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lunes, 5 de enero de 2015

No tan elemental


Los árboles no dejan ver el bosque. Cuando, apenas cinco años atrás, se estrenó el “Sherlock Holmes” de Guy Ritchie y Downey Jr., casi todo el mundo se cegó con los nombres del director de pelis macarras ex marido de Madonna y del actor graciosete de “Iron Man”, jurando ante las hadas de Conan Doyle que tanta escena de acción y tanto humor mataban la esencia del personaje. Ya entonces me pareció que se exageraba. Al fin y al cabo, en los créditos se decía que Holmes y Watson eran una creación literaria de su autor y que aparecían en sus cuentos y novelas, pero no que la película se basara en estos últimos.

Es cierto que, para los cuatro raros a quienes nos gusta lo decimonónico y su morosidad, y que sabemos ver tras la parafernalia victoriana esa cara oculta que retrató obsesivamente "Walter" en “My secret life”, resulta rara una ficción tan desinhibida ambientada en tiempos tan reprimidos, pero por otro lado hay en la peli de Ritchie una vitalidad de folletín europeo, de “penny dreadful”, antes de que la serie de ahora popularizara el término en todo el mundo, y de “weird tale” ambientada en un sórdido y fascinante Londres brumoso de luz de gas con ayuda de los coloristas digitales, que desborda el marco cartesiano de los cuentos del doctor Doyle.

La saludable cara dura con que se reutilizan rasgos poco utilizados del canon como que Holmes era experto pugilista o que Watson combatió en las guerras coloniales se arriesga por momentos a convertir al detective de Baker Street y a su colaborador en “tuercebrazos” en la mejor tradición de Steven Seagal, pero tampoco se nos debe escapar que aquí la adrenalina parece sustituir como droga a la morfina con que el Holmes canónico combatía su tedio intelectual y vital, a la par que se nos ofrece el raciocinio del sabueso como una ruptura del continuo espacio-temporal, capaz de abrir ventanas al futuro o al pasado, que recuerda en ocasiones a la extraña “Revolver”, quizá la película más infravalorada de Ritchie, donde se vislumbraba el trasfondo filosófico de un director cuyo palomiterismo hace olvidar que integra, junto a Danny Boyle, Neil Marshall y algún otro, el frente más vital del cine británico frente a los cansinos Ken Loach o Mike Leigh de toda la vida.

miércoles, 1 de enero de 2014

10 razones por las que se suele odiar a Herbert von Karajan



1 – Se le considera el epítome del egocentrismo y clasismo de los maestros orquestales (bien conocida es la anécdota del filarmónico berlinés quejándose de que hubiese dos servicios para la orquesta, uno exclusivo para Karajan y otro “para el resto de los hijos de puta”).


2 – Para muchos simboliza el derechismo alemán superviviente de la época hitleriana (no es que hubiese tenido un carnet del partido nazi, es que tuvo dos: el alemán y el austriaco).

3 – Los forofos de la interpretación HIP consideran que todo lo que pasaba por su batuta terminaba sonando a Wagner ( y no digo ya si ponía sus manos en el sacrosanto barroco).

4 – Los detractores del “gran repertorio” piensan que fosilizó la lista de obras que se suelen interpretar, centrándola de modo nacionalista en la música alemana y austriaca.

5 – Se le reprocha hacer poco caso a los clásicos del siglo XX (salvando su discutido álbum Schoenberg-Berg-Webern… y dos sinfonías de Honegger).

6 – Se ridiculiza su puesta en escena solemne, cimentada en sus colaboraciones fílmicas con Henri-Georges Clouzot, donde nació la peculiar iconografía del director que ¡no mira a los músicos!

7 – Los buscadores de la verdad artística dicen que para él lograr un sonido bonito pasaba por encima de cualquier otra consideración.

8 – Es visto como el gran pionero de la mercadotecnia en la música clásica, vendiendo discos básicamente a base de un nombre y una foto.

