Mostrando entradas con la etiqueta Simbolismo y decadencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Simbolismo y decadencia. Mostrar todas las entradas

sábado, 29 de mayo de 2021

522: De la página a la pantalla: "El hombre que cayó a la Tierra" (Walter Tevis vs. Nicolas Roeg)

 


David Hartwell afirmaba que la manera “correcta” de leer ciencia ficción es como una especulación literal, sin dimensiones metafóricas y tratando estrictamente sobre sus sujetos: viajes espaciales, investigaciones científicas, la evolución humana, etc. Pero en la práctica lo que lanzar un solo mensaje a la vez es complicado: hay demasiados ecos y resonancias, producidos sobre todo por la mente cavernosa de los autores.


Es difícil leer “El hombre que cayó a la Tierra” de Walter Tevis sin que venga a la mente la larga lucha de su autor contra el alcoholismo, que terminó silenciando su pluma durante casi dos décadas. El aislamiento en el que cae Thomas Jerome Newton, el alienígena llegado entre nosotros con un doble plan de salvamento, de su planeta caído en una debacle post-apocalíptica, primero, y del nuestro, a punto de entrar en otra en lo que parece una historia paralela, topa con el desgaste que le supone el trato con la especie humana y se refugia de él mediante un creciente consumo de ginebra.

Le pese lo que le pese a Hartwell, el alienígena es un alienado, de la misma manera que “El pueblo” o “La gente” de Zenna Henderson eran las personas como tú, que no existían en tu pequeño pueblo de mentalidad estrecha pero te esperaban ahí fuera en el ancho mundo para acogerte en su seno. Newton es inteligente, está lleno de la sabiduría avanzada de su mundo y su potencial es infinito, pero los humanos no saben manejarlo, son capaces de infligirle un daño irreparable por un error estúpido. El potencial mesías termina como una figura marginal, decadente, desengañada, cuya fortuna apenas le sirve de nada, y que deja grabada la poesía de su planeta como único extraño testimonio de su paso entre nosotros.


Daba un poco por hecho que la adaptación cinematográfica del libro, dirigida por Nicolas Roeg en 1976, 13 años después de su publicación original, alteraría sustancialmente su esencia, pero la veo bastante fiel en todos los puntos básicos de la trama, desde la manera en que Newton consigue su fortuna hasta su reencuentro final con el profesor Bryce, su confidente, cuando ya es apenas una sombra de lo que fue, manteniendo el atavío descrito en el libro, sombrero tipo “fedora” incluido.


La película incluso comparte la referencia al cuadro de
Brueghel “La caída de Ícaro” e incluso al poema que el mismo cuadro le inspiró a W.H. Auden, donde se habla, en la traducción de Ezequiel Zaidenwerg, de ese barco, tan caro y elegante, que ha de haber asistido a algo asombroso, un chico desplomándose del cielo, tenía que llegar a algún lugar, y siguió navegando mansamente”. El cuadro de Brueghel siempre me ha intrigado como un ejemplo de fantástico en los márgenes. Si no nos dijeran que Ícaro está ahí, tardaríamos un buen tiempo recorriendo la mirada por el lienzo hasta reparar en la esquina inferior derecha, donde vemos unas piernas debatiéndose en el agua, así como, si mi mala reproducción no me engaña, algunas plumas flotando en las aguas.



En todo caso, el hecho de que estas alusiones literarias y pictóricas se mantienen, al igual que otros aspectos más “de género”, como las innovaciones en la fotografía o en la reproducción sonora que ayudan a cimentar la fortuna de Newton, dan la pista de que no estamos ante una adaptación al uso, que va a lo esencial restringiendo los vuelos de la retórica, sino todo lo contrario, aprovechando la premisa de Tevis para crear algo más enrarecido.



Por ejemplo, Tevis es bastante concreto a la hora de relatar en qué consiste la misión de Newton, estableciendo paralelismos entre el destino de Anthea, su planeta de origen, y el nuestro, inmerso en la Guerra Fría en el año de publicación del libro, 1963, y prolongando esta situación, en una predicción correcta, más de 20 años después. También se hace referencia a la degradación del medio ambiente de ese mundo, algo en lo que la Tierra podría seguirle en breve. Newton pretende “rescatar” la Tierra, y de paso salvar a los “antheanos” supervivientes, infiltrando comunidades que transformasen su planeta adoptivo desde dentro.



Roeg descarta todo esto, tomando una decisión arriesgada que convierte su versión fílmica en una de las películas de CF en las que hay más coherencia entre tema y estilo. Al igual que Barry Malzberg afirmaba en su novela-ensayo “Galaxies” que pocos escritores, o ninguno, serían capaces de transmitir las impresiones de un viaje espacial y su impacto sobre la psique de un astronauta, también supone un desafío considerable transmitir los pensamientos y las reacciones de un alienígena, cuyos procesos mentales, es de recibo, no estarían sometidos a las mismas leyes.



Tevis usa con bastante alegría el estilo indirecto libre, jugando con una analogía de procesos mentales que supone una prolongación del físico humanoide de Newton, con solo unas pequeñas diferencias físicas como sus pupilas similares a las de un gato, su estructura ósea diferente a la nuestra, tener solo cuatro dedos del pie o carecer de uñas. En cambio, Roeg imagina que su percepción del tiempo es diferente, lo cual le permite sus juegos habituales con la cronología del montaje (una de sus marcas de fábrica desde “Amenaza en la sombra”) y da pie a un fascinante momento que no aparece en el libro: paseándose en su coche por una carretera, Newton ve un poblado de colonos del siglo XIX que también reaccionan a la presencia de ese vehículo metálico que nunca habían visto, hasta que su breve conjunción finaliza y ambas partes dejan de verse.



Los recuerdos del planeta lejano, con un desierto rojizo por el que viaja la familia antheana con escafandras plateadas, esperando un extraño ferrocarril, se muestran sin contexto, queriendo más transmitir una impresión sensorial de soledad y abandono que dar idea de la pertenencia a una civilización. Estas visiones inconexas acabarán sepultadas en el aluvión de imágenes fragmentarias que Newton consume a través de los monitores televisivos que llenarán su habitación, y que, al igual que en el libro, contribuirán a su fagocitación, a su pérdida de identidad, muy en la idea de los estudios sobre los mass media de aquellos años, aunque en el libro se da la paradoja añadida de que precisamente fueron las transmisiones televisivas, llegadas al espacio, las que permitieron que los antheanos adquiriesen conocimientos sobre las culturas terrestres hasta el punto de permitir que uno de ellos viajara al planeta azul y pudiera infiltrarse.



