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miércoles, 29 de julio de 2009

Archivos VHS: "El Mesías salvaje" (1972)


El esfuerzo de la industria audiovisual por vendernos la alta definición como nuevo soporte de referencia podría tener entre sus efectos secundarios la desaparición en el limbo de algunas películas no editadas aún ni siquiera en el obsoleto DVD, películas en algunos casos meritorias, curiosas, extravagantes y a veces francamente buenas.

Por ejemplo, hoy en día me parece francamente improbable que alguien se decida a editar en cualquier soporte, viejo o nuevo, “El mesías salvaje”, película de Ken Russell por la que siempre he sentido debilidad. Ya se ha hecho referencia aquí a Ken Russell en alguna otra ocasión, con que no voy a repetir generalidades sobre este señor, aunque, vistas las primeras manifestaciones reivindicativas que he leído últimamente sobre su persona, claramente jocosas, convendría recordar que a veces las apariencias engañan.

Ciertamente, cualquiera que asocie el nombre de Russell al mundo desenfrenado de “Tommy” o “Lisztomania” se sorprendería por lo comparativamente sobria que es “El mesías salvaje”. Digo "comparativament"e porque, es obvio, no faltan ni el frenesí físico, ni las interpretaciones desbocadas, ni ese frecuente recurso a lo que yo denomino el "camp" (valiéndome regañinas de exquisitos expertos en la obra de Susan Sontag), pero, aun así, se observa un cariño hacia sus personajes, una relajación de la usual iconografía fálica o anacrónica, que marcan cierta diferencia.

La historia de Henri Gaudier-Brzeska, joven escultor que vivió una atípica relación amorosa con una condesa polaca de edad madura y murió en las trincheras de la Gran Guerra justo antes de su primera gran exposición, es para mí uno de los retratos fílmicos definitivos de la figura del Joven Artista Alocado y Extravagante, a la par que una historia de amor bastante entrañable, y es precisamente el estilo frenético del tío Ken el que salva de la pesadez a los discursos de Henri sobre la misión del arte o del empalago a las vicisitudes sentimentales de la pareja.

Russell, desde sus míticos documentales de la BBC (que al menos en zona 1 sí están editados), se propuso acercar las artes exquisitas al gran público mediante los enfoques menos intelectuales posibles, de ahí que entre sus armas predilectas se haya encontrado siempre el recurso al ridículo, al que se lanzaba cada vez que los personajes o sucesos tratados le inspiraban particular antipatía (véanse la ya descrita conversión de Mahler al cristianismo o el vitriólico ataque a Richard Strauss, por sus amistades nazis, en su programa, imposible de ver hoy día, “Danza de los siete velos”).

De ese modo, el mundo exquisito y amanerado de los marchantes de arte es puesto en solfa mediante un hilarante grupo de lechuguinos pomposos y groupies de la alta sociedad carcterizadas como si salieran de un cuadro prerrafaelista, todos ellos equiparando, mientras suena un disco de Debussy el impresionismo con un síntoma de la homosexualidad. En cambio, nuestros dos héroes, Henri (un inolvidable Scott Antony cuya única otra actuación protagonista, también en el limbo del VHS, es la increíble “Las mutaciones” de Jack Cardiff) y Sophie (Dorothy Tutin, seguramente una actriz teatral sin mucha más trayectoria en el cine) son seres espontáneos y vulgares fuera de lugar en ese ambiente clasista, como ella misma pone de manifiesto cuando, al solicitársele una “melodía popular polaca”, se suelta con una conscientemente lamentable interpretación de una canción titulada “Dos pulgas”, momento grotesco por excelencia que supone todo un insulto al sentido de la propiedad burgués y que se culmina con un significativo gesto de desafío por parte de ella que resume muy bien todo lo que fue Ken Russell.

