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jueves, 4 de agosto de 2011
domingo, 8 de marzo de 2009
VI Muestra de Cine Fantástico, segundo día

Cómo se nota el hambre atrasada. Cuando el cine fantástico, por diversas razones, desaparece de tu vida cotidiana, llama la atención cómo se sacan fuerzas de flaqueza para ver cinco películas seguidas sin casi mostrar síntomas de cansancio. Yo que sé, es como si a mi amiga Carola, que estuvo conmigo en la cuarta peli, se le cruzaran los cables y se me entregara cual víctima para el sacrificio. Sería la noche entera sin dormir, oigan.
Fue una pena no estar en la sesión inaugural con el preestreno de “Watchmen”, siquiera por ver las similitudes y diferencias con “20th century boys”, de Yukihiko Tsutsumi, que también se basa en un afamado tebeo, en este caso nipón, y que también tiene una estructura fragmentada en “flash-backs”, un apocalipsis inminente y una reunión final de personajes separados por la vida. Quizá terminen ahí las similitudes, aunque, puesto que tengo el cerebro tatuado con la obra de Moore y Gibbons desde hace unos 18 años y en cambio desconozco del todo el manga adaptado en la peli, pues vaya usted a saber.
En todo caso, lo que salta a la vista de la peli, y lo que la puede hacer disfrutable si la ves con buena voluntad, es su frikismo absoluto en ambientación, caracterizaciones y actuaciones, un frikismo que tal vez sea lo que los japoneses ven normal y convencional, pero que a nosotros nos cobra visos de documental antropológico sobre los habitantes de otro planeta. Fijaos que incluso el anuncio antipiratería que prohíbe grabar la sesión con videocámaras, que se coló en la sesión junto con el tráiler de otra peli estilo manga llamada “K-20”, resultaba curioso y simpático, cualidades del todo ausentes de ese enojoso subgénero en su versión occidental.
Cuando una serie de atentados empieza a corresponderse exactamente con una ficción apocalíptica creada por una pandilla de escolares, los miembros de ésta, llegados a la edad adulta, vuelven a unirse para detener la cadena de desastres y averiguar la identidad del misterioso “Amigo”, líder de una secta que parece estar detrás de todo. Como siempre que se adapta una serie con pinta de ser bastante larga, la labor de condensación no ayuda a la claridad de la historia, y si a esto le unimos limitaciones presupuestarias evidentes (el supuesto robot gigante que aparece al final habría provocado espasmos de indignación a Go Nagai), nos quedaremos al final con una peli más de partes que de todo, extensa y más bien fatigosa, que gustará en la proporción que uno sea fanático de todo lo japonés (¿yo lo soy? Tal vez...). Sea como fuere, la evocación de la infancia setentera de los niños, con los colorines de peli casera caducada, las bicis con cambio de marchas, los posters de novelitas eróticas en el quiosco o el chico que corre descalzo siguiendo los pasos de Abebe Bikila, me parece inmensamente preferible a la totalidad de “Las vírgenes suicidas” de Sofia Coppola (y ya que estamos con las bicis con cambio de marcha, me viene a la cabeza la persecución con las BMX en “Eden Lake”, vista anteayer, y la alargada sombra del gran clásico que fue “Los bicivoladores”, con Nicole Kidman).
Tuvimos a otro japonés tras la cámara en “El vagón de la muerte” (videoclubero, o peor, telefilmero título para “The midnight meat train”). Nueva adaptación para la gran pantalla de Clive Barker, quien, sin alcanzar nunca las cotas de éxito fílmico de Stephen King, nunca se rinde del todo, su gran baza es una realización espectacular y virtuosa, amén de la inolvidable presencia del ex futbolista y actor emblemático de Guy Ritchie, Vinnie Jones, que dota de otro empaque al personaje imaginado por Barker y permite llevarlo sin problemas al territorio de la brutalidad. El problema reside en que, para alcanzar la duración de un largometraje, se haya expandido la narración breve mediante mecanismos bastante convencionales que los cineastas no se molestan demasiado en camuflar. Sabemos bien pronto todo lo que sucederá, pero las escenas de tensión y de violencia están irreprochablemente resueltas y en ocasiones dejan con la boca abierta (recordemos si no el plano desde el punto de vista de una cabeza arrancada o el travelling circular en torno al vagón ¡en movimiento! donde el protagonista y el matarife pelean). Recordemos que Ryuhei Kitamura fue el tipo que rodó aquella panorámica vertical de 360 grados en “Azumi”, que lleva tiempo ocupando el primer puesto en mi lista de Planos Molones de Encantador y Gratuito Virtuosismo Técnico. A los amargados que vienen a estos festivales a ponerlo todo a parir, que consideran toda obra literaria un texto sagrado y cuyo ideal de realización fílmica es la corrección elegante y reprimida de Terence Fisher, no les habrá hecho mucha gracia esta película, pero a mí, en estos tiempos de “survivals” chapuceros y guarrería visual, este juguete vistoso y salvaje me supo a gloria bendita. No me puedo explicar que vaya a ir directa a vídeo.
A continuación, “Surveillance” de Jennifer Lynch hizo un poco la función que debió haber hecho “Death proof” en la versión de cuatro horas de “Grindhouse”, mostrando el interesante contrapunto que puede ejercer un ritmo pausado después del paroxismo (aunque el ritmo heavy según Kitamura está mucho más conseguido y no llega a saturar, al contrario que el de “Planet terror”). Historia de asesinos psicópatas en la carretera con ciertos toques de “Rashomon”, conductas malsanas por doquier, Michael Ironside (cuyo nombre en los créditos iniciales suscitó aplausos en la platea) y un decadente Bill Pullman que casi podría haber hecho de Budd en “Kill Bill”, “Surveillance” es una singular e inquietante peli policíaca a la que pocos habrían encontrado toques “lynchianos” si Jennifer no fuera quien es, y que seguramente perderá enteros pasada la sorpresa inicial. No inventa la pólvora, pero como película de medianoche para ver con la cabeza medio trastornada, nostalgia de “Twin Peaks” y un paladar especial para las psicologías aberrantes, el humor negro, el sexo sucillo, los crímenes porque sí, las niñas demasiado inteligentes y las composiciones en scope con interminables perspectivas de carretera, campos de trigo y ríos, todo ello saturado de color, “Surveillance” cumple con creces su función.