Un aspecto ausente de la novela de Tevis, pero fundamental en la película, es el sexo como tentativa de acercamiento entre entidades aisladas. Ya hay indicios de esto al inicio de la película en la subtrama sobre el profesor Bryce, que en la novela es apenas un docente desengañado y movido solo por la curiosidad científica a la hora de entrar al servicio de Newton, mientras que en la película es un pichabrava aficionado a seducir alumnas y que llega a World Enterprises, la compañía del alienígena, después de ser amonestado por su conducta en el campus. La fragmentación de un mismo diálogo íntimo en el que las interlocutoras de Bryce cambian de un plano a otro da la imagen cínica de un proceso mecánico en el que no hay verdadera comunicación entre las personas, sino un guión preexistente, una maquinaria cuyas piezas se pueden cambiar a voluntad, en la que todo fluye pero nada permanece.



En lo que se refiere a Newton, se pasa de la Betty Jo de la novela, que, tras rescatar al protagonista de su desvanecimiento en un hotel, se convierte en su cuidadora personal y su iniciadora en los misterios de la ginebra, a la Mary Lou de la película, que es quien descubre su identidad de alienígena y quien establece con el visitante una intimidad física de difícil pervivencia (pasando de los extraños “flashes” de lo que podría ser la sexualidad de los antheanos, llena de fluidos y piruetas imposibles, una escena llena de poesía surreal, al reencuentro posterior, pervertido por los estereotipos terráqueos, en el que Newton y Mary Lou, al ritmo, cómo no, de “Hello, Mary Lou”, tienen una chocante y rocanrolera escena erótica en la que una pistola tiene un papel importante y en la que el sexo y la amenaza de violencia van de la mano). 



Esta extraña relación, que no aparece en el original, da mayor fuerza al final, en el que unos Bryce y Mary Lou envejecidos han acabado juntos y piden ayuda a un Newton que, si bien está acabado en lo anímico, físicamente no ha cambiado en nada. El terror del campus ha sentado la cabeza con la mujer que intentó abarcar las estrellas con su cuerpo, pero hay algunos abismos entre los que no cabe tender puentes.



Amén de la dimensión personal, hay otra dimensión política que merece comentarse. Ya dijimos que Tevis está muy anclado en la Guerra Fría, mientras que Roeg, que rueda 12 años después, es más heredero del cine post-Watergate, al estilo de “Los tres días del cóndor” de Pollack o “El último testigo” de Pakula (que prefiero con mucho a la película “oficial” del Watergate, del mismo director, “Todos los hombres del presidente”). A propósito, la referencia al Watergate que puede leerse en mi edición del libro de Tevis debe de ser fruto de una revisión posterior, pues en el momento de su publicación original aún faltaban nueve años para que los “fontaneros” entraran en la sede del Partido Demócrata.



El libro deja muy claro que Newton está siendo marcado muy de cerca por el FBI, mientras que, en la novela, Newton está mucho más en las nubes y es el abogado Farnsworth, el presidente titular de World Enterprises, el que sufre un misterioso atentado en el que es arrojado desde lo alto de su edificio (otra caída) y es reemplazado por otro directivo, supuestamente como resultado de intrigas palaciegas que, deliberadamente, quedan bastante poco claras. Las fuerzas que impiden la subida de Newton a su astronave quedan en la vaguedad, dando un aire bastante kafkiano a su frustración, en el que encaja bastante mejor el motivo, ya presente en el libro, de que el extraterrestre ve mermada su vista por la insistencia empecinada y estúpida de unos investigadores en cumplir el reglamento. Roeg juega más la carta del desconcierto que la de la conspiración, y nos recuerda que cualquiera que no conozca las reglas del juego puede sentirse un extraterrestre, pero también que no es necesaria la malicia para hacer caer a un espíritu diferente.



Uno de los aciertos fundamentales de la película es la elección del actor protagonista. Cuando Tevis describe a Newton como un hombre alto, de estructura delicada, con facciones juveniles propias de un duendecillo, ojos claros, pelo blanco y piel casi translúcida, se corría el riesgo de fallar en la caracterización convirtiendo al alienígena en una figura grotesca. En cambio, David Bowie ya basaba gran parte de su personalidad escénica en su encanto “de otro mundo”, y es curioso el paralelismo entre el argumento de la novela de Tevis y la historia ideada por Bowie en torno al personaje de Ziggy Stardust.


Ziggy Stardust
es una estrella del rock, posiblemente de origen extraterrestre, que inicia el disco al que da nombre profetizando un desastre que afectará a la Tierra en un tiempo de cinco años, debido a una catástrofe ecológica. La alusión, en la canción “Starman”, a un alienígena benéfico que se mantiene un poco al margen, presa de incertidumbre por la reacción de los terrícolas a pesar de su mensaje liberador, anticipa un poco el drama de Newton, y la caída en los abismos de la fama y su destrucción final en el escenario también incide en cómo el paisaje mediático y su imparable mercantilización podrían malograr incluso la segunda venida de Cristo (la canción que da nombre al personaje lo define en un verso como un “mesías leproso”).



Ignoro si el parecido entre la trama general de la novela y la leyenda urdida por Bowie tuvo algo que ver en que el guión de Paul Mayersberg fuera mucho más impreciso a la hora de comunicar las intenciones de Newton, o si se pensó que mantener el paralelismo haría pensar en que la película era una especie de vehículo de autopromoción del cantante. Esto también pudo llevar a que se decidiera prescindir de los temas musicales creados por Bowie, mayormente instrumentales, prefiríendose encargar el grueso de la música (salvo excepciones como “Marte” de Holst o temas del japonés Stomu Yamashta) a otro personaje del mundo del rock, John Phillips, componente de The Mamas and the Papas, que da a los fotogramas un carácter mucho más mundano que las etéreas composiciones de Bowie, que irían viendo la luz en álbumes como “Low” o “Heroes” y que, a la postre, hubiesen casado mucho más con los temas de alienación y soledad de la película. Paradójicamente, fotos tomadas del film de Roeg terminaron ilustrando las portadas de “Station to station” o “Low”, habida cuenta de que el aspecto de Newton recuperaba la cabellera roja que ya había sido un rasgo distintivo de Ziggy Stardust.



La conexión con la carrera musical de Bowie hace aún más curioso el elemento argumental, presente tanto en la novela como en la película, de que Newton, habiendo fracasado en su empeño vital y convertido en un marginado decadente, lanza al mercado un disco con el sobrenombre “El Visitante”, que en el libro consiste en el recitado de poemas en la lengua muerta alienígena, pero que en la película nos imaginamos perfectamente como un disco de la “etapa berlinesa” de David, momento atmosférico y experimental de su trayectoria, lleno de fantasías de disociación (la letra de “Station to station”, que anunciaba este período, habla de “efectos secundarios de la cocaína”) que confluyen extrañamente con las preocupaciones del film de Roeg. Pero los paralelismos terminan ahí: mientras Bowie resurgiría cual fénix como estrella del pop adaptada a los 80 en “Let’s dance”, Roeg vería su estrella declinar tras el fracaso de “Eureka”, llegando a ver transcurrir 17 años entre sus dos últimos largometrajes. Pero confío en que el tiempo vaya devolviendo títulos como “Walkabout”, “Amenaza en la sombra”, “Contratiempo” o esta “El hombre que cayó a la Tierra” al lugar que les corresponde.

