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sábado, 28 de febrero de 2015

Salirse del marco



Los seguidores de las películas y las series animadas, que defendemos el medio como un modo de expresión ninguneado como arte y merecedor de una consideración más seria (cuesta asimilar que un lienzo casi en blanco pueda cotizar millones en ARCO mientras que 24 lienzos abigarrados por segundo durante hora y pico no merezcan una única mirada), no nos damos cuenta tal vez de la inmensa fábrica de dinero que representa. Hay multisalas enteras que se sostienen de las hordas infantiles acudidas al reclamo del Pixar de turno, mientras que en la parrilla de la TDT un buen número de canales difunden sin cesar las aventuras de Bob Esponja y compañía. Pasados al otro lado de la barrera, no es difícil ver los productos animados como fábricas de estandarización, como fijadores de estética y ética adocenadas aliados a una visión consumista de la vida.


Por eso sorprenden a varios niveles algunas muestras europeas del oficio. Uno comparaba hace tiempo “El ruiseñor del emperador” de Jiri Trnka, en el que se enseña a los niños a dejar a un lado los divertimentos artificiales y buscar la compañía natural de las niñas, con la saga “Toy story”, que tiene entre sus subtextos más asimilables por las criaturas el de “Los juguetes son tus mejores amigos”. Sorprende también, en una película que no descarta la visión por públicos de todas las edades como “Le tableau”, de Jean-François Laguionie, las ideas de que el universo y la sociedad son perfectibles, de que no podemos esperar que el creador venga a solventar las imperfecciones, y de que resulta posible, con un poco de imaginación, salirse del marco prefijado de nuestras vidas y marcar la diferencia por nosotros mismos.


Llama la atención también, especialmente en una obra generada en gran medida utilizando animación por ordenador (ya se sabe que las películas confeccionadas con los mismos programas tienden a parecerse), que el mundo visual se salga de los moldes habituales y extraiga su inspiración de la pintura de la primera mitad del siglo, con un poco de fauvismo por aquí, un poco de Aduanero Rousseau por allá, un poco de Franz Marc por el otro lado y un poco de surrealismo conceptual sirviendo de argamasa al invento (los reseñadores anglosajones de IMDB no solo perdonan la vida a la película por su pecado original de ser francesa, sino que se plantean cuestiones como que es trampa que los personajes se paseen por escenarios no contenidos originalmente en el marco de su pintura o que sería imposible que se descolgaran de un lienzo a otro porque las distancias para ellos serían astronómicas; decididamente, Internet es un temible vehículo para la transmisión del literalismo).


Otra opción poco corriente en una película animada para todos los públicos es que uno de los personajes principales, a saber el retrato de la amante del pintor, aparezca, como es lógico dado el contexto, con los pechos al aire. Sospecho que esto ha debido de bastar para que los exhibidores la desestimaran en su momento y que permanezca inédita en España. Entre los valores que se supone que una ficción para un público joven debe respetar sigue siendo preeminente, me temo, la vergüenza ante el cuerpo humano.

jueves, 6 de diciembre de 2012

Dave Brubeck (1920-2012)


La discriminación por raza discurre en ambos sentidos: recuerdo un programa radiofónico sobre jazz cuyo locutor se extrañaba de que a un músico negro le gustase Dave Brubeck, demasiado pálido y con una formación demasiado clásica y europea para poder pasar el filtro del exigente aficionado blanco al jazz. Para colmo, grabó un disco con versiones de las canciones de Disney, vaya blandengue. A mí denme a Cecil Taylor cualquier día, que es más moreno y más rabioso.
Sin embargo, Brubeck era muy interesante, no solo por popularizar los compases de amalgama en el jazz (aunque su tema estrella, “Take five”, era del saxofonista Paul Desmond), sino también por experimentar con modos melódicos de otras culturas, como los ragas indios. Como encarnación de cierto cool sesentero, su nombre era inevitable en la letra de “New frontier” de Donald Fagen.

jueves, 26 de julio de 2012

El anime y yo


Se podría contar como una bonita y melancólica historia de amor: el chico, insolente y lleno de proyectos en su cabeza, observa desde lejos, con cierta simpatía y cierto deseo, al objeto de su atención, pero éste apenas se fija en él y le pide, para iniciar su relación, una serie de concesiones que él no está dispuesto a hacer. Los años pasan, y cada uno sigue su camino aparte, hasta que un buen día él, ya maduro, humillado por los golpes de la vida y habiendo casi abandonado sus proyectos gloriosos, vuelve a encontrar a aquella que le despertó curiosidad en sus años mozos y la nota más tratable, más humilde, con una sonrisa en sus labios y en sus ojos al mirarlo que nunca había tenido antes. Ambos inician una relación mal vista que consuela los sinsabores cotidianos de él, y trata de paliar, a base de comprensión, la mala reputación de ella, considerada por la gente de bien como una irresponsable, una corruptora de menores, una loca.



Podríamos añadir también que los únicos que han querido mantenerla bajo un techo a veces la maltratan, la minusvaloran, la hacen trabajar mucho y gratis, la degradan forzándola a potenciar su faceta más frívola y sexual, despreciando su inteligencia y su creatividad, empujándola a una existencia precaria de noches frías sin techo y días sin sustento mientras la corte de jovencitos que la dieron de lado mima cual reina a su prima hermana, que comparte muchas de sus virtudes pero no la magia que enamora a nuestro protagonista y que le obliga a limitar sus horas de sueño para poder verla. Finalmente, obligada a emigrar, él la busca fuera, sabiendo que es imposible que ambos sean felices viviendo en un mismo país pero disfrutando de fugaces, pero intensos, momentos de comunión por las escarpadas calles de Montmartre, a las orilas del Támesis, sentados en las escalinatas de la Piazza di Spagna o dando de comer a las ardillas de Washington D.C. a escasos pasos de la Casa Blanca.



Peliculón, ¿eh? Un melodramón como Dios manda, salvo que es un pestiño entre roman à clef y alegoría donde yo soy el protagonista y ella es la animación japonesa o anime.