9 – Los elitistas de pro, que desearían que la música clásica fuera privilegio de unos pocos, le tienen rencor por haber llenado las estanterías del populacho de sinfonías de Beethoven.

10 – Los miembros de la Filarmónica de Berlín se veían obligados a reírle, durante los ensayos, sus chistes malos sobre Willy Brandt.

miércoles, 3 de abril de 2013

Jesús Franco (1930-2013)


 
Los puristas plomizos lo veían como un insulto al cine. Los frikis terminales incapaces de disfrutar de una peli si es buena lo tenían en un pedestal un tanto inmerecido. Yo mismo, cuando afirmo que los niñatos de hoy no saben lo que es una mala película, suelo tener en mente varios ejemplos del viejo Jess, y sin embargo guardo un cierto cariño hacia su figura como emblema de mi aprendizaje cinéfilo y por asociarla a épocas comparativamente más felices de mi vida. Me fastidia, no obstante, el culto que los progres le rinden solo por ser una oveja negra, un vividor canalla que escapó de la España franquista, cuando yo lo prefiero como joven firmante de los terrores y thrillers a lo Welles en blanco y negro que él mismo repudiaba quizá por recordarle lo que pudo haber sido.

sábado, 29 de diciembre de 2012

Mis prejuicios: Los puristas


Anoche leí que György Ligeti era un gran fan de Supertramp. Toda la vida imaginando al maestro transilvano como una especie de Severus Snape de los cursos de Darmstadt, capaz de fulminarte con una de las fórmulas científicas de su pizarra si le proponías algo mínimamente parecido a un intervalo consonante, y luego el abuelito se emocionaba con los falsetes de Roger Hodgson. También decían que los programas televisivos favoritos de J.D. Salinger eran cosas del estilo “La ruleta de la fortuna”; toda la noción de que tus valores como artista, o como persona, deben reflejarse en tus gustos debería examinarse con lupa. A los cinéfilos responsables solo les gustan el expresionismo alemán, John Ford o Mizoguchi. Incluso hay un purismo de la caspa: van Damme o Seagal pueden valer, pero ponme una de Antonioni y te dejo de hablar.

sábado, 15 de diciembre de 2012

"Memories of Matsuko" (2006)


Algún francés vería en los 50 dos películas de Mizoguchi y una de Ozu y decidió sin más que las esencias del cine japonés eran contención, sutileza y ritmo pausado. Luego, al encontrar su primer Suzuki o Masumura, uno piensa que alguien le mintió. Tetsuya Nakashima es otro de los que se orinan desde la Torre de Tokio en esta idea preconcebida. “Memories of Matsuko” es una “Amélie” que contrasta el optimismo risueño con malos tratos, prostitución, violencia y suicidio, mediante una paleta recargada de colorines, encuadres abigarrados, guiños constantes al J-Pop y al musical clásico y un melodramatismo sin complejos ya desde los créditos en romaji, emulando a los del Hollywood de los 50, en un juego inagotable de ironías sobre el influjo del cine occidental. Un descubrimiento para paladares eclécticos, no recomendado para puristas forofos de Mikio Naruse.

lunes, 29 de agosto de 2011

Leone 64: Per un pugno di dollari


Ahora que algunos, a caballo del progreso tecnológico y las descargas gratuitas, dedican horas de pensamiento a poner en duda la noción misma de los derechos de autor, resulta interesante considerar el caso de Sergio Leone y “Por un puñado de dólares”, que pese a fusilar concienzudamente el planteamiento y la estructura de “Yojimbo” de Akira Kurosawa, es vista hoy como un clásico por derecho propio. Leone sabía muy bien lo que estaba haciendo, pero también tenía la respuesta preparada: Kurosawa habría tomada prestada la idea de “Arlequín, servidor de dos amos”, del italiano Carlo Goldoni, con lo cual el concepto original, por así decirlo, volvía a casa, o, dicho de otro modo, robando a un ladrón parece que el delito lo es menos.


