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lunes, 23 de septiembre de 2013

Esas palabras: "Adictivo"



Hoy por hoy, parece que el máximo elogio que se le puede hacer a una obra de ficción, o a casi cualquier creación con un desarrollo temporal, es que sea “adictiva”, o sea, según la RAE, “que, empleada de forma repetida, cree necesidad y hábito”. Lo cual deja claro que el gran modelo a imitar por la sociedad de consumo moderna es el de la toxicomanía, el consumidor sin voluntad capaz de todo para procurarse su nueva dosis. Uno, que cree en el libre albedrío y en el poder soberano de dejar a un lado un libro o una serie hasta un momento más propicio, que no desea ver colonizado su tiempo más de lo que ya está, se siente un poco molesto. Amén de que enganchar, a veces, es demasiado fácil: basta con cosquillear con picardía los bajos instintos.

domingo, 24 de enero de 2010

Tras los pasos del Rey Carmesí 7: "Starless and bible black" (1974)


O, como dijo Bill Bruford rememorando a una espectadora de la primera fila, “Bra-less and slightly slack”. Quien no lo entienda, que desempolve el diccionario y se convenza de una vez por todas de que los del rock sinfónico, como cualquier hijo de vecino, también se pasan la vida pensando en lo mismo. Si no más.

Por lo demás, la impresión que da el disco nada más que con la portada es de austeridad. Los Crimson floridos y hippies, de los que quedaban aún ciertos vestigios en “Larks’ tongues”, parecen haber pasado definitivamente a mejor vida, sin que me quede claro si esto es bueno o no. Sin Sinfield se pierde decadentismo, se pierde esa tontorronería retórica tan entrañable. Ahora parece que hay temas cantados porque en un grupo de rock tiene que haberlos, pero parecen estar para cubrir el expediente: no llegamos a los extremos posteriores de Belew, que puso letra a “Elephant talk” con un diccionario de sinónimos, pero tampoco cabe la duda de que lo importante en “Starless...” es ese escoramiento instrumental hacia los sonidos duros, ese énfasis en la improvisación entendida más como una creación colectiva que como una sucesión de solos. Por eso Bruford aparece acreditado como compositor en “Trio”, un corte donde no participa.

Siempre he encontrado curiosa la estructura de “Starless...”. Quiero decir: ¿un disco de rock sinfónico con seis canciones en la cara A? Pero ¿no se suponía que este tipo de chusma hacía una interminable canción por cara? Fripp se ha hartado de decir que las subdivisiones de las canciones en los primeros discos se debían a la necesidad práctica de tener un número mínimo de canciones en cada LP para poder percibir los royalties. Aquí, las subdivisiones son una realidad, aunque en el fondo haya el mismo concepto en la cara A que en la cara B, la que, esa sí, tiene sólo dos temas de diez minutos cada uno: mitad composición, mitad improvisación.

“The great deceiver” se distingue por su trepidante comienzo, con un tremendo riff en unísono de guitarra, bajo y violín eléctrico junto a una segunda guitarra de fondo acompañando con ácida distorsión, y por dos detalles peculiares de la letra: la única aportación literaria de Robert Fripp al grupo, “Cigarettes, ice cream, figurines of the Virgin Mary”, en alusión al mercantilismo del Vaticano, y las míticas palabras iniciales “Health-food faggot”, entendidas durante mucho tiempo como una manera peyorativa de aludir a un homosexual aficionado a la comida dietética, hasta que alguien aclaró desde el Reino Unido que allí la palabra “faggot” es otra manera de llamar a las albóndigas. Una pena deshacer el equívoco, pues la alusión en el mismo verso a una “novia vendida” o “cambiada”, como el título de la opereta de Smetana, abría posibilidades de interpretación fascinantes más allá del retrato impresionista de ese “Gran Embaucador” amigo del diablo y aficionado a llevar la voz cantante con un traje a cuadros (lo cual me suena muchísimo al personaje de Tony en “El imaginario del doctor Parnassus” de Gilliam: ¿será Terry forofo de los Crimson?). Puede tratarse de un jefazo del mundo del espectáculo, o de un amo del capitalismo en general, pero lo fundamental es que se trata de uno de los números rock más poderosos y frenéticos del grupo.

