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domingo, 12 de diciembre de 2010

10 antologías de relatos de un solo autor que me han marcado

1 – “Oeuvres” de Marcel Schwob.



2 – “The complete short stories” de J.G. Ballard.



3 – “Burning your boats” de Angela Carter.



4 – “The essential Ellison” de Harlan Ellison.



5 – “Oeuvres choisies” de Jean Ray.



6 – “Tales and sketches” de Nathaniel Hawthorne.



7 – “The Avram Davidson treasury” de Avram Davidson.



8 – “Nouvelles complètes” de Marcel Aymé.



9 – “The stories of Ray Bradbury” de Ray Bradbury.



10 – “Madurar hacia la infancia” de Bruno Schulz.

domingo, 20 de abril de 2008

"El jardín de infancia" de Geoff Ryman


Cada cierto tiempo, algún editor español incurre en la soberana ingenuidad de creer que el público lector de ciencia ficción está preparado para una novela larga, ambiciosa, densa en psicología, conceptos y escenarios, alejada del dogma que identifica el subgénero con las aventuras espaciales, con el entretenimiento tosco pero eficaz de los viejos autores pulp. El ejemplo más reciente que puedo citar es el de Roca Editorial, que apostó por “El jardín de infancia” de Geoff Ryman, obra prestigiosa en el mundillo anglosajón pero que llevaba inédita por aquí unos 18 años. Apostó y perdió: todavía tengo que cruzarme con algún miembro del fandom que exprese algo más que desprecio y descalificación cuando se le nombra este libro, en un torrente de sapos y lagartijas como no se veía desde “Luz” de M. John Harrison.

Una reacción a todas luces exagerada: aunque es un libro que no carece de sus defectos, que quizá no haya calibrado bien el efecto final de su exuberancia, de su concentración introspectiva en un personaje que no llega a despertar toda la empatía que debiera, está claro que no es tan insoportable como se quiere dar a entender. Tanto su inédita manera de poner en escena una futura Inglaterra, con un Londres tropicalizado y modelado a partir del comunismo asiático, como su inusual galería de personajes a cual más peculiar y grotesco, sus retorcidas especulaciones científicas a medio camino de la filosofía, o su carga emotiva que a ratos alcanza un notable “pathos”, todo ello vehiculado a través de un constante bombardeo informativo, podrán apabullar o sobrecargar, pero raras veces aburrir, a no ser que disfracemos de aburrimiento lo que no es sino una reacción visceral de rechazo a lo que leemos.

Personalmente creo que no es un libro facilísimo de leer, pues exige un recogimiento, una lentitud en la asimilación, unas pausas para “digerir”, opuestas en todo al ideal lector de los fandomitas, es decir, el “pasapáginas” que se engulle como lo hace un pavo y donde casi todo se sacrifica al impulso hacia delante. Pero tampoco creo que “El jardín de infancia” sea un “Finnegans wake” de Joyce. Me da el pálpito de que ese no es el problema.

Tal vez parte del obstáculo haya que buscarlo en las ambiciones artísticas de Ryman, su invocación constante de la alta cultura, del teatro shakespeariano, la música clásica o, en particular, la ópera. Odio generalizar, pero, así a bote pronto, una buena parte del público lector de la CF sitúa sus metas intelectuales en el campo de las ciencias, entendiéndolas como un campo objetivo del saber con validez práctica universal, algo de lo que carecerían muchas de las humanidades, que a menudo sirven de cabeza de turco de un sistema educativo que no sabe transmitirlas o las estigmatiza como seña de identidad de una clase acomodada o espabilada que vive de señalar la ignorancia del populacho y restregársela en la cara.

Partiendo de estos presupuestos, ¿cómo enfocar una novela que en gran medida trata sobre el proceso de puesta en escena holográfica de una ópera sobre “La divina comedia” de Dante? ¿Donde figuran como elementos importantes de la trama “La canción de la tierra” de Mahler o “Trabajos de amor perdidos” de Shakespeare? ¿Donde se da por supuesta una formación musical básica, así como una tolerancia hacia el tipo de estructuras en arco, pausadas y prolongadas, de un movimiento sinfónico del postromanticismo? Mientras que para otros la CF es rock de garaje, punk, nueva ola o rock gótico, pretendidas alternativas al sistema, Ryman se pone del lado de la cultura oficial e imprime a sus páginas la gravedad ensimismada, las arquitecturas monumentales, la seriedad humanista pero un tanto plomiza, de una sinfonía de Gustav Mahler o Anton Bruckner. Y vale, Mahler valdrá menos para ambientar fiestorros que los Strokes o Franz Ferdinand, pero, fijándonos en el uso creativo de la música, ¿quién tiene más ideas, quién es más variado, quién más expresivo? Lo que pasa es que los forofos de la CF montan la de san Quintín cuando algún crítico listillo les dice que su subgénero predilecto no es arte, pero cuando viene un pretencioso como Ryman a darles arte a espuertas, no les gusta lo que encuentran. Porque el arte, como la fama, cuesta. Y aquí es donde vais a empezar a pagar. Con sudor.

