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lunes, 31 de enero de 2011

"Un Lun Dun" de China Miéville


La culpa de todo la tiene Tolkien. Dices “novela de fantasía” y todo Cristo piensa en un grupo variopinto de héroes ayudando a restaurar el feliz orden feudal. Otros te dicen que la fantasía heroica no es sino los libros de caballerías que parodió Cervantes, y que escribirlos después del “Quijote” es una impostura intolerable. Incluso los hay, como el finado Umbral, para quienes los niños son “grandes realistas” y que creen que darles a Harry Potter es “emborracharles la mente”.

Pero cuando llega gente como China Miéville, te replanteas las cosas. “Un Lun Dun” es una novela fantástica infantil que, amén de emborrachar la mente muy bien, refleja de una manera interesante la organización política del mundo, sugiere que la autoridad puede y debe ser cuestionada, y pone en solfa el determinismo rígido que la jerarquización de roles en el “fantasy” al uso parece defender.

Miéville no hace nada aquí que no hiciera antes, en su trilogía de Bas-Lag, o después, en “The city and the city”, pero su manera de hacerlo, en el marco de una narración de ritmo rápido y lenguaje simplificado, casi termina siendo más efectiva y mejor resuelta que en otros libros. Y lo bueno es que su ideología izquierdista (contradiciendo el sambenito de evasión conservadora que se le ha colgado a la narrativa fantástica) no se presenta en forma de sermones que obstaculizan la acción, sino que aparece mediante metáforas que uno no está obligado a interpretar en clave política.

La idea de un “No Londres” de población variopinta y construido a partir de la basura del Londres “normal” puede hacer pensar en el Tercer Mundo; la presencia como villano del Smog sería inocuo ecologismo de no ser por el hecho de que Londres se deshace de su Smog para filtrarlo hacia No Londres, y de que existen intereses industriales para que esto suceda; la intolerancia hacia el mestizaje toma la peculiar forma de Hemi, el niño nacido de la unión entre un humano y una fantasma, capaz de desenvolverse en ambos mundos; el personaje de Don Hablador, tirano que impone a las palabras el significado que él desea, hasta que estas se rebelan, da un aire de divertimento carroliano del que carecía el doublespeak de Orwell. Y así sucesivamente.

El libro es un gran juego, construyendo imágenes a partir de ingeniosos dobles sentidos difíciles o imposibles de traducir (¿cómo se podría, por ejemplo, trasladar la analogía entre ventanas y arañas, black window-black widow, que da origen a uno de los capítulos más memorables?) y dinamitando la tradición de manera maliciosa: mientras que Tim Burton convirtió su “Alicia” en la más tópica aventura de una “elegida” que cumple la profecía reservada para ella (y que, en en la vida real, de modo inquietante, parece ser fomentar los intereses colonialistas del Imperio Británico en China), Miéville hace que el libro de las profecías se equivoque, y que no sea la niña esbelta y rubia la encargada de salvar el mundo, sino más bien la bajita y morena, aquella para quien el destino no parecía asignar otro papel que el de hacer reír al público lector con sus torpezas y ocurrencias.

Hay tantas ideas sugestivas, monstruos, persecuciones y espíritu de rebelión como en cualquier otra novela de China, pero con el aliciente de que se lee mejor. No es un libro ácido ni controvertido, su subversión parece amable, pero hace gracia que se administre una descarga eléctrica a un miembro fariseo del Parlamento, y que se rompa el tabú pacato contra las armas de las ficciones infantiles haciendo de una pistola (eso sí, una pistola “negativa”) el arma principal contra el enemigo. Y, bueno, como pedagogía para los niños, la escena final, con la pequeña protagonista pidiendo cuentas a una ministra, me resulta ejemplar.

domingo, 12 de septiembre de 2010

"Finch" de Jeff VanderMeer


Ahora que parece claro que la vertiente “literaria” de la narrativa fantástica ha perdido terreno ante el tolkienismo reciclado y los injertos entre terror y novela rosa, algunos de los caminos emprendidos por sus jefes de fila nos dejan con la incógnita de si se trata de huidas hacia adelante o de arriesgados nuevos experimentos. Así, China Miéville reinventa el thriller de espionaje y guerra fría en “The city & the city”, produciendo su obra más disciplinada y concisa en mucho tiempo, aunque a veces se eche de menos su proverbial pérdida de control cuando le daba por lo visceral y monstruoso.

