lo que significa ser humano no es una de las búsquedas filosóficas más inusuales de la literatura fantástica, pero resuena de manera especial en un libro que trata sobre el lugar de ese mismo ser humano en oposición a una naturaleza hostil, tratando de finalizar en una nota agridulce y de preguntar al lector si el alto precio a pagar realmente merece la pena.

En resumidas cuentas, dejando a un lado su papel en devolverme una pasión lectora que estaba un poco en animación suspendida, he encontrado la trilogía un tanto desigual. Como muestra de imaginación pirotécnica, sin duda el volumen inicial es el mejor, aunque los otros dos hagan gala de una mayor madurez y contengan mejores momentos de escritura. Siendo un poco guasón, afirmaría que la crítica más seria admiraría el tercer libro más que ningún otro, al ser con diferencia el menos “palomitero”, basarse en gran parte en la fuerza de su estilo narrativo y poseer unas dosis de ambigüedad que pueden ayudar a lucirse a un buen reseñador. El segundo quizá pueda atraer más a los amantes de una narrativa fantástica y gótica más convencional, si no les molestan unas ciertas dosis de surrealismo.

En todo caso, si bien se trataba de un empeño demasiado ambicioso para un escritor en el inicio de su carrera, se trata de libros concisos, carentes de “paja” (no puedo estar más en desacuerdo con el reseñador de Amazon citado antes, que deseaba una “mayor exploración” del universo planteado), siempre bien escritos y bien estructurados, con unos conceptos y escenarios que podrían dar oro puro en manos de cineastas talentosos, y que, a pesar de ir un poco de más a menos, merecerían una seria consideración a la hora de elaborar el canon de la fantasía literaria de finales del XX e inicios del XXI. Lo que encuentro raro, no obstante, es que Ford se haya centrado tanto en el relato breve y no haya vuelto a la carga con alguna otra trilogía de altos vuelos ahora que domina su arte a la perfección. ¿No será que habrá estado leyendo comentarios de los internautas sobre la anterior y se le han quitado las ganas?

lunes, 31 de enero de 2011

"Un Lun Dun" de China Miéville


La culpa de todo la tiene Tolkien. Dices “novela de fantasía” y todo Cristo piensa en un grupo variopinto de héroes ayudando a restaurar el feliz orden feudal. Otros te dicen que la fantasía heroica no es sino los libros de caballerías que parodió Cervantes, y que escribirlos después del “Quijote” es una impostura intolerable. Incluso los hay, como el finado Umbral, para quienes los niños son “grandes realistas” y que creen que darles a Harry Potter es “emborracharles la mente”.

Pero cuando llega gente como China Miéville, te replanteas las cosas. “Un Lun Dun” es una novela fantástica infantil que, amén de emborrachar la mente muy bien, refleja de una manera interesante la organización política del mundo, sugiere que la autoridad puede y debe ser cuestionada, y pone en solfa el determinismo rígido que la jerarquización de roles en el “fantasy” al uso parece defender.

Miéville no hace nada aquí que no hiciera antes, en su trilogía de Bas-Lag, o después, en “The city and the city”, pero su manera de hacerlo, en el marco de una narración de ritmo rápido y lenguaje simplificado, casi termina siendo más efectiva y mejor resuelta que en otros libros. Y lo bueno es que su ideología izquierdista (contradiciendo el sambenito de evasión conservadora que se le ha colgado a la narrativa fantástica) no se presenta en forma de sermones que obstaculizan la acción, sino que aparece mediante metáforas que uno no está obligado a interpretar en clave política.

La idea de un “No Londres” de población variopinta y construido a partir de la basura del Londres “normal” puede hacer pensar en el Tercer Mundo; la presencia como villano del Smog sería inocuo ecologismo de no ser por el hecho de que Londres se deshace de su Smog para filtrarlo hacia No Londres, y de que existen intereses industriales para que esto suceda; la intolerancia hacia el mestizaje toma la peculiar forma de Hemi, el niño nacido de la unión entre un humano y una fantasma, capaz de desenvolverse en ambos mundos; el personaje de Don Hablador, tirano que impone a las palabras el significado que él desea, hasta que estas se rebelan, da un aire de divertimento carroliano del que carecía el doublespeak de Orwell. Y así sucesivamente.

El libro es un gran juego, construyendo imágenes a partir de ingeniosos dobles sentidos difíciles o imposibles de traducir (¿cómo se podría, por ejemplo, trasladar la analogía entre ventanas y arañas, black window-black widow, que da origen a uno de los capítulos más memorables?) y dinamitando la tradición de manera maliciosa: mientras que Tim Burton convirtió su “Alicia” en la más tópica aventura de una “elegida” que cumple la profecía reservada para ella (y que, en en la vida real, de modo inquietante, parece ser fomentar los intereses colonialistas del Imperio Británico en China), Miéville hace que el libro de las profecías se equivoque, y que no sea la niña esbelta y rubia la encargada de salvar el mundo, sino más bien la bajita y morena, aquella para quien el destino no parecía asignar otro papel que el de hacer reír al público lector con sus torpezas y ocurrencias.

Hay tantas ideas sugestivas, monstruos, persecuciones y espíritu de rebelión como en cualquier otra novela de China, pero con el aliciente de que se lee mejor. No es un libro ácido ni controvertido, su subversión parece amable, pero hace gracia que se administre una descarga eléctrica a un miembro fariseo del Parlamento, y que se rompa el tabú pacato contra las armas de las ficciones infantiles haciendo de una pistola (eso sí, una pistola “negativa”) el arma principal contra el enemigo. Y, bueno, como pedagogía para los niños, la escena final, con la pequeña protagonista pidiendo cuentas a una ministra, me resulta ejemplar.

domingo, 12 de septiembre de 2010

"Finch" de Jeff VanderMeer


Ahora que parece claro que la vertiente “literaria” de la narrativa fantástica ha perdido terreno ante el tolkienismo reciclado y los injertos entre terror y novela rosa, algunos de los caminos emprendidos por sus jefes de fila nos dejan con la incógnita de si se trata de huidas hacia adelante o de arriesgados nuevos experimentos. Así, China Miéville reinventa el thriller de espionaje y guerra fría en “The city & the city”, produciendo su obra más disciplinada y concisa en mucho tiempo, aunque a veces se eche de menos su proverbial pérdida de control cuando le daba por lo visceral y monstruoso.

Que Jeff VanderMeer, para cerrar su trilogía de Ambargrís, recurra a los modos de la novela negra, a la sequedad verbal, la violencia borde y las motivaciones ambiguas, parece demasiado casual, toda vez que, precisamente, una de las señas de identidad de aquel (inexistente) movimiento que se dio en llamar “New Weird” era precisamente la exuberancia lingüística, un estilo florido y decadente muy “fin de siglo”. No quisiera ver en tal giro una claudicación a las nociones adocenadas de lo que se considera “buena escritura”; uno preferiría creer que, en las novelas precedentes del ciclo, la ciudad de Ambargris ha cobrado tal grado de realidad que no son ya necesarios los efectos especiales para hacer sentir su extrañeza, o que cada historia necesita su estilo, su punto de vista, y el desafío consiste en hacer más patente lo irreal a base de observarlo con una lente objetiva, en lugar de tomar el camino más fácil del subjetivismo de un narrador poco fiable que teóricamente podría estar convirtiendo en fantástica la realidad más cotidiana.