Una vez más me toca ser el elemento inusual: para mí, ver anime no es un ejercicio de nostalgia por la infancia o la juventud perdidas. Me gustaba ver "Mazinger Z" a la tierna edad de siete años, pero no me marcó lo suficiente para plantar en mi espíritu las semillas de una obsesión otaku, toda vez que los pocos productos disponibles en VHS estaban fuera de mi poder adquisitivo, mientras que "Bola de Dragón" me pilló ya casi veinteañero y menos impresionable, prueba de ello es que comencé a perder el interés a partir del segundo o tercer torneo de artes marciales, y que me ofendió profundamente el final de la serie clásica, en el que, tras una agónica pelea, abarcando un gran número de episodios, contra el demonio Piccolo, y teniéndolo ya derrotado y a su merced, Goku decide perdonarlo "para volver a tener la oportunidad de divertirse luchando contra él". Con ese antecedente, no es de extrañar que jamás fuese capaz de soportar "Bola de Dragón Z", como tampoco fue jamás de mi agrado "Los Caballeros del Zodíaco", perturbadora por las resonancias homoeróticas de los violentos combates entre entusiastas jovencitos y maduros villanos, pero a la postre cansina y reiterativa en el plano narrativo. Las historias de competitividad y testosterona me aburrían: ya empezaba a ser dolorosamente consciente de que no encajaba en los roles masculinos habituales. Mejor que ver a Seiya y a sus aguerridos amigos, prefería a las "magical girls" de "Sailor Moon", e incluso recuerdo con agrado algún capítulo lejano de las melodramáticas vicisitudes de "Candy Candy" o los romances juveniles de "Alegre juventud". Si hacemos caso a la demográfica fatalista de los japoneses, en la cual los shonen son de Marte y las shojo de Venus, yo andaba un poco perdido en el espacio pero desde luego más cercano al lucero de la mañana.



Lo cual me dejaba a punto de caramelo para el momento que, visto retrospectivamente, sentó las bases de mi afición actual muy por delante de las carreras de motoristas o las explosiones nucleares de "Akira" o las violaciones por tentáculo de "Urotsukidoji". En un mundo caballeresco, entre medieval y decimonónico, pero ambientado en el espacio exterior, con cibernética y naves voladoras, una chica vestida con el mismo uniforme de colegiala que "Sailor Moon" cae al vacío desde una gran altura pero es rescatada antes de morir por un chico que despliega unas enormes alas de ángel para frenar su caída y llevársela volando. Me intrigó la mezcla de tonos y la potencia onírica de la imagen, su falta de contención imaginativa, de miedo al "qué dirán" los policías del buen gusto y los sabuesos rastreadores del kitsch, su combinación explosiva de inocencia iconográfica y connotaciones eróticas, su diseño ecléctico e innovador lejano de los tópicos de Hollywood. Lo cierto es que no le di tanto pensamiento entonces, pero me quedé con la imagen y con el título de la serie, que era "La visión de Escaflowne", emitida en el canal de pago Buzz.



Años después, buscando algo nuevo para ver, saqué de una vitrina del Corte Inglés la edición de Selecta Visión de "Escaflowne", junto a las de "Cowboy Bebop", que me sonaba por haber visto el largometraje animado que salió con posterioridad, y la celebérrima "Neon Genesis Evangelion". Fue una decisión irreversible de la que ya no hubo vuelta atrás. Más allá del surrealismo pop, más allá del culto por lo exótico y llamativo, más allá del hipócrita concepto del "placer culpable", el anime hace realidad una cultura popular donde lo simbolista y decadente es el modo por defecto, donde la gravedad y la retórica aparecen donde menos te las esperas, donde a cada vuelta de esquina uno se topa con zonas de sombra morales en la conjunción entre Oriente y Occidente. Hay una tensión muy peculiar entre la fantasía desencadenada y un gusto neurótico, reprimido, por el detalle, entre el entusiasmo por el futuro y la tecnología y una sensación de producto artesano abordado con una seriedad técnica extrema aunque se trate de un romance cómico entre colegiales. Por encima de la ingente producción y de los inevitables clones e imitaciones de los grandes éxitos, uno sabe que siempre quedará sitio para la sorpresa, que incluso en productos teóricamente destinados a público joven o incluso infantil uno puede toparse con ideas, desarrollos de guión o plasmaciones en imagen de un nivel muy superior a lo acostumbrado en una programación televisiva colonizada mayormente por lo estadounidense.



Aparte de todo esto, súmenle mi elitismo innato, mis ganas de reivindicar lo ninguneado y poco querido, de dar oportunidades a aquello que se suele despachar con dos frases tópicas y llenas de prejuicios. Si de por sí la animación no se suele considerar con seriedad, siendo tratada como una especie de insulso pienso cultural para quitar el hambre mental a los niños, el hecho de que encima sea de origen japonés añade elementos de choque cultural que entre nosotros suelen significar desastre. Salvando lo autóctono y lo proveniente de Estados Unidos, donde a fuerza de lavado de cerebro hemos terminado por obviar todo elemento discordante, nuestros públicos audiovisuales suelen experimentar un rechazo instintivo hacia todo aquello que sea demasiado distinto, que requiera ponerse en la piel o en la mente de personas con escalas de valores distintas. Una actitud que a un servidor, que suele poner en tela de juicio "nuestra" escala de valores, le hace bastante gracia. 


Uno diría que en los tiempos que corren, con tanta mundialización e internet y todas esas gaitas, se habrían allanado muchas diferencias, y que exagero un poco porque, bueno, fijaos en el éxito de las intrigas policíacas nórdicas, en la cierta simpatía que parecemos albergar en España hacia nuestros primos italianos, bullangueros y ligones, que es extensible hacia las ficciones que reflejan el estereotipo, y que incluso los hieráticos teutones ven admitidos sin problemas sus telefilms en Antena 3 a la hora del mediodía. Bueno, admitimos pulpo, pero tengamos en cuenta que sigue tratándose de europeos blancos con un similar telón de fondo cultural o histórico. No me consta en cambio que un público generalista esté dispuesto a enfrentarse al pequeño enigma que supone la cultura llegada de Oriente. Recuerdo hace unos cuantos años, cuando un distribuidor tuvo la peregrina idea de querer hacer llegar a las multisalas la película coreana "The host" de Bong Joon-Ho, por aquello de que a priori era una obra muy comercial y había tenido un éxito aplastante en su país de origen, por delante de muchos blockbusters americanos. Bueno, pues emplazo a mis lectores a cualquier foro cinematográfico en Internet, que es donde realmente se reflejan de manera democrática, en toda su crudeza, sin filtros editoriales de ningún tipo, las miserias de la gente de a pie. Las flores dedicadas al actor protagonista, Song Kang-Ho, de las cuales tal vez la más respetuosa solía ser "chino subnormal", la incomprensión absoluta de la mezcla de tonos, del costumbrismo y de las lecturas sociopolíticas de la historia, todo ello impensable en títulos análogos del Imperio, marcó a mi juicio el declive de los estrenos de cine oriental en las salas de nuestro país. Los números no mienten: un total de SIETE películas procedentes de Asia estrenadas en cines españoles durante todo el año 2011.