La peli estrella del día fue sin duda “Déjame entrar”, la sorpresa nórdica de Tomas Alfredson que, en esta época de confusión genérica entre los zombis, los vampiros y los indios del “western”, se atreve a combinar el vampirismo clásico de toda la vida (esos chupasangres bien educados que no podían entrar en casa de un desconocido sin que les concedieran antes el permiso) con la larga tradición escandinava de películas juveniles sobre adolescentes inadaptados enfrentados a los problemas de crecer (precisamente fue gracias a una de ellas, “Mi vida como un perro”, que Lasse Hallström pudo dar el salto a Hollywood). Ese ambiente frío de nieve constante, esas gamas cromáticas del vestuario y la decoración, ambientados en algún lugar de los últimos 70 (aunque uno se pregunta si realmente el single de Per Gessle, futuro componente del dúo Roxette, data de aquellos años), esos jóvenes actores protagonistas que saben comunicar todo el romanticismo y toda la sensibilidad de la agridulce historia, esa manera tan desacostumbrada, tan cotidiana, tan “normal” de mostrar la violencia y la crueldad (una cuestión de tono, muy difícil, si no imposible, de reproducir en el inevitable remake “made in USA”), ese juego constante con las posibilidades compositivas de la pantalla panorámica, esa poderosa impresión de originalidad pese a que en ningún momento sintamos la típica ostentación de querer ser diferente o novedosa, esa moralidad oscura y ambigua y esas secuencias de terror secas, simples y eficaces (pese a alguna animación por ordenador un poco cantosa), son algunos de los elementos que hacen de "Déjame entrar” el segundo título imprescindible de la Muestra, aunque por razones muy diferentes a las de “Martyrs”. Vaya, que, para ser el único título de la programación al que traje a Carola, elegí bien.
Después de esta “delicatessen” con olor a clásico instantáneo (ya que uno va a escribir tópicos, que vengan a pares), “Splinter” fue un descenso a la cruda realidad diaria del género terrorífico. Película de monstruos con un curioso concepto de la criatura, que tampoco resultará tan nuevo a los devotos de “La cosa” de John Carpenter, sus posibilidades se van diluyendo poco a poco gracias a: 1) Los típicos personajes estereotipados, que encima, debido a ser sólo dos, reducen el factor de entretenimiento de un amplio reparto de secundarios penosos como alimento para la bestia. Unos personajes, como se podrá imaginar, muy bien creados, y valga como ejemplo el despiadado atracador que en el fondo posee tan buen corazón que regalará todo el botín de sus robos a la viuda de una de sus víctimas y que se hace amigo de los protagonistas a raíz de que lo ayudan a amputarse un brazo... 2) El presupuesto inexistente. 3) El estilo de cámara y montaje, encaminado a ocultar lo paupérrimo de los efectos pero que tiene el desagradable efecto secundario de impedir que el espectador sepa lo que ocurre en cada una de las escenas. Vamos, que “Eden Lake”, al lado de esta, es la majestuosidad de Max Ophüls. 4) La flojísima dirección, incapaz de crear tensión dentro de cada escena, como si el ritmo se creara solamente a base de cámara y montaje y las actuaciones de los actores no tuvieran nada que ver. Para algunos los actores lo son todo, y para otros no son nada, sin término medio. Qué triste.
viernes, 28 de noviembre de 2008
Compositores: Arnold Schoenberg

Una de las leyendas urbanas más fascinantes, y menos comprobables, sobre la música “seria” del siglo XX es la que atribuye a la CIA un papel principal en el triunfo de las técnicas de composición dodecafónicas. Al parecer, la apuesta del comunismo soviético por un estilo tonal rimbombante, en sintonía con el realismo socialista, llevó a una acción de guerra fría cultural, una asociación del atonalismo con la libertad de expresión del artista, que hizo de creadores como Schnittke los equivalentes sonoros de un Alexander Solzhenitsin, y sentó las bases de un pensamiento único musical que casi perdura aún.
Qué peligroso es dar connotaciones ideológicas a la música. El periodista Ramón Chao recordaba no hace mucho haber firmado en su juventud una tesis según la cual la armonía tonal de toda la vida reproducía el esquema de la monarquía absoluta, con la tónica representando al rey y la subdominante al príncipe preparado para reemplazarlo, y no sólo eso, sino que escuchar música tonal condicionaba subliminalmente para aceptar ese tipo de orden jerarquizado en la sociedad. En cambio, el dodecafonismo, libre de jerarquías entre los doce sonidos, representaría un espíritu más igualitario. Aunque Arnold Schoenberg en cierta ocasión recordó el caso de un compositor, Paul von Klenau, que trató de vender a Hitler la idea de que el sistema de doce notas reflejaba fielmente la estructura del nacionalsocialismo y por tanto constituía el vehículo perfecto para expresar sus ideas.
Incluso Schoenberg murió por la boca, como el pez, al pronunciar su mítica sentencia: “Mi sistema de composición asegurará el dominio de la música alemana durante cien años”. Le faltaron 900 para igualar la duración estimada para el III Reich por sus artífices, pero nadie es perfecto. Lo importante es que, si esa frase la hubiese pronunciado Carl Orff, se habría tratado incluso de quemar el manuscrito de “Carmina Burana”, mientras que, viniendo de los labios del gran paladín de la modernidad, se la considera una salida bastante cachonda. Que, por cierto, fue cierta, dado que, si Alemania perdió la guerra en lo político, la ganó en lo musical, a base de capitanear las tendencias de vanguardia con la autoridad moral de una estética prohibida por el nazismo. Incluso países como España, que desde Falla y Albéniz eran históricamente pro-franceses en lo que a pentagramas se refiere, abrazaron la nueva filosofía germánica de la composición, preconizada por Theodor W. Adorno.
No obstante, pese a la estudiada imagen de reaccionario estético, amante de sonidos conservadores, que un servidor ha venido proyectando durante esta serie de entradas, la verdad es que Schoenberg me ha sido siempre simpático. Sus obras primerizas, como “La noche transfigurada”, “Pelleas y Melisande” y los entrañablemente pretenciosos “Gurrelieder”, son postromanticismo decadente, lánguido, abigarrado y detallista, mientras que su época de experimentalismo posterior, desde la tonalidad extendida de la “Sinfonía de cámara nº 1” hasta la atonalidad libre de “Erwartung” o el “Pierrot lunaire”, refleja unas turbulencias vitales muy de la Viena freudiana y expresionista de entonces.
Cuando Schoenberg vivía en carne propia los equivalentes desgarrados y desesperados de las comedias sexuales de Schnitzler, con su mujer huyendo del hogar con un joven pintor que acabaría suicidándose tras la reconciliación del matrimonio, no era raro poner en música el monólogo interior de una mujer que, en la mejor tradición del género fílmico “Era yo”, ha asesinado a su esposo sin saberlo (“Erwartung”), o inspirarse en una serie de poemas donde una especie de versión de bolsillo de Maldoror cometía lindezas como asesinar a un cura durante la misa y mostrar su corazón arrancado a los feligreses (“Pierrot lunaire”).
