Cuando se plantea el tema de la dudosa salud mental de los artistas, uno de los sospechosos habituales suele ser David Lynch. Siempre he pensado que atribuir la extravagancia a las drogas o a la locura supone una falta enorme de fe en la imaginación, pero a veces pueden entrar dudas. Si uno tiene que probar dos tipos de cinta de vídeo que acaban de llegar al American Film Institute, ¿lo lógico es rodar a una mujer con ambas piernas amputadas que escribe una carta sin inmutarse mientras un enfermero la trata de curar provocando una abundante hemorragia? Lo más inquietante es el aire de cotilleo suburbial, de chismes privados que el público no puede entender del todo, que se destila del texto de la carta, leído en off. ¿Tienen los acontecimientos entre estos personajes algo que ver con el hecho de que la mujer perdiera ambas piernas? ¿Por qué el enfermero le recorta la punta del fémur? Cinco minutos muy incómodos que resultan difíciles de explicar y que resultan aún más irreales por la textura anticuada del vídeo. Quizá fuese una carta de odio temprana a un soporte que acabaría robando mucha de la estética de la creación audiovisual, quizá una broma macabra. La mujer es Catherine Coulson, colaboradora habitual de Lynch por aquel entonces y años más tarde inmortal como la Dama del Leño.
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jueves, 8 de julio de 2010
The amputee 1974
Cuando se plantea el tema de la dudosa salud mental de los artistas, uno de los sospechosos habituales suele ser David Lynch. Siempre he pensado que atribuir la extravagancia a las drogas o a la locura supone una falta enorme de fe en la imaginación, pero a veces pueden entrar dudas. Si uno tiene que probar dos tipos de cinta de vídeo que acaban de llegar al American Film Institute, ¿lo lógico es rodar a una mujer con ambas piernas amputadas que escribe una carta sin inmutarse mientras un enfermero la trata de curar provocando una abundante hemorragia? Lo más inquietante es el aire de cotilleo suburbial, de chismes privados que el público no puede entender del todo, que se destila del texto de la carta, leído en off. ¿Tienen los acontecimientos entre estos personajes algo que ver con el hecho de que la mujer perdiera ambas piernas? ¿Por qué el enfermero le recorta la punta del fémur? Cinco minutos muy incómodos que resultan difíciles de explicar y que resultan aún más irreales por la textura anticuada del vídeo. Quizá fuese una carta de odio temprana a un soporte que acabaría robando mucha de la estética de la creación audiovisual, quizá una broma macabra. La mujer es Catherine Coulson, colaboradora habitual de Lynch por aquel entonces y años más tarde inmortal como la Dama del Leño.
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miércoles, 7 de julio de 2010
The grandmother 1970
Aquí ya está casi todo Lynch, al menos el primer Lynch atormentado que pasaba hambre, indiferencia e insatisfacción sexual. La familia como pesadilla suburbana cutre, la educación paterna comparada a la cría de un perro. El recurso a un cine mudo de un expresionismo extremo para cubrir el poco presupuesto, los decorados y las actuaciones de un precario que da casi miedo. La casa de la infancia sumida en una oscuridad de pozo gótico sin extensión o sin límites. La reproducción humana como un proceso áspero, indiferente, casi mineral. El uso del color para recalcar la vergüenza de las sábanas mojadas o el mal gusto doméstico. Hacer surgir a una abuela de una patata, en busca de un amor familiar que no se conoce, resulta una idea tan descabellada como entrañable, aunque la secuencia de su nacimiento sea digna del primer Cronenberg, aunque la naturaleza del amor sea equívoca y se vea empañada por la tragedia de la muerte y una disociación final del individuo que habría hecho las delicias de Francis Bacon. Esta pieza de fascinante imperfección supone una de las mejores refutaciones que conozco a la demagogia anti-subvenciones (el American Film Institute la financió en su totalidad), colocando de lleno a Lynch en el campo de los “titiriteros que viven del dinero público”, junto a otro jeta del que ya hemos hablado, que debe sus inicios al apoyo de las instituciones canadienses y se llama David Cronenberg.
martes, 6 de julio de 2010
The alphabet 1968
Todo aprendizaje memorístico tiene algo de conjuro, de ritual. Desde la tabla de multiplicar se ha llegado a la manipulación genética o a la astronáutica, pero desde el abecedario se llega mucho más lejos y a la vez no se llega a ningún sitio. Una niña sueña con las letras que le enseñan en el colegio, pero su sueño es una pesadilla tan angustiosa como difícil de explicar que termina haciéndole vomitar sangre. La infancia como territorio de aprendizaje y de enfermedad, el encierro temprano en la prisión del lenguaje de la que nunca podremos escapar, la angustia precoz por un cuerpo frágil, mal fabricado, que nos fallará cuando menos lo esperemos. Se echan de menos aquellos cortometrajes artesanales, experimentales, de técnica mixta, que disparaban sugerencias en lugar de limitar significados.