En el caso de la animación, además, el prejuicio se quiere disfrazar de juicio con alarmante frecuencia, y no es raro que se esgriman en contra del anime argumentos totalmente peregrinos que sin embargo se suelen aceptar sin problemas. La madre de todos los ejemplos es el típico “no me gustan los dibujos japoneses porque me da rabia lo grandes que tienen los ojos los personajes”, dicho encima con un cierto tono de superioridad cultural y de jocosa conmiseración, pues se da por supuesto popularmente que la raíz de este elemento estético es sublimar un hipotético complejo de “ojos pequeños” por parte de la raza nipona. Pues bueno, esto no es verdad. Si el estilo de dibujo privilegia los ojos grandes, se debe principalmente a que Osamu Tezuka, uno de los padres de todo el invento, se inspiró en los cartoons animados de Disney y en Betty Boop. Haced una búsqueda de imágenes en Google tecleando “Disney” y fijaos un poco en el tamaño de ojos de Mickey, Donald, Goofy o Pluto. Sin embargo ese tamaño de ojos, en este caso concreto, no plantea conflicto alguno.


Otro tema es el de “no puedo entrar en las películas de Miyazaki porque la estética es demasiado infantil”, problema que desde luego no parecen plantear las películas animadas de Disney, Pixar o Dreamworks, muchas de las cuales son devoradas por un numeroso público adulto que no experimenta ningún escrúpulo ante argumentos, desarrollos y diseños mucho más infantiles que la media de las películas del estudio Ghibli. Pero claro, si uno argumenta que Miyazaki, o Ghibli, o cualquier otra animación japonesa, incluye múltiples elementos para un público adulto, precisamente eso es vuelto en su contra, pues nadie cuestiona que la animación es para niños y nada más, con lo cual los japoneses, introduciendo esos elementos, no harían más que aburrir, asustar o traumatizar a los pobres niños, cuando no “malearlos” directamente a base de sexo, agresividad o las rabietas de Shin Chan.



Sin cultura de la animación y sin cultura de lo asiático, ¿qué destino le esperaba al anime? ¿Cómo convencer a los programadores de televisión de que hay mucha animación no estrictamente infantil, e incluso hecha directamente para adultos? ¿Cómo hacer comprender que culturas diferentes tienen diferentes conceptos de lo que es infantil o no lo es? ¿Cómo meter en la cabeza de los programadores, y de los padres, la disparidad entre lo infantil, lo adolescente y lo enfocado a personas mayores, cuando todo está narrado mediante dibujos en movimiento? ¿Cómo hacer entender que, contrariamente a la producción habitual de series animadas en Europa y América, donde prácticamente todo es para niños y hay relativamente pocos subgéneros, que en Japón existe un abanico inacabable de asuntos y enfoques más allá de karatekas superpoderosos y futbolistas que tiran con efecto (porque de mis queridas niñas con vidas melodramáticas ya ni se acuerda nadie)? Teniendo en cuenta todos estos interrogantes, uno no sabe qué mantiene una serie animada tan corrosiva y tan para adultos como "Padre de familia" en horario de sobremesa, con todos los niños mirando: o bien que la produce la Fox y las asociaciones de padres no pueden con ella, o simplemente que quienes la hacen son perfectos americanos sanotes en lugar de unos putos japos frikis, y por tanto no hay peligro alguno.



Pero al menos hay un núcleo de fieles seguidores a quienes les gusta todo eso del manga y el anime, ¿no? Tal vez, pero aquí surge de nuevo mi problema personal ante el fenómeno friki, su manera de apropiarse de fenómenos culturales como señas de identidad y de arroparlos a base de actitudes excluyentes, de extravagancias diseñadas un poco para echar atrás al resto del público potencial y dejar claro que el fenómeno en cuestión solo les pertenece a ellos. Estoy seguro, y observad que estoy haciendo un esfuerzo ímprobo por no ser injusto, de que dentro de la subcultura otaku hay gente estupenda y muy válida, de la misma manera que habrá gente estupenda y muy válida dentro del cristianismo, el islam, el judaísmo o cualquier otro credo. Mi problema es que no soy capaz de entrar en un grupo que siga un catecismo.



El catecismo otaku, al menos en España, afirma en uno de sus mandamientos: “amarás al manga sobre todas las cosas” con el corolario de que “un anime es siempre una versión inferior de un manga”. Yo estoy seguro de que disfrutaría bastante del manga, aunque a uno, por un lado, no le apetece a estas alturas contraer vicios consumistas nuevos, y por otro, mi mente anquilosada de mediana edad encuentra muy complicado aprender a leer una historieta pasando las páginas al revés y descifrando las viñetas en un orden que nunca he comprendido. Lo que no entiendo muy bien es el prejuicio en contra del anime, toda vez que, precisamente, los elementos que a mí me han atraído siempre de él no son solo los dibujos y las historias, sino también, y sobre todo, características exclusivas del producto audiovisual, como la planificación, el color, el montaje, la música o las voces originales, que algunos supuestos aficionados consideran “demasiado exageradas”, cuando a mí me dan la impresión de recoger el testigo de tradiciones teatrales centenarias, o milenarias, incorporándolas a contextos actuales de lo más variopinto. 



Lo cierto es que la preferencia por uno u otro de los dos medios, diferentes aunque con una clarísima relación (el anime suele adoptar un estilo manga en el dibujo, y una gran cantidad de series de anime adaptan hitos de la historieta nipona) no debería importar demasiado en un mundo ideal, pero lo cierto es que si a la consideración del anime como un producto inferior se le une el uso y abuso de Internet como medio difusor gratuito de lo audiovisual, nos encontramos con legiones de aficionados con enormes colecciones de manga en sus casas (por no hablar de figuritas y otros elementos accesorios que no son precisamente baratos) y en cambio no tienen ni un minuto de anime en edición oficial. Admito que hay muchísimo anime que no nos va a llegar nunca, y que si uno tiene una afición devoradora por el medio y ya se ha visto todo lo que ya se editó legalmente en el pasado (hablo con cierta sorna porque se trata de un dominio muy vasto y que a alguien como un servidor, que lleva apenas dos años en el tema, le resultaría materialmente imposible), no va a tener más remedio que recurrir a las descargas para estar al día, pero esto no tendría que implicar necesariamente que se dé la espalda de modo sistemático a las ediciones legales, como prueba el fracaso estrepitoso en España de series que sobre el papel eran un bombazo, como “Fullmetal Alchemist”, “Death Note” o “Nana”. Se ve que el valor coleccionista de una edición videográfica, incluso con una bonita presentación, no es demasiado grande para nuestros aficionados, que además suelen encontrar exorbitantemente caros los DVD y BD, incluso cuando les pueden salir, con astucia y paciencia, a un precio de menos de un euro por capítulo. En cambio, algunos de los mismos no suelen tener problemas en desembolsar cerca de unos 100 euritos en una figura de Asuka Langley con el traje rojo que usa para pilotar su Evangelion.