 

lunes, 25 de diciembre de 2017

505: Trilogía de "La Ciudad Bien Construida" de Jeffrey Ford


Puede suceder que la crónica de tus lecturas sea una historia en sí misma, con sus propias expectativas, desarrollos, decepciones, sorpresas y finales inesperados, con sus propios clímax y anticlímax, con sus momentos de plenitud a mitad de camino, o en recovecos del sendero, o sus llanuras de placidez después del fogonazo que nos dejó medio ciegos o sordos a mitad del volumen.

Una de estas sagas ha sido para mí la revisión de la novela de Jeffrey Ford “La Fisiognomía”, de 1997, y su continuación en otras dos novelas posteriores, “Memoranda” y “El Más Allá”, formando lo que hoy por hoy suele llamarse la “Trilogía de la Ciudad Bien Construida”.

Leí “La Fisiognomía” allá por 2006, y me produjo un impacto considerable, así como un replanteamiento de lo que esa entidad nebulosa llamada “novela de fantasía” era capaz de conseguir. En un estilo tan claro y elegante y lleno de una belleza en giros y vocabulario que nunca parece rebuscada o artificial (o bien que sabe ajustarse a la voz narrativa en primera persona de un personaje que hace gala irónica de su superioridad), se nos sirve en menos de 300 páginas un relato rico en sugerencias y escenarios, a medio camino entre el pastiche de ambientación decimonónica o incluso anterior (el medio de transporte más sofisticado que emplean los personajes parece ser el carruaje) y una visión distópica, más contemporánea, en la que fantasmas incorpóreos como el de la drogadicción o la férrea estratificación social (fundamentada en seudociencias del estilo de la “antropología criminal” de Lombroso, que podía convertir a alguien en un posible criminal solo basándose en su aspecto físico) conviven con criaturas de un imaginario monstruoso surgidas de la cocina de un “mad doctor” o de una guía turística de los círculos infernales.

Unamos a esto la voluntad de aplicar un cierto moralismo visionario al estilo de los cuentos de Nathaniel Hawthorne (no solo el mil veces antologizado “El Joven Goodman Brown”, sino otros como “Feathertop”, o el poco conocido “El velo negro del pastor”, del que Ford extrae una imagen esencial para su novela), una sensibilidad terrorífica más explícita, el tema, tan presente en la literatura estadounidense desde las novelas góticas de Charles Brockden Brown, de la naturaleza salvaje como contrapunto numinoso de una civilización frágil e imperfecta, con tanto de paraíso como de infierno, así como un protagonista que va humanizándose desde un inicio desdeñoso y altivo a fuerza de tribulaciones, juntemos todo esto y agitemos bien y no extrañará que la novela obtuviera el World Fantasy de 1998, aunque sí sorprenderá el relativo olvido en el que vive, en comparación con otras obras muy inferiores que no mencionaremos y que son objeto de una reedición tras otra.

La novela, aunque está contada con seriedad, tampoco es un tratado sesudo, posee humor y posee marcados componentes pulp que agradarán a unos y estropearán el efecto para otros: Drachton Below, el creador de la maravillosa Ciudad Bien Construida, ejemplo preclaro de triunfo del ingenio humano sobre una naturaleza amenazadora poblada nada menos que por demonios con cuernos y rabo, entre otras criaturas, no deja de ser un sabio loco de manual, que además de constituirse en “Gran Hermano” de una sociedad donde el estudio de la supuesta correspondencia entre rasgos físicos y personalidad o inteligencia se ha erigido en ley ejecutable, se entretiene en sus ratos libres creando en su mesa de operaciones híbridos entre humano y lobo o animando a base de mecanismos de relojería cadáveres que luego hace luchar entre sí en torneos.

Podríamos decir que estamos en el territorio “New Weird” de escritores como China Miéville, con la diferencia de que Ford parece controlar más su material, se preocupa mucho de la caracterización de su protagonista, e intenta evitar caer en lo que los anglosajones llaman el romp, a saber, una especie de divertimento rápido que quizá juega con ingredientes serios pero está hecho para entretener más que para hacer reflexionar. A Ford parece haberle perjudicado un poco el uso, para definir esta novela y las dos que la siguieron, del vocablo “alegoría”, que para más de uno reviste carácter de palabrota y que se suele aplicar muy a la ligera. Una cosa es el simbolismo, en el que personajes y elementos pueden entenderse como metáforas abiertas a la interpretación, y otra la alegoría, donde los personajes claramente representan virtudes o instituciones hechas carne, y existe una interpretación correcta, a menudo moralizante. Uno puede pensar que Ford habla de la colonización de los Estados Unidos, de la “experiencia americana” en general (impresión reforzada por el rol de los nativos en el tercer volumen de la saga), pero me cuesta ver esto como una interpretación excluyente, que anule otras sugerencias. Las alegorías vienen con una correspondencia unívoca entre números y letras.

Algún comentarista afirma que la figura principal, el Fisiognomista Cley, va perdiendo interés a medida que se enamora, sufre, deja la droga mediante la cual Below controla a sus adláteres (y que se denomina, de un modo simpático, “belleza”) y decide rebelarse contra su sistema de valores, haciendo más convencional una trama que podía haber sido imprevisible. No obstante, es en parte esta evolución psicológica la que consigue que la novela vaya más allá de un universo creado en todos sus detalles (prueba de ello es que los detalles están ahí, pero no se deja que su descripción ocupe decenas de páginas) y sepa anclarse en lo que quiere contar en lugar de disparar en todas direcciones (algo de lo que Miéville, por ejemplo, es culpable en más de una ocasión).

Episodios como el de la isla donde Cley es condenado a trabajos forzados, bajo la vigilancia de los guardianes del día y de la noche, tan parecidos como para poder tratarse de una misma persona, mientras lee, rememora o vive (nunca llega a estar muy claro) el diario de una expedición al Más Allá, esa tierra inexplorada, llena de maravillas y peligros, que rodea la ciudad artificial de Below, tienen todo el sabor de la vieja literatura de aventuras, pero también una cualidad surreal y extraña, que actualiza los viejos modelos sin renegar de ellos.

En fin, podría continuar con las razones que en su momento hicieron que este libro fuera importante para mí, pero creo haber expuesto ya lo suficiente. El retorno a él 11 años después, para valorar en su contexto las dos continuaciones, fue un tanto agridulce, no necesariamente por pensar que me equivoqué en mi valoración entusiasta de entonces, sino tal vez por mi desencanto en los años intermedios, que han amenazado con convencerme de que la exuberancia imaginativa no es un valor artístico tan fundamental como siempre había pensado. En un momento en que el ideal parece ser el minimalismo expresivo, en que la concentración de muchos elementos, incluso conceptuales, es vista como un defecto y no como una virtud, en que todo el mundo tiene muy claro cómo tiene que ser lo que va a leer o ver antes de leerlo o verlo, en que parece que no puede haber término medio entre realismo descriptivo y surrealismo desenfrenado, entre tradición y experimentación, uno se encuentra con que la figura de Jeffrey Ford ocupa un segundo o tercer plano, que los comentarios de los internautas en webs como “Goodreads” perdonan la vida displicentemente a la novela que lo lanzó a la fama, que parece estar descatalogada y solo disponible de segunda mano en la mayoría de los Amazon.

