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jueves, 9 de abril de 2015

XII Muestra SyFy, capítulo XV: La vida es una tarta de chocolate


No es muy corriente que la Muestra SyFy termine con su mejor película. Quizá puedan defenderse las opciones de 2006, con “Sympathy for Lady Vengeance”, o 2008, con “La niebla”, de Frank Darabont, pero por lo general se busca cerrar el fin de semana con un título comercial y “marchoso”, de ahí que hayamos incluso visto alguna secuela de “Underworld”. Que en 2015 hayamos terminado con algo tan de arte y ensayo se lo debemos principalmente al cuerpecillo serrano y lleno de curvas de Scarlett Johansson.


Puesto que no formo parte del club de fans de Scarlett, a quien suelo considerar una especie de elegida de la fortuna sin muchos obvios talentos que justifiquen dónde está, al menos supongo que, cuando le llegue el turno a Anubis de pesar a ambos lados de la balanza lo bueno y lo malo que esta chica hizo en vida, entre lo primero figurará en buen lugar haber ayudado a financiar y vender una película tan inusual como “Under the skin”, extraño ejemplo de una ciencia ficción cien por cien visual, que deja al espectador interpretar lo que está viendo sin subrayar el significado de cada escena, y que muestra un nivel de inventiva a nivel de plano como hacía tiempo que no se veía en una pantalla (por ejemplo, solo en un plano se ve la luna llena, muy pequeñita por encima del casco del motorista que sigue por todas partes a Scarlett, pero ningún miembro del público quiso aplaudir, quizá por no deslucir el magnífico encuadre… o, más probablemente, por no darse ni cuenta de que la luna estaba allí; a veces, un solo plano puede servir como microcosmos de toda una película).


El hecho de que Jonathan Glazer haya querido inscribirse en la no muy nutrida tradición británica de narración poco convencional y experimentos visuales dentro de un cine destinado a salas comerciales (Nicolas Roeg, quizá Derek Jarman, Peter Greenaway y ¿quién más?) parece haber condenado la película, pese a los desnudos de Johansson, a un prolongado purgatorio, salvando, cómo no, Francia, donde “Cahiers” la catalogó entre lo mejor del año pasado. Aquí en cambio, donde Boyero está ayudando a fomentar una cinefilia de la impaciencia donde la mera sombra de complejidad o dificultad invoca acusaciones de impostura y engaño, “Under the skin” continúa inédita en salas, que son los únicos lugares donde una película realmente existe.


Los que tengan la suerte de verse hipnotizados por la película desde sus extrañas imágenes iniciales se encontrarán con una retahíla de hallazgos imposibles de asimilar en un único visionado, desde su atrevimiento erótico hasta su innovadora música, pasando por un afán con pocos precedentes de llenar la pantalla con sentido (es sintomático el plano en el que la alienígena comehombres se ve confrontada con el hecho de la feminidad humana: nunca había visto tantísimas sobreimpresiones juntas). El proverbial aire ausente, algunos dirían que medio “colocado”, de Johansson la hace tal vez la más adecuada para un personaje que está ahí pero sin estar, o quizá este mejor dicho sin ser, en mitad de un despliegue de pirotecnia audiovisual cimentado en una realidad por momentos muy sórdida y que desemboca en un brutal desenlace que pone de manifiesto que ser humano es más difícil de lo que parece, sobre todo cuando ni el propio homo sapiens parece llegar a conseguirlo. Como se suele decir, un clásico instantáneo.

domingo, 11 de enero de 2015

El doctor Turing y su infernal máquina del deseo



Lo que normalmente hace fatigosos los biopics es la insistencia en la misma plantilla donde se hace coincidir la curva de una existencia humana: siempre tienen que estar los comienzos difíciles, donde comienza a fraguarse la lacra personal que acompañará al personaje durante toda su vida, después la ascensión meteórica, seguida de una caída en brazos de los demonios personales hasta que su fuerza de voluntad (o, probablemente, la abnegación de una gran mujer) consiguen convertirlo en un ejemplo de superación. Añadido a esto está el obvio propósito de no ofender a las familias del homenajeado o incluso a personajes principales o secundarios aún vivos, hurtando los aspectos que los harían antipáticos a un público general o a una academia de votantes.

