Lo primero que me viene a la cabeza cuando rememoro la
última
Muestra SyFy a las dos semanas de su celebración es su condición de
máquina del tiempo, dilatando y desorientando mi percepción cronológica a
fuerza de entrar cada tarde en cuatro o cinco continuos diferentes, cada uno
con sus propias reglas. Lo segundo es que, pese a mis quejas de los dos años
anteriores, he aprendido a ver el lado bueno de la nueva etapa en el
Callao. No
me gusta el cariz
mainstream y palomitero que ha ido tomado el evento, lamento
la depuración de sus componentes más gafapastiles y no veo la gracia a la
subcultura friki-tuitera que se ha ido apoderando de la platea y a quien parece
dedicada especialmente
“Faraday”, pero por otro lado me resulta difícil
repudiar el entusiasmo juvenil que se sigue respirando en todos los pases,
participo sin rubor en las increpaciones a
Leticia Dolera y me sumo a las
nuevas tradiciones que vi nacer ya en esta sala (en especial los aplausos a la
luna, que me proporcionaron un pequeño momento de orgullo cuando vi a dos
pasajeros del autobús en que yo regresaba la madrugada del sábado buscando en
su móvil su origen y encontrando
esta entrada).
Reconozco que mis expectativas han bajado, pero por ello
también han aumentado mis posibilidades de disfrute: Es cierto que ya no
veremos títulos de
fantastique intelectualoide de los que transforman mi vida
(cuento con
Nocturna para poder ver como se merecen cosas como
“L’étrange
couleur des larmes de ton corps” o
“Kiss of the damned”), pero mentiría como un
bellaco si no confesara que me quedé al pase noctámbulo de
“Piraña 3DD” por ver
a
David Hasselhoff haciendo de sí mismo… y que no me arrepentí.
Ya la inauguración con
“300: El origen de un imperio” da
pistas sobre el carácter mediático y un tanto verbenero que se le quiere
imprimir a la
Muestra. Es un título que a todo el mundo le va a sonar, que casi
todo el mundo va a ver y que a casi nadie le va a gustar, pero hace un buen
titular de prensa y da un toque inicial de espectacularidad
blockbuster a una
sucesión de pelis que por lo general han salido bastante baratas, tanto en
producción como en derechos de exhibición. Se podría haber empezado, no sé, con
“Byzantium” de
Jordan, pero quizá habría colocado las expectativas demasiado
altas para el resto. En el mundillo friki siempre hay un cierto componente de
menosprecio hacia lo que se va a ver, de ahí que la precuela-secuela del
neo-péplum más famoso del siglo XXI (
“Gladiator” era aún del XX) fuese perfecta
para el cachondeo de un público enterado. Demostración perfecta del talento de
Zack Snyder por ausencia, con un guión que parece un débil pretexto para
enlazar una escena de batalla con otra, un abuso del “tiempo bala” sin el cual
la peli duraría como 50 minutos menos y una estética sucia y fea empeorada si
cabe por el filtro grisáceo de las gafas 3D, al menos merece ser recordada por
la irrisoria escena erótica entre
Eva Green y
Sullivan Stapleton (quizá
incluida para atenuar el subtexto
gay de la saga) y por el primer aplauso del
público ante una luna llena de enormes dimensiones. Ah, y porque en los
créditos del final suena una versión de
“War pigs” de
Black Sabbath.
El viernes descubrí que el fantástico debe de mantenerme en
pie por sí mismo, puesto que la noche anterior apenas había dormido (quizá
herido en mi masculinidad por no estar a la altura de los hercúleos atenienses
ni mucho menos de la tremebunda
Artemisia), aguanté una jornada laboral
completa y me planté en el
Callao a las tres y cuarto sin haber descansado lo
más mínimo. Y todo para ver
“Maniac”,
remake de una peli que aún no he visto
(pese a haberla encontrado a 1 euro en el
Alcampo) que al menos me devuelve la
olvidada sensación de ver un
psycho-killer gore y salvaje en pantalla grande,
con un curioso juego entre la narración subjetiva y la objetiva que supone una
atracción en sí misma. Se me escapa la supuesta originalidad de poner a
Elijah
Wood como asesino perturbado (ya lo fue en
“Sin City”) y me va sobrando el
tópico de que, si alguien ve de pequeño a su madre ejerciendo como prostituta,
crecerá siendo un maniaco asesino; no os quepa duda de que saldría especial, pero
los niños no tienen tanta moral, se acostumbran y le buscan a todo una
explicación fantasiosa. Por cierto, pésima proyección digital, no ya por el
tono sucio de la imagen, que dicen intencionado, sino por los tembleques
internos en panorámicas que parecen más dignos de un DVD mal pasado de NTSC a
PAL que de una DCP como dios manda. Hubo luna.