La cosa fue bien hasta las “Cinco piezas para orquesta”; después, Arnold sentaría desde California las bases de un nuevo academicismo, y, lo que es peor, al apropiarse de la parcela armónica de la vanguardia, obligaría a Stravinsky, su gran rival, a centrarse en la parcela rítmica y contrapuntística, pues, como todo el mundo sabe, Schoenberg no era interesante como creador de ritmos, y el contrapunto no le interesaba demasiado, o no lo dominaba lo suficiente. Durante mucho tiempo, Schoenberg, el "progresista" sería para Stravinsky, el "reaccionario", lo que el Doctor Muerte a los Cuatro Fantásticos, o lo que el Duendecillo Verde a Spiderman, con la diferencia de que el austríaco tendría de su parte a Adorno, el equivalente dentro de este tebeo a Stan Lee.
Dudar del talento y el interés de Schoenberg, así como del potencial artístico del dodecafonismo en buenas manos creativas, sería bobo, pero, como prueba de la cierta inexpresividad e incapacidad del sistema para transmitir emociones contrastadas, baste la anécdota del director musical que decidió completar la ópera inconclusa de nuestro compositor de hoy, “Moisés y Aarón”, adaptando el texto del último acto a exactamente la misma música del primero, y cómo ningún espectador no advertido del procedimiento pudo darse cuenta del enorme parecido.
lunes, 10 de noviembre de 2008
Compositores: Silvestre Revueltas

Viendo hace unos años de estreno la película “Sin City”, me encontré con que la música de fondo durante el clímax de tensión y violencia me resultaba harto familiar. Esas percusiones étnicas, ese compás de 7/8, esa ominosa tuba... ¡Era “Sensemayá” de Silvestre Revueltas! Alguien debió de decirle a Robert Rodríguez que había por ahí un compositor mexicano del siglo XX con una obra muy poderosa y espectacular, y la decisión fue utilizar su música del modo utilitario corriente en los cineastas, explotando el carácter amenazador, el ritmo obsesivo y las disonancias agresivas como un ingrediente más en una receta para producir nerviosismo y sensación. Claro está que a algunos aficionados a la música tal vez les pasara como a mí: sorprendido por la inclusión de una pieza tan poco conocida por el público en general, me dediqué a seguir su curso sonoro y ello me distanció de la acción en la pantalla, cuyos sucesos, de todos modos, ya conocía por mi familiaridad con los tebeos de Frank Miller.
Es el dilema de la música cinematográfica: si tiene demasiados valores compositivos, distrae de la narración. Tal vez por eso quienes componen para la pantalla se basan en tres o cuatro tópicos probados y las partituras terminan siendo intercambiables de una película a otra. Pero es curioso que Revueltas volviera a la palestra en una banda sonora de cine, habida cuenta de su relación con el medio que cristalizó primero en el documental “Redes” y después en uno de sus últimos trabajos, que, reelaborado tras su muerte a los 40 años, se convertiría en su única “sinfonía”, “La noche de los mayas”.
La definición más fácil de Revueltas es “el Stravinsky mexicano”, teniendo en cuenta las etapas más agresivas y ácidas del ruso, sin desdeñar unas gotas de Edgar Varèse, teniendo en cuenta su uso masivo de la percusión y de los metales en intervalos chirriantes muy parecidos a los del franco-estadounidense (aunque Revueltas ya era un veinteañero cuando Varèse estrenaba en Nueva York, y dudo que la música de éste tuviese mucha difusión entonces). El elemento folklórico también es muy fuerte, aunque con una fuerte dosis de humor y sarcasmo, como en “Caminos” o “Janitzio”, donde melodías típicas de mariachi se ven interrumpidas y fragmentadas de mil y un maneras sorprendentes, o en “Ocho por radio” o la pantomima “El renacuajo paseador”, algo así como los equivalentes charros de la “Historia del soldado” del bueno de Igor.
Revueltas es un compositor vital, original pese a sus obvias influencias, refrescante en su falta de alta retórica y en su constante humor, capaz del mayor lirismo (ese solo de saxo soprano en “Itinerarios”) y de la más cataclísmica ferocidad (esas variaciones para percusión y orquesta que cierran “La noche de los mayas”), a la par que de un cultivo de lo popular al borde de lo infantil pero siempre con elementos discordantes que, en la mejor tradición mexicana, parecen celebrar la muerte de manera festiva (“Homenaje a Federico García Lorca”). Estaría bien pensar que Robert Rodríguez redescubrió para las masas, sin proponérselo, a este fascinante autor musical, pero no apostaría mi dinero a ello: dudo que la mayorìa se quedara con algo más que con una castración practicada a manos desnudas.
miércoles, 5 de noviembre de 2008
Compositores: John Cage

Siempre me ha hecho gracia la explicación que solía ofrecer el actor Nicolas Cage sobre su nombre artístico. Al parecer, escogió el nuevo apellido porque lo compartían dos de sus ídolos: el personaje de tebeo Luke Cage, más conocido como Powerman, cazarrecompensas negro de la Marvel, con inolvidables diadema metálica y camisa amarilla, y el compositor John Cage, buen amigo del tío de Nicolas, Francis Ford Coppola, y conocido por el tipo de excentricidades y provocaciones que al final lograron que el público de a pie terminase saliendo por patas cada vez que se pronuncian las palabras “arte contemporáneo”.
Es lo malo de muchas tendencias de ruptura: esa necesidad casi infantil de alienar y expulsar a la audiencia que sólo está ahí porque fuera hace frío o porque a ver quién aguanta a la parienta (o al pariente). Algunos lo ven como desmitificación, como una manera de escupir sobre los dogmas sagrados del arte, en plan: "Yo pinto un cuadro totalmente en blanco, les vendo la moto de que es una profundísima reflexión sobre la ausencia de la imagen, y encima me lo compran y termina alcanzando precios altísimos en las subastas". Con lo cual el artista puede cruzarse de brazos, dar un paso atrás y formular la pregunta: ¿qué dice esto sobre el mercado del arte? Pero, ay amigo, los billetes de banco sí que no están en blanco.
Cage se apuntó, con sus happenings del grupo “Fluxus”, a la versión musical de esta tendencia, con el contraproducente resultado de que su creación más universalemnte conocida acabó siendo “4’33’’”, a saber, el intérprete guardando silencio durante el tiempo homónimo. Hay algún otro ejemplo de este tipo de acciones, pero ninguno tan emblemático como este. Por desgracia, la esperanza de que los cuatro minutos y treintaitrés segundos se llenaran con protestas del público e incluso tumultos ya es difícil que se cumpla, porque nadie se escandaliza ya en un concierto: se aplaude sin ganas y con cara de circunstancia y se piensa en la cena o en los amantes que te esperan o no te esperan. Ya nadie pelea por la salvación del arte.
