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domingo, 5 de enero de 2014

Esas palabras: "Placeres culpables"

  


Nunca he entendido el concepto de que haya que estar avergonzado de determinadas preferencias culturales o artísticas por el hecho de que no estén de moda entre nuestros contemporáneos o no te creen una imagen "guay". Yo ya no sé, dada la extraña encrucijada en que me hallo, si es más "placer culpable" una serie de anime como "Fushigi Yugi" o bien películas de Antonioni como "Blow up" o "El reportero", que son puestas a parir cien veces al día por gente enrollada que ni siquiera se ha molestado en verlas. Dentro del ámbito de la mente y la fantasía, yo no veo por qué un placer debería ser culpable; no es como si estuviera muriendo de pena un ángel en el cielo cada vez que escuchas con placer una canción de Emerson, Lake & Palmer o ves con agrado películas con títulos como "Desnudas para el asesino".


Queda un pequeño consuelo para tanta incomprensión: aquello que decía en sus memorias Buñuel sobre que un español de los viejos tiempos disfrutaba más del sexo por el mero hecho de pesar sobre él todos los anatemas y prohibiciones eclesiásticos habidos y por haber. Lo mismo podría aplicarse tal vez a estos gustos marginales, pero, careciendo uno de semejantes rémoras de culpabilidad, esa actitud le suena uno más a la superioridad de quienes, para sentir de veras placer en el campo que sea, necesitan saber que muchos otros están bien jodidos.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Las aventuras de Manuela


Según un personaje de Gene Wolfe, una mujer siempre necesita una razón, mientras que a un hombre le basta con un lugar. Diferenciación paralela a la del erotismo “blando” y el porno duro: el primero, dada su incapacidad para mostrar todo lo mostrable, necesita vestir su mercancía con un simulacro de historia; el segundo puede cortar directamente a la persecución, como dirían los anglosajones. Si hiciéramos caso a cierta sabiduria convencional, el softcore sería más femenino y el hardcore más masculino: las mujeres necesitarían rodearse de una ficción elaborada, mientras que los hombres no necesitarían ficciones por preferir vivir una realidad tangible, una acción física y brutal sin coartadas.

Como ahora el porno se considera moderno y progresista, se ha acumulado una especie de desprecio injusto hacia el cine erótico softcore, considerado un sucedáneo hipócrita de lo auténtico, pero uno siempre ha sentido cierto cariño hacia aquellas películas que vendían sexo en la misma plaza pública que el resto de géneros convencionales y que compensaban su falta de insertos con una carga sociológica de la que no pueden presumir la mayoría de productos a la venta en sex shops, más cercanos al surrealismo, al tipo de lógica onírica que hace inevitable que todo hombre que se tope casualmente con una pareja lésbica en plena labor termine manteniendo relaciones con ambas a la vez.

Si uno, por ejemplo, considera la serie “Emmanuelle”, y concretamente las tres primeras películas, protagonizadas por Sylvia Kristel, se encontrará con un curso intensivo sobre el auge, la decadencia y la caída de la liberación sexual de los años 70. Antes del comienzo de la acción de la primera película, lo único que distinguimos bien de París es la familiar fachada del Sacré Coeur. No hace falta más. No hacen falta cincuenta minutos de burgueses fariseos yendo al hipódromo, como en “Los amantes” de Louis Malle. Lo importante es que París es la civilización, y en la civilización no puede existir el placer.

Por lo tanto, se hace necesario encontrar un paraíso perdido, y, ¿qué mejor paraíso perdido que una colonia? A nadie se le debería escapar que el turismo tercermundista no es sino un colonialismo disfrazado y que sólo en un contexto de culturas extrañas, desconocidas y menos desarrolladas para una mirada occidental resulta factible airear pasiones vergonzosas y llevar a cabo fantasías personales que no encontrarían cómplices entre personas del primer mundo con demasiada dignidad. Cuando Emmanuelle llega a Tailandia, se encuentra un panorama de esposas abiertamente infieles, de lolitas que se masturban sin inhibiciones delante de ella en una hamaca. Su marido, haciendo gala de lo que hoy llaman “compersión”, requiere de su cónyuge que tenga cuantas más aventuras extramatrimoniales mejor, participando vicariamente de su placer mientras él hace lo propio con otras mujeres.

