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martes, 20 de enero de 2015

Océanos de fantasía



Cuando Terry Gilliam puso a caldo el segundo “Piratas del Caribe”, siempre tuve la impresión de que hablaban los celos y el resentimiento, el despecho por la negativa de Johnny Depp a co-protagonizar el aún, a día de hoy, no realizado “Quijote” y la injusticia de que a un treintañero se le dejase hacer una aventura estrambótica de estética tenebrosa y dirección artística exuberante, como las que hubiera podido hacer él de haberse llevado bien con los grandes estudios, en lugar de verse abocado a rodar cada cinco o seis años con presupuestos muy por debajo de sus ideas y la obligación de solventar las carencias a base de ingenio.

Ya sé que muchos opinan que las dos continuaciones de “La maldición de la Perla Negra” se alejan de las simples tramas aventureras de toda la vida, que son largas y de ritmo irregular y que caen en una cierta ampulosidad, pero no puedo evitar una cierta querencia hacia ellas dada su manera de llevar a las pantallas comerciales el tipo de película innecesariamente barroca, de narración serpenteante, deseosa de llamar la atención sin tregua sobre su propia extravagancia y dotada de un universo visual intransferible que uno creía relegada al ámbito restringido del cine “de autor” o “de culto”. Ese mundo extraño, de fealdad concentrada y un tanto repelente, de Davy Jones y su tripulación, esa mitología, familiar pero hecha extraña por el contexto, de corazones palpitantes que conservan el alma inmortal, hechiceras antillanas que convocan a los muertos desde su pantano o brújulas que solo señalan al verdadero objeto del deseo, para mí superan a la trama de la entrega inicial, que con su recurso a maldiciones del oro azteca y similares casi recordaba a nivel de concepto, muertos vivientes aparte, a los desafortunados “Piratas” de Polanski.

Hay un sentido de la recomplicación, una complacencia en recargar por recargar, que en efecto tira por la borda el control mucho más férreo de la narración en la primera película, pero a cambio hay momentos de absoluto desenfreno, como la célebre set piece de la rueda de molino, que le reconcilian a uno con el blockbuster como fuente de pulsiones dionisiacas por excelencia en el espectador de cine, o ese ataque del Kraken que mucho cinéfilo rancio, haya visto la peli o no, pondrá por debajo de cualquier secuencia de Ray Harryhausen, como si Harryhausen, de haber contado con ordenadores en su momento, no se hubiese lanzado con entusiasmo a animar escenas de esa manera.

Posiblemente, si no hubiese sido necesario incluir el romance obligatorio entre el chico guapo y la chica guapa, los secundarios cómicos y los animales graciosos que deben aparecer en todo producto con la marca Disney, la peli habría llegado a la hora y media canónica, pero su desmesura no me molesta. Cuando ya incluso en los productos de entretenimiento empezamos a exigir que sean bajos en calorías, es que empezamos, o a envejecer como civilización, o a volvernos tontos perdidos.

miércoles, 14 de enero de 2015

El otro buque maldito



La idea de una película basada en una atracción de parque temático nunca me resultó especialmente extraña, toda vez que responde a la naturaleza misma del hecho fílmico, dedicado a mostrar y exhibir aquello que los espectadores deseen contemplar a cambio de una entrada: ahí, los dramas de Strindberg y las acrobacias de Pinito del Oro están igualadas, le pese a quien le pese. 


En el caso de “Pirates of the Caribbean”, de Disneyworld, cuyas tétricas fotografías en una colección de cromos solían provocarme agradables escalofríos (es evidente que a la mayoría de niños les gusta lo macabro), podríamos incluso decir que la labor creativa fue opuesta al orden lógico: se supone que la dirección artística y la ambientación son el adorno de la tarta y que están ahí para “vestir” la historia, mientras que aquí ya se tenía el ambiente, el tono y la iconografía y lo último en aparecer fueron la historia y los personajes. El invento funcionó, pero solo una vez: intentos clónicos como “La mansión encantada” con Eddie Murphy, se olvidaron según se estrenaban, y ni siquiera Jerry Bruckheimer pudo repetir el pleno, como atestiguan tristes errores del calibre de “Príncipe de Persia” o “El aprendiz de brujo”. Y sin embargo todavía espero sentado que alguien le reconozca inventiva visual y sentido narrativo al pobre Gore Verbinski. Será el precio del éxito.


