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miércoles, 4 de abril de 2018

506: Viernes 9 de marzo de 2018 en el Cine de la Prensa



En realidad, debería estar intentando terminar un relato de “mala ciencia ficción” (es decir, científicamente descabellado, con pobre lógica interna y tratando sobre todo temas personales), que supone mi primera obra de ficción en casi 20 años y que ha surgido como consecuencia de una serie de cambios y decisiones personales que me tienen ilusionado y aterrado a partes iguales. Esto puede parecer una introducción que no viene a cuento, pero no es así, dado que uno de mis temas recurrentes en las crónicas de la Muestra Syfy es el inmovilismo personal de un hombre ya maduro que ha caído por defecto en la etiqueta “friki” porque no hay muchos más huecos para él, y su uso del frikismo como una pantalla que escamotea la realidad, en lugar de lo que debería ser, es decir, una herramienta de transformación. Y de todas maneras hay que reivindicar ese arte de la digresión, tan típico del obsoleto bloguear y ya vedado a otros formatos de comunicación social en las redes.


Lo cierto es que cuando comenzó la Muestra 2018 no pensaba que llegaría a intentar demostrar mi existencia en un plano personal a alguien, con lo cual estos recuerdos de hace apenas un mes podrían verse como una evocación de tiempos más despreocupados y felices. El tipo del abrigo largo y el sombrero, que se siente liberado al unirse a la turba de espectadores “mandangueros” que jalea, comenta y aplaude las películas, cuando de ordinario es el más “bon enfant” de los cinéfilos de sala (hasta el punto de ver a Netflix como una especie de Anticristo por hurtar a la pantalla grande títulos como “Aniquilación”), este personaje parece empezar a sentir la amenaza del anonimato, de llegar a una determinada edad sin haber dejado huella alguna entre sus semejantes a pesar de que sus inicios infantiles como lector a los tres años de edad y compositor precoz de canciones sobre bombonas de butano parecían predestinarlo a lo más alto. La búsqueda del ser lo que se es no puede limitarse a tres días al año, pero entre el “cosplay” y la revelación a otra persona, sin disfraces, de lo que uno tiene dentro, media una distancia, digamos, perturbadora.


Pero, bueno, dejando los temas de fondo en el fondo, que es su lugar, vayamos al Cine de la Prensa y dejemos en paz el sur de Francia. Siento decir, en primer lugar, que no puedo unirme al linchamiento colectivo a “Un pliegue en el tiempo”, por la sencilla razón de que no asistí a su preestreno, que inauguraba la Muestra. Mi regla de no ver películas dobladas en sala si puedo evitarlo (y, siendo más concreto, de no ver películas dobladas en las que intervengan personajes infantiles) me robó, no obstante, una ocasión de oro para llevar la contraria a todo el mundo. Me da que una película de fantasía de la Disney supone blanco fácil para un público “millenial” con pose cínica y esa tendencia a la crítica destructiva que la mente-colmena de la red favorece y nutre. Poder defender esa película habría sido una estupenda terapia de auto-afirmación, un ensayo general de enfrentamiento a las inevitables críticas sarcásticas y negativas que surgirán en caso de que me anime a exponer mis locas creaciones a las masas. Masas que a veces se equivocan: revisé en casa “John Carter” y me llegó casi a gustar. Masas que a veces no se equivocan: con “Oz” de Raimi el pulgar aún señala hacia abajo.


Cambiando de lo que pudo haber sido a lo que fue, me siento satisfecho de haber aguantado el tipo bastante bien este año en todas las sesiones de sobremesa, aunque lo tuve que pagar perdiendo el hilo en todas las de madrugada. “As boas maneiras” trajo un Brasil distinto, sin favelas ni narcotráfico, con un folklorismo ajeno a las contorsiones del carnaval de Río (empezando porque no es una película carioca, sino paulista), ensamblando como puede lo que son en esencia dos películas distintas, una sobre la relación lésbica entre una blanca rica y una negra pobre, y otra sobre la crianza problemática del niño de la primera, un licantropito hijo de un sacerdote llamado Jorge Mario que crece con normalidad (salvando detalles nimios como ser encadenado en las noches de luna llena) hasta que a alguien se le ocurre hacerle probar la carne. Una película, como diría mi viejo conocido Pedro Calleja, “lenta y viciosa” (los abrazos en plano corto de las dos protagonistas son particularmente tórridos), con unos momentos musicales que paran la acción para recrearse en los sentimientos y que me hacen pensar un poco en Almodóvar, un lobito en CGI de lo más “kawaii” que desmiente un poco los supuestos mimbres terroríficos de la historia, y un elogio de la diferencia al que se quiere hacer funcionar en muchos contextos pero que habría funcionado mejor si los guionistas hubiesen trabajado más con mentalidad de montadores.