Increíblemente, hay quienes se sienten defraudados por el hecho de que la premisa no sea desarrollada a lo largo de 600 páginas, quejándose de que la acción sea “demasiado rápida”, mientras que otros, quizá detractores de todo el enfoque simbolista en la narrativa, son incapaces de ver una conexión lógica entre los distintos capítulos, y otros basan su rechazo en interpretaciones peregrinas (como que Ford ve “la ciencia y la tecnología como el origen de todos los males”). Cómo no, hay quienes se aburren (cuando se trata de un escritor con un pulso narrativo férreo) y quienes lo consideran frío y distante (supongo que por utilizar alguna palabra “rara” de vez en cuando). La supuesta democratización de las opiniones lo que hace es crear una espesura impenetrable en la que se vuelve cada vez más imposible discriminar lo que es bueno y lo que es menos bueno en todo lo que ha dejado de ser objetivo de los medios. Más de uno habrá perdido el interés por novelas como “La Fisiognomía” dependiendo del comentario que haya leído primero, y uno tiene la impresión de que una creación artística original lo tiene ahora más difícil que en otras épocas para permanecer, debido al estrépito de las voces sin filtrar que siempre van a intentar minimizar logros que no estaban de acuerdo con sus expectativas, o simplemente entran a divertirse expresando negatividad de forma gratuita hacia un blanco que no les va a partir la cara, y que, más informadas o menos, con menor o mayor razón, a buen seguro van a superar en volumen la propia extensión de tu libro. La idea de que una novela como “La Fisiognomía”  pueda haber caído en una especie de limbo, ahogado por el gallinero, y de que alguien como Jeffrey Ford no haya subido como la espuma en los años sucesivos, descorazona un poco a quienes creíamos en un cierto tipo de literatura demasiado entretenida para ser prestigiosa y demasiado seria para ser considerada simple entretenimiento.

Y sin embargo, la lectura del segundo volumen, “Memoranda”, me dio la respuesta: disfruta de lo que leas sin preocuparte de que los demás lo consideren o no bueno. Lo cierto es que el comienzo no era muy prometedor: el villano del primer volumen, a quien se daba por muerto, aparece en el pueblo creado por Cley y los fugitivos de la Ciudad Bien Construida y sume a sus habitantes en una enfermedad del sueño, lo que obliga a Cley a viajar en busca de una cura. Aproximadamente el primer tercio del libro consiste en un viaje que recicla algunos de los elementos de la novela anterior (salvo que se presenta la figura del demonio humanizado Misrix, el otro gran protagonista de la trilogía), y no pude evitar la impresión de que el barroquismo y la variedad de situaciones del primer volumen no iban a repetirse (lo cual es del todo cierto, las continuaciones van por otro lado), pero la espera merece la pena cuando se entra en la trama principal: la peripecia de Cley dentro de la memoria de un Below catatónico, mundo virtual en el que, siguiendo el Arte de la Memoria renacentista, cada persona y elemento ha sido creado para representar y sustituir un recuerdo que será evocado al interactuar con él.

Ese microcosmos de personajes un tanto grotescos (aunque no falta, como en la novela anterior, un personaje femenino que se convertirá en el interés amoroso de Cley), acechados por amenazas sobrenaturales aún más grotescas y surreales, mientras el mundo que los rodea se va desmenuzando en sintonía con la enfermedad del hombre en cuya mente se desarrolla todo, tiene la virtud, en contraste con la novela anterior, de una menor dispersión, un aroma más decadente y europeo, que me mantuvo pegado a las páginas con mayor intensidad de lo que ha sido frecuente en un servidor los últimos meses. La manera en que se dramatiza la melancolía del deseo y se relaciona el amor con la adicción dota de un contrapunto reflexivo a la peripecia de fantasía, horror y aventuras, desarrollada sobre el telón de fondo técnicamente infinito del interior de la mente de un supuesto genio del mal, pero sin que se permita que el número y volumen de invenciones extrañas sumerjan la trama. Palabra por palabra, frase a frase y párrafo a párrafo, Ford tiene un oficio de narrador que muchos escritores de más éxito y reconocimiento ya querrían, la fuerza narrativa nunca decae y su manejo de la fantasía y el absurdo son envidiables, pero, visto lo visto, no me extrañaría nada que en múltiples rincones de Internet se considerase “Memoranda” como una gran mediocridad indigna de que se pierda el tiempo con ella.

No obstante, para mí se ha tratado del libro que más me ha atrapado en mucho tiempo, que me ha devuelto recuerdos de la época de mi vida en la que leer era lo más importante e incluso me ha animado a retomar mis compras bibliográficas y activar mis aficiones literarias en oposición a la gran pérdida de tiempo que supone una Red tan adictiva como insustancial. Me da igual que “Memoranda” pueda ser considerada o no como una gran obra (aunque desde luego da unas cuantas vueltas a sagas de fantasía que gustan a todo el mundo), me da igual si me quedo solo en mi valoración positiva de ella. Hay una mezcla de desmadre imaginativo y disciplina narrativa, una relativa economía de medios en lo que bien podría haberse prestado a un “todo vale”, una sensibilidad contemporánea expresada con herramientas del pasado, que me han reconciliado con la literatura entendida como medio de comunicación y entretenimiento, y me han recordado algo que parecía tener un poco olvidado: que bastan un cuentacuentos talentoso y un oyente fascinado para que la vida merezca la pena. Digan lo que digan en las redes.

Tras esta epifanía personal, puede parecer que la tercera parte de la trilogía, “El Más Allá”, haga descender el nivel, y que, pese a los intentos, no se haya logrado armar un argumento del todo coherente con los tres libros, y que solo la presencia de Cley y Misrix y la evocación de lugares y peripecias anteriores unifique de cierta manera lo que en el fondo son tres novelas bastante distintas. Puede argumentarse que hay cierta lógica en sus diferencias: el primer libro es la civilización, compleja y populosa; el segundo, más intimista, es la memoria de una sola persona; el tercero, en cambio, sería el retrato de esa naturaleza que los humanos han pretendido dominar, de ahí que ningún intento de trama logra dominar el episódico conjunto.

“El Más Allá”, única de las tres novelas de la trilogía que permanece inédita en España (con buen criterio, Jeffrey Ford fue una de las últimas grandes apuestas de Porrúa en Minotauro) es la crónica del viaje de Cley al mundo salvaje en busca de perdón y redención para su pasado turbio como fisiognomista, en paralelo con los intentos del demonio Misrix por ser aceptado como humano por los colonos del pueblo de Wenau, fundado por los supervivientes de la Ciudad Bien Construida. En realidad, ambos separaron sus caminos al inicio del viaje, con lo cual lo que nosotros leemos es el relato, escrito por Misrix bajo la influencia de la “belleza”, de lo que pudo ser el viaje de Cley, con lo cual no es descabellado afirmar que todo ello bien podría ser una invención o la satisfacción vicaria de un deseo.