Pero Emmanuelle es básicamente una heroína de novela rosa, busca el amor a pesar de su éxito erótico, de ahí que llore cuando su amante arqueóloga le confiese que lo suyo es sólo sexo. El camino místico de degradación al que la conduce el abuelete Alain Cuny, disfrutando voyeurísticamente mientras su pupila es disfrutada como trofeo de un combate de kickboxing, parece un síntoma de desesperación, una manera de olvidar los sinsabores de un corazón roto mediante la embriaguez de los sentidos.

Un moralismo que parece dejarse a un lado en “Emmanuelle 2: La antivirgen”, película mejor dirigida que su predecesora (aunque sin su filosofía y sin la música de King Crimson) donde se celebra el apogeo de la protagonista como heroína del sexo desinhibido y que culmina con la seducción de una chica presumiblmente menor por Emmanuelle y su marido. La ambivalencia del mito de Emmanuelle es clara: mientras que su eterna disposición para practicar sexo, incluso en público si el morbo lo manda, parece una fantasía masculina arquetípica para los ingenuos creyentes en el tópico de que “las mujeres no son así”, por otro lado se trata de una mujer activa que toma decisiones sobre su propio cuerpo y actúa en consecuencia. Para las japonesas que veían “Emmanuelle” en el París de los 70, la protagonista era ya una heroína del feminismo tan sólo por ponerse encima durante las relaciones con su marido. Para las feministas canónicas, Emmanuelle era un objeto.

Luego nos enteraríamos, en “Adiós Emmanuelle”, de que la buena mujer no creía en todo aquello, y que el círculo de swingers que la rodeaba en Tailandia o las Seychelles no se componía sino de zombis sin otro horizonte que el de la cama redonda. Después de la memorable y ripiosa canción de Serge Gainsbourg en los créditos, iremos aprendiendo la dolorosa verdad: que Emmanuelle era promiscua porque aún no había aparecido en su vida el amor verdadero. Al final iba a resultar que una cursi postal playera al anochecer es mejor fondo para la unión de los cuerpos que un sórdido tugurio en Bangkok. Todo el final de la película, que escenifica en clave de suspense los intentos del marido de Emmanuelle para evitar que ella se marche a París con su amante, parece querer revelar que el libertinaje intelectualizado de las dos primeras aventuras es sólo una pose decadente bajo la cual, de manera fatal, se oculta la naturaleza roja en diente y garra de los celos. El círculo parece cerrarse: a la altura del año 77, volveremos a estar presididos por la cúpula del Sacré Coeur, el sexo libre se desnvolverá tan sólo en el seno de grupos secretos, semiclandestinos, de los que se hablará con una mezcla bobalicona de envidia y repugnancia, y del oasis poliamoroso en Indonesia sólo quedará, en el inconsciente colectivo del primer mundo, la idea de que un billete de avión, unos vaqueros Levis o un collar de perlas falsas son inmediatamente intercambiables, en la brisa enrarecida del Pacífico, por cualquier adolescente de hermosos ojos rasgados.

Pero, para ojos, estos:

sábado, 10 de julio de 2010

Eraserhead 1977


Las primeras obras siempre son más torpes pero lo compensan siendo más sinceras. Es muy difícil saber qué pasa por la cabeza y la vida de quien firma algo como “Inland empire”, pero salta a la vista, ante “Cabeza borradora”, el guión paralelo de alguien que pasa cuatro años rodando en su apartamento, pasablemente asqueado por su propio cuerpo y sobre todo por la paternidad, ese horrible proceso mediante el cual, de la unión de dos gametos viscosos, surge un ser chillón y sucio de una fragilidad tan escandalosa que, por no tener, no tiene ni bien unidos los huesos del cráneo.

