Mostrando entradas con la etiqueta Stephen King. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Stephen King. Mostrar todas las entradas

viernes, 22 de julio de 2022

527: XVIII Muestra SyFy: Niños secuestrados



Uno de los puntos positivos de la Muestra de este año fue comenzar con uno de los títulos genuinamente esperados del cine de género fantástico y terror. Había genuina expectación en ver qué había hecho Scott Derrickson después de salir escopetado de la segunda “Doctor Strange” (de la que llegó a afirmar, cuando se anunció el proyecto, que sería “la primera película de terror de Marvel”) y asociarse a la productora Blumhouse, necesitada de cierto oxígeno artístico tras una racha de remakes que no fueron muy bien acogidos. Derrickson recuperaba otra vez como protagonista a Ethan Hawke, quien, pese a declarar alguna vez su no excesivo entusiasmo por el fantástico, vuelve a él una y otra vez, ya sea con los hermanos Spierig (aprovecho para reivindicar “Predestination”, adaptación del cuento de Heinlein “Todos vosotros zombies” que pasó bastante inadvertida), ya sea con Derrickson (“Sinister” es una de las raras películas de terror recientes que consiguieron darme momentos de mal rollo e incomodidad).

Derrickson me parece un cineasta curioso. En sus inicios llegó a colaborar con Wim Wenders en una película llamada “Tierra de abundancia”, contribuyendo más tarde a ese peculiar rompecabezas que es “Condenados” de Atom Egoyan, y ha manifestado en varias ocasiones sus creencias católicas, lo cual es bastante apropiado para una de las tradiciones fundamentales del cine de terror, la confrontación maniquea entre el bien y el mal, que en principio no es de las más pesimistas pues bajo ella subyace un sentido fuerte de que el universo tiene sentido.

“Black phone” adapta un relato de Joe Hill cuyo contexto lo pone más cerca de su padre Stephen King que de otras creaciones suyas más surreales y sorprendentes (pienso por ejemplo en el cuento “Pop Art”, en el que un estudiante convertido por una extraña enfermedad en un globo humano ha de ser protegido de los abusones que desean pincharlo). Tenemos un pueblo pequeño en el que actúa un asesino en serie que rapta y asesina a chicos adolescentes (y otras cosas entre medias que solo se insinúan para inquietar más), una chica cuyos sueños se pueblan de visiones reales y un teléfono sobrenatural (el del título) que permite establecer comunicación directa con el más allá.



Se trata de un producto atractivo que no nos ha llegado a convencer del todo: se dan cita tantos elementos (otra trama fundamental es la del violento “bulllying” sufrido por el protagonista) que lograr un equilibrio entre ellos resulta una tarea difícil (desconozco el relato de Hill, pero presupongo que muchos de los elementos que hacen la película un tanto difícil de ver como un conjunto se han añadido en el desarrollo a largo). Tener a Hawke, a mi juicio una de las grandes figuras actuales de Hollywood, en semejante papel de perturbado sádico, creo que hubiese merecido una concentración mayor en su personaje, más allá de ponerle la máscara de “Onibaba” y ponerle a esperar semidesnudo en una silla. Querer concentrar el contenido terrorífico en “jumpscares” que encima vienen de apariciones sobrenaturales sin intención maligna, minimiza el horror de la situación del chico, al cual, quizá por el tono de “coming of age” adolescente que la película a su pesar adopta (y digo a su pesar porque hay cierta voluntad de dar un tono más duro con la sangre en las escenas de peleas juveniles, pero no se va mucho más allá), nunca creemos en serio que le vaya a suceder nada malo.

