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jueves, 30 de abril de 2020

514: XVII Muestra SyFy III: Si eres perro, ¡huye!



La película tailandesa “The pool”, la misma que nos descubrió que en el idioma de aquel país “¡Socorro!” suena algo así como “¡Cthulhu oe!”, nos reveló también, aparte de que mucho público siempre va a decir que una película que saca un aprovechamiento máximo de medios mínimos es mala, el recurso universalmente efectivo para impresionar y conmocionar a un público del 2020 nacido y crecido entre algodones: basta con que un perro que aparece en la historia muera o sufra un horrible destino. La mascota del protagonista de “The pool”, para más recochineo, llevaba el nombre “Lucky”, pero cuando apareció por primera vez en pantalla solo nos llamaba la atención el cocodrilo con el que nuestro héroe se veía obligado a compartir el fondo de una enorme piscina vacía sin escaleras para salir de ella (norma rigurosa cuya razón a nadie se le ocurre explicar). Parece todo una tontería pero considero que mantener la atención del espectador con una premisa así durante 90 minutos es un mérito en sí mismo, independientemente de la calidad del CGI del cocodrilo, de si hay unos huevos que cambian de tamaño de un plano a otro, de si es posible que haya túneles subterráneos que llevan a donde parecen llevar, o, mi eterno favorito, si los personajes toman las decisiones correctas en cada momento (un clásico de las malas críticas de los terrores y slashers: supongo que todo el mundo, en situaciones de vida o muerte con el Jason o Michael Myers de turno en los talones, se convierte en todo un von Clausewitz de la estrategia, viendo con claridad cristalina todas las mejores opciones ante ti). Sabes que estás en este tipo de festival cuando tienes delante una peli tan insensata, y de hecho gran parte de la diversión reside en lo insensata que es. Pero lo de Lucky la verdad es que dolió. No contaré lo que le pasa porque es spoiler y si sois un poco moñas respeto vuestro derecho a traumatizaros vosotros mismos.



Pero no es que fuera solo Lucky. Veamos, si Lucky es 1), 2) es el perro zombi de “Blood quantum”, 3) el perro del negro de “Synchronic” que termina atrapado en el tiempo con el Ku Klux Klan, 4) es uno de los perros de “Bacurau”, al cual, cuando preguntan a Udo Kier si lo mató de un disparo, contesta “Hell, no”, 5) es una especie de engendro infernal de “The cleansing hour”, 6) es el perrito de los niños de “The lodge”, incapaz de aguantar los rigores del invierno, 7) es el perro lobo de Nicolas Cage en “The color out of space”, 8) son los sabuesos robóticos que atacan al protagonista de “Human lost” y 9) es el perro del guardabosques en “The boy II”. Y tal vez se me olvide alguno, pero lo que está claro es que los guionistas de las pelis de esta Muestra, tal vez la última antes del apocalipsis humano, no se cortaron mucho a la hora de hacer una apelación barata a las emociones de un público que se ríe y aplaude si despanzurran a humanos en pantalla, pero llora amargamente si a un pequeño amigo a cuatro patas le pisan el rabo.

miércoles, 4 de abril de 2018

506: Viernes 9 de marzo de 2018 en el Cine de la Prensa



En realidad, debería estar intentando terminar un relato de “mala ciencia ficción” (es decir, científicamente descabellado, con pobre lógica interna y tratando sobre todo temas personales), que supone mi primera obra de ficción en casi 20 años y que ha surgido como consecuencia de una serie de cambios y decisiones personales que me tienen ilusionado y aterrado a partes iguales. Esto puede parecer una introducción que no viene a cuento, pero no es así, dado que uno de mis temas recurrentes en las crónicas de la Muestra Syfy es el inmovilismo personal de un hombre ya maduro que ha caído por defecto en la etiqueta “friki” porque no hay muchos más huecos para él, y su uso del frikismo como una pantalla que escamotea la realidad, en lugar de lo que debería ser, es decir, una herramienta de transformación. Y de todas maneras hay que reivindicar ese arte de la digresión, tan típico del obsoleto bloguear y ya vedado a otros formatos de comunicación social en las redes.