Y sin embargo Cage es algo más que cara dura, más que esa ocurrencia chistosa que ha eclipsado toda su carrera. Tuvo algunas otras ocurrencias chistosas, que no tenían por qué tener consecuencias sonoras interesantes, pero que resultan entretenidas como propuestas para liberar la creatividad de los caminos trillados: superponer un mapa estelar a un papel pautado transparente y poner notas allí donde caían estrellas, como en “Atlas eclipticalis”, o confiar al azar la situación de las notas pulverizando gotas de tinta sobre los pentagramas y decidiendo tan sólo los timbres, las duraciones y el ritmo.
Aunque la mejor ocurrencia de Cage sigue siendo el “piano preparado”: ante la imposibilidad de contar con un conjunto de percusión para un espectáculo de ballet, Cage insertó diversos objetos entre las cuerdas de un piano para generar diversos timbres, metálicos, apagados o brillantes, todo un gamelan indonesio a las órdenes de un solo teclado acústico. Con semejante instrumento, hasta las líneas de piano más facilonas cobran un carácter hipnótico, entre lo étnico y lo onírico, que lo reconcilia a uno con las ideas estrambóticas de un provocador chiflado.
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lunes, 21 de abril de 2008
Echame una mano

Hay muchas razones para amar a Michael Caine, pero una de las mayores para mí es "La mano", de Oliver Stone. Aceptar el protagonismo de una película de terror de serie B, con el tipo de escenas risibles que a algunos les pueden provocar cierta vergüenza ajena (esos estrangulamientos por la mano cercenada, con los actores fingiendo ser derrotados por un miembro suelto que jamás podría tener tanta fuerza), incorporar a un Dr. Jekyll de saldo en una historia a la que se le ven las costuras desde el minuto cinco, y tomárselo tan en serio, proponerse actuar bien, y conseguirlo, en la típica peli que en su día habría hecho un Oliver Reed borracho perdido durante el rodaje sin pensar en el público ni un solo momento, merece mucho más el Oscar que aquel papelito insignificante en "Hannah y sus hermanas", que aparte de ser un topicazo ni siquiera bordeaba las aguas del ridículo en las cuales su dibujante trastornado sí se adentra impávido, y para muestra ese final a lo "Psicosis" conectado a los electrodos y peinado como se supone que deben estarlo los locos.
Y Stone, no sé en qué ha estado pensando todo este tiempo. Después de una "cult movie" como esta, que alterna de una manera fascinante intentos de sutileza con momentos de lo más burdo, que es capaz de llamar a Carlo Rambaldi para los ya míticos, por descacharrantes, efectos (e incluso me gustaría pensar que Stone lo llamó porque le gustó su falso perro despanzurrado en "Una lagartija con piel de mujer" de Fulci), que muestra una sofisticación y un desparpajo en su manejo de un material de derribo que denotan una genuina afición por el fantástico, y una mala leche difícil de encontrar en muchas muestras del género de terror, raramente preocupadas de comunicar una visión del mundo al margen de los sustos, amén del buen gusto de llamar a Barry Windsor-Smith para crear las ilustraciones del tebeo ficticio, y de desarrollar un curioso subtexto sobre los héroes que no se cuestionan sus actos, que vistos los acontecimientos posteriores resulta bastante ominoso, después de todo esto, nos hemos tenido que tragar al Stone "Conciencia de EEUU" en una sucesión interminable de Nixons, asesinatos de JFK, guerras del Vietnam, e incluso la visión heroica del 11-S. La única de sus películas posteriores que me gusta de verdad, y quizá sea por reincidir en la basura inteligente, es "Giro al infierno". Bueno, y salvaría también aquel libro autobiográfico donde contaba que se acostó con su madre y cómo se metía ratones por el culo en Vietnam, de no ser porque no lo he leído y además será todo mentira.
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domingo, 2 de marzo de 2008
10 tebeos que siempre quise tener, pero me quedé con las ganas hasta hoy

1 – “Las aventuras extraordinarias de Adèle Blanc-Sec” de Tardi.
2 – “Daredevil: Love and war” de Miller y Sienkiewicz.
3 – “Love and rockets” de los hermanos Hernández.
4 – “Los compañeros del crepúsculo” de Bourgeon.
5 – “Arkham Asylum” de Morrison y McKean.
6 – “Mr. Punch” de Gaiman y McKean.
7 – “Las aventuras de Blake y Mortimer” de Edgar P. Jacobs.
8 – “American Flagg!” de Howard Chaykin.
9 – “El incal” de Jodorowsky y Moebius.
10 – “El inspector Dan” de Giner.
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miércoles, 23 de enero de 2008
A Cinnamon le gustan jovencitos

Ya a principios de esta semana nos llegaba la noticia del fallecimiento de Brad Renfro, que fue el pequeño forofo de Led Zeppelin en "El cliente" de Joel Schumacher, y después un maligno adolescente obsesionado por el nazismo en "Verano de corrupción", aquella notable peli de Bryan Singer antes de que éste se dejase seducir por un grupo de hombres con leotardos.
Ayer, como una bomba, cayó la muerte de Heath Ledger, guaperas australiano que, tras adornar innumerables carpetas de quinceañeras, ya iba fraguándose una carrera de lo más interesante, con una energética y divertida interpretación en la infravalorada "El secreto de los hermanos Grimm" de Terry Gilliam, y un Joker en el nuevo Batman de Nolan que se aguardaba con expectación.
La señora Muerte está demostrando una apetencia por los mozalbetes que ni Jacqueline Bisset: Ledger 28, Renfro 25. Será la vida desmadrada de la gente del espectáculo, su fácil acceso a sustancias prohibidas, otros asuntos privados que no nos importan, pero siempre da rabia ver desaparecer a personas que aún no han dado de sí todo cuanto llevaban dentro. En concreto, Ledger estaba a punto de dar la campanada definitiva como relevo generacional de los Johnny Depp, Brad Pitt y compañía, y, lo que también es triste, su prematura desaparición deja en el aire su segunda colaboración con Gilliam, "The imaginarium of doctor Parnassus", todavía a medio rodar, cuyo futuro actual es cuando menos incierto.
Ya te vale, Cinnamon. Deja en paz a los jóvenes. Espérame cuando sea viejo.
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miércoles, 21 de noviembre de 2007
"Donde mejor canta un pájaro" de Alejandro Jodorowsky

Las vueltas que da la vida: después de años y años de considerar a Alejandro Jodorowsky un héroe de culto y un semi-maldito, director de pelis legendarias e imposibles de ver (al menos hasta su reciente edición en DVD) como “El Topo” o “La montaña sagrada”, que después aplicó su imaginación desmadrada, a la vez mística y salvaje, al ámbito entre nosotros marginal (aunque no tanto en Francia) del tebeo, hete aquí que aparecen en ediciones populares de bolsillo la mayoría de sus libros, y no solo eso sino que en todas las portadas aparece su foto, quizá esperando que el comprador reconozca su presencia carismática tras haberlo visto como invitado en algún programa de entrevistas informales en los que tanto abunda nuestra televisión.
