
Ya aludí a ello en una entrada anterior: aun en un supuesto paraíso del cine en versión original como la ciudad donde vivo, Dios no acaba de estar del todo en su cielo. Prueba de ello es que en los últimos tiempos me he quedado más de una vez con tres palmos de narices cuando más de un título que tenía en mi lista de preferencias desde meses atrás se exhibía únicamente en versión doblada, y no hay tu tía.
Dado que en mi entorno inmediato soy el único cultureta que se la coge con papel de fumar y abomina del doblaje, aún tengo que explicar por qué no soporto la impostura de que se reemplacen unas voces por otras, de que se traduzcan los diálogos a saber cómo por simples razones pragmáticas de hacer coincidir la duración del texto original con el doblado, que haya una bilabial cuando vemos que el actor o la actriz las articulan, etc., eso por no hablar de las interpretaciones competentes pero estandarizadas de los dobladores (como buenos funcionarios que lo doblan absolutamente todo, no pueden permitirse llorar o berrear hasta quedarse roncos, cosa que sí hacen a menudo las voces originales; la versión doblada es la versión fría) o la desaparición de efectos sonoros como la disposición espacial (ninguna voz doblada llega desde lejos, sino desde dos milímetros del micro) o la distorsión en personajes terroríficos o monstruosos. Pero en fin, es una batalla perdida más.
Mientras tanto, me quedé sin ver: “Guardianes del día”, continuación de “Guardianes de la noche”, aquella marcianada rusa que tantísimo rechazo causó por el mero hecho de ser diferente al modelo anglosajón de ese tipo de películas, pero ofrecía más puntos de interés de lo que se reconoció en su día (o se reconoce ahora); “Stardust”, la adaptación del libro de Neil Gaiman, erróneamente asimilada a fantasías infantiles y juveniles del estilo “Los tres signos de la luz”, y que mediante esta brillante maniobra se verá privada del tipo de público que mejor podría comprenderla; o las producciones recientes de Judd Apatow, “Supersalidos” o “Lío embarazoso”, tan elogiadas por ahí fuera pero condenadas por mala promoción y falta de vista por parte de los distribuidores al limbo comercialoide de las películas que se denuestan sin haberlas siquiera dado una oportunidad (mientras que otra comedia de esta onda, “Pequeña miss Sunshine”, pese a ser un film muy discreto, consiguió una magnífica respuesta entre los “enterados” por pulsar los dos o tres botones que aseguran un aplauso progre inmediato).
Si nos ponemos a contar, Madrid cuenta con unas 50 pantallas en versión original, utopía inalcanzable incluso para importantes capitales de provincia españolas donde ni siquiera llegan todos los estrenos relevantes de la temporada. Con un poco de organización, no debería ser tan complicado ofrecer una sección cruzada de los mejores títulos del año en todos los géneros, pero uno se huele que el público “intelectual” de estas salas tiene unas prioridades ya muy fijas: es mejor aburrirse con Jia Zhang-Ké y luego debatir sin el menor conocimiento de causa sobre la incomunicación en la sociedad china (una prueba del despiste del público de “Naturaleza muerta” es su incomprensión de lo más gracioso de la peli: las coñas marineras en torno a Chow Yun-Fat, que no despertaban ni media sonrisa en la platea) que entretenerse con una peli fantástica de pinta chunga, o con algo que te venden con una pinta de comercialada “made in USA” que echa para atrás.
Aun así sigo sin explicarme cómo “Eragon”, un cúmulo oportunista de lugares comunes de la fantasía más “potboiler” se estrenó en versión original, y “Stardust”, que a poco que siga con honradez el original literario será como mínimo sugestiva, y encima cuenta con nombres como Robert de Niro y Michelle Pfeiffer (haciendo de una malvada bruja que encima ¡envejece!) nos la tenemos que tragar doblada en multisalas a buen seguro llenas de familias con niños que se creen que van a ver “Las crónicas de Narnia”.
Para colmo de males, soy anti-mula, por lo cual deberé esperar al lanzamiento oficial en DVD para ver estas películas de una manera parecida a la que yo quiero, y digo parecida porque sigo apegado al impacto de un buen pase en pantalla grande, experiencia que deberemos seguir aprovechando mientras aún la tengamos. Un día no demasiado lejano nos quedaremos sin este lujo. Lo sabeís al igual que yo.