“A day”, blockbuster coreano firmado por uno de estos directores cuyos nombres, formados por palabras cortas y sencillas, me resultan dificilísimos de retener (lo cual no me pasa con los japoneses: me aprendo a la primera nombres como “Hiromasa Yonebayashi”, pero algo como “Cho Sun-Ho” me derrota) , es prueba fehaciente de que, le pese lo que le pese a los listos, la combinatoria del cine comercial no está agotada. El subgénero de “el Día de la Marmota”, consagrado en el mainstream por la homónima, en inglés, “Atrapado en el tiempo”, con Bill Murray, puede arrojar aún más variantes curiosas. No solo se trata de una oportunidad de cambiar lo que sucede para que se anule el bucle y la vida pueda seguir, como en “Al filo del mañana” con Cruise (que además añadía al estofado una guerra con alienígenas), sino que tenemos a más de un condenado del tiempo buscando lograr a la vez sus fines en conflicto con los otros. “Cahiers du cinéma” despreciará todo lo que le dé la gana la filmografía comercial de la Corea “libre”, pero ese oficio eficaz, esos giros que no se ven venir del todo, esa visceralidad para la que en Occidente parece que faltan arrestos (en Oriente parece que una demostración de emociones fuertes y que salte la sangre tienen que ir tomados de la mano), incluso esa coda final con sentimientos dulces a flor de piel y que tanto ofende la zeitgeist de los veinteañeros y treintañeros guays de hoy, son todo puntos a favor del cine asiático visto como el Hollywood de un universo alternativo, pero que está en este.


Me sorprende bastante la cantidad de comentarios negativos dedicados a “Downrange” de Ryuhei Kitamura, que sin embargo es el tipo de película que justifica una muestra fílmica como la que nos ocupa. Una serie B, con todo lo que ello conlleva (estoy seguro que  si en una película como esta se les ocurriera a los cineastas llamar a Anthony Hopkins y Emma Thompson y ponerles desarrollos de personajes al estilo de “Lo que queda del día”, los que le reprochan a “Downrange” sus personajes cutres y sus actores tirando a malos serían los primeros en quejarse), efectiva a la hora de graduar la tensión entre un momento de violencia burra y otro y capaz de sacar lo máximo de los elementos más mínimos (no olvidemos que hablamos básicamente de una carretera, un coche, cinco o seis actores y un árbol), no merece el vitriolo que se ha rociado sobre ella, a no ser que ese vitriolo sea el sustituto homeopático de la emotividad progresivamente perdida en las relaciones personales. Toda vez, encima, que el visionado fue de los más festivos del evento, gracias a ese icono de la Muestra que es desde ya Todd Acosta, personaje de la película cuyo involuntario significado en español llevó a que se coreara su nombre a cada ocasión en que intentaba burlar la vigilancia del sádico francotirador, por ejemplo buscando cobertura para su móvil gracias a su “palo selfie”. Ejemplo de un cine que toma todo su significado en un visionado colectivo, “Downrange” hace pensar en la triste era de Netflix que nos espera, cuando las películas van dejando de llegar con los filtros de antaño y cuando la sabihondez de espectadores sin nada que perder amenaza con sustituir al viejo “comité de expertos” que solía filtrar y recomendar lo que valía la pena, de manera muchas veces manipulativa e interesada, lo sé, pero con unos criterios editoriales ajenos al desfogue emocional que, ya dije, parece ser gran parte del combustible que hace arder las redes. “Downrange”, si se estrenara en Netlflix, sería vapuleada por doquier, pero en su pase festivalero me lo pasé teta, como se suele decir en claro arrebato de añoranza materna.


