lunes, 11 de junio de 2007

"City of saints and madmen" de Jeff VanderMeer


Hace unas semanas, leí un artículo que establecía un paralelismo entre el estado de Nueva Orleans tras las inundaciones del huracán "Katrina" y la ciudad imaginaria de Bellona tal como la describía Samuel Delany en “Dhalgren”, víctima de un cataclismo sin especificar y teatro de la disolución de la moral y las costumbres. Delany, pues, refrendaría la reputación profética del género irreal, convertido con el paso de los años, y en ocasiones como esta casi a su pesar, en una ficción bastante más relevante que cualquier sueño de sus detractores. Pero, por otro lado, Delany sería un precursor del empleo de la ciudad como escenario fundamental de mucha fantasía moderna, donde la urbe se convuerte en un espejo de aspiraciones, en un reflejo surreal de nuestro medio ambiente cotidiano, desde la Viriconium de M. John Harrison hasta la Nueva Crobuzon de China Miéville o la Ambargrís de Jeff VanderMeer.

Ambargrís, como Bellona, es una “ciudad del miedo”, obsesionada por el recuerdo de un hecho traumático, el “Silencio”, en el que todos sus habitantes se volatilizaron durante una expedición fluvial de su gobernante y su ejército. El enigma, atribuible o no a los “gorras grises”, habitantes originales de la ciudad exterminados durante la colonización y refugiados bajo tierra, pesa sobre la conciencia colectiva de los habitantes, y podría o no ser una de las claves de los estallidos de violencia durante el Festival del Calamar de Agua Dulce, celebrado cada año. El ambiente decimonónico y decadente de la ciudad, lleno de pintoresquismo grotesco, arquitectura ruinosa, y secretos atroces a punto de revelarse, supone una creación única en el fantástico contemporáneo, por su manera de unir paranoia contemporánea y exquisitez anticuaria que no desentonaría entre los venerables abuelos editados por Valdemar en la colección “El club Diógenes”.

VanderMeer, postmoderno convencido de que un relato que llama la atención sobre su condición ficticia es el menos escapista de todos, despliega en “Ciudad de santos y locos” un abanico de técnicas tan ambicioso como arriesgado, tan abrumador como estimulante, que da ganas de volver al libro una vez digerida la confusión inicial. Desde los relatos más tradicionales, “Dradin, enamorado” o “La transformación de Martin Lake” (ganador del Premio Mundial de Fantasía), donde un estilo exquisito desentraña redes psicológicas realzadas por el decadente universo que las rodea, hasta extravagancias como “El Rey Calamar”, supuesta monografía sobre cefalópodos cuyo obsesionado autor revela incómodas verdades sobre sí mismo ¡incluso en su bibliografía de 30 páginas!, VanderMeer se desmarca de la fantasía tradicional ofreciendo un artefacto literario de tremendo atractivo, con diferentes tipos de letra, sorprendentes ilustraciones, enigmas y pasatiempos para tener ocupados al público más juguetón y erudito, y, sobre todo, extraordinarios momentos de literatura.

El libro se acoge a diferentes tradiciones literarias: la de un Joseph Conrad en sus aventuras psicologizadas y un punto retorcidas; la del Nabokov de “Pálido fuego” en sus supuestos estudios de no ficción salpicados de sarcasmos y de intenciones suberráneas; la de un Kafka en su visión de una cotidianeidad surreal y absurda, a no ser que las soluciones se encuentren agazapadas entre líneas, como en el más perverso Gene Wolfe; la de un Lovecraft con sus excursiones bajo tierra en busca de un pueblo desconocido por aterrador, en la repulsión fascinada que ejercen los genios tutelares de la ciudad: los hongos que invaden, infectan y destruyen, y los calamares gigantes, alimento principal de la ciudad pero tal vez no tan inocente e irracional como se piensa.

Universo total, dotado de su propia historia, sus propias religiones, sus propios ídolos y movimentos artísticos, su propia cultura popular, sus corrientes políticas, incluso sus recetas gastronómicas, todo ello detallado con notable sorna en el glosario ilustrado final, Ambargrís quizá carezca de la fauna visionaria de habitantes o la arquitectura abigarrada y visionaria de la Nueva Crobuzon de “La estación de la calle Perdido”, pero sus crónicas aventajan a Miéville en ambición artística, y logran su fascinación y su terror menos a base de criaturas monstruosas o acumulación de elementos extraños que mediante la insinuación y la referencia oblicua. Pienso en un relato como “La jaula”, con su gradual crescendo psicológico alrededor de una amenaza que nunca vemos, la fantasía póstuma (término de Clute), “En las horas tras la muerte”, o el muy melancólico “Aprendiendo a dejar la carne”, por no hablar de “El intercambio”, relato ilustrado donde se ofrece un comentario paralelo de lo más inquietante al margen de las páginas reproducidas en tamaño pequeño. Son cuentos que valen por sí mismos, pero también por los detalles adicionales que aportan sobre el tejido de la historia, sobre por qué un comerciante sin suerte pudo convertirse en la cabeza del mayor imperio comercial de Ambargrís, por qué los ciudadanos se matan unos a otros en el Festival, o qué sucedió realmente en el asilo mental donde estuvieron ingresados tanto el autor de “El Rey Calamar” como X, el escritor que afirma haber creado Ambargrís a través de su imaginación y ahora vive atrapado en ella, escritor, por cierto, cuyos detalles biográficos coinciden con todo cuanto sé de VanderMeer...

Excelente libro, pues, y firme candidato a futuro clásico si le perdonamos su repetida tendencia a lo metaficticio y autorreferencial, al capricho aparentemente irrelevante donde ha de saberse ver una sana dimensión lúdica. Jeff VanderMeer es de quienes creemos que la fantasía debe abandonar los circuitos comerciales, las reglas del juego obsoletas y las portadas de idéntico diseño a los carteles del cine de palomitas o las carátulas de los videojuegos, para integrarse en la corriente general de la literatura. Desde el volumen que tengo delante, me llega de nuevo la llamada de las calles de Ambargrís, y sé que deberé volver sobre mis pasos, quizá decidido a desentrañar el misterio que late bajo el tapiz imaginario, tan presente como el final en clave numérica de uno de los cuentos, y que prefiero dejar por el momento en una sugerente y provocativa penumbra.

2 comentarios:

Jaime Tello dijo...

Apenas voy a la mitad de este mastodonte, y puedo decir que junto a Bosque Mitago y Puente de pájaros, es uno de los libros de fantasía más increíbles que me ha tocado leer.

Gracias por tu estupenda reseña. Saludos.

Jaime Tello dijo...

Excelente libro, estoy saboreando cada pagina. Saludos.