Lo cierto es que cuando comenzó la Muestra 2018 no pensaba que llegaría a intentar demostrar mi existencia en un plano personal a alguien, con lo cual estos recuerdos de hace apenas un mes podrían verse como una evocación de tiempos más despreocupados y felices. El tipo del abrigo largo y el sombrero, que se siente liberado al unirse a la turba de espectadores “mandangueros” que jalea, comenta y aplaude las películas, cuando de ordinario es el más “bon enfant” de los cinéfilos de sala (hasta el punto de ver a Netflix como una especie de Anticristo por hurtar a la pantalla grande títulos como “Aniquilación”), este personaje parece empezar a sentir la amenaza del anonimato, de llegar a una determinada edad sin haber dejado huella alguna entre sus semejantes a pesar de que sus inicios infantiles como lector a los tres años de edad y compositor precoz de canciones sobre bombonas de butano parecían predestinarlo a lo más alto. La búsqueda del ser lo que se es no puede limitarse a tres días al año, pero entre el “cosplay” y la revelación a otra persona, sin disfraces, de lo que uno tiene dentro, media una distancia, digamos, perturbadora.


Pero, bueno, dejando los temas de fondo en el fondo, que es su lugar, vayamos al Cine de la Prensa y dejemos en paz el sur de Francia. Siento decir, en primer lugar, que no puedo unirme al linchamiento colectivo a “Un pliegue en el tiempo”, por la sencilla razón de que no asistí a su preestreno, que inauguraba la Muestra. Mi regla de no ver películas dobladas en sala si puedo evitarlo (y, siendo más concreto, de no ver películas dobladas en las que intervengan personajes infantiles) me robó, no obstante, una ocasión de oro para llevar la contraria a todo el mundo. Me da que una película de fantasía de la Disney supone blanco fácil para un público “millenial” con pose cínica y esa tendencia a la crítica destructiva que la mente-colmena de la red favorece y nutre. Poder defender esa película habría sido una estupenda terapia de auto-afirmación, un ensayo general de enfrentamiento a las inevitables críticas sarcásticas y negativas que surgirán en caso de que me anime a exponer mis locas creaciones a las masas. Masas que a veces se equivocan: revisé en casa “John Carter” y me llegó casi a gustar. Masas que a veces no se equivocan: con “Oz” de Raimi el pulgar aún señala hacia abajo.


Cambiando de lo que pudo haber sido a lo que fue, me siento satisfecho de haber aguantado el tipo bastante bien este año en todas las sesiones de sobremesa, aunque lo tuve que pagar perdiendo el hilo en todas las de madrugada. “As boas maneiras” trajo un Brasil distinto, sin favelas ni narcotráfico, con un folklorismo ajeno a las contorsiones del carnaval de Río (empezando porque no es una película carioca, sino paulista), ensamblando como puede lo que son en esencia dos películas distintas, una sobre la relación lésbica entre una blanca rica y una negra pobre, y otra sobre la crianza problemática del niño de la primera, un licantropito hijo de un sacerdote llamado Jorge Mario que crece con normalidad (salvando detalles nimios como ser encadenado en las noches de luna llena) hasta que a alguien se le ocurre hacerle probar la carne. Una película, como diría mi viejo conocido Pedro Calleja, “lenta y viciosa” (los abrazos en plano corto de las dos protagonistas son particularmente tórridos), con unos momentos musicales que paran la acción para recrearse en los sentimientos y que me hacen pensar un poco en Almodóvar, un lobito en CGI de lo más “kawaii” que desmiente un poco los supuestos mimbres terroríficos de la historia, y un elogio de la diferencia al que se quiere hacer funcionar en muchos contextos pero que habría funcionado mejor si los guionistas hubiesen trabajado más con mentalidad de montadores.


“A day”, blockbuster coreano firmado por uno de estos directores cuyos nombres, formados por palabras cortas y sencillas, me resultan dificilísimos de retener (lo cual no me pasa con los japoneses: me aprendo a la primera nombres como “Hiromasa Yonebayashi”, pero algo como “Cho Sun-Ho” me derrota) , es prueba fehaciente de que, le pese lo que le pese a los listos, la combinatoria del cine comercial no está agotada. El subgénero de “el Día de la Marmota”, consagrado en el mainstream por la homónima, en inglés, “Atrapado en el tiempo”, con Bill Murray, puede arrojar aún más variantes curiosas. No solo se trata de una oportunidad de cambiar lo que sucede para que se anule el bucle y la vida pueda seguir, como en “Al filo del mañana” con Cruise (que además añadía al estofado una guerra con alienígenas), sino que tenemos a más de un condenado del tiempo buscando lograr a la vez sus fines en conflicto con los otros. “Cahiers du cinéma” despreciará todo lo que le dé la gana la filmografía comercial de la Corea “libre”, pero ese oficio eficaz, esos giros que no se ven venir del todo, esa visceralidad para la que en Occidente parece que faltan arrestos (en Oriente parece que una demostración de emociones fuertes y que salte la sangre tienen que ir tomados de la mano), incluso esa coda final con sentimientos dulces a flor de piel y que tanto ofende la zeitgeist de los veinteañeros y treintañeros guays de hoy, son todo puntos a favor del cine asiático visto como el Hollywood de un universo alternativo, pero que está en este.