Da un poco de vértigo constatar lo lento que pasa el tiempo en la arena circense del blockbuster: “Piratas del Caribe” se considera ya una saga venerable, cuando apenas han pasado 12 años desde su primera entrega. En otros ámbitos artísticos, léase la música dicha “seria”, hablar de 1983 es hablar de ayer mismo por la mañana. De la misma manera, el desgaste de las franquicias es notable, y propicia fenómenos análogos a los de la música rock, en los cuales solo se reconocerá valor al primer disco grabado en un sello independiente, y se renegará en público de los éxitos mayoritarios posteriores, a pesar de que muestren mayor profundidad o desarrollo en el estilo. Pocas cosas hay menos “cool” para cierto tipo de público que una segunda o tercera entrega, y habrá siempre quienes se aferren al primer episodio de la franquicia, como si no hubiese sido concebido desde un principio como una fórmula para ser explotada. 


Lo que me ha intrigado todos estos años es si el obvio amaneramiento del capitán Jack Sparrow, presente sin tregua por debajo de su humor infantil, sostendría una lectura malvada en la cual el pirata dudase entre Will Turner y Elizabeth como posibles objetos de deseo. Es el tipo de trama que nunca veremos en una producción de gran presupuesto, supongo.

jueves, 6 de agosto de 2009

La temible aseguradora burlona


Es una pena lo que ha pasado con el cortometraje: formato desterrado de las salas de cine y reducido al estatus de carta de presentación para la industria, cuando no al de elemento de autopromoción que permite a más de un caradura dárselas de cineasta sin en realidad serlo, hubiese sin embargo merecido otro tipo de consideración, como la que se otorga al relato breve en el ámbito literario. No todas las historias pueden contarse en hora y media o dos horas; al igual que “Lawrence de Arabia” necesita 3 horas 20 minutos, otros guiones no pueden funcionar más allá del cuarto de hora. Hay novelas de 1000 páginas maravillosas, pero también hay chistes de 2 minutos que son perfectos en su género. Pero bueno, el mundo audiovisual está compartimentado de una manera muy rígida e intolerante, y así nos va; no tenéis más que ver la bilis que se lleva derramando más de 20 años contra el formato del videoclip, que sin embargo tiene y tendrá ejemplos muy buenos de una creatividad visual sin necesidad de coartadas narrativas y aun así netamente comercial. Y no empecemos con el spot publicitario, que mis colegas cinéfilos y admiradores de Garci ya me dejaban de hablar para siempre.

Pero estábamos con el corto. Uno de los pocos ejemplos que se me ocurren ahora de cortometraje realizado por un cineasta consagrado, con su carrera ya en pleno vuelo, es “The Crimson Permanent Assurance” de Terry Gilliam, 15 minutos de divertimento que sirven de introducción a “El sentido de la vida” de Monty Python y proveen un ejemplo de concepción sana del formato. Cualquiera que haya tenido el dudoso honor de asistir a un certamen de cortometrajes conocerá los errores más frecuentes de sus autores, entre ellos la impaciencia de contar todo lo que se tiene en la cabeza en sólo 15 o 20 minutos. Debe de ser el temor de que no se les vuelva a dejar rodar nunca y de ese modo no poder legar su gran testamento al mundo. No digo que semejante enfoque no pueda dar resultados interesantes, pero no lo veo adecuado para foguearse en la realización.

Lo aconsejable es partir de una idea muy básica, un chiste si se tercia, y darle un desarrollo eficaz en unas pocas secuencias. Desde ese punto de vista, “Crimson Permanent Assurance” es perfecto, porque parte de la combinación de un simple concepto y de una simple imagen: las grandes empresas financieras como ladrones de alta mar y los edificios como barcos de vela surcando las calles (las velas siendo, como nos muestra la imagen inicial del corto, las lonas de plástico con que se cubren los edificios durante una reforma).