“Finch” continúa la historia de Ambargrís casi un siglo después de “Shriek: An afterword”, durante la ocupación de la ciudad por unos “gorras grises” alzados en rebelión después de sus años como una presencia misteriosa y subterránea envuelta en rumores y leyendas. El detective John Finch, que trabaja para las fuerzas ocupantes, ha de investigar el enigmático asesinato de un hombre y un gorra gris cuyos cadáveres han sido hallados juntos en un apartamento. A medida que va desentrañando una enrevesada trama de espionaje, revueltas políticas, hongos que surgen de los muertos y cuyo consumo hace revivir sus últimas experiencias, traiciones amorosas, portales entre dimensiones y personajes históricos que regresan de entre los muertos, Finch rememorará el pasado que mantiene oculto bajo una falsa fachada y tratará infructuosamente de salvar a su compañero Wyte, antiguo camarada de la guerra civil entre corporaciones, que vive las últimas etapas de una invasión por hongos que va convirtiéndole en un ser monstruoso. Al final, los hechos espectaculares que cambiarán la historia de la ciudad ocuparán casi un segundo plano con respecto a los cambios que se operan en el propio protagonista, manipulado por fuerzas más allá de su control.

Un servidor, acostumbrado a la compleja brillantez de “City of saints and madmen” y “Shriek”, se mostró bastante perplejo en un inicio ante una novela de iconografía surreal y casi alucinógena (no en balde los gorras grises difunden esporas psicotrópicas por el aire de la ciudad para mantener a la población feliz e inofensiva) contada mediante la prosa entrecortada y llena de elipsis del último Cormac McCarthy (aunque sin los alardes de léxico rebuscado que me hacen dudar de la humildad de su presunta economía). VanderMeer parece querer alejarse de un tipo de pulp, el de Lovecraft, para acercarse al de Hammett, pero sin que perdamos nunca de vista a Lovecraft y su sentido de amanaza cósmica, y sin que el lector tenga nunca la impresión de estar ante un vulgar pastiche semiparódico. Quizá resulte más fácil aplaudir a nivel de frase con las entregas anteriores del ciclo, pero hay que reconocer que “Finch” es una novela difícil de llevar a cabo por la cantidad de elementos dispares que había que combinar sin tocar notas falsas, por ofrecer una peculiar síntesis de crónica novelada, intriga detectivesca y ciencia ficción, por mantener un complejo equilibrio entre acción e introspección, sordidez y onirismo, construcción cerebral y emoción soterrada.

Lo único que tal vez le reprocharía a Jeff en este libro es explicar demasiadas cosas; eran precisamente los misterios sin resolver los que daban a “City of saints…” gran parte de su atractivo ominoso. Sacar a la luz los enigmas centenarios de Ambargrís parece anunciar el fin de un ciclo, pasar gradualmente de la leyenda a la realidad mundana como hizo M. John Harrison en “Viriconium”. La forma detectivesca parece, pues, adecuarse a la idea subyacente, para descubrir ciencia ficción debajo de la fantasía, para dejar ambas atrás en el curso del río que fluye lejos de Ambargrís hacia un destino desconocido. Pero uno se queda con ganas de volver, de saber qué tipo de realidad surge del nuevo orden y de experimentarla a través de una nueva óptica, de un nuevo estilo. Quizá fuese tiempo de saber cómo evolucionaría aquel Ambargrís de aroma decimonónico hacia su análogo del siglo XXI. O quizá sea imposible saberlo porque hemos estado todo el tiempo allí.

martes, 12 de agosto de 2008

"Ink" de Hal Duncan


Lo peor de las vanguardias (y de los tradicionalismos) es cómo se radicalizan, cómo los criterios taxonómicos se convierten en criterios de valor sin que uno se dé ni cuenta. Ha pasado en la música “seria”: si un compositor, digamos Malcolm Arnold, o incluso Paul Hindemith, queda fuera de los círculos sagrados de los innovadores de Darmstadt, se lo puede excomulgar sin problemas, sin siquiera darle una escucha. Hasta ahí llegamos, pero se puede ir un poco más allá: mientras un compositor se salte a la torera las reglas de la música “normal” y consiga irritar a las audiencias conservadoras, será bueno, punto y final. No habrá cuestionamientos que valgan, porque en cierta manera, ponerlos en duda sería dar la razón a los rancios. Da lo mismo que en la vanguardia musical haya gente mejor y peor: si lo que hacen “suena feo”, serán de los nuestros y habrá que apoyarlos.

Lo mismo pasa con todo este nuevo cine de autor oriental junto al que Antonioni casi parece Hitchcock. Es significativo que no se encontrarán críticas positivas del trabajo de Hou Hsiao-Hsien, Jia Zhang-Ke o Apichatpong Weerasethakul que no provengan del campo de los entusiastas, mientras que las críticas negativas se limitan a descalificaciones donde todo vale y que sirven de bastante poco para comprender qué funciona o no de todo este cine (ejemplo palmario sería Carlos Boyero, cuyo único argumento multiuso es el “Me aburro” de Homer Simpson y por lo cual encima le pagan).

Toda esta introducción viene a cuento de una de mis lecturas veraniegas, que ha terminado siendo más bien paradójica. Queriendo acometer la lectura de “Ink”, de Hal Duncan, continuación del complejo y controvertido “Vellum”, decidí releer este último para no perderme, para tener fresca la madeja conceptual del primer volumen. La cosa se iniciaba prometedora, porque, mirando hacia atrás, con más calma y más tiempo, “Vellum” cobraba una coherencia y una lógica interna que en su momento no le supe ver. Se veía bastante clara la relación de unos episodios con otros, la forma en que los personajes de los distintos universos se ensamblaban entre sí, la manera en que los sucesos reflejaban distintos motivos mitológicos, los diferentes planos de la narración (con la ayuda de esos diferentes tipos de letra de los que la edición española ha prescindido). La duda era si el nivel de ambición, la considerable promesa, se mantendrían en el segundo volumen.

Y ahí es donde me vienen las dudas. Si yo fuese un sectario, un propagandista dispuesto a vender a su hermana pequeña con tal de favorecer la causa de la fantasía literaria e innovadora, me sentiría obligado a ver en “Ink” la culminación de la mayor obra fantástica de la primera década del siglo XXI, un logro sin parangón, etc. Pero al César lo que es del César: Duncan es un escritor de gran talento, con pasajes que quitan el aliento, con una tremenda capacidad para dar vueltas de tuerca al concepto de los universos múltiples, con unas habilidades para la documentación que no desmerecen de las de los grandes autores históricos, incluso con un elegante sentido del erotismo que sabrán apreciar aquellos que no rechacen de plano toda mención de la homosexualidad.

Sin embargo, no he podido encontrar aquí la fascinante exposición del libro anterior, su riqueza caleidoscópica, sustituida por una mayor concentración en los personajes y las situaciones que algunos verán como un paso adelante pero supusieron para este lector un cierto retroceso. Una vez expuestas las bases en el libro anterior, el conflicto entre dos facciones de ángeles, la búsqueda del libro que contiene las bases del multiverso, la entrada en acción de las nanomáquinas que adquieren inteligencia artificial, Duncan dedica el segundo volumen al conflicto en sí, volviendo a simultanear sucesos de realidades distintas, presentando múltiples versiones de los mismos personajes, esas siete figuras arquetípicas que vienen a representar otras tantas facetas del alma humana, echando por la borda todo intento de secuencialidad y coherencia en el sentido clásico, que no podrían existir en un cúmulo de universos paralelos sin relación cronológica pero que, extrañamente, pueden influirse entre sí.