Los elementos que permiten la supervivencia final del chico, aparentemente inconexos en un principio, se conjugan al final en un clímax inteligentemente orquestado, pero vistos fríamente recuerdan un poco a las trampas con las que Macaulay Culkin combatía a los dos ladrones en “Solo en casa”. Pienso que ese ochenterismo por defecto se debería haber evitado: ahí pongo en duda el “hype” que quería ver en “Black phone” una revancha poética de Derrickson para disfrutar de la libertad creativa que Kevin Feige hace inviable en Marvel. Su película no es mala ni por asomo, pero la veo lejana de los mejores momentos de su cine anterior, y le echo en falta el empujón extra que hace que una ficción de terror se quede contigo. Es harto sintomático que las filmaciones en Super 8, elemento icónico de “Sinister”, reaparezcan aquí en su función más habitual y casi tópica de ventanas hacia un pasado más o menos añorado, cuando “Sinister” subvertía esto con resultados a veces escalofriantes. Con todo, la película parece haber funcionado bien, recuperando la inversión de su presupuesto unas 7 u 8 veces, con lo cual Derrickson se mantiene como una fuerza creativa a tener en cuenta, con al menos un proyecto inmediato, la adaptación de la novela del injustamente semiolvidado George Alec Effinger “Cuando falla la gravedad”, que me intriga bastante.



Un complemento interesante a “Black phone”, dado su muy similar planteamiento, fue la segunda peli de la tarde del domingo, “The boy behind the door”, que de nuevo tiene a un niño secuestrado y aprisionado en una casa, en esta ocasión por un grupo de varias personas que comercian con las perversiones de otros, con la diferencia de que en esta ocasión otro chico, de raza negra, se cuela también en el coche y se enfrentará él solo con los raptores para salvar a su amigo. Pese a que los dos meses transcurridos no hayan sido tampoco muy amables con esta modesta producción (en ese sentido la cinta de Derrickson es mucho más memorable), “The boy behind the door” tiene al menos el aliciente de que su peripecia es mucho más compacta, centrándose en el suspense de cómo se va descubriendo la casa y lo que hay en ella, y de las estratagemas que ideará el protagonista contra los villanos, aunque aquí tal vez nos internemos mucho más en territorio “Solo en casa”, pues, por muy astuto, callejero y macarra que pudiera ser el chaval (que tampoco se nos insiste mucho en esto), la credulidad del espectador se resiente un poco, o un mucho, al ver la facilidad con que un adolescente puede hacer mucha pupa o incluso matar a adultos de 30 o 40 años que supuestamente son expertos en raptar a chicos de esta edad para venderlos a pedófilos, aunque, bueno, creo recordar que se hace intervenir al azar para que esto sea más creíble, algo que, aunque puede suceder en la realidad, en los guiones o novelas suele quedar un poco mal. Y lo cierto es que, revisando por ahí la sinopsis, tampoco hay mucho más, es un poco el típico ejercicio de estilo con el que muchos cineastas noveles empiezan a foguearse. Recuerdo que había una especie de mecanismo para que el niño secuestrado no escapara, consistente en que empezaba a recibir descargas eléctricas si abandonaba la habitación o algo así, aunque, en una historia de este tipo, no vas a empezar a sentir inquietud o miedo hasta que ves que a algún personaje principal le sucede algo irreversible. Un final feliz suele hacer que recuerdes menos una película, y si encima tenemos a un policía que aparece en el momento justo para disparar y matar, peor todavía. Lamento revelar el final, pero es que una resolución tan perezosa merece ser “spoileada”, lo siento.



Merece la pena reseñar que “The boy behind the door” ha tenido su difusión fundamental en la plataforma de streaming Shudder, propiedad de AMC Networks y, que yo sepa, no disponible en España, pues me da la coartada perfecta para pontificar de forma ignorante sobre la “plataformización” del cine y como esto termina llevando a productos baratos de entretenimiento poco exigente como el que nos ocupa, en lugar del oasis de libertad creativa que muchos pensaban que abrirían estas modalidades de pago por visión. En cierta manera, cuando más amplio sea el público potencial, mayores las posibilidades de ofender a espectadores sensibles, pero claro, si una obra de terror no te ofende y no violenta tu sensibilidad, poco terror te va a producir, amén de que, en el plano artístico, pocas normas te vas a poder saltar si no tienes un nombre de cierto peso. Creo que las modalidades “obsoletas” de exhibición forzaban a los creadores a ser más osados, para destacar sobre una competencia que desaparece desde el momento que todos los productos están a la misma ínfima distancia de un “clic”. La idea del audiovisual como un “servicio” que provee un contenido indiferenciado me horroriza bastante y le veo consecuencias feas en un futuro, pero quizá sea mejor verlo como lo que os dije antes, pontificaciones de un ignorante, y tratar de buscar las joyas en un bosque cuya espesura crece a ojos vista y donde resulta cada vez más difícil encontrarlas.