Que Jeff VanderMeer, para cerrar su trilogía de Ambargrís, recurra a los modos de la novela negra, a la sequedad verbal, la violencia borde y las motivaciones ambiguas, parece demasiado casual, toda vez que, precisamente, una de las señas de identidad de aquel (inexistente) movimiento que se dio en llamar “New Weird” era precisamente la exuberancia lingüística, un estilo florido y decadente muy “fin de siglo”. No quisiera ver en tal giro una claudicación a las nociones adocenadas de lo que se considera “buena escritura”; uno preferiría creer que, en las novelas precedentes del ciclo, la ciudad de Ambargris ha cobrado tal grado de realidad que no son ya necesarios los efectos especiales para hacer sentir su extrañeza, o que cada historia necesita su estilo, su punto de vista, y el desafío consiste en hacer más patente lo irreal a base de observarlo con una lente objetiva, en lugar de tomar el camino más fácil del subjetivismo de un narrador poco fiable que teóricamente podría estar convirtiendo en fantástica la realidad más cotidiana.

“Finch” continúa la historia de Ambargrís casi un siglo después de “Shriek: An afterword”, durante la ocupación de la ciudad por unos “gorras grises” alzados en rebelión después de sus años como una presencia misteriosa y subterránea envuelta en rumores y leyendas. El detective John Finch, que trabaja para las fuerzas ocupantes, ha de investigar el enigmático asesinato de un hombre y un gorra gris cuyos cadáveres han sido hallados juntos en un apartamento. A medida que va desentrañando una enrevesada trama de espionaje, revueltas políticas, hongos que surgen de los muertos y cuyo consumo hace revivir sus últimas experiencias, traiciones amorosas, portales entre dimensiones y personajes históricos que regresan de entre los muertos, Finch rememorará el pasado que mantiene oculto bajo una falsa fachada y tratará infructuosamente de salvar a su compañero Wyte, antiguo camarada de la guerra civil entre corporaciones, que vive las últimas etapas de una invasión por hongos que va convirtiéndole en un ser monstruoso. Al final, los hechos espectaculares que cambiarán la historia de la ciudad ocuparán casi un segundo plano con respecto a los cambios que se operan en el propio protagonista, manipulado por fuerzas más allá de su control.

Un servidor, acostumbrado a la compleja brillantez de “City of saints and madmen” y “Shriek”, se mostró bastante perplejo en un inicio ante una novela de iconografía surreal y casi alucinógena (no en balde los gorras grises difunden esporas psicotrópicas por el aire de la ciudad para mantener a la población feliz e inofensiva) contada mediante la prosa entrecortada y llena de elipsis del último Cormac McCarthy (aunque sin los alardes de léxico rebuscado que me hacen dudar de la humildad de su presunta economía). VanderMeer parece querer alejarse de un tipo de pulp, el de Lovecraft, para acercarse al de Hammett, pero sin que perdamos nunca de vista a Lovecraft y su sentido de amanaza cósmica, y sin que el lector tenga nunca la impresión de estar ante un vulgar pastiche semiparódico. Quizá resulte más fácil aplaudir a nivel de frase con las entregas anteriores del ciclo, pero hay que reconocer que “Finch” es una novela difícil de llevar a cabo por la cantidad de elementos dispares que había que combinar sin tocar notas falsas, por ofrecer una peculiar síntesis de crónica novelada, intriga detectivesca y ciencia ficción, por mantener un complejo equilibrio entre acción e introspección, sordidez y onirismo, construcción cerebral y emoción soterrada.

Lo único que tal vez le reprocharía a Jeff en este libro es explicar demasiadas cosas; eran precisamente los misterios sin resolver los que daban a “City of saints…” gran parte de su atractivo ominoso. Sacar a la luz los enigmas centenarios de Ambargrís parece anunciar el fin de un ciclo, pasar gradualmente de la leyenda a la realidad mundana como hizo M. John Harrison en “Viriconium”. La forma detectivesca parece, pues, adecuarse a la idea subyacente, para descubrir ciencia ficción debajo de la fantasía, para dejar ambas atrás en el curso del río que fluye lejos de Ambargrís hacia un destino desconocido. Pero uno se queda con ganas de volver, de saber qué tipo de realidad surge del nuevo orden y de experimentarla a través de una nueva óptica, de un nuevo estilo. Quizá fuese tiempo de saber cómo evolucionaría aquel Ambargrís de aroma decimonónico hacia su análogo del siglo XXI. O quizá sea imposible saberlo porque hemos estado todo el tiempo allí.

