
El esfuerzo de la industria audiovisual por vendernos la alta definición como nuevo soporte de referencia podría tener entre sus efectos secundarios la desaparición en el limbo de algunas películas no editadas aún ni siquiera en el obsoleto
DVD, películas en algunos casos meritorias, curiosas, extravagantes y a veces francamente buenas.
Por ejemplo, hoy en día me parece francamente improbable que alguien se decida a editar en cualquier soporte, viejo o nuevo,
“El mesías salvaje”, película de
Ken Russell por la que siempre he sentido debilidad. Ya se ha hecho referencia
aquí a
Ken Russell en alguna otra ocasión, con que no voy a repetir generalidades sobre este señor, aunque, vistas las primeras manifestaciones reivindicativas que he leído
últimamente sobre su persona, claramente jocosas, convendría recordar que a veces las apariencias engañan.
Ciertamente, cualquiera que asocie el nombre de
Russell al mundo desenfrenado de
“Tommy” o
“Lisztomania” se sorprendería por lo comparativamente sobria que es
“El mesías salvaje”. Digo "comparativament"e porque, es obvio, no faltan ni el frenesí físico, ni las interpretaciones desbocadas, ni ese frecuente recurso a lo que yo denomino el
"camp" (valiéndome regañinas de exquisitos expertos en la obra de
Susan Sontag), pero, aun así, se observa un cariño hacia sus personajes, una relajación de la usual iconografía fálica o anacrónica, que marcan cierta diferencia.
La historia de
Henri Gaudier-Brzeska, joven escultor que vivió una atípica relación amorosa con una condesa polaca de edad madura y murió en las trincheras de la
Gran Guerra justo antes de su primera gran exposición, es para mí uno de los retratos fílmicos definitivos de la figura del
Joven Artista Alocado y Extravagante, a la par que una historia de amor bastante entrañable, y es precisamente el estilo frenético del tío
Ken el que salva de la pesadez a los discursos de
Henri sobre la misión del arte o del empalago a las vicisitudes sentimentales de la pareja.
Russell, desde sus míticos documentales de la
BBC (que al menos en zona 1 sí están editados), se propuso acercar las artes exquisitas al gran público mediante los enfoques menos intelectuales posibles, de ahí que entre sus armas predilectas se haya encontrado siempre el recurso al ridículo, al que se lanzaba cada vez que los personajes o sucesos tratados le inspiraban particular antipatía (véanse la ya descrita conversión de
Mahler al cristianismo o el vitriólico ataque a
Richard Strauss, por sus amistades nazis, en su programa, imposible de ver hoy día,
“Danza de los siete velos”).
De ese modo, el mundo exquisito y amanerado de los marchantes de arte es puesto en solfa mediante un hilarante grupo de lechuguinos pomposos y
groupies de la alta sociedad carcterizadas como si salieran de un cuadro prerrafaelista, todos ellos equiparando, mientras suena un disco de
Debussy el impresionismo con un síntoma de la homosexualidad. En cambio, nuestros dos héroes,
Henri (un inolvidable
Scott Antony cuya única otra actuación protagonista, también en el limbo del
VHS, es la increíble
“Las mutaciones” de
Jack Cardiff) y Sophie (
Dorothy Tutin, seguramente una actriz teatral sin mucha más trayectoria en el cine) son seres espontáneos y vulgares fuera de lugar en ese ambiente clasista, como ella misma pone de manifiesto cuando, al solicitársele una “melodía popular polaca”, se suelta con una conscientemente lamentable interpretación de una canción titulada
“Dos pulgas”, momento grotesco por excelencia que supone todo un insulto al sentido de la propiedad burgués y que se culmina con un significativo gesto de desafío por parte de ella que resume muy bien todo lo que fue
Ken Russell.