Mucho peor para mi gusto fue, pese a las expectativas creadas por la anterior obra del guionista y director S. Craig Zahler, “Bone Tomahawk”, el drama de acción carcelaria “Brawl in Cell Block 99”, que trata de repetir rasgos de la anterior como la narración cocinada a fuego lento, la llegada, paulatina, pero a la postre explosiva, de una violencia dura y poco complaciente, y la inevitabilidad fatalista del enfrentamiento con la muerte. Los puntos interesantes no faltan: sacar de su contexto cómico a un actor como Vince Vaughn, dejar claro desde el principio su potencial para la furia en la escena en que, habiendo sido despedido de su trabajo y engañado por su esposa, a quien se niega a poner la mano encima, destroza un coche con sus propias manos; adoptar un tono de serie B oscura, como un Carpenter más trágico, y a la vez huir de muchos de los tópicos del cine de prisiones, y enfocarlo todo como una especie de viaje a los infiernos, suena muy bien sobre el papel, pero a un servidor le pareció que la peripecia era demasiado breve para la dilatación narrativa que se aplicaba. Concedo que se comunica mejor la sensación de encierro y pérdida de libertad con un largo plano fijo en el que el protagonista está tumbado sin hacer nada que con un ágil montaje compaginando variadas acciones, pero supongo que es necesario entrar más en la propuesta de lo que yo hice. Las peleas cuerpo a cuerpo son de una violencia dura y brutal, pero el efecto de choque se atenúa a la tercera o cuarta vez que aparecen y se emplean idénticas coreografías y efectos gore. Este presunto hiperrealismo contrasta con la trama, que mejor será no analizar con rigurosa mala leche, en la que Vaughn es obligado a usar la brutalidad por Udo Kier, que tiene en sus manos a su esposa embarazada y a un “abortista coreano” capaz de hacer cosas muy feas al bebé “in utero” (este año, ya vimos como tres veces en la tarde del viernes, fue la Muestra de los embarazos chungos). A mí no me casa muy bien esa desmadrada línea argumental con la gravedad que se nos vende, como también me cuesta empatizar con un personaje que es básicamente un pedazo de carne inexpresivo, un intento de nueva encarnación del clásico “strong, silent type” que empezaron a barrer de las pantallas en los 70 judíos bajitos y parlanchines como Woody Allen o Dustin Hoffman. Si de lo que se trata es de hacer “Libertad para morir”, con van Damme, pero tomada en serio, en plan sangriento y con un sentimiento trágico de la vida, quizá prefiera ver “Libertad para morir”. Pero me consta que hay a quienes la peli de Craig Zahler sí les ha convencido.


La sesión golfa, “Mayhem”, dirigida por un tal Joe Lynch, me recordó bastante a “Bloodsucking bastards”, en el sentido de que usa el gore, en aquel caso vertiente vampírica y en este de infectados rabiosos, para ajustar cuentas con un ambiente de trabajo percibido como alienante y lleno de falsedades, haciendo pensar en a qué se dedicaron en el pasado (o en el presente) los autores de los guiones, y, por desgracia, dejando una similar impresión de chistes ya un poco gastados. Se deberá a esa supuesta falta de sentido del humor que advirtió en mí una bilbaína, pero lo cierto es que raramente considero el gore gracioso, lo respeto como recurso pero yo lo veo como una herramienta para conseguir mediante el desagrado lo que la belleza no es capaz de hacer. Que sí, que está bien desfogar la animosidad inevitable que despiertan compañeros trepas, jefes manipuladores, ladrones del mérito ajeno y demás fauna de la empresa pública y privada, pero para dejarme arrastrar por una presunta gamberrada que no deja títere con cabeza preferiría que fuera más virtuosa en lo formal o en lo narrativo. Aunque supongo que la película cumplirá su cometido si no has visto muchas del mismo tipo. El abogado protagonista, un “asiático-americano” llamado “Derek Cho” probó que, tras “Todd Acosta”, el viernes fue el día de los nombres de personajes chistosos con juego de palabras incorporado. Solo faltaron el vaquero “Johnny Melavo” y el camorrista “Armando Guerra Segura”.


sábado, 14 de marzo de 2015

XII Muestra Syfy, prólogo: Regreso a mí mismo


Cuando se ven quince películas en cuatro días es como si se hubiesen vivido quince vidas, unidas a la decimosexta en la que,  pese a tu edad ya madura, vuelves a ser un jovencito rodeado de su pandilla de fanáticos del fantástico y el terror, incluso con tu propio personaje creado que solo aparece en estas ocasiones concretas (sí, yo soy el que trata de hacer cosplay del giallo, con abrigo largo y sombrero). 