No obstante, no seré de los que deplore no ver a Alan Turing entregado al cruising en la Inglaterra de los años 50, dando al retrato de su condición gay un carácter más explícito. La historia que cuenta “The imitation game” tampoco lo necesita, toda vez que debe de haber costado trabajo imbricar en un solo guión todas las facetas de una existencia tan singular, que abarca el devenir de la II Guerra Mundial, la lucha de las mujeres por ser reconocidas en la ciencia, el espionaje anterior a la Guerra Fría, la represión de la homosexualidad en el Reino Unido, el nacimiento de la informática e incluso de la inteligencia artificial. Sabiendo manejar bien estos ingredientes, nos encontramos con que siempre sucede, se ve o dice algo interesante, notándose la mano del director de “Headhunters” (thriller nórdico que no me canso de reivindicar) a la hora de exponer un material que podría hacerse confuso, a la par que nos encontramos con un trabajo oscarizable (y más con los Weinstein detrás) de Benedict Cumberbatch, quien corre el riesgo de encasillarse en genios excéntricos pero no deja por ello de expresar una gama de registros emocionales francamente alta.

Habrá quienes encentren un poco azucarado el romance infantil que marca la vida del matemático, así como la insinuación, algo cursi pero para mí hermosamente cienciaficcional, de que Turing busca construir con sus máquinas de inteligencia artificial la réplica de su amor muerto. El intento de hacer pensar a las máquinas va un poco más allá de la esfera emotiva, situándose casi en un ámbito divino y generando implicaciones que la película no aborda, como, en cierto modo, tampoco hace con la mayoría de los múltiples hilos temáticos que abre, quedándose en el loable logro de entretener bastante dramatizando páginas poco visitadas de la historia (ahora me entran las ganas de ver “Enigma”, con Kate Winslet, y comparar) y dando pie a mil reflexiones que podrían tener su película cada una.

Reprocho únicamente que se pase un poco de puntillas, por no deprimir a los votantes de los Óscares, por el terrible final de Turing, decisión quizá realizada en el montaje, pues en la película pueden verse claramente indicios anteriores que llevan a él. En la primera aparición del científico se ve que tiene cianuro en su laboratorio, y en su intento de ser más sociable y ganarse a su plantilla de criptógrafos les reparte las mismas frutas que terminarían siéndole fatídicas. Pero al parecer no se podría terminar una película con su héroe mordiendo, cual Blancanieves, de una manzana envenenada.

sábado, 10 de enero de 2015

El fiel fracasado


Pocos cineastas, junto con José Luis Garci y ahora Isabel Coixet, han sido un blanco tan fácil para el tipo de público ahora denominado “hipster” como James Ivory. Considerado un especialista en exquisitos y aburridos dramas de época cuyas representaciones del deseo frustrado parecen imbuidas de una paradójica falta de pasión, ha sido sin embargo una figura, si no genial, desde luego muy curiosa, desde sus inicios indies en la India (valga la redundancia), pasando por una etapa casi flirteante con el underground que era capaz de narrar el descenso a los infiernos de la civilización de una tribu indígena que cae en los dominios de una mansión abandonada (“Salvajes”) o las orgías hollywoodenses de tiempos del cine mudo (“Fiesta salvaje”).