A partir de ese planteamiento, se trata de hallar cuantas más rimas visuales mejor: las filas de pupitres de la oficina, con los bancos de las galeras; las hojas del ventilador, con sables; los ganchos del perchero, con garfios de abordaje; los armarios archivadores, con cañones. Hacer de los ya ancianos trabajadores de la vieja escuela los héroes rebeldes y de los jóvenes profesionales urbanos los villanos opresores, es otro ejemplo del “dar la vuelta a la tortilla” que tanto caracteriza tanto el pensamiento de Gilliam como el de Python. En un argumento que es todo aventura, sin protagonistas, late la sardónica tesis de que al menos, con los viejos ladrones, por ejemplo los piratas de alta mar, uno sabía a qué atenerse, mientras que con los negociantes de hoy ya no se tienen las ideas tan claras.

Todo contado con un estilo de burlona grandilocuencia que vuelve a recurrir, zumbón, al enésimo facsímil de Korngold en la banda sonora, haciendo un uso fluido y encantador de las maquetas, tan caras a Gilliam, y, en una nueva muestra de un talante travieso, cortando de raíz el aparente desenlace feliz con una sorpresa final paradójica (la Tierra finalmente era plana y el edificio pirata se precipita en el espacio) que luego reutilizaría Terry Jones en su “Erik el vikingo”. Aquí ya está en germen gran parte de la iconografía de “Brazil”, aunque también se puede entrever el episodio de la Luna de “Munchausen”.

Curioso interludio, pues, en una obra dada a las grandes ambiciones y a los proyectos complejos. Se me ocurre que deberíamos volver un poco a aquellos proyectos colectivos de los años 60 que juntaban a varios cineastas de renombre para que cada uno aportara su cortometraje. “Crimson Permanent Assurance” prueba que un cineasta experimentado puede hacer mejores cortos que un neófito, y me da la impresión de que en las distancias cortas no se ha llegado a decir aún casi nada. Luego vendrían las inevitables voces diciendo que esto sólo produce películas irregulares, pero ni caso. Como si las películas largas de un solo director tuviesen que ser por fuerza coherentes, uniformes y perfectas.

viernes, 21 de marzo de 2008

"La Cicatriz" de China Miéville


No se puede uno ya fiar ni de su puñetera madre, y en cuanto a juicios artísticos menos aún. Un servidor llevaba ya tanto tiempo leyendo reseñas no muy elogiosas de “La Cicatriz”, segunda novela ambientada en el mundo imaginario de Bas-Lag por China Miéville, viniendo de autores y críticos bastante dignos de respeto, que terminó abriendo el volumen con resignación, por completismo de lo que hasta el momento es una trilogía, y también, no voy a mentir, por si algún espíritu afín captaba el mensaje en alguna cola de la Muestra de Cine Fantástico.

Y en fin, atribuídlo a las bajas expectativas, pero la novela terminó parecíendome, si no la mejor del calvo musculoso izquierdista, sí la mejor rematada, la más interesante a nivel de ideas y de personajes, la más desarrollada a nivel de trama, la que encuentra un mejor equilibrio entre acción y reflexión, amén de la más arriesgada, al buscar conscientemente un alejamiento de “La Estación de la calle Perdido”, su gran revelación mundial como estrella de la literatura fantástica.

Por supuesto, es difícil superar el impacto de “La Estación...”, con la exuberancia de su mundo, su acumulación de elementos mágicos y tecnológicos, su visión oscura y compleja de la realidad, alejada del maniqueísmo al que nos acostumbró demasiado Tolkien, su atmósfera fascinante que debe mucho al steampunk con su sabor a un siglo XIX de máquinas de vapor, aerostatos y locomotoras, su mensaje político que contrapone a un orden castrador modos de vida alternativos, individualistas o colectivistas, blasfemos para el saber oficial, ofensivos por sus costumbres sexuales.

Lo que sí podía reprochársele a aquel primer hito era lo que hasta el momento sigue siendo la mayor debilidad de Miéville: su dispersión, su fertilidad que le hace anunciar los comienzos de muchos libros posibles pero le sume en una confusión de la que escapa adoptando soluciones fáciles. Así pasaba entonces: mucho barroquismo descriptivo y miserabilista en la onda Mervyn Peake, mucho feminismo radical para dejar a Joanna Russ en pañales, muchas invocaciones a Satán o a ese Tejedor que parece no ser otra cosa que el mismísimo Dios vuelto loco, mucha adquisición de autoconsciencia por los robots, para que todo desembocara en la típica escena de “vamos al nido de los Aliens y quemamos todos los huevos”.