Lo que pierde a Duncan es su condición de grafómano incurable, su capacidad para escribir y escribir sobre un mismo tema, recreándose en su virtuosismo, sin reparar en que ya ha comunicado de sobra lo que se propuso decir. La primera mitad del libro, “Hinter Knights” es claro ejemplo. El montaje en paralelo entre las andanzas de Jack Flash, el agente del caos influenciado por el Jerry Cornelius de Moorcock, y la representación de una obra teatral que replantea “Las bacantes” de Eurípides en clave de Commedia dell’Arte y sangrienta tragedia isabelina al estilo “Tito Andrónico” se prolonga hasta el paroxismo, aunque se simultanee con los intentos de los dos personajes del libro anterior que ya cruzaron sus caminos en la I Guerra Mundial y la Guerra Civil Española por reescribir el Libro y de esa manera evitar la terrible historia del siglo XX que figura en sus páginas.

Mi impresión, al menos en esta primera lectura, es que Duncan es mejor a la hora de crear expectación que resolviéndola. Ya conocimos esa vena Moorcock, esa energía “punk”, en el primer libro (aunque, como pasa con todo este tipo de intelectuales rebeldes, no se dan cuenta de que la exquisitez formal está reñida intrínsecamente con el vómito), ya constatamos lo bien que Duncan sabía parafrasear textos mitológicos, su excelente uso de la ambientación histórica para sugerir realidades alternativas. El problema tal vez resida en que, una vez se ha renunciado a una progresión narrativa tradicional, sería necesario fascinar a cada momento, seducir a base de novedad, de pulso descriptivo, estilístico, y yo al menos vi agotada mi capacidad de asombro, me sentía siempre en medio de la misma batalla, observando siempre la misma situación desde puntos de vista ya conocidos.

No sé si Duncan concibió su obra de un tirón o si planeó la continuación en función de las respuestas a la primera parte del díptico. Habrá quien piense que “Ink” es una obra más comprensible y mejor enfocada, corrigiendo la dispersión de “Vellum”; otros creerán que, en la segunda parte, a Duncan se le va la olla definitivamente. No olvidemos que se trata de la primera novela de un autor ambicioso, llena de excesos como debe ser, y considerémosla en toda la medida de sus virtudes y defectos. Como proeza estilística, sostenida durante un enorme número de páginas, la novela sería ya defendible, aunque subyazca la sospecha de que su autor nos ha vuelto a vender otra vez la vieja lucha entre el orden y el caos y de que su recomplicación virtuosa huele más que un poquito a ropa vieja. El vértigo en el despliegue de una historia del siglo XX con infinitas potencialidades, con una flexibilidad casi inquietante y un constante sentido trágico, está bastante logrado, pero el exceso de prodigalidad aturde, puede dejar indiferente ante tanto ruido y furia.

Lo curioso es que al final Duncan se contradice y da un final relativamente tradicional a la historia, con un majestuoso epílogo basado en las “Ëglogas” de Virgilio. ¿Por qué acabar lo que en teoría no tenía fin? Existe una tensión no resuelta entre las pretensiones innovadoras y la necesidad de hacer encajar la obra en los moldes literarios de siempre. No recuerdo que William Burroughs cerrase “El almuerzo desnudo” con un final, feliz o del otro. Si “Vellum” e “Ink” son, más que una historia, un concepto chulo, una buena excusa para desencadenar sin cortapisas un talento literario, uno sospecha que, bajo tanta superficie en ebullición, se esconde un narrador sereno e imaginativo que puede dar muchas sorpresas. Puede que a un espíritu joven y romántico le dé rabia reconocer que hay vida después de la vanguardia, o que la vanguardia es un ingrediente más del arte, no el menú completo. A un servidor “Ink” ha estado cerca de indigestarle, pero no descarto que en una futura revisión, como pasó con “Vellum”, las piezas encajen mejor y el efecto sea más estimulante. Pero todavía tendrá que pasar un tiempo. Mientras tanto, me sigo quedando con la primera mitad.

jueves, 22 de mayo de 2008

Enchufados a la antena


Digan lo que digan algunos, no encuentro que la publicidad sea tan mala escuela para un cineasta. Si alguien es capaz de cautivar, de dejar una huella inolvidable en su público, de crear un mundo distintivo y novedoso en menos de un minuto, sin pasar por los trámites de una exposición, de un nudo y de un desenlace, está claro que posee talento audiovisual. Que luego sea capaz de mantener el mismo nivel de hechizo durante más de hora y media es ya una cuestión diferente, pero, desde luego, el tipo de sensaciones que trata de despertar un spot tienen mucho que ver con el embrujo primigenio de la imagen, tal como la entendían los creadores del cine mudo.

No resulta nada extraño, pues, que el argentino Esteban Sapir, de profesión publicista, se haya descolgado por nuestras carteleras con un peculiar proyecto, 'La antena', cuyos argumento, narrativa y estética remiten a clásicos de Fritz Lang, Murnau o Eisenstein. Todo un capricho plástico, realizado a base de efectos que van de lo más tecnológico a lo más artesanal, donde la anécdota argumental (el dominio totalitario sobre el ciudadano de a pie de las grandes corporaciones de la comunicación y el consumo) casi termina relegada a un segundo plano en pleno festival de dirección artística art déco, angulaciones y composiciones de plano casi constructivistas y personajes que a menudo traspasan el límite de lo grotesco para instalarse en lo inquietante (como puede ser el caso del niño sin ojos o la cantante televisiva cuyo rostro siempre está oculto por una impenetrable caperuza).

A menudo he dicho que una manera segura de alienar al público 'normal' de las salas es presentarles una película sin diálogos, pero tanto el silencio como los rótulos de 'La antena' poseen una explicación argumental, similar a la presente en 'El último combate' de Luc Besson: la población sufre una epidemia de afonía. Por tanto, si quieren hacerse entender, han de proyectar sus pensamientos sobre el aire. El secreto de esta pérdida de la voz, y la lucha por recuperarla, son la clave de una aventura de CF 'retro' que se distancia de otros intentos estadounidenses similares (ver por ejemplo 'Sky Captain y el mundo del mañana') por su descarada vocación de arte y ensayo, por su juego con una galería icónica del siglo XX que no excluye referencias al nazismo o al Holocausto, por su afortunada reticencia a explicar todos sus símbolos, por un final supuestamente feliz que a un servidor le resultó más perturbador que otra cosa.

Mad doctors, esbirros deformes, megalópolis barrocas, cicatrices imborrables, experimentos de pesadilla, bellas metáforas visuales, una mujer haciendo un papel masculino para remedar la belleza imposible de algunos actores del cine mudo, una partitura con todo el sabor ya irrecuperable de la Entartete Musik que Hitler consignó a la hoguera... Ingredientes para una película que unos custionarán por ingenua, otros por pretenciosa, otros porque una obra original y heterogénea siempre parece a simple vista falta de cohesión, pero que irá ganando adeptos con el tiempo. Aunque supongo que es demasiado visual para mucha crítica de la que anda por ahí...

sábado, 22 de marzo de 2008

"Shriek: An afterword" de Jeff VanderMeer


Cuando se ha aguardado un libro con impaciencia, casi da miedo emprender su lectura, como si el hambre atrasada fuese a impedirnos saborear, a fuerza de voracidad, el plato que se nos ha preparado largamente, con mimo. Es lo que ha estado a punto de sucedernos con “Shriek: An Afterword”, novela con la que Jeff VanderMeer continúa elaborando su universo de Ambargrís tras fascinar con “City of saints and madmen”, la colección de relatos que nos introdujo en la misteriosa ciudad colonizada por los hongos y presa de amenazadores secretos desde su fundación bañada en sangre.

