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miércoles, 4 de abril de 2018

506: Viernes 9 de marzo de 2018 en el Cine de la Prensa



En realidad, debería estar intentando terminar un relato de “mala ciencia ficción” (es decir, científicamente descabellado, con pobre lógica interna y tratando sobre todo temas personales), que supone mi primera obra de ficción en casi 20 años y que ha surgido como consecuencia de una serie de cambios y decisiones personales que me tienen ilusionado y aterrado a partes iguales. Esto puede parecer una introducción que no viene a cuento, pero no es así, dado que uno de mis temas recurrentes en las crónicas de la Muestra Syfy es el inmovilismo personal de un hombre ya maduro que ha caído por defecto en la etiqueta “friki” porque no hay muchos más huecos para él, y su uso del frikismo como una pantalla que escamotea la realidad, en lugar de lo que debería ser, es decir, una herramienta de transformación. Y de todas maneras hay que reivindicar ese arte de la digresión, tan típico del obsoleto bloguear y ya vedado a otros formatos de comunicación social en las redes.


Lo cierto es que cuando comenzó la Muestra 2018 no pensaba que llegaría a intentar demostrar mi existencia en un plano personal a alguien, con lo cual estos recuerdos de hace apenas un mes podrían verse como una evocación de tiempos más despreocupados y felices. El tipo del abrigo largo y el sombrero, que se siente liberado al unirse a la turba de espectadores “mandangueros” que jalea, comenta y aplaude las películas, cuando de ordinario es el más “bon enfant” de los cinéfilos de sala (hasta el punto de ver a Netflix como una especie de Anticristo por hurtar a la pantalla grande títulos como “Aniquilación”), este personaje parece empezar a sentir la amenaza del anonimato, de llegar a una determinada edad sin haber dejado huella alguna entre sus semejantes a pesar de que sus inicios infantiles como lector a los tres años de edad y compositor precoz de canciones sobre bombonas de butano parecían predestinarlo a lo más alto. La búsqueda del ser lo que se es no puede limitarse a tres días al año, pero entre el “cosplay” y la revelación a otra persona, sin disfraces, de lo que uno tiene dentro, media una distancia, digamos, perturbadora.


Pero, bueno, dejando los temas de fondo en el fondo, que es su lugar, vayamos al Cine de la Prensa y dejemos en paz el sur de Francia. Siento decir, en primer lugar, que no puedo unirme al linchamiento colectivo a “Un pliegue en el tiempo”, por la sencilla razón de que no asistí a su preestreno, que inauguraba la Muestra. Mi regla de no ver películas dobladas en sala si puedo evitarlo (y, siendo más concreto, de no ver películas dobladas en las que intervengan personajes infantiles) me robó, no obstante, una ocasión de oro para llevar la contraria a todo el mundo. Me da que una película de fantasía de la Disney supone blanco fácil para un público “millenial” con pose cínica y esa tendencia a la crítica destructiva que la mente-colmena de la red favorece y nutre. Poder defender esa película habría sido una estupenda terapia de auto-afirmación, un ensayo general de enfrentamiento a las inevitables críticas sarcásticas y negativas que surgirán en caso de que me anime a exponer mis locas creaciones a las masas. Masas que a veces se equivocan: revisé en casa “John Carter” y me llegó casi a gustar. Masas que a veces no se equivocan: con “Oz” de Raimi el pulgar aún señala hacia abajo.


Cambiando de lo que pudo haber sido a lo que fue, me siento satisfecho de haber aguantado el tipo bastante bien este año en todas las sesiones de sobremesa, aunque lo tuve que pagar perdiendo el hilo en todas las de madrugada. “As boas maneiras” trajo un Brasil distinto, sin favelas ni narcotráfico, con un folklorismo ajeno a las contorsiones del carnaval de Río (empezando porque no es una película carioca, sino paulista), ensamblando como puede lo que son en esencia dos películas distintas, una sobre la relación lésbica entre una blanca rica y una negra pobre, y otra sobre la crianza problemática del niño de la primera, un licantropito hijo de un sacerdote llamado Jorge Mario que crece con normalidad (salvando detalles nimios como ser encadenado en las noches de luna llena) hasta que a alguien se le ocurre hacerle probar la carne. Una película, como diría mi viejo conocido Pedro Calleja, “lenta y viciosa” (los abrazos en plano corto de las dos protagonistas son particularmente tórridos), con unos momentos musicales que paran la acción para recrearse en los sentimientos y que me hacen pensar un poco en Almodóvar, un lobito en CGI de lo más “kawaii” que desmiente un poco los supuestos mimbres terroríficos de la historia, y un elogio de la diferencia al que se quiere hacer funcionar en muchos contextos pero que habría funcionado mejor si los guionistas hubiesen trabajado más con mentalidad de montadores.


“A day”, blockbuster coreano firmado por uno de estos directores cuyos nombres, formados por palabras cortas y sencillas, me resultan dificilísimos de retener (lo cual no me pasa con los japoneses: me aprendo a la primera nombres como “Hiromasa Yonebayashi”, pero algo como “Cho Sun-Ho” me derrota) , es prueba fehaciente de que, le pese lo que le pese a los listos, la combinatoria del cine comercial no está agotada. El subgénero de “el Día de la Marmota”, consagrado en el mainstream por la homónima, en inglés, “Atrapado en el tiempo”, con Bill Murray, puede arrojar aún más variantes curiosas. No solo se trata de una oportunidad de cambiar lo que sucede para que se anule el bucle y la vida pueda seguir, como en “Al filo del mañana” con Cruise (que además añadía al estofado una guerra con alienígenas), sino que tenemos a más de un condenado del tiempo buscando lograr a la vez sus fines en conflicto con los otros. “Cahiers du cinéma” despreciará todo lo que le dé la gana la filmografía comercial de la Corea “libre”, pero ese oficio eficaz, esos giros que no se ven venir del todo, esa visceralidad para la que en Occidente parece que faltan arrestos (en Oriente parece que una demostración de emociones fuertes y que salte la sangre tienen que ir tomados de la mano), incluso esa coda final con sentimientos dulces a flor de piel y que tanto ofende la zeitgeist de los veinteañeros y treintañeros guays de hoy, son todo puntos a favor del cine asiático visto como el Hollywood de un universo alternativo, pero que está en este.


