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domingo, 31 de agosto de 2014

Desnudos ante la red


Uno llevaba años replanteándose la fama de “maldito” de Terry Gilliam, argumentando que malditos eran, por ejemplo, Iván Zulueta, que después de revelarse como autor en “Arrebato”, se hundió durante los 30 años siguientes en los limbos de la heroína sin regresar jamás al cine, o, a otra escala, Gilles Mimouni, que, tras haber firmado uno de los debuts más prometedores del cine francés de los 90, “L’appartement”, parece confinado en telefilms sin repercusión. En cambio, Gilliam, pese a sus azarosos rodajes, sus peleas con los estudios, su cancelación del “Quijote” y la repentina muerte, en pleno rodaje, de Heath Ledger, puede presumir de una ya larga filmografía con actores estelares de Hollywood, edición de casi todas sus películas en los más modernos soportes audiovisuales y distribución de sus nuevas creaciones en todo el mundo.


Pero estoy empezando a cambiar de opinión a causa de este último punto: parece ser que “The Zero Theorem” no se verá en cines españoles, lo cual marca una primera vez en toda su carrera: productos tan difíciles de vender como “Miedo y asco en Las Vegas” o “Tideland” se vieron sin problemas en la cartelera madrileña, mientras que parece que ya no hay hueco para esta última creación, a lo cual no ayuda el rechazo visceral hacia ella de algún que otro espectador profesional a quien aparentemente los distribuidores hacen caso (lean ustedes un reciente artículo de “Fotogramas” sobre la distribución de “Érase una vez en Anatolia” y saquen sus conclusiones).  De lo que yo llamo la pudibundez del sector distribuidor (relacionada estrechamente con la pudibundez del sector espectador) ya hablaré otro día, lo importante ahora es por qué “The Zero Theorem” se ha convertido exclusivamente en forraje para gente que cree ver películas cuando las mira de vez en cuando por el rabillo del ojo mientras chatea por WhatsApp, juega en red y se pone al día de las últimas sensaciones virales de Twitter y YouTube.


Uno puede argumentar que Gilliam, como buen veterano superviviente inadaptado a los tiempos que corren, es un cascarrabias que muerde la mano que da de comer a muchos: arremeter hoy en día contra la cultura de lo virtual, el culto a Internet y la descorporización de las relaciones personales puede parecer a muchos tan reaccionario y cerrado como cuando Fellini, en su postrera “La voz de la luna”, quería presentar como un pequeño infierno lo que para muchos hoy por hoy sería un paraíso: una discoteca de jóvenes guapos y bien educados bailando al ritmo de un temazo como “The way you make me feel” de Michael Jackson. Como revisión de “Brazil”, “The Zero Theorem” ha subido en puntos de desesperación: Sam Lowry, aunque atrapado en una intriga kafkiana, parecía un héroe del Hollywood de los 40, con aplomo y recursos, calándose a la perfección el sombrero. Qohen Leth, su descendiente espiritual, ya bajó en la escala evolutiva: es un calvo cuyas cejas afeitadas producen cierta repulsión física, que ni siquiera comprende su trabajo y que se calza un ridículo traje rojo de captura de movimientos para tener sexo irreal con una guarrilla que se exhibe por la red sin pudor alguno (comparen con la bonita camionera que escondía su lado insinuante tras una irónica inversión de los roles sexuales y constatarán cómo la opinión de Terry sobre las mujeres también parece haber ido a peor).


Los colores chillones y la falta de gusto estético del mundo futuro de la película suponen un comentario social no muy sutil, pero pertinente, sobre el mundo de hoy. El departamento de dirección artística parece haberse recorrido la red completa de tiendas de todo a 100 de Rumanía en busca de los objetos más feos, para contrastar mejor con el santuario donde vive Qohen, que es, literalmente, una iglesia, con el ordenador colocado prácticamente en el altar. Qohen pasa su vida ante la pantalla persiguiendo una entelequia sin sentido. Incluso su psiquiatra (una Tilda Swinton sin sentido del ridículo, como debe ser) es un programa informático cuyo avatar parece tener tantos más problemas mentales, o más, que su paciente.


Como ya es habitual en Terry, hay toda una poética de la descompensación: no se puede reflejar un mundo caótico y sin referencias adoptando una forma armoniosa. La película es fea e irritante a propósito, y supongo que eso sentará mal a los que van al cine para sentirse seducidos. En cierta manera, se la puede entender como el reverso, a muchos niveles, de “Her” de Spike Jonze: no hay nada de minimalismo “cool” (a veces llegué a pensar que los pantalones de franela de Joaquin Phoenix eran tan primordiales en la película como toda su problemática personal) , se evitan casi a propósito los tropos que puedan caer en gracia a cierto tipo de crítica, se entra a saco en una visión de las relaciones sexuales que a alguno le parecerá sexista y troglodita, en lugar de conformarse, como parece sintomático en estas épocas en que las ficciones tienen miedo a la carne, con las entonaciones aterciopeladas de Scarlett Johansson, y se comete el pecado mortal de ser simbólico y alegórico en una cultura hambrienta de satisfacciones literales y en la que la riqueza de informaciones disponibles por línea telefónica parece haber creado un espíritu de los tiempos en el que absolutamente todo se tiene que explicar y detallar y en el que todos los enlaces tienen que funcionar si se hace clic en ellos.