“Frankenstein’s army” fue una de los títulos menos valorados
de la
Muestra, y tal vez injustamente. Varios espectadores se quejaron de la
convención del “metraje hallado”, que parece haber colmado la paciencia de
muchos, conscientes de que así se sortea la obligación de perfilar un buen
guión con su progresión dramática, así como de pensar una puesta en escena
adecuada. Todo se confía a los hombros y al enfoque ineptos de un cámara a
quien, aparentemente, nadie enseñó su oficio… para que luego los supuestos
soldados rusos de la
II Guerra Mundial se expresen en un inglés de macarrónico acento. De acuerdo, sí, pero esto tampoco es
“Atrocious”: el laboratorio
subterráneo descubierto por los soldados está lleno de surreales híbridos entre
humano y máquina, creados, cómo no, por un vástago del célebre fabricante de
monstruos encantado de tener tanto material humano de los campos de exterminio
a su entera disposición. Una idea, si no original, sí bastante sugestiva, con
la que se sabe hacer bastante poco, pero que al menos destaca como algo
distinto a lo que tenemos acostumbrado ver. Aunque quizá no demasiado: la peli
desecha como un chiste pasajero el enlace que hace
Frankenstein entre el
hemisferio cerebral derecho de un nazi y el izquierdo de un bolchevique. A mí
me hubiese gustado ver un largometraje entero sobre ello.
Empiezo a encontrar inquietante que nos sea más fácil ver un
remake gringo de una peli latinoamericana que el original rodado en nuestro
propio idioma. Ya pasó con
“La casa muda” y ahora se repite el fenómeno con
“Somos lo que hay”, rebautizada en los
EEUU como
“We are what we are”, que no
es exactamente lo mismo. Como siempre, el fluir de las proyecciones de un
festivalillo se beneficia de los contrastes: del atropello improvisado del
título anterior se pasó a un ritmo pausado, atmosférico, que va colocando
lentamente piezas de un rompecabezas que seguramente el espectador se imagina
entero desde el principio, pero será capaz de disfrutar si aprecia una
narrativa fílmica al viejo estilo y se deja atrapar por el subgénero
“psicópatas religiosos en la
América profunda”, hasta llegar a un desmadrado
final que recompensa la paciencia de los más fanáticos del terror para que no
salgan del cine con la impresión de solo haber visto llover durante hora y
media. Sorpresa agradable, pues no me esperaba algo tan “de autor” viniendo del
director de aquel
“crowd pleaser” ochenteril que era
“Stake land”. Eso sí, o me
dormí o no entiendo por qué a la hija rubita se le riza el pelo de repente.
“Snowpiercer” era el título más esperado, y con razón: no
solo era el regreso de
Bong Joon-Ho a la dirección tras su infravalorada
“Mother”, no solo es una historia de
CF apocalíptica basada en un tebeo
francobelga de los 80, sino que además ¡transcurre a bordo de un tren! Para un
servidor, que sin embargo odia los trenes como medio de transporte, el
ferrocarril es quizá uno de los escenarios fílmicos más potentes; hay algo en
una aventura sobre raíles, sobre un fondo siempre cambiante, con un impulso
literal hacia adelante, que da un atractivo especial, casi filosofico, incluso
a la trama más anodina, y no digamos ya a una larga lista de clásicos como
“Alarma en el expreso” de
Hitchcock o
“The narrow margin” de
Fleischer, o, por qué no,
“Pánico en el Transiberiano” de nuestro
Eugenio Martín. Si encima tenemos un
tren que cruza un paisaje postapocalíptico congelado, con una violenta revuelta
social a bordo, y toda una sociedad desplegada a lo largo de los vagones en una
serie de flipantes microcosmos sucesivos, ya habríamos tenido un título digno
de mención aunque se tratase de una serie B inepta, pero, si encima tenemos al
mando a uno de los realizadores coreanos con mejor pulso e inspiración, podemos
hablar de uno de los hitos de la
Muestra SyFy en toda su historia, donde el
sentido de la maravilla (esos planos de las ciudades desoladas y cubiertas por
el hielo al paso del tren) se alía a un sentido de la acción más brutal y sucio
de lo que es habitual en los últimos tiempos en
Occidente, a unos considerables
mala leche y gamberrismo no por controlados menos potentes, e incluso, para los
más intelectualoides, una reflexión metalingüística sobre la razón de ser y el
objetivo de los
blockbusters, Dos horas y media que se pasan sin sentir y que
justifican por sí mismas toda una
Muestra.