Me sorprende bastante la cantidad de comentarios negativos dedicados a “Downrange” de Ryuhei Kitamura, que sin embargo es el tipo de película que justifica una muestra fílmica como la que nos ocupa. Una serie B, con todo lo que ello conlleva (estoy seguro que  si en una película como esta se les ocurriera a los cineastas llamar a Anthony Hopkins y Emma Thompson y ponerles desarrollos de personajes al estilo de “Lo que queda del día”, los que le reprochan a “Downrange” sus personajes cutres y sus actores tirando a malos serían los primeros en quejarse), efectiva a la hora de graduar la tensión entre un momento de violencia burra y otro y capaz de sacar lo máximo de los elementos más mínimos (no olvidemos que hablamos básicamente de una carretera, un coche, cinco o seis actores y un árbol), no merece el vitriolo que se ha rociado sobre ella, a no ser que ese vitriolo sea el sustituto homeopático de la emotividad progresivamente perdida en las relaciones personales. Toda vez, encima, que el visionado fue de los más festivos del evento, gracias a ese icono de la Muestra que es desde ya Todd Acosta, personaje de la película cuyo involuntario significado en español llevó a que se coreara su nombre a cada ocasión en que intentaba burlar la vigilancia del sádico francotirador, por ejemplo buscando cobertura para su móvil gracias a su “palo selfie”. Ejemplo de un cine que toma todo su significado en un visionado colectivo, “Downrange” hace pensar en la triste era de Netflix que nos espera, cuando las películas van dejando de llegar con los filtros de antaño y cuando la sabihondez de espectadores sin nada que perder amenaza con sustituir al viejo “comité de expertos” que solía filtrar y recomendar lo que valía la pena, de manera muchas veces manipulativa e interesada, lo sé, pero con unos criterios editoriales ajenos al desfogue emocional que, ya dije, parece ser gran parte del combustible que hace arder las redes. “Downrange”, si se estrenara en Netlflix, sería vapuleada por doquier, pero en su pase festivalero me lo pasé teta, como se suele decir en claro arrebato de añoranza materna.


Mucho peor para mi gusto fue, pese a las expectativas creadas por la anterior obra del guionista y director S. Craig Zahler, “Bone Tomahawk”, el drama de acción carcelaria “Brawl in Cell Block 99”, que trata de repetir rasgos de la anterior como la narración cocinada a fuego lento, la llegada, paulatina, pero a la postre explosiva, de una violencia dura y poco complaciente, y la inevitabilidad fatalista del enfrentamiento con la muerte. Los puntos interesantes no faltan: sacar de su contexto cómico a un actor como Vince Vaughn, dejar claro desde el principio su potencial para la furia en la escena en que, habiendo sido despedido de su trabajo y engañado por su esposa, a quien se niega a poner la mano encima, destroza un coche con sus propias manos; adoptar un tono de serie B oscura, como un Carpenter más trágico, y a la vez huir de muchos de los tópicos del cine de prisiones, y enfocarlo todo como una especie de viaje a los infiernos, suena muy bien sobre el papel, pero a un servidor le pareció que la peripecia era demasiado breve para la dilatación narrativa que se aplicaba. Concedo que se comunica mejor la sensación de encierro y pérdida de libertad con un largo plano fijo en el que el protagonista está tumbado sin hacer nada que con un ágil montaje compaginando variadas acciones, pero supongo que es necesario entrar más en la propuesta de lo que yo hice. Las peleas cuerpo a cuerpo son de una violencia dura y brutal, pero el efecto de choque se atenúa a la tercera o cuarta vez que aparecen y se emplean idénticas coreografías y efectos gore. Este presunto hiperrealismo contrasta con la trama, que mejor será no analizar con rigurosa mala leche, en la que Vaughn es obligado a usar la brutalidad por Udo Kier, que tiene en sus manos a su esposa embarazada y a un “abortista coreano” capaz de hacer cosas muy feas al bebé “in utero” (este año, ya vimos como tres veces en la tarde del viernes, fue la Muestra de los embarazos chungos). A mí no me casa muy bien esa desmadrada línea argumental con la gravedad que se nos vende, como también me cuesta empatizar con un personaje que es básicamente un pedazo de carne inexpresivo, un intento de nueva encarnación del clásico “strong, silent type” que empezaron a barrer de las pantallas en los 70 judíos bajitos y parlanchines como Woody Allen o Dustin Hoffman. Si de lo que se trata es de hacer “Libertad para morir”, con van Damme, pero tomada en serio, en plan sangriento y con un sentimiento trágico de la vida, quizá prefiera ver “Libertad para morir”. Pero me consta que hay a quienes la peli de Craig Zahler sí les ha convencido.


La sesión golfa, “Mayhem”, dirigida por un tal Joe Lynch, me recordó bastante a “Bloodsucking bastards”, en el sentido de que usa el gore, en aquel caso vertiente vampírica y en este de infectados rabiosos, para ajustar cuentas con un ambiente de trabajo percibido como alienante y lleno de falsedades, haciendo pensar en a qué se dedicaron en el pasado (o en el presente) los autores de los guiones, y, por desgracia, dejando una similar impresión de chistes ya un poco gastados. Se deberá a esa supuesta falta de sentido del humor que advirtió en mí una bilbaína, pero lo cierto es que raramente considero el gore gracioso, lo respeto como recurso pero yo lo veo como una herramienta para conseguir mediante el desagrado lo que la belleza no es capaz de hacer. Que sí, que está bien desfogar la animosidad inevitable que despiertan compañeros trepas, jefes manipuladores, ladrones del mérito ajeno y demás fauna de la empresa pública y privada, pero para dejarme arrastrar por una presunta gamberrada que no deja títere con cabeza preferiría que fuera más virtuosa en lo formal o en lo narrativo. Aunque supongo que la película cumplirá su cometido si no has visto muchas del mismo tipo. El abogado protagonista, un “asiático-americano” llamado “Derek Cho” probó que, tras “Todd Acosta”, el viernes fue el día de los nombres de personajes chistosos con juego de palabras incorporado. Solo faltaron el vaquero “Johnny Melavo” y el camorrista “Armando Guerra Segura”.


lunes, 5 de enero de 2015

No tan elemental


Los árboles no dejan ver el bosque. Cuando, apenas cinco años atrás, se estrenó el “Sherlock Holmes” de Guy Ritchie y Downey Jr., casi todo el mundo se cegó con los nombres del director de pelis macarras ex marido de Madonna y del actor graciosete de “Iron Man”, jurando ante las hadas de Conan Doyle que tanta escena de acción y tanto humor mataban la esencia del personaje. Ya entonces me pareció que se exageraba. Al fin y al cabo, en los créditos se decía que Holmes y Watson eran una creación literaria de su autor y que aparecían en sus cuentos y novelas, pero no que la película se basara en estos últimos.

Es cierto que, para los cuatro raros a quienes nos gusta lo decimonónico y su morosidad, y que sabemos ver tras la parafernalia victoriana esa cara oculta que retrató obsesivamente "Walter" en “My secret life”, resulta rara una ficción tan desinhibida ambientada en tiempos tan reprimidos, pero por otro lado hay en la peli de Ritchie una vitalidad de folletín europeo, de “penny dreadful”, antes de que la serie de ahora popularizara el término en todo el mundo, y de “weird tale” ambientada en un sórdido y fascinante Londres brumoso de luz de gas con ayuda de los coloristas digitales, que desborda el marco cartesiano de los cuentos del doctor Doyle.