Encuentro significativo que en algún país se haya censurado del cartel el culo desnudo de Christoph Waltz flotando en el espacio ante un agujero negro. “The Zero Theorem” enseña lo que muchos no quieren ver,  con un nihilismo irónico que no me parece muy lejano de algunas ficciones de Houellebecq, y un uso de los elementos fantacientíficos lejano de las reflexiones fáciles sobre la crisis económica que unen a títulos tan dispares como “Take shelter", la saga de “Los juegos del hambre” o "Snowpiercer". Mientras que Jonze parece ser moderadamente optimista, preconizando la vuelta a las relaciones personales tras el paréntesis de adicción a los dispositivos que estamos viviendo, para Gilliam estamos abocados a la playa de acero, que diría John Varley, presenciando, completamente solos, un eterno crepúsculo artificial.

miércoles, 9 de junio de 2010

Dennis Hopper (1936-2010)


Curioso itinerario. Primero, compañero de rebeldías sin causa cincuenteras de James Dean. Después, víctima de la incomprensión de la sociedad y del abuso paterno en “Duelo de titanes”, cuyos guionistas aprovecharon la leyenda mitológica de Wyatt Earp y los Clanton para hacer un psicoanálisis contemporáneo. A continuación, icono de una contracultura hippiosa con mucha violencia dentro (¿tal vez la del Vietnam?): CSN&Y no salieron en la banda sonora de “Easy Rider” porque Dennis estuvo a punto de acabar a leche limpia con David Crosby. La desorientación del momento se cobró su precio: la aventura fílmica a lo Herzog de “The last movie” fue tan fatal para su protagonista ficticio como para su creador real: a día de hoy, sigue siendo una película difícil de encontrar, y no es raro que la nueva personalidad fílmica por defecto de Dennis fuera la del hippy colgado pero simpaticón, tal como lo retrató Coppola en “Apocalypse now”, estereotipo quizá preferible al creado en “El amigo americano” por Wenders, que vio en él a un actor secundario de westerns y un icono serie B de un Hollywood dominador del imaginario europeo. David Lynch fue más hábil y recicló todos los aspectos oscuros de su biografía para hacer de él la encarnación del mal. “Terciopelo azul” devolvió a Dennis a la primera fila del cine, pero a cambio de convertirle a la postre en una de las presencias malignas más previsibles de la pantalla durante los años 80 y 90. Verle como dinosaurio humanizado en “Super Mario Bros.” o como líder de los Smokers en “Waterworld” acabó con su credibilidad de autor underground que estrenaba películas como “Caído del cielo” en las salas de prestigio, pero le permitió fraguarse una carrera como coleccionista de arte. Mi único encuentro personal con él fue cuando llegó 45 minutos tarde a una presentación filmotequera de “Easy rider”, y la última vez que lo vi en la gran pantalla fue como confidente de achaques de Ben Kingsley en “Elegy”, de la infravalorada Isabel Coixet.

domingo, 25 de octubre de 2009

Ascendiendo al Parnaso


Esto no puede ser una reseña en condiciones de “El Imaginario del doctor Parnassus”.

Hablar ahora de la película, a las pocas horas de haberla visto por primera vez, se nos antoja precipitado habida cuenta del bombardeo de ideas y sensaciones que nos ofrece Terry Gilliam, cuyo cine, por definición, necesita un mínimo de dos o tres visionados para empezar a revelar la coherencia que tiene escondida en el fondo. Esa es la razón por la cual sus películas no suelen funcionar en taquilla y el boca a oreja suele ser malo: los espectadores no saben qué hacer de buenas a primeras ante semejantes exhibiciones de locura creativa y barroquismo.

Quizá se haya hablado más de “Parnassus” que de otras películas recientes de Terry, pues su rodaje se vio afectado por la muerte súbita de uno de sus actores principales, Heath Ledger, lo cual vino a alimentar esa exagerada leyenda que quiere ver al director de “Brazil” como el maldito por excelencia del cine actual, perseguido por el infortunio y las calamidades. Se me permitirá no estar de acuerdo: un cineasta maldito no llega nunca a rodar diez largometrajes, y, si llega a rodarlos, no los estrena. Admito que se trata de una carrera accidentada, repleta de proyectos nunca realizados, pero ya quisieran muchos cineastas ser igual de “malditos” en lo que a filmografía se refiere.