Después uno pudo irse a casa (y de hecho muchos, por aquello
del anticlímax, lo hicieron, dejando la sala medio vacía), pero el completismo
nos pudo y vimos
“Fresh meat”, comedia caníbal maorí cuyos chistes eran
bastante de andar por casa pero que nos retrotrajo a nuestros 20 añitos con su
desvergüenza explotativa, los desnudos de un par de actrices haciendo de
colegialas lesbianas en la ducha, y el impagable papel de
Temuera Morrison como
el patriarca familar que decide resucitar un culto religioso basado en el
canibalismo.
Danny Mulheron (quien, según aprendo en
IMDB, fue uno de los
guionistas y actores principales de
“Meet the Feebles” de
Peter Jackson) crea una peli cuya mayor virtud
es el desparpajo y un entretenimiento sin complejos… aunque he de decir que no
logró mantenerme del todo despierto después de unas 20 horas seguidas en pie de
guerra.
El sábado no empezó demasiado bien. Por alguna razón, los
organizadores de la
Muestra han decidido dar la espalda al terror francés y apostar
decididamente por
Gran Bretaña e
Irlanda, lo cual no debería plantear problemas
si se escogieran mejores muestras que
“In fear”, ejemplo de cómo aprovechar
hasta un máximo de metraje la idea de una pareja perdida en un coche en mitad
del campo buscando un hotel que no aparece mientras un desconocido los acosa
con fines, suponemos, homicidas. Demostración para los escépticos de que
“Frankenstein’s army” no era tan mala, la peli de
Jeremy Lovering, con su
pretensión de “quemar despacito” (
slow burn) los nervios del espectador, pero
sin ofrecer ni un guión interesante ni una capacidad de mantener la tensión
durante más de diez minutos seguidos (la duración de un corto, por cierto) de
todo el subjetivamente muy largo metraje, dejó bastante defraudado a un público
que a esas horas de la sobremesa necesitaba una desfibrilación mental que se
consigue mejor con las películas animadas, que, históricamente, siempre han
sido las que mejor han funcionado en esta sesión.
Mayor simpatía me despertó
“Almost human” de
Joe Begos, a
quien debe de gustarle mucho
John Carpenter (los créditos usaban una fuente muy
parecida a los de
“La cosa”, y esa música sintetizada muy al estilo de los 80
no habría desentonado en la mayor parte de la filmografía del susodicho) y en
general las series B de terror y
CF de esa época, recreadas enciclopédicamente
en un título que cubre sus múltiples limitaciones actorales, presupuestarias,
argumentales y de todo tipo con un instinto narrativo, un nervio y una
desvergüenza, una falta de escrúpulos a la hora de insertar escenas
gore o
momentos que no pasarían la autocensura de ningún gran estudio (mención
especial para cuando la trompa inseminadora a lo
“Hidden” del rústico
pueblerino poseido por los alienígenas, que hasta ahora utilizaba la boca como
punto de entrada, decide hacer una excepción con su ex esposa, que la recibe
directamente por vía vaginal) que, si no calidad, sí aportan, más aún que en el
caso de
“Maniac”, el placer, que se creía perdido para siempre, de disfrutar
una película así en la pantalla de un cine de estreno del centro de
Madrid. Si
hubieseis visto
“Almost human” de jovencitos, alquilada en
VHS a finales de los
80 o principios de los 90, la recordaríais como un gran clásico.