Me sorprende bastante la cantidad de comentarios negativos dedicados a “Downrange” de Ryuhei Kitamura, que sin embargo es el tipo de película que justifica una muestra fílmica como la que nos ocupa. Una serie B, con todo lo que ello conlleva (estoy seguro que  si en una película como esta se les ocurriera a los cineastas llamar a Anthony Hopkins y Emma Thompson y ponerles desarrollos de personajes al estilo de “Lo que queda del día”, los que le reprochan a “Downrange” sus personajes cutres y sus actores tirando a malos serían los primeros en quejarse), efectiva a la hora de graduar la tensión entre un momento de violencia burra y otro y capaz de sacar lo máximo de los elementos más mínimos (no olvidemos que hablamos básicamente de una carretera, un coche, cinco o seis actores y un árbol), no merece el vitriolo que se ha rociado sobre ella, a no ser que ese vitriolo sea el sustituto homeopático de la emotividad progresivamente perdida en las relaciones personales. Toda vez, encima, que el visionado fue de los más festivos del evento, gracias a ese icono de la Muestra que es desde ya Todd Acosta, personaje de la película cuyo involuntario significado en español llevó a que se coreara su nombre a cada ocasión en que intentaba burlar la vigilancia del sádico francotirador, por ejemplo buscando cobertura para su móvil gracias a su “palo selfie”. Ejemplo de un cine que toma todo su significado en un visionado colectivo, “Downrange” hace pensar en la triste era de Netflix que nos espera, cuando las películas van dejando de llegar con los filtros de antaño y cuando la sabihondez de espectadores sin nada que perder amenaza con sustituir al viejo “comité de expertos” que solía filtrar y recomendar lo que valía la pena, de manera muchas veces manipulativa e interesada, lo sé, pero con unos criterios editoriales ajenos al desfogue emocional que, ya dije, parece ser gran parte del combustible que hace arder las redes. “Downrange”, si se estrenara en Netlflix, sería vapuleada por doquier, pero en su pase festivalero me lo pasé teta, como se suele decir en claro arrebato de añoranza materna.


Mucho peor para mi gusto fue, pese a las expectativas creadas por la anterior obra del guionista y director S. Craig Zahler, “Bone Tomahawk”, el drama de acción carcelaria “Brawl in Cell Block 99”, que trata de repetir rasgos de la anterior como la narración cocinada a fuego lento, la llegada, paulatina, pero a la postre explosiva, de una violencia dura y poco complaciente, y la inevitabilidad fatalista del enfrentamiento con la muerte. Los puntos interesantes no faltan: sacar de su contexto cómico a un actor como Vince Vaughn, dejar claro desde el principio su potencial para la furia en la escena en que, habiendo sido despedido de su trabajo y engañado por su esposa, a quien se niega a poner la mano encima, destroza un coche con sus propias manos; adoptar un tono de serie B oscura, como un Carpenter más trágico, y a la vez huir de muchos de los tópicos del cine de prisiones, y enfocarlo todo como una especie de viaje a los infiernos, suena muy bien sobre el papel, pero a un servidor le pareció que la peripecia era demasiado breve para la dilatación narrativa que se aplicaba. Concedo que se comunica mejor la sensación de encierro y pérdida de libertad con un largo plano fijo en el que el protagonista está tumbado sin hacer nada que con un ágil montaje compaginando variadas acciones, pero supongo que es necesario entrar más en la propuesta de lo que yo hice. Las peleas cuerpo a cuerpo son de una violencia dura y brutal, pero el efecto de choque se atenúa a la tercera o cuarta vez que aparecen y se emplean idénticas coreografías y efectos gore. Este presunto hiperrealismo contrasta con la trama, que mejor será no analizar con rigurosa mala leche, en la que Vaughn es obligado a usar la brutalidad por Udo Kier, que tiene en sus manos a su esposa embarazada y a un “abortista coreano” capaz de hacer cosas muy feas al bebé “in utero” (este año, ya vimos como tres veces en la tarde del viernes, fue la Muestra de los embarazos chungos). A mí no me casa muy bien esa desmadrada línea argumental con la gravedad que se nos vende, como también me cuesta empatizar con un personaje que es básicamente un pedazo de carne inexpresivo, un intento de nueva encarnación del clásico “strong, silent type” que empezaron a barrer de las pantallas en los 70 judíos bajitos y parlanchines como Woody Allen o Dustin Hoffman. Si de lo que se trata es de hacer “Libertad para morir”, con van Damme, pero tomada en serio, en plan sangriento y con un sentimiento trágico de la vida, quizá prefiera ver “Libertad para morir”. Pero me consta que hay a quienes la peli de Craig Zahler sí les ha convencido.