El problema que me surge ahora, al añadir este epílogo de actualidad a mi ciclo veraniego, es por un lado mi escaso conocimiento de la película (habrá detalles que no se me hagan evidentes hasta la tercera o cuarta vez) y por otro el hecho de que la película está en cartel y no hay que destripársela a los posibles lectores. Así pues, se hará necesario repasarla a vuelapluma. Llama la atención que estemos ante el primer guión original de Gilliam desde la debacle del “Barón Munchausen”, y que en cierto modo se retomen temas y motivos de ésta filtrados por la experiencia de casi 22 años. Un anciano casi inmortal que encarna el poder mágico de la narrativa, pero que ahora aparece ajado y alcohólico, una niña vivaracha que ahora es una apetecible jovencita hija del anciano, y el diablo reemplazando a la muerte. Sin embargo, el tratamiento de la historia es más complejo y adulto en prácticamente cualquier nivel, con unas capas adicionales de significado que abarcan el sórdido mundo real como no se hacía en la película anterior.

En una película sobre la imaginación como el campo de batalla donde se define el destino de las personas, no está de más incluir la manera en que la ilusión puede ser utilizada para ganar influencia y poder. El personaje de Tony es, pues, una novedad significativa en el cine de Gilliam, que no ha solido favorecer lecturas sociopolíticas más allá de trazos en ocasiones un poco gruesos. El contrapunto entre esta misteriosa figura, antiheroica y arribista, el drama fáustico de Parnassus, obligado a ceder su hija a Satán, y un despliegue de imaginación más desmadrado que de costumbre, da a la peli un sabor único, una textura abigarrada que, mal que les pese a los neocahieristas, seguirá ofreciendo atractivos cuando ya nadie recuerde quiénes eran Nobuhiro Suwa o Apichatpong Weerasethakul.

Como siempre, Gilliam va a la contra: mientras la mayoría de cineastas que utilizan los efectos 3-D lo hacen para ofrecer un sucedáneo fiel de la realidad, él se lanza a un concepto no realista de la imagen informática que los ignorantes desdeñarán como “malos efectos” pero que no hace sino regresar a la estética y la intencionalidad de aquellas animaciones salvajes con que nuestro amigo solía realzar el universo caótico del “Monty Python’s Flying Circus” (de hecho, creo que estamos ante la obra más pythoniana de Gilliam en mucho tiempo, como atestiguan el número musical sobre los policías violentos o Andrew Garfield caracterizado como señora gorda; y sin embargo la seriedad subyacente está a años luz del espíritu juguetón de Python: no sé muy bien qué es exactamente “Parnassus”, pero una comedia, no lo es).

No es fácil dar una visión resumida de esta película, cuyos 120 minutos están bastante bien aprovechados: este cruce entre el Gilliam fantasioso de la primera época y el Gilliam más decadente y sórdido de la segunda hierve casi literalmente con ideas a veces contrapuestas. El poder de imaginar y narrar, aun con su facultad de mantener el mundo en existencia (ya se sabe que las primeras historias fueron los mitos de la creación) parece ser también una actividad de alto riesgo capaz de hacerte caer en los abismos; el bien parece estar más cerca del mal de lo que parece (Parnassus es un mercachifle de feria, pero también lo es el diablo, Tom Waits en su mejor papel fílmico hasta el momento y cuya caracterización remite por momentos al Doctor Diabolo que interpretó Burgess Meredith en la producción Amicus “Torture garden” de Freddie Francis); lo etéreo y casi cómico de los paraísos estilizados visitados por quienes usan el Imaginario contrasta con una Inglaterra deleznable de borrachuzos sin modales, policía brutal, mafias del Este campando a sus anchas, pijas cursis y frustradas y pícaros de siete suelas medrando gracias a un despliegue de falsa solidaridad; la evocación de las filosofías orientales convive codo a codo con el music hall decimonónico, con una parodia de la modernidad estética cuyo resultado es bastante ochentero y con los ecos inmemoriales de la mitología clásica, de Fausto o el Flautista de Hamelín. Gilliam es el sincretismo en persona, y supongo que a alguno esto le seguirá pareciendo el mismo batiburrillo de siempre, pero la adición de los sentimientos filiales de Parnassus hacia su hija, puesta en peligro una y otra vez en cada empresa descabellada (¿tal vez una alusión al gusanillo irrefrenable de un cineasta por lanzarse de nuevo a la aventura insentata, y financieramente arriesgada, de un rodaje?) dota, como de costumbre, de un corazón, de una base arraigada en la tierra, a lo que de otro modo sería una centrifugadora de delirios y extravagancias.

Gilliam, por fortuna, no conoce la moderación, ni narrativa ni visual (aunque esta vez no se ven tantos grandes angulares como suele ser su norma), y nos sirve una película desconcertante y trepidante, pero su destino es seguir manteniéndose en una tierra de nadie, a igual distancia del frenesí palomitero de los Michael Bay y compañía (demasiadas pretensiones, demasiada complicación y ambigüedad) y el cine serio “de autor” (demasiado gusto por el exceso, demasiadas pocas ganas de serenarse en plan “viejo maestro”). Gilliam, como decía Ortega y Gasset de Debussy, seguirá siendo “radicalmente impopular”, pero debemos sentirnos contentos de tener todavía entre nosotros a un cineasta tan inclasificable, tan loco, tan creativo, tan versátil, capaz de hacer llegar a las pantallas, cada tres o cuatro años, unas raciones de arte tan densas y a la vez tan entretenidas. Próxima estación, cruzando los dedos: “El hombre que mató a don Quijote”, ahora sí.