La sutileza nunca fue el fuerte de
Ken (por ejemplo, nada más empezar la película, uno de los hechos principales que hacen especial la relación entre
Henri y
Sophie, la diferencia de edad, es subrayado tanto en el diálogo como en la cámara y el montaje), pero sería absurdo reprochárselo si luego despreciamos por finolis las producciones
Merchant Ivory. Si, acerca del movimiento sufragista, nos dan a elegir entre ver
“Las bostonianas” o ver, en
“El mesías salvaje”, a una joven
Helen Mirren interrumpiendo un número de cabaret rajando una copia de
“La maja desnuda” para a continuación entonar (es un decir) una horrorosa canción titulada
“Vote for women” mientras nuestro héroe, a quien su
Sophie le niega el contacto carnal, le grita desde el público piropos como
“¡Quítate las bragas!”, yo tengo clarísima mi elección. Si encima poco después tenemos a la misma actriz en su curvilíneo esplendor (que en nuestra ignorante época de la talla 36 por decreto se consideraría gordura vergonzante) protagonizando uno de mis desnudos favoritos del cine, no hará falta insistir.
Pero hay más: los peculiares detalles biográficos dignos de
Marcel Schwob, recreados con esmero y mimo (por ejemplo, el cesto de paja de Sophie y la enorme cantidad de utensilios para escribir que coloca por orden sobre la mesa de la biblioteca cuando conoce a
Henri), los fascinantes decorados creados por el luego también director
Derek Jarman (el cabaret modernista
“Vortex”, cuyo escenario parece salido de
“La inhumana” de
L’Herbier, pero con colorines
Titanlux, o el sótano vecino al ferrocarril donde malviven
Henri y
Sophie, con una claraboya superior por donde se ve cuanto pasa en el mundo exterior y que es aprovechado en todo su potencial en el inolvidable plano que cierra la película), la chispeante picaresca (como cuando
Henri, instado a mostrar a un marchante un “torso neoclásico” realizado en mármol, crea en una noche loca la inexistente pieza tras robar una estela del cementerio), el uso de la música clásica, lejano de los tópicos en cuanto a selección y aplicación (el segundo movimiento del
“Poema divino” de
Scriabin para uno de los raros momentos idílicos entre la pareja,
“Fiestas” de los
“Nocturnos” de
Debussy para ilustrar la escalada de
Henri por la impresionante muralla de bloques de mármol al borde del mar), las peculiares ideas de realización y montaje (los planos detalle de los martillazos de
Henri sobre las cajas que contienen sus esculturas pueden ser leídos tanto como énfasis en el ruido que tan mal soporta
Sophie o como inquietantes premoniciones de los clavos que pronto se clavarán en el ataúd del propio artista), la moral sexual equívoca (
Sophie niega su cuerpo a
Henri, pero muestra desagrado cuando éste toma dinero del fondo común para ir a saciar sus impulsos con prostitutas, y siente celos cuando la animosa sufragista visita al artista en su sótano para practicar el sexo mientras ella limpia e interpreta
“Dos pulgas” de manera aún más rabiosa), y en general la ausencia de melodramatismo (se hace poco hincapié en lo trágico de la muerte de
Henri en el frente, prefiriéndose finalizar con imágenes de la exposición que lo habría catapultado a la fama).
La pena es que, a día de hoy, esta peli hay que verla en un formato de pantalla 1:1,33, claramente mutilando la relación de aspecto original y con una definición de imagen peor que si nos mostraran el fotograma completo. Da igual que sea una película entrañable que podría contentar razonablemente incluso a muchos detractores de su creador, o que sea una de las más frescas y originales biografías fílmicas de un artista: un director capaz de rodar frenesíes eróticos de monjas masturbándose en grupo o de retratar a
Liszt como una especie de estrella del rock que visita a sus groupies montado en un pene gigante no parece merecer que sus mejores películas salgan en
DVD. Y tampoco me espero mucho del
Blu-Ray, toda vez que su reproductor más vendido, la
Playstation 3, parece prefigurar en las películas editadas en el formato un estilo visual parecido al de sus juegos, lo cual excluye mariconadas postimpresionistas como las que busca evocar la fotografía de
Dick Bush. En fin, que por eso, y por otras razones que iremos desgranando si se tercia, no planeo deshacerme de mi reproductor
VHS.