Todo comenzó con el segundo de los relatos de aquel libro, “The Hoegbotton Guide to the Early History of Ambergris”, donde el historiador Duncan Shriek narraba, con profusión de notas al pie y no poca retranca, el origen de la ciudad, desde el exterminio de los “gorras grises”, los habitantes originales de la ciudad original, cuya presencia constante en la época actual será siempre motivo de inquietud, hasta el Silencio, la desaparición inexplicada de 25.000 habitantes de la villa, asunto del que, como si del genocidio armenio en Turquía se tratara, prácticamente no se puede hablar. El hecho de que, al estilo de “Pálido fuego” de Nabokov, Duncan dejase traslucir en su tratado varios de sus sentimientos y vivencias, motivó que Thomas Ligotti sugiriera a VanderMeer relatar su historia.

De ahí “Shriek”, novela de larga elaboración y amplias ambiciones, alejada de los tópicos que quieren hacer del fantástico un subgénero de la novela de aventuras, preocupada ante todo por sus personajes y sus interacciones, pero sin perder nunca de vista la manera en que un escenario surreal y mítico puede realzar los conflictos humanos. La relación entre Duncan, su hermana Janice, y Mary, la alumna, después amante y por último enemiga del primero, se expone con melancolía y brillantez verbal de clara estirpe europea, pero la complejidad de la estructura hace difícil disociarla del misterio ambargrisiano, de las excursiones al subsuelo para dilucidar la verdad, de la infección fungosa que propicia en Duncan una metamorfosis progresiva, un acercamiento a ese corazón de las tinieblas que flota sobre la ciudad cual espada de Damocles y que Mary preferirá negar para tranquilizar la conciencia de su público.

VanderMeer escribe para durar, se toma su tiempo, es amigo de la sutileza y de lo oblicuo, quizá no se recrea tanto como antaño en la belleza de sus pasajes, pero pocos escritores de fantasía merecen ser saboreados con tanta lentitud y delectación, pocos piden la relectura antes incluso de finalizar su novela, tantos son los matices que se escaparán si a uno sólo le preocupa avanzar, llegar al desenlace. Lo cual no quiere decir que en esta novela no existan pasajes memorables al instante. Pienso en los brillantísimos e imaginativos capítulos dedicados a la guerra civil dentro de la ciudad, a la ópera que se quiso representar durante una tregua, a la noche del Festival del Calamar de Agua Dulce, que, como bien saben los lectores de “City of saints...”, no es de las más apacibles y tranquilizadoras del año.

Pero por lo general “Shriek” es una novela lenta y seductora, una elaboración y maduración de los atractivos del primer libro, donde primaban más el esteticismo, el decadentismo, el ingenio y la sorpresa, la experimentación y el espíritu lúdico, el placer caleidoscópico de una obra multidimensional y total. “Shriek” busca centrarse en el estudio de personajes, en la anatomía de sus sentimientos, sus vivencias e impresiones contradictorias, su búsqueda de una felicidad y una verdad que se les escapan constantemente.

Aún más, esta verdad fugitiva, el enigma de los gorras grises y su verdaderas intenciones, permea todas las esferas de la vida ciudadana, se identifica progresivamente con todo intento por sacar un significado de la política, del amor contrariado, de injusticias inapelables de la vida como perder un progenitor a corta edad, resulta más siniestro e inexplicable a medida que conocemos más detalles, aunque Duncan, que a buen seguro conoce la verdad, se guarda mucho de divulgarla en sus anotaciones a la narración en primera persona de su hermana. Quedan tantas preguntas sin contestar al final que se hace inevitable volver atrás, comenzar de nuevo, recorrer al azar pasajes memorables en busca de pistas, de perlas escondidas, de ironías semiocultas, de bellezas deslumbrantes.

Ambargrís, como la Brujas de Georges Rodenbach, es una atmósfera, es un estado mental, pero a estas alturas conocemos muy bien sus calles, sus lugares de reunión, su historia, sus excéntricas religiones, la anarquía funcional que la gobierna, su clima denso, decadente, enigmático, su cotidianeidad surrealista, empapada de miedos sin articular. Que VanderMeer haya sabido reconvertir este escenario ideal para una “weird tale” en el telón de fondo para un drama intimista, tierno y emocionante, y aun así dar una nueva vuelta de tuerca a su extrañeza y su potencial amenazador, es sólo una de las virtudes de un libro que dan ganas de reseñar una y mil veces para destacar aspectos nuevos, una de esas obras que redefinen lo que la fantasía es capaz de hacer, pero que nuestros editores, sabedores que que el lector medio del género no desea calentarse mucho la cabeza, mantienen en el limbo. Y es una pena, pues son precisamente novelas como “Shriek” las que podrían ir abriendo la brecha...

viernes, 21 de marzo de 2008

"La Cicatriz" de China Miéville


No se puede uno ya fiar ni de su puñetera madre, y en cuanto a juicios artísticos menos aún. Un servidor llevaba ya tanto tiempo leyendo reseñas no muy elogiosas de “La Cicatriz”, segunda novela ambientada en el mundo imaginario de Bas-Lag por China Miéville, viniendo de autores y críticos bastante dignos de respeto, que terminó abriendo el volumen con resignación, por completismo de lo que hasta el momento es una trilogía, y también, no voy a mentir, por si algún espíritu afín captaba el mensaje en alguna cola de la Muestra de Cine Fantástico.

Y en fin, atribuídlo a las bajas expectativas, pero la novela terminó parecíendome, si no la mejor del calvo musculoso izquierdista, sí la mejor rematada, la más interesante a nivel de ideas y de personajes, la más desarrollada a nivel de trama, la que encuentra un mejor equilibrio entre acción y reflexión, amén de la más arriesgada, al buscar conscientemente un alejamiento de “La Estación de la calle Perdido”, su gran revelación mundial como estrella de la literatura fantástica.

Por supuesto, es difícil superar el impacto de “La Estación...”, con la exuberancia de su mundo, su acumulación de elementos mágicos y tecnológicos, su visión oscura y compleja de la realidad, alejada del maniqueísmo al que nos acostumbró demasiado Tolkien, su atmósfera fascinante que debe mucho al steampunk con su sabor a un siglo XIX de máquinas de vapor, aerostatos y locomotoras, su mensaje político que contrapone a un orden castrador modos de vida alternativos, individualistas o colectivistas, blasfemos para el saber oficial, ofensivos por sus costumbres sexuales.

Lo que sí podía reprochársele a aquel primer hito era lo que hasta el momento sigue siendo la mayor debilidad de Miéville: su dispersión, su fertilidad que le hace anunciar los comienzos de muchos libros posibles pero le sume en una confusión de la que escapa adoptando soluciones fáciles. Así pasaba entonces: mucho barroquismo descriptivo y miserabilista en la onda Mervyn Peake, mucho feminismo radical para dejar a Joanna Russ en pañales, muchas invocaciones a Satán o a ese Tejedor que parece no ser otra cosa que el mismísimo Dios vuelto loco, mucha adquisición de autoconsciencia por los robots, para que todo desembocara en la típica escena de “vamos al nido de los Aliens y quemamos todos los huevos”.

“La Cicatriz” busca otra cosa, empezando por un énfasis mayor en los personajes, por una prolongada introducción que a buen seguro aburrirá a quienes busquen una batalla contra monstruitos tras otra, pero que revela facetas inesperadas del autor, su capacidad para retratar no sólo magia impensable o gore purulento, sino emociones casi tan inéditas como aquellas, como puede ser el vértigo de aprender a leer casi en la edad adulta. En ese sentido, es sintomático que el punto de vista sea el de una erudita y bibliotecaria, una mujer desengañada, casi al margen del mundo, capaz de una notable frialdad en sus relaciones íntimas, de mantenerse fiel a todo aquello que en la superficie desprecia. Miéville sabe lo que otros autores de tochos de fantasía ignoran: que mucha acción no es garantía de interés por parte del lector, y que los mismos hechos pueden causar una impresión muy diferente si vienen filtrados a través de figuras que evitan el estereotipo.