Pero, de todas maneras, esta no fue una reseña en condiciones de “El Imaginario del doctor Parnassus”. Para eso, habrá que esperar, verla otra vez, otras dos, otras tres...

sábado, 15 de agosto de 2009

La muerte de don Quijote


“Perdidos en La Mancha” ocupa un lugar único en la historia de los documentales sobre el rodaje de una película, dado que es el único que yo conozca donde se detallan minuciosamente las diversas calamidades que llevan a que el proyecto sea finalmente cancelado. Para un seguidor de Terry Gilliam, ver este reportaje es un poco duro, pues es como asistir a la derrota final de un héroe, como contemplar la manera en la que la maldición de “Munchausen” finalmente se hace realidad. Hoy por hoy, cuando sabemos que Terry retomará el proyecto, vemos este “unmaking of” con otra perspectiva, incluso admirándonos de que este hombre sea tan testarudo y vuelva a la carga levantando desde el principio algo que le debe de traer muy malos recuerdos.

En su momento, cuando el equipo de “El hombre que mató a don Quijote” estaba a punto de comenzar, recuerdo un par de artículos bastante despectivos en la prensa nacional (concretamente en el ABC) lamentándose de que un ignorante americano viniese a profanar la sagrada obra de Cervantes. Luego, como aún no tenía Internet, perdí de vista el proyecto, y me extrañó no ver su estreno en salas, después de que un servidor, en aras del deber, sufriera de lo lindo releyendo la primera parte de “El ingenioso hidalgo”.

Sería interesante analizar por qué a los españoles nos gusta tan poco “El Quijote”. Salman Rushdie contaba que, cada vez que hay una reunión de escritores de todo el mundo para votar las mejores obras literarias jamás escritas, a pesar de la victoria aplastante de la novela cervantina se sabe fehacientemente que los representantes de España han votado a otros libros. No sé si la culpa la tiene el sistema escolar (obligar a jovencitos de edad escolar a tragarse un tocho del siglo XVI tiene delito) o las ganas de volverse contra los iconos del establishment, o simplemente no saber valorar en lo debido lo bueno que tenemos en nuestro propio país. Supongo que algunos de los autores españoles de los que hablaba Rushdie votarían a Shakespeare, y, sin embargo, en pocos países ha gustado tanto Cervantes como en la Inglaterra dieciochesca de Fielding, Richardson, Sterne o Smollett.

Mis propios sentimientos siempre han sido encontrados. Al margen de las diversas interpretaciones, a menudo interesadas, que se han formulado sobre la novela, siempre he creído que Cervantes fustiga y ridiculiza a su personaje con demasiada energía, como si no nos pareciésemos todos al anciano caballero en querer vivir una ficción preestablecida (entre un rol social y un personaje de novela hay poca diferencia), y que su apología del realismo, grabada a fuego desde entonces en la mente académica colectiva, abunda en ángulos oscuros (siempre asocio el discurso sobre la verosimilitud de una obra literaria, pronunciado durante la quema de los libros de Alonso Quijano, con otro, creo que pronunciado por el mismo personaje, donde se defiende de manera apasionada el derecho estatal a sancionar qué piezas teatrales se representan y cuáles no; ese capítulo debió de ser el preferido de los censores de Franco).

Al “Quijote”, como buena obra multiforme, extensa y compleja, se le hace decir lo que se quiere: para los románticos, era un doloroso canto al idealismo incomprendido, pero no me extrañaría que en épocas posteriores se identificase al Caballero de la Triste Figura con la ridiculez y falta de raciocinio de las utopías izquierdistas. Se mire por donde se mire, el libro deja claro que, al menos en España, no se puede cambiar la realidad a fuerza de ideales, y que el espíritu del “pan pan y vino vino” esconde el conformismo atroz de quienes no desean ser vistos como locos. Y eso duele.

No es extraña la querencia de Gilliam por realizar una película quijotesca con todas las letras. Por sólo poner unos ejemplos, Munchausen era la versión ganadora del Quijote, mientras que Parry, de “El rey pescador” era un Quijote neoyorquino en casi todos los detalles. Incluso Raoul Duke y Gonzo tenían algo de Quijotes, aunque les faltara esa dependencia de la ficción, ese veneno de querer ver forma en el universo, que supone un camino inequívoco a la locura.