¿Cuál es el secreto de Jodorowsky? Probablemente el carisma, la fascinación del contador de historias, y la habilidad para reinventarse a sí mismo. Pasada la época de los héroes contraculturales (en los años 70, “El Topo”, “western” psicodélico con dosis entonces impresionantes de violencia y sexo, llegó a ser una de las películas favoritas de John Lennon), Jodorowsky vio naufragar su carrera fílmica tras hundirse su proyecto de “Dune”, que entre otros iba a contar con la música de Pink Floyd, los diseños de Jean Giraud “Moebius”, Salvador Dalí como emperador Padishah y Orson Welles como barón Harkonnen (eso sin hablar de exóticas modificaciones del original como hacer del duque Leto Atreides un torero castrado tras una cogida), y tras dar el carpetazo a su fase en el teatro y el espectáculo gravitó hacia la “bande dessinée” francófona, adaptándose de maravilla a la CF para adultos que preconizaban los míticos “Humanoides” de la revista “Métal Hurlant”. Pero entre nosotros las viñetas no dan prestigio, de modo que la mejor manera de introducirse en España fue mediante ese “retorno a la espiritualidad” de los noventa y dos miles, unido a la demanda de autoayuda creada a raíz de una sociedad occidental donde todos se las dan de solidarios y socios de ONG pero pasan de largo cuando alguien lo pasa un poco mal a su lado.
Jodorowsky, pues, despojado del traje de mimo que lució junto a Marcel Marceau y de la silla de director cuyos laureles sólo reverdeció brevemente apadrinado por Claudio Argento, hermano de Dario, en la imprescindible “Santa Sangre”, gana cierta fama, y supongo también que cierta fortuna, disfrazado de gurú. Aunque, todo sea decirlo, un gurú bastante socarrón, sin doctrina monolítica y que sabe explotar su imaginación de un modo admirable. Desde el Tarot a su propia “Psicomagia”, de lo que se trata es de aplicar la fantasía a lo cotidiano. La psicomagia, por ejemplo, consiste en paliar los problemas y angustias personales mediante actos catárticos basados en los principios de la magia simpática, es decir, en afinidades simbólicas. Dudo mucho que el propio Jodorowsky considere la psicomagia una doctrina, más bien parece una actualización de los viejos “happenings” de los 60, actos poéticos con voluntad de transformar la vida y dotados de una belleza conceptual surrealista.
Pero quizá lo de menos sea lo que esté haciendo en un momento determinado: lo importante es el personaje en sí, con esa labia incontenible que, a diferencia de otros seres carismáticos, siempre desprende un sentido de la maravilla, un canto sin fin al poder transformador de la imaginación, que me lo hace muy entrañable, incluso si, a mis ojos escépticos y desengañados, considero que básicamente me está vendiendo una moto. Pero desafío a cualquiera a escuchar una entrevista con Alejandro Jodorowsky y abandonarla a los cinco minutos. Sólo él consiguió el milagro de sentarme durante programas enteros de Sánchez Dragó o mantenerme dentro del circo infecto de “Crónicas marcianas”, y las razones eran de peso.
“Donde mejor canta un pájaro”, el más voluminoso de los libros de Jodorowsky en la colección “DeBolsillo”, inicia el alucinante ciclo de sus memorias. Él mismo, en la mejor tradición de "Tristram Shandy" no nace hasta la página 382, y al terminar la 604 no supera los diez años, pero la crónica familiar de sus antepasados judíos ucranianos, así como los azares de su propia concepción y las tribulaciones de sus padres, dejan el realismo mágico de García Márquez y sus seguidores a la altura garbancera de Pérez Galdós , y combinan de modo inolvidable una fantasía desbocada y transgresora, un sincretismo místico y religioso sin temor a inquisición alguna, una conciencia aguda de la violencia atroz del mundo y una celebración gozosa de sus placeres, en especial los del sexo. En un tono cercano a la tradición oral, pero con sorprendentes relámpagos de poesía surrealista, la historia se convierte en epopeya, en mito desmesurado, en un viaje trepidante plagado de extraordinarias figuras y de episodios imborrables, a veces por lo grotesco, a veces por lo lírico, a veces por lo descarnado.
Desde el Rebe, ermitaño caucasiano que a fuerza de meditar sobre la Cábala vio su cuerpo devorado por los osos y se vio obligado a vagar entre dimensiones hasta convertirse en el genio tutelar y guía de los varones Jodorowsky, hasta el zar Alejandro I, retirado del trono y convertido en un salvaje aficionado a violar y masacrar los rebaños de cabras del vecindario rústico, pasando por el dictador Cárlos Ibáñez, a quien el padre del protagonista intenta destruir a través de su devoción por los caballos, o Sara Felicidad, la madre, bella giganta rubia que sustituyó el lenguaje articulado por las notas musicales y que encogió su columna vertebral para convertirse en una digna y encogida señora chilena mientras su marido se ausentaba durante diez años pugnando por el magnicidio, la galería de personajes requeriría casi otro libro entero para su relación y glosa. La lucha existencial de muchas de estas figuras no se resolverá en el plano del mundo: Jodorowsky dedica muchas páginas a las luchas terrenales por la libertad y la felicidad, sobre todo la de los movimientos obreros chilenos, describiendo su brutal represión. Las vías de escape suelen ser internas, místicas, pero cada uno encontrará la suya, no es raro que las verdades finales de los personajes se contradigan en cierto modo. Estamos lejos de dogmatismos y credos prefabricados, si bien el judaísmo y el cristianismo son tratados con una reverencia irreverente: por ejemplo, Jodorowsky se pregunta por qué a Jesucristo se le muestra siempre sangrante, crucificado y derrotado, cuando sería preferible una imagen como resucitado luminoso y triunfante. Claro está, a los desheredados les vendrían ideas subversivas si se identificaran con un Cristo así...