Claro que, en el fondo, el esquema argumental importa poco en un cine tan formalista como el de género: ¿cuántos westerns, películas de terror, de suspense o eróticas tienen básicamente la misma trama? Lo principal es que las reglas del juego se han cambiado, o quizá que ya no existen. ¿Cuántos westerns anteriores se iniciaban con una secuencia en la que se dispara a un niño que huye? Los años 60 eran años apocalípticos: el pueblo de San Miguel bien podría ser un enclave de supervivientes tras cualquier holocausto, con la ley de otros lugares, o de otros tiempos, abolida en favor de la pura fuerza bruta. No es de extrañar que muchos seguidores del western clásico sigan abominando de Leone a día de hoy, habida cuenta de que fue de los primeros en desmontar la leyenda romántica del far west, del espacio de libertad y escritura del propio destino lejos del hollín y la claustrofobia urbana de la Revolución Industrial, de la promesa de una nueva Arcadia intemporal que logrará matar a la serpiente a golpes de Colt y Winchester antes de que Adán y Eva coman de la fruta prohibida, para reemplazarla con un infierno cínico de brutalidad, sadismo y ausencia de moral, donde queda claro que el ser humano es el mismo dondequiera que vaya y no veremos primeros planos de seres ideales como Gary Cooper o Gregory Peck sino de ignotos figurantes latinos, sudorosos y feos.


El héroe ya no es una figura heroica, sino una cifra, un enigma de motivaciones nada claras. Todos conocen la aseveración de Leone de que Clint Eastwood poseía dos expresiones faciales básicas: con sombrero y sin sombrero. El hombre sin nombre juega con las dos facciones, la de los Baxter y la de los Rojo, que desprecia por igual, enfrentándolas la una con la otra. Es posible creer que parte de sus motivaciones pueda encontrarse en su atracción por la mujer secuestrada, Marisol, o por los recuerdos que ésta le despierta, pero la inexpresividad bressoniana de Eastwood hace tan válida tal interpretación como la contraria. Asimismo, cuando el magullado protagonista contempla, desde el interior del ataúd, la sanguinaria masacre de los Baxter mientras emergen desprevenidos del incendio de su casa, puesta en marcha en parte por él mismo, su semblante es inquietante y ambiguo. Es posible creer que Clint posee principios al margen de la pura codicia, pero Leone nunca lo deja claro. Esto continuaba dando problemas cuando la película se emitió en la televisión estadounidense durante los 70, de ahí que se encargara a Monte Hellman rodar un prólogo en el que un figurante de espaldas, haciéndose pasar por Eastwood a base de llevar un poncho muy parecido, aceptaba hacer de agente secreto para el gobierno y terminar con la intolerable situación en San Miguel. Un giro curioso teniendo en cuenta que la película, con su clima de pesadilla, de miedo en las calles debido al enfrentamiento de dos clanes poderosos, acepta paralelismos con la Guerra Fría que reinó en el mundo occidental hasta bien entrados los años 80, con el héroe amoral introduciendo un soplo de anarquía en un universo, en toda una época del cine europeo, en el que sólo las posiciones doctrinarias y “seguras” parecían asegurar la supervivencia. Pero de esto nos damos cuenta ahora; entonces, sólo era un cine “de pipas”, para niños, currantes y porteras.