La sesión golfa, “Mayhem”, dirigida por un tal Joe Lynch, me recordó bastante a “Bloodsucking bastards”, en el sentido de que usa el gore, en aquel caso vertiente vampírica y en este de infectados rabiosos, para ajustar cuentas con un ambiente de trabajo percibido como alienante y lleno de falsedades, haciendo pensar en a qué se dedicaron en el pasado (o en el presente) los autores de los guiones, y, por desgracia, dejando una similar impresión de chistes ya un poco gastados. Se deberá a esa supuesta falta de sentido del humor que advirtió en mí una bilbaína, pero lo cierto es que raramente considero el gore gracioso, lo respeto como recurso pero yo lo veo como una herramienta para conseguir mediante el desagrado lo que la belleza no es capaz de hacer. Que sí, que está bien desfogar la animosidad inevitable que despiertan compañeros trepas, jefes manipuladores, ladrones del mérito ajeno y demás fauna de la empresa pública y privada, pero para dejarme arrastrar por una presunta gamberrada que no deja títere con cabeza preferiría que fuera más virtuosa en lo formal o en lo narrativo. Aunque supongo que la película cumplirá su cometido si no has visto muchas del mismo tipo. El abogado protagonista, un “asiático-americano” llamado “Derek Cho” probó que, tras “Todd Acosta”, el viernes fue el día de los nombres de personajes chistosos con juego de palabras incorporado. Solo faltaron el vaquero “Johnny Melavo” y el camorrista “Armando Guerra Segura”.


martes, 31 de marzo de 2015

XII Muestra SyFy, capítulo VI: Con el hambre no se juega


Los programadores de la XII Muestra SyFy parecen tener a veces su lado malintencionado, queriendo que el espectador se replantee sus opiniones poniendo los visionados anteriores en un nuevo contexto. Por ejemplo: a los que despotricasen de “Tokyo tribe”, denunciándola como frikada nipona sin pies ni cabeza, se les dio la posibilidad de enmendar su error de juicio viendo otra peli del mismo país, “Hunger Z” (alias “Hunger of the dead”), que la dejaba a la altura de un cruce entre Coppola, Vincente Minnelli y… supongo que Chang Cheh o alguno de esos.


No es momento de quejarse ahora de las pelis “caspas” de madrugada, pues la tradición es larga. Durante un par de ediciones de la Muestra, se cerraba la noche del viernes, o del sábado, con uno de los terribles telefilms del canal patrocinador, comentado en directo por un “comité de sabios” en el que descollaba Vigalondo, ese personaje hacia el que servidor siente una cierta  ambivalencia. Uno aprovechaba la coyuntura para irse a casa un poco más temprano, sobre todo en el Callao, que le exige un viaje de retorno más largo que el “Exodus” de Ridley, pero ahora, con la reserva del hueco para la sesión golfa en el sentido de gamberra, uno espera que se le dé lo que se debería ofrecer: un destilado de mal gusto inteligente, una ida de olla tan delirante que termine situándose más allá del bien y el mal.


Pero al final el problema siempre es el mismo: como se tienen pocos medios, se busca ser cutre conscientemente y se alimenta el sentido de superioridad de un público un poco frustrado al que se consuela mostrándole que se puede ser malísimo y aun así estrenar una película en un festival. La enésima aventurilla de zombis casposos es aderezada con un concepto desmadrado que podría haber dado resultados curiosos (como los muertos vivientes han terminado devorando a la mayoría de la población viva, les es necesario a la larga criarlos en granjas para que siga habiendo nuevos vivos, de donde surge como corolario que los prisioneros han de copular cual conejos para mantener satisfecha el hambre zombi del título).