lunes, 28 de julio de 2008

Pasos sobre la nieve


La historia de esta película es todo un balón de oxígeno para los incomprendidos. Detestada en su estreno por la crítica, vista como una mera excusa para un recital de muecas de Jack Nicholson, considerada indigna de su ilustre director, repudiada por el mismo Stephen King, autor de la novela en que se basa, víctima en algún que otro país de uno de los peores doblajes que se recuerdan, el tiempo, sin embargo, parece haber sido amable con ella, al margen de la canonización de ciertos cineastas vueltos infalibles con efecto retroactivo.

La mala recepción inicial sería fácil de explicar: al fin y al cabo, “El resplandor” se parece poco a la película de terror al uso. No hay lúgubres decorados ni espacios claustrofóbicos: el hotel Overlook, al contrario, es amplio, luminoso y confortable, a años luz del gótico americano del motel Bates. Tampoco encontramos la plétora de sangre y asesinatos de otros títulos de la época: apenas hay una muerte violenta en pantalla, sin una excesiva recreación en los pormenores anatómicos del acto.

Lo que sí hay es una abundancia de resonancias psicológicas, una correspondencia entre el espacio exterior y el espacio interior de la mente, una metáfora del encierro, del infierno del bloqueo creativo, de las tensiones familares y matrimoniales, de la necesidad de pertenecer, de hallar una epifanía capaz de dejar atrás la gris realidad cotidiana.

Es curioso que se reprochara tanto la elección de Nicholson para el papel de Jack Torrance: se afirmaba que no era lógico emprender un descenso hacia la locura en compañía de alguien que ya parecía loco desde el principio. Ya sabemos que la novela de King es un melodrama donde un pobre hombre alcohólico, un everyman que ha tomado varias decisiones equivocadas, logra a título final redimirse y dignificarse. Kubrick trata siempre de evitar el melodrama (salvo tal vez en “Lolita”) y deja claro que Jack está en el infierno desde el principio: la clave de la historia es que, si bien tal vez el hotel despertara los demonios de su cuidador, él ya los tenía dentro. Quizá sea el único lugar donde realmente existan, y no estemos hablando en absoluto de una historia de fantasmas.

Como imagen de la mente humana, el Overlook no tiene precio: pertrechado de todo cuanto la vida humana necesita, ordenado y laberíntico, podemos recorrerlo cuanto queramos con nuestro triciclo: la identificación de los pensamientos y los recuerdos con trayectos neuronales, con vectores espaciales dentro del cerebro, convierte los mareantes paseos de Danny (temprana y ya definitiva utilización del steadycam) en metáforas de la memoria y la obsesión que no por casualidad suelen terminar en la habitación 237. Ya lo dice Hallorann, el cocinero negro: los acontecimientos dejan huellas, ecos, que no son reales pero están allí.

Sólo el “resplandor”, el don que Hallorann y Danny comparten, permite ser consciente de estos restos del pasado, pero no dejan de ser retazos inconexos de una narrativa, que no te harán daño a no ser que busques imbricarlos en un argumento, darles un sentido. Una de las grandes implicaciones de la película, nunca subrayada pero a mi juicio evidente, es que Danny heredó el “resplandor” de su padre, Jack, que eligió una carrera literaria al confundir sus visiones, sus evocaciones y presentimientos, con un incipiente talento fabulador.

Las ganas de aislarse para dar nacimiento a su gran novela se saldan con una enorme decepción: Jack sólo es capaz de reiterar lugares comunes (la enorme resma de papel que sólo contiene repeticiones de “All work and no play makes Jack a dull boy” siendo una terrorífica parodia de una literatura repetitiva e inane, reivindicando el lado lúdico de la vida y a la vez siendo fruto de una labor robótica e inhumana) y culpa a su situación familiar de su falta de inspiración. Visto que es incapaz de crear una historia, la gran tentación será entrar a formar parte de una, de la narrativa eterna del hotel Overlook, una inmortalidad tan trascendental como la ofertada por los alienígenas de “2001”.