Lo cual no quiere decir que no haya espectacularidad: Armada, la ciudad flotante pirata construida a partir de barcos capturados y enlazados sobre los que se ha seguido construyendo, es otra tentativa de reeditar el esplendor a lo Gormenghast de Nueva Crobuzon, pero de otra manera, anticipando la potente metáfora de la comunidad revolucionaria y fugitiva de “El Consejo de Hierro”, el tren que sigue adelante a base de quitar las vías por donde pasó y volverlas a colocar delante, si bien un servidor prefiere esta evocación de las viejas aventuras marinas a los ecos del western de la novela posterior.

No faltan tampoco criaturas monstruosas ni razas peculiares, desde el “avanc”, un Moby Dick visto por Lovecraft, que remolcará velozmente Armada hacia su incierto destino, pasando por los “anophelii”, cuyas hembras-mosquito mostrarán una peligrosa voracidad vampírica, y una plétora de terroríficos seres donde no puede faltar, dado que se le echó en falta en “La Estación...”, un trasunto de Drácula que recibe el apelativo, que le agradezco a China recuperar dado mi intensivo uso de él en mis años juveniles para referirme a un chupasangres rústico, de Brucolaco.

Pero lo que hace notable a mis ojos la novela no es tanto esta exuberancia, que, como dije, fue muy superada en la primera visita al mundo de Bas-Lag, sino su carga personal y emotiva, esa Cicatriz que no sólo es la fractura en la realidad a donde quieren dirigirse los Amantes sadomasoquistas que gobiernan la ciudad, sino también la superación de la pérdida, de la traición, del engaño. La trama de espionaje y contraespionaje, la pasión homosexual implícita pero nunca concretada del ingeniero Rehecho, Tanner, por el grumete Shekel, la compleja amistad de la protagonista, Bellis, con Uther, el inquietante guerrero encargado de proteger a los Amantes con su Espada de Probabilidad, con Silas, el espía que la sumirá en una red de engaños, o con Johannes, el zoólogo con una ingenua pasión por las criaturas marinas que le conducirá a afrontar espantosos peligros, todo esto dota del necesario contrapunto a los segmentos espectaculares, a las batallas navales, a las escenas de lucha, a las manifestaciones sobrenaturales, atreviéndose incluso a finalizar, como ya es habitual en su obra, en una nota agridulce y ambigua que no otorga soluciones fáciles.

Se pueden pasar un poco por alto las irregularidades del estilo, esplendoroso o redundante casi sin término medio, el exceso de prolijidad en algunas descripciones o la falta de detalle en otras, el ritmo que a veces colea; Miéville es la desmesura, la herencia pulp modificada, puesta al día, aplicada a propósitos más actuales, lejanos del reaccionarismo evasivo que sigue atribuyéndose, sin motivo, a la narrativa ambientada en reinos imaginarios. Este libro tendrá sus defectos, pero me confirma, en mucha mayor medida que “El Consejo de Hierro”, que veo como un pequeño paso atrás, el valor y la considerable promesa de un narrador que a mi juicio es capaz de logros aún mejores, y que, ay, no parece haber cosechado entre nuestros lectores la popularidad que sin duda merece.

jueves, 8 de noviembre de 2007

"Veniss soterrada" de Jeff VanderMeer


Los lectores más avispados de este blog se habrán dado cuenta hace tiempo de que Jeff VanderMeer es uno de mis genios tutelares, por representar al tipo de escritor de literatura fantástica con pretensiones literarias y autoexigencia artística capaz de hacerse un hueco en la estima, no ya de los entusiastas del género, sino de los lectores sin prejuicios. El hecho de que la mayor parte de su producción permanezca inédita en España me parece desafortunado, pues roba a nuestros lectores y posibles escritores de una referencia e influencia clave para la confección de universos personales donde lo imaginativo es un elemento clave de autoexploración e inspiración plástica.

Hasta el momento, sólo “Veniss soterrada” ha visto la luz entre nosotros, de la mano de La Factoría de Ideas, sin suscitar, que yo sepa, grandes entusiasmos. Quizá sea que VanderMeer va un poco a contracorriente: para los obsesos de las “ideas originales”, lo de Veniss es moneda devaluada. ¿Una ciudad subterránea futurista donde se practican malignos experimentos genéticos? ¿Un hombre que desciende a los infiernos en busca de su amada? ¿Dónde está la exploración exhaustiva de ese mundo a lo largo de 500 páginas? ¿Por qué este tipo no se dedica a describir largo y tendido las maravillas tecnológicas de este futuro, mediante seudo-jerga de ingeniero fumado? Hete aquí cómo la voluntad de salirse de los cánones comerciales de la actualidad se paga bien cara, asunto agravado por la decisión de nuestros editores de publicar el libro con un enorme tipo de letra para así fabricar un volumen del bulto acostumbrado, pero que hará sentirse engañados a quienes hayan pagado el elevado precio de venta al público.

Esta era la queja formulada en la única reseña que recuerdo haber encontrado en las webs especializadas: tanto dinero pagado por un libro que te lees en una tarde. Cantidad, se ve, equivale a calidad, aunque, por otro lado, me preocupa un poco que alguien sea capaz de tragarse a velocidad de pavo una novela cuyo estilo está pensado para saborearse lentamente, con delectación. Puestos a otorgar el beneficio de la duda, quizá la traducción destruya el encanto; a menudo me he preguntado si la reputación de mal estilo que persigue a la CF y el fantástico no podría rastrearse en algunos casos a traducciones inadecuadas. Me da que Mauro Armiño, puesto a elegir, prefiere verter al castellano “En busca del tiempo perdido” y no “El libro del Sol Nuevo”.

Pero precisamente la baza de VanderMeer en su debut novelístico es su conjunción de estilismo y fantasía dentro de un marco de pequeñas proporciones que le deja espacio para maniobrar. El tono entre lacónico y lírico, entre la metáfora arriesgada, el brillo del neologismo (esa baza poética de la CF que es la primera víctima de las traducciones) y la obsesión por la palabra justa, logra un improbable híbrido entre la narrativa “hard boiled”, la tradición simbolista y decadentista (gusto que VanderMeer comparte con un servidor) y un componente visionario, épico, que tendría sus raíces en Dante, El Bosco o William Blake.

Una de las ventajas de la retórica intoxicante, del subjetivismo narrativo, es crear un clima de incertidumbre, de verdades alteradas o a medio contar. La ciudad futurista de Dayton Central, apodada Veniss por Venecia y por el silbido de una serpiente, es vista desde tres perspectivas: la del artista fracasado Nicholas, la de su hermana gemela Nicola y la de Shadrach, ex amante de ésta que se internará en los abismos de carne manipulada de Quin, dios oscuro del bajo mundo, en busca de amor y redención. Como ya hemos avanzado, la sinopsis no hace justicia a la riqueza caleidoscópica de las descripciones, a la fascinante estructura de los tres capítulos, que encajan y son parte unos de otros como un sistema de muñecas rusas, a la intensidad palpable con que se siente el desfile de maravillas y horrores, al que la evocación constante de mitos inmemoriales como los de Orfeo y Eurídice o San Juan Bautista dota de un sabor que la mera mímesis de la novela negra adoptada por casi toda la CF actual como modo “por defecto” jamás conseguirá.