No necesito acudir a comentarios de Internet para imaginar que muchos habrán encontrado tediosa esta novela. La peripecia recuerda bastante al subgénero sobre tramperos supervivientes de la narrativa “western”, con su lucha denodada por sobrevivir en el invierno y sus encuentros con las tribus nativas que no quieren ver su territorio usurpado por los blancos. Cley ya no se impone como personaje: no solo han desparecido su maldad y su presunción e incluso su voz (la tercera persona reemplaza aquí la primera de los primeros dos tomos), sino que ni siquiera vuelve a recurrir a sus habilidades quirúrgicas que buscaban aplicar la Fisiognomía retroactivamente, es decir, alterando la apariencia para así alterar el espíritu. La naturaleza no se puede alterar, de ahí que Cley sea aquí una figura tirando a pasiva, incapaz de imponer una forma a los acontecimientos.

La escritura y narrativa son sólidas y mantienen la atención, aunque se echa de menos el nivel de imaginación de los dos libros anteriores. El tema de la resurrección del mundo salvaje, para la cual Cley será un instrumento sin saberlo, carece de la fuerza necesaria al no haberse insistido lo suficiente, pese a poblar el continente con fauna y flora surreales, en tropos al estilo “tierra moribunda”: un continente sin colonizar no puede haber sido herido o dañado por la presencia humana. En realidad son los humanos los que necesitan morir y resucitar, un concepto presente en la novela pero al que se dedica menos espacio que a homenajear a autores como Fenimore Cooper.

El trayecto vital de Cley pasa por renunciar a sus sueños grandiosos de redención personal y convertirse en un responsable padre de familia. O quizá una conclusión tan normal, tan poco épica, sea el deseo sublimado del demonio Misrix, a quien los habitantes del poblado acusan de asesinar al ex fisiognomista. Encuentro mayor interés en los fragmentos en cursiva que detallan la peripecia del aprendiz de humano y único remanente de las experiencias del demiurgo Below. La interrogación sobre lo que significa ser humano no es una de las búsquedas filosóficas más inusuales de la literatura fantástica, pero resuena de manera especial en un libro que trata sobre el lugar de ese mismo ser humano en oposición a una naturaleza hostil, tratando de finalizar en una nota agridulce y de preguntar al lector si el alto precio a pagar realmente merece la pena.

En resumidas cuentas, dejando a un lado su papel en devolverme una pasión lectora que estaba un poco en animación suspendida, he encontrado la trilogía un tanto desigual. Como muestra de imaginación pirotécnica, sin duda el volumen inicial es el mejor, aunque los otros dos hagan gala de una mayor madurez y contengan mejores momentos de escritura. Siendo un poco guasón, afirmaría que la crítica más seria admiraría el tercer libro más que ningún otro, al ser con diferencia el menos “palomitero”, basarse en gran parte en la fuerza de su estilo narrativo y poseer unas dosis de ambigüedad que pueden ayudar a lucirse a un buen reseñador. El segundo quizá pueda atraer más a los amantes de una narrativa fantástica y gótica más convencional, si no les molestan unas ciertas dosis de surrealismo.

En todo caso, si bien se trataba de un empeño demasiado ambicioso para un escritor en el inicio de su carrera, se trata de libros concisos, carentes de “paja” (no puedo estar más en desacuerdo con el reseñador de Amazon citado antes, que deseaba una “mayor exploración” del universo planteado), siempre bien escritos y bien estructurados, con unos conceptos y escenarios que podrían dar oro puro en manos de cineastas talentosos, y que, a pesar de ir un poco de más a menos, merecerían una seria consideración a la hora de elaborar el canon de la fantasía literaria de finales del XX e inicios del XXI. Lo que encuentro raro, no obstante, es que Ford se haya centrado tanto en el relato breve y no haya vuelto a la carga con alguna otra trilogía de altos vuelos ahora que domina su arte a la perfección. ¿No será que habrá estado leyendo comentarios de los internautas sobre la anterior y se le han quitado las ganas?

sábado, 16 de julio de 2011

Flashback: Arrastrapiés (primera versión)


[Puesto que lo que sigue fue escrito a finales de los años noventa, podría considerárseme un precursor de la ola de zombis que nos invade hasta el punto de hacerles perder su valor como figura mitológica. Los muertos vivientes, hoy por hoy, son muñecos de tiro al blanco, son indios que corren a toda velocidad tras el vaquero, son iconos de un frikismo consumista que conquistó la plaza del mercado y las multisalas. Incluso es imposible ir a la sección de novedades fantásticas del Corte Inglés o la Fnac sin toparse con quince novelas clónicas de supervivencia contra los infectados, todas con la misma portada, la misma trama, el mismo estilo y, casi el mismo título. Todo lo cual me hace renegar, como buen elitista, de un subgénero antaño minoritario y ahora arrojado en los brazos impacientes del vulgo, y me disuade de volver a cultivarlo en un futuro cercano o no tan cercano. De ahí que no me importe desvelar esta fruslería, no por creer en su valor sino por dejar claro que yo lo hice primero.]


El mundo es una ruina. Lo sé porque lo he visto. Lo vi ayer, lo veré mañana y lo veo ahora. Veo bloques de apartamentos derruídos, carreteras surcadas por grietas que son casi zanjas, malas hierbas rompiendo por doquier el asfalto, suelos sembrados de cristales rotos incapaces de frenar el progreso de nuestros pies descalzos. De vez en cuando, una ola de puntos rojos nubla mi vista y el mundo exterior deja de importarme, tan sólo el hambre, el hambre que no cesa.

Los demás han ido a buscar comida, esperando, si son capaces de formular pensamientos tan articulados, hallar alguna manada famélica de animales domésticos unidos contra la adversidad o quién sabe si algún superviviente despistado. Yo me he quedado aquí, tecleando letra a letra con un solo dedo lento y torpe en mi aparatito de bolsillo, mirando las palabras desfilar y desaparecer visto y no visto por los apenas dos renglones de la pantalla, pulsando a veces el “back” para corregir faltas de ortografía. Mientras, siguiendo la música de una autorradio abandonada, Gregor baila.

Si a eso puede denominársele bailar. Sacudidas verticales, espasmódicas, del cuerpo, súbitos e inacabables giros haciendo de sus brazos laxos y colgantes una hélice perezosa, intentos de saltar culminando a menudo en una franja de piel menos y un tono cromático adicional en su complexión ya de por sí poco sana. Creo que Gregor era subdirector comercial en una empresa de plásticos, o al menos así rezaban sus documentos cuando nos encontró, de ahí que haya decidido concederle unos minutos de diversión antes de acercarme y desconectar la radio, pues de un momento a otro podrían surgir del altavoz las frecuencias sonoras empleadas por cuanto queda de la autoridad para hacer trizas cuanto queda de nuestro sistema nervioso.