El hotel es una cámara de ecos: Danny ve en él su deseo de compañerismo, pero también su horror del maltrato paterno que ya ha sufrido; Jack se enfrenta con su deseo de una vida sexual más glamourosa, de otras amantes más bellas y estilizadas que su esposa, pero también con su horror del envejecimiento, de la decadencia del cuerpo. Su entrada en la “Gold Room” le sumirá en un paraíso “belle époque” de “flappers” y filósofos (que diría Scott Fitzgerald), en un ensueño nostálgico, lujoso y fraternal, alejado de la sordidez cotidiana, de la resignación a una vida familiar sin horizontes. Pero para acceder a esta dimensión maravillosa se hará necesario romper con el pasado, asesinarlo.

Pero resulta realmente difícil saber hasta qué punto todo esto sucede en un plano distinto al mental. La idea del Overlook como una trampa para espíritus susceptibles se reitera una y otra vez bajo distintas formas: el fragmento musical del tercer movimiento de la “Música para percusión, piano y celesta” de Bartók, repetido tres veces seguidas y sincronizado de manera inquietante con muchos sucesos de la pantalla; la estructura del propio hotel, elementos decorativos como esos diseños geométricos de la moqueta que parecen hechos para atrapar y retener la mirada en un universo chillón y artificial; el laberinto donde se desarrolla el clímax final, ese vertiginoso y angustioso eco de los movimientos de la steadycam por los pasillos. Todo ello rodeado por la nieve, elemento frío y sin vida, del color de la nada, de la página en blanco, de los ataúdes infantiles. Imagen del aislamiento pero también de la inevitabilidad de dejar huellas, de la dificultad de escapar de quien haya decidido seguirte.

La música cumple una función en gran medida psicológica: tanto la pieza de Bartók como sobre todo “Lontano” de Ligeti evocan una idea de grandes espacios en proceso de apertura; en el caso de Bartók, la sugerencia de invocación, de llamada, es clara, desde ese repiquetear del xilófono al ritmo creciente de las sucesiones de Fibonacci, desde esos glissandi de los timbales con el pedal. Siento que Kubrick cae un tanto en el tópico de ver en la composición contemporánea simple “música de miedo”, y no cabe duda de que en ese sentido Penderecki es efectivo (David Lynch también usó sus obras con intención similar en “Inland empire”). A fin de cuentas, aquellas piezas iniciales del polaco basaban su estética en una visceralidad y emocionalidad no muy bien vistas en el olimpo matemático de Darmstadt, y su encuentro de sesudez y espectacularidad, sin la sutileza tímbrica de un Lutoslawski, las hacía ideales para una película de terror intelectual, donde hay lugar para la metafísica y para derribar una puerta a hachazos (escena que, por cierto, recuerda un poco a cierta secuencia de “El pájaro de las plumas de cristal” de Argento).

Nicholson, en este contexto, en una historia organizada en torno a su mente, a su percepción de su exterior y su interior, no podía estar bressoniano como el Ryan O’Neal de “Barry Lyndon”. Su gestualidad es tan grotesca como inquietante: basta recordar en esta segunda categoría su interminable primer plano donde está completamente abstraído, mirando a ninguna parte o hacia dentro de sí mismo, o la carcajada que dirige a cámara, en dirección a alguien que no podemos ver y que termina siendo el camarero Lloyd. La manera en que Jack acepta todas estas manifestaciones imposibles es clave para entender el sentido del terror según Kubrick: cuando lo imposible se vuelve posible, es el momento de temblar, porque entonces nadie está a salvo de nada. Es significativo que, tras el diálogo de Grady con Jack, encerrado en la despensa por su mujer, oigamos el pestillo de la puerta pero no veamos a Jack salir con intenciones homicidas. Puede que Jack lo esté imaginando todo, pero lo incontrovertible es que ha salido de su encierro: es finalmente libre. El terror reside en que nunca estaremos seguros de cómo lo hizo.