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lunes, 5 de julio de 2010
Six men getting sick 1966
La idea de la película como un cuadro en movimiento, la idea del bucle eterno precursora de la videoinstalación, ese diseño que va surgiendo poco a poco, acumulando detalles. Es gracioso que Lynch comience con una pieza de un minuto a la que nadie buscará significado, una animación casi abstracta cuyos únicos elementos figurativos son hombres, sangre y vómitos. Más curioso aún es lo hipnótico que resulta, haciendo posible verlo no ya seis veces seguidas como en el DVD, sino muchas más, dados los extraños detalles que van surgiendo (esas palabras superpuestas, la llama que lame una esquina de la imagen, el flash de color rojo, los números). Imaginar a un David Lynch habitual de las galerías de arte, alejado del glamour que dan las pantallas y las alfombras rojas, sería la gran ilusión de algunos detractores, pero afortunadamente no fue así. Con el tiempo, David cambiaría el expresionismo abstracto por una versión perversa de Edward Hopper y el pop art.
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sábado, 27 de marzo de 2010
VII Muestra Sy Fy de Cine Fantástico, segundo día

El subgénero zombi encierra una contradicción esencial: es al mismo tiempo el más misántropo (el deseo de exterminar masivamente a los semejantes se puede cumplir con menores escrúpulos morales aún que con los nazis) y el más gregario y propenso a la juerga (una chica que se sentaba junto a mí hablaba de que nadie se niega a participar como extra en un corto de zombis). La contradicción se resuelve mal, de ahí que en este tipo de cortos, y en general los del fantástico, pese más el componente festivo que el rigor del “perfecto cuentista”, que diría Horacio Quiroga. Incluso cuando hay una mala leche social subyacente (el alemán “Arbeit für alle”), se tiende más a hacer reír de/con la chapuza que a otra cosa. De este tipo tuvimos varios en la sesión de cortos, y encima proyectados en DVD. Me quedé con el mal rollo femenino del francés “Barbie girls”, o, sobre todo, con el británico “The last breath”, centrado menos en la violencia epatante que en la graduación del suspense y el desarrollo mínimo, pero potente, de una idea.
“Cargo” prometía a priori por el detalle de apostar por una CF seria en estos tiempos de adaptaciones de videojuegos y atracciones de parque, pero el buen trabajo visual apenas podía con la falta de carisma narrativo (suficiente para hacer recapacitar a los detractores de “Sunshine” de Danny Boyle) y con lo previsible de sus conceptos. Uno se pregunta por qué nadie es capaz de juntar un presupuesto como este para hacer algo más gamberro, al estilo de los “Diarios de las estrellas” o el “Congreso de futurología” de Stanislaw Lem (un tipo de CF, el futurista-satírico, que practicamente jamás se ha hecho en cine). Probablemente “Cargo” sea una película que haya que defender por lo que quiere representar, pero en el fondo hace lo mismo que el “campo enemigo” de Hollywood: un “cortapega” de tópicos de “2001”, “Alien” o “Naves silenciosas”, pero sin el toque mágico que la haga memorable por sí misma. Será que es una peli suiza, y, claro, ahí hacen muy bien los relojes de cuco y bla, bla, bla... (Por cierto, no me resisto a pinchar a los amantes de los formatos digitales: qué decepcionante esa proyección en HD, que, pese a verse bien, no llenó toda la pantalla de scope y tuvo un par de “apagones” que con el 35 jamás hubiesen sucedido).
La peli de la que nadie esperaba nada, “The disappearance of Alice Creed” es hasta ahora la sorpresa de la muestra. Un thriller británico de secuestros, claustrofóbico y sórdido (memorables un par de escenas centradas en las funciones corporales de evacuación), hecho con sólo tres actores, dos decorados y una furgoneta, y ejemplar a la hora de mantener el interés con giros constantes del guión y una tensión que apenas decae. Únanse a esto unos personajes gays alejados del estereotipo de locazas, y una iconografía bondage desasosegante, para configurar una película que merecería ser de culto más que muchas que andan por ahí con edición especial en 2 DVD, pero en cuyo estreno español no confiamos demasiado.
La que sí saldrá, al menos en vídeo, será “The descent 2”, que, si bien no aporta nada a la primera parte, sí procuró esa ración de gore festivalero que no nos haría distrutar tanto si la viéramos solos en casa. Especialmente pródiga en coloristas efusiones de hemoglobina, babas viscosas y otras simpáticas sustancias (la escena en el cagadero de los monstruitos de la cueva nos extraña menos cuando vemos en los créditos que uno de los guionistas es J. Blakeson, el responsable de “Alice Creed”), y con un encarnizamiento en cargarse personajes que no respeta ni al venerable Gavan O’Herlihy como sheriff cabronazo, la peli de Jon Harris, montador de la primera parte, permitió que los asistentes a la Muestra liberasen su gusto infantil por las guarrerías de nuestro cuerpo, léase caca, pedo, pis, y, por qué no, sangre. Lo cual no me parece necesariamente negativo a no ser que nos quedemos anclados en esa fase. Si esto sucede o no, lo sabremos esta tarde con la peli de las 4, la belga “Amer”, cruce entre el giallo y Antonioni que no utiliza diálogo alguno y que promete ser el momento “arte y ensayo” por excelencia de la Muestra.