Iba a empezar el párrafo en plan “por desgracia, las expectativas no se mantienen”, pero me lo he replanteado en décimas de segundo: la idea es que no puede haber expectativas, porque en este sub-subgénero se espera ver una película mala, con malos efectos, mala interpretación, realización voluntariamente tosca (los frecuentísimos insertos de unas muñecas de porcelana arrancaron más aplausos a cada reiteración, rivalizando con los de la luna llena en “Boneboys” que originaron una de las más entrañables tradiciones de la Muestra) y una resolución cuanto más chusca mejor. Me dolió especialmente, dada la premisa, el desaprovechamiento del ángulo “soft core” (error en el que no incurría “Dead sushi”, que sin embargo carecía de coartadas para ello, por no hablar de las colegialas maoríes de “Fresh meat”), y no fui capaz de combatir el sopor que invade mi cuerpo cuarentón y trabajador asalariado a esas alturas de la madrugada. Para las sesiones golfas, hacen falta peli más golfas.

sábado, 28 de marzo de 2015

XII Muestra SyFy, capítulo II: Ruidos tras las paredes


Da un poco de vértigo saberse lo suficientemente mayor para haber visto en festivales del género un par de películas de un tipo neozelandés semidesconocido llamado Peter Jackson, tituladas “Meet the Feebles” y “Brain dead”. Desde entonces, parece que este archipiélago de Oceanía se ha convertido en una pequeña meca del cine fantástico, terror y gore, supongo que porque papá Peter ha demostrado la viabilidad de los subgéneros frikis como manera de consolidar una carrera que puede llevar a lo más alto (aunque, según a quién preguntes, también a lo más bajo).


Por eso supongo que veo “Housebound”, recibida por parte del público de la Muestra con un desprecio un tanto exagerado si consideramos que se trata de una ópera prima, con una mezcla de simpatía y desconfianza. El mito de la película de género voluntariosa y entusiasta, que intenta hacer virtudes de sus defectos, se desmorona un poco si pensamos que en el fondo es una tarjeta de visita para presentar a productores de blockbusters y convencerles de que si conseguimos hacer una película que mínimamente se veía y tenía cierto atractivo comercial con cuatro duros, será improbable que nos salgamos del presupuesto inicial si se nos quieren confiar más medios. La ética del cine B como estilo de vida cutre pero honrado está a punto de pasar a la historia: pocos cineastas van ya a Sundance sin el sueño de alternar con starlets en bikini en una piscina de Beverly Hills.


El punto de partida de “Housebound” recuerda demasiado al de “Disturbia”, con Shia LaBeouf (un joven problemático, sentenciado a arresto domiciliario, se ve envuelto en problemas que harían necesaria su salida de casa) como para hacer olvidar que trata de hacerse un hueco entre las comedias juveniles de Hollywood. En este caso, se trata de jugar una carta de gamberrismo un tanto atenuada: se da la vuelta a la tortilla cambiando de sexo al protagonista y tratando de subvertir los valores de género habituales, con algunos gags de cierto mal gusto no tan agradecidos ahora que en Hollywood el mal gusto también se ha vuelto mainstream. No recuerdo ahora mismo muchos empleos narrativos del chorro de orina de una chica en el baño (interminable pero interrumpido cada cierto tiempo para cerciorarse de que los extraños ruidos de la casa están presentes), pero, en pleno reinado de Judd Apatow y compañía, tampoco me parece que abra nuevos caminos en el humor.


Lo triste no es, como dicen algunos, que se venda una película de fantasmas y se termine dando otra cosa (nadie le pone tantos reparos a “Agárrame esos fantasmas” de Jackson, que hace algo similar), sino que el ritmo, supuesta baza invencible del cine de bajo presupuesto frente a la pesadez de películas que tratan de exhibir sus grandes medios en cada fotograma, renquea y avanza a parones como el ya mecionado chorro del personaje de Kylie. Por fortuna, el desenlace sí sabe utilizar sus bazas humorísticas al parodiar con fortuna la convención de los utensilios domésticos como armas homicidas en el gore (con mención especial para el rallador de pan), pero quizá sea demasiado tarde para el público de hoy, acostumbrado a cerrar la pantalla del ordenador si no ha habido una escena potente en los primeros 10 minutos (y luego dicen que el TDAH no existe, cuando precisamente la cultura internetera y movilera lo fomenta). 