Cuando asistimos por noveno año consecutivo, y emprendemos nuestra octava crónica, nos parece que durante estos fines de semana nos acercamos más a lo que deberíamos ser, sacando a la luz pública esos entusiasmos que escondes cuidadosamente de tus compañeros de trabajo o incluso de tu familia (aún recuerdo a una de mis hermanas haciéndose la sorprendida hace dos o tres años ante mi afición por películas como “Zombi Holocausto”) y pensando que, de mantenerse estas “comunidades del anillo” frikis de las que formamos parte solo hasta que ruedan los créditos de la última peli, llegarían a plantearse e incluso realizarse algunas de las ideas que nos rondan por la cabeza mientras vemos algunas de las películas cuyos equipos desperdiciaron las suyas.


También es interesante constatar cómo el curso de los acontecimientos nos hace cambiar de opinión o bien termina haciendo caso de nuestras quejas: en el primer caso, vamos acercándonos al ecuador en el que el Callao empatará con el Palafox como escenario del mismo número de nuestras Muestras, hasta el punto de tomarle un cierto cariño como sede, y, en el segundo, hemos sido lo suficientemente pacientes para ver cómo regresan los criterios indies y gafapastiles a la selección de películas, llegando a tener, como compensación por el mal karma de muchas jornadas populacheras del domingo, el día de cierre con más películas lentas y raras en toda la historia del acontecimiento. Podría decirse tal vez que ni tanto, ni tan calvo, pero es difícil no sentirse resarcido moralmente de pases como los de “Cockneys vs. Zombies”, “Lobos de Arga” o incluso “Faraday”.


En fin, que fue un placer estar de vuelta y experimentar la sobredosis de cine que iremos desgranando a lo largo de todo este mes, como manera de diferir un placer en el que nuestra vida cotidiana tampoco abunda demasiado.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

domingo, 5 de enero de 2014

Esas palabras: "Placeres culpables"

  


Nunca he entendido el concepto de que haya que estar avergonzado de determinadas preferencias culturales o artísticas por el hecho de que no estén de moda entre nuestros contemporáneos o no te creen una imagen "guay". Yo ya no sé, dada la extraña encrucijada en que me hallo, si es más "placer culpable" una serie de anime como "Fushigi Yugi" o bien películas de Antonioni como "Blow up" o "El reportero", que son puestas a parir cien veces al día por gente enrollada que ni siquiera se ha molestado en verlas. Dentro del ámbito de la mente y la fantasía, yo no veo por qué un placer debería ser culpable; no es como si estuviera muriendo de pena un ángel en el cielo cada vez que escuchas con placer una canción de Emerson, Lake & Palmer o ves con agrado películas con títulos como "Desnudas para el asesino".


Queda un pequeño consuelo para tanta incomprensión: aquello que decía en sus memorias Buñuel sobre que un español de los viejos tiempos disfrutaba más del sexo por el mero hecho de pesar sobre él todos los anatemas y prohibiciones eclesiásticos habidos y por haber. Lo mismo podría aplicarse tal vez a estos gustos marginales, pero, careciendo uno de semejantes rémoras de culpabilidad, esa actitud le suena uno más a la superioridad de quienes, para sentir de veras placer en el campo que sea, necesitan saber que muchos otros están bien jodidos.

sábado, 4 de enero de 2014

El padre que nunca fui



En la sesión de ayer a las seis de “A propósito de Llewyn Davis” había un hombre de unos cincuenta años acompañado de una jovencita de unos quince o dieciséis. Ella parecía bastante enterada de la actualidad del cine (por ejemplo, sabía que la única actriz española de “Pensé que iba a haber fiesta” es Elena Anaya) y se notaba que tenía cierta idea de quiénes son los hermanos Coen y no iba arrastrada de los pelos a ver el último hito del cine de autor middlebrow. En ese momento me vino a la mente aquella otra sesión en los Ideal con un hombre llevando a su hijo apenas adolescente a “Vampiros de John Carpenter” y explicándole a la salida algunas de las expresiones inglesas empleadas.

Y ahí es cuando pones momentáneamente en cuestión toda la mitología del orgullo friki, de la irreductible independencia, de no dejarte dominar por ninguna mujer, de poder ser tú mismo sin ceder a la presión social. Cuando te ves anclado al margen del discurrir de la existencia y piensas que tu estúpida sabiduría, tu edificio de inútil excentricidad, desaparecerá a tu muerte y nunca sabrás lo que es tener frente a ti a una tierna criatura que, al menos en sus primeros años, te mire y escuche con amor incondicional y te considere su indiscutible sensei y proveedor de los más variados conocimientos acerca de un universo luminoso y prometedor.