Después, con un empalme sin interrupción digno de Frank Zappa, entra “Lament”, especie de autobiografía resumida de un músico de rock que llama la atención por el contraste entre la cotidianidad y universalidad de la experiencia que cuenta y la idea tópica de los músicos de rock sinfónico como gente poseída de sí misma y desdeñosa con el resto de la chusma. Ya sabemos por el libreto de “Ladies of the road” que uno de los abuelos de Fripp era minero y que sus clases de guitarra se pagaron con dinero duramente currado, de ahí que la música se meta tan dentro de la letra escrita por Palmer-James: las diferentes fases en la vida del músico, el idealismo romántico inicial, las angustias ante la explotación por los managers, y la postura cínica final donde se renuncia al arte y se prefiere concentrarse en el sexo y el vicio, tienen un arreglo musical diferente y distintivo que va como un guante a cada estrofa, empezando con lirismo melódico, siguiendo con una rabia angustiosa y disonante, y terminando con un ritmo vacilón que sería funky si Crimson supieran tocarlo.

“The night watch”, preciosa balada de sabor casi oriental, con una introducción en crescendo gradual que es casi un amanecer y un solo casi violinístico de Fripp de los que hacen época, es sin embargo la típica canción que sólo por su letra se atrae las iras de los iletrados. “¿Una canción sobre un cuadro de Rembrandt?”, dirán, “¿Pero estos quiénes se creen que son, restregándonos su cultura por la cara?” A mí, en cambio, me parece melancólica y nostálgica, evocando el mundo anticuado, aislado y sin incidencias de la alta burguesía, tan elegante, majestuoso y próspero pero falto de verdadera vida, como si se tratase de un cuadro pintado hace más de trescientos años. Es el tipo de letra que uno esperaría de alguien con un apellido compuesto como Palmer-James, pero, como no soy un inglés clasista y resentido de clase media o baja, no me molesta.

El resto de los cortes del disco son improvisaciones o fragmentos de improvisaciones. “We’ll let you know” se vertebra en torno al bajo de John Wetton, cuyo tono, garra y vivacidad recuerdan al de Chris Squire. Se empieza con una especie de melodía de timbres weberniana y se va construyendo paso a paso un intento de funky progresivo que, ahora que lo pienso, pudo muy bien inspirar "Death dies", el tema de los asesinatos de "Rojo oscuro” de Argento, a poco que se le acelerara un poco el tempo. El final del tema es claramente un corte seco a la cinta (aunque no tan bestia como en "The mincer", donde se inmortalizó para la posteridad el agotamiento del rollo de cinta) como para dejar claro que había más y que el carácter improvisativo de la banda se disfrutaba en todo su esplendor sobre el escenario. Treinta y seis años después, podemos constatarlo en discos como “The night watch” o “The great deceiver”. Aún recuerdo las diez mil pelas que costaba este último allá por los inicios del CD y el pequeño trauma que aquello me produjo. La reedición, mucho más prudente, es en dos volúmenes.

“Trio” es otra incursión cimsoniana de muchas en el pastoralismo británico de Elgar o Vaughan Williams, con un melotrón que casa a las mil maravillas en una improvisación sin batería que debería hacer reflexionar a quienes ven en Crimson la “línea dura” del rock sinfónico. El atonalismo de Fripp y compañía se limita a sus ocurrencias aleatorias al margen de las canciones escritas, pero Fripp, como compositor, es un clasicista nato que admira a Mozart y Haydn y lee los estudios sobre el estilo clásico de Charles Rosen. Es fácil sonar a vanguardia cuando no se tiene partitura, pero es cierto que fragmentos como el que da título al disco, “Starless and bible black”, que es como “We’ll let you know” pero en más largo y más rápido, educaron a muchos oyentes como un servidor en aceptar la atonalidad como un componente normal de la música, aunque, no hay que olvidarlo, el efecto está mucho menos buscado de lo que cree más de un crimsoniano obseso.