Es posible ver “Lo que queda del día” como una ficción consoladora para quienes han descuidado su propia vida en aras de una misión o un deber personal, o incluso como una pequeña requisitoria contra una clase trabajadora que traicionó sus deberes políticos (simbolizados de una manera hoy en día desprovista de claroscuros a través de la negativa a delatar al señor de la mansión, colaboracionista nazi) a la par que su verdadera esencia como persona (el amor nunca declarado ni asumido por Emma Thompson, mujer que a un servidor hubo una vez que le gustó bastante, y hoy se pregunta por qué), sin conseguir nunca nada por ello.
Ivory, pese a querer articular una crítica de las lacras del autocontrol, parece creer bastante en sus virtudes, quizá porque, como americano anglófilo, parece haber asumido demasiado bien unas reglas del juego que los británicos nativos preferirían dinamitar desde dentro. La condición homosexual del cineasta parece arrojar también cierta luz sobre la temática de la conservación de las apariencias y el mantenimiento de pasiones inconfesadas, pero guardando cierto pesimismo sobre las posibilidades de un “outing” y cuidando bien de que el cuento de trasfondo progresista no chirríe a los ojos del público no contemporáneo de los eventos, pero casi, a quien el producto parece dirigido. De ahí que Ivory caiga mal a los hedonistas: le interesan demasiado los engranajes de la represión como para soñar con romperlos.

lunes, 5 de enero de 2015

No tan elemental


Los árboles no dejan ver el bosque. Cuando, apenas cinco años atrás, se estrenó el “Sherlock Holmes” de Guy Ritchie y Downey Jr., casi todo el mundo se cegó con los nombres del director de pelis macarras ex marido de Madonna y del actor graciosete de “Iron Man”, jurando ante las hadas de Conan Doyle que tanta escena de acción y tanto humor mataban la esencia del personaje. Ya entonces me pareció que se exageraba. Al fin y al cabo, en los créditos se decía que Holmes y Watson eran una creación literaria de su autor y que aparecían en sus cuentos y novelas, pero no que la película se basara en estos últimos.

Es cierto que, para los cuatro raros a quienes nos gusta lo decimonónico y su morosidad, y que sabemos ver tras la parafernalia victoriana esa cara oculta que retrató obsesivamente "Walter" en “My secret life”, resulta rara una ficción tan desinhibida ambientada en tiempos tan reprimidos, pero por otro lado hay en la peli de Ritchie una vitalidad de folletín europeo, de “penny dreadful”, antes de que la serie de ahora popularizara el término en todo el mundo, y de “weird tale” ambientada en un sórdido y fascinante Londres brumoso de luz de gas con ayuda de los coloristas digitales, que desborda el marco cartesiano de los cuentos del doctor Doyle.

La saludable cara dura con que se reutilizan rasgos poco utilizados del canon como que Holmes era experto pugilista o que Watson combatió en las guerras coloniales se arriesga por momentos a convertir al detective de Baker Street y a su colaborador en “tuercebrazos” en la mejor tradición de Steven Seagal, pero tampoco se nos debe escapar que aquí la adrenalina parece sustituir como droga a la morfina con que el Holmes canónico combatía su tedio intelectual y vital, a la par que se nos ofrece el raciocinio del sabueso como una ruptura del continuo espacio-temporal, capaz de abrir ventanas al futuro o al pasado, que recuerda en ocasiones a la extraña “Revolver”, quizá la película más infravalorada de Ritchie, donde se vislumbraba el trasfondo filosófico de un director cuyo palomiterismo hace olvidar que integra, junto a Danny Boyle, Neil Marshall y algún otro, el frente más vital del cine británico frente a los cansinos Ken Loach o Mike Leigh de toda la vida.

sábado, 23 de marzo de 2013

X Muestra SyFy: La taberna del irlandés


La idea del alcoholismo como manera de conjurar los monstruos de un universo hostil es incorrecta pero no de las más valientes, y obviamente surge de mentes no desarrolladas en un hogar donde la entrada trastabillante de un progenitor con aroma etílico evocaba todos los nombres del miedo, pero en Irlanda no lo ven así, como prueba “Grabbers”, que trajo a la Muestra un aire a lo John Ford (séase, el John Ford defensor de la botella, la bravata y el machismo primordial) y al menos ofreció cierto don narrativo presentando la amenaza alienígena y supo capturar una atmósfera de alegría gregaria no muy lejana a la que se respira en un festivalillo del género, pero uno no puede evitar imaginar que la pareja unida en final feliz gracias al alcohol terminará como la de “Días de vino y rosas”.