viernes, 21 de marzo de 2008

"La Cicatriz" de China Miéville


No se puede uno ya fiar ni de su puñetera madre, y en cuanto a juicios artísticos menos aún. Un servidor llevaba ya tanto tiempo leyendo reseñas no muy elogiosas de “La Cicatriz”, segunda novela ambientada en el mundo imaginario de Bas-Lag por China Miéville, viniendo de autores y críticos bastante dignos de respeto, que terminó abriendo el volumen con resignación, por completismo de lo que hasta el momento es una trilogía, y también, no voy a mentir, por si algún espíritu afín captaba el mensaje en alguna cola de la Muestra de Cine Fantástico.

Y en fin, atribuídlo a las bajas expectativas, pero la novela terminó parecíendome, si no la mejor del calvo musculoso izquierdista, sí la mejor rematada, la más interesante a nivel de ideas y de personajes, la más desarrollada a nivel de trama, la que encuentra un mejor equilibrio entre acción y reflexión, amén de la más arriesgada, al buscar conscientemente un alejamiento de “La Estación de la calle Perdido”, su gran revelación mundial como estrella de la literatura fantástica.

Por supuesto, es difícil superar el impacto de “La Estación...”, con la exuberancia de su mundo, su acumulación de elementos mágicos y tecnológicos, su visión oscura y compleja de la realidad, alejada del maniqueísmo al que nos acostumbró demasiado Tolkien, su atmósfera fascinante que debe mucho al steampunk con su sabor a un siglo XIX de máquinas de vapor, aerostatos y locomotoras, su mensaje político que contrapone a un orden castrador modos de vida alternativos, individualistas o colectivistas, blasfemos para el saber oficial, ofensivos por sus costumbres sexuales.

Lo que sí podía reprochársele a aquel primer hito era lo que hasta el momento sigue siendo la mayor debilidad de Miéville: su dispersión, su fertilidad que le hace anunciar los comienzos de muchos libros posibles pero le sume en una confusión de la que escapa adoptando soluciones fáciles. Así pasaba entonces: mucho barroquismo descriptivo y miserabilista en la onda Mervyn Peake, mucho feminismo radical para dejar a Joanna Russ en pañales, muchas invocaciones a Satán o a ese Tejedor que parece no ser otra cosa que el mismísimo Dios vuelto loco, mucha adquisición de autoconsciencia por los robots, para que todo desembocara en la típica escena de “vamos al nido de los Aliens y quemamos todos los huevos”.

“La Cicatriz” busca otra cosa, empezando por un énfasis mayor en los personajes, por una prolongada introducción que a buen seguro aburrirá a quienes busquen una batalla contra monstruitos tras otra, pero que revela facetas inesperadas del autor, su capacidad para retratar no sólo magia impensable o gore purulento, sino emociones casi tan inéditas como aquellas, como puede ser el vértigo de aprender a leer casi en la edad adulta. En ese sentido, es sintomático que el punto de vista sea el de una erudita y bibliotecaria, una mujer desengañada, casi al margen del mundo, capaz de una notable frialdad en sus relaciones íntimas, de mantenerse fiel a todo aquello que en la superficie desprecia. Miéville sabe lo que otros autores de tochos de fantasía ignoran: que mucha acción no es garantía de interés por parte del lector, y que los mismos hechos pueden causar una impresión muy diferente si vienen filtrados a través de figuras que evitan el estereotipo.

Lo cual no quiere decir que no haya espectacularidad: Armada, la ciudad flotante pirata construida a partir de barcos capturados y enlazados sobre los que se ha seguido construyendo, es otra tentativa de reeditar el esplendor a lo Gormenghast de Nueva Crobuzon, pero de otra manera, anticipando la potente metáfora de la comunidad revolucionaria y fugitiva de “El Consejo de Hierro”, el tren que sigue adelante a base de quitar las vías por donde pasó y volverlas a colocar delante, si bien un servidor prefiere esta evocación de las viejas aventuras marinas a los ecos del western de la novela posterior.