Exceptuando mi sistema nervioso, claro está. Nunca he sentido mi cuerpo agitarse presa de convulsiones al sonar ninguna de las trampas auditivas, así como siempre he sido capaz de atisbar el mínimo hilo de luz que atraería sobre nosotros, en caso de interceptarlo, el fuego cruzado de varias piezas de artillería, sabiamente dispuestas y calibradas para aniquilarnos, o interpretar signos universales de peligro como columnas de polvo o de humo elevándose en el horizonte. Todavía puedo leer las inscripciones sobre rótulos, carteles y papel impreso, y comunicar sus contenidos más urgentes a mis compañeros mediante mímica que sus cerebros dañados pueden comprender. Todo lo cual me convierte en un personaje especial entre ellos, todo un líder carismático cuyas decisiones se aguardan sin aliento. En mi colegio nunca me auguraron tan brillante porvenir. Pero creo que los demás regresan. A ver, el “save”.

Da pena verlos llegar ensangrentados, chorreando color rojo desde sus bocas desdentadas hasta el último de sus andrajos, con sus larguísimas uñas partidas, dejando caer fragmentos a cada paso trastabillante. Pero, de todas maneras, la pena apenas nos sirve de algo ahora. Exteriormente, yo mismo poseo una apariencia exacta a la de ellos, el mismo pelo larguísimo que pierdo por todas partes o la misma piel gris verdoso colgando sin elasticidad de mis huesos. No tengo derecho a sentirme por encima.

Irma, mi antigua vecina de abajo, me alarga un muslo humano, largo, bien torneado y desprovisto de vello. Se lo agradezco palmeándole cordial la cabeza, lo cual le provoca un desprendimiento de cuero cabelludo. En fin, nos ha tocado en suerte este tipo de vida. Al menos he de reconocer que nunca Irma se había mostrado tan amable conmigo en tiempos pasados. Yo debía conformarme con escucharle fingir orgasmos toda la noche para contentar el ego de su marido, y con verle apartar el perfil cuando me saludaba en la escalera. Entonces nunca sonrió tanto como lo hace ahora, incluso si no tiene nada más que encías podridas para mostrar al mundo.

Porque, así es, en apariencia nuestros escrúpulos y trabas van desprendiéndose de nosotros a la par que el cabello, la epidermis, ciertos tejidos musculares y el ocasional órgano interno. No sólo se trata del frenesí danzarín de Gregor, la solicitud y simpatía de Irma o mis propias desenvoltura literaria y dotes de mando, por no hablar de esta lucidez que jamás poseí. Podrían asimismo citarse la afición por las tiendas de ropa y el travestismo del señor Vega, el canto ronco, inarticulado y minimalista de Carlota, las peleas interminables entre los ancianos señores Palladini, que no terminaron hasta que cada uno quedó reducido a un montón casi inmóvil de despojos, o la tardía vocación ingenieril mostrada por Víctor, cuyos frutos son inevitablemente toscos y chapuceros. Incluso podría aducirse que nuestra actividad depredadora obedece no a una necesidad nutritiva, tal como nosotros mismos llegamos a creer, sino a un odio soterrado y primitivo hacia todos aquellos que nos disputan el terreno y respiran nuestro aire, un odio que ahora nos es posible expresar con uñas y dientes literales. Es la guerra.

Y para esta guerra yo trato de entrenarlos, dotándoles de un sentido estratégico que compense su lentitud y estupidez, pues se impone sacar algún partido de nuestra única ventaja: el superior número. Estoy harto de verles, a los otros, burlarse de nosotros, de nuestro paso torpe y reptante, nuestra desidia proverbial, nuestra expresión de arrobo místico ante el universo que ellos toman, no sin razón, me temo, por carencia absoluta de sentido común e inteligencia. De ahí que me haya autoencomendado la misión de reeducarlos, entrenarlos de modo que nuestra próxima confrontación con los “vivos” les demuestre de una vez por todas que no sólo ellos lo están.

Aunque, a decir verdad, hasta el momento no cosecho el mayor de los éxitos. Comencé por Gregor, pensando que su amor por la danza sería fácilmente encarrilable hacia las coreografías mortales del campo de batalla. Por desgracia, el talento no siempre sigue de cerca a la devoción, y otro tanto cabría decir del frenesí rítmico y la coordinación muscular. Las sesiones de entrenamiento en las cuales yo, armado de un mango de escoba, intentaba hacer esquivar mis golpes a Gregor, solían y suelen culminar en blandos impactos y caídas por tierra, los movimientos defensivos llegando tres o cuatro minutos después, cuando él ya ha vuelto a caer en varias ocasiones. Hoy por hoy, el retardo es de casi seis minutos. Incluso he pensado en atacarlo con fiereza yo mismo momentos antes de llegar los verdaderos agresores, pero no ardo precisamente en deseos de poner a prueba tan brillante estratagema. Mis demás compañeros poseen reflejos aún peores.

Quizá haga mal en preocuparme. Al fin y al cabo, lo que tenga que suceder, sucederá, por más que hagamos para evitarlo. Nuestra condición física no es la mejor posible, por no hablar de la mental, no obstante nos aferramos a esta segunda oportunidad que, sin saber cómo, se nos ha dado, esta ocasión inmejorable de apreciar la belleza de todo lo más espantoso, los montones de basura, la putrefacción, los enjambres de moscas verdes, el aroma del plástico quemado, los centros comerciales sobre cuyas ruinas reinan las ratas, el horror de la muerte reflejado en los rostros convulsos de nuestras presas. Todo un jardín de delicias donde pasearse felices, recogiendo enormes ramos de malas hierbas.

*****


Llegando ayer tarde a una pequeña ciudad, fuimos acogidos de un modo sorprendente. Las calles de pavimento agrietado e hileras de casas inclinadas al borde del desplome se hallaban engalanadas con guirnaldas de flores negras, con banderas y tapices sobrios en sus tonalidades. Aunque el lugar estaba desierto, una música de solemnidad irrisoria y discordancia involuntaria se dejaba oír levemente, sin dejar discernir su origen. Alarmado, di orden de retroceder, pero mis seguidores dejaron entonces de serlo, permaneciendo inmóviles y expectantes, la nariz en alto, como si un vestigio de su en teoría extinto sentido olfativo los apresara y confinara en la ruinosa villa. Incapaz de hacer otra cosa, pasé mi brazo en torno a la esquelética cintura de Irma y me resolví a esperar yo también, aún no sabía muy bien el qué o el por qué.

Casi una hora después, al anochecer (cuánto lamento conservar el sentido del tiempo) el portento tuvo su signo: un batir de pezuñas a la vuelta de una esquina.