Cada uno se gasta su dinero en lo que quiere, diréis algunos, pero no puedo evitar sentirme un poco afectado, pues todo esto tiene como consecuencia que el anime, al desaparecer de los puestos de venta habituales y no emitirse por televisión, con mínimas excepciones nostálgicas e infantiles, cada vez cae más por debajo del radar del público mayoritario, que lo identifica con esa minoría vociferante que sale disfrazada por televisión y que se identifica de manera entusiasta con todos los aspectos más frívolos y festivos del fenómeno, que tampoco se deberían repudiar al cien por cien ya que le dan una alegría y una vivacidad pop únicas, pero que se utilizan un poco para enmascarar la creatividad, la profundidad y el corazón que a menudo es posible encontrar en productos como el anime y a las que cada vez menos personas ajenas al mundillo van teniendo las inquietudes de acceder, fundamentalmente por desconocimiento. 


La eventualidad de que personas de edad madura y cierto poder adquisitivo vayan al Corte Inglés a por dos o tres packs de series de anime estimulados por el intrigante recuerdo de un pase televisivo se va haciendo con los años cada vez más improbable (y si se trata de alguien que sea joven en la actualidad, cuando en la TDT se ven solamente “One Piece”, “Inazuma Eleven” y reposiciones de “Doraemon” y “Dragon Ball Z”, la cosa se pone más peliaguda si cabe). Lo de apreciar el anime es cosa de otakus, y si no perteneces a sus grupos va a ser raro que te enteres de que el anime ha avanzado desde los tiempos de “Mazinger”, y aun así, si perteneces a grupos otakus, lo normal será que te guste todo lo más “shonen” y te sientas aburrido por todo aquello que no contenga peleas o no se recree en los encantos dibujados de las protagonistas. Advierto que estoy simplificando y que generalizar es siempre peligroso, pero no creo equivocarme si señalo la escasez de un público adulto que aprecie el anime sin vivir obsesionado por él y que lo integre de manera natural en el panorama cultural del cine, la literatura, la música y el resto de las artes. 


Pero de todas maneras mis quejas son irrelevantes: si me hace feliz ver anime, lo voy a poder seguir viendo, incluso si no se edita aquí, dado mi dominio de las lenguas de al menos tres países donde se sigue apreciendo el visionarlo en edición legal con buena presentación, discos serigrafiados, distintas modalidades de visionado, buena tasa de bits, etc. Lo que me da lástima es que muchas personas con buen nivel cultural e inquietudes artísticas se sigan perdiendo, por prejuicio o por ignorancia, la que para mí es una de las producciones audiovisuales más fascinantes del mundo entero, con una variedad y una capacidad de sorprender inagotables, y capaz de rejuvenecerte y regenerarte el corazón y el sentido de la maravilla hasta en los momentos más oscuros y desesperantes de tu vida. Pero en fin, vosotros os lo perdéis.


Me detengo aquí, porque creo que está siendo la entrada más larga de todas las que he escrito hasta el momento, pero algún día continuaré hablando de algunas de las series que hasta el momento me han causado impresión y mis razones para ello. No lo esperéis con gran impaciencia, pero quizá algún día vea la luz…

martes, 27 de julio de 2010

Tras los pasos del Rey Carmesí 8: "Red" (1974)


El rojo es el color de la sangre, el color de las revoluciones, el color de la crisis cuando hay que plasmarla en números, el color de la saturación sonora cuando las agujas del vúmetro superan cierto nivel. O sea, que, cuanto más sencillo es el título de un disco, más difícil se hace explicar su razón de ser.

En algún universo alternativo, “Red” fue el último elepé de los Crimson, el cierre de una etapa musical que no daba más de sí para sus integrantes. De hecho, creo que es el único disco del grupo cuya portada es una foto de sus músicos, en blanco y negro muy contrastado, los rostros sobre un fondo impenetrable. Lejos de los simbolismos anteriores, parece decírsenos que ya sólo quedan tres intérpretes a un nivel de compenetración e igualdad perfectamente equiparable, que el viaje atraviesa una fase austera y oscura, que la única nota de color es intensa y violenta.

“Red”, el tema que da título, enteramente de Fripp, es un diseño geométrico muy emparentado con la serie “Larks’ tongues in aspic”, de una agresividad rockera que pocos asocian a lo progresivo y un monotematismo que habría hecho las delicias de más de un compositor de los que usaban peluca. Curiosamente, este aspecto despojado de mucha de la creación de Fripp, pese al prestigio que le ha dado en estos tiempos que hacen del minimalismo una virtud en sí misma, es para mí un cierto motivo de distanciamiento, como amante de la ornamentación gratuita, del barroquismo al borde de lo irracional, de los bosques en los que uno ama perderse. Fripp siempre fue demasiado apolíneo, aunque se disfrazara de dionisiaco, por eso le hacía falta un Sinfield que llenara sus planes milimétricos de elementos cuestionables.

Evidentemente, con Fripp, Wetton y Bruford ocupando la portada, y sin ver por ningún lado a Richard Palmer-James, nos reafirmamos en la relativa irrelevancia de sus letras entre las improvisaciones instrumentales y los crescendi graduales de cinco o seis minutos. Tanto “Fallen angel” como “One more red nightmare” se refieren en sus textos, quizá de manera buscada, al mundo real: la primera parece remitir a películas como “Malas calles” de Scorsese, estrenada el año anterior, con su evocación de la muerte de un hermano implicado en bandas callejeras neoyorquinas, y la segunda pone letra y música al temor que muchos sienten ante un viaje en avión. “Fallen angel” hace contrastar el formato clásico de balada melódica crimsoniana, punteando las estrofas con armónicos de la acústica o filigranas eléctricas del e-bow que casi suenan a violín, con una sección instrumental más oscura cuyo riff circular sirve de base para solos de corneta y cuyo aire aflamencado es difícil de negar, como si se quisiera dar un aroma “Spanish” a las pandillas callejeras de la Gran Manzana, sin saber aún, desde la Inglaterra del 74, las diferencias reales entre lo hispano y lo español.

“One more red nightmare”, salvando que se reemplaza el tono lírico y elegíaco de las estrofas por un aire más acelerado y paranoico que casa a la perfección con el texto, repite estructura, incluyendo el aire jazzístico de la sección improvisada, que aquí incluye incluso modulaciones a tonos diferentes para que el reencontrado Mel Collins se explaye a gusto. Es curioso, y al final va a tener razón Fripp en su divismo de anti-divo, que en todo el disco apenas hay solos de guitarra en el sentido clásico. Se toca mucha guitarra, pero siempre integrada en el diseño del grupo y de la composición como pieza imprescindible. La idea del guitarrista progresivo como virtuoso exhibicionista cuyas intervenciones no están justificadas por ninguna razón que no sea el egocentrismo casa poco con la personalidad de Fripp, desde luego egocéntrica pero mucho más pragmática (y antipática, por qué no decirlo). Pero claro, para qué desperdiciar tiempo rebatiendo críticas de personas que no han escuchado los discos y que se basan en prejuicios recibidos de sus hermanos mayores, o, peor aún, del New Musical Express o el Melody Maker mal traducidos.