Difícil encapsular tan apasionante maremágnum: aunque los parentescos con mucha narrativa sudamericana son claros, sospecho que muchos monstruos sagrados del Cono Sur matarían por conseguir tanta burlona y dolorosa amenidad durante tantas páginas; aunque a algunos pudiera parecerle que los consejos espirituales son cosa de almas cándidas embaucadas por la filosofía “new age”, la profusión de violaciones, despedazamientos, masacres colectivas y escatología espantaría a muchas monjitas; la sabiduría milenaria y esotérica podrá ser puesta en duda, pero su potencia como motivo artístico y sus resonancias intemporales aventajan en fascinación al gastado positivismo que se suele arrogar idéntica validez para describir un motor de explosión que un corazón humano. Lejos de mí el ver a Jodorowsky como un guía o un sabio venerable, lo cual no obsta para que sus narraciones parabólicas e hiperbólicas me suman en un hechizo liberador y me otorguen, pese a su dureza ocasional, argumentos de peso para indultar al mundo y a la vida. Eso ya es más de lo que puede presumir más de un clásico inmortal de las letras...
domingo, 18 de noviembre de 2007
Flashback: Ana Isabel II

(Otro ejemplo de que un servidor, allá por los lejanos 90, ya le daba al tipo de seudoliteratura tan característico de la blogosfera)
Ana Isabel II, como Isabel II, la del célebre canal, la del apetito sexual insaciable y a duras penas saciado mediante la copiosa reserva de hombres que supone el cuerpo de caballería de un palacio, todo un mito de promiscuidad evocado por mí en voz alta cuando apunté su teléfono. Supongo que a Ana le divertiría la comparación, no en vano se dedicaba a propagar sin descanso una imagen desmadrada y, por qué no decirlo, viciosa de sí misma, desde su pasión por las drogas de diseño en las discos londinenses hasta su relación sadomasoquista con Ratsú, un ricachón indio cuyo hermano era vecino de Julio Iglesias en Miami y que la ataba de pies y manos durante el coito, proporcionándole una mezcla de placer y dolor que para qué te voy a contar.
La gracia del asunto es que nos lo creíamos todo, sentados allí en la pérgola del Sanatorio San Miguel, todos alrededor de ella, yo, Fernando Martín, Orlando, el novio motorista de Ana que había venido en su Harley, un par de árabes entre los cuales se debía encontrar el novio siguiente, alguna otra persona, y la familia, los que habían internado durante unos días en el sanatorio a la oveja descarriada, después de que volviera a hacer de las suyas por esas noches de Dios y la encontraran vapuleada en plena calle por una mala gente.
Si una mujer desea fascinarme, le aconsejo que me cuente historias, que me interese haciéndome aprender cosas que no sé. Así era Ana, aunque a veces las historias, a mí que en el fondo soy un poco timorato, me asustaran un poco. Pero ya digo, me las creía, se observaba en ellas, y en ella, una vitalidad bastante contagiosa, un entusiasmo más bien insensato por la vida, salvo en las tardes cuando los médicos le administraban un cubo de sedantes y ella se dedicaba apenas a decir sí, no, o cabecear en medio de aquel jardín tan bonito y tan bien cuidado, ni siquiera haciendo caso a las internas viejecitas de las que enseguida se había hecho amiga y que acudían, entonces en vano, buscando consejos.
Quizá los doctores pensaran que aquel era el único modo de atenuar su tendencia natural al escándalo, ese afán constante por causar una impresión revulsiva, como aquella ocasión en la cual, a uno de nosotros, sus pretendientes, puso como condición para vivir con ella el colaborar en la industria ganadera familiar y concretamente en su ambicioso programa de inseminación artificial del ganado porcino, que necesitaba una persona de manos fuertes para calzarse unos guantes especiales y extraer con delicadeza el semen del animalito. Las caras de su familia eran todo un cuadro, como si ellos no hubiesen tenido responsabilidad alguna en cómo salió la chica, los pobres. Claro está que, si la muy tonta vuelve a meterse en algún lío, siempre se la puede internar durante otros pocos días, y, si no deja de hacerlo, pues se tira la llave y ya está. Incluso es posible que Ana esté allí dentro, ahora mismo, y yo sin enterarme.
No obstante, mi última imagen de ella me llegó, por así decirlo, en libertad, si semejante término es aplicable al lugar que solemos llamar cariñosamente “la puta facultad”. La verdad, me fue difícil reconocer su rostro de alegría miope, su pelo castaño rojizo y su figura libre de complejos en medio de aquel ambiente impersonal, sucio y sórdido de la cafetería. A decir verdad, hasta la décima vez o así que veo a una persona, me cuesta trabajo reconocerla. Incluso fue ella quien me reconoció a mí. Nos sentamos a una mesa y de nuevo yo quise probar fortuna en los juegos que juegan los demás. Por una vez, teniendo a mi lado a una chica que no sólo no iba de gazmoña sino que se las daba como de bisnieta de Mesalina, me era posible no fingir, ser moderadamente atrevido, insinuar que me gustaría paladear sus labios mediante mi viejo tema del beso de nicotina, alcohólico o alimenticio. A ella, claro, aquello no le pillaba ni muchísimo menos de nuevas, ya tuvo un novio que se puso muy malito y se lo tuvo que hacer, regurgitarle las cosas en la boca, como a los pajaritos. El fascinante reino animal.
Luego, a la salida, quise pasar del dicho al hecho y aprovechar el típico y casto ósculo en la mejilla, de rigor en estos trances, para efectuar un mínimo y kilométrico desvío hacia esa boca cálida tan amiga de susurrar historietas de vicio y perdición. Pero la buena de Ana poseía mejores reflejos que la Viuda Negra, ex novia de Dan Defensor, y se apartó de mí a tiempo para impedirme morder de la fruta prohibida. Menudo pillín que yo era, me dijo, despidiéndome hasta la próxima. Lo malo es que no hubo próxima. Dos noches seguidas me cité con ella, dos veces aceptó, dos veces no apareció. Mi orgullo es muy frágil, y me olvidé de ella, llegando incluso a sospechar la influencia en el asunto de alguna otra persona, empeñada incansablemente en cerrarme el acceso a su coto, cómo si no se hubiese enterado de mi acceso de cariño frustrado y de lo demás. En fin. Algún día, el Justiciero Rojo hará de las suyas.
A saber cómo me hubiera ido de tener éxito, especialmente si su autocreada leyenda de devorahombres tenía algún viso de realidad. Ignoro si hubiese sentido celos, tanto más cuanto aún no me ha correspondido nadie y soy virgen en esos asuntos. ¿Acaso podría ser tan cachito de pan como Orlando, el motero, a quien le daba igual lo que ella hiciera mientras él no lo viese? Lo dudo, tal vez yo sea un tanto moro, lo cual me trae a la memoria, cómo no, aquella gran paradoja, que el sucesor del suave y comprensivo Orlando fuese uno de estos magrebíes que tanto arrasan entre nuestras féminas, tal vez porque ahora los occidentales queremos ser demasiado cuidadosos y considerados y mariconadas de ese tipo, de ahí que ellas echen de menos los proverbiales paternalismo y mano dura de toda la vida, y no hay remedio que valga. Suerte que no me apeteciera disgustarme, a fin de cuentas de lo que se trataba era de buscar una coleguita con quien me pudiera reír y revolcar sin problemas, sin esperar demasiado del futuro, como hacen los otros, aunque los otros, como seguramente me hubiese pasado a mí, también se terminan comprometiendo contra su voluntad.