Es también obvia la atracción por la belleza desconocida, la gran paradoja de sentir todavía ganas de revolcarse en el mismo fango lovecraftiano de donde surgió la criatura de pesadilla que berrea y se carcajea en ese rincón oscuro encima de la cómoda. Pero no podemos evitarlo. Cuando un dios recubierto de pústulas acciona las palancas desde su planeta, debemos obedecer, dé asco o no.

Henry Spencer, con su imposible cardado, podría ser el niño de “The grandmother” varios años después, e incluso tiene un montón de tierra muy parecido, del que sale una planta, sobre la mesilla de noche, no vaya a reproducirse el milagro. Pero en la Filadelfia post-industrial no hay milagros: es un páramo de fealdad desolada, que no deja respiro ni en la intimidad de la habitación: la única vista desde la ventana es de una pared de ladrillos, e incluso la caldera del radiador emite un ominoso rumor contra el que nada puede un viejo disco de Fats Waller como intérprete de órgano.

Confieso que esta película me aterroriza ahora menos de lo que hizo en su momento. Será que temo menos a la soledad, que aprendí a ver el absurdo del universo como algo más pintoresco que amenazador. Ya ni siquiera recibo llamadas telefónicas sin nadie al otro lado mientras veo la película a las tantas de la madrugada, como sucedió hace cuatro o cinco veranos. Uno va aprendiendo a admirar la representación del temor interno sin necesidad de compartirlo. Es ley de vida.

Puede ser también que las ediciones videográficas de hoy en día se vean demasiado bien. El DVD de Manga, con el formato recortado y la definición borrosa, parecía surgido directamente de la cámara oscura del sueño, tal como “The alphabet” o “The grandmother”. La edición mejorada de Versus deja claro que es una película con hermosa fotografía y logradas composiciones de cuadro, casi para tener en la mesita del café si obviamos los momentos escabrosos. La pesadilla claustrofóbica y visceral va tomando visos de clásico merecedor de la inmortalidad en un museo, algo que me gusta y disgusta al mismo tiempo. En cierta manera, está bien que pervivan ciertos reductos de rechazo frontal, de incomprensión militante. De otra manera, no sentiríamos que una obra incómoda y cruda nos habla directamente a nosotros y nos lleva en un viaje insentato desde la sordidez de una habitación de hotel hasta la epifanía cósmica que sigue al asesinato del propio hijo.

Pocos caen en la cuenta de que el surrealismo, etimológicamente, está por encima de lo real, que las apariencias normales maquillan una realidad íntima difícil de aceptar y contra la cual poco vale el razonamiento. Por eso la masa cerebral sólo vale para fabricar lápices de cabeza borradora, para borrar la escritura, el dibujo, el lenguaje, la creación. Pero al terror del universo hay que enfrentarse solo, sin lápices.

domingo, 28 de febrero de 2010

"Accelerando" de Charles Stross


En su cuento “Egnaro”, M. John Harrison dice de uno de sus protagonistas, dueño de una librería de segunda mano:

“No hacía ninguna distinción entre pornografía y ciencia ficción, a menudo preguntándose en voz alta por qué confiscaban una y no la otra.

-A mí todo me parece lo mismo – mantenía -. Consuelo y sueños. Todo eso te pudre el cerebro.”


Aparte de dar un nuevo sentido al concepto de CF hard, tan malintencionada comparación también aclara el componente de sublimación que late bajo la tecnofilia de muchos exponentes del subgénero. Así como las fantasías sexuales configuran una compleja realidad virtual que puede anestesiar el dolor de los fracasos en el mundo de la carne, los ensueños que posibilita la tecnología redimen al geek de ciencias de sus sinsabores cotidianos en un mundo cuyas peculiaridades humanísticas le resultan imposibles de comprender.

La posibilidad de volver las tornas, la herramienta de venganza definitiva, la proveerá a partir de ahora Internet. Stross, aunque imagine a la mafia rusa como el futuro brazo defensor de la propiedad intelectual, va más allá de ver la descarga ilegal de un archivo como un golpe contra el malvado imperio de las multinacionales: lo considera un paso hacia el siguiente estado evolutivo de la especie, en el que, con una clarividencia lisérgica, prevé una web cósmica donde toda la materia planetaria será capaz de computar información y en la que individualidades codificadas electrónicamente surcarán los años luz utilizando routers orbitando en torno a enanas marrones como portales entre puntos demasiado lejanos para las radiaciones electromagnéticas.