La cara dos se abre con “Providence”, una de las piezas a las que siempre he atribuido el mérito de acostumbrarme a la atonalidad, y que, debido a su título, siempre me ha conjurado imágenes melancólicas del bueno de H.P. Lovecraft meditando sobre los misterios del universo y lo repulsivo de la sexualidad humana (algo que quizá se pueda explicar considerando que su madre lo vistió de niña hasta los seis años). Años después, nos dimos cuenta que entre este tema y, por ejemplo, las composiciones de Webern, mediaba una importante diferencia: Crimson, aunque utilicen melodía de timbres y enormes silencios, no organizan el sonido de manera previa, sino que están improvisando. Lo cual siempre me hizo pensar que la organización de un discurso musical que se basa en sus propias reglas es forzosamente más fácil que cuando hay que ajustarse a un ritmo, un tempo, una dinámica, una tonalidad, etc. determinadas, y que tal vez los compositores contemporáneos disfracen con teorías sesudísimas lo que quizá no sea muy distinto a una sesión free jazz de Sun Ra puesta sobre el papel. El corolario vendría a ser: mientras te suene bien, da igual de donde venga, pero no deja de dar rabia que algunos vendan con aires de superioridad intelectual lo que no es sino intuición, mientras que los currantes que se esfuerzan por sacar aún algo interesante de la gastada tonalidad tradicional reciban un desprecio indigno de lo arduo de su tarea.

“Starless”, en aquellos años de crisis energética y pesimismo respecto al futuro del rock, estaba pensada para ser el colofón de la carrera discográfica de King Crimson, y lo cierto es que se trata de lo más majestuoso del grupo en mucho tiempo. Incluso el poema de Palmer-James insiste en un supuesto futuro “sin estrellas y negro como una Biblia” que no se corresponde con las apariencias festivas y luminosas visibles para un observador no preparado. Es bien sabido que Fripp auguraba “el fin de la civilización tal como la conocemos” para el final de los años 70 y que su retirada del mundo hasta principios de los 80 obedecía a una voluntad de prepararse para sobrevivir. De ahí, si nos ponemos programáticos, quizá venga el ominoso y memorable crescendo que sucede a la última estrofa vocal, otra demostración de minimalismo que con sólo un riff bluesero del bajo, acompañamiento guitarrístico de una sola nota repetida, un uso estratégico de la percusión y subidas muy graduales de la tonalidad sabe crear una tensión insoportable que explota en una reformulación frenética del mismo episodio sobre la cual improvisa el saxo soprano de Mel Collins mientras Fripp esparce a su alrededor el mismo tipo de “guitarra ardiente” que seis años después ofrecería a David Bowie, con fines mucho más discotequeros, para su “Scary monsters”. El regreso final del tema melódico, con muchos más decibelios, podría leerse, si nos ponemos pretenciosos, como una demostración de que, aunque el Apocalipsis ya haya llegado en forma de ruido y furia, todavía pueden encontrarse belleza y esperanza en su seno, invirtiendo la ecuación del principio del tema. Pero lo cierto es que los Crimson clásicos terminan aquí, al borde del abismo.

sábado, 22 de noviembre de 2008

Compositores: Paul Hindemith


Hay veces en las que, cuando se te cuelga una etiqueta, por las razones que sean, nada de lo que hagas te servirá para librarte de ella. Ese fenómeno es lo suficientemente malo en la vida de todos los días, pero, cuando se produce en los ámbitos de la cultura, es posible que se siga arrastrando el sambenito después de muerto, durante años, décadas o incluso siglos.

Le pasó a Salieri por culpa de Pushkin, que escribió el drama original de su rivalidad con Mozart y fijó el estereotipo de mediocridad, envidia y traición que luego reciclaron Peter Shaffer y Milos Forman. Y le pasa también al grupo de compositores considerados a priori aburridos, sobre todo para quienes nunca los han escuchado. Por ejemplo, Max Reger y Paul Hindemith.

Y de todas las etiquetas, les tiene que tocar precisamente la de “aburridos”, es decir, la menos informativa de todas, pues se refiere a la reacción subjetiva de una persona que quizá encuerte apasionante observar el crecimiento de una planta o se duerma en el suelo viendo escenas de vampiros peleando contra hombres lobo sobre los tejados de París.

Mal asunto para Hindemith terminar considerado un plomo, dado que sus inicios fueron de niño terrible y provocador, como evidenciaban los títulos y argumentos de sus primeras óperas. No contento con poner música a un extravagante libreto del pintor Oskar Kokoschka, “El asesino: esperanza de las mujeres”, Hindemith se decidió, en “Sancta Susanna”, a contar la pasión sexual de una monja hacia la figura de Cristo crucificado.

Claro que, a la postre, para lo único que le sirvió todo esto a nuestro autor fue para ser uno de los pocos creadores arios incluidos en el índice inquisitorial nazi de la “Música degenerada”, y para tener que poner pies en polvorosa hacia los Estados Unidos pese al apoyo de Wilhelm Furtwängler. Se da por supuesto que no fue por motivos estéticos, ya que Hindemith, devoto del contrapunto y amigo de componer obras “prácticas” que pudieran ser interpretadas por el aficionado medio, defendía una armonía tonal renovada y rechazaba el dodecafonismo de Schoenberg, lo cual le ha valido cerca de un siglo en la lista negra, si es que no está en ella aún.

¿Por qué se supone que Hindemith aburre? Quizá porque, pese a utilizar medios instrumentales y orquestales clásicos, su concepto personal de la modernidad impide que los oyentes más conservadores vean en sus piezas melodías al viejo estilo, y favorece que se pierdan en contrapuntos laberínticos llenos de disonancias. Pero, por lo que a mí respecta, es raro que una obra de Hindemith me defraude, porque supo trasladar a la estética del siglo XX el concepto barroco de “la obra bien hecha”, y porque su energía motórica, su sabiduría instrumental, su inspiración melódica y armónica, mantienen un nivel más que aceptable hasta en las composiciones menos interesantes.