Aunque el final también será atípico para el género de terror, pues en cierta manera es feliz para todos los protagonistas: no sólo Danny logra engañar a su padre en la antológica secuencia de la persecución en el laberinto, y escapar con su madre en el vehículo que Hallorann les trajo convenientemente antes de su violento fin, sino que Jack, tras una triste y lenta agonía en la nieve que en cierto modo recuerda la “muerte” de HAL, trasciende su espantosa congelación para entrar a formar parte de la alegre comunidad fantasmagórica del hotel, hasta el punto de que siempre estuvo allí, desde antes incluso de haber nacido, como evidencia la foto expuesta en una sala del hotel, ese testimonio físico de lo imposible que provoca escalofrío no por lo macabro o desagradable, sino por desmontar todas nuestras certezas sobre el funcionamiento del universo.

lunes, 10 de marzo de 2008

V Muestra de Cine Fantástico, cuarto día


Ya se nos terminó el festivalillo, el mini-Sitges de los que no salimos de Madrid. Nos pasaremos un año entero echando de menos la sala grande del Palafox, el ambientillo friki de chavales peludos y adultos pelados que dedicaron su madurez a parecerse a Donald Pleasence. Echaremos de menos los tubitos de dulce de leche La Lechera que los jóvenes hambrientos sorbían cual yonquis ávidos de azúcar. Incluso sentiremos añoranza de las presentaciones por Leticia Dolera, y de la chica disfrazada del erizo Sonic que nos hacía soñar con un romance zoofílico como el que mantuvieron detrás de las cámaras Espinete y el panadero Chema.

Pero antes de la nostalgia llegó el mal rollo. "À l'intérieur", la película rodada a cuatro manos por Alexandre Bustillo y Julien Maury, probó de manera contundente mi aseveración de que el "gore" no tiene que ser espectacular, festivo y acomodaticio, de que su única opción para dejar huella es avanzar hasta el límite de lo soportable. Incluso nos colocaron cartelitos advirtiendo de que ciertas escenas herirían la sensibilidad de más de uno, y en especial de mujeres embarazadas (en cambio, sobre las agresiones a los genitales masculinos nadie nos avisó nada).

Porque en efecto la combinación de la maternidad como algo sagrado y digno de la mayor protección, y el malestar físico que puede producir esa enorme barriga donde se aloja un ser tan frágil, hacen imposible no estremecerse con las sevicias a que es sometida la pobre Alysson Paradis por parte de una Béatrice Dalle que dejó atrás sus días de rellenito sex symbol ochentero en "Betty Blue" para irse transmutando en un ser cada vez más inquietante (y que quizá, en alguna fiesta fin de rodaje de "Night on Earth", interesase a Winona Ryder en los placeres casi sexuales que procura el robo).

Uno podría preguntarse el porqué de tanta violencia casi insoportable, si no se tratará, como dijeron algunos, del exceso por el exceso, pero por fortuna, tratándose de cine francés, no falta la lectura simbólica, que adopta como punto de mira la dura represión policial aplicada no hace mucho por cierto ministro famoso hoy en día por cambiar de residencia, divorciarse y casarse con una cantante y modelo que anuncia coches con una canción de "Kill Bill". Ese nefasto papel de las fuerzas del orden, que son quienes finalmente hacen posible lo innombrable, podrá constituir para algunos una débil coartada de cara a justificar carnaza pura y dura, pero tanta rabia tiene que salir de alguna parte. La tenebrosa metáfora final, con sus dudas sobre el futuro de Francia, pone el broche artístico a una película incómoda como pocas, de increíble tensión sostenida, puesta en escena potentísima, que lo hace pasar verdaderamente mal, y que Hollywood no sentirá prisa alguna por versionear. Los hay que prefieren mirar hacia otro lado y decir simplemente que se trata de una mala película. Quizá para tranquilizar sus conciencias.

La clausura llegó con "La niebla", tercera adaptación de Stephen King por Frank Darabont, que añade un carácter más de género, con terror, monstruitos y "gore", pero también presta una atención notable a actores y personajes, construyendo un microcosmos asediado por lo desconocido donde se planteará el valor intrínseco de la humanidad y el valor moral de las decisiones que conciernen a otros. Quienes conozcan el original de King constatarán la gran fidelidad de Darabont como adaptador, aunque se llevarán una sorpresa mayúscula al ver cómo se sustituye el desenlace abierto original por una oscurísima conclusión que subvierte muchos de los ideales del autor de Maine sobre el hombre común y capaz que toma las riendas de la situación y raramente se equivoca, como si de una versión proletaria de Robert A. Heinlein se tratara. Que Darabont se atreva con un final tan radical y raro en Hollywood no es sino prueba adicional de su fe en sí mismo, una transgresión que se permite a sí mismo porque es consciente de ser un clásico.

