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sábado, 27 de octubre de 2007

"Carbono alterado" de Richard Morgan


El paso del tiempo va rompiendo falsos conceptos que uno se había ido formando sobre sí mismo. Por ejemplo, he tenido una tendencia a verme como un friki de la fantasía y la CF, pero la experiencia de la vida va resaltando las difrencias irreconciliables que me separan de este colectivo.

Por ejemplo, nunca he sido capaz de interesarme por las mil y un series televisivas que comparten una visión fraternal del universo donde la Humanidad recorre el espacio exterior vistiendo pijama, en una clara alusión al carácter onírico de semejantes utopías, que sólo durarán mientras no despertemos de nuestro apacible sueño nocturno y nos enfrentemos a la desagradable luz del nuevo día. Tampoco he sido nunca parcial al intercambio de cromos mágicos, ni a disfrazarme de personajes de “Star Wars”, ni a abrazar una tecnofilia obsesiva que no ve inconvenientes en avance informático alguno.

Ni soy capaz de encontrarle el atractivo a libros como “Carbono alterado” de Richard Morgan.

Mirad que es raro, pues más de un colega blogueador jura por Morgan y su trilogía de Takeshi Kovacs como si se tratara de evangelios descartados de la Biblia, muy superiores, sin embargo, a los de Mateo, Marcos, Lucas y Juan. En el caso concreto de “Carbono alterado”, primer volumen de la serie, encuentran apasionante su universo donde la muerte no existe y las consciencias saltan de cuerpo en cuerpo a velocidades supralumínicas; desarrollan una verdadera adicción por su argumento que aúna una clásica trama detectivesca con un brutal “thriller” de acción; toman cariño al protagonista, Kovacs, ex miembro de un cuerpo de élite interestelar, bestia parda con su corazoncito que se ve arrastrado a su pesar dentro de un entramado de violencia y mentiras pero sale triunfante gracias a su superior entrenamiento y a su inquebrantable ética ultraliberal, enemiga de todo intervencionismo externo e infalible en su conocimiento de qué personas merecen morir.

En fin, yo no sé qué deciros. Para que no se diga que practico la filosofía del exabrupto y la descalificación fácil, que no obstante parece admitirse en más de un supuesto crítico profesional, me propongo pasar un ratito con vosotros para tratar de encontrar en mi interior las razones por las que esta admirada novela será con probabilidad la primera y última obra de Morgan que me meta entre pecho y espalda. No tenéis por qué estar de acuerdo conmigo, pero espero que al menos mis argumentos resulten comprensibles y razonables.

En primer lugar, el lenguaje en que está escrito el libro, ejemplo claro de ese ideal artesanal, directo y sin ínfulas artísticas que parece grabado a fuego en el libro de estilo de la CF de ahora. Con todos los elementos extraordinarios que pueblan ese mundo futuro, incluyendo invasiones marcianas en un pasado reciente o astronaves generacionales casi legendarias que siguen aguardando el momento de tocar tierra, sorprende que se utilicen unas herramientas lingüísticas tan corrientes para su plasmación, que no se nos haga sentir lo extraordinario de ese mundo casi en cada palabra, en cada construcción gramatical. No es cuestión de ponerse en plan Harold Bloom, bolígrafo rojo en mano: Morgan tiene momentos de hábil narración (aunque más dispersos de lo que afirman los forofos), pero uno se pasa media novela preguntándose a sí mismo si no había maneras mejores, más sugerentes, de comunicar determinadas situaciones e ideas.