Para mí, Hindemith representa el camino que pudo haber seguido la música alemana de no ser por la debacle del Tercer Reich, tras la cual se demonizó el romanticismo postwagneriano y se instauró la dictadura de los doce tonos. Hindemith, junto a gente como Krenek, Schulhoff, Ullmann y demás defenestrados de la “Entartete Musik”, tenía en sus manos la síntesis entre la gran tradición germanica de los Beethoven, Brahms y Schubert, los aires de renovación del neoclasicismo stravinskiano, el jazz y la frivolidad de los años 20, y el expresionismo que empezó a presagiar Mahler. Pero la historia lo convirtió, como a Martinu, en una “rara avis” exiliada, en un profesor de música con acento raro a quien le estrenaban las obras para hacerle un favor, pero a quien la historia del arte no tomaría en serio.

A mí me gustan bastante las “Kammermusik”, las sinfonías “Matías el pintor”, “Serena” y “La armonía del mundo”, las “Metamorfosis sinfónicas sobre temas de Weber” y “Nobilissima visione”, sus sonatas para piano solo o para piano acompañante y todos los instrumentos de la orquesta, y esa curiosa suite de miniaturas pianísticas, casi impresionistas, que se llama “En una noche... sueños y experiencias” y que rompe con la imagen del contrapuntista severo de los “Ludus tonalis”. Por lo demás, habrá quienes lo encuentren un autor frío y se sientan con derecho a despreciarlo, dado que los popes de la vanguardia también lo hacen. Pero lo repito de nuevo: hasta sus obras menos inspiradas poseen un nivel de oficio, un apunte de posibilidades desperdiciadas por sus sucesores, que las hacen defendibles. Claro que a Schoenberg o a Webern nadie les pide entretenimiento, mientras que, en cambio, a Hindemith sí.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Compositores: Samuel Barber


Cuando cierto grupo indie cuyo nombre desconozco habla de una moto cuyo motor suena a Samuel Barber, creo no equivocarme en suponer que tal sonido se asemeja al “Adagio para cuerdas” y no a “Meditación y danza de venganza de Medea”, el “Concierto de Capricornio” o el “Segundo ensayo para orquesta”. Parece que estamos demasiado acostumbrados al ámbito de la música pop, donde una manera de sonar es una marca de fábrica, para hacernos a la idea de que un compositor no se pasa la vida entera repitiendo la misma pieza. Bueno, Stravinsky dijo que Vivaldi compuso doscientas veces el mismo concierto, pero no todos tienen por qué hacer así.

Si consideramos que el “Adagio para cuerdas” es una de las primeras obras de Barber (es el arreglo para toda la sección de cuerda de un movimiento de su Cuarteto op. 11), nos daría la impresión de que lo suyo fue llegar y besar al santo, aunque estos éxitos tempranos tienen también bastante de maldición. Tanta aparición cinematográfica en “El hombre elefante” y “Platoon”, tanto funeral de estado a su son, han terminado haciendo de la pieza un sinónimo de dramatismo sensiblero, de un romanticismo moña ajeno al espíritu de los tiempos, en definitiva en una partitura detestada de manera inmisericorde por mucha persona de criterio independiente que se siente objeto de una manipulación al escucharla.

Injusto; el sentimentalismo forma parte de las emociones y pensamientos humanos con idéntico rango a la furia, el cálculo racional, el deseo sexual o el humor, y si pensamos que la música puede intentar reflejar todo esto, el “Adagio para cuerdas” posee una dignidad sobrecogedora, sea un topicazo o no. Es verdad que no hay muchos progresos formales respecto al siglo XIX, pero también que Barber no se detuvo ahí. Su ballet “Medea”, junto a la increíble síntesis del mismo, la “Meditación y danza de venganza”, que recompone e unifica sus momentos estelares en apenas 12 minutos, no son la obra de un retrógrado, sino de alguien que conoce muy bien los recursos modernos de la orquesta, sabe crear atmósferas inquietantes y oscuras y conducirlas a un clímax a medio camino entre los ritmos latinos y “La consagración de la primavera”.

El “Concierto para violín”, por más que los íntegros puedan cachondearse al saber que fue encargado por un fabricante de jabón para que su hijo adoptivo se luciera, debe ser uno de los últimos grandes conciertos para el instrumento llenos de amplias melodías, romanticismo expansivo y virtuosismo diabólico. Y la verdad es que el formato concertante se le dio bien a Samuel: para piano, dejó una interesante confrontación entre un modernismo percutante como lo pudo haber entendido el último Bartók y la melodía dulce e inolvidable del movimiento central, y, para chelo, ya que no podía medirse en ese terreno a Dvorak (¿y quién ha podido?), se ocupó de que su concierto fuera de los más directos y dinámicos jamás escritos para el mastodonte que se toca entre las piernas.

La cosa no para ahí: la “Sinfonía nº1”, cuyos cuatro movimientos continuos desarrollan con sobriedad, ingenio e imaginación un único tema, no me parece peor que, por ejemplo, la “Sinfonía da requiem” de Britten; la “Sonata para piano”, angular y tensa, atestigua que Barber manejaba armonías y ritmos más modernos de lo que muchos seudomelómanos le atribuyen; el “Concierto de Capricornio” es una atractiva incursión en el neoclasicismo stravinskiano, “Música de verano” es uno de los quintetos de viento más evocadores y melancólicos que conozco...

Vamos, que si hay por ahí fuera alguna moto que suene a todo esto, yo quiero esa moto.

domingo, 20 de abril de 2008

"El jardín de infancia" de Geoff Ryman


Cada cierto tiempo, algún editor español incurre en la soberana ingenuidad de creer que el público lector de ciencia ficción está preparado para una novela larga, ambiciosa, densa en psicología, conceptos y escenarios, alejada del dogma que identifica el subgénero con las aventuras espaciales, con el entretenimiento tosco pero eficaz de los viejos autores pulp. El ejemplo más reciente que puedo citar es el de Roca Editorial, que apostó por “El jardín de infancia” de Geoff Ryman, obra prestigiosa en el mundillo anglosajón pero que llevaba inédita por aquí unos 18 años. Apostó y perdió: todavía tengo que cruzarme con algún miembro del fandom que exprese algo más que desprecio y descalificación cuando se le nombra este libro, en un torrente de sapos y lagartijas como no se veía desde “Luz” de M. John Harrison.

Una reacción a todas luces exagerada: aunque es un libro que no carece de sus defectos, que quizá no haya calibrado bien el efecto final de su exuberancia, de su concentración introspectiva en un personaje que no llega a despertar toda la empatía que debiera, está claro que no es tan insoportable como se quiere dar a entender. Tanto su inédita manera de poner en escena una futura Inglaterra, con un Londres tropicalizado y modelado a partir del comunismo asiático, como su inusual galería de personajes a cual más peculiar y grotesco, sus retorcidas especulaciones científicas a medio camino de la filosofía, o su carga emotiva que a ratos alcanza un notable “pathos”, todo ello vehiculado a través de un constante bombardeo informativo, podrán apabullar o sobrecargar, pero raras veces aburrir, a no ser que disfracemos de aburrimiento lo que no es sino una reacción visceral de rechazo a lo que leemos.