Nuestro amigo Dani, al mencionársele que el director Gerard Johnstone querría ser otro Peter Jackson, observó con agudeza que aquí ya hacía aparecer a su propio hobbit. Pero no digo más, que sería spoiler.


jueves, 8 de enero de 2015

Dedos ligeros, corazón vacío


Cuando José Jara, director de “El transexual” y “El oasis de las chicas perdidas”, enseñaba esta película a sus alumnos de Realización, la desazón era generalizada: actores horribles, narración aburrida y sosa, guión acartonado, vamos, la antítesis de todo lo que le hace a uno engancharse a una pantalla. A mí aquello me fascinó bastante, me parecía una especie de adaptación de Dostoievski producida por la Monogram, con una economía de medios que bien podía haber sido dictada por la penuria y un contenido moral en plan cine-club de parroquia que resultaba exótico entonces, y lo sigue resultando, en una época en que, si no le ríes las gracias a Jordan Belfort, debes de ser un amargado que no sabe disfrutar la vida.
Jara afirmaba además que la inexpresividad de Martin La Salle, tan abucheada por la platea estudiantil, se había adelantado a su época, cuando nadie imaginaba que pedazos de carne como Schwarzenegger o van Damme podrían llegar a ser los actores más taquilleros. Ver a La Salle, con su característica caída de hombros y su semblante hierático, caminando por la calle en busca de víctimas a quienes robar, hace pensar en un yonqui, o en un muerto viviente. Y lo gracioso es que La Salle, extraño cruce mutante entre Montgomery Clift y Henry Fonda, pero filtrado de cualquier manierismo (o técnica) actoral, casi parece histriónico comparado a las futuras estrellas de, por ejemplo, “Cuatro noches de un soñador”.

Uno ya despreciaba la austeridad desde antes de que la troika la propusiera como panacea universal a nuestros problemas económicos, pero en “Pickpocket” se siente que es por una buena causa: todo el calvario espiritual de Michel, sus tiras y aflojas con su anciana madre, su complejo de superhombre, sus idas y venidas entre ascesis y libertinaje (la peli nos hurta sus épocas de esplendor amoral en Londres) están todas encaminadas al momento final de redención en que Michel se besuquea a través de unas rejas con la adorable pelirroja Marika Green. Uno casi cree que este precedente de la nouvelle vague, mucho más pensado y estudiado (y con unas escenas de robo fascinantes a través de su montaje de insertos que me permito preferir a cualquier producción de Jerry Bruckheimer) es preferible a mucho guateque improvisado con el motor de una cámara siempre en marcha y en el que siempre terminaba apareciendo Jean-Claude Brialy.

miércoles, 3 de abril de 2013

Jesús Franco (1930-2013)


 
Los puristas plomizos lo veían como un insulto al cine. Los frikis terminales incapaces de disfrutar de una peli si es buena lo tenían en un pedestal un tanto inmerecido. Yo mismo, cuando afirmo que los niñatos de hoy no saben lo que es una mala película, suelo tener en mente varios ejemplos del viejo Jess, y sin embargo guardo un cierto cariño hacia su figura como emblema de mi aprendizaje cinéfilo y por asociarla a épocas comparativamente más felices de mi vida. Me fastidia, no obstante, el culto que los progres le rinden solo por ser una oveja negra, un vividor canalla que escapó de la España franquista, cuando yo lo prefiero como joven firmante de los terrores y thrillers a lo Welles en blanco y negro que él mismo repudiaba quizá por recordarle lo que pudo haber sido.

domingo, 21 de agosto de 2011

Leone 61: Il colosso di Rodi


Leer sobre cine suele aburrir por el afán de los autores en hacer encajar la realidad en sus ideas preconcebidas. De ese modo, el discurso que cabe esperar de alguien que aborde “El coloso de Rodas” sería la demostración de que ahí ya estaba en germen todo Sergio Leone: su énfasis en la violencia, Rory Calhoun como icono del western serie B, de expresividad limitada y chulería a prueba de flechas (que no de balas), transplantado a un escenario mucho más anacrónico que Almería, la presencia de un aliento fatalista que hace de los humanos muñecos frágiles en las manos crueles de la historia, el énfasis narrativo en momentos como la elección de los atacantes del Coloso eligiendo la ramita más corta, etc.