lunes, 18 de marzo de 2013

X Muestra SyFy: Encefalograma plano en el East End


Decidí comentar la Muestra desde nadir hasta cénit, conque le toca a “Cockneys vs. zombies”. Momento de desolación personal para un servidor como lo fue en 2012 “Lobos de Arga”, esta demostración de lo fácil que es hacer una cult movie festivalera hizo poco por paliar mi hastío ante el creciente agotamiento del filón muerto viviente a base de un humor de garrotazo y tentetieso realmente facilón y un tono narrativo monocorde que, al cabo de media interminable hora de velocidad forzada, me hizo añorar “Desierto rojo” de Antonioni. Llámenme gafapasta, pero el mínimo común denominador dejó de entretenerme hace tiempo. Amén de que odio la Inglaterra profunda, que encuentro sórdida y fea a rabiar. No es que desprecie las comedias de terror, es que directamente a esta no le veo la gracia. “Tucker and Dale”, esa era otra cosa.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Ken Russell (1927-2011)


No hay mucho futuro para los iconoclastas en los museos ni en las academias: si, a apenas 18 años de su muerte, se puede dar a un grande del siglo XX como Frank Zappa, que en vida tuvo pocos pero grandes admiradores, por virtualmente olvidado, no quiero ni pensar qué pasará a partir de ahora con Ken Russell, sinónimo de mal cineasta para la crítica más petarda y que ni siquiera en sus últimos años pudo ver editados en vídeo doméstico con un mínimo de calidad títulos suyos del calibre de “El mesías salvaje” o “Los diablos”.

Ya hablé de Ken Russell aquí y aquí, y no deseo repetir la mayoría de lo que ya dije mientras el abuelo aún vivía. Cuando yo empezaba a ver cine y a leer libros y críticas, la cantidad de bilis vertida de ordinario sobre el bueno de Ken me hacía pensar que, cuando ponía de acuerdo en su contra a tantas personas cuya opinión yo no solía respetar, algo bueno tenía que haber hecho. Los que le tachaban de histérico y excesivo parecían ignorar que nuestra vida civilizada, razonable y encarrilada necesita vías de escape, siquiera en el arte, y que, si uno ha de ser sensato, equilibrado y riguroso incluso en el tipo de arte que disfruta, y no puede tolerar que los demonios de la imaginación se desmanden, es que la distopía de Orwell ha llegado y los barrotes de una cárcel infinita e invisible se cruzan en nuestro cerebro.

Ken Russell era un romántico de la vieja escuela, de los que sentían ganas repentinas de nadar desnudos en pleno invierno y lo pagaban muriendo ahogados o de pulmonía. Siempre he encontrado gracioso que los detractores de “Gothic”, la peculiar versión “made in Russell” de la legendaria noche en Villa Diodati que dio origen a todas las leyendas del terror moderno, señalen con particular inquina, como ejemplo preclaro de los delirios irresponsables de su director, la escena en la que un Shelley muy drogado ve a una mujer desnuda con ojos en el lugar de los pezones; reproche que ignora el hecho de que Shelley mencionó una visión similar en sus diarios de la época. Si se quiere hablar de los románticos desde dentro, poniéndose en su piel, el desmelene es inevitable; de otro modo, se termina haciendo un “Remando al viento”, es decir, una película desprovista de la vulgaridad entusiasta de Russell pero que reduce a sus poetas excéntricos a objetos de una exposición prestigiosa, huecos y sin vida.Otra película comúnmente denostada, “La pasión de China Blue”, guarda sin embargo, bajo su atmósfera complacientemente sórdida y sus golpes de efecto burdos, una mirada sociológica sobre la vida erótica del ciudadano medio y un humanismo a la hora de tratar temas casi tabúes en el cine como puede ser el de la sexualidad de la gente anciana que costaría encontrar en las obras de autores más “serios”.