Porque Leone hacía quizá el western más pop hasta la fecha. Leone no explicaba porque ya se habían visto muchos westerns antes, reducía las situaciones a la viñeta icónica, rompía las reglas del espacio introduciendo enormes primeros planos de los contendientes que ellos, separados por enormes distancias, jamás podrían ver, alargaba el tiempo de las escenas con un estatismo digno de un anime japonés escaso de dibujantes en plantilla, se recreaba en una violencia sucia de golpes a traición, de dolor infligido a mala idea, lejos del ballet coreografiado de antaño en el que las sillas ya estaban medio rotas de antemano, el impacto del puñetazo no se veía y su fuerza era debida al efecto sonoro. Y por si no se notaba que habíamos entrado en otro mundo, vino Morricone y lo puso todo patas arriba con sus excéntricas composiciones, su psicodelia del sur de Río Grande, llenas de instrumentos inesperados, intervenciones vocales surrealistas (creo que las voces del tema principal dicen algo como “whip, whip”) y climas armónicos que van de lo más épico a lo más burlesco, todo en las antípodas de la música canónica de western, que parecía tener a Aaron Copland como santísimo patrón. Aunque convendría no ser injusto y reconocer que esos estridentes temas “mexicanizados” que ilustran los clímax de Leone (y que Tarantino sería capaz de reciclar hasta para una película del espacio) ya los anticipó “Rio Bravo” de Hawks, cuando a la cuadrilla asediada en la cárcel les tocan “Degüello”, para insinuarles que tienen muy cerca a la muerte.


Después de todo esto, creo que queda claro que el hecho de que Leone “copiara” a Kurosawa es poco relevante. Bach y Haendel se copiaban mutuamente sin reparo alguno y no pasaba nada, porque cada uno hacía su propia composición. Lástima que se trate de un mal ejemplo, porque, acostumbrados al “copy-paste”, el concepto de la “copia creativa” se ha colado por el desagüe electrónico para no volver…

domingo, 30 de diciembre de 2007

"Oryx y Crake" de Margaret Atwood


Ya voy fatigándome un poco de reiterar mis diatribas contra el fandom del fantástico y la CF, de hurgar en una herida que no pasa de ser otro caso perdido entre tantos, pero, ya que termina el año, me entran ganas de ir cerrando el ciclo. No sirve de nada desplumar un pollo contra el viento, como no sea para llenarse la cara de plumas.

Pero aun así hay casos que me siguen superando. Por ejemplo, el affaire Margaret Atwood, que entre nosotros parece no haber tenido repercusión pero sin embargo aún colea en ámbitos anglosajones. Tanto es así, que, cuando en una convención de autores del género nadie sabe de qué hablar, sale algún honesto artesano de las letras y lanza unas cuantas andanadas contra la escritora canadiense. Y no hablo de don nadies, hablo de figuras consolidadas como Terry Pratchett. O el pope de la CF John Clute, que en una de sus columnas echó un poco de leña a la hoguera general.

¿El delito de Atwood? Escribir una novela sobre un futuro apocalíptico, “El cuento de la doncella”, ganar varios honores literarios por ella, y reincidir en una temática similar hace unos cuatro años con “Oryx y Crake”, todo ello desde fuera del mundillo, desconociendo la versión fandomita de los apretones de manos masónicos obligatoria en toda “auténtica” novela de CF, consiguiendo unos elogios en la prensa, una respetabilidad y una visibilidad con los que los escritores del género no podrían ni soñar, y negar muchas más veces que San Pedro a Cristo que su novela tenga algo que ver con ese infecto subgénero adolescente que a algunos les avergüenza nombrar.

A eso le llamo yo ponerle puertas al campo: a mí me da que temas como la manipulación genética y sus peligros, el derrumbe de la Humanidad tal como la conocemos y las posibles sociedades futuras que puedan surgir de las ruinas están ya en la mente de todos y no pertenecen en exclusiva a ninguna sociedad secreta de iniciados. Tampoco creo que sea imprescindible reproducir los “tics”, no siempre dignos de orgullo, de la CF genérica, y guiñar el ojo continuamente al lector para decirle: “Yo también he sido un incomprendido chaval que dedicó toda su adolescencia a Heinlein, Asimov o Jack Vance. Sin ir más lejos, también las tres primeras novelas de John Crowley, entre ellas la magnífica “El verano del pequeño san John”, están escritas desde una ignorancia deliberada de la CF “de verdad”, y no veo en ello un defecto sino más bien una cualidad por su mayor frescura y alejamiento de los tópicos.