Personalmente creo que no es un libro facilísimo de leer, pues exige un recogimiento, una lentitud en la asimilación, unas pausas para “digerir”, opuestas en todo al ideal lector de los fandomitas, es decir, el “pasapáginas” que se engulle como lo hace un pavo y donde casi todo se sacrifica al impulso hacia delante. Pero tampoco creo que “El jardín de infancia” sea un “Finnegans wake” de Joyce. Me da el pálpito de que ese no es el problema.

Tal vez parte del obstáculo haya que buscarlo en las ambiciones artísticas de Ryman, su invocación constante de la alta cultura, del teatro shakespeariano, la música clásica o, en particular, la ópera. Odio generalizar, pero, así a bote pronto, una buena parte del público lector de la CF sitúa sus metas intelectuales en el campo de las ciencias, entendiéndolas como un campo objetivo del saber con validez práctica universal, algo de lo que carecerían muchas de las humanidades, que a menudo sirven de cabeza de turco de un sistema educativo que no sabe transmitirlas o las estigmatiza como seña de identidad de una clase acomodada o espabilada que vive de señalar la ignorancia del populacho y restregársela en la cara.

Partiendo de estos presupuestos, ¿cómo enfocar una novela que en gran medida trata sobre el proceso de puesta en escena holográfica de una ópera sobre “La divina comedia” de Dante? ¿Donde figuran como elementos importantes de la trama “La canción de la tierra” de Mahler o “Trabajos de amor perdidos” de Shakespeare? ¿Donde se da por supuesta una formación musical básica, así como una tolerancia hacia el tipo de estructuras en arco, pausadas y prolongadas, de un movimiento sinfónico del postromanticismo? Mientras que para otros la CF es rock de garaje, punk, nueva ola o rock gótico, pretendidas alternativas al sistema, Ryman se pone del lado de la cultura oficial e imprime a sus páginas la gravedad ensimismada, las arquitecturas monumentales, la seriedad humanista pero un tanto plomiza, de una sinfonía de Gustav Mahler o Anton Bruckner. Y vale, Mahler valdrá menos para ambientar fiestorros que los Strokes o Franz Ferdinand, pero, fijándonos en el uso creativo de la música, ¿quién tiene más ideas, quién es más variado, quién más expresivo? Lo que pasa es que los forofos de la CF montan la de san Quintín cuando algún crítico listillo les dice que su subgénero predilecto no es arte, pero cuando viene un pretencioso como Ryman a darles arte a espuertas, no les gusta lo que encuentran. Porque el arte, como la fama, cuesta. Y aquí es donde vais a empezar a pagar. Con sudor.

Otro factor que conviene tener en cuenta a la hora de analizar el rechazo fandomita a “El jardín de infancia” es el elemento lésbico. No olvidemos que uno de los ejes fundamentales de la trama es el amor de la protagonista, Milena, hacia Rolfa, una chica alterada genéticamente para sobrevivir temperaturas antárticas, pero que será asimilada y corregida de sus tendencias por el sistema, dejando de su antiguo ser tan solo la mencionada ópera sobre Dante. El hecho de que uno de los últimos autores en dejar huella sobre el fandom sea Richard Morgan, con sus aventuras de Takeshi Kovacs, superhombre que extermina sin piedad a todos los malotes y se acuesta con cuanta fémina se ponga a tiro, deja claro lo que Ryman no parecía saber: que la CF es cosa de machos. Acostumbrados a viriles peripecias de héroes de pelo en pecho, la verdad es que fastidia tener que tragarse los cometarros de una tortillera. Y si no que se lo digan a Miquel Barceló, cuya edición en Nova de la novela “Río lento” de Nicola Griffith fue recibida con clamor de indignación por los aficionados, para quienes el lesbianismo sólo parece ser tolerable en la versión de él que presentan los realizadores de cine porno.

O tal vez estemos hablando de una mala traducción incapaz de comunicar los matices del estilo o que hace oscuro e incomprensible lo que el original sí deja más o menos claro. No sé. A mí por lo menos no me ha costado llegar al final, me ha intrigado esa premisa paradójica de la desaparición del cáncer como final de la longevidad humana, de la educación mediante virus implantados casi desde la lactancia. He encontrado curiosa esa tecnología biológica, esas naves espaciales vivientes, esas epidemias de tranferencia mental, de empatía abusiva con las formas de vida, de la canción como elemento imprescindible de la comunicación oral. Esos embarazos masculinos que a menudo se saldan con la muerte. Una pléyade de elementos apasionantes que darían para medio centenar de relatos cortos pero que Ryman, quizá equivocadamente, ha preferido integrar en una larguísima narración cuya prodigalidad puede aturdir. Tampoco le ayuda tomarse tanto en serio a sí mismo, cuando un punto de humor mordaz, al estilo de Angela Carter, con cuya obra guarda cierto parentesco, le habría ayudado a comunicar mejor su mensaje. Pero me sabe mal censurar su grave concepto de la trascendencia moral, cuando varias de las apoteosis, en especial la última, logran una dignidad poética más bien emocionante.

Pero si esto no nos llega, si encontramos, tras un centenar escaso de páginas, que estamos ante un tostón insufrible, siempre podremos reivindicar valores más básicos, como el de exterminar zombis durante un par de horas en la videoconsola. No será mejor ni peor, será distinto. Quizá a Mahler le hubieran gustado los videojuegos, le hubieran consolado de la muerte de su hija pequeña, de tener que abjurar del judaísmo para ser nombrado director de la ópera. Pero la música sería más pobre sin las sinfonías de Mahler, por muy plúmbeas que puedan resultar a veces, así como la CF sería más pobre sin escritores como Ryman. Leed la novela otra vez cuando seáis mayores. Aunque... ¿ser friki no significa no hacerse nunca mayor? ¿La apreciación del arte “serio” no es un comienzo de vejez, de “rendición al sistema”? Preguntas apasionantes a las que sólo puedo dar una respuesta.

No.

domingo, 13 de enero de 2008

No es deshonra para ti


Todo empezó hace ya unos cuantos años, cuando vi en los cines Ideal el trailer de “Buffalo ‘66”. La utilización de “Heart of the sunrise” de Yes, tanto el poderoso riff inicial yuxtapuesto a un montaje efectista como la lánguida y romanticona parte cantada como fondo para los arrumacos de Vincent Gallo y la entonces muy regordeta Christina Ricci, motivó por sí misma que fuéramos a ver aquella peli, tan simpática en primer visionado y que tras revisar se queda casi en nada.