El horror no sólo proviene de criaturas monstruosas, sino que se aloja en nuestro interior, por nuestra desconfianza, nuestras ganas de quedar por encima, nuestra poca disposición para ayudar al prójimo, nuestro entusiasmo a la hora de abrazar fanatismos que nos ofrecen soluciones fáciles (ahí tenemos el papelón de Marcia Gay Harden, digna heredera de la Piper Laurie de "Carrie"). Donde King se detiene y peca de maniqueo, Darabont es implacable: la buena gente, por desconocimiento, por desesperación, cegada por la niebla que se extiende a su alrededor, también puede llegar a ser monstruosa.

Me extrañaría que esta película fuese un éxito: pese a su suspense impecable, su unión sin fisuras de cine clásico de personajes con despliegues infográficos, su notable dirección de un reparto casi perfecto y un guión que llega a mejorar el ya interesante original literario, que pocos podrían haberse imaginado plasmado de una manera muy distinta a la que vemos, aun así resulta demasiado pesimista para un producto de la gran industria. Pero esa es una de las múltiples cualidades que la hacen memorable y candidata a futuro clásico.

sábado, 29 de septiembre de 2007

Los reyes de la carretera

Entre medias de mi genuino esnobismo intelectualoide, de mis exquisiteces clásicas del siglo XX, mi afición malsana por el jazz fusión y mi pretencioso gusto por el rock sinfónico, no me falta tiempo para discos como este:


Bachman-Turner Overdrive, banda canadiense que simboliza por antonomasia el “rock de autopista”, ambientación musical infaltable de toda peli USA ambientada en bares de carretera, entre motoristas, camioneros y fugitivos de la ley. Pioneros del rock duro gracias a sus riffs aplastantes para la época. Adorados por el propio Elvis, que adoptó su “Takin’ care of business” casi como lema personal. Gente dura de pelar, capaz de dar una paliza al iluso promotor que pretendiera no pagarles por una gala (no en balde una de sus canciones estrella es “Gimme your money please”). Músicos de calidad con su lado oscuro jazzístico que salió a la luz en temazos como “Lookin’ out for No. 1”, casi “bossa nova”, “Blue collar” o “Welcome home”. Una pequeña leyenda que, sin estar en boca de todo el mundo, ha dejado más huella de lo que parece en la música rock.

Siempre he creído que el seudónimo de Stephen King, Richard Bachman, no era sino un homenaje al guitarrista y líder de BTO, Randy Bachman, que después de su etapa en Guess Who se unió a sus hermanos Rob y Tim, y al bajista C.F. Turner, para crear este hito del rock’n’roll americano. Banda sonora ideal para la autopista infinita de vuestra mente.

viernes, 22 de junio de 2007

"Amor profano" de Katherine Dunn


Los traductores al español de esta novela no estuvieron al cabo de la calle: Un “geek” originalmente era una especie de “hombre salvaje” exhibido en ferias, conocido por vivir entre sus propios excrementos y por arrancar la cabeza a los pollos de un mordisco. Por extensión, “geek” vino a ser un ser inadaptado, extraño para el común de los mortales y centrado en aficiones del todo irrelevantes en sociedad, léase ordenadores, ciencia ficción, cine, etc., llegando a ser verdaderos expertos que sin embargo pueden alcanzar edades muy respetables sin haber visto o tocado vello púbico o pezones que no sean los suyos propios.

Entonces, “geek” equivaldría a lo que ahora llamamos, más o menos despectivamente, “friki”.

Pero Katherine Dunn habla todavía de los “geek” originales, en una extraña novela cuyo tema es la fascinación por la anormalidad, los pros y contras de ser un monstruo, expuestos con notable audacia imaginativa.