La sutileza nunca fue el fuerte de Ken (por ejemplo, nada más empezar la película, uno de los hechos principales que hacen especial la relación entre Henri y Sophie, la diferencia de edad, es subrayado tanto en el diálogo como en la cámara y el montaje), pero sería absurdo reprochárselo si luego despreciamos por finolis las producciones Merchant Ivory. Si, acerca del movimiento sufragista, nos dan a elegir entre ver “Las bostonianas” o ver, en “El mesías salvaje”, a una joven Helen Mirren interrumpiendo un número de cabaret rajando una copia de “La maja desnuda” para a continuación entonar (es un decir) una horrorosa canción titulada “Vote for women” mientras nuestro héroe, a quien su Sophie le niega el contacto carnal, le grita desde el público piropos como “¡Quítate las bragas!”, yo tengo clarísima mi elección. Si encima poco después tenemos a la misma actriz en su curvilíneo esplendor (que en nuestra ignorante época de la talla 36 por decreto se consideraría gordura vergonzante) protagonizando uno de mis desnudos favoritos del cine, no hará falta insistir.

Pero hay más: los peculiares detalles biográficos dignos de Marcel Schwob, recreados con esmero y mimo (por ejemplo, el cesto de paja de Sophie y la enorme cantidad de utensilios para escribir que coloca por orden sobre la mesa de la biblioteca cuando conoce a Henri), los fascinantes decorados creados por el luego también director Derek Jarman (el cabaret modernista “Vortex”, cuyo escenario parece salido de “La inhumana” de L’Herbier, pero con colorines Titanlux, o el sótano vecino al ferrocarril donde malviven Henri y Sophie, con una claraboya superior por donde se ve cuanto pasa en el mundo exterior y que es aprovechado en todo su potencial en el inolvidable plano que cierra la película), la chispeante picaresca (como cuando Henri, instado a mostrar a un marchante un “torso neoclásico” realizado en mármol, crea en una noche loca la inexistente pieza tras robar una estela del cementerio), el uso de la música clásica, lejano de los tópicos en cuanto a selección y aplicación (el segundo movimiento del “Poema divino” de Scriabin para uno de los raros momentos idílicos entre la pareja, “Fiestas” de los “Nocturnos” de Debussy para ilustrar la escalada de Henri por la impresionante muralla de bloques de mármol al borde del mar), las peculiares ideas de realización y montaje (los planos detalle de los martillazos de Henri sobre las cajas que contienen sus esculturas pueden ser leídos tanto como énfasis en el ruido que tan mal soporta Sophie o como inquietantes premoniciones de los clavos que pronto se clavarán en el ataúd del propio artista), la moral sexual equívoca (Sophie niega su cuerpo a Henri, pero muestra desagrado cuando éste toma dinero del fondo común para ir a saciar sus impulsos con prostitutas, y siente celos cuando la animosa sufragista visita al artista en su sótano para practicar el sexo mientras ella limpia e interpreta “Dos pulgas” de manera aún más rabiosa), y en general la ausencia de melodramatismo (se hace poco hincapié en lo trágico de la muerte de Henri en el frente, prefiriéndose finalizar con imágenes de la exposición que lo habría catapultado a la fama).

La pena es que, a día de hoy, esta peli hay que verla en un formato de pantalla 1:1,33, claramente mutilando la relación de aspecto original y con una definición de imagen peor que si nos mostraran el fotograma completo. Da igual que sea una película entrañable que podría contentar razonablemente incluso a muchos detractores de su creador, o que sea una de las más frescas y originales biografías fílmicas de un artista: un director capaz de rodar frenesíes eróticos de monjas masturbándose en grupo o de retratar a Liszt como una especie de estrella del rock que visita a sus groupies montado en un pene gigante no parece merecer que sus mejores películas salgan en DVD. Y tampoco me espero mucho del Blu-Ray, toda vez que su reproductor más vendido, la Playstation 3, parece prefigurar en las películas editadas en el formato un estilo visual parecido al de sus juegos, lo cual excluye mariconadas postimpresionistas como las que busca evocar la fotografía de Dick Bush. En fin, que por eso, y por otras razones que iremos desgranando si se tercia, no planeo deshacerme de mi reproductor VHS.

viernes, 21 de noviembre de 2008

Compositores: Alexander Scriabin


Entre los adjetivos empleados para enjuiciar las obras de expresión artística, reservo un lugar especial de oprobio y deshonor, un poco hacia atrás y a la derecha del que ocupa “sobrevalorado”, para “pretencioso”. Lo pretencioso es, por definición, aquello que al receptor se le escapa completamente y por tanto ni lo entiende ni le entretiene; no obstante, su inseguridad le obliga a mostrar un rechazo total hacia el artista y sus intenciones, en lugar de admitir sencillamente que tal producto no está hecho ni para su sensibilidad ni para su equipamiento mental, lo cual no implica que haya sensibilidades o equipamientos mentales más válidos que otros.