La saludable cara dura con que se reutilizan rasgos poco utilizados del canon como que Holmes era experto pugilista o que Watson combatió en las guerras coloniales se arriesga por momentos a convertir al detective de Baker Street y a su colaborador en “tuercebrazos” en la mejor tradición de Steven Seagal, pero tampoco se nos debe escapar que aquí la adrenalina parece sustituir como droga a la morfina con que el Holmes canónico combatía su tedio intelectual y vital, a la par que se nos ofrece el raciocinio del sabueso como una ruptura del continuo espacio-temporal, capaz de abrir ventanas al futuro o al pasado, que recuerda en ocasiones a la extraña “Revolver”, quizá la película más infravalorada de Ritchie, donde se vislumbraba el trasfondo filosófico de un director cuyo palomiterismo hace olvidar que integra, junto a Danny Boyle, Neil Marshall y algún otro, el frente más vital del cine británico frente a los cansinos Ken Loach o Mike Leigh de toda la vida.

domingo, 23 de noviembre de 2014

Trailers from hell



Los que defendemos el tráiler como género cinematográfico por derecho propio, a menudo superior a las películas que anuncia, estamos topando con evidencias que amenazan con propiciar un cambio drástico de opinión.
En primer lugar, tenemos el concepto, supongo que originado en la mente de montadores ambiciosos que quieren dar el salto al largometraje, del tráiler como “condensado narrativo” de la película. Al querer demostrar una capacidad de síntesis de un material 100 veces más largo, lo que se termina ofertando no es ya un aperitivo para dar ganas de ver la película, sino una síntesis de la cual un espectador atento puede sacar todos y cada uno de los elementos y giros argumentales, final incluido. A menudo, un servidor se tapa los ojos, como un tierno infante amedrentado por el tétrico bosque de Blancanieves, cada vez que se topa con el avance de algún título que le interesa, para no perder la ignorancia de su desarrollo cuando llegue la hora de verlo.

En segundo lugar, la agresividad de algunas distribuidoras empeñadas a toda costa en que el público de sus salas conozca los títulos que traerá próximamente a las pantallas. Como espectador habitual de la cadena Renoir en Madrid, he visto consternado la llegada de una distribuidora, Caramel Films, que literalmente bombardea al espectador con sus avances, incluyéndolos en todas las películas de la multisala. Si un servidor no ha terminado viendo al menos 10 o 15 veces los tráilers de “Ida”, “Viajo sola”, “El secuestro de Michel Houellebecq”, “La sal de la Tierra”, o, en la actualidad, “Camino de la cruz”, es que no los ha visto ninguna. Mi espíritu de contradicción se subleva. Con la excepción de “Ida” (muy estimable peli que algunos equivocadamente toman por un ejercicio de rigurosa austeridad, cuando en realidad es un guateque hedonista de encuadres chachipirulis en 1:1,33 y estética retro) o la peli de Houellebecq (rarísimo ejemplo de “post-humor” del que los no seguidores del escritor no sacarán casi nada y que gracias a un nombre sonoro en su título ha adelantado internacionalmente a pelis más interesantes), no he pasado por taquilla para ver ninguna de ellas e incluso tomo nota en mi cabeza para no hacerlo, encontrando argumentos adicionales en contra a cada repetición, hartándome de lo guay que es Sebastiăo Salgado o del Dreyer recalentado en microondas que nos quieren vender con Dietrich Brüggemann. Con una sola vez, ya me daría por enterado, o incluso con un simple cartel. Lo demás es tratar a los cinéfilos como borregos sin capacidad de atención o memoria.

lunes, 30 de junio de 2014

10 razones por las que prefiero el 35 al digital


1 – Crecí con él. Viví el final de la época en que el cine era aún una porción relevante del ocio, en la que había cines de barrio, cinestudios de programa doble o triple, antes no ya de Internet sino casi del VHS, en la que uno se sentía afortunado por pillar, en el límite de su contrato de exhibición, una copia hecha jirones y llena de rayas de tal o cual película de culto en, por ejemplo, el cine Covadonga.


2 – La luz no es igual. Ya pudo Emmanuel Lubezki capturar todos los matices del atardecer suburbano en “El árbol de la vida”, que en una copia digital solo veremos el mismo y monocorde ambiente de día nublado.


3 – Si se rueda una película en 35 y luego se transfiere a digital para explotarla en salas, en realidad no estamos viendo lo que se rodó, sino un escaneo de ello. Es como si uno va al Prado a ver “Las Meninas” y en vez del cuadro se encuentra una foto digital de una resolución cojonuda.


4 – El grano cinematográfico digitalizado es lo más feo del mundo. El verano pasado, en París, se presentaba como gran acontecimiento la exhibición en digital de “La bahía de los ángeles” de Jacques Demy, y llegué a la conclusión de que los cinéfilos jóvenes ya se perderán gran parte de la gracia estética de la nouvelle vague.


5 – Confío en que la tecnología progrese, pero todavía tengo que ver un color negro que me convenza en una copia digital. En una película como “Solo Dios perdona”, lo que tendrían que haber sido sombras insondables no pasaban, en salas, de un gris sucio.


6 – La limpieza de las imágenes digitales plantea el interrogante de por qué las mil y un partículas, rayitas e imperfecciones del fotograma de 35 mm nunca me molestaron lo más mínimo. Vamos a ver, objetivamente eran un defecto, pero daban una impresión de algo orgánico y vivo, que palpitaba, que respiraba. El digital es fiel y perfecto pero no hace sentir nada. La imagen del 35 parpadeaba. Igual que nosotros.


7 – Si les vale a los fans de vinilo, por qué no a los del 35: la proyección en película tiene una mística particular porque no podemos reproducir ni el soporte ni la experiencia en un ámbito doméstico. Con un buen proyector y una fuente de alta definición, podemos aproximarnos algo en casa a la experiencia del cine digital, con lo cual el cine se vulgariza en el mal sentido. Muchos se preguntarán para qué hace falta pagar la admisión a una sala para ver lo mismo que en casa pero con un público peor educado.


8 – Cuando se proyectaba todo en 35, a nadie se le ocurría, ni en cines, ni en festivales ni en filmotecas, organizar proyecciones en VHS o en Cinexín. Ahora que se da al 35 por fenecido, es bastante corriente encontrarte en muestras cinematográficas o en salas especializadas con DVDs escalados o formatos “avi” con todo el morro del mundo, sobre todo si se trata de títulos un poco difíciles de encontrar (o no: la propia Filmoteca Española nos coló hace poco, en el ciclo Nagisa Oshima, dos pelis cruciales suyas en Betacam Digital).


9 – El calibrado de los proyectores digitales tiene mucho peligro. Un colega me dice que vamos a ir ver oscurecerse poco a poco las películas a medida que las bombillas de los proyectores se vayan desgastando, y va a ser verdad: en la sala de los Cinesa Manoteras donde vi “August: Osage County”, en lugar de en Oklahoma parecía que estábamos en los páramos de Yorkshire.