La famosa trama trepidante, bueno, permitidme también carraspear un poco. Sí que es verdad que el autor tiene instintos astutos: en el prólogo a la historia, el protagonista ya ha muerto, y apenas se le ha resucitado en una “funda” nueva (lo de “funda” es mi traducción de “sleeve”, el término con que se designa a los cuerpos de repuesto; ignoro su equivalente en la edición de Minotauro), ya está puesta en marcha la maquinaria del caso que deberá resolver quiera o no. Cada cierto tiempo, Kovacs se ve envuelto en situaciones violentas que ponen a prueba su condicionamiento militar y que a menudo son originadas por el misterioso pasado del cuerpo que se le suministró, el de un expeditivo agente de policía que se ganó mil y un enemistades entre el hampa. También desempeñan un importante papel los recuerdos de Kovacs, en especial su intervención en un mundo llamado Sharya, de claras resonancias árabes e islámicas, que trae a la memoria de un modo nada casual el conflicto de Irak y la crisis de conciencia, capaz de dejar pequeñito el trauma del Vietnam, que se va agigantando día tras día en el inconsciente norteamericano. Morgan es británico, pero su novela es estadounidense, lo tengo bien claro.

El problema es que los cartuchos explotan todos en la primera mitad del libro. Después de que Kovacs irrumpa como un ángel exterminador en la clínica donde se le sometió a terribles torturas en un frágil cuerpo femenino, y deje a la práctica totalidad de los presentes sin esperanzas de reencarnación en un salvaje itinerario que deja sin aliento, resulta muy difícil mantenerse a la altura. Las obligatorias escenas de sexo bestselleriano, las andanadas satíricas contra el catolicismo (siempre socorridas en el protestante mundo anglosajón), la entrada en escena, como villana, de una verdadera “dama dragón” digna de Sax Rohmer en su filiación “pulp” (y que adopta como cuartel general ¡el Valle de los Caídos!), las consideraciones sobre la relación entre cuerpo, comportamiento e identidad, más convincentes y trabajadas de lo que cabía esperar, o pensamientos fallidos de último momento como el autopsicoanálisis al que es sometido Kovacs por su doble cuando se encarna en dos cuerpos simultáneos, no disimulan la progresiva disolución de la fuerza narrativa, que necesita, para volver a tomar impulso, recurrir a “set pieces” propias de guionistas de serie B, como por ejemplo la lucha cuerpo a cuerpo, al estilo gladiador, con un gigantón erizado de aparatitos para hacer daño, a bordo de un barco encallado, mientras el elemento criminal vitorea y apunta su pulgar hacia abajo. Llama la atención que la novela, que pretendía empezar entre “Blade runner” y “Neuromante”, se interne con tanta frecuencia y entusiasmo en un territorio propio de las películas de Vin Diesel. En ese sentido, veo la trama detectivesca como un simple pretexto que pronto empieza a ser lo de menos.

Y es una pena, porque en efecto el telón de fondo está bien trabajado, con montones de detalles que darían para historias bastante más interesantes que la de “Carbono alterado”, donde se cargan las tintas en los elementos más macarras de la estética “cyberpunk” y se desaprovechan muchas de las implicaciones más interesantes de la idea de base. Takeshi Kovacs, aunque le remuerda un poco la conciencia, no deja de ser un híbrido entre el clásico superhombre, que ya en las novelas de van Vogt saltaba de un cuerpo perfecto a otro más perfecto todavía, y el macho castigador de las novelas de Mickey Spillane, que no deja maleante sin magullar ni hembra de bandera sin penetrar. Quizá yo sea un amargado, forzado al escepticismo en lo que se refiere a mi capacidad para comerme el mundo, pero me cuesta identificarme con un protagonista así, tan lejano de mis ideas sobre la vida y más propio de una fantasía adolescente que de una ficción adulta y compleja.

Uno a veces cree que determinadas historias funcionan mejor en un medio escrito y otras lo hacen en un medio audiovisual. “Carbono alterado” nace con la pretensión de proporcionar, en letra impresa, el tipo de emociones que despiertan en cine las producciones de Joel Silver (que no en balde compró ipso facto los derechos fílmicos de la novela), pero algunos como un servidor buscamos otras cosas en un libro, como ese componente reflexivo o ese lenguaje evocador que echamos tanto de menos aquí. No cabe duda de que la violencia y la sordidez tecnificada de muchos pasajes podrían dar juego para crear secuencias cinematográficas impactantes, aunque no estoy demasiado seguro de que la adaptación a la pantalla, visto el material de base, trascendiera demasiado los tópicos del cine de acción hollywoodense.