Guiado a la luz de antorchas por una andrajosa falange de enmascarados, un rebaño de corderos de lana escasa y sucia y costillas prominentes desembocó en la plaza. Varios de ellos no cesaban de tropezar y desplomarse sobre el empedrado, mientras aquellos que aún conservaban algún vestigio de fuerzas ensayaban la retirada con locura en los ojos, hasta sentirse aguijoneados y retenidos por sus lúgubres pastores.

Y lúgubres es la palabra, pues hasta llegar aquí nunca había visto un grupo de “vivos” tan entusiasmado y comprometido con la parafernalia de la muerte; sus vestimentas de seda y terciopelo, inmaculadas en su negrura; su delgadez semejando la cadavérica hasta la impudicia de mostrar, a través de diáfanos sudarios, las cordilleras afiladas de sus costillas y vértebras amenazando con fracturar la piel; el talco y los polvos de arroz en caso de que su propia palidez resultara insuficiente junto a la nuestra; el despojamiento del calzado en favor de llevar en torno al dedo gordo una anilla unida a la etiqueta con sus señas personales y su causa favorita de fallecimiento; los cercos oscuros pintados alrededor de los ojos a modo de descubrimiento anticipado de la calavera y su hueca mirada; las legiones de insectos y gusanos con derecho a transitar por cualquier región de su piel, acogedores orificios corporales inclusive.

Empleando gestos de estudiada ampulosidad, aquella caterva de locos nos daba a entender que la manada famélica nos pertenecía, por así decirlo, como justo tributo a nuestra majestad. Transmití la oportuna señal a mis huestes, eligiendo permanecer a un lado, impasible entre los quejidos de las bestias, los torpes forcejeos y las salpicaduras de sangre. Alguien surgiría para darnos la bienvenida y explicar este alarde de generosidad, si es que realmente se trataba de tal y no albergaba algún otro tipo de intenciones. Nadie apareció; no obstante, una vez saciada la falsa hambre de mis compañeros, un grupo de niños de piel translúcida, enorme cráneo y huesos quebradizos nos condujo, fanales en mano, a través de una calle casi bloqueada por un bosquecillo de arbustos que éramos incapaces de esquivar, hacia un enorme patio enlosado de mármol y sembrado de cruces cuyo portal portaba ahora la divisa “Ayuntamiento”. Reposando sobre una lápida, pierdo un nuevo fragmento de carne y escribo una nueva página. A lo lejos se distingue una hilera de luces. Tenemos visita.

He juzgado inconveniente conservar mi diálogo con el alcalde, un hombre solemne avergonzado de su gordura más que de cualquier otra cosa en el mundo. Su bienvenida oficial consistió en un discurso largo, complicado, entonado cual letanía, salpicado de fórmulas griegas y latinas y de otras palabras ajenas a mi léxico, durante cuyo curso sus acompañantes se postraron rígidos por tierra, cubriéndose con puñados de grava y exhalando breves suspiros como ensayos del último. Enfrascado en tan patética representación, creo que tardé en comprender lo que se pedía de nosotros. Al menos hasta que una muchacha adolescente pasó a primer término y se me ofreció.

Para esta gente somos dioses. Nuestro lastimoso vagabundear es interpretado por ellos como la más noble forma de inmortalidad, donde el espíritu conoce victoria definitiva sobre el innoble y caprichoso cuerpo. De ese modo, el sin duda caprichoso cuerpo de la propia hija del alcalde, pleno de curvas y sorprendentes relieves por más que afectara delgadez, se prestaba a ser desgarrado y mutilado por mis repugnantes zarpas, por mis mellados colmillos, a fin de inocular en sus venas y arterias el virus, la bacteria, o lo que sea que nos despierta a esta segunda vida más pausada y filosófica. Contraviniendo la costumbre de nuestra especie, miré a los ojos de la chica, percibiendo expectación, ansiedad, impaciencia como por perder de una vez la virginidad y así incorporarse de una vez al mundo de las personas mayores. Todo lo contrario a la aprensión o el miedo.

He rechazado la oferta. He rehusado el ofrecimiento de desenterrar a los niños muertos y despertarlos con besos feroces para que ellos mismos reúnan de nuevo a la familia en un siniestro abrazo. Me he negado a ver mi estirpe perpetuada y multiplicada, a conducirla en un éxodo sin fin hacia los confines del mundo y de vuelta, en vista de que no hay destino, ni finalidad, tan sólo arrastrarse hasta que nuestra armazón deje de sustentarse. La putrefacción y la descomposición deben ser comprendidas y apreciadas en sus ventajas si te han tocado en suerte, nunca veneradas como atributos sublimes propios de hadas o ángeles, y así lo he hecho saber al alcalde, bajo las estrellas pálidas, los fuegos fatuos compensando la luna nueva.

La decepción de aquellos hombres, e incluso su ira contenida, emanaban de sus miradas y actitudes en ondas casi tangibles, no obstante ninguno hubiese osado levantar la mano contra seres cuyo mero tacto era tabú según su cultura, por más que se anhelara una comunión íntima con ellos. Sin despedidas, cada grupo tomó su camino, ellos hacia su pequeña ciudad bautizada Necrópolis, nosotros hacia la noche negra, salpicada de obstáculos invisibles que se graban sobre nuestras tenues retinas a fuego infrarrojo, surcada por brisas vivificantes y frescas, incluso para quienes, como nosotros, son incapaces de respirarlas.

*****


El destino continúa agitándonos cual dados en su cubilete. Apresados en nuestro vagar por jinetes armados ornados de plata y oro, hemos pasado de la antesala de la Estigia a la plaza mayor de Gomorra. Dondequiera que mis ojos se posan, todo es piel contra piel, lengua contra lengua, pezón contra pezón, pubis contra pubis, y todas las combinaciones y permutaciones posibles entre todos y cada uno de estos elementos sencillos. Según puede observarse incluso desde la ventana jaspeada de la dependencia palaciega donde se nos aloja, la idea del placer en Gomorra (porque no se trataba de una figura retórica, vivimos en una reconstrucción imaginaria de la villa aniquilada por Yavé) no excluye en absoluto lo doloroso o lo repugnante, como demuestran las concubinas del sátrapa cuando descuidan sus agotadores deberes conyugales para impregnar sus rosadas turgencias de nuestro hedor y nuestra decadencia física. Ignoro los gérmenes que se desprenderán en cada uno de nuestros abrazos, pero no obstante los gomorritas saben vivir incluso sus enfermedades incurables como una fuente de voluptuosidad, manteniendo la esperanza y la realidad del goce mientras el cuerpo arda.

Sé que muchos de mis seguidores se sienten confusamente heridos en los retazos que les restan de sus convicciones morales. No pueden entender el papel que juegan en las diversiones privadas de los grandes señores, junto a cuyos inmensos lechos son instados a permanecer de guardia, portando una antorcha, un ovillo de cordel púrpura y una botella labrada conteniendo un fluido azul cielo donde nadan minúsculos pececillos, hasta el momento señalado en que se les necesita. Ni siquiera yo mismo soy capaz de hallar un gran sentido en las Olimpiadas Animales desarrolladas cada luna en plena calle bajo las órbitas vacías y vigilantes de los ciclópeos dioses patrones de la ciudad. No puede pretenderse la comprensión total de cuanto nos rodea.