10 – La idea de que detrás de la imagen en pantalla habia una máquina infernal y complicada, con sus cambios de bobinas, la posibilidad de fallos por parte del proyeccionista, aquel ruido del motor que se hacía necesario camuflar, daba una aureola épica, un aura ritual, al acto de visionar una película. En esto, como en muchas otras cosas, el digital es un gran desacralizador: cuanto más fácil es descargar, cuanto más fácil es proyectar, más se convierte el cine en un entretenimiento desechable. Revelar, etalonar, enlazar bobinas, eran procesos físicos casi artesanales. Para el cuarentón reaccionario que soy, solo se puede amar lo que se puede tocar con las manos.

domingo, 25 de mayo de 2014

El azul me deja frío


Dado que muchos desprecian alegremente la virtud de la objetividad en las críticas cinematográficas, me extraña que casi nadie dé el paso siguiente, reconociendo con sinceridad escribir más sobre sí mismo que sobre cine, y se centre en los motivos personales que lo posicionan a favor o en contra de una obra o de un creador determinados. Hace un tiempo le leí al difunto Roger Ebert que la película favorita de su también difunto compañero profesional, Gene Siskel, era un título tan alejado de los “top” habituales como puede estarlo “Fiebre del sábado noche”. Ahí, decía Ebert, jugaba el elemento anímico y personal: aquella vida de macarrilla bailarín de barrio, por más que Tony Manero al final renegase de ella, era la que Siskel nunca pudo vivir y por tanto le inspiraba el ensueño imposible de una existencia alternativa, más feliz y rica en experiencias. 


Yo mismo he hecho aquí mis ciertos pinitos en el tema, admitiendo que “Rojo oscuro” es la película que prefiero entre todas por un cúmulo de factores que sobrepasan su calidad intrínseca: me enternece que un artista madurito y frustrado encuentre a una pizpireta jovencita que lo lleve en su coche destartalado, me identifico con la soledad del protagonista investigando una mansión abandonada que puede simbolizar tanto la carga de un pasado familiar como una mente anclada en un momento de trauma del que no sabe salir, y, sobre todo, veo su clímax como una venganza vicaria contra todas esas madres que han obstaculizado y perjudicado el trayecto de sus hijos en la vida y han hecho de ellos monstruos a los ojos de la sociedad.


En tiempos más recientes, me he sorprendido a mí mismo detestando cordialmente películas que son objeto de admiración universal. Saludé los créditos finales de “La vida de Adèle” con un sonoro “bah”, y sin embargo luego le ha gustado incluso a un colega mío que solía girar por los pueblos de España como cantante punki teñido de rubio. Podríamos intentar explicarlo sin recurrir necesariamente a la objetividad:


1) Me parece una película improvisada que, partiendo de un concepto muy vago, llega a unos resultados más vagos todavía. Uno se pasa la vida creyendo que la ficción hay que soñarla en detalle para luego encontrarse con que 10 minutos de una chica comiendo espaguetis frente a la cámara son igual de válidos que varias horas de pensar qué encuadre, qué fotografía, qué movimiento de cámara o qué diálogo podrían expresar nuestras ideas sobre su carácter.


2) Se da por hecho que apoyar esta película es apoyar una opción sexual concreta como muestra de progresismo. Esto en España nos da un poco igual porque ya tenemos nuestra ley sobre el matrimonio homosexual, pero en Francia el debate social previo a la promulgación de la ley sobre el “Mariage pour tous” era simultáneo a la presentación de la película en Cannes y probablemente determinó el “hype” crítico que desembocó en que recibiese la Palma de Oro. No me tomen por un troglodita adversario de la homosexualidad (es más, nada de lo que suponga una zancadilla al determinismo del ADN me es ajeno), pero odio que se me obligue a admirar una obra artística por motivos ideológicos.


3) Y ya que estamos con la corrección política, me sorprende que el tema lésbico haya ocultado que estamos ante la historia de una adolescente menor de edad seducida por una persona adulta más experimentada. Si la película la hubiese dirigido Woody Allen y la pintora del pelo azul hubiese sido un hombre, todos habrían visto una apología de la pedofilia y habrían lanzado severos anatemas morales. En cambio, parece que si no hay penetración ya no te estás aprovechando de una persona más vulnerable (lo cual, si hacemos caso a la caracterización de su personaje, Adèle clarísimamente es).


4) No se me escapa tampoco que la modernidad social supuestamente encarnada por esta película topa con un concepto enormemente tradicionalista de las relaciones, con unos roles “masculinos” y “femeninos” muy definidos y una idea posesiva y absorbente del amor que quizá reflejen el contexto cultural del que parte su realizador. Se podrá argumentar que se están reflejando unos problemas universales que aparecen en cualquier agrupamiento íntimo de dos seres humanos, pero me sorprende que en una película de tres horas no se sepa hacer entender por qué Adèle acepta de tan buen grado ser una esclava de su hogar y por qué, si el sexo entre ambas es tan supercalifragilisticoexpialidoso como se nos muestra por activa y por pasiva, qué ha movido a Emma a buscar algo más satisfactorio fuera.


5) Me duele que toda esa “espontaneidad” de la película no sea sino una manera de borrar la distancia crítica. ¿Tengo que aceptar de buen grado, y considerarlo un momento conmovedor, que Adèle meta mano públicamente a su ex novia como intento de recuperarla? ¿Qué hubiésemos pensado si fuese un hombre quien hiciera eso? Podría incluso pensarse que se nos da una visión de las lesbianas como seres obsesivos y perturbados. A mí, por lo menos, me cuesta respetar a un personaje que se comporta de la manera en que lo hace Adèle durante gran parte del metraje.


6) En lo que me toca más de cerca, me escuece un poco el juicio implícito a Adèle por escoger una profesión poco auténtica en la que no cree, ¡porque estoy de acuerdo! Es posible que parte de mi antipatía hacia este personaje venga de sentirme reflejado en él: ¿una persona absorbida en su yo, prisionera de sus traumas sentimentales y que realmente no está a la altura del destino laboral escogido? ¿Y por qué no he conocido a una chica con el pelo azul?


7) No he mencionado hasta ahora el tema polémico de las escenas de sexo para que no pareciese que era mi argumento principal. Pero sí me llama la atención que, en una película que se precia de establecer una poética del titubeo y de la cristalización gradual de los sentimientos, los momentos de sexo explícito sean tan directos, tan profesionales, tan bien encuadrados, tan gimnásticos, tan parecidos a lo que un mirón masculino querría ver por la cerradura de un dormitorio. Se habla de que aportan realismo; entonces, ¿por qué no tenemos a una gordita de gafas y a una flaquita con poco pecho, o sea, a chicas que nos podríamos cruzar ahora en nuestra calle? Se pasa de una peli indie, de un Cassavetes con cámara que no tiembla, a un soft-core lésbico con todas las de la ley, donde la cámara tiembla menos todavía pero sí se espera que el pene del espectador masculino tiemble, se agite y se levante. Es una manera tan obvia como, se ha visto, eficaz de crear impacto mediático (y más aún con la supuesta polémica posterior entre director y actrices). Pero yo a la segunda escena así ya me reía, y lo malo es que hay una tercera. Ni siquiera puedo decir que nunca en mi vida me haya sentido particularmente excitado sexualmente por la vista de dos mujeres montándoselo. Ahí quizá hubiese que buscar las razones de mi frialdad.

domingo, 5 de enero de 2014

Esas palabras: "Placeres culpables"

  


Nunca he entendido el concepto de que haya que estar avergonzado de determinadas preferencias culturales o artísticas por el hecho de que no estén de moda entre nuestros contemporáneos o no te creen una imagen "guay". Yo ya no sé, dada la extraña encrucijada en que me hallo, si es más "placer culpable" una serie de anime como "Fushigi Yugi" o bien películas de Antonioni como "Blow up" o "El reportero", que son puestas a parir cien veces al día por gente enrollada que ni siquiera se ha molestado en verlas. Dentro del ámbito de la mente y la fantasía, yo no veo por qué un placer debería ser culpable; no es como si estuviera muriendo de pena un ángel en el cielo cada vez que escuchas con placer una canción de Emerson, Lake & Palmer o ves con agrado películas con títulos como "Desnudas para el asesino".