Y sobre por qué tanto friki de la CF, que tampoco ocupa un lugar preeminente en su círculo social ni consigue imponer su voluntad y sus deseos sobre el mundo que lo rodea, se emociona tanto con el credo ultraliberal y supremacista del personaje de Quellcrist Falconer, especie de contrapartida de Ayn Rand en el planeta de Kovacs e inspiración absoluta de su bravo sentido de independencia, eso preferiría dejarlo para otra ocasión, porque si no acabaría hablando de un viejo conocido mío, que empezó leyendo “La rebelión de Atlas” y terminó dándole la razón en todo a Jiménez Losantos.

En suma, un libro que me ocasionó bastante cansancio y que sólo mi sentido del deber me obligó a terminar. Y lo malo es que a Richard Morgan se le considera uno de los no va más en la CF del siglo XXI. Una de dos: o realmente he dejado atrás las seducciones del género, o es éste el que ha desdeñado seducir a lectores como un servidor. Desde luego, la mera sinopsis de títulos posteriores de Morgan, como por ejemplo “Leyes de mercado”, me despierta un escepticismo invencible: se necesitaría ser un genio para hacer creíble semejante planteamiento de tebeo de a duro. Pero a algunos es precisamente esa inverosimilitud al borde de lo cutre lo que les pone. Será que son frikis, y que yo, pese a las apariencias, no lo soy.

viernes, 29 de junio de 2007

"La juguetería mágica" de Angela Carter


“El verano en que cumplió quince años, Melanie descubrió que estaba hecha de carne y hueso”. Así comienza “La juguetería mágica”, segunda novela de Angela Carter, dejando clara su intención de describir la transición a la edad adulta de una adolescente por vía de su proceso de maduración sexual.

Pero tratándose de Angela Carter, estaba claro que no nos encontraremos exactamente lo que esperábamos. Aunque en 1967 Carter aún estaba lejos de la acidez imaginativa de novelas como "La pasión de la nueva Eva", “La juguetería mágica” contiene el germen del revisionismo psicosexual de los cuentos de hadas en el libro de relatos “La cámara sangrienta”.

No se trata de una novela fantástica en modo literal, aunque podría argumentarse que la mirada mágica de la protagonista y su lectura de los acontecimientos se alejan del realismo casi dickensiano al que se prestaba la historia y dejan lagunas deliberadas en forma de escenas surreales, oníricas e incluso terroríficas, que una lógica narrativa tradicional no explica satisfactoriamente.

Después de que Melanie, durante un viaje a América de sus padres, se pruebe el vestido de novia de su madre, lo desgarre y se vea obligada a trepar desnuda al manzano que crece junto a su ventana para regresar a su habitación, la subsiguiente muerte de los progenitores en accidente aéreo se le antoja una lógica consecuencia y justo castigo por su transgresión. Ella y sus dos hermanos pequeños deberán dejar su idílica campiña y mudarse, en un Londres depauperado y sórdido, a casa de su tío Philip, un juguetero brutal y autoritario que ha reducido a la mudez a su joven esposa Margaret y la tiraniza al igual que a los dos hermanos de ella, Finn y Francie, como pareció ser, durante siglos, el sino de los irlandeses a manos de los ingleses.

Ya desde el principio, el simbolismo campa a sus anchas: el manzano junto a la casa familiar insinúa que la infancia era el paraíso, el vestido de novia es un emblema del despertar al sexo y a la vida adulta. Llegados a la casa del tío Philip, entramos en un universo casi de novela gótica, con un cabeza de familia orondo y terrorífico, creador adusto de figuritas inanimadas, a quien resulta difícil no identificar con Dios (o con Rod Steiger, cuyo rostro, suplementado de enormes bigotazos, se me sobreimpresionaba sin parar a las descripciones de Carter).