Mientras me pregunto si la chica con la que me crucé el otro día en la Fnac, y que llevaba un pendiente en una ceja, era en verdad Ana o no, me reafirmo una vez más: soy muy malo en los juegos que juegan los otros. Yo me guío por reglas diferentes, parece ser que complicadas de entender, como si quisiese jugar a demasiados juegos al mismo tiempo, en lugar de probarlos uno por uno. Es una pena, pues Ana debía de conocerlos todos. Incluso los peligrosos, pero qué más da. Hay quienes caminan sobre brasas y no se queman las plantas de los pies.
domingo, 11 de noviembre de 2007
Los progres no ven dibujos animados

Por una vez que tenía una peli para recomendar a mi amiga Enriqueta, me quedé con tres palmos de narices. Ella, tan concienciada con las injusticias sufridas en el mundo por las mujeres, se conoce toda la filmografía existente sobre mujeres maltratadas kurdas, agricultoras lesbianas de Azerbaiyán, ablación del clítoris en Burkina Faso y la lucha por el derecho al voto femenino en Papúa-Nueva Guinea. Sin embargo, le aconsejé que viera “Persépolis” y me respondió que no le llamaba la atención.
Me pareció raro: “Persépolis” no sólo es un documento de primer orden sobre un tema tan poco tratado en el cine como las interioridades del Irán de los ayatolás, sino que además es un retrato autobiográfico de una mujer entre dos mundos, haciendo gala de un mordaz humor no muy lejano al de Maitena como respuesta a la opresión teocrática, primero, y a los prejuicios y lacras del mundo occidental, después, resultando en última instancia tan desolador como divertido y entrañable.
¿Por qué Enriqueta no picó en el anzuelo? ¿No será que “Persépolis” es una película de dibujos animados?
Si uno hace un poco de historia del catecismo progre, una de sus biblias, que no estaría mal desempolvar una tarde para echarse unas risas, era “Para leer al pato Donald”, de Ariel Dorfman y Armand Mattelart, libro de cabecera para todos los que piensan que la cultura popular infantil, y los dibujos animados en concreto, son una poderosísima arma de lavado de cerebro capitalista dirigida a víctimas indefensas que aún carecen de sentido crítico. Siempre encontré antológica una frase referida al retrato asexuado de la unidad familiar difundido en las aventuras de Donald y Mickey Mouse: “Disney masturba a los niños”.
De ahí quizá derive una inquina hacia la animación que aún colea en algunos círculos: recuérdese por ejemplo una crónica festivalera de nuestro querido Carlos Boyero, donde se aludía a una obra maestra del calibre de “El castillo ambulante” con un calificativo, “dibujitos”, que no se esforzaba nada por disimular su desdén. Es una batalla que veo perdida de antemano, como las reivindicaciones de los tebeos o la ciencia ficción: si preguntáramos por la calle, no dudo que más de un 80% de la población catalogaría “Los Simpson” como una serie infantil, como el resto de producciones de dibujos animados, con las posibles excepciones de “South Park” o el “hentai” japonés.
La sombra de Disney sigue siendo alargada en muchos juicios que se leen y oyen: lo mismo que, desde “Blancanieves”, las pelis del mago de Burbank abundan en las mismas gamas cromáticas que adornan los muros carcelarios con fines relajantes, también se cree que abordar temas “serios” y “graves” como la falta de libertades en Irán desde el prisma ingenuista y “mono” de los dibujos de Marjane Satrapi supone domesticar y hacer tolerable para consumo burgués temáticas que sólo serían válidas si se mostraban con el realismo bronco y cutre que sólo puede aportar la imagen real.
Argumento capcioso a mi entender: en primer lugar, la mirada inocente es la que puede hacer resaltar las verdades violentas de una manera más devastadora (véase “Maus” de Spiegelman: el holocausto nazi escenificado por ratones y gatos); en segundo lugar, el propio cine iraní, tan de moda hasta hace poco, nunca habría podido contar esta historia por razones de censura, e ir a rodarla al propio país o a otro parecido habría sido harto difícil.
No olvidemos el certificado que encabeza la mayoría de las películas iraníes que hemos visto, leyendo algo así como “A la gloria de Dios”. No puedo hablar de las películas de Abbas Kiarostami, que por ahora no me han despertado grandes pasiones, pero sí de las de Majid Majidi, que me parece mejor cineasta, pero ha de plegarse, por narices, a los dictados de la teocracia. Así, vemos en “Baran” un falso alegato por la convivencia, puesto que la chica afgana que trabaja en Irán bajo un disfraz masculino ha de abandonar el país de todas maneras y no pensar ni siquiera en iniciar relaciones con el protagonista; se trata más de un gesto de buena voluntad hacia los aliados afganos que de otra cosa, en plan “os queremos, pero en vuestra casa”.
Pero peor aún en ese sentido me parece otra peli de Majidi, que no está mal: “El color del paraíso”. Las vicisitudes del niño ciego están contadas con sensibilidad y con una riqueza de ideas audiovisuales que nunca imaginaríamos en una cinematografía teóricamente tercermundista, pero la moraleja final tras la muerte accidental del niño, que viene a decir que donde mejor están estos seres discapacitados es en brazos de Dios, indigna un poco tras tanto lirismo.
En este contexto, no me imagino muy bien la historia de una niña influenciada por las ideas comunistas de su tío, admiradora del “punk rock” y de Iron Maiden, que es enviada a vivir a Europa debido al agobiante clima social, y que tras fracasar en su integración allí vuelve para ser una digna mujer iraní, esposa y ama de casa... para terminar también fracasando e intentando una nueva aventura en Occidente, esta vez en Francia.
Yo ya veo un poco venir a todos estos fanáticos de las conspiraciones judeo-masónico-estadounidenses (en las cuales Francia ya puede encajar perfectamente, ahora que, con Sarkozy, el Hexágono entra a formar parte del “eje del mal” progre): “Persépolis” se habría producido para aleccionar al mundo sobre el intolerable recorte de las libertades individuales por los ayatolás y así hacer más justificable una operación militar contra Ahmadineyad y sus adláteres.
No será ni la primera ni la última vez que se esgrimen argumentos semejantes para desprestigiar obras culturales. Es indudable que “Persépolis”, pese a los dardos envenenados de las secuencias vienesas, es una obra pro-Occidente, que arropa su mensaje en la exquisita dicción francesa de Catherine Deneuve, su hija Chiara y ese monumento vivo de la Francia eterna que es Danielle Darrieux, pero también es cierto que, sin esa especie de colonialismo asimilador tan propio de nuestros vecinos de arriba, jamás hubiésemos accedido a lo que Marjane tiene que contarnos. Nunca aceptaré que haya que hacer oídos sordos a mensajes de protesta como el de Satrapi en aras de un relativismo cultural de buen rollito dispuesto a dejar a medio mundo en la Edad de Piedra para salvarlo de la perversa influencia occidental.