“Rigor mortis”, debut en la dirección de
Juno Mak
(protagonista y argumentista de
“Revenge: A love story”, brutal thriller que
deberíamos haber visto en alguna
Muestra anterior, en lugar de tanto zombie
cockney y pulpo alienígena irlandés), nos despertó una entrañable nostalgia de
la etapa del
Palafox, dado que es la típica peli de las que entonces se veían
dos o tres por edición: producción oriental que une elementos muy de género
(aquí nada menos que los vampiros hongkoneses que avanzan a saltitos, todo un
subgénero homenajeado a base de hacer aparecer a varias de sus viejas
estrellas) con un enfoque lento, envolvente y enigmático muy de “arte y
ensayo”. El extraño edificio de apartamentos que podría estar poblado por
espíritus es el escenario de una peculiar confrontación entre fuerzas
elementales, cuyos actores, sin embargo, viven una realidad muy apegada a lo
cotidiano, desde el antiguo cazador de vampiros con gafas de madera que
sobrevive preparando el mejor arroz pegajoso del vecindario, hasta la costurera
que accede, por amor a uno de los viejos residentes, a ayudar a resucitarlo en
forma de vampiro. La peli quizá se programó por sus espectaculares duelos
mágicos con peculiares efectos
CGI y coreografía aérea, pero yo casi recuerdo
más la en principio exasperante y en definitiva memorable escena en la que la
costurera gira una y otra vez en torno al incipiente vampiro, con el rostro
protegido por las monedas mágicas, repitiendo una y otra vez sus frases
recurrentes de queja sobre todo lo divino y humano, como si de un conjuro se
tratara. En la inauguración, el programador de la
Muestra prácticamente se
disculpó por haber incluido esta peli, momento en el cual supe que sería buena. Hubo aplausos a la luna, pero para mí que solo era el reflejo accidental de una farola.
La apoteósica acogida a
“Coherence”, incluyendo su
entronización por los tuiteros de
SyFy como mejor peli de la
Muestra, me
sorprende un poco dada su no excesiva comercialidad y su renuncia a pulsar
botones del frikismo. Tal vez sea que el público, aplauda a la luna o no, va
creciendo y madurando (otra prueba de ello pareció ser la ausencia de
espontáneos reventando la función durante la exigente
“Rigor mortis”), aunque
también sospecho que en este éxito desempeñaron bastante papel el factor
sorpresa y una cierta ética de lo
“low cost” que hace admirar automáticamente
aquellos productos al alcance de las posibilidades económicas de uno. Aunque
reconozcámoslo: sugerir un despliegue de universos cuánticos alternativos tras
el paso de un cometa con solo un puñado de actores, una casa y unas cajas de
varitas luminosas de diferentes colores tiene bastante mérito, toda vez que no
se apuesta por la baza visual (cosa rara viniendo del dibujante de los
storyboards de la trilogía original de
“Piratas del Caribe”) y que, sin sonido,
tal como por una avería se vio el inicio de la proyección, nadie sospecharía
que estuviésemos ante una obra fantacientífica. Yo sigo quedándome con
“Snowpiercer”, pues no sé cómo soportará esta curiosa peli revisiones sucesivas
sabiendo ya de qué va el asunto, pero que se la considere el título estrella de
esta
Muestra me resulta simpático, pues supone un recordatorio de los tiempos
indies del
Palafox y una bofetada de humildad a un servidor, demasiado
inclinado a menospreciar al público de estos eventos y su capacidad para
reconocer algo que vale la pena cuando se lo encuentran.