No faltan tampoco criaturas monstruosas ni razas peculiares, desde el “avanc”, un Moby Dick visto por Lovecraft, que remolcará velozmente Armada hacia su incierto destino, pasando por los “anophelii”, cuyas hembras-mosquito mostrarán una peligrosa voracidad vampírica, y una plétora de terroríficos seres donde no puede faltar, dado que se le echó en falta en “La Estación...”, un trasunto de Drácula que recibe el apelativo, que le agradezco a China recuperar dado mi intensivo uso de él en mis años juveniles para referirme a un chupasangres rústico, de Brucolaco.

Pero lo que hace notable a mis ojos la novela no es tanto esta exuberancia, que, como dije, fue muy superada en la primera visita al mundo de Bas-Lag, sino su carga personal y emotiva, esa Cicatriz que no sólo es la fractura en la realidad a donde quieren dirigirse los Amantes sadomasoquistas que gobiernan la ciudad, sino también la superación de la pérdida, de la traición, del engaño. La trama de espionaje y contraespionaje, la pasión homosexual implícita pero nunca concretada del ingeniero Rehecho, Tanner, por el grumete Shekel, la compleja amistad de la protagonista, Bellis, con Uther, el inquietante guerrero encargado de proteger a los Amantes con su Espada de Probabilidad, con Silas, el espía que la sumirá en una red de engaños, o con Johannes, el zoólogo con una ingenua pasión por las criaturas marinas que le conducirá a afrontar espantosos peligros, todo esto dota del necesario contrapunto a los segmentos espectaculares, a las batallas navales, a las escenas de lucha, a las manifestaciones sobrenaturales, atreviéndose incluso a finalizar, como ya es habitual en su obra, en una nota agridulce y ambigua que no otorga soluciones fáciles.

Se pueden pasar un poco por alto las irregularidades del estilo, esplendoroso o redundante casi sin término medio, el exceso de prolijidad en algunas descripciones o la falta de detalle en otras, el ritmo que a veces colea; Miéville es la desmesura, la herencia pulp modificada, puesta al día, aplicada a propósitos más actuales, lejanos del reaccionarismo evasivo que sigue atribuyéndose, sin motivo, a la narrativa ambientada en reinos imaginarios. Este libro tendrá sus defectos, pero me confirma, en mucha mayor medida que “El Consejo de Hierro”, que veo como un pequeño paso atrás, el valor y la considerable promesa de un narrador que a mi juicio es capaz de logros aún mejores, y que, ay, no parece haber cosechado entre nuestros lectores la popularidad que sin duda merece.

viernes, 24 de agosto de 2007

"El Consejo de Hierro" de China Miéville


El tercer novelón épico de nuestro calvo musculoso preferido es loable por cuanto tiene de voluntad profundizadora. Mi única experiencia hasta ahora con él, “La estación de la calle Perdido” tenía entre sus virtudes una prodigalidad deslumbrante, una panorámica, casi un montaje con tantos planos diferentes como Eisenstein, sobre su creación protagonista, la ciudad de Nueva Crobuzon, pionera entre los escenarios de fascinante decadencia urbana que dan su carta de naturaleza al “New Weird”, antes de “City of saints...” de VanderMeer o “The etched city” de Bishop. En esta ocasión, Miéville no desea repetirse y decide centrarse en uno de los aspectos anteriormente tratados a vuelapluma: la posibilidad de una revolución social.

No cabe duda de que esta pretensión hace casi único a China en el mundillo de la fantasía épica, pues, de Tolkien en adelante, casi se da por supuesto que las tramas de este tipo de novelas tendrán por función restablecer en el trono al rey depuesto, o derrocar al malvado y cruel usurpador en favor de una monarquía benigna, en una palabra, establecer el “statu quo”, recordar a los cuatro vientos que Dios está en su cielo y que el orden terrestre no hace sino reflejar el orden celestial, cuyo sentido es perfecto. En cambio, Miéville, como inesperado portaestandarte de una ideología tan fuera de favor como el marxismo, pinta un cuadro dinámico y por momentos lírico de las masas rebelándose contra un gobierno corrupto y explotador, brutal y sórdido, que ha sumido a Nueva Crobuzon en su estado de surreal decadencia.