“La Cicatriz” busca otra cosa, empezando por un énfasis mayor en los personajes, por una prolongada introducción que a buen seguro aburrirá a quienes busquen una batalla contra monstruitos tras otra, pero que revela facetas inesperadas del autor, su capacidad para retratar no sólo magia impensable o gore purulento, sino emociones casi tan inéditas como aquellas, como puede ser el vértigo de aprender a leer casi en la edad adulta. En ese sentido, es sintomático que el punto de vista sea el de una erudita y bibliotecaria, una mujer desengañada, casi al margen del mundo, capaz de una notable frialdad en sus relaciones íntimas, de mantenerse fiel a todo aquello que en la superficie desprecia. Miéville sabe lo que otros autores de tochos de fantasía ignoran: que mucha acción no es garantía de interés por parte del lector, y que los mismos hechos pueden causar una impresión muy diferente si vienen filtrados a través de figuras que evitan el estereotipo.

Lo cual no quiere decir que no haya espectacularidad: Armada, la ciudad flotante pirata construida a partir de barcos capturados y enlazados sobre los que se ha seguido construyendo, es otra tentativa de reeditar el esplendor a lo Gormenghast de Nueva Crobuzon, pero de otra manera, anticipando la potente metáfora de la comunidad revolucionaria y fugitiva de “El Consejo de Hierro”, el tren que sigue adelante a base de quitar las vías por donde pasó y volverlas a colocar delante, si bien un servidor prefiere esta evocación de las viejas aventuras marinas a los ecos del western de la novela posterior.

No faltan tampoco criaturas monstruosas ni razas peculiares, desde el “avanc”, un Moby Dick visto por Lovecraft, que remolcará velozmente Armada hacia su incierto destino, pasando por los “anophelii”, cuyas hembras-mosquito mostrarán una peligrosa voracidad vampírica, y una plétora de terroríficos seres donde no puede faltar, dado que se le echó en falta en “La Estación...”, un trasunto de Drácula que recibe el apelativo, que le agradezco a China recuperar dado mi intensivo uso de él en mis años juveniles para referirme a un chupasangres rústico, de Brucolaco.

Pero lo que hace notable a mis ojos la novela no es tanto esta exuberancia, que, como dije, fue muy superada en la primera visita al mundo de Bas-Lag, sino su carga personal y emotiva, esa Cicatriz que no sólo es la fractura en la realidad a donde quieren dirigirse los Amantes sadomasoquistas que gobiernan la ciudad, sino también la superación de la pérdida, de la traición, del engaño. La trama de espionaje y contraespionaje, la pasión homosexual implícita pero nunca concretada del ingeniero Rehecho, Tanner, por el grumete Shekel, la compleja amistad de la protagonista, Bellis, con Uther, el inquietante guerrero encargado de proteger a los Amantes con su Espada de Probabilidad, con Silas, el espía que la sumirá en una red de engaños, o con Johannes, el zoólogo con una ingenua pasión por las criaturas marinas que le conducirá a afrontar espantosos peligros, todo esto dota del necesario contrapunto a los segmentos espectaculares, a las batallas navales, a las escenas de lucha, a las manifestaciones sobrenaturales, atreviéndose incluso a finalizar, como ya es habitual en su obra, en una nota agridulce y ambigua que no otorga soluciones fáciles.

Se pueden pasar un poco por alto las irregularidades del estilo, esplendoroso o redundante casi sin término medio, el exceso de prolijidad en algunas descripciones o la falta de detalle en otras, el ritmo que a veces colea; Miéville es la desmesura, la herencia pulp modificada, puesta al día, aplicada a propósitos más actuales, lejanos del reaccionarismo evasivo que sigue atribuyéndose, sin motivo, a la narrativa ambientada en reinos imaginarios. Este libro tendrá sus defectos, pero me confirma, en mucha mayor medida que “El Consejo de Hierro”, que veo como un pequeño paso atrás, el valor y la considerable promesa de un narrador que a mi juicio es capaz de logros aún mejores, y que, ay, no parece haber cosechado entre nuestros lectores la popularidad que sin duda merece.