Y en cuanto a la conexión con la música clásica, se me quedó en el tintero de mis artículos anteriores que, en mi opinión, Kubrick no habría filmado “La naranja mecánica” tal como la conocemos sin el precedente de Ken Russell y sus documentales de la BBC. La Novena de Beethoven ilustrando ahorcamientos, estatuillas de Cristo desnudo bailando, o Rossini marcando el ritmo de coitos a cámara rápida, parecen ideas del tío Ken. Siempre agradecí a Kubrick mostrarme que la música clásica podía asociarse a emociones fuertes y contemporáneas, pero eso ya lo había hecho antes Russell, a la par que ese estilo visual que hoy se ve desfasado pero que para mí encapsula el vigor de una época que, quizá por coincidir con mi niñez perdida, añoro desesperadamente.

Ahí tal vez resida la clave de mi identificación con un cineasta por el que se tiene tan poco respeto: su creatividad incontinente, a menudo sin filtros de coherencia ni de rigor, es la energía primordial del universo tal como pasa por los ojos y la mente de un niño grande; esa misma energía primordial que Ken hizo estallar en los fotogramas de “Un viaje alucinante al fondo de la mente”, que sobre el papel debía haber sido un manifiesto new age hasta que la Warner cometió la insensatez genial de darle el guión a un artista gamberro, a todo un precursor del punk que sin embargo amaba la música clásica y las bellas artes.

Hasta siempre, Ken. No todo lo que creaste fue igual de bueno, e incluso podría decirse que bastante de ello fue más bien malo, pero hiciste lo que te dio la gana, y, con tu entusiasmo insensato, iluminaste desde la pantalla la oscuridad de un mundo conformista, previsible y cuadriculado. Quizá se te termine olvidando, pero estuviste ahí. Otros, pese a su constante presencia en las carteleras, la prensa y las conversaciones de la gente culta, no llegaron a estar nunca de verdad.

miércoles, 9 de marzo de 2011

VIII Muestra Sy Fy de Cine Fantástico, primera parte


Me alegra pensar que, pese a todo, no soy un amargado: el comienzo de la Muestra Sy Fy, a pesar de que inauguren con una peli de Matt Damon, de que la organización falle, de que cada vez sustituyan más las copias en 35 por proyecciones digitales a menudo no muy buenas, de que no repartan chocolatinas a la salida o de que programen demasiados títulos ingleses, incluso a último momento, me tiene razonablemente feliz. De jóvenes también veíamos las pelis del videoclub, a veces infames, en condiciones también infames, y no nos quejábamos. Para un cuarentón decadente, hace ilusión volver a hacer cola a la salida de cada sesión, entrar corriendo a buscar un sitio en la fila seis o siete, cenar en la calle a base de pastelitos comprados al peso y de chucherías hipercalóricas para aguantar el maratón, y de constatar, hablando con los rostros familiares de cada año, que, o todos tenemos mucha idea a nuestra manera, o somos todos unos ignorantes sin remisión.

Al menos no está Leticia Dolera, que apareció en forma de vídeo como el profesor Brian O’Blivion y mostró a las cámaras su verdadera naturaleza de elfa fea al estilo de Nuala en “Sandman”. Lo malo es que su sustituta, Alexandra Jiménez, o bien sufrió un repentino ataque de miedo escénico, o se tomó a mal alguna respuesta del público. En todo caso, es una chica que debería comer un poquito más. La organización sabe que los frikis necesitan adorar a las chicas, pero que es necesario hurtárselas un poco, porque un friki con chica ya no es un friki: el Palafox se vaciaría y todos estaríamos en una multisala llevando a dos o tres críos peores que Damien a ver “Enredados” en 3D. Yo al menos me consuelo pensando que, cuando me miro al espejo, aún no puedo encasillarme en ninguno de los dos modelos, a saber, Guillermo del Toro, si eres treintañero, o Donald Pleasence, si pasas de los 40. Quizá haya aún esperanzas para mí.