Queda un pequeño consuelo para tanta incomprensión: aquello que decía en sus memorias Buñuel sobre que un español de los viejos tiempos disfrutaba más del sexo por el mero hecho de pesar sobre él todos los anatemas y prohibiciones eclesiásticos habidos y por haber. Lo mismo podría aplicarse tal vez a estos gustos marginales, pero, careciendo uno de semejantes rémoras de culpabilidad, esa actitud le suena uno más a la superioridad de quienes, para sentir de veras placer en el campo que sea, necesitan saber que muchos otros están bien jodidos.

sábado, 14 de diciembre de 2013

"Taiyo no hakaba" (1960): El Imperio del Sol Poniente


 
Me fastidia cada vez que se escribe sin saber, por ejemplo, que Kitano inventó el género de yakuzas en Japón, o que la norma expresiva en el cine nipón es la contención y la sutileza. O que, si el próximo estreno japonés es “Una familia de Tokio” de Yamada, es porque los cineastas de allí miran más a Ozu que a rebeldes como Oshima. Por eso reconforta ver pelis con sus buenos cincuenta años que niegan todo esto. “El entierro del sol” es una metáfora apocalíptica del Japón de la postguerra, con personas que venden, no ya su cuerpo o su dignidad, sino su propia sangre. Hay peleas de bandas, violaciones, una granada oculta que puede hacer saltar todo, una mujer fuerte y buscavidas, y una burla del viejo folklore sentimental e idealista. Es un poco el anti-“Dodes’kaden”, pero anterior.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Esas palabras: "Adictivo"



Hoy por hoy, parece que el máximo elogio que se le puede hacer a una obra de ficción, o a casi cualquier creación con un desarrollo temporal, es que sea “adictiva”, o sea, según la RAE, “que, empleada de forma repetida, cree necesidad y hábito”. Lo cual deja claro que el gran modelo a imitar por la sociedad de consumo moderna es el de la toxicomanía, el consumidor sin voluntad capaz de todo para procurarse su nueva dosis. Uno, que cree en el libre albedrío y en el poder soberano de dejar a un lado un libro o una serie hasta un momento más propicio, que no desea ver colonizado su tiempo más de lo que ya está, se siente un poco molesto. Amén de que enganchar, a veces, es demasiado fácil: basta con cosquillear con picardía los bajos instintos.

domingo, 6 de enero de 2013

Mis prejuicios: Los 80


En el momento en que las hormonas inician su labor destructora, desaparece la aureola mágica de cuento que rodea nuestros primeros años en el mundo. De ahí que un servidor añore los años 70, con su sordidez, sus pantalones de campana y su hippismo de pacotilla, mientras observa con estupor el culto que la generación siguiente rinde a los 80, que siempre vio como la época en la que las fuerzas del mercado triunfaron definitivamente, en que Spielberg hacía triunfar peliculillas como “Los Goonies” y en que Occidente dio un paso atrás generalizado hacia el conservadurismo como preparación para dar la puntilla definitiva al bloque comunista. Los que sí salían por la noche entonces añoran aquella costrosa movida madrileña de punkis pijos y suelen ignorar que en aquellos años el holocausto nuclear se veía como algo factible cada nuevo día.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Mis prejuicios: Los videojuegos


Los años le van convirtiendo a uno en el enemigo. Los mismos anatemas injustos que nuestros mayores solían lanzar contra el tebeo los aplica ahora un servidor alegremente al videojuego. Claro que hay sus razones: la idea de que la inmersión directa en un universo termina haciendo obsoleta la interfaz del lenguaje; la constatación de que niños impermeables al aprendizaje organizado saben al dedillo la puntuación de cada jugada criminal de la serie “Grand Theft Auto”; la influencia cada vez más tiránica del paradigma “videojuego” sobre el resto del entretenimiento, en especial el cine; la maliciosa impresión de que muchos de quienes me rebatirían airados esgrimiendo las fascinantes aventuras gráficas que privilegian el raciocinio pasan en realidad la mayoría de su tiempo ante la pantalla ejercitándose para la III Guerra Mundial, al estilo del niño aquel de Orson Scott Card.

domingo, 8 de abril de 2012

Cine sobredimensionado

En mi repaso a la IX Muestra SyFy se me pasó mencionar que marcaba mi segundo visionado de películas en 3D desde mi hasta entonces única experiencia con “Avatar” a finales del 2009. Mis pocas ganas de repetir se confirmaron con los dos títulos de la Muestra y, una semana después, con “La invención de Hugo” de Scorsese: llamadme cuarentón resistente al cambio y tendréis gran parte de razón, pero, para mí, la gracia de la experiencia cinematográfica reside, entre otros factores, en que es plana, en que supone una codificación imperfecta de la realidad que nos permite situarnos en otro plano e interrogarla, interactuar mentalmente con ella.

En cambio, los visionados en 3D me aturden por varias razones: amén de que siento que, para procesar la estereoscopia de la película, consumo una apreciable porción de la energía mental que debería estar dedicando a seguir el guión, el sonido o la puesta en escena, siento por añadidura cierta irritación al constatar que elementos perfectamente accesorios, como por ejemplo la nieve que cae o elementos de atrezzo sin función narrativa, se convierten en protagonistas absolutos al ser utilizados para dar un efecto tridimensional, y sigo sin saber la diferencia semántica que pueda existir entre una determinada película en versión plana de toda la vida y en versión para visionar con un par extra de gafas amén de las que ya calzo; tan solo sé que la entrada me ha salido por un par de euros más y que para el dolor de cabeza voy a necesitar un par de comprimidos efervercentes de Efferalgan de 1 gramo. Mucho mejor que yo lo ha dicho el gran Jodorowsky:

“Hoy vivimos la época del cine en tres dimensiones. En un momento dado, nos pondrán de espaldas a la pantalla y saldrá una gran verga que nos violará.”


Que Martin Scorsese se suba al carro no me resulta extraño: de francotirador que llevaba la contraria a todo el mundo para sacar adelante proyectos suicidas como “La última tentación de Cristo” o incluso, aunque hoy parezca mentira dado su estatus legendario, “Uno de los nuestros”, Marty se ha trocado en un veterano complaciente con la industria, usando en este caso su pedigrí del pasado para tratar de convencer al público ilustrado de las posibilidades artísticas de las tres dimensiones y de ese modo ir pavimentando el camino para que el sistema se vaya extendiendo cual virus por todo el panorama audiovisual, incluyendo no solo las multisalas palomiteras sino también los reductos enrarecidos del arte y ensayo.