La metáfora central del libro encandila con sus ecos del “western”: los trabajadores del ferrocarril que debe cruzar el continente de Bas-Lag de un extremo a otro sacuden el yugo de sus capataces, que los mantienen en su durísima labor sin recibir paga, y se lanzan a una huida fulgurante en el propio tren cuyo desarrollo debían guiar (el Consejo de Hierro del título), fraguando su camino a base de levantar los raíles que dejaron atrás y volverlos a instalar ante la locomotora, en un trayecto infinito que se alimenta a sí mismo, imparable pero sin dejar un camino transitable por otros. El proletariado desencadenante de la rebelión es, de modo significativo, el contingente de presos Rehechos, delincuentes convertidos por las “fábricas de castigo” en monstruosidades surreales, experimentos cocidos en la mente del más sádico doctor Frankenstein.

Miéville no para ahí su revista a los grupos que deben luchar por su liberación: las prostitutas del ferrocarril tienen también mucho que ver al respecto, como también, aunque en menor medida, los homosexuales. La homosexualidad desempeña aquí el papel de “erotismo prohibido” que jugó en “Perdido Street...” el amor entre especies. El amor nunca correspondido del todo que siente Cutter, uno de los protagonistas, por Judah Low, experto en la creación de gólems de combate, supone una de sus motivaciones primordiales para salir en busca del Consejo de Hierro, y se hace necesario elogiar el buen gusto en el tratamiento del tema por parte del autor: en ningún momento se cae en sentimentalismos dulzones, ni se pierde de vista que las relaciones “gays” son cosa de hombres, es decir, a menudo un alivio sudoroso, brutal e urgente entre machos. Esta consciencia de los ángulos menos “glamourosos” de la realidad, en mitad de un universo donde abundan los prodigios sobrenaturales y terroríficos, es uno de los puntos fuertes de la escritura de Miéville, distanciándolo de mucha fantasía al uso, escrita claramente para adolescentes o incluso niños.

Claro está que no es oro cuanto reluce. Estructuralmente, tengo ciertos problemas con el libro. El inicio, que nos coloca directamente en mitad de un grupo de personas que buscan el Consejo de Hierro, es aventura casi desde el primer párrafo: antes de saber quiénes son esas personas ni cuál es su motivación, ya los tenemos a la greña contra amenazas mágicas y criaturas de pesadilla. Aunque la intención sea claramente empezar con un terremoto, según la cita atribuida entre otros a De Mille, la estrategia no me sirvió para entrar en la novela, por mucho que aparecieran fantasmagóricas manos muertas que dominan cual títeres a seres de todo pelaje, mortíferos espíritus elementales de las aguas o un “cowboy” sobrenatural capaz de influir sobre la conducta ajena subvocalizando. Es significativo, aunque perjudicial para el afán diversificador de Miéville, que sea la siguiente subdivisión de la novela, un comienzo atmosférico más al viejo estilo ambientado en la ya familiar metrópoli de Nueva Crobuzon, la que me atrape como lector y me genere las auténticas ganas de seguir pasando paginas. Uno sospecha que Miéville no es tan buen escritor de acción y aventura como él piensa, sino que sus capacidades residen más bien en lo descriptivo, lo sociológico, incluso lo psicológico. Lo cual no le impide incidir en las batallas sobrenaturales una y otra vez, con un entusiasmo a veces rayano en lo cansino.

Siguiendo con la estructura, de nuevo nos topamos con un probelma ya encontrado en “Perdido...”: la incapacidad para generar un tercio final de verdadero interés. El clima de descontento social apoderándose de la ciudad, las andanzas de una banda de renegados criminales que planean el asesinato de la alcaldesa, y la resolución del Consejo de Hierro de interrumpir su huida para regresar a la ciudad y servir de apoyo moral en el ascenso del Colectivo (léase el partido comunista revolucionario) no son capaces de crear la suficiente intriga en el lector, no albergan la suficiente promesa de revelaciones, como tampoco sucedía con la plaga de “polillas del sueño” de la novela anterior. Aunque se desconozcan detalles incidentales que pueden llegar a sorprender, y a menudo lo hacen, el nivel de incógnita es bajo: se sabe con bastante aproximación qué va a suceder, de manera que sobreviene un cierto cansancio más o menos a la altura de la página 400 y pico... de 614.

Quizá el problema resida también en un estilo a veces innovador y brillante, con una notable capacidad para codificar todo un mundo mediante exóticos neologismos (esa parte virtualmente intraducible del género fantástico), pero a veces farragoso y fatigoso, a veces grotescamente redicho, a veces vulgar sin complejos. Miéville no se anda con medias tintas y se ha pronunciado más de una vez en el sentido de que no se puede vehicular un universo extraño mediante una prosa “razonable” e invisible. Su intención es convertir el “pulp” en arte, pero no estoy seguro de que el ritmo de sus períodos albergue la suficiente variedad para sostener durante grandes extensiones una historia ambiciosa pero limitada, poblada por gente de acción no siempre bien construida al nivel de personajes. Una vez más nos topamos con un talento y unas ideas por encima de los resultados finales.