Lo de la repercusión es lo que duele. Los del fandom no pueden comprender que novelitas postapocalípticas de tres al cuarto hayan sido ignoradas por los reseñadores serios, y en cambio se haya hablado de “Oryx y Crake” en el New York Times y se haya propuesto la novela para galardones literarios importantes. ¿Por qué, se pregunta el aficionado, si son lo mismo? Ese es el problema: que para la mentalidad habitual de los lectores de CF, una novela equivale a su idea motriz, de tal manera que, si sobre un mismo concepto, digamos la inteligencia artificial o la colonización de Marte, escriben sendas novelas E.E. “Doc” Smith y Gabriel García Márquez, no sólo Smith y Márquez partirían en pie de igualdad, sino que podría considerarse mejor a Smith si tuvo la fortuna de publicar antes su libro. Ese es la vara de medir que muchos aplican al mérito en la CF: llegar antes que los demás a la oficina de patentes.

Si yo hubiera hecho bien mis deberes (es decir, si no tuviera trabajo y responsabilidades familiares y pudiera dedicar a esto horas y horas de mi tiempo) habría leído alguna novela post-apocalíptica “de pata negra” y a continuación la de Atwood, pero me conformé con cotejar las habilidades literarias de esta última con las de mi anterior lectura, también reseñada aquí, que fue “Cronopaisaje”. La idea era ¿realmente Atwood maneja de una forma tan horrible los temas del subgénero? Y además ¿es su novela más indefendible que la de Benford en el plano literario?

El comienzo, con Hombre de las Nieves, el último de los antiguos hombres, despertándose en una playa entre la nueva humanidad creada mediante ingeniería genética, e impartiéndoles una mitología espuria sobre su origen, no dejaba lugar a dudas: no sólo estábamos ante un estilo profesional, pulido y experto, hábil en sus ritmos y a menudo inspirado en sus imágenes, sino que se creaban unas expectativas no resueltas verdaderamente hasta casi el final del libro, como debe ser.

Ya podrá Clute, para dar coba al fandom que le da de comer, ironizar sobre lo inverosímil y lo poco inspirado de términos inventados como por ejemplo “loberros” o “cerdones”, las especies creadas por ingeniería genética que escapan de sus captores y ayudan, junto con un virus letal, a exterminar casi todo el género humano. Es una queja muy friki: señalar con el dedo un aspecto marginal y poco importante que “canta”, soslayando virtudes mucho mayores que parecen insignificantes al lado de tales fallos.

Por ejemplo, el amplio abanico temático del libro, donde caben una infinidad de motivos superpuestos organizados de tal manera que un libro de 443 páginas da una impresión de pasar ligeramente por encima de lo que cuenta; la importancia otorgada a las relaciones personales, la familia, el juego de la seducción, los celos, en definitiva, todo aquello que el abuelo Kingsley Amis declaraba “fuera de la esfera de influencia de la CF”, tal vez porque sus autores, y sobre todo sus lectores, también solían estarlo; el atrevimiento de los segmentos sobre tráfico de niños y pornografía infantil, caja de los truenos vedada en particular a la industria audiovisual, y que Atwood puede transitar aquí gracias a su fama de escritora “feminista”; la hábil construcción de la trama, ya mencionada, que dosifica a lo largo de todo el libro información que el autor medio del género habría expuesto toda en el primer tercio, dejando sólo sitio para el aburrimiento en el último.

Otras virtudes serán defectos para otros. Frente a la tecnofilia de casi toda la CF “de verdad”, “Oryx y Crake” adopta una postura anti-ciencia casi demagógica, culpando a la experimentación sin moral, aliada a las maquiavélicas estrategias de mercado capitalistas, del derrumbe global de la civilización, mientras la retórica y las humanidades sirven sólo para lavar el cerebro al consumidor con imágenes atrayentes y eslóganes pegadizos.