Menos mal que existen dos antídotos contra semejantes accesos de debilidad sensiblera: primero, el programa “Hermano mayor” de Cuatro, y, segundo, plantearse que la muchachita adolescente no era en verdad hija del señor, sino su amante.

lunes, 21 de enero de 2013

Mis prejuicios: Los melómanos


Es mi sino: cuando conozco a quienes teóricamente comparten mis gustos, solo encuentro diferencias. En los conciertos clásicos, no solo sigo siendo de los más jóvenes con la cuarentena cumplida; también soy de los pocos que manifiestan entusiasmo, que están ahí para asistir al nacimiento mágico de la música y no, como mi amiga Verónica, para ufanarse de que los intérpretes están interpretando las partituras para ellos, como si los artistas fuesen lacayos y el público estuviese compuesto de príncipes Esterhazy. Tampoco me afecta el síndrome del entendido: ni estoy dispuesto a buscar defectos como sea en el trabajo de quienes osan ponerse frente a un auditorio, ni me divierte adoptar poses y fobias irracionales, ni me hago el imperturbable tras una gran actuación por si mi alegría compromete mi imagen de oráculo. Si estoy ahí es porque me gusta.

domingo, 6 de enero de 2013

Mis prejuicios: Los 80


En el momento en que las hormonas inician su labor destructora, desaparece la aureola mágica de cuento que rodea nuestros primeros años en el mundo. De ahí que un servidor añore los años 70, con su sordidez, sus pantalones de campana y su hippismo de pacotilla, mientras observa con estupor el culto que la generación siguiente rinde a los 80, que siempre vio como la época en la que las fuerzas del mercado triunfaron definitivamente, en que Spielberg hacía triunfar peliculillas como “Los Goonies” y en que Occidente dio un paso atrás generalizado hacia el conservadurismo como preparación para dar la puntilla definitiva al bloque comunista. Los que sí salían por la noche entonces añoran aquella costrosa movida madrileña de punkis pijos y suelen ignorar que en aquellos años el holocausto nuclear se veía como algo factible cada nuevo día.

lunes, 31 de diciembre de 2012

Mis prejuicios: Los propósitos de Año Nuevo


Un ciclo astronómico termina dependiendo de dónde se haya empezado a contabilizarlo: los europeos de una forma, los chinos de otra, los mayas, que ya no tenían más números, de otra distinta. Si las estrellas no van a cambiar su recorrido al iniciar otra revolución, difícilmente lo hará uno mismo a su pequeña escala molecular, o celular, o neuronal. Ejemplo: por más que uno se empeñe en que su tendencia al coleccionismo no le reporta felicidad, y en que las circunstancias de su vida jamás le permitirán un aprovechamiento y disfrute cabales de sus fondos, a estas alturas sabe que su ADN de bibliotecario, heredado por rama materna, le empujará sin remedio a acumular maravillosos productos culturales y a elaborar fascinantes listas de ellos. Lo de vencer el determinismo lo dejo para el iluso final de “Minority report” de Spielberg.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Mis prejuicios: La pareja


La única relación perfecta y complementaria que puede existir entre dos seres humanos parece ser la de amo y esclavo. Toda la dialéctica buenrollista del ten con ten y el toma y daca suele enmascarar una encarnizada lucha por el poder en la que cada miembro de la asociación necesita ser un von Clausewitz si no quiere que cualquier desliz le cueste aquel permiso doméstico que costó meses conquistar. Algunos pensaban que con el sexo liberarían el cuerpo y la mente maltratados por la represión paterna, ignorando que en torno a su corazón se iría tejiendo un férreo collar de castigo del que se tiraría al menor paso en falso. Algunos, a nuestra edad, vemos inviable sacrificar nuestras parcelas de libertad a una irrealizable armonía entre almas y cuerpos y no tenemos ningún miedo a los enormes vacíos del universo.

martes, 25 de diciembre de 2012

Mis prejuicios: Los frikis

 
Está bien ser diferente a los demás; está peor creerse mejor por ser más diferente, o inventar liturgias y catecismos de la diferencia para aspirar a una normalidad alternativa que en sueños usurpe a la canónica. Descorazona llegar, en el discurrir libre de tu vida, a pequeños paraísos como la ciencia ficción, el anime, los tebeos o el cine de terror, y verlos invadidos por una jauría de domingueros que solo parecen apreciarlos por lo que más puedan tener de excluyentes para la gente común, o que hacen de ellos el blanco de esa privilegiada inteligencia y ese mordaz ingenio que no les sirvieron para triunfar socialmente ni brindarles un buen puesto de trabajo. Que Internet vaya extendiendo su virus de la quisquillosidad agresiva y de las críticas demoledoras basadas en minucias supone una amenaza mayor que cualquier apocalipsis maya.