Por último, “Fracture” es algo así como la culminación, el final del camino, porque básicamente se trata de la misma composición para guitarra solista, con sus sonoridades aceradas, sus veloces y difíciles arpegios y sus progresiones ascendentes, que Fripp viene incluyendo, bajo diferentes títulos, en la mayoría de los discos de Crimson publicados desde entonces. Es una música tan cerebral como visceral, con bastante pegada y un tono tirando a rabioso, pero es una fórmula tan perfecta que poco se puede innovar ya en ella. Supongo que Fripp se dio cuenta entonces de que este concepto del grupo había alcanzado su perfección, pues al Crimson clásico le faltaban un par de telediarios y su líder, presa de ominosas premoniciones, veía cercano el fin de la civilización tal como la conocemos. Vista como banda sonora para el fin del mundo, “Fracture” gana si cabe, adquiere carácter épico, pero la no materialización de este fin del mundo posibilitó que Crimson se convirtiera en una fórmula, y la verdad es que es una pena, pero en el fondo los verdaderos clásicos no innovan. Que se lo pregunten si no a Charles Rosen.

jueves, 6 de agosto de 2009

La temible aseguradora burlona


Es una pena lo que ha pasado con el cortometraje: formato desterrado de las salas de cine y reducido al estatus de carta de presentación para la industria, cuando no al de elemento de autopromoción que permite a más de un caradura dárselas de cineasta sin en realidad serlo, hubiese sin embargo merecido otro tipo de consideración, como la que se otorga al relato breve en el ámbito literario. No todas las historias pueden contarse en hora y media o dos horas; al igual que “Lawrence de Arabia” necesita 3 horas 20 minutos, otros guiones no pueden funcionar más allá del cuarto de hora. Hay novelas de 1000 páginas maravillosas, pero también hay chistes de 2 minutos que son perfectos en su género. Pero bueno, el mundo audiovisual está compartimentado de una manera muy rígida e intolerante, y así nos va; no tenéis más que ver la bilis que se lleva derramando más de 20 años contra el formato del videoclip, que sin embargo tiene y tendrá ejemplos muy buenos de una creatividad visual sin necesidad de coartadas narrativas y aun así netamente comercial. Y no empecemos con el spot publicitario, que mis colegas cinéfilos y admiradores de Garci ya me dejaban de hablar para siempre.

Pero estábamos con el corto. Uno de los pocos ejemplos que se me ocurren ahora de cortometraje realizado por un cineasta consagrado, con su carrera ya en pleno vuelo, es “The Crimson Permanent Assurance” de Terry Gilliam, 15 minutos de divertimento que sirven de introducción a “El sentido de la vida” de Monty Python y proveen un ejemplo de concepción sana del formato. Cualquiera que haya tenido el dudoso honor de asistir a un certamen de cortometrajes conocerá los errores más frecuentes de sus autores, entre ellos la impaciencia de contar todo lo que se tiene en la cabeza en sólo 15 o 20 minutos. Debe de ser el temor de que no se les vuelva a dejar rodar nunca y de ese modo no poder legar su gran testamento al mundo. No digo que semejante enfoque no pueda dar resultados interesantes, pero no lo veo adecuado para foguearse en la realización.

Lo aconsejable es partir de una idea muy básica, un chiste si se tercia, y darle un desarrollo eficaz en unas pocas secuencias. Desde ese punto de vista, “Crimson Permanent Assurance” es perfecto, porque parte de la combinación de un simple concepto y de una simple imagen: las grandes empresas financieras como ladrones de alta mar y los edificios como barcos de vela surcando las calles (las velas siendo, como nos muestra la imagen inicial del corto, las lonas de plástico con que se cubren los edificios durante una reforma).

A partir de ese planteamiento, se trata de hallar cuantas más rimas visuales mejor: las filas de pupitres de la oficina, con los bancos de las galeras; las hojas del ventilador, con sables; los ganchos del perchero, con garfios de abordaje; los armarios archivadores, con cañones. Hacer de los ya ancianos trabajadores de la vieja escuela los héroes rebeldes y de los jóvenes profesionales urbanos los villanos opresores, es otro ejemplo del “dar la vuelta a la tortilla” que tanto caracteriza tanto el pensamiento de Gilliam como el de Python. En un argumento que es todo aventura, sin protagonistas, late la sardónica tesis de que al menos, con los viejos ladrones, por ejemplo los piratas de alta mar, uno sabía a qué atenerse, mientras que con los negociantes de hoy ya no se tienen las ideas tan claras.