Pero la verdad es que, si borrásemos de los créditos el nombre del director, nadie diría hoy que fuese Leone. Cabría incluso hacer un ejercicio de historia (del cine) alternativa e imaginar al director romano probando fortuna sin suerte en subgénero tras subgénero: del peplum al spaghetti western, del spaghetti western al giallo o al poliziesco, terminando tal vez en los 80 con algo titulado “C’era una volta i cannibali”, con Ian McCulloch, Laura Gemser y David Warbeck. Quizá la frontera entre Sergio Leone y gente como Umberto Lenzi o Lucio Fulci no esté tan clara, y sólo fue el caprichoso azar quien regaló al primero la oportunidad de desarrollar todo su talento y lograr éxito mundial mientras los segundos iban dando tumbos hasta caer en la caspa.


Pero “El coloso de Rodas”, aun sin encajar en la teoría de los autores, es un despropósito muy disfrutable, un delirio completamente anacrónico que hace de sus incongruencias toda una fuente de entretenimiento (para muestra un botón: si se quiere encadenar a los prisioneros del reino, ¿para qué ponerles una cadena tan larga? ¿Para que puedan mover mejor los brazos intentando escapar? ¿Para que ataquen a sus guardianes a cadenazos o los estrangulen?), a menudo fascinante en su escenografía, con puntos extra para la estrella titular de la película, la estatua del coloso, escenario de una lucha casi surreal cuya evidente inverosimilitud (está claro que es un decorado situado a poca distancia del suelo) da la clave del atractivo de este tipo de cine, definido con cierta condescendencia como “camp”: hoy por hoy es imposible tomarlo en serio, por sus múltiples imperfecciones y lo desfasado del estilo, pero, viéndolo con ojos favorables y nostálgicos, termina por configurar todo un paraíso artificial de la memoria, retrotrayendo a tiempos más felices en los que la perfección y la credibilidad importaban menos que el entretenimiento irresponsable.


Amén de que, faltaría más, la película está bien dirigida para lo que era muchas veces el peplum, e incluso podría verse como la demostración definitiva de que Leone era ya un gran director desde sus inicios, pues ni el guión daba mucho de sí ni se contaba con grandes actores: Rory Calhoun, en la primera de las tres actuaciones que le elevaron al olimpo de los actores de culto cómplice (las otras dos son “Motel Hell” y las dos partes de “Angel”), se pasea por el plató italiano con una sonrisilla macarra y pelea exactamente igual que en un western; por su parte, Lea Massari aparenta odiarlo con todas sus fuerzas, pese a ser en teoría su gran amor fatal, y Conrado San Martín es un villano tan de guardarropía que resulta entrañable. Hay un tono de cierto desprecio hacia el melodramatismo, endémico en el subgénero ya desde “Cabiria” de Pastrone y no digamos en su vertiente hollywoodense, que resulta vivificante. Desde casi el primer momento se nos sitúa en el reverso, en la trastienda: el primer coqueteo entre Calhoun y Massari desemboca en la cámara de las momias; la monarquía de Rodas, amiga de torturar mediante gotas de líquido hirviente o las vibraciones de una enorme campana colocada sobre el prisionero, está más cerca del fascismo en que se dearrolló la infancia de Leone que de un paraíso histórico idealizado; las escenas de lucha hoy hacen reír un poco, pero pretenden ser más brutales y sucias de lo que era habitual, e incluso resaltan de una manera más o menos malintencionada todo ese subtexto homoerótico del cine “de romanos”, como en el momento en que el personaje de Angel Aranda muere asesinado por detrás, con una postura corporal, de la víctima y del verdugo, bastante inequívoca.



La catarsis final, con maremoto y terremoto incluidos, aparenta estar fabricada con retales de “Los últimos días de Pompeya”, en una nueva muestra representativa de cómo se producía entonces. Resulta difícil imaginar a Leone llegando a donde llegó haciendo peplum: viendo “El coloso” uno se imagina a su director nadando contra la corriente, esperando una ocasión mejor para plasmar sus ideas, pero el resultado termina entreteniendo perversamente, incluso si, mirando la filmografía de Leone como un todo, te puedes olvidar de ella sin problemas.