Tampoco sale muy bien parada Internet, vista como un sumidero de “snuff” en directo, pornografía infantil y satisfacción sin límites de los bajos instintos, donde el protagonista y su amigo Crake, futuro desencadenante del apocalipsis, pasan los ratos de ocio de su tierna infancia. Supongo que a los miembros del fandom, que pasan gran parte de su vida frente al ordenador, les sentará un poco mal verse señalados con el dedo y considerados parte de la corrupción espiritual de nuestra sociedad. Ni tanto ni tan calvo, pero Atwood hace sátira, quizá un tanto gruesa en ocasiones pero pertinente a la luz de mucho que aprendemos todos los días. La función de la sátira es exagerar, deformar la realidad, no representarla. Pero los puristas del subgénero son en el fondo adalides del realismo: para ellos lo que se dice es siempre lo que se quiere decir, sin lugar para la ironía o las manipulaciones retóricas.

Amén de que la CF, como le oí un día a Servando Carballar, debe ser optimista y creer en el progreso. Debe fastidiar que esta tipa canadiense haga CF, la respeten por ello, y encima propine un rapapolvo sermoneador al homo sapiens. Eso lo hacían los escritores de los 60 y 70, considerados por los verdaderos creyentes de hoy como una caterva de hippies amargados en pleno mal viaje de tripi. No, si todo nos va muy bien. Id al Tercer Mundo, que es mucho más grande que los otros dos juntos, y decidme si vamos tan bien. Fijaos bien en el Primero. A lo mejor no veis motivos para ser tan agoreros como Atwood, pero la verdad es que su libro es entretenido y está lleno de buenos momentos. Lo cual es más de lo que puede decirse de colecciones enteras de CF “hard” que empiezan por la letra N.

sábado, 24 de noviembre de 2007

10 padrenuestros y 5 avemarías por haber visto "Beowulf"


Último capítulo de la historia: el crítico del diario gratuito “20 minutos” manda al averno “Beowulf” básicamente porque es un film de animación digital, y, claro está, la animación digital no es cine.

Penúltimo capítulo: Brian de Palma, largo tiempo inscrito en los índices inquisitoriales por exceso de formalismo, se gana el beneplácito de la crítica a base de abordar la guerra de Irak, y de paso tirar por la borda sus virguerías de cámara a favor de un estilo seudo-Dogma, en la reciente “Redacted”.

Largo tiempo me pregunté cuál sería el origen de tanto papanatismo y tanta intolerancia, de por qué, entre la crítica y la cinefilia, se estilaba tanto vestir de desaprobación moral la divergencia en gustos estéticos y narrativos. Hasta que un día se abrió el cielo y vi la luz: dado el origen eclesial de la mayoría de cine-clubs, no es raro que el pensamiento cinematográfico “oficial” entre nosotros registre fortísimas influencias de la escolástica católica, tomando prestado el lenguaje del anatema y la excomunión para referirse a algo tan inocuo como un arte que no tiene otra misión que hacer más soportable la vida de los espectadores.

He aquí diez mandamientos fundamentales de la crítica cinéfila:

1. Existe una única verdad revelada, es decir, la del cine clásico: que la cámara y el montaje no se noten, que la dramaturgia sea realista y verosímil. Salirse de esto es jugar a ser Dios.

2. Existen un cielo y un infierno. Como las almas de los muertos, que deben por fuerza ir a uno u otro, en ocasiones tras una estancia en el purgatorio, también una película debe ser o básicamente buena o básicamente mala. La crítica es de por sí maniquea.

3. El cielo está poblado por santos y el infierno por demonios. De igual manera, a poco que un cineasta caiga bien a la crítica, será elevado a los altares, de la misma manera que, por necesidad de contrafiguras que apoyen el orden celestial, habrá una lista de directores a quienes se demonizará película tras película, hagan lo que hagan.