Todo contado con un estilo de burlona grandilocuencia que vuelve a recurrir, zumbón, al enésimo facsímil de Korngold en la banda sonora, haciendo un uso fluido y encantador de las maquetas, tan caras a Gilliam, y, en una nueva muestra de un talante travieso, cortando de raíz el aparente desenlace feliz con una sorpresa final paradójica (la Tierra finalmente era plana y el edificio pirata se precipita en el espacio) que luego reutilizaría Terry Jones en su “Erik el vikingo”. Aquí ya está en germen gran parte de la iconografía de “Brazil”, aunque también se puede entrever el episodio de la Luna de “Munchausen”.

Curioso interludio, pues, en una obra dada a las grandes ambiciones y a los proyectos complejos. Se me ocurre que deberíamos volver un poco a aquellos proyectos colectivos de los años 60 que juntaban a varios cineastas de renombre para que cada uno aportara su cortometraje. “Crimson Permanent Assurance” prueba que un cineasta experimentado puede hacer mejores cortos que un neófito, y me da la impresión de que en las distancias cortas no se ha llegado a decir aún casi nada. Luego vendrían las inevitables voces diciendo que esto sólo produce películas irregulares, pero ni caso. Como si las películas largas de un solo director tuviesen que ser por fuerza coherentes, uniformes y perfectas.

lunes, 3 de agosto de 2009

Galimatazo


La filmografía en solitario de Terry Gilliam comienza en el año 1977, significativo por dos motivos tal vez no lo suficientemente buenos. Uno tiene que ver con la película que se estaba rodando a la vez en los estudios Elstree, cuyo equipo tenía una moral bajísima a causa de la evidente impericia del director, un americano, según ellos, sin la más puñetera idea de cine, y el obvio mal resultado de las escenas rodadas en el día a día. Los visitantes del otro plató le decían a Gilliam que su película sí que tenía buena pinta y que sería un gran éxito, al contrario del bodrio que les estaba saliendo a ellos. Incluso se llegó al extremo de que uno de los actores de la otra película aceptó trabajar también con Terry, y no en uno sino en dos papeles.

La película que compartía estudio con “La bestia del reino” (a partir de ahora denominada con su título original “Jabberwocky”, que es mejor y más conciso), se llamaba “Star wars”, el director que no tenía ni idea se llamaba George Lucas, y fue Dave Prowse, el culturista que rellenaba el traje de Darth Vader, quien se enfundó un par de armaduras medievales para salir en busca del monstruo, con Michael Palin como escudero.

Da cierto vértigo imaginar un universo alternativo en el que “La guerra de las galaxias” se hubiese pegado la gran leche en taquilla, forzando a Lucas a volver a hacer películas experimentales aburridillas como “THX 1138”, y en cambio “Jabberwocky” fuese un clásico del cine popular que todo el mundo conoce, con Terry Gilliam elevado a la altura de Spielberg y saliéndose con la suya en proyectos a cual más megalómano. Lo que habría podido ser... Pero todo eso de las ucronías son entelequias de porreros, como dicen los columnistas de la prensa conservadora, aterrados cada vez que alguien se pone a especular sobre qué país tendríamos de haber perdido Franco la Guerra Civil.

El otro acontecimiento del 77 fue, claro está, la explosión del punk. Se me ocurre que tal vez “Jabberwocky” sea la única película de Gilliam que conecte con las sensibilidades del público cuyo catecismo es serie B, irreverencia facilona, grupos punkis penosos y desafíos al buen gusto. La acumulación de sordidez, funciones corporales de las que peor huelen, feísmo constante, cuestionamiento del poder y medios de producción precarios parecía conectar de maravilla con aquel momento de declive de la civilización occidental, contra el cual la única revolución que pareció prender consistía en lanzar escupitajos y reivindicar el imperdible como elemento de joyería. Después Gilliam se fue puliendo, prefiriendo producciones más cuidadas y dando a su obra un barniz de pretensiones culturales que los fans del semianalfabetismo pueblerino no le han perdonado nunca. Pero estoy divagando.