Sobre todo porque “Persépolis” tampoco es un panfleto, sino un relato sentido, cercano, duro y enternecedor, donde los niños juegan a torturar como oyen contar que hace la policía revolucionaria, los singles de Julio Iglesias o Abba se venden en el mercado negro como mercancías prohibidísimas, las facultades de arte islámicas contratan a modelos de dibujo casi vestidas de burka, los chicos caen de tejados y mueren escapando para que los guardianes de la revolución no los pillen con chicas en fiestas, y se sale de la más negra depresión al son de “Eye of the tiger” de Survivor.
Sería mucho pedir que “Persépolis” consiguiera el Oscar, pero yo me daría por satisfecho si hiciera por el cine de animación lo que los panfletos (esos sí) de Michael Moore han hecho por el documental. Que, si mi amiga Enriqueta es representativa de algo, será que tampoco.
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domingo, 30 de septiembre de 2007
DC=Dostoyevsky Comics
¿Qué habría pasado si, allá por los años 40, Dick Sprang hubiese adaptado a la historieta “Crimen y castigo” , con Batman como protagonista? Tal vez algo así:

La historieta entera, en un enlace que debo a Retroklang, se puede ver aquí:

La historieta entera, en un enlace que debo a Retroklang, se puede ver aquí:
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viernes, 3 de agosto de 2007
Michelangelo Antonioni (1912-2007)

Si estuviera aquí Rorschach, el justiciero enmascarado del imprescindible “Watchmen” de Moore y Gibbons, su veredicto sería inequívoco: alguien se está dedicando a eliminar uno por uno a los grandes nombres del cine de autor de los años 60. Ayer, Bergman; hoy, Antonioni; mañana, ¿Godard? ¿Resnais?
Algún que otro colega, presa de ese pesimismo automático y esa nostalgia de tiempos que no se han conocido, tan típicos de cierta especie cinéfila, me decía que con Bergman y Antonioni muere el cine europeo. Es verdad que resulta difícil evocar nombres actuales del celuloide con un comparable “glamour” cultural, pero también es cierto que los tiempos han cambiado, y el séptimo arte, mal que nos pese, no ocupa la misma posición central en el debate sobre la cultura que en aquellos turbulentos 60.
Porque Antonioni, aunque haya sufrido años de descrédito, hizo correr ríos de tinta en su momento. “Blow up”, que tanto aburre hoy a los no predispuestos, fue en el año 68 un pedazo de escándalo, clasificada X en los EEUU, entre otras razones, por mostrar vello púbico femenino por primera vez en pantallas comerciales (es en la escena entre David Hemmings y las dos aspirantes a modelos, y creo que el felpudín en cuestión corresponde a Jane Birkin, pero el hecho pasaría desapercibido a cualquier espectador de ahora que no estuviese puesto sobre aviso).
También se habló mucho de la “trilogía de la incomunicación”, de esa narrativa hecha de tiempos muertos que, supuestamente, aburrían para reflejar el aburrimiento y el vacío contemporáneos.
Cuánto se ha odiado a Antonioni. No dudo que, al igual que con Bergman, algún listo que otro habrá emulado el tristemente célebre “Ha muerto Kubrick, ¿y qué?” de mi querido Carlos Boyero. Aunque he observado que Bergman caía mejor entre nosotros, será por enseñarnos a la vez metafísica y erotismo nórdico, mientras que Antonioni sigue en el infierno de los pedantes, pretenciosos y fríos intelectuales.
Pero el caso es que Michelangelo se ha ido cobrando su venganza. Mucho del cine de autor que tanto se aprecia ahora, desde Gus van Sant a Tsai Ming-Liang, bebe de la narrativa invisible del italiano, de sus silencios, de sus composiciones de plano casi arquitectónicas que expresan conceptos de alienación o aprisionamiento.
Antonioni ha logrado incluso colar una de sus pelis entre los clásicos imprescindibles de siempre. La tan amada y detestada “Blow up”, excepción en muchos aspectos dentro de su filmografía, ha terminado emanando algo misterioso que ha hecho de ella objeto de culto entre la gente más dispar, entre ella el movimiento “mod”.
Hay un tópico muy frecuente sobre “Blow up”: que se trata de una peli muy de su tiempo y muy envejecida. Para mí, esto es confundir el papel en que se escribe un documento con el contenido del mismo: precisamente lo que me sorprende cada vez que veo esa película es lo vigente que está todo lo que cuenta, lo visionario de sus advertencias.
Es lógico que los catálogos de moda que fotografía Hemmings, o ciertas de las actitudes presentadas, son muy característicos de un momento y lugar, pero se trata de algo necesario en la crónica de un nacimiento: el de la cultura de la imagen, la imagen erotizada, la imagen que despersonaliza, la imagen trivial encumbrada a los altares de la moda mientras se desdeñan las fotografías que denuncian la pobreza londinense; la imagen que capta por casualidad un enigma, un crimen, pero es incapaz de resolverlo por mucho que la ampliemos (el “blow up” del título), devolviéndonos algo más parecido a la pintura abstracta que a la verdad. La imagen tiene límites, pero en nuestra sociedad no se los vemos.
Si añadimos a esto el erotismo frío y despersonalizado como moneda de cambio habitual (Redgrave ofreciéndose sin pegas a cambio de la foto comprometedora, las dos “groupies” revolcándose sin rebozo con Hemmings), el tráfico impúdico con la propia imagen (la sesión fotográfica con Verushka es claramente un acto sexual) o el desinterés por la justicia y la verdad de una población enfrascada en su hedonismo (la llegada de Hemmings a la fiesta, denunciando que ha habido un asesinato, es recibida con indiferencia e invitaciones a que se quede allí a drogarse, hacer el amor y olvidarlo todo), sumándolo todo tenemos un análisis bastante certero de aquello en lo que hemos desembocado, convertido en algo más válido aún por su mirada severa y moralista sobre un universo “pop”, que en otras manos se habría tornado en un documental publicitario, psicodélico, guay y hoy caduco. Incluso el público que asiste a la actuación de los Yardbirds parece compuesto de zombis, y la ruptura de la guitarra por Jeff Beck (a falta de Pete Townshend) es vista más bien como un ritual absurdo y derrochador, una autoinmolación que sacrifica el alma de la música, la guitarra, que Hemmings intenta en vano salvar.
El misterio sin resolver que late al fondo de “Blow up” (y que intentaría reproducir, con menor fortuna, “El reportero”) es lo que le da mucha de su magia, tanto es así que encuentro absurda la actitud de quienes reprochan a la película que no dé respuestas (son los mismos que ven críptico a Bergman, que sin embargo no oculta nada de cuanto pretende decir). Lo más importante no es tener respuestas, sino que no se agoten las preguntas. Es la curiosidad la que mantiene vivo el espíritu, mientras se van esclareciendo poco a poco los interrogantes.
Y en el caso de “Blow up”, 39 años después ya tenemos todas las respuestas. Si no nos gustan, debimos habernos conformado con la incógnita.
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