El clima de guerra con otra potencia lejana y desconocida evoca certeramente el conflicto estadounidense con Irak, las tribulaciones del renegado Ori ponen en escena la complejidad moral del acto terrorista, el convencimiento realista de que una revolución no puede ganar en el mundo actual desemboca en una imagen sorprendente y memorable, el destino final del comité rebelde abre interrogantes sobre lo legítimo o no del fatalismo, sobre si la derrota nace de un escepticismo ante la victoria. “El Consejo de Hierro”, una novela más elocuente en lo político que muchos libros partidistas y previsibles que andan por ahí, triunfa más en el plano de las ideas que en de su plasmación. “La estación de la calle Perdido” encerraba muchos posibles libros en uno solo; “El Consejo de Hierro” pretende desarrollar con rigor uno solo de ellos, pero a mi juicio Miéville es más un autor de partes que de todos. Al igual que su compatriota Clive Barker, al que me recuerda en ocasiones, puede pasar de lo inquietante y sublime a lo pedestre y grosero, de la audaz originalidad al plagio más descarado de sí mismo. Siento curiosidad ante su libro de relatos, “Looking for Jake”, donde quizá su imaginación fantástica se concentre y refine más que en enormes novelas de 600 páginas donde a menudo las confrontaciones con criaturas de pesadilla se convierten en algo enojoso de puro frecuentes y producen un hastío comparable al de los peores momentos de animación infográfica en el cine de Hollywood, cuando lo asombroso deviene en rutinario. Pero la fuerza de Miéville es su desmesura, y a menudo sus virtudes son función de sus defectos. A la espera de su obra definitiva, apreciemos más sus mejores momentos, sus delirios más populosos. Quedémonos con sus ambiciones promiscuas y dejemos de lado sus conatos de profundidad filosófica. Releamos “La estación...”, que, a la espera de “La cicatriz” (sobre la cual me muestro escéptico), sigue siendo el manifiesto definitivo de lo que China Miéville puede aportar al paisaje contemporáneo de la CF y la fantasía.

lunes, 11 de junio de 2007

"City of saints and madmen" de Jeff VanderMeer


Hace unas semanas, leí un artículo que establecía un paralelismo entre el estado de Nueva Orleans tras las inundaciones del huracán "Katrina" y la ciudad imaginaria de Bellona tal como la describía Samuel Delany en “Dhalgren”, víctima de un cataclismo sin especificar y teatro de la disolución de la moral y las costumbres. Delany, pues, refrendaría la reputación profética del género irreal, convertido con el paso de los años, y en ocasiones como esta casi a su pesar, en una ficción bastante más relevante que cualquier sueño de sus detractores. Pero, por otro lado, Delany sería un precursor del empleo de la ciudad como escenario fundamental de mucha fantasía moderna, donde la urbe se convuerte en un espejo de aspiraciones, en un reflejo surreal de nuestro medio ambiente cotidiano, desde la Viriconium de M. John Harrison hasta la Nueva Crobuzon de China Miéville o la Ambargrís de Jeff VanderMeer.

Ambargrís, como Bellona, es una “ciudad del miedo”, obsesionada por el recuerdo de un hecho traumático, el “Silencio”, en el que todos sus habitantes se volatilizaron durante una expedición fluvial de su gobernante y su ejército. El enigma, atribuible o no a los “gorras grises”, habitantes originales de la ciudad exterminados durante la colonización y refugiados bajo tierra, pesa sobre la conciencia colectiva de los habitantes, y podría o no ser una de las claves de los estallidos de violencia durante el Festival del Calamar de Agua Dulce, celebrado cada año. El ambiente decimonónico y decadente de la ciudad, lleno de pintoresquismo grotesco, arquitectura ruinosa, y secretos atroces a punto de revelarse, supone una creación única en el fantástico contemporáneo, por su manera de unir paranoia contemporánea y exquisitez anticuaria que no desentonaría entre los venerables abuelos editados por Valdemar en la colección “El club Diógenes”.