sábado, 22 de diciembre de 2012

Mis prejuicios: La sinceridad


Ignoro por qué lanzar a un indefenso mundo, en todo momento, aquello que nos está cruzando por la cabeza debería ser una virtud universal digna de encomio. Quizá porque el día a día de un esclavo civilizado está construido a base de medias verdades o mentiras enteras, porque nuestro paisaje es un entramado de espejismos proyectados con espejos que nos tiemblan en la mano, parezca que el humano libre es aquel que se complace en llamar al cojo cojo, a la puta puta, y al presidente bastardo. Los que se ufanan de ser sinceros arrollan con su sinceridad cual coche tuneado, tratando de hacer añicos el holograma tranquilizador con que los otros se recubren para maquillar ese núcleo de fealdad que todos tenemos y que los solitarios urbanos se mostraban ingenuamente unos a otros en las películas de los 70.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Mis prejuicios: El color amarillo

No me verán con ropa amarilla. Por timidez o discreción: siendo el color que capta más rápido la mirada, es el menos adecuado para pasar inadvertido, contraviniendo mi deseo secreto de disolverme en el universo a la par que soy consciente de todo cuanto me rodea. También es el color más utilizado en las señales de peligro, de ahí que una persona empeñada en lucirlo transmita una sutil amenaza; aquella entrevista televisiva de Daniel Barenboim en chaqueta amarilla daba mal rollito pese a sus poses humanistas. Pero, a nivel personal, quizá mi desprecio por este color refleje una añoranza por mi vocación audiovisual frustrada: se sabe que Vicente Escrivá paralizó el rodaje de “Réquiem por Granada” hasta que un eléctrico no cambiase el tono de su vestimenta. También es irónico que mi subgénero filmico favorito sea el giallo italiano.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Mis prejuicios: La nieve


Cuando nieva, todo vuelve a la página en blanco. Quizá por eso lo celebren tantos, viendo en el borrado del dibujo cotidiano la oportunidad para escribir un nuevo destino con nuevas normas, sembrando anarquía entre cielo y tierra con batallas de bolas, y quizá admitiendo a un nuevo amante prohibido bajo sus mantas con la excusa de las bajas temperaturas.
Pero no puedo evitar la desazón cada vez que, a un nuevo paso, mis botas se hunden cada vez más en un abismo de textura rugosa cuyo fondo se desvanece y cuyo color corresponde con exactitud al de un ataúd infantil. Siento que vuelvo a la pureza, pero que, como adulto, he de pagar la pureza con la vida. No es casual que Gerald, en “Mujeres enamoradas”, o Kaji, en “La condición humana” de Kobayashi, mueran en una extensión nevada.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Mis prejuicios: Los humoristas



Antaño, alguien me definió como “un castellano sin sentido del humor”. Solo discrepo en lo de “castellano”: me cuesta identificarme con la risa gregaria, el terreno común que se pacta como digno de irrisión y escarnio públicos. La carcajada a coro es cálida y reconfortante; en solitario, puede sonar a inquietante estertor de maniaco. Mejor utilizarla para arropar a los individuos alfa, aquellos a quienes nuestro ADN inviste de poder representativo. Incluso con el sexo opuesto, funciona una curiosa ley de perpendicularidad: cuanto más logre un hombre abrir la sonrisa horizontal de una mujer, más fácil lo tendrá para hacer lo propio con la vertical. De ahí que los graciosos oficiales configuren una imagen carnavalesca del éxito, y de ahí que los marginales suelan apostar por un humor retorcido alrededor del cual construir su propia corte de los milagros.

martes, 4 de diciembre de 2012

Mis prejuicios: Las corbatas



Actualizar a diario se paga caro. Mi diablillo me lo reprocha pero lo desoigo: como objeto de inquina, las corbatas son un blanco fácil, sea como torpe rima visual de un pene de imposible erección constreñido por los códigos sociales, sea como la lengua de la individualidad forzada hacia fuera tras un largo y agónico estrangulamiento.

Habría preferido defender una prenda impopular afectando un discurso provocador que, partiendo del dandismo y Oscar Wilde, desembocara en el sex appeal de los uniformes nazis diseñados por Hugo Boss. Podría haber exaltado la posibilidad de insertar un fogonazo iconoclasta, en forma de girasoles de van Gogh o bailarinas del Moulin Rouge (el truco es recurrir al canon del arte) en mitad de un exterior formal y anónimo.