“La invención de Hugo”, vista en versión “normal” no estereoscópica, sería un cuento infantil simpático aunque poco atractivo para los niños, un remedo descafeinado y simplificado de la “Amélie” de Jeunet que trata, siguiendo la estela de su modelo, de suplir una carencia básica de argumento (a fin de cuentas, Hugo mira mucho, pero actúa muy poco) a base de estilo deslumbrante, y que desemboca, tras prometer un desarrollo fantasioso y mágico en toda una primera parte que no fue sino un señuelo, en un homenaje al pionero Georges Méliès que trata de ganarse al público más cinéfilo de una manera parecida a la de los escritores que, a base de contar las aventuras de los bibliotecarios del Círculo Polar o de los libreros de la franja de Cisjordania y Gaza, halagan el corazón de los aficionados contándoles lo especiales que son como personas por valorar los libros o, en el caso que nos ocupa, las películas antiguas.

Pero, viéndola en 3D, llega la diferencia semántica de la que hablábamos, y que consiste llanamente en establecer un paralelismo entre los valientes pioneros del cine, que veían su invento despreciado como una simple curiosidad sin futuro, y los ingeniosos artífices del nuevo 3D digital, capaces de hacer llegar un tren a una estación con mucha mayor viveza que aquel que hacía levantarse de la butaca y correr a los espectadores de los hermanos Lumière , y precursores de un sinfín de aplicaciones artísticas futuras para esta novedad de temporada.

El 3D de Scorsese, pese a lo que digan los deslumbrados por su firma y por la fascinante historia del abuelo Méliès, no tiene tanto una función narrativa como una función autopublicitaria, una demostración de virtuosismo técnico en un entorno de qualité para convencer de lo deseable de extender el sistema a todo tipo de narraciones audiovisuales futuras o incluso pasadas (no se me escapa cómo las películas de Méliès, para la secuencia final del homenaje, han sido “actualizadas” con relieve, como tampoco olvido las declaraciones de un entusiasta Marty hablando de las muchas ganas que tenía de ver “Ciudadano Kane” en 3D).

Toda expectativa que uno tuviera de encontrar en la tridimensionalidad nuevas maneras de comunicar significado o transmitir emociones choca con la realidad: como mucho, se trata de un modo de producir asombro barato del cual uno se cansa pronto, o de intentar insuflar algo de vigor accesorio a narrativas que por sí mismas carecen un poco de ellas. Por más que el hecho de que una película promocionada sobre todo en base al nombre legendario de su director se centre a su vez en homenajear a otro legendario director y tenga por tanto un tufillo molesto a autohomenaje, “La invención de Hugo” tiene tan poca fuerza en el plano de la narración, tanto gusto a plato mil veces recalentado pero insípido, como las anteriores “Shutter Island”, “Infiltrados” o “El aviador”, confundiendo el clasicismo con la convencionalidad visual y haciendo del 3D un subterfugio para disimular la falta de ideas. Scorsese, antaño el gran outsider, se ha convertido ahora en la gran metáfora de la esterilidad de una industria que busca subsistir a base de reciclaje de obras pasadas o ajenas (el hecho de que su ansiado Oscar le viniera por “Infiltrados”, remake de un film hongkonés que, sin ser la gran maravilla, lo superaba con creces, es harto significativo) o a base de prótesis tecnológicas que tratan de suplir el más irreparable de los muñones: el que deja un cerebro amputado.

sábado, 16 de julio de 2011

Flashback: Arrastrapiés (primera versión)


[Puesto que lo que sigue fue escrito a finales de los años noventa, podría considerárseme un precursor de la ola de zombis que nos invade hasta el punto de hacerles perder su valor como figura mitológica. Los muertos vivientes, hoy por hoy, son muñecos de tiro al blanco, son indios que corren a toda velocidad tras el vaquero, son iconos de un frikismo consumista que conquistó la plaza del mercado y las multisalas. Incluso es imposible ir a la sección de novedades fantásticas del Corte Inglés o la Fnac sin toparse con quince novelas clónicas de supervivencia contra los infectados, todas con la misma portada, la misma trama, el mismo estilo y, casi el mismo título. Todo lo cual me hace renegar, como buen elitista, de un subgénero antaño minoritario y ahora arrojado en los brazos impacientes del vulgo, y me disuade de volver a cultivarlo en un futuro cercano o no tan cercano. De ahí que no me importe desvelar esta fruslería, no por creer en su valor sino por dejar claro que yo lo hice primero.]


El mundo es una ruina. Lo sé porque lo he visto. Lo vi ayer, lo veré mañana y lo veo ahora. Veo bloques de apartamentos derruídos, carreteras surcadas por grietas que son casi zanjas, malas hierbas rompiendo por doquier el asfalto, suelos sembrados de cristales rotos incapaces de frenar el progreso de nuestros pies descalzos. De vez en cuando, una ola de puntos rojos nubla mi vista y el mundo exterior deja de importarme, tan sólo el hambre, el hambre que no cesa.

Los demás han ido a buscar comida, esperando, si son capaces de formular pensamientos tan articulados, hallar alguna manada famélica de animales domésticos unidos contra la adversidad o quién sabe si algún superviviente despistado. Yo me he quedado aquí, tecleando letra a letra con un solo dedo lento y torpe en mi aparatito de bolsillo, mirando las palabras desfilar y desaparecer visto y no visto por los apenas dos renglones de la pantalla, pulsando a veces el “back” para corregir faltas de ortografía. Mientras, siguiendo la música de una autorradio abandonada, Gregor baila.

Si a eso puede denominársele bailar. Sacudidas verticales, espasmódicas, del cuerpo, súbitos e inacabables giros haciendo de sus brazos laxos y colgantes una hélice perezosa, intentos de saltar culminando a menudo en una franja de piel menos y un tono cromático adicional en su complexión ya de por sí poco sana. Creo que Gregor era subdirector comercial en una empresa de plásticos, o al menos así rezaban sus documentos cuando nos encontró, de ahí que haya decidido concederle unos minutos de diversión antes de acercarme y desconectar la radio, pues de un momento a otro podrían surgir del altavoz las frecuencias sonoras empleadas por cuanto queda de la autoridad para hacer trizas cuanto queda de nuestro sistema nervioso.

Exceptuando mi sistema nervioso, claro está. Nunca he sentido mi cuerpo agitarse presa de convulsiones al sonar ninguna de las trampas auditivas, así como siempre he sido capaz de atisbar el mínimo hilo de luz que atraería sobre nosotros, en caso de interceptarlo, el fuego cruzado de varias piezas de artillería, sabiamente dispuestas y calibradas para aniquilarnos, o interpretar signos universales de peligro como columnas de polvo o de humo elevándose en el horizonte. Todavía puedo leer las inscripciones sobre rótulos, carteles y papel impreso, y comunicar sus contenidos más urgentes a mis compañeros mediante mímica que sus cerebros dañados pueden comprender. Todo lo cual me convierte en un personaje especial entre ellos, todo un líder carismático cuyas decisiones se aguardan sin aliento. En mi colegio nunca me auguraron tan brillante porvenir. Pero creo que los demás regresan. A ver, el “save”.

Da pena verlos llegar ensangrentados, chorreando color rojo desde sus bocas desdentadas hasta el último de sus andrajos, con sus larguísimas uñas partidas, dejando caer fragmentos a cada paso trastabillante. Pero, de todas maneras, la pena apenas nos sirve de algo ahora. Exteriormente, yo mismo poseo una apariencia exacta a la de ellos, el mismo pelo larguísimo que pierdo por todas partes o la misma piel gris verdoso colgando sin elasticidad de mis huesos. No tengo derecho a sentirme por encima.