Claro está, la poética de la visión está en el nuevo lenguaje, que no está al alcance de todo el mundo. Cuando se aspira a despertar la maravilla del lector produciendo el “shock del futuro”, hay que arriesgarse a que párrafos enteros de tu obra se acerquen a lo ininteligible, pero ya se sabe: en un mundo individualista y liberal, de ahora y de varios siglos después, uno debe valerse por sí mismo sin ayudas externas, y esto debe reflejarse ya a nivel léxico y sintáctico. Quien no sea capaz de seguir el hilo de las disquisiciones, ya puede prepararse para integrarse en las comunidades de fanáticos resistentes al cambio a las que el narrador de la historia futura de Stross se refiere con un cierto desdén.

Llama la atención, no obstante, que, pese al mimo en describir mil y un innovaciones técnicas inimaginables una detrás de otra, gran parte de la leve trama recicle el viejo complejo de Frankenstein y decida que las futuras inteligencias desencarnadas, dueñas y señoras de un Sistema Solar convertido en un megaordenador, irán desterrando a los humanos hechos de carne como piezas de un hardware obsoleto. Uno, que tenía a Stross por un optimista tecnológico, piensa que tal vez hacía falta un motor narrativo para presentar tanta especulación junta, aunque sólo sea para matizar el antropocentrismo de John Campbell , dejando claro que la humanidad, si no vence, al menos permanecerá.

Claro que tanto vértigo puede terminar desconcertando. El vigor especulativo es considerable, pero quienes no sean sensibles a la poética de un manual técnico no sabrán lo que sentir. Si recién ahora están llegando al gran público obras que explotan a fondo el potencial humano de temas tan arcaicos en el subgénero como la supervivencia después del holocausto terrestre, quizá nos hagan falta un par de siglos para emocionarnos con la condición de una humanidad post-humana, compuesta de simulaciones electrónicas en un entorno virtual, surcando el éter a bordo de una astronave del tamaño de una lata de Coca-Cola.

Si uno defiende las prótesis virtuales de memoria y cálculo como una extensión lógica del limitado cerebro humano, pero no sabe ver en el robo de estas prótesis, en la mutilación y el desamparo que sentiría ante su falta una mente acostumbrada a ellas, más que un elemento de thriller, si uno cree que las conciencias separadas del cuerpo seguirán necesitando un simulacro de las sensaciones físicas, pero luego cree con idealista ingenuidad que las personas serán un día capaces de encender o apagar a voluntad, según les convenga, su impulso sexual, si uno postula modos de reproducción y transmisión de la conciencia completamente ajenos a las transacciones húmedas de la carne y aun así persiste en llevar a las profundidades del espacio el mismo culebrón familiar de toda la vida, todo ello prueba que el mito del progreso científico va a una velocidad imaginativa mucho mayor que las metamorfosis de la psicología o la sociedad, y que Stross no está preparado para transmitir las implicaciones de lo que su mente especulativa creó con tanto ruido terminológico y tantas imágenes de videojuego.

Porque con algunas ficciones fantacientíficas pasa un poco, otra vez, lo mismo que con la pornografía: por más placer vicario que nos proporcione el buen funcionamiento de las máquinas y los cuerpos, es justo después del último espasmo cuando comienza la verdadera historia, la de la vida real, la que se queda fuera de lo que nos han mostrado. Pero esa, claro, es mucho más difícil de contar.

domingo, 21 de febrero de 2010

Dos portadas de revista





Ambas publicaciones retratan en portada a una modelo semidesnuda, y ambas, a su manera, sirven para mantener vivos diferentes aspectos del instinto reproductor.

Si lees la primera eres un salido sórdido e irresponsable. Si lees la segunda eres una persona de bien que lleva la especie a buen puerto.

Por más que traten de decirme que el sexo al que pertenezco, el masculino, es el dominante, a veces tengo la impresión de que nos ha tocado la parte menos digna del proceso copiador de ADN.