La ausencia de chicas en mi vida actual es la clave de mi incomprensión hacia la peli inaugural, “Destino oculto”. No puedo entender (aunque cuando he lidiado con mis chicas tampoco lo comprendía) que un vínculo pasajero con otra persona te convierta en el centro del universo y borre tu destino predeterminado hacia un porvenir de posibilidades infinitas. Nuevamente Philip K. Dick es la coartada, en esta ocasión para un producto bienintencionado que, con su look intemporal, sus nulas ganas de innovar o de perturbar y su factura correcta, quizá guste a aquellos cuyo concepto de una buena película coincida al 100% con lo que se hacía en los años 40, pero deje fríos a quienes no ven suficiente un aire superficial a “Origen” y una alabanza más o menos encubierta a Barack Obama como ángel negro que viene a romper el plan prefijado por la vieja América blanca de Wall Street desde el final de la II Guerra Mundial. Pero ya os digo: tal vez si tuviese a una Emily Blunt en mi vida pensaría otra cosa.

En todo caso, Emily Blunt, comparativamente, es una importación británica maravillosa. En cambio, toda esta nueva ola inglesa de terror con trasfondo social, que ya nos dio hace un par de años “Eden Lake”, va flojeando bastante. “Cherry Tree Lane” trae a unos peligrosos adolescentes en una misión de venganza a un hogar de clase media, donde maniatan al marido, violan a la mujer y torturan al hijo, que declaró contra un miembro de la pandilla y facilitó su encarcelamiento. Paul Andrew Williams debe haber descubierto en algún momento que mantener mucho tiempo un primer plano produce incomodidad, y que no ver los sucesos violentos que acontecen fuera de campo puede inquietar más que presenciarlos, pero la insistencia en una gama muy limitada de recursos termina por fatigar, y lo burdo del subtexto sobre la diferencia de clases no realza, como sí hacía en “Eden Lake”, las carencias de su discurso “visceral”. Amén de que “Eden Lake” estaba como veinte veces mejor rodada.

Para eso, mejor ver “Salvage” de Lawrence Gough, casposillo híbrido entre película de infectados (copias a George A. Romero incluidas) e intento de denuncia política al estilo del primer Greengrass. El hecho de que la película viniese a sustituir en último momento a “Tucker & Dale vs. Evil”, de que se proyectó ¡en DVD! y de que la copia venía subtitulada en portugués (con momentos impagables de aprendizaje lingüístico como “Grande cabra” o “Porra”) convirtieron el pase en un pequeño cachondeo al que en cierto modo contribuían los sórdidos actores protagonistas y la dirección de ciertas situaciones sin complejo alguno. Pero claro, ver este tipo de películas un tanto cutres en pantalla grande ya no es lo normal, y se agradece bastante.

También digital, pero con mayor calidad, fue la proyección de “Thirteen assassins” de Takashi Miike, intento simultáneo de retomar las viejas aventuras de duelos con katana (de hecho, se trata de un remake más o menos encubierto de “Los siete samuráis”) y de hacer morder el polvo a la matanza de los Crazy 88 en “Kill Bill”, pero con denominación de origen nipona. Aunque uno tampoco es un entusiasta de Miike, al no creer que mostrar degeneración y locura suponga en sí mismo una garantía de calidad, hay que reconocer que sus momentos “enfermos” fueron eficaces a la hora de retratar el mal contra el que luchan el grupo de héroes, si bien la minuciosa preparación de la venganza, muy dura de seguir para el público fandomita sin costumbre de aguantar títulos como “47 ronin” de Hiroshi Inagaki, hizo roncar a más de uno, y en concreto a mi lado. Una vez iniciada la masacre, bastante más embarullada, por cierto, que las de los clásicos, el público ya se sintió satisfecho del todo, y es que uno siempre acude a este tipo de citas en busca de un poco de violencia.