Otro factor que conviene tener en cuenta a la hora de analizar el rechazo fandomita a “El jardín de infancia” es el elemento lésbico. No olvidemos que uno de los ejes fundamentales de la trama es el amor de la protagonista, Milena, hacia Rolfa, una chica alterada genéticamente para sobrevivir temperaturas antárticas, pero que será asimilada y corregida de sus tendencias por el sistema, dejando de su antiguo ser tan solo la mencionada ópera sobre Dante. El hecho de que uno de los últimos autores en dejar huella sobre el fandom sea Richard Morgan, con sus aventuras de Takeshi Kovacs, superhombre que extermina sin piedad a todos los malotes y se acuesta con cuanta fémina se ponga a tiro, deja claro lo que Ryman no parecía saber: que la CF es cosa de machos. Acostumbrados a viriles peripecias de héroes de pelo en pecho, la verdad es que fastidia tener que tragarse los cometarros de una tortillera. Y si no que se lo digan a Miquel Barceló, cuya edición en Nova de la novela “Río lento” de Nicola Griffith fue recibida con clamor de indignación por los aficionados, para quienes el lesbianismo sólo parece ser tolerable en la versión de él que presentan los realizadores de cine porno.

O tal vez estemos hablando de una mala traducción incapaz de comunicar los matices del estilo o que hace oscuro e incomprensible lo que el original sí deja más o menos claro. No sé. A mí por lo menos no me ha costado llegar al final, me ha intrigado esa premisa paradójica de la desaparición del cáncer como final de la longevidad humana, de la educación mediante virus implantados casi desde la lactancia. He encontrado curiosa esa tecnología biológica, esas naves espaciales vivientes, esas epidemias de tranferencia mental, de empatía abusiva con las formas de vida, de la canción como elemento imprescindible de la comunicación oral. Esos embarazos masculinos que a menudo se saldan con la muerte. Una pléyade de elementos apasionantes que darían para medio centenar de relatos cortos pero que Ryman, quizá equivocadamente, ha preferido integrar en una larguísima narración cuya prodigalidad puede aturdir. Tampoco le ayuda tomarse tanto en serio a sí mismo, cuando un punto de humor mordaz, al estilo de Angela Carter, con cuya obra guarda cierto parentesco, le habría ayudado a comunicar mejor su mensaje. Pero me sabe mal censurar su grave concepto de la trascendencia moral, cuando varias de las apoteosis, en especial la última, logran una dignidad poética más bien emocionante.

Pero si esto no nos llega, si encontramos, tras un centenar escaso de páginas, que estamos ante un tostón insufrible, siempre podremos reivindicar valores más básicos, como el de exterminar zombis durante un par de horas en la videoconsola. No será mejor ni peor, será distinto. Quizá a Mahler le hubieran gustado los videojuegos, le hubieran consolado de la muerte de su hija pequeña, de tener que abjurar del judaísmo para ser nombrado director de la ópera. Pero la música sería más pobre sin las sinfonías de Mahler, por muy plúmbeas que puedan resultar a veces, así como la CF sería más pobre sin escritores como Ryman. Leed la novela otra vez cuando seáis mayores. Aunque... ¿ser friki no significa no hacerse nunca mayor? ¿La apreciación del arte “serio” no es un comienzo de vejez, de “rendición al sistema”? Preguntas apasionantes a las que sólo puedo dar una respuesta.

No.

viernes, 29 de junio de 2007

"La juguetería mágica" de Angela Carter


“El verano en que cumplió quince años, Melanie descubrió que estaba hecha de carne y hueso”. Así comienza “La juguetería mágica”, segunda novela de Angela Carter, dejando clara su intención de describir la transición a la edad adulta de una adolescente por vía de su proceso de maduración sexual.

Pero tratándose de Angela Carter, estaba claro que no nos encontraremos exactamente lo que esperábamos. Aunque en 1967 Carter aún estaba lejos de la acidez imaginativa de novelas como "La pasión de la nueva Eva", “La juguetería mágica” contiene el germen del revisionismo psicosexual de los cuentos de hadas en el libro de relatos “La cámara sangrienta”.

No se trata de una novela fantástica en modo literal, aunque podría argumentarse que la mirada mágica de la protagonista y su lectura de los acontecimientos se alejan del realismo casi dickensiano al que se prestaba la historia y dejan lagunas deliberadas en forma de escenas surreales, oníricas e incluso terroríficas, que una lógica narrativa tradicional no explica satisfactoriamente.