Margaret, su esposa, aunque no es realmente muda, perdió el habla desde su boda con Philip y se comunica escribiendo con tiza en una pequeña pizarra que siempre lleva consigo. Por si fuera poca su esclavitud diaria en el hogar, su atavío para los días festivos, un vestido anticuado e incómodo adornado con un collar de plata, rivaliza en mortificación con una armadura medieval y casi produce mayor sufrimiento que placer.

En cuanto a los hermanos, Finn y Francie tienen algo de Caín y Abel en sus caracteres contrapuestos, en la rebeldía peligrosa y excitante de uno frente a la bondad ralentizada del otro, pero la tensión homicida se establece aquí entre padres e hijos, en un reflejo tanto del conflicto anglo-irlandés como del nuevo papel de los EEUU tras la II Guerra Mundial(no olvidemos que la foto de Philip en la boda de los padres de Melanie lo muestra como un joven Buffalo Bill).

Pero Finn, más que Caín, es comparable a la serpiente del Edén. Empezando porque es un ángel caído: Philip, descontento con los manejos de Finn en su teatro de marionetas, lo empuja desde lo alto al escenario, lo que motivará una inquietante modificación de su carácter. Finn parece destinado a iniciar a Melanie en el sexo: el paseo de ambos por el parque abandonado, donde yace derribada en fragmentos una estatua de la reina Victoria, culminará en el primer beso entre ambos, a la par que el ensayo de la segunda obra de marionetas, la historia de la violación de Leda por el cisne, se considera diseñada por el patriarca para propiciar la pérdida de la virginidad y el posible embarazo de la chica.

Quizá quepa ver en esta novela una empanada de simbolismos psicológicos y políticos en apoyo de una agenda feminista, pero el arsenal de imágenes convocado por Carter se aleja de la vulgaridad iconográfica de mucho arte que se quiere revolucionario: ya en el segundo párrafo del libro brilla el adjetivo “prerrafaelista”, mientras en otros segmentos, por ejemplo el consagrado a las pinturas vengativas de Finn, se invoca el espíritu del Bosco, y Edgar Allan Poe es nombrado en más de una ocasión.

Las trampas que acechan a una chica al borde de la edad adulta se dibujan con pasión visionaria: el hogar, una prisión gótica; la familia, una maldición marcada a fuego con los estigmas de la clase trabajadora; el sexo, un laberinto de placer y dolor, de voyeurismo (Finn espía a Melanie por un agujero en la pared en el mejor espíritu de Norman Bates) y de apariencias engañosas (Melanie pierde el sentido en el momento culminante de la recreación, protagonizada por ella misma y una marioneta, de “Leda y el cisne”; más adelante se insinúa que Philip estaba oculto en el falso cisne, pero nunca sabremos a ciencia cierta lo que pasó).

La liberación de este orden patriarcal opresivo no podrá llevarse a cabo sino mediante la transgresión, que tendrá una doble dimensión: por un lado el obvio simbolismo del destrozo del cisne y por otro, en nueva negación del carácter doctrinario y elemental que planea sobre el libro, el descubrimiento de la relación incestuosa entre Margaret y Francie. Visto lo visto, la juguetería mágica tenía que terminar como la Casa Usher.

Tengo entendido que la editorial Minotauro saldó toda la obra publicada en España de Angela Carter, durante la época en que Porrúa la vendió a Planeta y los nuevos amos dejaron atrás las ambiciones artísticas del antiguo en pos de un éxito comercial que los ha eludido concienzudamente. Una lástima, porque Carter era una de las originales: a pocos se les ocurriría hacer de una fascinante juguetería de época un escenario tétrico de tiranía y represión, y pocos demostrarían un don tan rico y exuberante para la metáfora y el lenguaje, sabiendo transmitir un ideario a base de inquietar en lugar de sermonear. Y no olvidemos que Angela estaba sólo en los comienzos de su carrera: en lo sucesivo, superaría con creces este muy sugestivo libro.

Muerta a los 51 años. Qué os parece.