Un servidor había depositado ciertas esperanzas en “Shadow” de Federico Zampaglione, en busca de ese relevo generacional para el terror italiano que tanto se necesita dada la desbandada a otros géneros de Soavi y el estado no muy boyante de los pocos veteranos supervivientes, evidente en esta misma Muestra a raíz del pase de “Giallo”. La película tiene sus luces y sombras: su solvencia técnica es clara, su dirección artística, con un subterráneo gótico casi como los de antes, fascina a cada plano, y varios momentos de terror e inquietud son francamente eficaces, sin olvidar los toques surrealistas, todo ello alrededor del impagable y siniestro personaje calvo cuya naturaleza, ay, se nos deja demasiado clara. Incluso la música recuerda por momentos a los entrañables Goblin, con un temazo reiterativo al mejor estilo de “Tenebre” o, aunque fuera de otro grupo, de “Shock”. Lo malo es que la cadena de influencias se ha roto: Zampaglione no mira tanto a sus compatriotas como a las modas del momento, a los “survival horror”, a los “Hostel” de turno o incluso a los “Saw” (de hecho, no resulta muy difícil imaginar una saga de varias películas alrededor del personaje de “Mortius”), y las ganas de quedar actual con una última sorpresa relacionada con la guerra de Irak provocan una cierta sensación de vacío, de una oportunidad desaprovechada, aunque, tampoco mintamos, “Shadow”, si la cotejamos con el resto de títulos puramente de terror vistos en la Muestra, termina destacando, por su acabado estético puramente europeo, su contenida extravagancia (uno a veces hasta pensaba en Jeunet) y sus sugerentes apuntes no desarollados. Por último, merece la pena mencionar que el ayudante de dirección era Roy Bava, hijo de Lamberto y nieto de Mario, en lo que es ya la cuarta generación de una mítica familia cinematográfica.

domingo, 17 de mayo de 2009

Vacaciones para olvidar


La crítica cahierista dejó, entre sus muchas herencias envenenadas, la conversión del canon fílmico en una mera acumulación maniquea de filias y fobias, de amiguismos y antipatías. De ese modo, como a Truffaut le caía bien Hitchcock, todas sus películas eran buenas, mientras que, al caerle mal Huston, todas sus películas eran malas. Va uno dándose cuenta de que la política de autores necesita su reverso tenebroso, sus “antiautores” que, hagan cualquier cosa, siempre la harán mal, para hacer brillar con mayor fulgor a los autores de verdad. No puede haber ángeles sin demonios.

Por eso, entre los cineastas británicos modernetes, se ve como el “malo” a Danny Boyle (y con mayor encono ahora, al aparecer como un vendido a la industria y a los Oscar), mientras que el “bueno” es Michael Winterbottom. Boyle sería el comercial, el dedicado a una vistosidad superficial en cámara y montaje, todo impacto y nada de reflexión, tanteando por todos los géneros en busca de taquilla, mientras que Winterbottom sería el experimental, centrado en el contenido más que en la forma, y con un eclecticismo movido más por imperativos artísticos internos que por poner el objetivo en el público.

Lo cierto es que Michael es mucho más ONG: sus desheredados mueren por asfixia en la bodega de barcos no habilitados para el pasaje o son internados por error en Guantánamo; en cambio, Boyle los presenta enriquecidos por los últimos billetes previos al euro o por el azar risueño de un concurso televisivo (aunque también podríamos dar la vuelta al argumento con facilidad: Winterbottom lleva a la soleada Italia las angustias de burgueses acomodados, mientras Boyle, en la mísera Bombay, se ocupa de niños sumergidos literalmente en la mierda o mutilados para mendigar). Y tampoco olvidemos el juicio sumarísimo de las categorías: Winterbottom hace “películas inclasificables” y Boyle aspira a hacer prosaico cine de género.

Pero ¿es oro todo lo que reluce? Entre medias de sus pelis “concienciadas”, Winterbottom se dedica a retratar el hedonismo risueño del sonido Manchester o a alternar felaciones y eyaculaciones reales con canciones de Franz Ferdinand o Primal Scream. Su desaliño visual está más estudiado que un despeinado de peluquería, y no es óbice para que los resultados sean más interesantes que eficaces. A poco que se pare uno a pensar, tanto él como Boyle son caras de una misma moneda, con la salvedad de que el primero dedica más energías a conservar su credibilidad indie que a trabajarse sus historias.