Como en “Munchausen”, el Quijote es también el director, pero, si creemos en el arte imitando a la vida, no es raro que los gigantes terminasen siendo molinos y que el proyecto se estrellara. Entre las virtudes del documental de Keith Fulton y Louis Pepe está la manera en que trata de analizar la debacle como una especie de confabulación del destino, exculpando a Gilliam de las acusaciones de irresponsabilidad que le perseguían desde diez años antes y que resurgirían como hongos tras la lluvia una vez se difundieran sus calamidades en España (no es raro que Terry tardase cinco años en montar otro proyecto y que el intervalo entre “Miedo y asco” y “Los hermanos Grimm” fuese de siete años, el más prolongado entre dos títulos en toda su filmografía).

Resulta fascinante ver trabajar a Gilliam, preparando todos los aspectos visuales, preparando el guión con los actores, divirtiéndose en el plató como hacen todos los que aman el cine y lo ven como un vehículo constante para la creatividad extrovertida, pero el desarrollo de la producción debería proyectarse en escuelas de cine como relato de advertencia, como muestra de todo lo que puede ir mal en un rodaje y medida de hasta qué punto un joven aspirante a cineasta está dispuesto a continuar con una profesión en la que todo, si nos fijamos bien, está agarrado con alfileres. Nadie podía contar con que Jean Rochefort, imprescindible protagonista, se vería afectado por horribles problemas de salud; nadie podía contar con que gran parte de la maquinaria técnica se vería arrastrada y averiada por unas lluvias torrenciales; nadie contaba con que, en términos de seguros, estas eventualidades son “actos de Dios” que no cubre ninguna póliza.

Sinceramente pienso que estas circunstancias son difíciles de evitar, a no ser que, por ejemplo, contrates a un actor no muy viejo que sepas caracterizar de manera convincente (por ejemplo, Tatsuya Nakadai apenas tenía 55 años cuando incorporó al anciano protagonista de “Ran” de Akira Kurosawa) o traslades toda la producción a un país lejano de Asia o Africa donde sepas que no va a llover jamás y te las arregles para que aquello dé el pego como España. Lo cual subiría los costes de producción más o menos hasta la Luna. Las declaraciones del guionista Tony Grisoni y el ayudante de dirección Bob Patterson según las cuales quizá Terry bajó demasiado el listón presupuestario para poder realizar la peli y por ello no tuvo recursos contra el infortunio son un poco peligrosas, porque son aquellas con las que se van a quedar los posibles productores a los que se acerque Gilliam para futuros proyectos, y las que van cimentando la leyenda de “la maldición de Terry Gilliam” que halló su consolidación definitiva cuando Heath Ledger murió repentinamente sin haber terminado su papel en la inminente “The Imaginarium of Doctor Parnassus”.

Lo más agradable de esta película para los seguidores del director de “Brazil” fue el modo en que, leyendo los comentarios críticos, Gilliam era contemplado en una luz claramente positiva, como un idealista visionario, un gran talento independiente que se quedó a las puertas de realizar la que pudo ser su mejor película. Ninguna reseña de las películas finalizadas de Terry había hablado tan bien de él, de tal modo que uno presentía que quizá todos esos quebraderos hubiesen servido para algo y que en adelante se reservaría para él algo de la unción que se reserva para los Tim Burton de este mundo (aunque algo me dice que muchos ya tienen escrita su crítica malintencionada contra “Alicia”, y es que el mundo da muchas vueltas). Sin embargo, para cuando se estrenaron “El secreto de los hermanos Grimm” y “Tideland”, aquella ola de favor ya era agua pasada. Y es que de algunos directores sólo se habla bien cuando fracasan o cuando no ruedan. Un Welles con cuarenta películas ya no sería un Welles.

domingo, 3 de febrero de 2008

Flashback: Fantasía cromática


Cada mañana, un ronco rumor subterráneo sacude la habitación de Tristán, interrumpiendo bruscamente sus sueños, que jamás recuerda, sobre su internamiento en el hospital “Madre Santísima”, recuerdo asimismo borrado, quizá por exceso de inyecciones tranquilizantes.

Antes de abrir sus ojos estrábicos, Tristán se alarga en toda su corta estatura sobre el lecho y bosteza con voz de barítono perezoso, intentando de este modo cubrir el molesto sonido producido por las paredes al respirar. Cantando ahora melodías frívolas de cabaret, Tristán se enfunda en sus ropas de faena, recoge de un rincón su maletín, su caballete y un lienzo y atraviesa con destreza el suelo blando, cálido y resbaladizo hacia el acceso al exterior, donde el Supervisor General lo estará ya esperando.

Tristán vio por primera vez al Supervisor General mirando a través de un vaso de absenta, en uno de aquellos locales llenos de humo y colorido donde siempre era invitado por parroquianos ávidos de ver cómo un ser para ellos inferior persistía en deshonrarse a sí mismo. En cambio, el Supervisor, o la Supervisora, pues su aspecto induce a mil dudas, mostró desde el inicio un interés especial en Tristán. Poniendo sobre la mesa, frente a él, un puñado de monedas de oro acuñadas en la antigua Roma, había susurrado con una voz que parecía venir desde una gran distancia: “Tu pincel está tan loco como tú, y eso es lo que mi superior necesita. Tienes un trabajo, aunque deberás viajar muy lejos”.