Pero la función fundamental de esa película en el orden del universo fue abrir puertas en mí mismo, persuadirme para que aceptara por fin una verdad que llevaba años aherrojada bajo capas de represión: que me gustaba el rock sinfónico.

Siguiendo la corriente al pensamiento único que llevaba imperando unos 25 años, había dejado de lado aquellos grupos que supusieron mi iniciación en la música: King Crimson, Yes, Genesis, Emerson Lake & Palmer, Camel. Eran residuos de una generación anterior, la de mis hermanos mayores, en la que aún se llevaban una cierta solemnidad retórica, un utopismo frisando lo hippie, un gusto por la complicación y el recargamiento, que tanto avergonzarían a los cachorros de los sórdidos finales de los 70 y principios de los 80.

Pero a mí me fascinaban aquellos discos. La inocencia baladística de algunos momentos, unida a lo duro y chirriante de otros, a su grandiosidad casi tontorrona, su falta de la mala leche que bullía sin límites en lo poco que conocía del mundo exterior, sus piruetas instrumentales que yo seguía con el mismo espíritu lúdico que los regateos virtuosos de un delantero brasileño zafándose de toda la defensa contraria, formaron mis gustos musicales, fueron aquilatando mi sentido de la estética. Más tarde llegarían otras cosas, pero la base ya estaba ahí.

Eso sí, de mayor me enteré de que aquellos discos que me hicieron soñar con las posibilidades del arte y de la vida eran aparentemente lo peor que se había hecho nunca en el ámbito del rock. Insoportables desarrollos instrumentales, solos interminables para lucirse, letras rimbombantes y ridículas, ínfulas artísticas fuera de lugar en un estilo que sólo vale para captar la rabia juvenil de la clase trabajadora más tirada. Todo resumido en las dos palabras comodín que los guardianes de la pureza siguen aplicando a toda forma de cultura popular que no comprenden: “aburrido” y “pretencioso”.

De poco sirve, ahora que el daño está hecho, saber que las actitudes negativas hacia el rock sinfónico son una simple consecuencia de un fenómeno 100% británico: el clasismo recalcitrante y el resentimiento de las capas menos favorecidas. Cuando los chicos más pudientes, que habían podido recibir clases en el conservatorio, empezaron a agarrar instrumentos eléctricos y a componer canciones complejas de 20 minutos que trataban sobre mitología griega o leyendas seudomedievales, aquello no podía ser sino una manera de restregar su superioridad innata en la cara sucia de los pobres. Fuese buena o mala su música, había que odiarlos.

No hay prejuicio en contra de los grupos progresivos que no se pueda rastrear a la mala baba de los gacetilleros de Fleet Street, al transplante de maldades demagógicas a terrenos extranjeros donde no existe, o no es tan importante en la vida cotidiana, ese rencor invencible contra los que se consideran privilegiados. Llevándolo un poco más lejos, supone un síntoma particular de una enfermedad más grande: el rechazo a la cultura, entendida como un campo de juego de los poderosos, una manera de distinguirse de la plebe. No tienes más que mentar la música clásica entre personas enrolladas y el mohín es unánime. En cierta manera, el rock sinfónico se vio como un intento por parte de las élites de apropiarse de la música pop, de robarle su sucia simplicidad, su espontaneidad de eructo barriobajero.

Todo lo cual peca de exagerado. Siempre he pensado que lo simple y lo complejo han de coexistir, que sin pretensiones vanas e imposibles de cumplir la vida en este planeta carecería de sentido. Desterrar de la música popular los sonidos elaborados, los desarrollos, la técnica instrumental, las ganas de hacer literatura, por muy ingenuo e insuficiente que pudiese haber sido todo esto en el auge del sinfonismo rockero, ha contribuido lo suyo a que desemboquemos en esta época cuyas grandes figuras son los Bisbal, las Britney Spears o los grupos revelación cuyo momento de gloria responde como un reloj a la profecía de Andy Warhol.

A la industria no le convenía que el público se educara musicalmente, que usara a los King Crimson y compañía para desarrollar una sensibilidad que acabaría por dejar atrás a la mayoría de los productos estrella, concebidos para ser fáciles de escuchar, de desechar y de reemplazar por otros. Existía el peligro de ver el rock convertido en una caterva de vanguardistas seudo-intelectuales incapaces de explotar las frustraciones adolescentes. Además, por otro lado, los espectáculos a lo Pink Floyd se estaban volviendo demasiado caros para una época de crisis energética. Había que cerrar el grifo, volver a una estética cutre, disfrazarla de una rebeldía revanchista, vender una ética de la violencia y la autodestrucción que pusiese fuera de juego a los elementos incómodos. Así fue como nació el punk.

Pero yo guardo aún mucho cariño por los sinfónicos: me enternece su idealismo artístico, me sorprende que la maquinaria comercial de la música tuviese lugar para Keith Emerson tocando un órgano de iglesia él solito durante cinco minutos, para Robert Fripp jugando con cintas magnetofónicas a lo Stockhausen, para los dos Steve, Hackett y Howe, desgranando romanzas de aroma clásico en sus acústicas. Así supe que existía el jazz, que existía la orquesta sinfónica, que un pasaje instrumental o un buen solo pueden decir mucho más que los ripios del señor Sabina.

Ahora que el público finolis y gafapasta encumbra como icono de la vanguardia popera a más de un farsante que musicalmente no sabe hacer la O con un canuto, y que la industria del rock se encamina a su autodestrucción, déjenme reivindicar lo barroco y decadente, como hicieron los romanos con los bárbaros a las puertas.

Ahora que me voy acercando a los cuarenta, y no precisamente los principales, déjenme sentirme joven con las armonías a tres voces de Anderson, Squire y Howe, con los teatreos de un Peter Gabriel que aún no iba de salvador del mundo, con los guitarreos locos de un Robert Fripp que no se daba cuenta de que las letras de Peter Sinfield podían ser un tanto guarras, con el macarrismo culto de los teclados de Emerson, con el lirismo ingenuo que destilaban la voz grave y los punteos saltarines de Andy Latimer.

Presentada queda, pues, la que será una de las líneas maestras de este blog en el 2008: el repaso más o menos tierno a varios de estos entrañables dinosaurios, deteniéndome, disco a disco, en sus discografías, y de esta manera profundizando en las causas de mis escasos momentos de felicidad, en la esencia fugitiva de esa juventud cándida que siento palpitar ahora en los auriculares mientras escucho “Starship trooper” y que hasta ahora consigo mantener intacta, al margen de los estragos del mundo.

Sí, soy un pretencioso. Y a mucha honra.