El mundo propuesto por VanderMeer tal vez carezca de verosimilitud y consistencia, pues en cierto modo tiene más de mundo perdido a lo Clark Ashton Smith que de futuro construido y desarrollado a partir de tendencias actuales, como pretendían ser por ejemplo los de John Brunner. Veniss no posee tanto detalle como la posterior Ambargrís, escenario de “City of saints and madmen”, “Shriek: An Afterword” y otros dos volúmenes programados, pero quizá es tanto un estado mental como ésta. Todo lo que se viene llamando el “New Weird”, desde VanderMeer hasta China Miéville, Jeffrey Ford, K.J. Bishop o ese precursor en la sombra llamado M.John Harrison, puede entenderse como una literatura urbana, una manera estética y desencantada de hacer frente al caos del final del milenio, como ya hicieron en su momento autores como Huysmans, Villiers de l’Isle Adam, Lorrain o Schwob... sólo que con un componente “pulp” que los franceses no siempre mostraron.

Pero “Veniss soterrada” tiene más que esteticismo o pose: tiene sentimiento. Es esa historia de amor sublimada la que confiere intensidad al viaje infernal y da un sentido al espectáculo de lo grotesco. Si cabe, la dimensión conmovedora se acentúa en los cuatro relatos breves, ambientados en el mismo universo, que acompañan a mi edición anglosajona (y que, supongo, estarían ausentes del libro de La Factoría). En ellos, no solamente asistimos a momentos posteriores en la historia de la ciudad, cuando la humanidad se ha visto destronada por la raza de animalitos peludos y parlantes destinada a sucederla o se ha desatado la guerra entre los supervivientes humanos y las abominaciones genéticas del subsuelo, sino que se intensifica el sentimiento de pérdida y sacrificio a veces camuflado entre el apabullante despliegue imaginativo de la novela. Cuentos como “Un corazón para Lucrecia” o “La guerra de Balzac” consiguen lo que muchos dan por imposible en la CF actual: atar un nudo en el corazón del lector, maravillar, horrorizar y emocionar con las vicisitudes y dilemas morales de sus personajes.

Pero aquí al parecer se prefiere a Greg Egan, con sus historias sobre ordenadores hechos de luz que buscan fallos en la aritmética de toda la vida, la de sumar, restar, multiplicar y dividir, y frases como “Qué miopes son los estudiantes de humanidades”. En fin, a cada uno lo suyo. Es un país libre.

miércoles, 26 de septiembre de 2007

"Vellum" de Hal Duncan


Hay frases iniciales que en sí mismas representan todo un programa de intenciones. “Toda historia épica debería comenzar con un mapa ardiendo”, el arranque de “Vellum” de Hal Duncan, es una de ellas. El lienzo sobre el que Duncan pinta su fresco es más que épico, pues sobrepasa los confines del espacio y el tiempo, hasta el punto de que los mapas se hacen redundantes: el mapa es el libro, pero el furor del cartógrafo provocó la combustión del documento, que termina asemejado a un enjambre de brasas ingrávidas que revolotean cual luciérnagas ante los ojos del lector, obligado a formarse una imagen, un “collage” mental, antes de que el marco de llamas de cada capítulo consuma el texto.

Claro que orientarse mediante un mapa ardiendo puede plantear serios problemas si lo que se quiere es llegar a algún sitio. Ahí reside el quid de la polémica: mientras la plana mayor del fantástico “literario” actual (Shepard, Jeffrey Ford, VanderMeer) ha cerrado filas con Duncan saludando “Vellum” como un acontecimiento de los que hacen época, muchos de los lectores tradicionales de género han tenido que recurrir a extrañas teorías conspirativas, con sobornos editoriales de por medio, para explicarse las entusiastas reseñas dispensadas a un libro al que no ven pies ni cabeza.

La historia que subyace a “Vellum” , en sí, no es nada nuevo: un grupo de ángeles partidarios de un orden dictatorial combate a otro grupo renegado, de obvias resonancias diabólicas, a lo largo y ancho del tiempo y del espacio, sin permitir que ningún ser de naturaleza sobrenatural se sitúe al margen de la contienda. Tampoco la idea de un universo múltiple, un metauniverso, el “Vellum” (o Pergamino) del título, supone un desafío conceptual infranqueable, ni tampoco motivos como el de las nanomáquinas capaces de manipular la realidad a nivel molecular, o el de las versiones alternativas, ucrónicas, de nuestro mundo ya conocido.

Lo que convierte el libro en todo un desafío es su densidad textual, su fragmentación, su enfoque caleidoscópico que pretende dar una idea de su cosmos donde las nociones tradicionales de tiempo y espacio no son aplicables. Habiéndosenos presentado un reparto de personajes envuelto en peripecias que comienzan “in medias res”, pronto nos encontramos sumergidos en capas de narración: mitos inmemoriales, sumerios o griegos, que los sucesos de la trama claramente reflejan; saltos hacia atrás y adelante en el tiempo, que parecen explicar mucho de cuanto vino antes o prefiguran cuanto vendrá después; subtramas independientes que aparecen de vez en cuando, cuyos protagonistas parecen ser los mismos que conocemos, salvo por detalles que lo hacen imposible, sutiles indicios (como grafías alteradas de referencias culturales básicas) que insinúan que estamos en un universo alternativo, otro de los pliegues y recovecos del Pergamino, donde nuestros héroes han seguido un camino diverso.

Esta estructura atomizada hará sospechar a más de uno que Duncan es incapaz de crear y sostener un arco narrativo tradicional, y que, a la hora de redactar la que a fin de cuentas es su primera novela, ha recurrido a la treta de enlazar y entremezclar varios relatos breves y novelas cortas con elementos y personajes comunes, adaptándolas a una premisa general ambiciosa y tramposilla que le exime de observar una mínima coherencia. No faltan argumentos para sostener tal tesis: tanto el prólogo como el epílogo son relatos autoconclusivos, sin interpolaciones extrañas, de una calidad más que notable, y abundan bastante las secciones estancas, que suponen pequeñas novelas dentro de la novela, como puede ser la crónica de los primeros años de Seamus Finnan, antes y después de la I Guerra Mundial; la expedición al corazón de Asia en busca de Kur, la legendaria ciudad de los muertos, donde se hallará un lenguaje prehistórico, transcrito fonéticamente en pieles humanas, capaz de desencadenar un devastador poder; las andanzas de Jack Flash, anárquico héroe futurista al estilo Jerry Cornelius que es interrogado y analizado por sus captores (segmento que por cierto me ha recordado sobremanera a “The Invisibles” de Grant Morrison, cuando un aprisionado King Mob evoca su alter ego juvenil, Gideon Stargrave); o la iniciación angélica de Phreedom Messenger, incorporada a un universo mítico mediante la marca que le tatúa la diosa Eresh, en un alucinante despliegue de percepciones superpuestas donde la realidad virtual, la religión legendaria y el violento y sórdido mundo físico coexisten equivalentes.

Puedo entender a quien se le indigeste el libro: no sólo es díficil no perderse en sus páginas, sino que a mi juicio es un efecto buscado, una manera de decir que, si nuestro universo cotidiano se ajusta con dificultad a técnicas tradicionales de narración lineal, mucho menos lo iba a hacer un multiverso caleidoscópico donde a menudo los efectos preceden a la causa, se puede escapar desde 2017 a 1971, y Prometeo es interrogado en un matadero por figuras de su pasado melodramático de trauma en las trincheras, agitación socialista y nacionalista, y amadas perdidas embarazadas de un lord inglés.