Pero uno no puede evitar ser previsible y así contradecir su rechazo teórico a lo uniforme.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Mis prejuicios: El cine doblado

 

Lo guay solía ser la versión original, pero ahora lo más guay que lo guay (lo que se llama “políticamente incorrecto”) es defender las viejas virtudes del doblaje, oponiendo argumentos de acero como que en el fondo todas las películas están dobladas, sobre todo las italianas, las coproducciones de los 60 y las de dibujos, y que eso de la “versión original” es otra entelequia más.

Quizá acierten, pero la voz original de los actores me importa básicamente un pito; lo que me importa es el cine como una ventana a otro mundo, un viaje sin casi moverse del sitio, y que de paso he aprendido un par de idiomas y absorbido rudimentos de otro par. Por no hablar de que las traducciones de diálogos hechas en función de los movimientos de la boca salen demasiado oblicuas para mi gusto.

 

sábado, 1 de diciembre de 2012

Mis prejuicios: El flamenco


Cuando uno lleva media vida aceptando de buen grado los prejuicios de los demás contra los tebeos, la música clásica, la animación japonesa o Francia en general, puede llegar el momento de una pequeña revancha, mostrando mis pequeñas manías personales, pero, a diferencia de otros, sin confundirlas nunca con opiniones fundadas.

Por ejemplo, siempre me ha dado algo de grima el cante jondo (con la excepción de Lole Montoya, que le gusta incluso a Tarantino). Como de lo que se trata aquí es de intentar desmontar mis propios engranajes, puedo avanzar varias teorías: quizá me fastidien en el fondo las expresiones viscerales ásperas y rocosas; tal vez mi esnobismo europeísta y blanco recule ante el sustrato magrebí de nuestra península; puede ser que lo vea como el emblema estereotipado de una España profunda anclada en el pasado.

sábado, 29 de septiembre de 2012

10 discos mágicos de mi última infancia


Cuando uno sale inusual, uno sale inusual, no hay vuelta de hoja. A veces parece que una configuración particular de los astros va torciendo el camino de uno hasta conducirlo a los jardines de leche y miel o, en su defecto, a las montañas de la locura. Cuando otros de mi edad escuchaban a grupos del punk o la nueva ola, o de rock duro, o, peor aún, de la movida madrileña, en nuestro viejo tocadiscos Philips de aguja deteriorada y caníbal que iba destruyendo los microsurcos a la par que los descifraba, sonaban cosas como estas:

1 – “Anatomy of a South African village” (Dollar Brand)
 

Creo que solo lo escuché una vez antes de que mi hermano lo devolviera a su dueño, pero recuerdo una especie de poema pianístico que situaba al oyente en el corazón de África y hacía creer en el piano como instrumento autóctono del continente negro. Años depués leo a algunos que Keith Jarrett se inspiró en Brand, luego rebautizado por el islam como Abdullah Ibrahim, para sus laureadas improvisaciones al teclado, y me lo creo.

2 – “Now we are six” (Steeleye Span)
 

El folk-rock inglés, y un poco del francés, formaba parte habitual de nuestras escuchas, gracias al sello Guimbarda de la discográfica C.F.E. y gracias a artistas que entonces eran parte del mainstream como Steeleye Span. Recuerdo que escuchamos este disco por primera vez porque un amigo de la familia lo había comprado en Inglaterra. Creo que debimos de ser el único hogar en el universo con una perra dálmata bautizada en honor de Maddy Prior.

3 – “Mr. Fox” (Mr. Fox)
 

Otra de folk inglés en su vertiente más truculenta, combinando canciones bailonas con las típicas leyendas británicas de asesinatos y mutilaciones en caminos nocturnos, para las que se creaba una atmósfera musical de trance y zumbido bastante adecuada. Recuerdo que Guimbarda lo editó en un doble con el otro disco del grupo, “The gypsy”, reproduciendo las dos portadas en el interior, y que me daba miedo abrir el álbum y ver el dibujo en blanco y negro. “Elvira Madigan” a día de hoy me hace llorar, y “Mendle” es un clásico inmarcesible que evoca una especie de aquelarre hippy, inquietante e insinuante a la vez.