Tal vez la única incomodidad seria derive del hecho de que somos prisioneros en nuestra suntuosa y sensual morada. Gregor, que sigue bailando al son del canto de las esclavas, al que se une voluntariosamente Carlota; Irma, que pasa cada vez más tiempo separada de mí, asistiendo entusiasta a las orgías teatrales del Anfiteatro; Víctor, quien ya ha visto patentadas, por otros, varias de sus ingeniosas variaciones sobre los utensilios básicos del placer; o el señor Vega, más feliz que nunca al disponer de un muestrario infinito de vestimentas sofisticadas dotadas de su propia luz en la oscuridad y sus propios elementos internos elásticos y vibrátiles; ninguno de ellos añora la llamada del horizonte jalonado por ruinas asimétricas como dentaduras deterioradas, ni hace caso a aquella sed de sangre caliente que parecía entonces la única verdad de nuestras vidas, como escribí hace varias páginas con mayor afán retórico que sinceridad. Espero de verdad llegar a acostumbrarme al boato alegre e insolente, a desempeñar con alegría mis funciones como feo juguete de vicios ajenos. A pesar de sus bastantes defectos, dudo que esta buena gente merezca el arrasador relámpago divino, pero, por si acaso, prefiero refugiarme en otros mundos que este, escuchando cada noche la voz de una niña de ojos perturbadores que viene a leerme, por propia voluntad, los episodios más subidos de tono de una de las biblias nacionales, “Las mil y una noches”. Como todos los de mi especie, soy inmune al sueño, de modo que es ella quien cae dormida, tras lo cual la arropo y acaricio su larga cabellera rubia.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Los 10 actores más decadentes

Entendiendo la decadencia como esa languidez, ese punto abstraído del mundo, ese aristócrata loco reinventando la moral en su castillo cerrado, ese candidato a ser un Axel, un señor de Phocas, un des Esseintes o, por qué no, un Dorian Gray de dentro o de fuera del retrato...

1 - Terence Stamp



2 - Howard Vernon



3 - Pierre Clémenti



4 - Udo Kier



5 - Jean-Pierre Léaud



6 - Luigi Pistilli



7 - Alain Cuny



8 - Dirk Bogarde



9 - Michel Piccoli



10 - Donald Sutherland

sábado, 29 de noviembre de 2008

Compositores: Richard Wagner


Cuando un artista sigue siendo controvertido ciento y pico años después de su muerte, algo interesante debió de hacer. Si encima se trata de alguien capaz de despertar aún hoy pasiones juveniles, de figurar en primera línea del debate ideológico y artístico y de ver su música prohibida por decreto en países que se dicen civilizados, la cosa se pone interesante.

Si encima le añadimos su condición de personaje insoportablemente vanidoso, de aventurero perseguido por deudas y por activismo político en media Europa, de azote de amistades sin escrúpulo alguno a la hora de despojarlas de dinero o esposas, de oportunista redomado que según algunos no habría hecho ascos a ligarse sexualmente al rey loco Luis II con tal de que le financiara su gran teatro de ópera, y de talento musical sin igual ni sentido de la medida, de unas pretensiones parejas a lo arcaico e ilegible de sus libretos y a la extensión maratoniana de unas obras que te rinden a la vez de admiración y de agotamiento, no cabe duda de que se trata de alguien especial.

La leyenda negra de que su música es un punto de reunión para fascistas se confirma de vez en cuando a través de casos como el de un conocido mío que cayó enamorado de “Tristán”, “Parsifal” y la Tetralogía sólo con los fragmentos que incluyó John Boorman en la banda sonora de “Excalibur”, y que a partir de allí acabó pasando unos cuantos años juveniles, de los que no quiere hablar demasiado, en la organización Cedade. Francis Ford Coppola también tiene su parte de culpa en la formación del estereotipo cuando él y su montador Walter Murch se dieron cuenta de lo bien que quedaba la “Cabalgata de las walkirias” como fondo musical de un bombardeo con napalm.

Música para nazis, imperialistas, guerreros, invasores. Menos mal que ahora se está empezando a conocer que a Hitler le aburrían soberanamente las representaciones de cuatro horas del “Anillo del Nibelungo”, a las que asistía porque las hicieron formar parte de la parafernalia monumental del régimen, y que lo suyo eran las operetas vienesas de toda la vida. Lo cual no quita para que fragmentos escogidos del compositor fuesen escogidos como banda sonora de los campos de concentración y se asociasen, al mejor estilo pavloviano, a situaciones de atrocidad y masacre. Lo mismo deben de pensar muchos chilenos de las canciones de Nino Bravo, utilizadas como fondo sonoro para ocultar los gritos por los torturadores de Pinochet, y dudo que a Nino se le pudiera echar la culpa.

Se puede decir que los libretos de “El holandés errante” o el propio “Anillo”, reflejan la prepotencia de un burgués del siglo XIX que veía a las mujeres como una mercancía para comprar y vender, que miraba al resto del mundo con unas anteojeras clasistas y racistas, y no albergaba excesivas dudas sobre la superioridad germánica en todos los aspectos. Pero también que la música de estas obras no sólo es épica pura, sino que también presenta otras facetas menos sensacionales que el público medio suele olvidar en medio de tantos tópicos sobre estruendos marciales y acompañamiento para las secuencias de Leni Riefenstahl.

“Tristán e Isolda”, “Lohengrin”, “Parsifal” y el “Anillo” contienen también un importante componente simbolista y místico, expresado en términos de relajación contemplativa y armonía cromática, con una serenidad y una delicadeza de timbres que la gente progre no se esperaría jamás en alguien a quien imaginan como un patán que se pasaría la vida poniendo sus botas militares encima de la mesa. Habrá quienes se rían de su sentido de lo sublime y lo trascendente, pero ciertos pasajes no dejan duda alguna de que nuestro personaje era un soñador, un creador de atmósferas, un idealista apasionado cuya musa le llevó a quemar la morada de los dioses. Sin su faceta visionaria, no tendríamos ni a Debussy, ni a Scriabin, ni a Strauss, ni a Mahler, ni a medio siglo XX.

Otra cosa es que pudiera haber expresado lo que tenía dentro de una manera un poquito más concisa. Sólo fui capaz de tragarme las 14 horas enteras de “El anillo del nibelungo” durante una temporada de estudios allá por el 2002, y dudo seriamente que, dada mi vida actual, la proeza pueda repetirse. De que su autor era un genio imprescindible, no tengo la más mínima duda. De que se le podía considerar un notable pesado, tampoco. Pero hay que escucharle, sean los discos completos o sólo algún “Grandes éxitos”.