Sea como fuere, “Jabberwocky”, como primer ensayo en la realización que es, funciona bien principalmente por descaro e ignorancia relativa del oficio. Recién salido de la codirección de “Los caballeros de la mesa cuadrada”, Gilliam tiene ganas de desarrollar el mundo medieval realista, antirromántico, inhóspito y maloliente que se esbozó allí, llevándolo a cotas aún más exageradas. Donde los literatos del XIX veían idealismo, valor, pureza, belleza deslumbrante, mujeres prerrafaelistas y armaduras bruñidas, Gilliam ve la realidad: frío, hambre, dientes podridos, basura, pis y mierda omnipresentes, brutalidad, sangre y gangrena, opresión y cobardía. Todo lo cual obviamente es visto como un reflejo distorsionado del mundo actual, como prueban anacronismos como la escena de la “hora punta” en la ciudad o la filosofía del beneficio comercial que Dennis trata de inculcar a cada persona que conoce y a la que se culpa indirectamente del estado de pobreza que reina en el país.

El mecanismo para construir el guión se basa en dar la vuelta sistemáticamente a los tópicos. Dennis el tonelero, en lugar de ser un joven idealista, tiene alma de contable. En lugar de estar enamorado de una delicada doncella, lo está de Griselda, la gorda y vulgar hija del mercader de arenques, el señor Fishfinger. En el lecho de muerte del padre de Dennis, éste, en lugar de una escena tierna y lacrimógena donde le dice lo orgulloso que está de él, lo repudia y se avergüenza de su estrecha mentalidad materialista sin aprecio por el trabajo bien hecho. Cuando aparece la princesa (en un breve desnudo cuyas razones de ser parecen ser que jamás lo encontraríamos en un film familiar, por un lado, y desplegar fugazmente ese erotismo de las rubias blanquitas inglesas, que, por propia confesión del director, fue lo que le decidió a emigrar al Reino Unido), su diálogo y su actuación parodian sin piedad lo gazmoño y cursi de este tipo de personajes. Y así sucesivamente.

En contraposición a esto, se presenta una amenaza omnipresente que en el fondo conviene a los poderes fácticos. Mientras los pobres se concentran a la puerta de la ciudad, a la que no pueden acceder sin dinero, los mercaderes viajan en palanquines vestidos suntuosamente y encantados de lo altos que pueden mantener sus precios, y todo gracias al pánico que siembra en la campiña un terrible monstruo. El esquema es realmente familiar: donde escribí “monstruo”, leed “crisis” y el mensaje casi es válido para ahora mismo.

Entre estos dos ejes, Gilliam se lanza a diseñar un medievo de esplendor cochambroso, inundando las localizaciones de un humo que hacía apestar el plató y ennegrecía la apariencia de todo el equipo técnico, escogiendo localizaciones casi postapocalípticas en su desolación, o, incluso en las que sí pueden presumir de cierta belleza, como el lago donde viven los Fishfinger, introducir detalles que las degradan, como el plano en que el cabeza de familia saluda a Dennis mientras saca el culo por la ventana para hecer sus necesidades en el agua. La imagen es brumosa y oscura, no ya en el DVD de Manga sino también en ediciones extranjeras, y tiene que ser así, porque una nitidez y claridad totales, como las que los clientes buscan, y no siempre encuentran, en el Blu-Ray, mataría todo el concepto de esta película. La ciudad es un laberinto caótico lleno de mendicidad, la poca tecnología que hay, por ejemplo en el taller de fabricación de armaduras, consiste en mecanismos tipo Rube Goldberg siempre listos para perder el control. El castillo del rey está hecho más de sombras y polvo que de atrezzo, pudiéndose casi sentir el frío, y el torneo para hallar el campeón del reino, lejos de la elegancia que retrataba por ejemplo Richard Thorpe en “Los caballeros del rey Arturo”, es un festín constante de brutalidad que, a cada enfrentamiento, va salpicando de sangre a los ocupantes del palco real hasta el punto de que, al final, la princesa más bien parece Sissy Spacek en “Carrie”. La procesión de disciplinantes, inspirada en la que Bergman mostró en “El séptimo sello” desborda de elementos grotescos como por ejemplo un hombre que se autoflagela com espaguetis hervidos, y sirve para sugerir, no sin entera justificación, que la religión es una especie de sadomasoquismo organizado.