Irma, mi antigua vecina de abajo, me alarga un muslo humano, largo, bien torneado y desprovisto de vello. Se lo agradezco palmeándole cordial la cabeza, lo cual le provoca un desprendimiento de cuero cabelludo. En fin, nos ha tocado en suerte este tipo de vida. Al menos he de reconocer que nunca Irma se había mostrado tan amable conmigo en tiempos pasados. Yo debía conformarme con escucharle fingir orgasmos toda la noche para contentar el ego de su marido, y con verle apartar el perfil cuando me saludaba en la escalera. Entonces nunca sonrió tanto como lo hace ahora, incluso si no tiene nada más que encías podridas para mostrar al mundo.

Porque, así es, en apariencia nuestros escrúpulos y trabas van desprendiéndose de nosotros a la par que el cabello, la epidermis, ciertos tejidos musculares y el ocasional órgano interno. No sólo se trata del frenesí danzarín de Gregor, la solicitud y simpatía de Irma o mis propias desenvoltura literaria y dotes de mando, por no hablar de esta lucidez que jamás poseí. Podrían asimismo citarse la afición por las tiendas de ropa y el travestismo del señor Vega, el canto ronco, inarticulado y minimalista de Carlota, las peleas interminables entre los ancianos señores Palladini, que no terminaron hasta que cada uno quedó reducido a un montón casi inmóvil de despojos, o la tardía vocación ingenieril mostrada por Víctor, cuyos frutos son inevitablemente toscos y chapuceros. Incluso podría aducirse que nuestra actividad depredadora obedece no a una necesidad nutritiva, tal como nosotros mismos llegamos a creer, sino a un odio soterrado y primitivo hacia todos aquellos que nos disputan el terreno y respiran nuestro aire, un odio que ahora nos es posible expresar con uñas y dientes literales. Es la guerra.

Y para esta guerra yo trato de entrenarlos, dotándoles de un sentido estratégico que compense su lentitud y estupidez, pues se impone sacar algún partido de nuestra única ventaja: el superior número. Estoy harto de verles, a los otros, burlarse de nosotros, de nuestro paso torpe y reptante, nuestra desidia proverbial, nuestra expresión de arrobo místico ante el universo que ellos toman, no sin razón, me temo, por carencia absoluta de sentido común e inteligencia. De ahí que me haya autoencomendado la misión de reeducarlos, entrenarlos de modo que nuestra próxima confrontación con los “vivos” les demuestre de una vez por todas que no sólo ellos lo están.

Aunque, a decir verdad, hasta el momento no cosecho el mayor de los éxitos. Comencé por Gregor, pensando que su amor por la danza sería fácilmente encarrilable hacia las coreografías mortales del campo de batalla. Por desgracia, el talento no siempre sigue de cerca a la devoción, y otro tanto cabría decir del frenesí rítmico y la coordinación muscular. Las sesiones de entrenamiento en las cuales yo, armado de un mango de escoba, intentaba hacer esquivar mis golpes a Gregor, solían y suelen culminar en blandos impactos y caídas por tierra, los movimientos defensivos llegando tres o cuatro minutos después, cuando él ya ha vuelto a caer en varias ocasiones. Hoy por hoy, el retardo es de casi seis minutos. Incluso he pensado en atacarlo con fiereza yo mismo momentos antes de llegar los verdaderos agresores, pero no ardo precisamente en deseos de poner a prueba tan brillante estratagema. Mis demás compañeros poseen reflejos aún peores.

Quizá haga mal en preocuparme. Al fin y al cabo, lo que tenga que suceder, sucederá, por más que hagamos para evitarlo. Nuestra condición física no es la mejor posible, por no hablar de la mental, no obstante nos aferramos a esta segunda oportunidad que, sin saber cómo, se nos ha dado, esta ocasión inmejorable de apreciar la belleza de todo lo más espantoso, los montones de basura, la putrefacción, los enjambres de moscas verdes, el aroma del plástico quemado, los centros comerciales sobre cuyas ruinas reinan las ratas, el horror de la muerte reflejado en los rostros convulsos de nuestras presas. Todo un jardín de delicias donde pasearse felices, recogiendo enormes ramos de malas hierbas.

*****


Llegando ayer tarde a una pequeña ciudad, fuimos acogidos de un modo sorprendente. Las calles de pavimento agrietado e hileras de casas inclinadas al borde del desplome se hallaban engalanadas con guirnaldas de flores negras, con banderas y tapices sobrios en sus tonalidades. Aunque el lugar estaba desierto, una música de solemnidad irrisoria y discordancia involuntaria se dejaba oír levemente, sin dejar discernir su origen. Alarmado, di orden de retroceder, pero mis seguidores dejaron entonces de serlo, permaneciendo inmóviles y expectantes, la nariz en alto, como si un vestigio de su en teoría extinto sentido olfativo los apresara y confinara en la ruinosa villa. Incapaz de hacer otra cosa, pasé mi brazo en torno a la esquelética cintura de Irma y me resolví a esperar yo también, aún no sabía muy bien el qué o el por qué.

Casi una hora después, al anochecer (cuánto lamento conservar el sentido del tiempo) el portento tuvo su signo: un batir de pezuñas a la vuelta de una esquina.

Guiado a la luz de antorchas por una andrajosa falange de enmascarados, un rebaño de corderos de lana escasa y sucia y costillas prominentes desembocó en la plaza. Varios de ellos no cesaban de tropezar y desplomarse sobre el empedrado, mientras aquellos que aún conservaban algún vestigio de fuerzas ensayaban la retirada con locura en los ojos, hasta sentirse aguijoneados y retenidos por sus lúgubres pastores.

Y lúgubres es la palabra, pues hasta llegar aquí nunca había visto un grupo de “vivos” tan entusiasmado y comprometido con la parafernalia de la muerte; sus vestimentas de seda y terciopelo, inmaculadas en su negrura; su delgadez semejando la cadavérica hasta la impudicia de mostrar, a través de diáfanos sudarios, las cordilleras afiladas de sus costillas y vértebras amenazando con fracturar la piel; el talco y los polvos de arroz en caso de que su propia palidez resultara insuficiente junto a la nuestra; el despojamiento del calzado en favor de llevar en torno al dedo gordo una anilla unida a la etiqueta con sus señas personales y su causa favorita de fallecimiento; los cercos oscuros pintados alrededor de los ojos a modo de descubrimiento anticipado de la calavera y su hueca mirada; las legiones de insectos y gusanos con derecho a transitar por cualquier región de su piel, acogedores orificios corporales inclusive.