4 – “Hatfield and the North” (Hatfield and the North)
 

La portada era fascinante, pero lo importante quizá fuese que a mi hermano no le gustaba, lo consideraba “mediocre” y lo devolvió pronto a quien se lo había prestado. Porque si le hubiese gustado, lo tendríamos aún en casa, él era así. Sonido Canterbury, jazz-rock de ojos azules mucho peor tocado que el de cualquier banda fusionera estadounidense pero con un toque extraño, con una retranca británica y un surrealismo decadente y lluvioso con los que Return to Forever nunca habrían podido competir.

5 – “Vampyria” (Jordi Sabatés & Tete Montoliù)
 

Si yo llegué a simpatizar alguna vez con las aspiraciones nacionalistas catalanas, fue porque las asociaba a todo aquel movimiento de jazz fusión, editado mayormente por Edigsa, cuyas portadas estaban redactadas en un idioma raro. La contraportada de este disco, sin embargo, estaba en castellano, y gracias a ella tuve mi primer conocimiento de un tal Baudelaire. Aquellos dúos de piano eléctrico y acústico, aquel jazz onírico con títulos como “Stonehenge”, me marcaron hasta hoy.

6 – “Koprivshtitsa 71”
 

¡Un disco con los créditos en otro alfabeto! ¡Nada menos que folk búlgaro! ¿Cómo acabó esto en nuestra casa? Ni idea, pero varias de las melodías, varios de sus giros melódicos, el extraño soniquete de sus gaitas, dejaron sus ecos girando en mi cabeza antes de que a nadie se le hubiera ocurrido la categoría “world music”.

7 – “Le bestiaire” (Malicorne)
 

Otra de folk-rock, pero en esta ocasión de nuestros vecinos del Hexágono. Quizá los primeros artistas que escuché cantando en ese idioma que para mí ha terminado representando tantas aspiraciones nunca alcanzadas, y encima dejando en mí la semilla de leyendas tradicionales inquietantes, de licantropía, de cuadrillas fantasmales que arrastran consigo a quienes osaban cazar en el Día del Señor, de vagabundos con poder sobre las manadas de lobos, de amores inmortales que se desarrollan a lo largo de la eternidad en un ciclo de reencarnaciones animales. Los agradecimentos del grupo mencionaban a un escritor que desconocía, Claude Seignolle, que hoy por hoy es uno de mis dioses personales.

8 – “Solstice” (Ralph Towner)
 

Otra de jazz alucinado en los márgenes de la música contemporánea, con un par de temas compuestos a base de lo que entonces me parecían “ruidos”, ambientes etéreos a la par que casi narrativos, y un dúo de guitarra acústica y batería que motivó a mi hermano un comentario en el que creo haber escuchado por vez primera la palabra “funky”. Aquella fue la gran época del sello ECM, cuando grababa aquellos discos marcianos que hacían escupir bilis a los que creían ir a encontrar jazz de toda la vida, y que lamento amargamente no haber tenido ni la edad ni el dinero para llevarme a puñados cuando el Discoplay de Los Sótanos los liquidaba en vinilo a 200 pesetas. Como ejemplo de justicia poética, este disco fue prestado por mi hermano a no sé quién, y nunca regresó a casa.

9 – “Girl from Martinique” (Robin Kenyatta)
 

Otra frikada de ECM que, de manera un poco más salvaje que Dollar Brand, nos situaba a base de improvisaciones atmosféricas en el corazón del África profunda. Versión un tanto europeizada del free jazz hippioso que había hecho furor en la década anterior y que mi hermano tanto despreció siempre, este disco abrió la posibilidad nunca aprovechada de orientar mi curiosidad hacia los sonidos del continente negro, pero no dudo que de aquí surge un poco mi simpatía hacia los entusiasmos frenéticos y el lirismo alienígena de gente como Pharoah Sanders.

10 – “Pan & Regaliz” (Pan & Regaliz)
 

Uno de los pocos grupos españoles de mi panteón infantil, imitación de baratillo de los Pink Floyd más psicodélicos o los Jethro Tull blueseros del “This was”, con unas atroces letras en inglés de los tiempos anteriores a la oleada indie de estudiantes de Filología Inglesa, su disco sigue durmiendo el sueño de los justos en un armario detrás de una triple capa de series de anime en DVD, y tal vez sea mejor así: los recuerdos cálidos de una infancia en la que todo parecía posible corren el riesgo de chocar con el frente frío de un presente desencantado y sin posibilidades, y de encontrarse, en medio de la tormenta resultante, con que, pese a todo, no hemos perdido del todo la inocencia perversa de aquellos años.