El guión, pues, no pasa de ser una sucesión de ideas curiosas que pese a todo muestran mayor conocimiento de la Edad Media de lo habitual en el cine (me fascina especialmente la llegada a la ciudad de Dennis y cómo, sin una sola línea de diálogo, sólo viendo los carteles de los gremios dispuestos a lo largo de la calle mayor, ya entiendes el esquema económico del momento). Para el desarrollo de escenas individuales, se recurre al estilo Monty Python que Terry llevaba ya unos cuantos años mamando en la tele... pero sin el talento para el humor de sus compañeros de grupo. Lo irritante de confundir “Jabberwocky” con una película de Monty Python (como hace, entre otros, el cartel español) es la inevitable decepción, pues una de sus debilidades principales reside en esforzarse demasiado por ser una comedia. Los gags del chambelán, que interrumpe constantemente al propio rey y a sus invitados a fuerza de presentaciones pomposas, o la competencia entre los disciplinantes por ver quién tendrá la suerte de ser prendido fuego y lanzado en la catapulta, son ideas de Monty Python ejecutadas sin la genialidad de Monty Python, y no cabe duda de que lo mejor de la película no está ahí, sino en secuencias sueltas donde Gilliam da prueba temprana de su poderío visual.

El comienzo, atmosférico, con el poema de Lewis Carroll que da título a la peli recitado en off (¿a nadie se le ocurrió reutilizar, como título español, la mítica traducción de su título como “Galimatazo”?) mientras Terry Jones, como cazador furtivo, revisa sus trampas en el bosque a la vez que una extraña presencia lo vigila en cámara subjetiva desde lo alto para a continuación devorar toda su carne y dejarlo en esqueleto, parece adelantarse tanto al Sam Raimi de “Posesión infernal” como a las extrañas disposiciones de cámara de Darren Aronofsky, estableciendo un tono entre ridículo y macabro que será constante en la película. También es muy destacable la lucha final con el monstruo, a pesar de los pobres efectos que le dan vida (en todas las copias se ven nítidamente los hilos que lo sujetan), completamente antiheroica pero concebida en unos términos visuales muy sugestivos, en esa planicie yerma que casi podría haber sido escenario de una explosión nuclear, y con una coreografía al ralentí bastante convincente, que nos hacen soñar de manera imposible con cómo se hubiese planteado Gilliam los momentos cumbre de, por ejemplo, “El señor de los anillos”. Suponiendo que hubiese sido capaz de manejar ese material de un modo serio, sin sabotearlo todo el rato desde dentro, claro.

Quizá uno de los aspectos que más me defrauden de la película, y que comparte con “Los caballeros” es la decisión de no utilizar música original, sino de reciclar, bajo el misterioso epígrafe “DeWolfe”, fragmentos de obras clásicas, presumiblemente libres de derechos y lo suficientemente desconocidas para no llamar la atención sobre sí mismas. No me hace demasiada gracia porque parte de la intención es parodiar el aliento épico-romántico de muchas de estas composiciones (que, supongo, serán en su mayoría extractos de sinfonías británicas al estilo de Bax, Finzi, Howells o Havergal Brian) sugiriendo que son piezas intercambiables que se pueden usar cómodamente para cualquier escena de este tipo, y que en el fondo la opulencia orquestal de la orquesta romántica es de una solemnidad tan hueca como el cartón piedra de los “péplum” o los films de capa y espada hechos en Hollywood. Y, sin embargo, “Jabberwocky” contiene fragmentos bien reconocibles, de la “Sinfonía fantástica” de Berlioz, del “Divertimento” de Jacques Ibert, de “Una noche en el Monte Pelado” o los “Cuadros de una exposición” de Mussorgsky. Aunque, claro, ¿qué compositores para cine de los últimos años, cuyos referentes, salvo excepciones, parecen ser sólo otras bandas sonoras, sabrían crear piezas mejores que ésas?

jueves, 2 de julio de 2009

Los diez enigmas del Rayo Azul


1 – Si hoy por hoy no puedes convencer a la gente de que un CD suena mejor que un mp3, ¿podrás convencerles de que la alta definición se ve mejor que un DivX?