4. Las películas tienen un cuerpo, que es la imagen, el montaje y la banda sonora, y un alma, que son los aspectos literarios y teatrales: la interpretación de los actores y el libreto del guión. Recrearse en los placeres del cuerpo, es decir, crear cine que proporcione ante todo placer audiovisual y se recree en la lujuria técnica, es pecado. Sólo la pureza de la imagen sin manipular y el cartesianismo del plano-contraplano llevarán al paraíso. Lars von Trier lo sabe, o si no no habría llamado “Dogma” a su movimiento.

5. Un cineasta que imponga una visión personal del lenguaje, que pretenda pasarse por el arco del triunfo las verdades reveladas del clasicismo hollywoodense, no sólo es un hereje, sino que además, por mor del placer solitario al que se entrega y del que excluye a los demás, incurre en un pecado de impureza, no es sino un vil masturbador. La idea de que estamos en pleno siglo XXI y entre las parafilias perfectamente respetables se encuentra disfrutar en plan voyeur de cómo otra persona se administra placer a sí misma no entra en las mentes de la curia.

6. Los extranjeros son paganos, son herejes. No se deben aceptar más verdades que las del Dios verdadero, de ahí que cinematografías alejadas del utilitarismo narrativo de Hollywood, que se basan en otros presupuestos narrativos y estéticos, como por ejemplo las de Oriente, deben rechazarse so pena de extracción de córnea.

7. La ciencia es materialista y no sabe nada del alma. Al cielo sólo se puede llegar en alas de ángel, no en un transbordador espacial, de ahí que se adopte un fundamentalismo “amish” y sólo se acepten las tecnologías de la imagen anteriores a los años 80. El sonido, desde “El cantor de jazz” iba a suponer para muchos la muerte del cine, y lo mismo se aplica hoy en día a los efectos digitales. Da igual que el cine en sí se base en un efecto especial, en una imitación del movimiento propiciada por nuestra defectuosa visión. Mejor una cámara en mano temblequeante que las batallas virtuales de “El señor de los anillos”. Toda película que eche mano de ordenadores para crear su atmósfera o parte de su acción será pasto automático de la hoguera.

8. La belleza es vanidad y ostentación. Los maquillajes y bellos vestidos a duras penas ocultan un cuerpo sórdido que un día se morirá y se pudrirá. Está mal ser muy plástico y estético, lo hagas con ordenador o sin él. Sé humilde y franciscano, no seas David Lean sino Bresson, sigue el ejemplo de la nouvelle vague, que, al no contar con los medios de Hollywood, hizo de la necesidad virtud y propugnó el amateurismo como norma moral, o del “Dogma 95”, que, mediante un íntegro decálogo, logró vender pelis hechas con cuatro duros, tan normalitas y convencionales como por ejemplo “Mifune”, a todo el mundo, disfrazándolas de exigentes experimentos artísticos enfrentados a la normalización uniformadora del cine “made in USA”.

9. Pasarlo bien en una sala de cine es una muestra inexcusable de egoísmo. Dios quiere que te ganes la salvación a pulso; uno no puede llegar al cielo a base de risa y disfrute, sino de tormento y sacrificio. No te emociones, no veas cine de aventuras o de terror, no quieras que las dos horas te pasen volando en tu butaca, no desees distraerte en lugar de absorber la esencia del “Tractatus” de Wittgenstein, no creas que posee igual mérito entretener como hace Spielberg que alimentar la paciencia de un santo como hace Béla Tarr.

10. Juega limpio con el espectador, no lo engañes con falsas pistas, con montajes trucados, con finales sorpresa... a no ser que te llames Hitchcock. Aunque el cine consista en producir efectos en el espectador, no peques de efectista, sé soso, transparente y previsible, no busques sorprender ni pasarte de listo, tómate todo con una seriedad feroz, como si el cine fuese más importante que la vida y mereciese la pena enfadarse por las triquiñuelas de Christopher Nolan en “El truco final” mientras los niños mueren como moscas en Darfur.