Empleando gestos de estudiada ampulosidad, aquella caterva de locos nos daba a entender que la manada famélica nos pertenecía, por así decirlo, como justo tributo a nuestra majestad. Transmití la oportuna señal a mis huestes, eligiendo permanecer a un lado, impasible entre los quejidos de las bestias, los torpes forcejeos y las salpicaduras de sangre. Alguien surgiría para darnos la bienvenida y explicar este alarde de generosidad, si es que realmente se trataba de tal y no albergaba algún otro tipo de intenciones. Nadie apareció; no obstante, una vez saciada la falsa hambre de mis compañeros, un grupo de niños de piel translúcida, enorme cráneo y huesos quebradizos nos condujo, fanales en mano, a través de una calle casi bloqueada por un bosquecillo de arbustos que éramos incapaces de esquivar, hacia un enorme patio enlosado de mármol y sembrado de cruces cuyo portal portaba ahora la divisa “Ayuntamiento”. Reposando sobre una lápida, pierdo un nuevo fragmento de carne y escribo una nueva página. A lo lejos se distingue una hilera de luces. Tenemos visita.

He juzgado inconveniente conservar mi diálogo con el alcalde, un hombre solemne avergonzado de su gordura más que de cualquier otra cosa en el mundo. Su bienvenida oficial consistió en un discurso largo, complicado, entonado cual letanía, salpicado de fórmulas griegas y latinas y de otras palabras ajenas a mi léxico, durante cuyo curso sus acompañantes se postraron rígidos por tierra, cubriéndose con puñados de grava y exhalando breves suspiros como ensayos del último. Enfrascado en tan patética representación, creo que tardé en comprender lo que se pedía de nosotros. Al menos hasta que una muchacha adolescente pasó a primer término y se me ofreció.

Para esta gente somos dioses. Nuestro lastimoso vagabundear es interpretado por ellos como la más noble forma de inmortalidad, donde el espíritu conoce victoria definitiva sobre el innoble y caprichoso cuerpo. De ese modo, el sin duda caprichoso cuerpo de la propia hija del alcalde, pleno de curvas y sorprendentes relieves por más que afectara delgadez, se prestaba a ser desgarrado y mutilado por mis repugnantes zarpas, por mis mellados colmillos, a fin de inocular en sus venas y arterias el virus, la bacteria, o lo que sea que nos despierta a esta segunda vida más pausada y filosófica. Contraviniendo la costumbre de nuestra especie, miré a los ojos de la chica, percibiendo expectación, ansiedad, impaciencia como por perder de una vez la virginidad y así incorporarse de una vez al mundo de las personas mayores. Todo lo contrario a la aprensión o el miedo.

He rechazado la oferta. He rehusado el ofrecimiento de desenterrar a los niños muertos y despertarlos con besos feroces para que ellos mismos reúnan de nuevo a la familia en un siniestro abrazo. Me he negado a ver mi estirpe perpetuada y multiplicada, a conducirla en un éxodo sin fin hacia los confines del mundo y de vuelta, en vista de que no hay destino, ni finalidad, tan sólo arrastrarse hasta que nuestra armazón deje de sustentarse. La putrefacción y la descomposición deben ser comprendidas y apreciadas en sus ventajas si te han tocado en suerte, nunca veneradas como atributos sublimes propios de hadas o ángeles, y así lo he hecho saber al alcalde, bajo las estrellas pálidas, los fuegos fatuos compensando la luna nueva.

La decepción de aquellos hombres, e incluso su ira contenida, emanaban de sus miradas y actitudes en ondas casi tangibles, no obstante ninguno hubiese osado levantar la mano contra seres cuyo mero tacto era tabú según su cultura, por más que se anhelara una comunión íntima con ellos. Sin despedidas, cada grupo tomó su camino, ellos hacia su pequeña ciudad bautizada Necrópolis, nosotros hacia la noche negra, salpicada de obstáculos invisibles que se graban sobre nuestras tenues retinas a fuego infrarrojo, surcada por brisas vivificantes y frescas, incluso para quienes, como nosotros, son incapaces de respirarlas.

*****


El destino continúa agitándonos cual dados en su cubilete. Apresados en nuestro vagar por jinetes armados ornados de plata y oro, hemos pasado de la antesala de la Estigia a la plaza mayor de Gomorra. Dondequiera que mis ojos se posan, todo es piel contra piel, lengua contra lengua, pezón contra pezón, pubis contra pubis, y todas las combinaciones y permutaciones posibles entre todos y cada uno de estos elementos sencillos. Según puede observarse incluso desde la ventana jaspeada de la dependencia palaciega donde se nos aloja, la idea del placer en Gomorra (porque no se trataba de una figura retórica, vivimos en una reconstrucción imaginaria de la villa aniquilada por Yavé) no excluye en absoluto lo doloroso o lo repugnante, como demuestran las concubinas del sátrapa cuando descuidan sus agotadores deberes conyugales para impregnar sus rosadas turgencias de nuestro hedor y nuestra decadencia física. Ignoro los gérmenes que se desprenderán en cada uno de nuestros abrazos, pero no obstante los gomorritas saben vivir incluso sus enfermedades incurables como una fuente de voluptuosidad, manteniendo la esperanza y la realidad del goce mientras el cuerpo arda.

Sé que muchos de mis seguidores se sienten confusamente heridos en los retazos que les restan de sus convicciones morales. No pueden entender el papel que juegan en las diversiones privadas de los grandes señores, junto a cuyos inmensos lechos son instados a permanecer de guardia, portando una antorcha, un ovillo de cordel púrpura y una botella labrada conteniendo un fluido azul cielo donde nadan minúsculos pececillos, hasta el momento señalado en que se les necesita. Ni siquiera yo mismo soy capaz de hallar un gran sentido en las Olimpiadas Animales desarrolladas cada luna en plena calle bajo las órbitas vacías y vigilantes de los ciclópeos dioses patrones de la ciudad. No puede pretenderse la comprensión total de cuanto nos rodea.

Tal vez la única incomodidad seria derive del hecho de que somos prisioneros en nuestra suntuosa y sensual morada. Gregor, que sigue bailando al son del canto de las esclavas, al que se une voluntariosamente Carlota; Irma, que pasa cada vez más tiempo separada de mí, asistiendo entusiasta a las orgías teatrales del Anfiteatro; Víctor, quien ya ha visto patentadas, por otros, varias de sus ingeniosas variaciones sobre los utensilios básicos del placer; o el señor Vega, más feliz que nunca al disponer de un muestrario infinito de vestimentas sofisticadas dotadas de su propia luz en la oscuridad y sus propios elementos internos elásticos y vibrátiles; ninguno de ellos añora la llamada del horizonte jalonado por ruinas asimétricas como dentaduras deterioradas, ni hace caso a aquella sed de sangre caliente que parecía entonces la única verdad de nuestras vidas, como escribí hace varias páginas con mayor afán retórico que sinceridad. Espero de verdad llegar a acostumbrarme al boato alegre e insolente, a desempeñar con alegría mis funciones como feo juguete de vicios ajenos. A pesar de sus bastantes defectos, dudo que esta buena gente merezca el arrasador relámpago divino, pero, por si acaso, prefiero refugiarme en otros mundos que este, escuchando cada noche la voz de una niña de ojos perturbadores que viene a leerme, por propia voluntad, los episodios más subidos de tono de una de las biblias nacionales, “Las mil y una noches”. Como todos los de mi especie, soy inmune al sueño, de modo que es ella quien cae dormida, tras lo cual la arropo y acaricio su larga cabellera rubia.