2 - ¿Cuántas personas están dispuestas a pagar cinco veces más por la misma película antigua, por más que un Blu-ray tenga el quíntuple de definición?

3 - ¿Por qué da la impresión de que la inversión económica en lanzar el nuevo formato ha perjudicado y retrasado la labor constante de recuperar y digitalizar el mucho cine antiguo que sigue durmiendo el sueño de los justos?

4 - ¿Podemos estar seguros de que la fuerte apuesta por el Blu-ray de sellos multinacionales como la Warner o la Fox no ha propiciado la aparición en España de editoras lamentables como Creative o Impulso, que editan al nivel del peor VHS las películas clásicas de las que estas majors se han desentendido?

5 – Si en nuestro país se edita a menudo DVD con calidad de VHS (insistiendo en el formato de pantalla 4:3 para películas en scope), ¿llegaremos a ver Blu-ray con calidad de DVD, o incluso, Blu-ray con calidad de VHS?

6 - ¿Cuánto tiempo transcurrirá hasta que la filmografía de Fellini pueda verse en alta definición con tanta facilidad como la de Michael Bay, habida cuenta de que ni siquiera tenemos editadas aún en DVD muchas del italiano, y algunas de las que están es como si no lo estuvieran?

7 - ¿Desembocaremos en un sistema “de clases” donde algunas películas bien consideradas podrán ser vistas con definición y sonido requetechulis, mientras que con otras, en las que la industria no confíe, tendremos que conformarnos con verlas un poco peor al no haber dado nunca el salto al nuevo formato?

8 - ¿Hasta qué punto el Blu-ray podría añadir algo nuevo al visionado del cine clásico de los años 30 o 40, por ejemplo, o cualquier otro rodado en soportes carentes de la definición maravillosa que permite la tecnología digital de hoy?

9 - ¿Qué proporciona mayor satisfacción, las prestaciones técnicas de un Blu-ray en una pantalla de 50 pulgadas, o la sensación de formar parte de un club exclusivo, muy por encima de la masa de pringados que aún se conforman con unas miserables 400 y pico líneas, pudiendo disfrutar de 1080?

10 - ¿Cuánto tiempo llevará inventado el sucesor del Blu-ray, en qué aspectos lo dejará en ridículo, y quién duda de que antes de cinco años ya lo tendremos a la venta en tiendas?

miércoles, 30 de abril de 2008

10 cines de Madrid que ya no existen y las últimas películas que vi en ellos


En algunos casos no fueron despedidas muy brillantes, pero así suele pasar en la vida, que acontecimientos insignificantes o ridículos adquieren una pátina mítica debido a las circunstancias:

1 - Cines Luna: 'Saw'.

2 - Cine California: 'Mothman, la última profecía'.

3 - Cines Madrid: 'The eye'.

4 - Cine Bogart: 'Atrapado por su pasado'.

5 - Cine Torre de Madrid (ex Filmoteca): 'La última tentación de Cristo'.

6 - Cines Novedades: 'Aracnofobia'.

7 - Cine Cristal: 'La matanza de Texas 3' y 'El vuelo de Venus'.

8 - Minicines: 'Justino, un asesino de la tercera edad'.

9 - Cine Carlos III: 'El barbero de Siberia'.

10 - Cine Ciudad Lineal: 'Tigre y dragón'.

Y lo malo es que la lista crecerá. Si está en el distrito centro y el grupo Inditex se interesa por el local, no tendrá salvación. Hay uno en concreto que no quiero nombrar, pero los que seáis de la capital sabréis de cuál hablo, por el que debremos rezar todos los días 1000 padrenuestros y 1000 avemarías.