jueves, 6 de agosto de 2009
La temible aseguradora burlona

Es una pena lo que ha pasado con el cortometraje: formato desterrado de las salas de cine y reducido al estatus de carta de presentación para la industria, cuando no al de elemento de autopromoción que permite a más de un caradura dárselas de cineasta sin en realidad serlo, hubiese sin embargo merecido otro tipo de consideración, como la que se otorga al relato breve en el ámbito literario. No todas las historias pueden contarse en hora y media o dos horas; al igual que “Lawrence de Arabia” necesita 3 horas 20 minutos, otros guiones no pueden funcionar más allá del cuarto de hora. Hay novelas de 1000 páginas maravillosas, pero también hay chistes de 2 minutos que son perfectos en su género. Pero bueno, el mundo audiovisual está compartimentado de una manera muy rígida e intolerante, y así nos va; no tenéis más que ver la bilis que se lleva derramando más de 20 años contra el formato del videoclip, que sin embargo tiene y tendrá ejemplos muy buenos de una creatividad visual sin necesidad de coartadas narrativas y aun así netamente comercial. Y no empecemos con el spot publicitario, que mis colegas cinéfilos y admiradores de Garci ya me dejaban de hablar para siempre.
Pero estábamos con el corto. Uno de los pocos ejemplos que se me ocurren ahora de cortometraje realizado por un cineasta consagrado, con su carrera ya en pleno vuelo, es “The Crimson Permanent Assurance” de Terry Gilliam, 15 minutos de divertimento que sirven de introducción a “El sentido de la vida” de Monty Python y proveen un ejemplo de concepción sana del formato. Cualquiera que haya tenido el dudoso honor de asistir a un certamen de cortometrajes conocerá los errores más frecuentes de sus autores, entre ellos la impaciencia de contar todo lo que se tiene en la cabeza en sólo 15 o 20 minutos. Debe de ser el temor de que no se les vuelva a dejar rodar nunca y de ese modo no poder legar su gran testamento al mundo. No digo que semejante enfoque no pueda dar resultados interesantes, pero no lo veo adecuado para foguearse en la realización.
Lo aconsejable es partir de una idea muy básica, un chiste si se tercia, y darle un desarrollo eficaz en unas pocas secuencias. Desde ese punto de vista, “Crimson Permanent Assurance” es perfecto, porque parte de la combinación de un simple concepto y de una simple imagen: las grandes empresas financieras como ladrones de alta mar y los edificios como barcos de vela surcando las calles (las velas siendo, como nos muestra la imagen inicial del corto, las lonas de plástico con que se cubren los edificios durante una reforma).
A partir de ese planteamiento, se trata de hallar cuantas más rimas visuales mejor: las filas de pupitres de la oficina, con los bancos de las galeras; las hojas del ventilador, con sables; los ganchos del perchero, con garfios de abordaje; los armarios archivadores, con cañones. Hacer de los ya ancianos trabajadores de la vieja escuela los héroes rebeldes y de los jóvenes profesionales urbanos los villanos opresores, es otro ejemplo del “dar la vuelta a la tortilla” que tanto caracteriza tanto el pensamiento de Gilliam como el de Python. En un argumento que es todo aventura, sin protagonistas, late la sardónica tesis de que al menos, con los viejos ladrones, por ejemplo los piratas de alta mar, uno sabía a qué atenerse, mientras que con los negociantes de hoy ya no se tienen las ideas tan claras.
Todo contado con un estilo de burlona grandilocuencia que vuelve a recurrir, zumbón, al enésimo facsímil de Korngold en la banda sonora, haciendo un uso fluido y encantador de las maquetas, tan caras a Gilliam, y, en una nueva muestra de un talante travieso, cortando de raíz el aparente desenlace feliz con una sorpresa final paradójica (la Tierra finalmente era plana y el edificio pirata se precipita en el espacio) que luego reutilizaría Terry Jones en su “Erik el vikingo”. Aquí ya está en germen gran parte de la iconografía de “Brazil”, aunque también se puede entrever el episodio de la Luna de “Munchausen”.
Curioso interludio, pues, en una obra dada a las grandes ambiciones y a los proyectos complejos. Se me ocurre que deberíamos volver un poco a aquellos proyectos colectivos de los años 60 que juntaban a varios cineastas de renombre para que cada uno aportara su cortometraje. “Crimson Permanent Assurance” prueba que un cineasta experimentado puede hacer mejores cortos que un neófito, y me da la impresión de que en las distancias cortas no se ha llegado a decir aún casi nada. Luego vendrían las inevitables voces diciendo que esto sólo produce películas irregulares, pero ni caso. Como si las películas largas de un solo director tuviesen que ser por fuerza coherentes, uniformes y perfectas.
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