Habrá también quienes encuentren la narración alargada, que a Duncan le gusta leerse como a otros les gusta escucharse. Uno de ellos es el pope Clute, quien opina que “Vellum” es víctima en cierta medida de la era del blog, donde no existen cortapisas editoriales y cada uno se extiende y se luce tanto como el corazón le pide. Es posible (los que visiten el blog de Duncan, “Notes from the Geek Show”, constatarán lo kilométrico de sus entradas), pero, al menos en mi opinión, uno de los elementos que sostienen la lectura del libro, y que me ha hecho terminarlo en mucho menos tiempo que otros con una inmerecida fama de “pasapáginas”, ha sido la fluidez de su lenguaje, su capacidad evocativa, inventiva, emocional, descriptiva, paisajística, su exigencia consigo mismo, su facultad de crear segmentos aislados intensos y absorbentes... que sin embargo quedan interrumpidos y obligan cada cierto tiempo al considerable esfuerzo de comenzar, en cierto modo, la lectura de un nuevo libro. El hechizo termina por reestablecerse, pero refuerza la opinión de que "Vellum” es un libro hecho de partes más que un todo, y pueden hacer sospechar, como en la obra de otro virtuoso, David Mitchell, que en la época postmoderna, si no sabes cómo terminar una historia, la tejes dentro de otra, y así sucesivamente.

Puede ser que esté hablando por hablar, y que “Ink” , la continuación y conclusión de “Vellum” , que tengo también delante de mí mientras escribo, cierre satisfactoriamente el ciclo iniciado en el primer volumen y me saque de mi presente ambivalencia. “Vellum” , está claro, es un libro meritorio, que ha llegado para armar ruido, crear controversia, agitación, demostrar lo que se podría hacer con el arsenal literario de la fantasía y la CF, forzar a la relectura y la reflexión dentro de unos subgéneros demasiado acostumbrados al entretenimiento de usar y tirar. Algo muy diferente sería que los procedimientos de Duncan se convirtieran en norma y en excusa para fárragos impenetrables de autores menos dotados, y de un estilo menos carismático y atrayente, pero los libros como “Vellum” siempre serán excepciones, marcadores de la Última Thule o las Columnas de Hércules, pruebas de que en la literatura de género, como en cualquier otra, caben lo sencillo y lo difícil, lo familiar y lo arriesgado, la honradez del artesano y las pretensiones del innovador. En principio pueden hacerse grandes cosas dentro de ambos enfoques, y preferir uno a otro en abstracto me huele a prejuicio. Yo estoy encantado de que “Vellum” exista, pero me esperaré a leer “Ink” para dar muestras de un entusiasmo que por ahora se mantiene latente.

martes, 4 de septiembre de 2007

"La ciudad del grabado" de K.J. Bishop


Ese vejete envidioso que es John Clute tiene la costumbre de ningunear todo el movimiento que se viene denominando el “New Weird”, postulando que corre peligro de degenerar en una mera serie de visiones urbanas donde sólo importaría el grado de sordidez, disgregación y caos del escenario. Clute también hizo de menos a Susanna Clarke y “Jonathan Strange”, basando su reseña en la hipótesis, luego desmentida, de que se trataba del primer volumen de una trilogía, y que basaba en todo el aparato teórico de su enciclopedia. En fin, que fíate de los supuestos expertos.

“The etched city” (La ciudad grabada, en una traducción exacta del título original), debut en la novela de la australiana K.J. Bishop, podría encuadrarse más o menos en el “New Weird”, al que le une su ambiente urbano degradado, sus ambiciones estilísticas más allá del mero entretenimiento, y un tipo de sensibilidad decadente finisecular que uno ya tenía ganas de ver reaparecer en las letras pero que se necesitaría buscar con microscopio electrónico en la narrativa general de nuestro tiempo.

Al contrario que otras novelas que hemos reseñado, el énfasis no se sitúa en los recovecos de una trama compleja y vertiginosa, ni siquiera (como puede dar a veces la impresión en Miéville) en el barroquismo circundante, sino, algo no demasiado frecuente en la fantasía “canónica”, en los personajes, sus ambiciones, objetivos, pasiones y frustraciones. Gwynn, el pistolero y matón a sueldo que protagoniza en gran medida la historia, lejos del modelo Conan que le correspondería por estereotipo, tiene más de caballero decadente harto del mundo y ansioso por escapar de la mediocridad, como si de un des Esseintes hecho hombre de acción se tratara, o de lo que Clute, en clara perversión de los mitos cervantinos, denomina un “Caballero de la Triste Figura”.

La historia de amor de Gwynn con Beth, la artista autora de grabados extraños y perversos que irá metamorfoseando su carácter en contacto con la violencia y amoralidad de aquél, se entremezclará con el apogeo y caída de Elm, señor del crimen y de la guerra, la venganza sobrenatural de una de sus víctimas, los intentos de un reverendo con poderes sanadores pero sin fe por hacer ver la luz al descreído Gwynn, las reflexiones de Raule, doctora y ex revolucionaria compañera de este último, que trata de hallar las claves de la enfermedad moral de la ciudad de Ashamoil en su abundante colección de fetos deformes, y mil y un otras subtramas o relatos intercalados que alcanzan a menudo una rara intensidad poética y se alejan del maniqueísmo simplista del 90% de la literatura de género fantástico.

Se encontrarán en este libro todos los ingredientes de una buena aventura de espada o brujería o incluso de “western” (carezco de datos para compararlo con la serie de “La Torre Oscura” de King), pero también dimensiones insospechadas como un zumbón e ingenioso debate sobre la existencia o inexistencia de Dios (porción que, cómo no, ha incomodado un tanto a algún lector “friki”), una interrogación sobre las posibilidades de transformación de la naturaleza humana, un certero análisis sobre el tipo de fuerzas que mantienen en pie un conflicto bélico, y una voluntad constante de hacer de cada párrafo una obra de arte, de disponer a cada vuelta de hoja tesoros insospechados, sin tampoco descuidar un “crescendo” en la acción que genera mayor suspense cuanto más atrapados estamos en el extraño mundo de la historia.

Uno podría haber imaginado esta novela como el ejercicio de estilo de una firma novel, experimentando con aunar la “fantasy” anglosajona tradicional con la filosofía y estética de los Aubrey Beardsley, Huysmans, Lorrain o Wilde, llenando de paso un hueco que la literatura francesa, a priori la más capacitada para ello, se ha negado a llenar, pero el resultado desborda todas las expectativas, incluso si la introducción aventurera en el desierto desentona algo con el resto de la peripecia. Si esta es sólo la ópera prima de Kristen Bishop y todavía refleja vacilaciones y torpezas comparativas, da miedo especular sobre lo que podría surgir de su pluma en años sucesivos. Entusiasta recomendación, pues. Todo un acierto de Bibliópolis.

viernes, 24 de agosto de 2007

"El Consejo de Hierro" de China Miéville


El tercer novelón épico de nuestro calvo musculoso preferido es loable por cuanto tiene de voluntad profundizadora. Mi única experiencia hasta ahora con él, “La estación de la calle Perdido” tenía entre sus virtudes una prodigalidad deslumbrante, una panorámica, casi un montaje con tantos planos diferentes como Eisenstein, sobre su creación protagonista, la ciudad de Nueva Crobuzon, pionera entre los escenarios de fascinante decadencia urbana que dan su carta de naturaleza al “New Weird”, antes de “City of saints...” de VanderMeer o “The etched city” de Bishop. En esta ocasión, Miéville no desea repetirse y decide centrarse en uno de los aspectos anteriormente tratados a vuelapluma: la posibilidad de una revolución social.