Ya hice referencia antes a
“Piranha 3DD”, que en el caso de
esta proyección concreta fue solo
“Piraña 2” o incluso
“Piraña DD”, sin el 3
delante. La peli, en sí misma, tiene bastante menos gracia que
“Fresh meat”,
incluso en el plano erótico-festivo (donde esté
Hanna Tevita, que se quiten
todas esas californianas operadas), pero al menos
Hasselhoff no defrauda como
gran atractivo
“camp” frente a la teórica superioridad del “
remake original”
(toma oxímoron) de
Alexandre Aja, al cual, debido a no haberlo visto, puedo
seguir otorgando el beneficio de la duda (lo digo porque soy de quienes piensan
que el señor
Aja es una eterna promesa cuya aún mejor película,
“Alta tensión”,
se perfila con los años como una
“calling card” para entrar en la gran
industria, pero que no ha tenido continuidad con otros títulos comparables). A uno le
gustaría que en la sesión golfa se apostara ya por lo directamente salvaje y
brutal y no solo por los desparrames jocosos, pero a nadie le amarga ver al ex
protagonista de
“El coche fantástico” en una cama con dos chavalas, cantando
una malísima cabecera de serie imaginaria o encontrándose con que los niños de
hoy ya no saben quién es. Los chistes malos me pasan por encima, pero el
gafapasta en mí aplaude las resonancias de
“JCVD” viendo el vacío existencial
que engulle al “socorrista más célebre de todos los tiempos” enfrentado a la decadencia
de su cuerpo y al paso inexorable del tiempo, que le obliga a aceptar
convertirse en su propia caricatura. Hubo luna.
El domingo me sorprendo a mí mismo mitigando mi desdén por
la iniciativa
“Phenomena”, que siempre consideré fuera de lugar en un fin de
semana téoricamente orientado a difundir cine inédito con dificultades para
llegar a salas, por no hablar de la tonalidad cien por cien palomitera que
imprime a la tarde del domingo, empeorada si cabe por los conatos de “cult
movies” patrias que llevamos sufriendo a continuación casi desde que el
Callao
es la sede. Al menos, llevar unos buenos años ya sin ver
“La mosca” de
Cronenberg me ahorró el siestazo del 2013 con la requetevista
“Alien”, y me
despertó cierta nostalgia por unos tiempos en que una peli claustrofóbica, con
solo dos personajes, centrada en obsesiones oscuras sobre sexo y muerte, y
repugnante sin complejos (¿a quién le puede dar asco un efecto
CGI?) podía
ganarse un estatus de “clásico popular”. Intenté también ir a la contra con
“Depredador” (el culto actual de los treintañeros hacia
Stallone y
Schwarzenegger me parece un tanto atolondrado), asombrándome de que tantos
espectadores echen de menos las andanzas selváticas de un comando machirulo,
pero al final, después de una semi siestecita, también fui benevolente:
McTiernan supo captar la emoción primaria del cromañón que llevamos dentro ante
el valor solitario de un cazador convertido en presa y dispuesto a defenderse
casi desnudo, con uñas y dientes, del ser más poderoso que él empeñado en
convertirlo en su cena.
J.H. Rosny habría estado orgulloso.
Por desgracia, el momento embarazoso estaba por llegar.
Quizá cabría reconocerle a
“Faraday” el mérito de tratar de reflejar un
mundillo poco tratado por el cine, el de los
“hipsters” tuiteros y frikis con
pose encantados de conocerse, y no cabe duda, que, al estilo de las comedias
del grupo
ZAZ (salvando las distancias), recibiendo una andanada de veinte
chistes tontos por minuto alguno deberá hacer gracia, pero no sé si achacar mi
rechazo a un elitismo nato o bien a todo lo contrario: amén de mi desprecio por
toda la subcultura internetera, que convierte en tótem cinco nimiedades
distintas al día (hecho sobre el que la película ironiza demasiado amablemente,
incluso con cariño), la posibilidad de que pueda llegar a identificárseme,
debido a algunos de mis gustos, con el tipo de fauna en la cual, si hacemos
caso al
Twitter de
SyFy, gran parte del público de la
Muestra se vio reflejado,
hace que mi cuerpo se vea recorrido por violentos escalofríos. Bien es verdad
que también odio
“La red social” simplemente por el hecho de tratar sobre
Facebook: la publicidad negativa no existe, del enemigo ni siquiera se debería
hablar. Puede ser que no pueda soportar que a una excentricidad no menos válida
que la mía se le rían las gracias y a la mía no: la lista de blogueros y
tuiteros de pro que aparecen hablando en la peli a cuento nada, simplemente por
puro
“name-checking”, y que levantaban pequeñas oleadas de aplausos a cada cameo, tuvo como compensación para mi rabia el hecho de conocer su aspecto
físico de cara al día que me los encuentre solos admirando las profundidades
del
Gran Cañón del Colorado. Me da pena que una película que quiere ser
vitalista y simpática, que busca resortes innovadores para el cine español, me
resulte tan detestable, pero para mí es como estar en una fiesta donde no
conozco a nadie, nadie me habla y a quienes yo hablo no me entienden. Querer ser
friki y gregario a la vez es una contradicción en términos; un cúmulo de
singularidades solo se homogeiniza a base de vulgaridad e infantilismo.