Junto a la puerta de hueso, el Supervisor aguarda en su mejor hábito dieciochesco, sonriendo afiladamente, chispas de fragua en la mirada. Con altivez socarrona, Tristán recibe su encargo del día: la zona Delta, allí donde los lamentos hacen bullir el aire. Parte del trayecto hasta el lugar señalado deberá ser recorrida por Tristán en un vehículo especial, debido a una rebelión local causada por pequeñas criaturas del sector minero. Como despedida y salvoconducto, el Supervisor fija en la nuca de Tristán, mediante una ventosa, a K, el parásito sagrado cuyas capacidades de comunicación mental permitirán además que el artista se sienta un poco menos solo ahí fuera.

La puerta se abre y revela primero un cielo furioso surcado por mil torbellinos magenta, cobre y cobalto, un aire que de vez en cuando cambia de opinión sobre el tono en que debe refractar el espectro luminoso de los dos soles y las tres lunas, palpitante con seres de toda descripción cuya existencia rapaz incomoda sobremanera a los sufridos habitantes de un terreno que precisamente ahora comienza una de sus mutaciones periódicas.

Tristán mira a su alrededor sin encontrar nada de extraño o diferente a todo cuanto le tiene ya acostumbrado desde que, de pequeño, las ondinas le hicieran señas desde el fondo del estanque familiar para que se reuniera allí con su hermana menor, tristemente desaparecida. No le sorprende ver al hueso usurpar el lugar de la carne, ni a las deformidades del espíritu acumularse impúdicas sobre la piel, ni siquiera a los campos sacudir de su espalda montañosa, como pulgas, a los habitantes que intentan sacar sustento de ellos, o a las ciudades sumergirse bajo un suelo esponjoso, mientras los inquilinos intentan, con frenesí impotente, la evasión de sus faraónicas moradas.

Durante años estas visiones han rondado la mente de Tristán, impidiéndole consagrar su tiempo a otra cosa, obligándole a plasmarlas en lienzos malditos que no provocaban sino una elegante indiferencia teñida de ironía hacia el bizco y ridículo aspirante a artista, capaz, según propias afirmaciones, de ver “más allá”, especialmente en momentos de extrema intoxicación sensorial. Por fortuna, alguien terminó creyendo en su talento.

El camino serpenteante entre cabañas quemadas pone a Tristán frente a frente con miembros del Cuerpo de Higiene, llamados de ese modo seguramente en un arrebato de humor del Monarca, pues su manera de disponer de los desechos de cada Remodelación es cualquier cosa menos higiénica. Tristán observa su musculatura titánica, sus garras y colmillos de diamante, sus facciones felinas, así como el método despiadado que emplean para terminar con la existencia de una joven hembra y su progenie, pertenecientes a la última especie que debe extinguirse por decreto. Tristán recuerda confusamente haber tenido una mujer y una hija en algún sitio, pero los detalles lo eluden, y de todos modos estos muchachos tan sólo desempeñan su trabajo. Aunque la faena sea desagradable, Tristán sabe que, en el fondo, se trata de buenos chicos.

K interviene con la voz chirriante en la cual le gusta hacerse oír: “Basta de distracciones, Tristán. Hoy al Monarca le apetece que le lleves Sufrimiento, un rectángulo de agonía en colorines para colgarlo entre el Éxtasis y la Extrañeza, junto a la galería de espejos”. A Tristán le gustaría visitar la residencia de su patrón, en lugar de ser recibido en el pabellón de caza. “Sabes que eso es por completo imposible. Un mero humano no puede traspasar su umbral sin perder su naturaleza y transformarse en algo diferente, circunstancia que debemos evitar a toda costa, pues sólo un humano puede crear un retrato del Sufrimiento como el que Su Majestad necesita”.

Tristán trata de responder pensando de una forma ordenada y coherente, tarea harto peliaguda tratándose de él: “Pero hoy no me apetece pintar Sufrimiento, tienes que saberlo. He tenido unos recuerdos muy raros, ahí atrás, cruzándome con los chicos de Higiene, y me han entrado ganas de experimentar con otras cosas, otros sentimientos que conocí siquiera a medias, algo que ver con sujetarme a alguien en la noche, entre sábanas retorcidas, tropezar con todos los muebles del ático para atender una llamada rabiosa, mirar la luna llena en la azotea mientras desde mis brazos otros ojos, muy grandes para una cara tan pequeña, tan claros y limpios que casi me dan miedo, me miran a mí con aire de saberlo todo, y abajo la otra persona sigue durmiendo”.