No cabe duda de que esta pretensión hace casi único a China en el mundillo de la fantasía épica, pues, de Tolkien en adelante, casi se da por supuesto que las tramas de este tipo de novelas tendrán por función restablecer en el trono al rey depuesto, o derrocar al malvado y cruel usurpador en favor de una monarquía benigna, en una palabra, establecer el “statu quo”, recordar a los cuatro vientos que Dios está en su cielo y que el orden terrestre no hace sino reflejar el orden celestial, cuyo sentido es perfecto. En cambio, Miéville, como inesperado portaestandarte de una ideología tan fuera de favor como el marxismo, pinta un cuadro dinámico y por momentos lírico de las masas rebelándose contra un gobierno corrupto y explotador, brutal y sórdido, que ha sumido a Nueva Crobuzon en su estado de surreal decadencia.

La metáfora central del libro encandila con sus ecos del “western”: los trabajadores del ferrocarril que debe cruzar el continente de Bas-Lag de un extremo a otro sacuden el yugo de sus capataces, que los mantienen en su durísima labor sin recibir paga, y se lanzan a una huida fulgurante en el propio tren cuyo desarrollo debían guiar (el Consejo de Hierro del título), fraguando su camino a base de levantar los raíles que dejaron atrás y volverlos a instalar ante la locomotora, en un trayecto infinito que se alimenta a sí mismo, imparable pero sin dejar un camino transitable por otros. El proletariado desencadenante de la rebelión es, de modo significativo, el contingente de presos Rehechos, delincuentes convertidos por las “fábricas de castigo” en monstruosidades surreales, experimentos cocidos en la mente del más sádico doctor Frankenstein.

Miéville no para ahí su revista a los grupos que deben luchar por su liberación: las prostitutas del ferrocarril tienen también mucho que ver al respecto, como también, aunque en menor medida, los homosexuales. La homosexualidad desempeña aquí el papel de “erotismo prohibido” que jugó en “Perdido Street...” el amor entre especies. El amor nunca correspondido del todo que siente Cutter, uno de los protagonistas, por Judah Low, experto en la creación de gólems de combate, supone una de sus motivaciones primordiales para salir en busca del Consejo de Hierro, y se hace necesario elogiar el buen gusto en el tratamiento del tema por parte del autor: en ningún momento se cae en sentimentalismos dulzones, ni se pierde de vista que las relaciones “gays” son cosa de hombres, es decir, a menudo un alivio sudoroso, brutal e urgente entre machos. Esta consciencia de los ángulos menos “glamourosos” de la realidad, en mitad de un universo donde abundan los prodigios sobrenaturales y terroríficos, es uno de los puntos fuertes de la escritura de Miéville, distanciándolo de mucha fantasía al uso, escrita claramente para adolescentes o incluso niños.

Claro está que no es oro cuanto reluce. Estructuralmente, tengo ciertos problemas con el libro. El inicio, que nos coloca directamente en mitad de un grupo de personas que buscan el Consejo de Hierro, es aventura casi desde el primer párrafo: antes de saber quiénes son esas personas ni cuál es su motivación, ya los tenemos a la greña contra amenazas mágicas y criaturas de pesadilla. Aunque la intención sea claramente empezar con un terremoto, según la cita atribuida entre otros a De Mille, la estrategia no me sirvió para entrar en la novela, por mucho que aparecieran fantasmagóricas manos muertas que dominan cual títeres a seres de todo pelaje, mortíferos espíritus elementales de las aguas o un “cowboy” sobrenatural capaz de influir sobre la conducta ajena subvocalizando. Es significativo, aunque perjudicial para el afán diversificador de Miéville, que sea la siguiente subdivisión de la novela, un comienzo atmosférico más al viejo estilo ambientado en la ya familiar metrópoli de Nueva Crobuzon, la que me atrape como lector y me genere las auténticas ganas de seguir pasando paginas. Uno sospecha que Miéville no es tan buen escritor de acción y aventura como él piensa, sino que sus capacidades residen más bien en lo descriptivo, lo sociológico, incluso lo psicológico. Lo cual no le impide incidir en las batallas sobrenaturales una y otra vez, con un entusiasmo a veces rayano en lo cansino.

Siguiendo con la estructura, de nuevo nos topamos con un probelma ya encontrado en “Perdido...”: la incapacidad para generar un tercio final de verdadero interés. El clima de descontento social apoderándose de la ciudad, las andanzas de una banda de renegados criminales que planean el asesinato de la alcaldesa, y la resolución del Consejo de Hierro de interrumpir su huida para regresar a la ciudad y servir de apoyo moral en el ascenso del Colectivo (léase el partido comunista revolucionario) no son capaces de crear la suficiente intriga en el lector, no albergan la suficiente promesa de revelaciones, como tampoco sucedía con la plaga de “polillas del sueño” de la novela anterior. Aunque se desconozcan detalles incidentales que pueden llegar a sorprender, y a menudo lo hacen, el nivel de incógnita es bajo: se sabe con bastante aproximación qué va a suceder, de manera que sobreviene un cierto cansancio más o menos a la altura de la página 400 y pico... de 614.

Quizá el problema resida también en un estilo a veces innovador y brillante, con una notable capacidad para codificar todo un mundo mediante exóticos neologismos (esa parte virtualmente intraducible del género fantástico), pero a veces farragoso y fatigoso, a veces grotescamente redicho, a veces vulgar sin complejos. Miéville no se anda con medias tintas y se ha pronunciado más de una vez en el sentido de que no se puede vehicular un universo extraño mediante una prosa “razonable” e invisible. Su intención es convertir el “pulp” en arte, pero no estoy seguro de que el ritmo de sus períodos albergue la suficiente variedad para sostener durante grandes extensiones una historia ambiciosa pero limitada, poblada por gente de acción no siempre bien construida al nivel de personajes. Una vez más nos topamos con un talento y unas ideas por encima de los resultados finales.

El clima de guerra con otra potencia lejana y desconocida evoca certeramente el conflicto estadounidense con Irak, las tribulaciones del renegado Ori ponen en escena la complejidad moral del acto terrorista, el convencimiento realista de que una revolución no puede ganar en el mundo actual desemboca en una imagen sorprendente y memorable, el destino final del comité rebelde abre interrogantes sobre lo legítimo o no del fatalismo, sobre si la derrota nace de un escepticismo ante la victoria. “El Consejo de Hierro”, una novela más elocuente en lo político que muchos libros partidistas y previsibles que andan por ahí, triunfa más en el plano de las ideas que en de su plasmación. “La estación de la calle Perdido” encerraba muchos posibles libros en uno solo; “El Consejo de Hierro” pretende desarrollar con rigor uno solo de ellos, pero a mi juicio Miéville es más un autor de partes que de todos. Al igual que su compatriota Clive Barker, al que me recuerda en ocasiones, puede pasar de lo inquietante y sublime a lo pedestre y grosero, de la audaz originalidad al plagio más descarado de sí mismo. Siento curiosidad ante su libro de relatos, “Looking for Jake”, donde quizá su imaginación fantástica se concentre y refine más que en enormes novelas de 600 páginas donde a menudo las confrontaciones con criaturas de pesadilla se convierten en algo enojoso de puro frecuentes y producen un hastío comparable al de los peores momentos de animación infográfica en el cine de Hollywood, cuando lo asombroso deviene en rutinario. Pero la fuerza de Miéville es su desmesura, y a menudo sus virtudes son función de sus defectos. A la espera de su obra definitiva, apreciemos más sus mejores momentos, sus delirios más populosos. Quedémonos con sus ambiciones promiscuas y dejemos de lado sus conatos de profundidad filosófica. Releamos “La estación...”, que, a la espera de “La cicatriz” (sobre la cual me muestro escéptico), sigue siendo el manifiesto definitivo de lo que China Miéville puede aportar al paisaje contemporáneo de la CF y la fantasía.