“Faraday” no se dirige a un espectador que no esté ganado de antemano para la
causa, y sus virtudes se me antojan perecederas: dentro de apenas cinco o seis
años, será más difícil de entender fuera de su contexto que cualquiera de
Apichatpong Weerasethakul.
La venganza final, después de tanta celebración
autosatisfecha de las virtudes y los defectos de lo
“low cost”, fue que la
Muestra se clausurase con la reciente versión francesa de
“La bella y la
bestia”, dirigida por un
Christophe Gans al servicio de la
“grandeur” después
de que su carrera no haya despegado como hubiese debido. El boato visual, que
arrancó de un espontáneo el envidioso (y xenófobo) grito
“Quelle merde!” en
realidad era mucho más simbolista y decadente que todo el concepto de la
película, que en esencia quiere rescatar el cuento de las garras de
Disney para
devolverlo al país que lo originó, tratando de no excluir al público infantil y
de esa manera renunciando a cualquier extraña reformulación o deconstrucción
psicológica del mito. Confieso que a mí me gustó: todo lo que suponga enseñar a
los niños a apreciar desde una tierna edad una estética al estilo
Gustave
Moreau o similares, incluyendo en la ecuación la belleza de un cuerpo femenino
desnudo para simbolizar el espíritu tutelar de los bosques, tiene mis simpatías
y me mueve a perdonar que
Cassel dé tan poco miedo como
Bestia, pudiendo haber dado tanto,
y que se cuelen
de rondón unas mascotitas monas informatizadas. Incluso
Eduardo Noriega parece
buen actor en francés, y hay por ahí una echadora de cartas que da un toque
curioso. Ni me planteo comparaciones con
Cocteau: mejor, en este contexto,
fijarse solo en lo malo, en su misoginia galopante y en un antisemitismo que,
en una
Francia recién liberada, no era del mejor de los gustos. Hubo luna, como no podía ser de otra manera en una clausura.
Qué más voy a decir… ¡Si hasta me gustaron los cortos!
“Droga perfecta”, por su delirante mundo visual; “Insectopía”, por saber
plasmar una idea fácil de contar en palabras pero no tanto en imágenes; “El
juego inconsciente” por su falta de reparos en desplegar un exuberante sentido del humor
gafapastil; “Secuencia” por su convincente imitación de un surrealismo
estadounidense a lo Lynch; “Blink” por su pretenciosidad videoartista que supo
a gloria tras la cutrez orgullosa de serlo de “Faraday”. Mi octavo año en la
Muestra SyFy me reveló extrañamente como una persona deseosa de disfrutar,
reacia a atrincherarse en los recuerdos felices de la etapa del Palafox y que
sigue dispuesta a continuar la relación pese al horroroso cambio de sede (que
este año, entre otras lindezas, nos obsequió con tres días de opositores al
régimen venezolano perfectamente audibles desde el interior de la sala), el criterio
errático de la selección (¿de veras no había nada por ahí mejor que “In fear”?)
o las nulas ganas de mejorar la organización (¿tan difícil es reservar un
asiento fijo si tienes abono?). Haciendo un balance general, creo que esta
edición superó con creces a las dos anteriores, o al menos mi sensación de
vacío al final fue muchísimo menor. Pero hay que hacer algo con esos domingos:
recordad que en la época Palafox el domingo era la tarde de la resaca, mucho
más tranquila que el sábado, empezando más tarde y a menudo con títulos
intelectualoides y agradecidos como “Inju”, “Canino” o “Vinyan”, impensables en
la deriva actual. Uf, mejor ir cerrando esto, que está a punto de convertirse
en un himno a la añoranza cuando yo lo que quería comunicar era que la Muestra
SyFy sigue viva pese a todo y que esperamos que no ceje, mejor o peor.