“Humano tenías que ser”, responde K, “como si ellas fueran a recibirte con los brazos abiertos después de todo cuanto hiciste, además de que ya murieron las dos, hace siglos. Pero no esfuerces tu limitado entendimiento en comprender lo que te he dicho, y prepárate para abordar el transporte”. Porque abordar el transporte es una tarea que requiere, afortunadamente para Tristán en este instante confuso, la concentración y el dominio de sí más extremos, pues de ningún otro modo es posible enfrentarse al hecho ineludible de que es un ser de catadura hostil el que, a regañadientes, abre su boca inmensa para alojar pasajeros en los rincones disponibles. A la luz, oscilante durante el despegue, de las lámparas colgadas de la bóveda del paladar, Tristán advierte la presencia de varios Funcionarios del Dolor, irreconocibles en traje y corbata grises, tratando de aligerar el largo trayecto leyendo novelas románticas o contándose chistes de lo más patético.

Tristán suele adorar el color rojo, aunque, en ocasiones como la presente, le empacha encontrarlo por todas partes, en el suelo que pisa, en el cielo, reflejado desde cada superficie, sin contraste ni alternativa. Sabedor de que el pintor es casi incapaz de retener información en su cerebro, K vuelve a apostillar: “Es el efecto psicológico, lo que nuestros huéspedes desean. Aunque nos hayan colgado esta reputación absurda de colonia penal, la verdad es muy otra; son ellos quienes nos buscan a través de la Infinidad y nos suplican que les dispensemos tratamiento especial. Con ese fin exclusivo se creó la Zona Delta, tan sólo una de nuestras ciento siete divisiones territoriales. Pero ya se sabe: la necedad de unos pocos nos da un mal nombre a todos”.

Los cuerpos, en diversos grados de desnudez, se retuercen y convulsionan entre las manos, pezuñas o tentáculos expertos de los Funcionarios, los cuales ostentan ahora el aspecto de pesadilla que les valió su contrato. Cada unidad de tratamiento, además de sus herramientas curvas y afiladas, sus látigos y estacas, sus potros de torsión, sus embudos, sus generadores eléctricos, hierros al rojo y similares, cuenta con un equipo médico especializado en Reanimación de Prisioneros Recalcitrantes, disciplina creada y desarrollada en el seno de ciertos regímenes latinoamericanos del siglo XX. “Casi todos buscan el dolor físico y lo encuentran, pese a que esa carne que nuestros colegas maltratan es una imitación crecida en laboratorio, comparativamente insensible. Sólo unos pocos desean alternativas de mayor refinamiento, como caminar por la desolación con sí mismos de hermanos siameses, reprochándose sin tregua todos sus errores, o vivir su misma miserable vida una vez y otra, siendo conscientes de cada repetición y de la inutilidad de intento alguno por cambiarla. Pero son tan sólo unos pocos, de ahí que, por lo general, nuestros Funcionarios muestren semejante aburrimiento, aunque, claro está, es el cliente quien manda”.

Tristán debe comenzar su trabajo. Ha colocado el lienzo en posición sobre el caballete y elevado en el aire su lápiz, dispuesto, como es su técnica, a extraer del ambiente sus motivos. Pero, de nuevo, las ideas que él filtra a través de su retina excitada difieren en todo de las radiaciones visibles objetivas que la impresionaron. Donde Tristán debería ver las muecas desgarradas del tormento, él interpreta la evocación amarga de unos placeres antaño dulces, vueltos a vivir aunque sea transformados en sus contrarios. La indefensión trágica de las víctimas no es sino la entrega sin condiciones a aquellos que un día fueron sustancia con uno mismo pero en la ausencia se hicieron los verdugos de cada minuto, de cada segundo. Los célebres “lamentos que hacen bullir el aire” no hacen sino llamar a quienes ya no interrumpirán su sueño para socorrernos. Es preferible, dicen sin palabras ellos y ellas, los autocondenados, tolerar los cuidados atroces de monstruosidades despiadadas, a afrontar el abismo sin fondo de un universo indiferente, de cuyo diseño estamos excluidos.

“Menuda pandilla de estúpidos”, masculla K desde profundidades de desprecio, fuera de la atención de Tristán, absorto en su tarea, “hacernos dilapidar nuestro exiguo presupuesto para hacer realidad sus fantasías masoquistas, cuando lo necesitamos para desarrollar de una vez la fusión transnuclear, que sería la panacea para todos nuestros problemas, problemas de verdad, no como todos estos... “, la voz sin voz se tiñe de repugnancia, “...sentimientos”, concluye con esfuerzo. Tristán no reacciona, pinta muy deprisa, haciendo caso omiso del volumen, la perspectiva o las proporciones, mezclando desquiciadamente tonos en la paleta a la tenue luz del perpetuo crepúsculo nunca terminado de extinguir por el humo de las hogueras. En el cuadro no hay ni una pincelada de rojo.