Después de que Melanie, durante un viaje a América de sus padres, se pruebe el vestido de novia de su madre, lo desgarre y se vea obligada a trepar desnuda al manzano que crece junto a su ventana para regresar a su habitación, la subsiguiente muerte de los progenitores en accidente aéreo se le antoja una lógica consecuencia y justo castigo por su transgresión. Ella y sus dos hermanos pequeños deberán dejar su idílica campiña y mudarse, en un Londres depauperado y sórdido, a casa de su tío Philip, un juguetero brutal y autoritario que ha reducido a la mudez a su joven esposa Margaret y la tiraniza al igual que a los dos hermanos de ella, Finn y Francie, como pareció ser, durante siglos, el sino de los irlandeses a manos de los ingleses.

Ya desde el principio, el simbolismo campa a sus anchas: el manzano junto a la casa familiar insinúa que la infancia era el paraíso, el vestido de novia es un emblema del despertar al sexo y a la vida adulta. Llegados a la casa del tío Philip, entramos en un universo casi de novela gótica, con un cabeza de familia orondo y terrorífico, creador adusto de figuritas inanimadas, a quien resulta difícil no identificar con Dios (o con Rod Steiger, cuyo rostro, suplementado de enormes bigotazos, se me sobreimpresionaba sin parar a las descripciones de Carter).

Margaret, su esposa, aunque no es realmente muda, perdió el habla desde su boda con Philip y se comunica escribiendo con tiza en una pequeña pizarra que siempre lleva consigo. Por si fuera poca su esclavitud diaria en el hogar, su atavío para los días festivos, un vestido anticuado e incómodo adornado con un collar de plata, rivaliza en mortificación con una armadura medieval y casi produce mayor sufrimiento que placer.

En cuanto a los hermanos, Finn y Francie tienen algo de Caín y Abel en sus caracteres contrapuestos, en la rebeldía peligrosa y excitante de uno frente a la bondad ralentizada del otro, pero la tensión homicida se establece aquí entre padres e hijos, en un reflejo tanto del conflicto anglo-irlandés como del nuevo papel de los EEUU tras la II Guerra Mundial(no olvidemos que la foto de Philip en la boda de los padres de Melanie lo muestra como un joven Buffalo Bill).

Pero Finn, más que Caín, es comparable a la serpiente del Edén. Empezando porque es un ángel caído: Philip, descontento con los manejos de Finn en su teatro de marionetas, lo empuja desde lo alto al escenario, lo que motivará una inquietante modificación de su carácter. Finn parece destinado a iniciar a Melanie en el sexo: el paseo de ambos por el parque abandonado, donde yace derribada en fragmentos una estatua de la reina Victoria, culminará en el primer beso entre ambos, a la par que el ensayo de la segunda obra de marionetas, la historia de la violación de Leda por el cisne, se considera diseñada por el patriarca para propiciar la pérdida de la virginidad y el posible embarazo de la chica.

Quizá quepa ver en esta novela una empanada de simbolismos psicológicos y políticos en apoyo de una agenda feminista, pero el arsenal de imágenes convocado por Carter se aleja de la vulgaridad iconográfica de mucho arte que se quiere revolucionario: ya en el segundo párrafo del libro brilla el adjetivo “prerrafaelista”, mientras en otros segmentos, por ejemplo el consagrado a las pinturas vengativas de Finn, se invoca el espíritu del Bosco, y Edgar Allan Poe es nombrado en más de una ocasión.

Las trampas que acechan a una chica al borde de la edad adulta se dibujan con pasión visionaria: el hogar, una prisión gótica; la familia, una maldición marcada a fuego con los estigmas de la clase trabajadora; el sexo, un laberinto de placer y dolor, de voyeurismo (Finn espía a Melanie por un agujero en la pared en el mejor espíritu de Norman Bates) y de apariencias engañosas (Melanie pierde el sentido en el momento culminante de la recreación, protagonizada por ella misma y una marioneta, de “Leda y el cisne”; más adelante se insinúa que Philip estaba oculto en el falso cisne, pero nunca sabremos a ciencia cierta lo que pasó).

La liberación de este orden patriarcal opresivo no podrá llevarse a cabo sino mediante la transgresión, que tendrá una doble dimensión: por un lado el obvio simbolismo del destrozo del cisne y por otro, en nueva negación del carácter doctrinario y elemental que planea sobre el libro, el descubrimiento de la relación incestuosa entre Margaret y Francie. Visto lo visto, la juguetería mágica tenía que terminar como la Casa Usher.

Tengo entendido que la editorial Minotauro saldó toda la obra publicada en España de Angela Carter, durante la época en que Porrúa la vendió a Planeta y los nuevos amos dejaron atrás las ambiciones artísticas del antiguo en pos de un éxito comercial que los ha eludido concienzudamente. Una lástima, porque Carter era una de las originales: a pocos se les ocurriría hacer de una fascinante juguetería de época un escenario tétrico de tiranía y represión, y pocos demostrarían un don tan rico y exuberante para la metáfora y el lenguaje, sabiendo transmitir un ideario a base de inquietar en lugar de sermonear. Y no olvidemos que Angela estaba sólo en los comienzos de su carrera: en lo sucesivo, superaría con creces este muy sugestivo libro.

Muerta a los 51 años. Qué os parece.