jueves, 9 de octubre de 2008

De la página a la pantalla: "Nunca apuestes tu cabeza al diablo" y "Toby Dammit"


Si a vosotros o a mí nos pidieran escoger un cuento de Edgar Allan Poe para adaptarlo al cine, a buen seguro no sería “Nunca apuestes tu cabeza al diablo”. Ejemplo claro del concepto que tenía Poe del relato humorístico, lleno de burlas bastante obvias al mundillo literario de la época y cuyo desenlace no desmerece en espíritu macabro de las historias netamente terroríficas de su autor, siempre se ha solido considerarlo como uno de sus pasos en falso literarios, de no ser porque los lectores de las traducciones baudelairianas en Francia se los tomaron en serio (es bien conocida la aserción por los detractores de que Poe es un “invento” francés), y estas extrañas bromas, concebidas entre el resentimiento y la embriaguez, terminaron por inspirar a niños terribles como Apollinaire o Jarry y por extensión al surrealismo.

Pues ya veis, cuando Federico Fellini se puso a leer cuentos de Poe con el objeto de adaptar uno de ellos en su episodio de “Historias extraordinarias”, sus elecciones fueron “Nunca apuestes tu cabeza al diablo” y “Cómo escribir un artículo a la manera del Blackwood’s. Tal vez la consigna de los productores fuese evitar las historias que ya había adaptado Roger Corman en su hoy mítica serie de películas con Vincent Price, pero aun así los gustos fellinianos son sorprendentes, revelando como lo hacen un cierto desprecio hacia las ideas preestablecidas sobre el escritor estadounidense y lo que se suele considerar mejor en su producción, leyendo con ojos abiertos y prestando atención a lo que otros desdeñan. En suma, haciendo bien.

No creo que “Nunca apuestes tu cabeza al diablo” sea un cuento magnífico, pero tiene algo que lo hace especial, que deja intrigado. Tras un inicio burlesco que pone en solfa a la crítica literaria, a su manía de buscar interpretaciones extrañas donde a veces no las hay y al afán de exigir a un autor lecciones morales, el narrador decide hacer caso a esto último y se embarca en una fábula cuyo título es ya de por sí la moraleja. Así, se nos presenta a Toby Dammit, un joven canalla abonado a todo tipo de vicios, no por propensión personal sino por culpa materna: al ser zurda, los azotes propinados con la mano izquierda, en lugar de erradicar sus malos hábitos, los reforzaron y confirmaron. Así pues, ya de bebé su atracción hacia los naipes, que mordisqueaba, o hacia el otro sexo, o sea los bebés femeninos, que insistía en perseguir y besar, era algo notorio, e incluso al final de su primer año ya le había salido bigote.

Por tanto, la moraleja del cuento será el castigo a una persona libertina y depravada, vista en clave de caricatura, siendo su perdición definitiva su afán de jurar y apostar, en concreto de apostar su cabeza al diablo. Pasando por un puente cubierto, cuya parte superior está en sombras, Toby apostará su cabeza al diablo a que puede saltar de modo atlético y acrobático el torniquete que da acceso al otro lado, apuesta que se hará realidad cuando un anciano caballero vestido de negro, cojo y con el cabello peinado con una raya por delante como el de una niña pequeña, carraspea en la oscuridad y acepta el reto de Toby. Da la mala suerte de que en la parte superior, oculta por las sombras, hay una barra plana de hierro, como soporte horizontal, que seccionará la cabeza de Toby ayudada por el impulso de su salto. El caballero se llevará la cabeza envuelta en un delantal, y el amigo de Toby, al no lograr la curación de éste mediante la medicina homeopática, terminará vendiendo su cadáver como alimento para perros.

Quien conozca “Toby Dammit”, episodio final de la película de 1967 “Historias extraordinarias”, no encontrará muchas similitudes, salvo en lo tocante al nombre del personaje, parte de su carácter, y su sangriento final. Podría dar la impresión incluso de que Fellini lo utiliza como mero pretexto para producir un compendio de su cine pasado y futuro: el ambiente de celebridades grotescas va un paso más allá en la caricatura que “La dolce vita”, el comentario sobre las incomodidades de la vida contemporánea que subyace al monstruoso atasco que Toby y sus acompañantes encuentran a la entrada de la ciudad se repetirá en “Roma”, mientras que la llegada en avión y el aire general de pesadilla dantesca son el eco de la gran película felliniana jamás realizada, “El viaje de G. Mastorna”, que debía narrar las experiencias del personaje homónimo tras su muerte.

Sin embargo, siendo sinceros, no podríamos aseverar que el “Toby Dammit” de Fellini no tiene nada que ver con Poe: resulta demasiado tentador ver en ese actor borracho, toxicómano y decadente, que se mueve entre una fauna de personajes absurdos que tal vez sean parte de sus alucinaciones, y que está poseído por un deseo de autodestrucción, un trasunto del propio escritor de Baltimore, cuyo alcoholismo terminó costándole la vida. El sentimiento de que Toby, actor de formación shakespeariana, ha desperdiciado su vida, ha perdido el norte en una carrera frenética hacia el placer, tiene su plasmación ejemplar en la carrera nocturna al volante del Ferrari descapotable que una productora de cine le ha regalado como sueldo por participar en el primer western católico. Este ctrayecto vertiginoso a lo largo de calles nocturnas sin salida posee una notable potencia onírica que se intensificará al llegar a un tramo hundido de la autopista, al otro lado del cual aguarda el diablo.

También aquí nos da la impresión de que Fellini y su guionista traicionan a Poe para serle más fiel que nunca. El anciano caballero de negro es ahora una niñita rubia que juega con una pelota, muy al estilo del fantasma vengador de “Operazione paura” de Mario Bava (película que también ha inspirado alguna secuencia a David Lynch). Considerando que Poe desposó a su prima Virginia cuando ésta contaba apenas 13 años, la noción de convertir al diablo en una niña es al mismo tiempo irreverente y adecuada, amén de que esta niña es el diablo tan sólo en el inconsciente de Toby (vemos por primera vez su imagen durante una ensoñación del actor cuando en una rueda de prensa se le pregunta por sus creencias sobrenaturales; antes, en el aeropuerto, le vimos hablar con alguien pero sin saberse con quién). Nunca vemos del todo bien a la niña, por lo oblicuo de los encuadres y por los cabellos que le tapan en parte el rostro, pero sus rasgos nos insinúan que podría ser japonesa, lo cual haría del amigo Federico el verdadero padrino del “J-Horror”, muchísimo antes de “The ring”... y dando bastante más miedillo también.

Esta intuición de que “Nunca apuestes tu cabeza al diablo”, bajo su apariencia de fruslería y de broma literaria, contiene en realidad una premonición de la propia muerte del autor llevada a un terreno metafórico (“perder la cabeza” es casi universalmente, por metonimia, una imagen de la locura), hace de esta adaptación a la vez la más libre y la más fiel del universo de Edgar Allan Poe, llevando su vigencia más allá de las baratas tramoyas góticas de la serie B y trasladándolo al mundo contemporáneo. Que el cineasta responsable de este logro sea un autor prestigioso al que los entusiastas del cine de género suelen referirse con desdén, prueba por enésima vez que la verdadera inspiración puede y suele venir “de fuera”, y que sólo de la apertura de miras y de la heterodoxia puede surgir algo verdaderamente original.

1 comentario:

La tinta del silencio dijo...

excelentes comentarios... ha sido una delicia leerte... saludos