Parece que la postmodernidad es el estilo de no tener estilo, de beber de mil fuentes sin bañarse en ninguna. Boyle busca fotocopiar el cine de muertos vivientes o de aventuras espaciales; Winterbottom aspira a copiar en lienzo, con una técnica pictórica justita, el western, la adaptación literaria, o cualquier película favorita que se le ponga a tiro o venga sugerida por los escenarios o ambientes.

Resulta irónico que, en aras de un progresismo mal entendido, se entienda la dinámica vistosidad de “Slumdog millionaire” como un vulgar recorrido de autobús turístico, mientras que las únicas secuencias con verdadero empaque visual de “Génova” sean las ambientadas en sus laberínticas y sórdidas callejuelas, incidiendo en una visión de Europa como lugar amenazador que resonaría con fuerza en el público estadounidense, compatriota de las dos niñas protagonistas.

Es un ejemplo de la referencialidad postmoderna como campo abonado para la confusión de los mensajes: lo que pretendía Winterbottom era ofrecer una versión amable de “Amenaza en la sombra” de Nicolas Roeg, oponiendo a la luminosidad mediterránea el contrapunto triste de callejas lóbregas y un fantasma, sin pensar en que introducir elementos argumentales sugestivos sólo para añadir sabor al guiso, sin considerar a fondo sus implicaciones, es tan frívolo como reciclar el mecanismo de un concurso televisivo para generar suspense.

Otro ejemplo de los peligros de lo cool a cualquier precio lo tenemos en la secuencia playera. Dado que el leit-motif musical de la película es el “Estudio No. 3” del Op. 10 de Chopin, ¿por qué no quedar guay poniendo como fondo la versión que de él realizó Serge Gainsbourg, con aire cutre-disco veraniego ochentero, y además cantada por su hija Charlotte cuando era pequeña? Buena idea, ¿no? El único problema es que la canción trata sobre el incesto padre-hija, lo cual, sobre imágenes de una niña de diez años en bañador, podría causar incomodidad a algunos. Pero, amigos, Gainsbourg es Gainsbourg, y si sirve para introducir una tímida dosis de incorrección política en una peli totalmente inocua, mejor que mejor.

Sobre todo porque la película es un concepto sin demasiado desarrollo. La idea de olvidar una pérdida familiar mediante un viaje a latitudes más cálidas es de las más explotadas en el cine, pero era tentador enfocarla como un ejercicio de estilo, como una improvisación sin guión, a lo nouvelle vague. El problema es que, para salir airoso del desafío, el cineasta debe ser un buen generador de acontecimientos, o poseer un ojo de águila capaz de captar la belleza fugaz en lo mundano. Ahora bien, si confundimos el lugar común con la espontaneidad (esos debates universitarios) o consideramos que el encuadre tembloroso y sin intencionalidad es el único antídoto al postalismo, mal andamos.

Y además me viene a la mente otra peli reciente que también evocaba el espíritu de “Amenaza en la sombra” y planteaba parcialmente idéntica lucha contra el dolor de la pérdida.“Vinyan”, aquella película que tantas protestas suscitó en la VI Muestra Sci Fi, ejemplifica un cine más oscuro, más pretencioso si queremos, pero comparte con “Génova” un concepto del rodaje como escritura, de la búsqueda del momento, que, sin estar logrado al cien por cien, sí lograba a ratos esa implicación del espectador que Winterbottom nunca logra, en parte por su distanciamiento de sus figuras, en parte por el concurso de un Colin Firth que parece convertir en comedia romántica cada plano en el que aparece, en parte por nuestra sospecha inquietante de estar ante la versión indie, con toques dramáticos, de “Un buen año” de Ridley Scott, un proyecto vacacional entre guiones más serios que se quiere vestir de sesuda reflexión. Era una buena oportunidad para hacer valer la ligereza sabia contra la introspección atormentada, pero, puesto a revisar algún año una de las dos, me quedo con la de du Welz. Y con “Slumdog”, por supuesto.