Como consecuencia de lo cual, a cualquier creador que revista sus obras de un barniz “cultural”, se le cuelga indiscriminadamente la etiqueta, cuando ser pretencioso de verdad supone todo un arte al alcance de muy pocos. El mejor ejemplo que se me ocurre es Alexander Scriabin, que volcó sus últimos años en la creación de una mastodóntica obra musical, el “Mysterium”, que se representaría durante varios días seguidos en un templo especial construido al efecto en el Tíbet, y cuyos efectos cataclísmicos y casi apocalípticos acabarían con el mundo tal como lo conocemos e inaugurarían una época mejor y más fructífera de la humanidad. Vamos, algo capaz de dejar a Wagner, Bayreuth y “El anillo del nibelungo” a la altura de un simple juego de niños.

La base de tan gigantescas ambiciones la podríamos encontrar en la diminutiva estatura del compositor, determinado, como autor sinfónico, a demostrar que el tamaño sí importaba, ya desde su primera sinfonía, con duración de 50 minutos y un final como coro y solistas vocales al estilo de la Novena de Beethoven, hasta su última obra sinfónica estrenada, “Prometeo, el poema del fuego”, para piano, órgano, coro, orquesta y un “órgano de colores”, que inundaba el escenario con luces de tonos cromáticos correspondientes a los distintos acordes (colores que, dicho sea de paso, coinciden a menudo con los que afirmaba ver Messiaen al escuchar los mismos sonidos). Pero el afán de superación ya vino antes, cuando el pequeño tamaño de sus manos le empujó a alcanzar el virtuosismo pianístico, practicando hasta lesionarse (de ahí la composición de su famoso “Estudio para la mano izquierda”, la única que le funcionaba bien en aquellos momentos).

En el siglo XX se puso muy de moda burlarse de las aspiraciones literarias, del misticismo con que los románticos gustaban de rodearse a veces, y Scriabin, como hemos visto, llevó esta tendencia al extremo. Pero toda esta pretenciosidad tan poco apreciada (“No se puede imponer la divinidad a un acorde”, decía de nuestro compositor el pianista vagabundo a quien daba vida Samuel L. Jackson en la película “Muerte de un ángel”) tuvo como resultado un estilo único en su enrarecimiento, en su extrañeza visionaria. Sinceramente, no me extraña que Fritz Leiber, en su clásica novela fantástica “Esposa hechicera” incluyese dentro de su arsenal actualizado de la magia una aguja fonográfica que sólo hubiese reproducido la Sonata para piano nº 9 “Misa negra”. El sobrenombre creo que es ajeno, pero se ajusta como un guante al misterio melancólico de la pieza, a ese aliento de otro mundo que la cruza y que en gran parte es producto de la armonía creada por el “acorde místico”, expresión de una escala donde los tonos completos (al estilo de Debussy) y los intervalos de séptima dominante mandan a paseo la tonalidad tradicional, tanto es así que en las partituras falta, al lado de la clave, el grupito de bemoles o sostenidos que nos suele decir cómo poner las manos.

La leyenda dice que Scriabin estaba bajo los efectos de una poderosa sustancia intoxicante mientras componía el “Poema del éxtasis” para orquesta, y la verdad es que se nota para bien, por el gigantismo y la desmesura, aunque, a un servidor, esta estructura de monobloque, en un movimiento continuo y el desfile de los temas principales por una tonalidad tras otra, le parezca una mera ampliación del esquema de las últimas sonatas para piano y le resulte quizá un tanto cerebral. Pero con Scriabin no hay término medio: las tres primeras sinfonías, aunque llenas de momentos extraordinarios (en particular, los movimientos en adagio de la Segunda y la Tercera, con su ambiente lánguido y sensual y esas flautas remedando cantos de pájaros mucho antes de Messiaen) pecan de una retórica un poco hinchada, de un plan formal que en manos interpretativas torpes puede quedar ampuloso.

Pero sea como fuere, sin sus ambiciones megalómanas y absurdas Scriabin no sería la figura fascinante que es, un paradigma del exceso y el frikismo compositivos capaz de transportarte a otro mundo sin intermediario químico alguno.