VanderMeer, postmoderno convencido de que un relato que llama la atención sobre su condición ficticia es el menos escapista de todos, despliega en “Ciudad de santos y locos” un abanico de técnicas tan ambicioso como arriesgado, tan abrumador como estimulante, que da ganas de volver al libro una vez digerida la confusión inicial. Desde los relatos más tradicionales, “Dradin, enamorado” o “La transformación de Martin Lake” (ganador del Premio Mundial de Fantasía), donde un estilo exquisito desentraña redes psicológicas realzadas por el decadente universo que las rodea, hasta extravagancias como “El Rey Calamar”, supuesta monografía sobre cefalópodos cuyo obsesionado autor revela incómodas verdades sobre sí mismo ¡incluso en su bibliografía de 30 páginas!, VanderMeer se desmarca de la fantasía tradicional ofreciendo un artefacto literario de tremendo atractivo, con diferentes tipos de letra, sorprendentes ilustraciones, enigmas y pasatiempos para tener ocupados al público más juguetón y erudito, y, sobre todo, extraordinarios momentos de literatura.

El libro se acoge a diferentes tradiciones literarias: la de un Joseph Conrad en sus aventuras psicologizadas y un punto retorcidas; la del Nabokov de “Pálido fuego” en sus supuestos estudios de no ficción salpicados de sarcasmos y de intenciones suberráneas; la de un Kafka en su visión de una cotidianeidad surreal y absurda, a no ser que las soluciones se encuentren agazapadas entre líneas, como en el más perverso Gene Wolfe; la de un Lovecraft con sus excursiones bajo tierra en busca de un pueblo desconocido por aterrador, en la repulsión fascinada que ejercen los genios tutelares de la ciudad: los hongos que invaden, infectan y destruyen, y los calamares gigantes, alimento principal de la ciudad pero tal vez no tan inocente e irracional como se piensa.

Universo total, dotado de su propia historia, sus propias religiones, sus propios ídolos y movimentos artísticos, su propia cultura popular, sus corrientes políticas, incluso sus recetas gastronómicas, todo ello detallado con notable sorna en el glosario ilustrado final, Ambargrís quizá carezca de la fauna visionaria de habitantes o la arquitectura abigarrada y visionaria de la Nueva Crobuzon de “La estación de la calle Perdido”, pero sus crónicas aventajan a Miéville en ambición artística, y logran su fascinación y su terror menos a base de criaturas monstruosas o acumulación de elementos extraños que mediante la insinuación y la referencia oblicua. Pienso en un relato como “La jaula”, con su gradual crescendo psicológico alrededor de una amenaza que nunca vemos, la fantasía póstuma (término de Clute), “En las horas tras la muerte”, o el muy melancólico “Aprendiendo a dejar la carne”, por no hablar de “El intercambio”, relato ilustrado donde se ofrece un comentario paralelo de lo más inquietante al margen de las páginas reproducidas en tamaño pequeño. Son cuentos que valen por sí mismos, pero también por los detalles adicionales que aportan sobre el tejido de la historia, sobre por qué un comerciante sin suerte pudo convertirse en la cabeza del mayor imperio comercial de Ambargrís, por qué los ciudadanos se matan unos a otros en el Festival, o qué sucedió realmente en el asilo mental donde estuvieron ingresados tanto el autor de “El Rey Calamar” como X, el escritor que afirma haber creado Ambargrís a través de su imaginación y ahora vive atrapado en ella, escritor, por cierto, cuyos detalles biográficos coinciden con todo cuanto sé de VanderMeer...

Excelente libro, pues, y firme candidato a futuro clásico si le perdonamos su repetida tendencia a lo metaficticio y autorreferencial, al capricho aparentemente irrelevante donde ha de saberse ver una sana dimensión lúdica. Jeff VanderMeer es de quienes creemos que la fantasía debe abandonar los circuitos comerciales, las reglas del juego obsoletas y las portadas de idéntico diseño a los carteles del cine de palomitas o las carátulas de los videojuegos, para integrarse en la corriente general de la literatura. Desde el volumen que tengo delante, me llega de nuevo la llamada de las calles de Ambargrís, y sé que deberé volver sobre mis pasos, quizá decidido a desentrañar el misterio que late bajo el tapiz imaginario, tan presente como el final en clave numérica de uno de los cuentos, y que prefiero dejar por el momento en una sugerente y provocativa penumbra.