“¿Qué es esto?”, pregunta el Monarca airado, arruinando la serenidad de la música de Tchaikovsky que amueblaba el pabellón de caza. “¿Cómo se llama? ¡Esto no es Sufrimiento! ¡Ni siquiera es la Zona Delta!” Otras criaturas, de orden servil, se hubieran puesto ya a correr aterrorizadas, prestas a despeñarse por el barranco más próximo, no obstante Tristán se limita a adoptar un tono paciente, amable y explicativo. “Es una ciudad”, dice, “yo viví allí, con ellas dos”, señala, “bien es verdad que sin toda esta fauna fantástica, ni toda esta flora llena a rebosar de alimentos naturales que hacían innecesario trabajar, y todo eso, pero bueno, así es como la veía yo, las plantas surgiendo de los muros agrietados y el asfalto, paralizando los tranvías, la gente celebrando desnuda en las calles, hasta que pasó aquello, no me acuerdo, y entonces mi familia vino a por mí...”

“¡Calla!”, vuelve a tronar Su Majestad, haciendo temblar el suelo. “Esto es banal, cursi y tópico, indigno de tu talento. No me interesan los paraísos, ni los frutos, ni las flores, ni la alegría absurda de los animales satisfechos. Prefiero lo extraño, lo oculto, lo atormentado, lo retorcido, todo aquello que has hecho tan bien durante todo este tiempo. ¿Qué ha pasado? ¿Acaso te has cansado de retratar mis territorios cambiantes, fascinantes e imprevisibles, el sueño de cualquier artista que se precie a sí mismo?”

“No lo sé”, replica Tristán, “tal vez... quizá me apetezca volver”.

El Monarca ríe, sobrio, distante, sin teatralidad. “¿Volver? ¿A dónde? ¿Quieres ver el lugar de donde viniste, tal como se encuentra ahora?” Su mano hace un ademán hacia el único muro de la estancia desprovisto de colgaduras y accesorios, con el efecto inmediato de sobreimpresionar sobre él una imagen vibrante e imprecisa, aunque legible. Un desierto, sembrado de ruinas, surcado por nubes de polvo gris, habitado por razas mutantes todo perfil e invisibles de frente, arrastrándose por el suelo, disputando a las ratas los frutos pequeños y desvaídos de cactos enormes, mientras, esbozada sobre el cielo encapotado, la silueta triangular de una en otros tiempos mítica torre sirve apenas de nido a pájaros carroñeros cuyo vivo plumaje es la única nota de color en este mundo.

“¿Qué te parece? ¿Preferirías esto a mi divino reino de lo irracional, construido con tanto esfuerzo? No, ¿verdad?”, declama triunfante el Monarca, aprovechando la estupefacción del otro. “¿Creías que habían transcurrido sólo unos pocos días desde entonces? Aquí el tiempo marcha como yo quiero”. Y, con otro ademán, los relojes comienzan a andar hacia atrás.

Tristán insiste: “Pero... ¿y ellas? ¿Qué fue de ellas?”

“Concédeme el privilegio de hacerte un favor callándomelo. Pese a que mi credo artístico incluye irremediablemente la infelicidad del artista, pues de otro modo jamás produciría obras destacables, la verdad descarnada produciría un efecto tan perjudicial sobre tu ánimo que dañaría tu talento más allá de toda esperanza. Eso sí, puedo ofrecerte la gracia suprema: el dulce beso del olvido y el retorno a tu caos mental primigenio, si crees que no puedes vivir bajo el peso de mis revelaciones”.

Tristán acepta por la tricentésimo septuagésimo quinta vez. En efecto, piensa Su Majestad mientras un sicario manipula, con sofisticados ingenios de tubos, agujas y luces, la mente del artista, la verdad hubiese sido demasiado, pues ellas vivieron mucho mejor sin él, no debiendo temer sus repentinos cambios de humor ni sus excentricidades, con mucha mayor comodidad y menor sordidez. Aunque quién sabe si un humano, incomprensible como sólo ellos lo saben ser, podría hallar consuelo en el hecho de no ser, él tampoco, imprescindible. Terminada la reflexión, el Monarca echa al fuego el último cuadro de su protegido y reemprende su recreación musical, casi ajeno a cómo aquél es escoltado fuera de la sala.

En los pasillos, vuelve el delirio, la acumulación de imágenes, los fantasmas de la inquietud pintados levemente sobre el aire, esperando que se les otorgue una presencia real en dos dimensiones. Una idea estupenda: un país, o mejor un mundo, aunque a ver de dónde se saca una tela tan grande, devastado por el apareamiento urgente y frenético de dos gigantes. Seguro que al patrón le gusta la idea, pues, no cabe duda, algo similar habrá sucedido en algún rincón de sus tan vastos dominios.

Pero ya es muy tarde para trabajar. Otra característica humana: la necesidad de descanso. Tristán es conducido a su aposento, donde aparca sus trastos de faena, se coloca la camisa floreada que utiliza para dormir, y se arrellana sobre el lecho. Esta noche las paredes respiran un poco fuerte, y por un momento Tristán cree hallarse en una inmensa habitación blanca ocupada por una multitud yacente en otros tantos lechos almidonados, pero la ilusión se disipa pronto y finalmente el sueño llega.