El matrimonio Binewski, propietario del carnaval ambulante “Fabulon”, decide, insatisfecho con los monstruos de feria que iba contratando, crear sus propios artistas de su propia carne y sangre. Así, en cada nuevo embarazo, Lil será expuesta a peligrosos productos químicos, isótopos radiactivos y otras barbaridades del mismo jaez con la finalidad de que el feto presente malformaciones explotables en el mundo del espectáculo. No todos los experimentos tienen éxito (aunque los fracasos siempre pueden exponerse al público en tarros con formol), pero al final se consigue una peculiar familia: Arturo el Chico Acuático, nacido sin brazos ni piernas pero con aletas anteriores y posteriores que hacen de él un gran nadador; Ifigenia y Electra, hermanas siamesas que comparten un mismo par de piernas y un talento para la música; Olimpia, enana calva y jorobada que narra la historia, y Fortunato, alias Chick, que bajo su apariencia de chaval rubio, guapo y corriente oculta una habilidad telequinética a la que se darán aplicaciones tirando a turbias.

Los recuerdos de Olimpia, mientras decide qué hacer respecto a su única hija, a quien una millonaria obsesionada con hacer feas “por su bien” a hermosas muchachas quiere despojar de su única característica anormal, dejan claro que la vida de los seres monstruosos no tiene por qué ser idílica y apacible como la de los “Freaks” de Browning en mitad del campo. Tanto Olimpia como las dos hermanas siamesas están consumidas de amor incestuoso por Arturo, cuya deformidad lo convierte en líder de un culto religioso que busca la pureza a través de la gradual amputación de miembros; Chick, tras una corta carrera, auspiciada por su padre, como ladrón paranormal en lugares públicos, se convierte en asistente de las amputaciones del culto, realizadas por la siniestra doctora Phyllis, suspendida de su profesión quirúrgica por quererse extirpar a sí misma supuestos aparatos de control colocados por el gobierno; las dos siamesas, presas de la codicia y conscientes del morbo sexual que despiertan, terminan prostituyéndose tras su espectáculo hasta que Arturo las descubre y las entrega en matrimonio a un ser deforme sin cara que respira mediante tubos; la más rebelde de ellas terminará lobotomizada y babeante, arrastrada por la otra mientras se desarrolla su embarazo. Todo esto salpimentado de otros incidentes brutales que revolverán el estómago a los lectores más delicados pero que constituyen la verdadera fuerza de la novela.

Porque en efecto es este aspecto fantasioso y transgresor, amén de un estilo brillante aunque a menudo difícil de seguir, lo más válido del libro. La trama, episódica, avanza de una anécdota a otra con un diseño subyacente bastante vago; la galería de personajes no puede ser más colorida y estrafalaria, pero, salvando a los tres protagonistas principales, se trata de personajes de cartón, elementos del decorado sin demasiada entidad propia. Algunos de los momentos devastadores del argumento, como la lobotomía de una de las siamesas, suceden de manera demasiado precipitada y repentina para causar el impacto que deberían, y lo mismo reza del apocalíptico final del carnaval ambulante, resuelto en tres o cuatro páginas semiplagiadas de “Carrie” de Stephen King.

Con todo, la acidez y lo extremo de la propuesta, aunque dejadas en mantillas por autores más recientes como Chuck Palahniuk, y junto a lo inventivo del lenguaje (en especial algunos diálogos memorablemente soeces que revelan la habilidad con la expresión oral de Dunn, que era locutora radiofónica), hacen que la lectura merezca la pena, tanto para los buscadores de curiosidades literarias como para los aficionados a la fantasía y al terror, que verán una aproximación menos cuadriculada y genérica al eterno tema del monstruo.

En un plano personal, referiré que, habiendo sabido de la existencia de esta novela a través de la lista de proyectos no realizados de Terry Gilliam, me imaginé en todo momento al hombre sin piernas y con aletas portando los rasgos del actor interesado en incorporarlo, Johnny Depp. No apostaría demasiado por la realización de una peli que, adaptando con un mínimo de fidelidad y valentía la novela, resultaría fuertísima al 85% de los espectadores, pero, considerando lo que ha hecho Gilliam en su incomprendida y muy estimable “Tideland”, no me molestaría ver la poesía que puede extraer Terry de otra historia sórdida, violenta y conflictiva pero con un aliento tierno soterrado.